CAPÍTULO V
Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro Caballero.
Tendido Don Quijote en tierra se acogió a uno de los pasos de sus libros, como a pasos de los nuestros nos acogemos en nuestra derrota, y comenzó a revolcarse por tierra y a recitar coplas. En lo cual debemos ver algo así como cierta deleitación en la derrota y un convertir a ésta en sustancia caballeresca. ¿No nos está pasando lo mismo en España? ¿No nos deleitamos en nuestra derrota y sentimos cierto gusto, como el de los convalecientes, en la propia enfermedad?
Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticia Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando Don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia que dice: ¡Yo sé quién soy!
Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ¡Yo sé quién soy!—dice el héroe—, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio. Puede el héroe decir: «yo sé quién soy», y en esto estriba su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene porqué temer a nadie sino a Dios que le hizo ser quien es, y su desgracia, porque sólo él sabe, aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.
Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede a los demás hacerles creer en ella; la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios que dice: «tienes que hacer esto», mientras no les dice a los demás: «este mi hijo que aquí veis tiene esto que hacer». Cosa terrible haber oído: «haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general con que os rijo, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo, porque la ley suprema soy Yo que te lo ordeno». Y como el héroe es el único que lo oye y lo sabe y como la obediencia a ese mandato y la fe en él es lo que le hace, siendo por ello héroe, ser quien es, puede muy bien decir: «yo sé quién soy, y mi Dios y yo sólo lo sabemos y no lo saben los demás». Entre mi Dios y yo—puede añadir—no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quién soy. ¿No recordáis al héroe de la fe, a Abraham, en el monte Moria?
Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora; y si me dijerais que alegando semejante revelación íntima podría cualquiera, con achaque de sentirse héroe suscitado por Dios, levantarse a su capricho, os diré que no basta decirlo y alegarlo, sino es menester creerlo. No basta exclamar «¡yo sé quién soy!», sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignado la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.
¡Yo sé quién soy! Al oir esta arrogante afirmación del Caballero, no faltará quien exclame: «¡Vaya con la presunción del hidalgo!... Llevamos siglos diciendo y repitiendo que el ahinco mayor del hombre debe ser el de buscar conocerse a sí mismo, y que del propio conocimiento arranca toda salud, y se nos viene el muy presuntuoso con un redondo: ¡yo sé quién soy! Esto sólo basta para medir lo hondo de su locura».
Pues bien, te equivocas tú el que dices eso; Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir «¡yo sé quién soy!» no dijo sino «yo sé quién quiero ser!». Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo, es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese que quieres ser, no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Sólo es hombre hecho y derecho el hombre, cuando quiere ser más que hombre. Y si tú, que así reprochas su arrogancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido. Estás perdido si no despiertas en tus entrañas a Adán y su feliz culpa, la culpa que nos ha merecido redención. Porque Adán quiso ser como un dios, sabedor del bien y del mal, y para llegar a serlo comió del prohibido fruto del árbol de la ciencia, y se le abrieron los ojos y se vió sujeto al trabajo y al progreso. Y desde entonces empezó a ser más que hombre, tomando fuerzas de su flaqueza y haciendo de su degradación su gloria y del pecado cimiento de su redención. Y hasta los ángeles le envidiaron, pues nos dice el P. Gaspar de la Figuera, jesuita, en su Suma espiritual, y cuando él nos lo asegura lo sabrá de buena tinta, que Lucifer y sus compañeros se agradaron a sí mismos, pareciéndose bien, y que «cuando llegó el mandato de Dios que adorasen a Cristo todos sus ángeles, revelándoles que había Dios de hacerse hombre y ser niño y morir, tuviéronle a gran mengua de su naturaleza espiritual, y se afrentaron de ello; de manera que quisieron más privarse de la gracia de Dios y de la gloria que les podía dar, que venir a tal desprecio». Y así se comprende que el ángel caído no tenga redención—si es que no la tiene—y la tenga el hombre caído; porque aquél cayó por agradarse a sí mismo y de sí mismo contentarse, cayó por soberbia, y el hombre por querer ser más que es, por ambición. Cayó el ángel por soberbio y caído queda; cayó el hombre por ambicioso y se levanta a más alto asiento que de donde cayera.
Sólo el héroe puede decir «¡yo sé quién soy!», porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben, y los demás hombres apenas saben ni quién son ellos mismos, porque no quieren de veras ser nada, ni menos saben quién es el héroe; no lo saben los piadosos Pedros Alonsos que le levantan del suelo. Conténtense con levantarle del suelo y recogerle a su hogar, sin ver en Don Quijote mas que a su vecino Alonso Quijano, y aguardar a que sea de noche para que al entrarlo al pueblo no vean al molido hidalgo tan mal caballero.
Entre tanto, estaban el cura y el barbero del lugar con el ama y la sobrina de Don Quijote, comentando su ausencia y ensartando muchos más disparates que ensartara el Caballero. Llegó éste, y sin hacerles gran caso, comió y acostóse.