CAPÍTULO LXVII
De la resolución que tomó Don Quijote de hacerse pastor y de seguir
la vida del campo en tanto que pasaba el año de su promesa,
con otros sucesos en verdad gustosos y buenos.
Caminando, caminando, llegaron al lugar en que habían topado a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia. Y al reconocerlo, dijo Don Quijote: si es que te parece bien, querría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos.
¡Válgame Dios y con qué tino se dijo aquello de «cada loco con su tema» y cuán bien conocía a su tío la sobrina de Don Quijote cuando al encontrarse el cura y el barbero, en el escrutinio que de su librería hicieron, con La Diana de Jorge de Montemayor y querer perdonarla exclamó: ¡Ay, señor! bien puede vuestra merced mandar quemar como a los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo.
Parece, al volver Don Quijote de Barcelona, ir en camino de curarse de su heroica locura y de prepararse a bien morir, mas en viendo el prado de otrora, sueña de nuevo con hacerse eterno y famoso, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Porque ésta era su radical locura, éste su resorte de acción, ésta, como vimos al principio de su historia, la causa que le movió a hacerse caballero andante. El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestiglos y enderezando entuertos, cobraráselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes; ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir! Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida; ansia de vida eterna es la que te dió vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fué y es sueño de no morir.
Con tal de no morir cambiabas tu profesión de caballero andante por la de pastor endechante. Así tu España, mi Don Quijote, al tener que recogerse a su aldea, vencida y maltrecha, piensa en dedicarse al pastoreo y habla de colonización interior, de pantanos, de riegos y de granjas.
Y por debajo de esa ansia de no morir ¿no andaba, mi pobre Alonso, tu soberano amor? Las pastoras de quien hemos de ser amantes—dijiste—como entre peras podemos escocer sus nombres, y pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarse en buscar otro que mejor le venga. Sí, siempre era Dulcinea, la Gloria, y por debajo de ella siempre era Aldonza Lorenzo, la suspirada doce años. ¡Y cómo suspirarías ahora por ella! ¡cómo la llamarías! ¡cómo grabarías un día y otro su nombre en las cortezas de los árboles y hasta alguna vez en tu corazón! ¿Y si así llegaba ello a su noticia y se daba cata y venía a ti, desencantada?
¡Hacerse pastor! Es también, mi Don Quijote, lo que se le ha ocurrido a tu pueblo luego que ha vuelto de América derrotado en su encontronazo con el de Robinsón. Ahora habla de dedicarse a cuidar y cultivar su hacienda, a alumbrar pozos y trazar canales para regar sus resecas tierras; ahora habla de política hidráulica. ¿No será que siente el remordimiento de sus atrocidades pasadas por tierras de Italia, Flandes y América?
Leed Patria, el hermoso poema de Guerra Junqueiro, el poeta de nuestro pueblo hermano, el pueblo portugués. Leed esa amarga sátira y llegad al fin de ella, cuando aparece vestido de monje carmelita el espectro del condestable Nunalvares, el vencedor de Aljubarrota, que luego entró en religión. Oídle hablar, oídle hablar del dolor que purifica y redime, del dolor que
Como no ar o vento sobre o vento
Como no mar o vaga sobre o vaga
Só na dôr tem a dôr socegamento
y llegad a cuando en un éxtasis descuelga la vieja espada de Aljubarrota, tinta en sangre fraternal, y exclama:
Porém, se a patria, ja na derradeira
Angustia e mingoa onde a lençou mac dano,
Terra d'escravos é, terra estrangeira.
Rutila espada, que brandí ufano!
Antes un velho lavrador mendigo
Te erga a custo do chão, piadoso e humano!
Volte a bigorna o duro ago antigo!
E acabes, afinal, relha de arado.
Pelos campos de Deos, a lavrar trigo
y arroja su espada al abismo de la noche, exclamando:
Deos te acompanhe! Seja Deos louvado!
Y luego entra en escena «el loco»—o doido—el pobre pueblo portugués, nuestro hermano, y echa de menos los tiempos en que fué campesino.
Fosse eu ainda o camponez adusto,
Lavrador matinal, risonho e grave,
D'alma de pomba e coração de justo!
Sentime eu ainda a musica suave
Da candura feliz no peito agreste,
Qual em rorida brenha um trino d'ave!
Em vez do mundo (fome, guerra e peste!)
Conquistasse, por unica vitoria,
Os thesoiros sen fim do amor celeste.
Nunca de feitos meus cantasse a Historia;
Ignorasse o meu nome a voz da Fama
E a minha sombra humilde a luz da Gloria.
