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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 78: CAPÍTULOS LXI, LXII Y LXIII
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULOS LXI, LXII Y LXIII

De lo que le sucedió a Don Quijote en la entrada de Barcelona,
con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto.

A los tres días por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas partieron Roque, Don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona, a cuya playa llegaron la víspera de San Juan en la noche, y allí se les despidió Roque dejando diez escudos a Sancho.

Ya tenemos en ciudad a Don Quijote y nada menos que en la grande y florida ciudad condal de Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades y en sitio y belleza única como más adelante, en el cap. LXXII la llama el historiador. Allí, al rayar del día, apacentó en el mar su vista, pareciéndole espaciosísimo y largo, vió las galeras y se halló de fiesta. Y vino la burla ciudadana de los amigos de Roque, que rodeando a Don Quijote, al son de chirimías y atabales, le llevaron a la ciudad, donde los muchachos le hicieron ser derribado de Rocinante, poniendo a éste aliagas bajo el rabo.

Ya estás, mi señor Don Quijote, de hazme reir de una ciudad y de juguete de sus muchachos. ¿Por qué te saliste del campo y de sus caminos libres, único terreno propio de tu heroísmo? Allí, en Barcelona, le sacaron al balcón de una de las calles más principales de la ciudad a vista de las gentes y de los muchachos que como a mona le miraban, allí le pasearon por las calles, sobre un gran macho de paso llano, con un balandrán y a las espaldas un pergamino en que se leía: éste es Don Quijote de la Mancha, lo que traía consigo, con grande admiración del Caballero, que todos los muchachos, sin haberle jamás visto, le conocieran.

¡Pobre Don Quijote, paseado por la ciudad, con tu ecce homo a espaldas! Ya estás convertido en curiosidad ciudadana. Y no faltó, un castellano por cierto, quien te llamase loco y te reprendiese tu locura. Y luego, en casa de D. Antonio Moreno, que le hospedaba, hubo sarao y le hicieron bailar hasta que tuvo que sentarse en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio.

Esto supera ya en tristeza a cuanto desde el día malaventurado en que topó con los Duques le está ocurriendo. Le pasean por las calles, convertido en mona de los muchachos, y luego le hacen bailar. Tómanle de juguete, de trompo, de perinola y zarandillo. Ahora, ahora es, mi señor, cuando cuesta seguirte, ahora es cuando tus fieles han de poner su fe a prueba. «¡Que baile! ¡Que baile!»—es uno de los gritos de irrisión y burla con que escarnecen a los hombres las muchedumbres españolas. Y a ti, mi señor Don Quijote, te hicieron bailar en Barcelona, hasta molerte y quebrantarte.

Ser blanco de la ociosa curiosidad de las muchedumbres; oir que al pasar dicen junto a uno a media voz «¡ése! ¡ése!»; aguantas las miradas de los necios que le miran a uno porque se le trae y se le lleva en los papeles públicos y luego persuadirte de que no conoce tu obra esa gente como no conocían las hazañas de Don Quijote y menos aún su espíritu heroico los chicuelos que por las calles de Barcelona le aclamaban, y de que no eres sino un nombre para ellos; ¿sabéis lo que es esto? ¿Sabéis lo que es eso de que se conozca sólo vuestro nombre y de que os conozcan en dondequiera mientras en dondequiera no saben lo que habéis hecho? Pudiera muy bien suceder que estos mis comentarios a la vida de mi señor Don Quijote provocaran en esta nuestra España, como han provocado algunos otros trabajos míos, discusiones y vocerío; pues bien; os aseguro desde ahora que los más furiosos en vocear por ellos no los habrán leído. Y sin embargo, es tan miserable el hombre, que prefiere el nombre sin la obra a la obra sin el nombre, quiere más dejar su efigie acuñada en cobre a dejar oro puro de su espíritu, pero de donde se borren la efigie y la leyenda.

Allí, en la industriosa ciudad de Barcelona, le enseñaron, ¿qué sino curiosidades de industria? Allí vió y oyó a la cabeza encantada; allí visitó el taller de imprimir. Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos Don Quijote y vió escrito sobre una puerta con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese. Curiosidad naturalísima en quien buscó en libros bálsamo al demasiado amor y fué por libros llevado a meterse en las azarosas andanzas de su carrera de gloria. Figuraos al hidalgo cincuentón que allá, en su lugarejo manchego, había alimentado con lecturas su soledad, para quien más que para otro cualquiera fueron los libros fieles amigos, y comprenderéis con qué ánimo entraría en la imprenta. En la cual se portó como discreto, y manifestó que sabía algún tanto del toscano y se preciaba de cantar algunas estancias del Ariosto. Y hasta allí dejó asomar ciertas puntas y ribetes de ironía a cuenta de los traductores y las traducciones.

Este y otros pasajes especialmente literarios de nuestra historia, son de los que más suelen citar esos que se llaman a sí mismos cervantistas, pero la verdad es que ello apenas lo merece. Son tiquismiquis y minucias de los del oficio, que a los demás les debe tener sin cuidado. Bien está que los escritores nos cuidemos de la hechura de nuestros trabajos y le demos vueltas y más vueltas al lenguaje y al estilo, pero de esto nada se le da al que nos lee. Bien está el que un escritor teja sus párrafos, y luego los desmote, perche, lustre, tunda y prense para cortarlos y coserlos luego y hacer así traje a su pensamiento, mas sea para provecho del que le haya de leer. Yo mismo, en estas páginas, confieso que a las veces he zuñido y bruñido mi discurso, mas en lo que todo sobre todo he puesto ahinco es en sacar a ras de lengua escrita voces de la lengua corrientemente hablada, en desentoñar y desentrañar palabras que chorrean vida según corren frescas y rozagantes de boca en oído y de oído en boca de los buenos lugareños de tierras de Castilla y de León. Hay que flexibilizar y enriquecer el rígido y escueto castellano, dicen allende los mares. Sin duda hay que darle más soltura y más riqueza, pero es a la lengua enteca y enclavijada de los periódicos y de los cafés. Mas para ello no es menester acudir fuera y tomar de prestado voces y giros de otros idiomas; basta remejerle los entresijos al mismo romance castellano. Cada uno ha de engordar de sí mismo.

Otros vienen y nos dicen que no, sino que lo necesario y apremiante es podar nuestra lengua y recortarla y darla precisión y fijeza. Dicen los tales que padece de maraña y de braveza montesina nuestra lengua, que por dondequiera le asoman y apuntan ramas viciosas, y nos la quieren dejar como arbolito de jardín, como boje enjaulado. Así, añaden, ganará en claridad y en lógica. ¿Pero es que vamos a escribir algún Discurso del método con ella? ¡Al demonio la lógica y la claridad ésas! Quédense los tales recortes y podas y redondeos para lenguas en que haya de encarnar la lógica del raciocinio raciocinante, pero la nuestra ¿no debe ser acaso ante todo y sobre todo instrumento de pasión y envoltura de quijotescos anhelos conquistadores?

Y en eso mismo de claridad habría que entenderse, pues hay quien aspira a que le den las ideas mascadas, ensalivadas y hechas bolo engullible para no tener que pasar otro trabajo sino el de tragarlas, o mejor aún que se las empapicen.