CAPÍTULO LIX
Donde se cuenta el extraordinario suceso, que se puede tener por
aventura, que le sucedió a Don Quijote.
Levantóse Don Quijote, montó y sin despedirse de la Arcadia fingida, reanudó más entristecido aún su camino. Porque venía ya triste desde casa de los Duques. Y viendo comer a Sancho: Come, Sancho amigo—dijo Don Quijote—, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias. ¡Déjame morir! ¡Déjame morir a manos de mis pensamientos! ¿Pensabas acaso, pobre Caballero, en el encantamiento de Dulcinea y pensaba tu Alonso en el encanto de Aldonza?
Yo, Sancho—prosiguió Don Quijote—, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo. ¡Preñadísima sentencia! Sí, para vivir muriendo nació todo género de heroísmo. Al verse el Caballero pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces pensó dejarse morir de hambre. La cercanía de la muerte, que se le venía encima a muy raudos pasos, iba alumbrando su mente y disipando de ella la cerrazón de la locura. Comprendía ya que eran animales inmundos y soeces los que le acocearon y molieron y no los tuvo por cosa de encantamiento y magia.
¡Pobre mi señor! La fortuna se te ha vuelto de espaldas y te desdeña. Mas no por eso la esperas menos, y tu esperanza es tu verdadera fortuna, tu dicha el esperarla. ¿No esperaste durante doce arrastrados años y no esperabas todavía lo imposible, con tanto más grande esperanza cuanto más imposible es lo esperado? Bien se ve que no habías olvidado aquello que leíste en el canto segundo de la áspera Araucana de mi paisano Ercilla y es que
el más seguro bien de la fortuna
es no haberla tenido vez alguna.
Descansaron un rato amo y escudero, reanudaron camino y llegaron a una venta, que por tal venta la tomó Don Quijote, pues salió, como vemos, de casa de los Duques en vía de curación de su locura y desempañada la vista. Las burlas se le iban aclarando. Las burlas le abrieron los ojos para conocer a los animales inmundos y soeces.
Y aun tuvo que apurar en la venta otro tormento y fué el de conocer las patrañas que acerca de él había propalado la falsa segunda parte de su historia.