Vivesse obscuro e triste, herva da lama;
Nas alturas, porém, fosse contado
Entre os que Deos aceita, os que Deos ama.
Es todo lo contrario de Don Quijote y Sancho. Busca nuestro Caballero en la vida pastoril hacerse eterno y famoso; busca en ella este pobre loco portugués ser olvidado, expiar sus culpas y redimirse en el dolor,
Dôr temerosa, Dôr idolatrada
O Dôr, filha de Deos, mãe do Universo!
¿No buscan, en el fondo, una misma cosa? ¿No buscaba lo mismo Don Quijote echándose al mundo a deshacer entuertos y proponiéndose dedicarse al ejercicio pastoril? ¿No busca nuestro pueblo ahora, con los pantanos y canales y la política hidráulica, lo mismo que buscó con sus atrocidades en América?
El pobre loco portugués, o doido, luego de confesar sus culpas, sus glorias
Minhas glorias!... infamias e vergonhas
De ladrão, de pirata e de assasino!
pide la cruz, pide el dolor, y muere en la cruz, en cuya cabecera «desenhada a sangue, esta ironía:—Portugal, rei do Oriente!» muere bendiciendo el llanto que brota de sus ojos
porque és o mar de pranto
que os meus crimes verteram pelo mundo...
bendiciendo la sangre que corre de sus heridas porque es
o mar de sangue
do meu orgulho e minha iniquidade...
¿Es esto lo que pide y busca nuestro loco, nuestro pueblo español? No, no es esto precisamente. No es que no cante sus hechos la Historia, que ignore su nombre la voz de la Fama, y su nombre humilde la luz de la gloria; no, no es esto.
Se retira a la vida pastoril, derrotado en la de caballero andante, para poder hacerse eterno y famoso no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Cambia de camino pero no de estrella que le guíe.
¿Ha de renunciar el pueblo a toda acción quijotesca y encerrarse en su natal dehesa a purgar sus antiguas culpas, cuidando de su ganado o labrando su tierra y sin poner su mira mas que en el cielo? ¿Ha de pensar tan sólo en ser allá en las alturas contado entre los que Dios ama? ¿Ha de volver a su apacible vida de antes de lanzarse a sus aventureras empresas? ¿Tuvimos esta vida nunca? ¿Tuvimos paz?
No basta como ideal de vida de un pueblo el de mantener la vida misma en el mayor bienestar y holgura, ni aun basta la felicidad. Menos aún abrazarse al dolor. No puede ser ideal de un pueblo el ideal ascético, destructor de la vida.
¿Aspirar al cielo? No; ¡al reino de Dios! Y a todas horas, día tras día, alza por miles de bocas nuestro pueblo esta plegaria a nuestro Padre que está en los cielos: ¡venga a nos el tu reino! «¡Venga a nos el tu reino!» y no «llévanos a tu reino»; es el reino de Dios el que ha de bajar a la tierra, y no ir la tierra al reino de Dios, pues este reino ha de ser reino de vivos y no de muertos. Y ese reino cuyo advenimiento pedimos a diario, tenemos que crearlo, y no con oraciones sólo; con lucha.
Pudesse eu, d'alma libre e resoluta,
Olhos no fogo da manha nascente,
Erguer ainda os braços para a luta!
Não, como outr'ora, para a luta ardente
Da riqueza e grandeza, é vaidade...
Da fortuna, que é sombra que nos mente...
Seja a hora do prelio a eternidade!
E o globo estreito a arena, onde ñao cança
A batalha do Amor e da Verdade!
¡Esta, la batalla del Amor y de la verdad! Y en tal pelea ha de ser el pueblo todo un Don Quijote, un pastor Quijotiz más bien.
Cavalleiro de Deos, ergue-te e avança!
Põe na bigorna os cravos de Jesus;
Bate-os cantando... E o ferro da tua lança!
Faz a hastea de lança d'una cruz;
Vae, cavalleiro de viseira erguida;
Dá lançadas magnánimas de luz!...
¡Hay que pelear, sí, a lanzadas de luz!
Encerrémonos, bien está, en la natal dehesa, pero a cobrar fama pastoreando y cantando. Es un derivativo de la acción heroica; es otra nueva empresa. Vayamos a manejar el cayado con mano movida por el corazón mismo que nos hizo manejar la espada. Es el ejercicio pastoril ahora gobierno, que «no consiste—dice el Maestro Fray Luis de León en los Nombres de Cristo, libro I, cap. VI—en dar leyes, ni en poner mandamientos, sino en apacentar y alimentar a los que gobierna». ¿Apacentarlos y alimentarlos con qué? Con amor y verdad.
Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, Don Quijote mío, por los que embriagados con el triunfo pasajero olvidan que la fortuna da más vueltas que la tierra y que aquello mismo que nos hace menos aptos para el tipo de civilización que hoy priva en el mundo, acaso eso mismo nos haga más aptos para la civilización de mañana. El mundo da muchas vueltas y la fortuna más.
Hay que aspirar, de todos modos, a hacerse eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos; no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su conciencia, no se lo representen con una misión histórica, con un ideal propio que realizar en la tierra. Estos pastores han de aspirar a cobrar fama pastoreándolo y cantando, y así, cobrando fama, llevarle a su destino. ¿Es que no hay en la Conciencia eterna e infinita una eterna idea de tu pueblo, Don Quijote mío? ¿Es que no hay una España celestial, de que esta España terrena no es sino trasunto y reflejo en los pobres siglos de los hombres? ¿Es que no hay un alma de España tan inmortal como el alma de cada uno de sus hijos?
Cruzando el mar en quebradizas cara velas fueron nuestros abuelos a descubrir el Nuevo Mundo que dormía bajo estrellas antes desconocidas; ¿no hay algún nuevo mundo del espíritu cuyo descubrimiento nos reserve Dios cuando osemos como los héroes de Camões lanzarnos a «mares d'antes nunca navegados» en espirituales carabelas labradas con madera de los bosques de nuestro pueblo?
Dicen en mi tierra vasca que los abuelos de mis abuelos, los denodados pescadores del golfo de mi Vizcaya, se iban tras de la ballena hasta los bancos de Terranova siglos antes de que Colón llamara a las puertas de la Rábida. Soberbiamente lo dice el escudo de Lequeitio: Reges debelavit, horrenda cete subiecit, terra marique potens, Lequeitio. Y para someter a horrendas ballenas fueron, dicen, los balleneros de mi casta, hasta las entonces desconocidas costas de la remota América. Y aun dicen más, y es que corre la leyenda de que fué un marino vasco, por nombre Andialotza, es decir Gran Vergüenza, quien primero dió a Colón noticias del Nuevo Mundo, por no atreverse, sin duda, el gran vergonzoso a descubrirlo. Temía a la gloria. ¿Será esto profético? Y si el buen Andialotza, mi paisano, pierde su ingénita vergüenza, ¿habrá que esperar al Colón del Nuevo Espíritu de España?
¿Hay una filosofía española? Sí; la de Don Quijote. Y conviene que éste, nuestro Caballero de la Fe, el Caballero de nuestra Fe, deje en el astillero su lanza y en la cuadra a Rocinante y cuelgue la espada, y convertido en el pastor Quijotiz empuñe el cayado con mano firme, y lleve consigo el caramillo, y a la sombra de las sombrosas encinas de dulcísimo fruto, mientras pacen cabizbajas sus ovejas, cante inspirado por Dulcinea, su visión del mundo y de la vida, para cobrar, cantándola, eterno nombre y fama. Y no ya su visión, sino más bien su encorazonamiento de ellos. Y para cobrar fama, pues se nos dió la gloria como norte de la vida.
El Nunalvares del poeta os dirá de la fama que
Fama grande do mundo tão mezquino
Dando as trombetas com ardor, não vôa
Onde vôa cantando, un passarinho.
Mas no os fiéis demasiado de tales voces de desaliento, pues sí, la fama vuela, vuela más allá del mundo, y vuela aún más la canción del amor y la verdad.
Tal vez a los ecos de esa canción de amores del pastor Quijotiz caigan vencidos los gigantes que fingen ser molinos, y se amansen los galeotes y licencie Roque Guinart a sus huestes, y enmudezcan los canónigos y los graves eclesiásticos, y reconozcan los cuadrilleros que las bacías en manos del hidalgo milagrero son yelmos, y renuncien los Maese Pedros a sus titereras, y se nos abran las entrañas de la cueva de Montesinos, y se enderece todo entuerto y se deshaga todo agravio, y se adoncellen las mozas del partido y venga a nosotros el reino de Dios realizándose en la tierra aquel siglo de oro con cuya visión embobó y suspendió Don Quijote el ánimo a los cabreros.
Hay que dar «lanzadas magnánimas de luz», o mejor, hay que lanzar la verdad al mundo, mientras se pastorea el ganado, al son de pastoril caramillo, la santa palabra que ha de hacer el milagro. Hay que pedir a Apolo versos, al amor conceptos. Sobre todo conceptos al amor.
