CAPÍTULO LXIV
Que trata de la aventura que más pesadumbre dió a Don Quijote
de cuantas hasta entonces le habían sucedido.
Y allí, en Barcelona, dieron fin las malandanzas caballerescas de nuestro Don Quijote; allí fué vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Hízose éste el encontradizo, le buscó quimera por precedencia de hermosura de sus respectivas damas, le derribó y le pidió confesase las condiciones del desafío. Y el gran Don Quijote, el inquebrantable Caballero de la Fe, el heroico loco, molido y aturdido y como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado Caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad; aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.
Ved aquí cómo cuando es vencido el invicto Caballero de la Fe, es el amor lo que en él vence. Esas sublimes palabras del vencimiento de Don Quijote son el grito sublime de la victoria del Amor. Él se había entregado a Dulcinea, mas sin pretender que por eso se le entregase Dulcinea, y así su derrota en nada empañaba la hermosura de la dama. Él la había hecho, cierto es, él la había hecho en puro fe, él la había creado con el fuego de su pasión; pero una vez creada, ella era ella y de ella recibía su vida él. Yo forjo con mi fe, y contra todos, mi verdad, pero luego de así forjada ella, mi verdad se valdrá y sostendrá sola y me sobrevivirá y viviré yo de ella.
¡Oh, mi Don Quijote, y cuán a dos dedos de tu salvación eterna estás, pues curado ya de la presunción, no hablas de la fortaleza de tu brazo, sino que confiesas tu flaqueza! Y ¡cómo se te viene encima la luz purificadora de la muerte próxima! ¡Como de dentro de una tumba hablas; como de dentro de la tumba del mundo que se burla de los héroes y los pasea por las calles con su pergamino a la espalda! Y vencido y maltrecho y triste y afligido y conociendo tu flaqueza, aún proclamas a Dulcinea del Toboso la más hermosa mujer del mundo. ¡Oh generoso Caballero! Tú no eres como esos que buscando la Gloria cuando se ven por ella desdeñados, la niegan y la denigran y la motejan de vana y aun dañosa; tú no eres de los que culpan a la Gloria de sus propias flaquezas y de no haber podido conquistarla; tú vencido y maltrecho prefieres la muerte a renegar de la que te metió en tu carrera de heroísmo.
Y es porque tienes fe en ella, en tu Dulcinea, sientes que cuando pareciendo abandonarte, deja que te venzan, es para luego ceñirte entre sus temblorosos brazos con hambriento cariño, y apretarte a su pecho encendido hasta que sean un parejo golpear el de su corazón y el del tuyo, y pegar a tu boca su boca, respirando de tu aliento y de su aliento tú y quedar así las dos bocas prendidas para siempre en un beso inacabable de gloria y de amor eternos. Te deja ser vencido para que comprendas que no a la fortaleza de tu brazo, sino al amor que la tuviste debes tu vida eterna. Tú la amaste, invicto Caballero de la Fe, con el amor más esmerado y grande, con amor que se alimentaba de sus desdenes y rechazos. No por haberle visto trasformada en zafia labradora se te amenguó el denodado ánimo ni pregonaste el vanidad de vanidades y todo vanidad, del sabio rey podrido por los hartazgos. Al ser vencido tu grito de triunfo, invicto Caballero, fué proclamar la hermosura sin par de Dulcinea.
Así a nosotros, tus fieles, cuando más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, Caballero, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Que yo muero en mi demanda? Pues así se hará ésta más grande con mi muerte. ¿Que peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! No importa, pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino yo de ella.
No es éste mi yo deleznable y caduco; no es éste mi yo que come de la tierra y al que la tierra comerá un día, el que tiene que vencer; no es éste sino que es mi verdad, mi yo eterno, mi padrón y modelo desde antes de antes y hasta después de después; es la idea que de mí tiene Dios, Conciencia del Universo. Y esta mi divina idea, esta mi Dulcinea, se engrandece y se sobrehermosea con mi vencimiento y muerte. Todo tu problema es éste: si has de empañar esa tu idea y borrarla y hacer que Dios te olvide, o si has de sacrificarte a ella y hacer que ella sobrenade y viva para siempre en la eterna e infinita Conciencia del Universo. O Dios o el olvido.
