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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 77: CAPÍTULO LX
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO LX

De lo que le sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona.

Continuaron camino de Barcelona y en él, sesteando entre unas espesas encinas o alcornoques, sucedió el más triste suceso de tantos tan tristísimos como la historia de nuestro Don Quijote encierra. Y fué que desesperado Don Quijote de la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues a lo que creía solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los infinitos que le faltaban por darse si había de desencantar a Dulcinea, determinó azotarle a pesar suyo. Intentó hacerlo, resistióse el escudero, forcejeó Don Quijote y viéndolo Sancho Panza, se puso en pie y arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y echándole una zancadilla dió con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho y con las manos le tenía las manos de modo que ni le dejaba rodear ni alentar.

Basta ya, que oprime al ánimo más recio la lectura de este tristísimo paso. Tras las burlas de los Duques, la aflicción por la pobreza, el desmayo del heroísmo ante las imágenes de los cuatro caballeros y el molimiento por pies de animales inmundos y soeces, sólo faltaba, como suprema tortura, la rebeldía de su escudero. Sancho se había visto gobernador y a su amo a las patas de los cabestros. El paso es de hondísima tristeza.

Don Quijote le decía: ¿cómo, traidor, contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves? ¿El pan? No sólo el pan, sino la gloria y la vida misma perduraderas. Ni quito rey ni pongo rey—respondió Sancho—, sino ayúdome a mí que soy mi señor.

¡Oh, pobre Sancho, y a qué desfalladero de torpeza te arroja la carne pecadora! Te desmandas contra tu amo y señor natural, contra el que te da el eterno pan de tu vida eterna, creyéndote señor de ti mismo. No, pobre Sancho, no; los Sanchos no son señores de sí mismos. Esa proterva razón que para rebelarte aduces de ¡soy mi señor! no es mas que un eco del «¡no serviré!» de Lucifer, el príncipe de las tinieblas. No, Sancho, no; tú no eres ni puedes ser señor de ti mismo, y si mataras a tu amo, en aquel mismo instante te matarías para siempre a ti mismo.

Pero bien mirado tampoco está del todo mal que Sancho se rebele así, pues de no haberse nunca rebelado no sería hombre, hombre de verdad, entero y verdadero. Y esa rebelión, si bien se mira, fué un acto de cariño, de hondo cariño a su amo que se desmandaba y salía, en la tristeza de su locura agonizante, de las buenas prácticas caballerescas. Después de aquello, después de haberle tenido sujeto bajo su rodilla, después de haberle vencido, es seguro que Sancho quiso y respetó y admiró más a su amo. Así es el hombre.

Y Don Quijote prometió no tocarle en el pelo de la ropa, dejándose vencer de su escudero. Es la primera vez en su vida toda en que el Caballero de los Leones se deja vencer humildemente y sin defenderse siquiera; se deja vencer de su escudero.

Y este mismo Sancho que arremete a su amo y le pone la rodilla sobre el pecho, al sentir sobre su cabeza y pendientes de un árbol dos pies de persona con zapatos y calzas, tiembla de miedo y da voces llamando a Don Quijote que le acorra y favorezca.

No bien acaba de desmandarse contra su amo y señor natural al grito revolucionario de ¡yo soy mi señor! cuando no es ya señor de sí mismo, sino que tiembla de miedo al sentir sobre su cabeza unos pies calzados, y llama a su amo y señor natural, al que le amparaba del miedo. Y Don Quijote ¡claro está! acudió a la llamada, porque era bueno. Y supuso fueran pies de foragidos y bandoleros que en aquellos árboles estaban ahorcados.

Así lo vieron al amanecer en que cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que se estuvieran quedos, y se detuvieran hasta que llegase su capitán. Y el pobre Don Quijote hallóse a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y finalmente sin defensa alguna, y así tuvo por bien cruzar las manos e inclinar la cabeza guardándose para mejor sazón y coyuntura. ¡Ejemplarísimo Caballero! Y ¡cómo le han enseñado las burlas de los Duques, las coces de los cabestros y la arremetida de Sancho! Es que barrunta, aun sin conocerla, la cercanía de su muerte.

