CAPÍTULO LVIII
Que trata de cómo menudearon sobre Don Quijote aventuras tantas,
que no se daban vagar unas a otras.
Cuando Don Quijote se vió en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho, le dijo: la libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los siglos... con todo lo que se sigue.
Sí, ya estás libre de burlas y chacotas, ya estás libre de Duques y doncellas y lacayos, ya estás libre de la vergüenza de aparecer pobre. Se comprende bien que en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve te pareciera estar metido entre las estrechezas de la hambre. Bien decías: Venturoso aquel a quien el cielo dió un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo. ¿Y quién es ése?
En estos y otros razonamientos iban los andantes caballero y escudero y ocupado el corazón de Don Quijote por los dejos de su esclavitud en casa de los Duques y el recuerdo de su soledad y su pobreza, cuando se encontró con una docena de labradores que llevaban, cubiertas con unos lienzos, unas imágenes de relieve y entalladura para el retablo de su aldea. Pidió Don Quijote cortésmente que se las mostrasen y le enseñaron las de San Jorge, San Martín, San Diego Matamoros y San Pablo, caballeros andantes del cristianismo los cuatro y que pelearon a lo divino. Y Don Quijote al verlos dijo: Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.
¡Hondísimo pasaje! Aquí la temporal locura del caballero Don Quijote se derrite en la eterna bondad de la cordura del hidalgo Alonso el Bueno, y no hay acaso en toda la tristísima epopeya de su vida pasaje que nos labre más honda pesadumbre en el corazón. Aquí Don Quijote se adentra y entraña en la cordura de Alonso Quijano el Bueno, zahonda en sí mismo, torna a ser niño y a mamar, según aquello de Teresa de Jesús (Vida, XIII, II) de que lo «del conocimiento propio jamás se ha de dejar ni hay alma en este camino tan gigante que no haya menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar». Sí, Don Quijote se vuelve aquí a su niñez espiritual, a la niñez cuyo recuerdo es el alivio de nuestra alma, pues es el niño que llevamos todos dentro quien ha de justificarnos algún día. Hay que hacerse como niños para entrar en el reino de los cielos. Aquí se le agolpaban en la cabeza y en el corazón a Don Quijote aquellos años de sus remotas mocedades de que nada nos dice su historia, todos aquellos misteriosos años en que libre todavía del encanto de los libros de caballerías había contemplado con paz, en serenas tardes, la mansedumbre de la reposada Mancha.
¿Y no había, pobre Caballero, en el poso de este tu desencanto un recuerdo de aquella garrida Aldonza por la que suspirabas doce años ya sin más que haberla visto cuatro veces? Si mi Dulcinea del Toboso saliese de los (trabajos) que padece... decías, mi pobre Don Quijote, y en tanto pensaba dentro de ti Alonso Quijano: ¡oh, si el imposible por ser imposible se cumpliese merced a mi locura, si Aldonza movida a compasión y encantada por la locura de mis proezas, viniese a romper mi vergüenza, esta vergüenza de pobre hidalgo entrado en años y henchido de amor, ¡oh, entonces, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, encaminaría mis pasos a una vida de amor dichoso! ¡Oh mi Aldonza, mi Aldonza, tu pudiste llevarme por mejor camino del que llevo! ¡pero... es ya tarde! ¡Te encontré muy tarde en mi vida! ¡Oh misterios del tiempo! ¡Contigo habría yo sido héroe, pero un héroe sin locura; contigo este mi esfuerzo heroico habríase enderezado a hazañas de otra laya y otro alcance; contigo en vez de estas burlas, habría derramado fecundas veras por los campos de mi patria!
Y ahora, dejando a Alonso el Bueno, volvamos a Don Quijote para oir al caballero empeñado en la hazañosa empresa de enderezar los tuertos del mundo a fin de alcanzar merced a ello eternidad de nombre y fama, oirle cómo confiesa no saber lo que conquista a fuerza de sus trabajos, y verle volver su mirada a la salvación de su alma y a la conquista del cielo, que padece fuerza.