Si por guardar tu mecha apagas tu luz; si por ahorrar tu vida malgastas tu idea. Dios no se acordará de ti, anegándote en su olvido como en perdón supremo. Y no hay otro infierno que éste; el que nos olvide Dios, y volvamos a la in conciencia de que surgimos. «¡Señor, acuérdate de mí!» digamos con el bandolero que moría junto a Jesús (Luc., XXIII, 42). Señor, acuérdate de mí y que mi vida toda sea una vivificación de mi idea divina, y si la empañare, si la sepultara en mi carne, si la deshiciera en este mi yo caduco y terreno, entonces ¡ay de mí, Señor, porque me perdonarías olvidándome! Si aspiro a Ti, viviré en Ti; si de Ti me aparto, iré a dar en lo que no es tuyo, en lo único que fuera de Ti cabe: en la nada.
Y el vencedor de Don Quijote, el de la Blanca Luna, a quien también sacó del sosiego aldeano el amor a Dulcinea, no mata al Caballero, sino que exclama: ¡viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso! y se contenta con pedirle al vencido que se retire a su lugar mientras él le mande... ¡que se retire a bien morir! Sansón Carrasco, el bachiller por Salamanca, que no era otro el de la Blanca Luna, fué también en busca de gloria y para que la fama lleve su nombre con el de Don Quijote. ¿Y no fué acaso también para merecer a los ojos de aquella andaluza Casilda, de que se enamoró en las callejas de la dorada ciudad del Tormes.
Y Sancho, el fiel Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué hacerse ni decirse; parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas oscurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas como se deshace el humo con el viento.
Parémonos a considerar este fin de la gloriosa carrera de Don Quijote y cómo fué en Barcelona vencido, y vencido por su convecino el bachiller Sansón Carrasco. Y aquí, mi señor Don Quijote, he de confesarte una mi pasada bellaquería.
Hace algunos años que en un semanario que en esta nuestra España alcanzó autoridad y renombre, lancé contra ti, generoso hidalgo, este grito de guerra: ¡Muera Don Quijote! Resonó el grito, sobre todo en esa Barcelona donde fuiste vencido, y donde me lo tradujeron al catalán, resonó el grito y tuvo eco y me lo corearon y aplaudieron muchos. Pedí que murieras para que resucitara en ti Alonso el Bueno, el enamorado de Aldonza, como si su bondad se hubiera nunca mostrado más espléndida que en tus locas hazañas. Y hoy te confieso, señor mío, que aquel mi grito que tanto gusto dió en esa Barcelona donde fuiste vencido y donde me lo tradujeron al catalán, fué un grito que me lo inspiró tu vencedor Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca. Porque si es en esa Barcelona, faro y como centro de la nueva vida industrial de España, si es en esa ciudad donde más se grita contra el quijotismo, es el espíritu bachilleresco, espíritu de socarronería y de envidia el que lo anima. Fuiste, sí, vencido en Barcelona, pero lo fuiste por un manchego bachiller por Salamanca. Es, sí, en Barcelona donde más se denigra tu espíritu, pero es lo bajo del espíritu bachilleresco manchego y salmantino lo que a esas denigraciones les lleva. Porque allí, en Barcelona, es donde vence el bachiller Sansón Carrasco.
Y cuando éste declaró a D. Antonio Moreno quién era: Oh, señor—dijo D. Antonio—, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él. ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Y por este hilo siguió ensartando sus pareceres. ¡Triste modo de pensar, pues no quiere que sane, por parecerle loco gracioso y por tomar gusto de sus desvaríos! No se sabe qué deplorar más, si la pequeñez de alma de Sansón Carrasco o la de D. Antonio Moreno.