Llegó el capitán, Roque Guinart, vió la triste y melancólica figura de Don Quijote y le animó. Había oído hablar de él. Y allí conoció Don Quijote la concertada república de los bandoleros y pretendió persuadir con buenas palabras, y no obligarle por fuerza a Roque Guinart a que se hiciese caballero andante. Sirvió el encuentro para que el caballero admirase la vida del caballeresco bandolero, la equidad con que se repartían los despojos del robo y su generosidad con los viandantes. Y él, Don Quijote, que con grande escándalo de las personas graves había dado libertad a los galeotes, no intentó siquiera deshacer la república de los bandidos.

Esto de la justicia distributiva y el buen orden que en repartir los despojos del botín se observaba en la banda de Roque Guinart, es condición de toda sociedad de bandoleros. Fernando de Pulgar, al hablarnos en sus Claros varones de Castilla del bandolero D. Rodrigo de Villadrando, Conde de Ribadeo, que con sus bandas y su gran poder «robó, quemó, destruyó, derribó, despobló Villas e Lugares e pueblos de Borgoña e de Francia» nos dice que «tenía dos singulares condiciones: la una, que facía guardar la justicia entre la gente que tenía, e no consentía fuerza ni robo ni otro crimen; e si alguno lo cometía, él por sus manos lo punía». Por donde se ve cómo es en el seno de las sociedades organizadas para el robo donde más severamente se persigue el robo mismo, así como en los ejércitos, organizados para ofender y destruir, es donde más duramente se castigan las ofensas y lo que a la destrucción del ejército mismo tienda. Y así cabe decir de todo género de justicia humana que brotó de la injusticia, de la necesidad que ésta tenía de sostenerse y perpetuarse. La justicia y el orden nacieron en el mundo para mantener la violencia y el desorden. Con razón ha dicho un pensador que de los primeros bandoleros a sueldo surgió la guardia civil. Y los romanos, formuladores del derecho que aún subsiste, los del ita ius esto ¿qué eran sino unos bandoleros que empezaron su vida por un robo según la leyenda por ellos mismos forjada?

Conviene, lector, te pares a considerar esto de que nuestros preceptos morales y jurídicos hayan nacido de la violencia y de que para poder matar una sociedad de hombres se haya dicho a cada uno de éstos que no deben matarse entre sí, y se les haya predicado que no deben robarse unos a otros para que así mejor se dediquen al robo en cuadrilla. Tal es el verdadero abolengo y linaje de nuestras leyes y nuestros preceptos; tal la fuente de la moral al uso. Y este su abolengo y linaje se descubre en ella y por esto nos sentimos inclinados a perdonar y aun querer a los Roque Guinart, porque en ellos no hay doblez ni falsía, sino que aparecen sus bandas tal y como son, mientras los pueblos naciones que se dicen llamados a cumplir el derecho y servir a la cultura y a la paz son sociedades fariseas. ¿Conocéis algún rasgo quijotesco de una nación de hombres como tal nación?

Consideremos, por otra parte, cómo del mal sale el bien—porque al fin es un bien, si bien transitorio, el de la justicia distributiva—y tiene éste sus raíces en aquél, o son más bien caras de una misma figura. De la guerra brota la paz, y del robo en cuadrilla el castigo al robo. La sociedad tiene que tomar sobre sí los crímenes para libertar de ellos, y de su remordimiento, a los que la forman. Y ¿no hay acaso un remordimiento social, desparramado entre sus miembros todos? Sin duda y el hecho éste del remordimiento social, tan poco advertido de ordinario, es el móvil principal de todo progreso de la especie. Acaso lo que nos mueve a ser buenos y justos con los de nuestra sociedad es cierto oscuro sentimiento de que la sociedad misma es mala e injusta; el remordimiento colectivo de una tropa de guerra es tal vez lo que les mueve a prestarse servicios entre sí y aun a prestárselos, a las veces, al enemigo vencido. Por conocer la insolencia de su oficio se guardaban fe entre sí los compañeros de Roque.


Este precioso episodio de Roque Guinart es el que más íntima relación guarda con la esencia de la historia de Don Quijote. Es un reflejo, a la vez, del culto popular al bandolerismo, culto jamás borrado de nuestra España. Roque Guinart es un predecesor de los muchos bandidos generosos cuyas hazañas, trasmitidas y esparcidas merced a los pliegos de cordel y coplas de ciegos, han admirado y deleitado a nuestro pueblo; de Diego Corrientes, llamado por antonomasia el bandido generoso; del guapo Francisco Esteban; de José María, el Rey de Sierra Morena; del gaucho Juan Moreira allá en la Argentina, y de tantos otros más, cuyo patrón en el cielo de nuestro pueblo es San Dimas.