«¿De qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?»—dice el Evangelio (Mat., XVI, 26).
Esas palabras de descorazonamiento en su obra, de Don Quijote, esa su bajada a la cordura de Alonso el Bueno, es lo que más a las claras pone su hermandad espiritual con los místicos de su propia tierra castellana, con aquellas almas llenas de la sed de los secos parameros sobre que moraban y de la serena limpieza del terso cielo bajo el cual penaban. Son a la vez la queja del alma al encontrarse sola.
¿Por qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y lo purificaremos. La mirada limpia, limpia cuanto mira; los oídos castos castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra lo que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el Demonio carga con las culpas de los que le temen... Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo; purifiquemos nuestra conciencia y puro saldrá el ambiente. «La caridad cubre multitud de pecados»—dice la primera de las dos epístolas atribuidas al apóstol Pedro (IV, 8). Los limpios de corazón ven a Dios en todo, y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y sólo en la intención está el mal.
Y sobre todo, en esos tus actos heroicos ¿qué buscas? ¿Enderezar entuertos por amor a la justicia, o cobrar eterno nombre y fama por enderezarlos? La verdad es, pobres mortales, que no sabemos lo que conquistamos a fuerza de trabajos. Mejóresenos la ventura, adóbesenos el juicio y enderezaremos nuestros pasos por mejor camino del que llevamos, por otro camino que no el de la vanagloria.
¡Buscar renombre y fama! Ya lo dijo Segismundo, hermano de Don Quijote:
¿Quién por vanagloria humana
pierde una divina gloria?
¿qué pasado bien no es sueño?
¿quién tuvo dichas heroicas
que entre sí no diga, cuando
las revuelve en su memoria:
sin duda que fué soñando
cuanto vi? Pues si esto toca
mi desengaño, si sé
que es el gusto llama hermosa
que la convierte en cenizas
cualquiera viento que sopla,
acudamos a lo eterno,
que es la fama vividora
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan.
(La Vida es Sueño, III, 10.)
Acudamos a lo eterno, sí, y así mejorada nuestra ventura y adobado nuestro juicio, encaminemos nuestros pasos por mejor camino del que llevamos, encaminémonos a conquistar el cielo, que padece fuerza,
la fama vividora
donde ni duermen las dichas,
ni las grandezas reposan.
Ya antes, mucho antes que el Segismundo calderoniano, el grave Jorge Manrique, al cantar la muerte de su padre, Don Rodrigo, Maestre de Santiago, nos dijo de las tres vidas: la vida de la carne, la vida del nombre y la vida del alma. Cuando después de tanta hazaña descansaba Don Rodrigo
en la su villa de Ocaña,
vino la muerte a llamar
a su puerta,
diciendo: buen Caballero,
dexad el mundo engañoso,
y su halago,
muestre su esfuerzo famoso
vuestro corazón de acero
en este trago.
Y pues de vida y salud
hicisteis tan poco cuenta
por la fama,
esfuércese la virtud
para sufrir esta afrenta
que os llama.
No se os haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de fama tan gloriosa
acá dexáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal,
ni verdadera;
mas con todo muy mejor
que la otra temporal
perecedera.
.................................................
Y con esta confianza
y con la fe tan entera
que tenéis
partid con buena esperanza,
que esta otra vida tercera
ganaréis.
¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad del espíritu por que dure nuestro nombre tanto como durare el mundo, un instante de eternidad? Mayormente, cuanto que buscando la gloria celestial se conquista, por añadidura, la terrena. Bien lo decía Fernando de Pulgar, consejero, secretario y cronista de los Reyes Católicos, quien en su libro de los Claros varones de Castilla, al hablar del Conde de Haro, D. Pedro Fernández de Velasco, nos dice que «este noble Conde, no señoreado de ambición por aver fama en esta vida, mas señoreando la tentación por aver gloria en la otra, gobernó la república tan rectamente que ovo el premio que suele dar la verdadera virtud: la qual conoscida en el alcançó tener tanto crédito e autoridad, que si alguna grande y señalada confianza se avía de fazer en el Reyno, quier de personas, quier de fortalezas o de otra cosa de qualquier qualidad siempre se confiaban en él». Quiere decirse que buscando el reino de Dios y su justicia, haber gloria en la otra vida, consiguió de añadidura fama en ésta, por donde se ve una vez más cómo el mejor negocio es la virtud y la carrera más lucrativa y provechosa la de santo.
La carrera más provechosa y lucrativa es la de santo, en efecto. También Íñigo de Loyola fué en sus mocedades, según dije que el P. Rivadeneira nos lo cuenta, amigo de leer libros de caballerías y buscó «alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar» (Vida, libro 2, cap. II). Pero leyó otros y «trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad» (libro 2, capítulo II). Y este Íñigo ¿no tuvo alguna Aldonza por la que suspiró años y más años y que le llevó a su vida de santidad, luego de rompérsele la pierna?
¡Abismático pasaje, henchido de suprema melancolía el del encuentro de Don Quijote con las cuatro imágenes de los caballeros andantes a lo divino! Por buen agüero lo tuvo el Caballero, y era, en efecto, el agüero de sus próximas conversión y muerte. Pronto mejorada su ventura y adobado su juicio enderezará sus pasos por mejor camino, por camino de la muerte.
¡Abismático pasaje! ¿Y a quién de nosotros, los que seguimos o queremos seguir en algo a Don Quijote, no nos ha ocurrido cosa parecida? El triste dejo del triunfo es el desencanto. No, no era aquello. Lo que hiciste o dijiste no merecía los aplausos con que te lo premiaron. Y llegas a casa y te encuentras en ella solo, y entonces, vestido como estás, te echas sobre la cama y dejas volar tu imaginación por el vacío. En nada te fijas, en nada concentras tu imaginación; te invade un gran desaliento. No, no era aquello. No quisiste hacer lo hecho, no quisiste decir lo dicho; te aplaudieron lo que no era tuyo. Y llega tu mujer, rebosante de cariño, y al verte así, tendido, te pregunta qué tienes, qué te pasa, por qué te preocupas, y la despides, acaso desabridamente, con un áspero y seco: ¡déjame en paz! Y quedas en guerra. Y en tanto creen los que te censuran que estás embriagado con el triunfo, cuando en verdad estás triste, muy triste, abatido, enteramente abatido. Te has cobrado asco a ti mismo; no puedes volver atrás, no puedes retrotraer el tiempo y decir a los que iban a escucharte: «todo esto es mentira; yo ni aun sé lo que voy a decir; aquí venimos a engañarnos; voy a ponerme en espectáculo; vámonos, pues, cada uno a su casa, a ver si se nos mejora la ventura y adobamos nuestro juicio».
El lector echará de ver, de seguro, que escribo estas líneas bajo un apretón de desaliento. Y así es. Es ya de noche, he hablado esta tarde en público y aún se me revuelven en el oído tristemente los aplausos. Y oigo también los reproches, y me digo: ¡tienen razón! Tienen razón: fué un número de feria; tienen razón: me estoy convirtiendo en un cómico, en un histrión, en un profesional de la palabra. Y ya hasta mi sinceridad, esta sinceridad de que he alardeado tanto, se me va convirtiendo en tópico de retórica. ¿No sería mejor que me recogiese en casa una temporada y callase y esperara? Pero ¿es esto hacedero? ¿podré resistir mañana? ¿no es acaso una cobardía desertar? ¿no hago algún bien a alguien con mi palabra aunque ella me desaliente y apesadumbre? Esta voz que me dice: ¡calla, histrión! ¿es voz de un ángel de Dios o es la voz del demonio tentador? ¡Oh Dios mío, Tú sabes que te ofrezco los aplausos lo mismo que las censuras. Tú sabes que no sé por dónde ni adónde me llevas; Tú sabes que si hay quienes me juzguen mal, me juzgo yo peor que ellos; Tú, Señor, sabes la verdad, Tú solo; mejórame la ventura y adóbame el juicio, a ver si enderezo mis pasos por mejor camino del que llevo!