Quieren a Don Quijote para reirle las gracias y tomar gusto de sus desvaríos, y por haberlas reído antaño tienen ogaño que llorar, y por haber tomado de sus desvaríos gusto les tiene que disgustar la vida hoy.
Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote, aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo porque lo lancé lleno de sana y buena, aunque equivocada intención, y por amor a ti, pero los espíritus menguados, a los que su mengua les pervierte las entendederas, me lo tomaron al revés de como yo lo tomaba, y queriendo servirte te ofendí acaso. Triste caso éste de que no nos hayan de entender cosa alguna a derechas, y no más por defecto de cabeza que por vicio de corazón. Perdóname, pues, Don Quijote mío, el daño que pude hacerte queriendo hacerte bien; tú me has convencido de cuán peligroso es predicar cordura entre estos espíritus alcornoqueños; tú me has enseñado el mal que se sigue de amonestar a que sean prácticos a hombres que propenden al más grosero materialismo, aunque se disfrace de espiritualismo cristiano.
Pégame tu locura, Don Quijote mío, pégamela por entero. Y luego que me llamen soberbio o lo que quieran. No quiero buscar el provecho que ellos buscan. Que digan: ¿qué querrá? ¿qué busca? y conjeturando por los suyos, no encuentren mis caminos. Ellos buscan el provecho de esta vida perecedera y se aduermen en la rutinera creencia de la otra; a mí, mi Don Quijote, déjame luchar conmigo mismo, ¡déjame sufrir! Guárdense para sí aspiraciones de diputado provincial; a mí dame tu Clavileño y aunque no me mueva del suelo, sueñe en él subir a los cielos del aire y del fuego imperecederos. ¡Alma de mi alma, corazón de mi vida, insaciable sed de eternidad e infinitud! sé mi pan de cada día. ¡Hábil? No, hábil, no; no, no quiero ser hábil. No quiero ser razonable según esa miserable razón que da de comer a los vividores; ¡enloquéceme, mi Don Quijote!
¡Viva Don Quijote! ¡viva Don Quijote vencido y maltrecho! ¡viva Don Quijote muerto! ¡viva Don Quijote! ¡Regálanos tu locura, eterno Don Quijote nuestro! Regálame tu locura y deja que en tu regazo me desahogue. Si supieras lo que sufro, Don Quijote mío, entre estos tus paisanos cuyo repuesto todo de locura heroica te llevaste tú, dejándoles tan sólo la petulante presunción que te perdía. ¡Si supieras cómo desdeñan desde su estúpida e insultante sanidad todo hervor de espíritu y todo anhelo de vida íntima! ¡Si supieras con qué asnal gravedad ríen las gracias de la que creen locura y toman gusto de lo que estiman desvaríos! ¡Oh Don Quijote mío, qué soberbia, qué estúpida soberbia la soberbia silenciosa de estos brutos que llaman paradoja a lo que no estaba etiquetado en su mollera y afán de originalidad a todo revuelo del espíritu! Para ellos no hay quemantes lágrimas vertidas en silencio, en el silencio del misterio, porque estos bárbaros se lo creen tener todo resuelto; para ellos no hay inquietud del alma, pues se creen nacidos en posesión de la verdad absoluta; para ellos no hay sino dogmas y fórmulas y recetas. Todos ellos tienen alma de bachilleres. Y aunque odian a Barcelona, van a Barcelona y allí te vencen.
Seis días estuvo Don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento, sin que le sirviesen los consuelos de su fiel Sancho. El cual veía bien que era él allí el más perdidoso, aunque su amo el más malparado. Y pocos días después emprendieron su regreso a la aldea, Don Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas. Así es desde que vencieron a Don Quijote; son rucios los que llevan sus armas.
En el camino encontró a Tosilos, el lacayo, que le contó cómo los Duques le hicieron apalear, y Doña Rodríguez se volvió a Castilla y su hija entró monja. Así había acabado una de las aventuras a que dió mejor remate Don Quijote.