Cuando crucificaron a Nuestro Señor Jesús Cristo, uno de los malhechores que estaban colgados junto a Él, le injuriaba diciendo: «Si Tú eres el Cristo, sálvate a Ti mismo y a nosotros. Y respondiendo el otro, reprendióle diciendo: ¿Ni aun tú temes a Dios estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos, mas Éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando fueres en tu reino. Y entonces Jesús le dijo: De veras te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. (Luc., XXIII, 39-43).

No se encuentra otra vez alguna en el Evangelio una afirmación tan redonda de «serás conmigo en el paraíso», una tan firmemente dada seguridad de salvación. Una vez canoniza el Cristo y es a un bandolero en el momento de la muerte. Y al canonizarle canoniza la humildad de nuestro bandolerismo. Y ¿por qué cuando fustigó duramente a tantos escribas y fariseos, hombres honrados según la ley? Porque éstos se tenían por justos a sí mismos, como el fariseo de la parábola, mientras el bandolero, como el publicano de la misma, reconoció su culpa. Fué su humildad lo que premió Jesús. El bandolero se confesó culpable y creyó en el Cristo.

Nada aborrece más el pueblo que al Catón que se tiene por justo y parece ir diciendo: miradme y aprended de mí a ser honrados. Roque Guinart, por el contrario, no ensalzaba su estado, sino que confesó a Don Quijote que no había modo de vivir más inquieto ni sobresaltado que el suyo, y que perseveraba en él, por deseo de venganza, a despecho y a pesar de lo que entendía, y añadió: y como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas, de manera que no sólo las mías, pero las ajenas, tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro. Es un eco de la oración de San Dimas. Y nos parece oir aquello de Pablo de Tarso: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago; miserable hombre de mí ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?».

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago». Palabras que nos sugiere la conducta de Roque Guinart y que nos piden a gritos nos paremos a meditarlas. Y a meditar en que no es lo mismo cumplir la ley que ser bueno. Hay, en efecto, quien se muere sin haber abrigado un solo buen deseo y sin haber, a pesar de ello, cometido un solo delito, y quien, por el contrario, llega a la muerte con una vida cargada de delitos y de generosos deseos a la vez. Son las intenciones y no los actos lo que nos empuerca y estraga el alma, y no pocas veces un acto delictuoso nos purga y limpia de la intención que lo engendrara. Más de un rencoroso homicida habrá empezado a sentir amor a su víctima luego que sació su odio en ella, mientras hay gentes que siguen odiando al enemigo que se murió, después de muerto. Ya sé que son muchos los que anhelan una humanidad en que se impidan los crímenes aunque los malos sentimientos envenenen las almas, pero Dios nos dé una humanidad de fuertes pasiones, de odios y de amores, de envidias y de admiraciones, de ascetas y de libertinos, aunque traigan consigo estas pasiones sus naturales frutos. El criterio jurídico sólo ve lo de fuera y mide la punibilidad del acto por sus consecuencias; el criterio estrictamente moral debe juzgarlo por su causa y no por su efecto. Lo que ocurre es que nuestra moral corriente está manchada de abogacía y nuestro criterio ético estropeado por el jurídico. El matar no es malo por el daño que reciben el muerto o sus deudos o parientes, sino por la perversión que al espíritu del matador lleva el sentimiento que le impulsa a dar a otro la muerte; la fornicación no es pecado por daño alguno que reciba la fornicada—pues de ordinario no lo recibe tal y sí sólo deleite—sino porque el sucio deseo distrae al hombre de la contemplación de su fin propio y le tiñe de falsedad cuanto percibe. Con hondo sentimiento se llama entre los gauchos desgracia, no al ser muerto, sino al haber tenido que matar a otro. Y por ello, aunque en el mundo de la servidumbre, en el mundo aparencial de las trasgresiones del derecho, caigamos en delito, nos salvaremos si conservamos sana intención en el mundo de la libertad, en el mundo esencial de los anhelos íntimos.

