CAPÍTULO LVI
De lo que sucedió a Don Quijote con Doña Rodríguez,
la dueña de la Duquesa, con otros acontecimientos
dignos de escritura y de memoria eterna.
En la melancólica aventura de la dueña Doña Rodríguez sólo hay que advertir la encantadora simplicidad de esta buena mujer, que entre tantos burladores, acudió en veras a Don Quijote. Y entonces se preparó el singular duelo del caballero con Tosilos para obligar al seductor de la hija de Doña Rodríguez a que tomase a ésta por suegra, y el inesperado desenlace de él merced al súbito enamorarse Tosilos de la ex doncella y declarar cómo la quería por mujer. Y he aquí cómo entre tantos burladores la simple, la boba, la sincera Doña Rodríguez logró poner a su desdoncellada hija a punto de casarse, gracias a Don Quijote. Pues siempre ocurre que quien con pureza de intención y de veras y no en burlas, acude a Don Quijote, sin burlarse de él, consigue su propósito. Difícil es esta fe en un mundo de burladores, pero ¿no creéis que quien tomase a Don Quijote tan en serio como Doña Rodríguez y su hija le tomaron lograría sus propósitos, a no atravesársele aviesos burladores, como se les atravesaron a ellas?
Cierto es que al descubrirse que el caballero que se dió por vencido no era el seductor sino Tosilos, se llamaron a engaño la seducida y su señora madre, pero bien dijo Don Quijote a la ex doncella al encontrarse con aquel nuevo caso de encantamiento: tomad mi consejo y apesar de la malicia de mis enemigos casaos con él, que sin duda es el mismo que vos deseáis alcanzar por esposo. ¡Y tan el mismo! Como que lo aceptó, pues más quería ser mujer legítima de un lacayo, que no amiga y burlada de un caballero. De mano de Don Quijote tomó inesperado esposo, y ésta es la aventura a que por el pronto dió más feliz remate nuestro caballero. Y le dió tal por haberse encontrado con gentes sencillas y humildes, de las que toman el mundo en serio y acuden en serio a Don Quijote; por haberse encontrado con burlada moza que anhelaba esposo, contentándose con el que Don Quijote le diera.
¡Hermosa conformidad! Y tal es la condición para que pueda el héroe hacer en nosotros su beneficio y es que nos hallemos dispuestos a recibir de su mano lo que nos diere, siempre que remedie nuestra necesidad. ¿Eres, lectora, una burlada doncella y quieres remediar tu desgracia? ¿necesitas marido que cubra tu vergüenza? pues no pretendas que haya él de ser éste o aquél, y menos tu burlador; conténtate con el que te depare Don Quijote, que es buen casamentero.
Y al concluir de contar esta tan afortunada aventura, añade el historiador estas terribles palabras: Aclamaron todos la victoria por Don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes. ¡Oh, y qué terrible es en sus burlas el hombre! Más de temer es la burla del hombre que no la seria acometividad de una fiera salvaje, que os ataca por hambre. Puestos los hombres en el despeñadero de las burlas no paran hasta bajar a crímenes y villanías; por burlas comenzaron muchos de los más horrendos delitos; por buscar deleite y regocijo se ha llevado a muchos a trabarse de manos homicidas.
¡Cosa terrible la burla! Dicen que por burla, señor mío Don Quijote, se escribió tu historia, para curarnos de la locura del heroísmo, y añaden que el burlador logró su objeto. Tu nombre ha llegado a ser para muchos cifra y resumen de burlas y sirve de conjuro para exorcizar heroísmos y achicar grandezas. Y no recobraremos más nuestro aliento de antaño mientras no volvamos la burla en veras y hagamos el Quijote muy en serio y no por compromiso y sin creer en ti.
Ríense los más de los que leen tu historia, loco sublime, y no pueden aprovecharse de su meollo espiritual mientras no la lloren. ¡Pobre de aquel a quien tu historia, Ingenioso Hidalgo, no arranque lágrimas, lágrimas del corazón, no ya de los ojos!
En una obra de burlas se condensó el fruto de nuestro heroísmo; en una obra de burlas se eternizó la pasajera grandeza de nuestra España; en una obra de burlas se cifra y compendia nuestra filosofía española, la única verdadera y hondamente tal; con una obra de burlas llegó el alma de nuestro pueblo, encarnada en hombre, a los abismos del misterio de la vida. Y esa obra de burlas es la más triste historia que jamás se ha escrito; la más triste, sí, pero también la más consoladora para cuantos saben gustar en las lágrimas de la risa la redención de la miserable cordura a que la esclavitud de la vida presente nos condena.
Yo no sé si esa obra, mal entendida y peor sentida, puede tener en ello parte, mas es el caso que se cierne sobre nuestra pobre patria una atmósfera abochornada de gravedad abrumadora. Por dondequiera hombres graves; enormemente graves, graves hasta la estupidez. Enseñan con gravedad, predican con gravedad, mienten con gravedad, engañan con gravedad, disputan con gravedad, juegan y ríen con gravedad, faltan con gravedad a su palabra, y hasta eso que llaman informalidad y ligereza son la ligereza e informalidad más graves que se conoce. Ni aun a solas dan unos tumbos y zapatetas en el aire, en seco y sin motivo alguno, y de tal modo pareció agotarse en la historia de Don Quijote el repuesto todo de heroísmo que en España hubiera, que no es fácil se encuentre hoy en el mundo pueblo más incapaz que el español de comprender y sentir el humor. Aquí se toma por donaires y se ríe las más chocarreras torpezas de cualquier ingenio afrailado; hay asnos en figura humana que celebran como agudo chiste el que se le diga a alguien que se le ven las orejas de burro. Después que tú, Don Quijote, te fuiste de este mundo se ha llegado a reir como gracias las insípidas sandeces de un tal Fray Gerundio de Campazas y luego que Sancho dejó de luchar en la conquista de su fe, se nos vino un Bertoldo italiano y está bertoldizando a nuestro pueblo. Mentira parece que en el pueblo en que Don Quijote elevó a heroicas hazañas las más miserables burlas, se rieran los retorcidos chistes de aquel fúnebre Quevedo, hombre grave y tieso si los ha habido, y fuesen reídas las pretendidas gracias, puramente de corteza, cuando no de pellejo de corteza, es decir, de vocablo, de su Gran Tacaño.