CAPÍTULOS XLVII, XLIX, LI, LIII Y LV
Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza.
Deja aquí el historiador a Don Quijote, y salteando los capítulos entre las cosas de éste y las de su escudero, pasa a contarnos cómo gobernó Sancho la ínsula, gobernamiento a que sólo cabe poner de comentario aquellas palabras de Pablo de Tarso en el versillo 18 del capítulo III de su segunda epístola a los Corintios, donde dice: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros parece ser sabio en este siglo, hágase simple para ser de veras sabio».
Con razón dijo el mayordomo oyendo a Sancho: cada día se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados. ¿Y cómo no?
Sancho, el gobernador por burlas, ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar y se nombran: las Constituciones del Gran Gobernador Sancho Panza. Y no nos extrañe esto, pues los más de los grandes legisladores no pasan de Sancho Panzas, que a no serlo mal podrían legislar.
Y llegó, por fin, el fin del gobierno de Sancho y con este fin se sumergió Panza en las honduras de su heroísmo. Dejando el gobierno de la ínsula, por el que tanto había suspirado, acabó de conocerse Sancho, y pudiera haber dicho a sus burladores lo que Don Quijote dijo a Pedro Alonso cuando éste le recogió en su primera salida, y es aquello de: yo sé quién soy. Dije que sólo el héroe puede decir yo sé quién soy y ahora añado que todo el que puede decir yo sé quién soy, es héroe, por humilde y oscura que su vida se nos aparezca. Y Sancho, al dejar la ínsula, supo quién era.
Luego que le molieron y quebrantaron en el burlesco asalto a la ínsula, vuelto en sí del desmayo que el temor y el sobresalto le produjeron, preguntó qué hora era, calló, vistióse, se fué a la caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dió un beso de paz en la frente y no sin lágrimas en los ojos, le dijo: venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y miserias; cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos. Y luego de enalbardar el rucio, añadió otras no menos bien concertadas razones pidiendo le dejaran volver a su antigua libertad.
Yo no nací—dijo—para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fué nacido. Y tú, Sancho, no naciste para mandar sino para ser mandado, y el que para ser mandado nació halla su libertad en que le manden y su esclavitud en mandar; naciste no para guiar a otros, sino para seguir a tu amo Don Quijote, y en seguirle está tu ínsula. ¡Ser señor! ¡Y qué de congojas y miserias trae consigo! Bien decía Teresa de Jesús, cuando en el cap. XXXIV de su Vida nos habla de aquella señora que había de ayudarle en fundar el monasterio de San José, que viéndola vivir aborreció del todo el desear ser señora, porque «ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo, es llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas».
Creíste, Sancho, salir de casa de tu mujer y tus hijos y los dejaste por buscar para ti y para ellos el gobierno de la ínsula, pero en realidad saliste llevado del heroico espíritu de tu amo y fuiste conocido, aunque sin darte de ello clara cuenta, que el seguirle y servirle y vivir con él era tu ínsula. ¿Qué vas a hacer sin tu amo y señor? ¿De qué te ha servido el gobierno de tu ínsula si no tenías allí a tu Don Quijote y no podías mirarte en él y servirle y admirarle y quererle? Porque ojos que no ven, corazón que no siente.
Quédense en esta caballeriza—añadió Sancho—las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvamos a andar por el mundo con pie llano... Habrás oído muchas veces, buen Sancho, que hay que ser ambicioso y esforzarse por volar para que nos broten alas, y yo te lo he dicho muchas veces y te lo repito, pero tu ambición debe cifrarse en buscar a Don Quijote; la ambición del que nació para ser mandado debe ser buscar quien bien le mande y que pueda de él decirse lo que del Cid decían los burgaleses según el viejo Romance de myo Cid
Dios, qué buen vassalo si ouiesse buen señor!
Al dejar ese gobierno por el que tanto tiempo suspiraste y que te parecía ser la razón y el fin de todos tus andantes trabajos, al dejarlo y volverte a tu amo, llegas al meollo de ti mismo y puedes hombrearte con tu Don Quijote y decir como él y con él: ¡yo sé quién soy! Eres héroe como él, tan héroe como él. Y es, Sancho, que el heroísmo se pega cuando nos acercamos al héroe con el corazón puro. Admirar y querer al héroe con desinterés y sin malicia es ya participar de su heroísmo; es como el que sabe gozar de la obra del poeta, que es a su vez poeta por saber gozarla.
Teníante por interesado y codicioso, Sancho, y al salir de tu ínsula pudiste exclamar: saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel. Y así era la verdad, y así lo reconoció el Dr. Recio. Ofreciéronle compañía para el camino y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje. Pero Sancho dijo que no quería más que un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él. No se olvidaba de su amigo y compañero el rucio, del sufrido y noble animal que le ligaba a la tierra. Abrazáronle todos y él, llorando, abrazó a todos y los dejó admirados así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta. Y quedóse solo en los caminos del mundo, lejos de su casa, sin la ínsula y sin Don Quijote, abandonado a sí mismo, dueño de sí. ¿Dueño? Le tomó la noche algo escura y cerrada y solo, sin su amo, fuera de su lugar, ¿qué iba a sucederle? Cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima.