Y además ¿no endurecerá en sus fechorías al facineroso la desconfianza del perdón? Recordad aquí a los galeotes. Creo que si todos los hombres se persuadieran de que hay un perdón final para todos y una vida perdurable, en una u otra forma, se harían todos mejores. El temor al castigo no evita más fechorías que las que provoca la desesperanza de perdón. Recordad a Pablo el ermitaño y a Enrico el bandolero del drama de Tirso de Molina que lleva por título El condenado por desconfiado, profunda quintaesencia de la fe española, recordad que si Pablo, macerado en penitencias, se pierde por desconfiar de su salvación, por confiar en ella se salva Enrico el frígido. Volved a leer este drama. Recordad a aquel Enrico, hijo de Anareto, que conservó entre sus maldades entrañable cariño a su tullido padre y fe en la misericordia de Dios, reconociendo la justicia del castigo. Recordadle diciendo:

Mas siempre tengo esperanza
en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada
mi esperanza en obras mías, sino en saber que se hermana
Dios con el más pecador, y con su piedad le salva

(II, 17)

y recordadle arrepentido, gracias a su padre.

¿Que esto repugna al sentido moral? Al sanchopancesco, sí; al quijotesco, no. Un filósofo alemán de hace poco, Nietzsche, metió ruido en el mundo escribiendo de lo que está allende el bien y el mal. Hay algo que está no allende, sino dentro del bien y del mal, en su raíz común. ¿Qué sabemos nosotros, pobres mortales, lo que son el bien y el mal vistos desde el cielo? ¿Os escandaliza acaso que una muerte de fe abone toda una vida de maldades? ¿Sabéis acaso si ese último acto de fe y de contrición no es el brotar a la vida exterior, que se acaba entonces, sentimientos de bondad y de amor que circularon en la vida interior, presos bajo la recia costra de las maldades? Y ¿es que no hay en todos, absolutamente en todos, esos sentimientos, pues sin ellos no se es hombre? Sí, pobres hombres, confiemos, que todos somos buenos.

¡Pero es que así no viviremos nunca seguros!—exclamáis—¡con tales doctrinas no cabe orden social! Y ¿quién os ha dicho, apocados espíritus, que el destino final del hombre se sujete a asegurar el orden social en la tierra y a evitar esos daños aparentes que llamamos delitos y ofensas? ¡Ah, pobres hombres, siempre veréis en Dios un espantajo o un gendarme, no un Padre, no un Padre que perdona siempre a sus hijos, no más sino por ser hijos suyos, hijos de sus entrañas, y como tales hijos de Dios, buenos siempre por dentro de dentro aunque ellos mismos ni lo sepan ni lo crean. Tengo, pues, para mí que Roque Guinart y sus compañeros eran mejores de lo que ellos mismos se creían. Reconocía el buen Roque la insolencia de su oficio, pero se sentía atado a él como a un sino fatal. Era su estrella. Y podía haber dicho con el gaucho Martín Fierro lo de

Vamos, suerte, vamos juntos,
Puesto que juntos nacimos,
Y ya que juntos vivimos.
Sin podernos dividir,
Yo abriré con mi cuchillo
El camino pa seguir.

Y volviendo a nuestra historia, conviene recordar aquí lo que D. Francisco Manuel de Melo en su Historia de Los movimientos, separación y guerra de Cataluña en tiempo de Felipe IV, obra publicada unos cuarenta años después de la historia de nuestro Caballero, dice al describir a los catalanes «por la mayor parte hombres de durísimo natural» que «en las injurias muestran gran sentimiento y por eso son inclinados a venganza», y añade: «La tierra, abundante en asperezas, ayuda y dispone su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques, donde en continuos asaltos, fatigan los caminos; otros sin más ocasión que su propia insolencia, siguen a estotros; éstos y aquéllos se mantienen por la industria de sus insultos. Llaman comúnmente andar en trabajo aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivir, como en señal de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos». Y habla luego de los famosos bandos de Narros y Cadells «no menos celebrados y dañosos a su patria que los Güelfos y Gibelinos de Milán, los Pafos y Médicis de Florencia, los Beamonteses y Agramonteses de Navarra y los Gamboinos y Oñacinos de la antigua Vizcaya».

Al bando de los Narros pertenecía Roque Guinart y como de tal bando despachó un mensajero a Barcelona dando cuenta a sus amigos de cómo iba Don Quijote para que con él se solazasen, que él quisiera que careciesen de este gusto los Cadells sus contrarios; pero que esto era imposible a causa que las locuras y discreciones de Don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo. ¡Pobre Don Quijote, ya querían hacerte monopolio de un bando y solaz a él sólo reservado! ¡Lo que se le ocurre a un catalán, aunque sea bandolero!