No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos, digo con Don Quijote. Y Don Quijote tuvo que decirlo en uno de esos momentos en que sacude al alma el soplo del aletazo del ángel del misterio; en un momento de angustia. Porque hay veces que sin saber cómo ni de dónde, nos sobrecoge de pronto y al menos esperarlo, atrapándonos desprevenidos y en descuido, el sentimiento de nuestra mortalidad. Cuando más entoñado me encuentro en el tráfago de los cuidados y menesteres de la vida, estando distraído, en fiesta o en agradable charla, de repente parece como si la muerte aleteara sobre mí. No la muerte, sino algo peor, una sensación de anonadamiento, una suprema angustia. Y esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial, nos lleva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas.
La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo; concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver, ni oir, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos la esperamos, y sientas el nudo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu. Como el arrendajo al roble, así la cuita imperecedera nos labra a picotazos el corazón para ahoyar en él su nido.
Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarás de un vuelo congojoso, para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación, como decía el tudesco. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistarás la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la lógica que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de la cardíaca, que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.
A la vista de las imágenes padeció un relámpago de desmayo Don Quijote. De no haberlo nunca padecido, sería en puro sobrehumano, inhumano, y como tal modelo imposible para los hombres de cada día. Y ¿qué mucho lo padeciera si el mismo Cristo, abrumado por la tristeza, en el olivar pidió a su Padre si podía ahorrarle las heces del cáliz de la amargura? Don Quijote dudó por un momento de la Gloria, pero ésta, su amada, le amaba a su vez ya y era, por tanto, su madre, como lo es del amado toda su amante verdadera. Hay quien no descubre la hondura toda del cariño que su mujer le guarda sino al oirla, en momento de congoja, un desgarrador ¡hijo mío! yendo a estrecharle maternalmente en sus brazos. Todo amor de mujer es, si verdadero y entrañable, amor de madre; la mujer prohija a quien ama. Y así Dulcinea es ya madre espiritual, no tan sólo señora de los pensamientos, de Don Quijote, y aunque se le hubiese a éste pasado por las mientes desahijarse de ella, veréis que ella le recobra con amoroso reclamo, como al ternerillo recental que corre a triscar suelto le requerencia la vaca, al sentirse con las ubres perinchidas, rompiendo con dulce abrullo el aire que los separa. Veréis cómo le detiene y le retiene con verdes lazos.
Y fué que iban, después de lo narrado, entretenidos amo y escudero en razones y pláticas, entrando por una selva que fuera del camino estaba, cuando a deshora y sin pensar en ello, se halló Don Quijote enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas y que resultaron estarlo por unas hermosísimas doncellas y unos mozos principales que disfrazados de pastores y zagalas querían, formando una nueva y pastoril Arcadia, pasarlo en recitar églogas de Garcilaso y de Camoens. Conocieron a Don Quijote y le rogaron se detuviese con ellos, como así lo hizo, y en su compañía de ellos comió. Y a fuer de agradecido y para pagar el agasajo ofreció lo que podía y tenía de su cosecha, cual fué sustentar durante dos días naturales en mitad de aquel camino real que va a Zaragoza, que aquellas señoras contrahechas en pastoras que allí estaban, eran las más hermosas doncellas y más corteses que había en el mundo, exceptuando tan sólo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de sus pensamientos.