Mira, Sancho, es lo que tiene que sucederte en cuanto te encuentres lejos de tu lugar, del lugar de los tuyos, sin ínsula y sin amo: caerte en sima. Pero no te vino mal esa caída, porque allí, en lo hondo de la sima, pudiste ver mejor lo hondo de la sima de tu vida y cómo el que se vió ayer gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima sin haber persona alguna que le remediase, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro. Y allí, en el fondo de la sima, comprendiste que no habrías de tener en ella la ventura que tu amo Don Quijote tuvo en la cueva de Montesinos, pues allí vió él visiones hermosas y apacibles—te decías—y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras. Sí, hermano Sancho; no son las visiones para todos ni es el mundo de las simas más que una proyección del mundo de la sima de nuestro espíritu; tú hubieras visto en la cueva de Montesinos sapos y culebras como en esa cueva en que caíste los viste, y tu amo hubiera visto en esa tu sima visiones hermosas y apacibles como las vió en la cueva de Montesinos. Para ti no ha de haber más visiones que las de tu amo; él ve el mundo de las visiones y tú lo ves en él; él lo ve por su fe en Dios y en sí mismo y tú lo ves por tu fe en Dios y en tu amo. Y no es menos grande tu fe que la fe de Don Quijote, ni son menos propias de ti las visiones que ves por tu amo que son propias de él las que él ve por sí mismo. El mismo Dios se las suscita y te las suscita, a él en él mismo, y a ti en él. No es menos héroe el que cree en el héroe que el héroe mismo creído por él.
Mas el pobre Sancho dió en lamentarse en el fondo de la sima y en llorar su desgracia, viendo ya que sacaría de allí sus huesos mondos, blancos y raídos y los de su buen rucio con ellos; viéndose morir lejos de su patria y de los suyos, sin que nadie le cierre los ojos ni se duela de su muerte al tiempo de morir, que es morir dos veces y quedarse solo con la muerte. Y así le llegó el día; y ¿qué iba a hacer el pobre Sancho, solo con su rucio, sino dar voces y pedir socorro? Y explorar su sima, pues para algo había servido a Don Quijote. Y entonces es cuando exclamó aquellas tan preñadas sentencias: ¡Válame Dios todopoderoso! ésta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo Don Quijote. Él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir desta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme.
Sí, hermano Sancho, sí; el menoscabo de tu ánimo te impide y te impedirá encontrar jardines floridos y palacios de Galiana en las profundas simas a que caigas. Pero mira, ahora en que en el fondo de la sima de tu desgracia reconoces lo mucho que de tu amo te separa, ahora es cuando estás más cerca de él, pues cuanto más sientas tu distancia de él, más a él te acercas. Te pasa con tu amo, aunque en finito y relativo, lo que en infinito y absoluto nos pasa a tu amo, a ti, a mí y a todos los mortales, con Dios, y es que cuanto más sentimos el infinito que de Él nos separa, más cerca de Él estamos, y cuanto menos acertamos a definirle y representárnoslo, mejor le conocemos y queremos más.
Y yendo así con el rucio y con sus pensamientos por aquellas profundidades Sancho, dando voces, las oyó... ¿quién había de oirlas? ¿quién otro sino el mismísimo Don Quijote? El cual habiendo salido una mañana a imponerse y ensayarse en lo que había de hacer en el trance de la honra de la hija de Doña Rodríguez, fué llevado por Dios a la boca de la sima, donde oyó las voces que Sancho daba. Y Don Quijote le creía alma en pena, y le ofrecía sufragios para sacarle del purgatorio, que pues su profesión era de favorecer y acorrer a los necesitados de este mundo, también lo sería para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro.
Mira, Sancho, cómo tu amo al oirte en la sima y en la sima no verte, tiénete por muerto y te ofrece sus sufragios. Y entonces, al oir tú la voz de tu amo, exclamaste lleno de júbilo: ¡nunca me he muerto en todos los días de mi vida! Ya no piensas en que recojan tus huesos mondos, blancos y roídos, ni en que has de morir solo con la muerte; oíste a tu amo y olvidando que has de morir, recuerdas tan sólo que no te has muerto nunca todavía. Y rebuznó el rucio, y al oirlo comprendió Don Quijote que no se trataba de alma en pena, sino de su escudero, que le acompañaba. Y es la señal muy cierta, pues cuando de las cosas que nos parecen del otro mundo salen rebuznos, es que no se trata sino de cosas del mundo éste. Y Don Quijote hizo que le sacaran de la sima.
Y así fué sacado Sancho de la sima en que cayera al salir del gobierno de su ínsula y encontrarse solo, de aquella sima por la que caminó llevando tras de sí y guiando a su rucio. Que esta diferencia entre otras había entre amo y escudero, y es que aquél se dejaba guiar de su caballo y el escudero guiaba a su rucio. Y así sucede que en la marcha por el bajo mundo se deja el Quijote llevar por su animal, y el Sancho lo lleva.