¡Vele aquí cómo vuelve ya a su locura nuestro admirable caballero! Cuando más ensimismado iba en meditar la vanidad y locura del esfuerzo de sus trabajos, le prenden y vuelven verdes redes al fresco sueño de la locura y de la vida. Volvió el Caballero al sueño de la vida, a su generosa locura, resurgiendo reconfortado, de la egoísta cordura de Alonso el Bueno. Y entonces, al retomar a su sublime locura, entonces es cuando vuelve a su magnánima intención y ofrece lo que ofreció sostener en honra y prez de sus agasajadoras. De aquella sumersión en los abismos de la oquedad del esfuerzo humano, tomó huelgos y recobró nuevo cuajo la energía creadora del Caballero de la Fe, al modo como Anteo, al toque de la Tierra, su madre; y se lanzó a la santa resignación de la acción, que nunca vuelve, como la mujer de Lot, la cara al pasado, sino que siempre se orienta al porvenir, único reino del ideal.
Se echó Don Quijote al camino, plantóse en él y lanzó su reto. Y aquí dirá el lector lo que ya varias veces se habrá dicho en el curso de esta peregrina historia y es: ¿qué tiene que ver la verdad de una proposición con el valor de quien la sustenta y la fortaleza de su brazo? Porque venza en lid de armas el sustentador de esto o de aquello ¿ha de tenerse lo que él sustentaba por más verdadero que lo sustentado por el vencido?
Ya te he dicho, lector, que son los mártires los que hacen la fe más bien que ser la fe la que hace mártires. Y la fe hace la verdad.
Verdad entre burla y juego, como es hija de la fe,
es peña que al agua y viento para siempre está en un ser.
Como según el conocido romance dijo Rodrigo Díaz de Vivar,
ahinojado ante el Rey,
delante los que juzgaba, antes de los años diez.
Es verdadero, te lo repito, cuanto moviéndonos a obrar hace que cubra el resultado a nuestro propósito y es por lo tanto la acción la que hace la verdad. Déjate, pues, de lógicas. Y ¿cómo se hace que los hombres crean las cosas y les lleven a llenar sus propósitos si no es manteniéndolas con valor? Las gentes creen verdadera la empresa que venció por el esfuerzo del ánimo y del brazo de quien la sustentaba, y al creerla verdadera, la hacen tal si les lleva a obrar con buen éxito. Las manos, pues, abonan a la lengua, y con hondo sentido dijo Pero Vermuez a Ferrando, el infante de Carrión, en aquellas famosas cortes, lo de
Delant myo Çid e delante todos oviste te de alabar
Que mataras al moro e que fizieres barnax;
Croviorontelo todos, ma non saben la verdad.
E eres fermoso, mas mal barragán.
Lengua sin manos, cuemo osas fablar.
(Poema del Çid, 3324-3325).
Y continúa echándole en cara que huyó del león al que avergonzó el Cid, por lo cual valía menos entonces—poró menos vales oy (3334)—y luego abandonó a su mujer, la hija del Cid y
por cuanto las dexastes menos valedes vos
(3344)
y acaba exclamando:
De cuanto he dicho verdadero seré yo.
(3357)
Todos creyeron a Fernando, mas era por ignorar la verdad; que era hermoso, pero «mal barragán». Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?
No faltará todavía chinche escolástico como para venirme con que confundo la verdad lógica con la verdad moral y el error con la mentira, y que puede haber quien se mueva a obrar por manifiesta ilusión y logre, sin embargo, su propósito. A lo que digo que entonces la tal ilusión es la verdad más verdadera, y que no hay más lógica que la moral. Y de cuanto digo verdadero seré yo. Y basta.
Salió Don Quijote al camino, plantóse en él, lanzó su reto y entonces fué cuando una manada de toros y cabestros le derribaron y pisotearon. Así sucede, que cuando retáis a caballeros a defender una verdad, vienen toros y cabestros y hasta bueyes y os pisotean.