¿Hay una filosofía española, mi Don Quijote? Sí, la tuya, la filosofía de Dulcinea, la de no morir, la de creer, la de crear la verdad. Y esta filosofía ni se aprende en cátedras ni se expone por lógica inductiva ni deductiva, ni surge de silogismos, ni de laboratorios, sino surge del corazón.
Pensabas, mi Don Quijote, en hacerte pastor Quijotiz y que te diera el amor conceptos. Todos los conceptos de vida, todos los conceptos eternos, manan del amor. Es Aldonza, mi pastor Quijotiz, es siempre Aldonza la fuente de sabiduría. A través de ella, a través de tu Aldonza, a través de la mujer, o es el Universo todo.
¿No ves a este pueblo endiosando cada día más el ideal de la mujer, a la mujer por excelencia, a la Virgen Madre? ¿No le ves rendido a ese culto y hasta casi olvidando por él el culto al Hijo? ¿No ves que no hace sino ensalzarla más y más alto, pujando por ponerla al lado del Padre mismo, a su igual, en el seno de la Trinidad, que pasaría a ser Cuaternidad si no es ya que la identificaran con el Espíritu como con el Verbo se identificó al Hijo? ¿No la han declarado Corredentora? Y esto ¿por qué es?
La concepción de Dios que se nos ha venido trasmitiendo ha sido una concepción no ya antropomórfica, sino andromórfica; nos lo representamos no ya como a persona humana—homo—, sino como a varón—vir—; Dios era y es en nuestras mentes masculino. Su modo de juzgar y condenar a los hombres, modo de varón, no de persona humana por encima de sexo; modo de Padre. Y para compensarlo hacía falta la Madre, la Madre que perdona siempre, la Madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye éste de la mano levantada o del ceño fruncido del irritado Padre, la Madre en cuyo regazo se busca como consuelo una oscura remembranza de aquella tibia paz de la inconsciencia que dentro de él fué el alba que precedió a nuestro nacimiento, y un dejo de aquella dulce leche que embalsamó nuestros sueños de inocencia, la Madre que no conoce más justicia que el perdón ni más ley que el amor. Las lágrimas maternales borran las tablas del Decálogo. Nuestra pobre e imperfecta concepción de un Dios varón, de un Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos y pronuncia sentencias, de un Dios Amo de Casa, Pater familias a la romana, necesitaba compensarse y completarse, y como en el fondo no podemos concebir al Dios personal y vivo no ya por encima de rasgos humanos, mas ni aun por encima de rasgos varoniles y menos un Dios neutro o hermafrodita, acudimos a darle un Dios femenino y junto al Dios Padre hemos puesto a la Diosa Madre, a la que perdona siempre porque como mira con amor ciego ve siempre el fondo de la culpa y en ese fondo la justicia única del perdón, a la que siempre consuela, a la Madre Dulcísima, a la Madre de Dios, a la Virgen Madre. Es la Virgen Madre, es la Madre Purísima, la que no es sino madre, y siendo todo lo que hace ser mujer a la mujer, queda limpia de todo el barro humano para que en ella aliente é irradie tan sólo el soplo divino.
Es la Virgen Madre; es la Madre de Dios. Es la Madre de Dios; es la pobre Humanidad dolorida. Porque aunque compuesta de hombres y mujeres, la Humanidad es mujer, es madre. Lo es cada sociedad; lo es cada pueblo. Las muchedumbres son femeninas. Juntad a los hombres y tened por cierto que es lo femenino de ellos, lo que tienen de sus madres, lo que los junta. La pobre Humanidad dolorida es la Madre de Dios, pues en ella, en su seno, es donde se manifiesta, donde encarna la eterna e infinita Conciencia del Universo. Y la Humanidad es pura, purísima, limpia de toda mancha, aunque nazcamos manchados cada uno de los hombres y mujeres. ¡Dios te salve, Humanidad; llena eres de gracia!
Mira, mi pastor Quijotiz, cómo se va a la Humanidad desde Aldonza, la recatada doncella del Toboso; mira cómo da el amor conceptos. Y mira si al son de tu pastoril caramillo puede hacerse amorosa filosofía española, aunque graznen para ahogar sus melódicos sones los grandísimos cuervos y grajos que anidan en la boca de la cueva de Montesinos.
Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor Quijotiz, no ya caballero andante de espada; sería pastor de almas, empuñando en vez del cayado la pluma, o dirigiendo su encendida palabra a los cabreros todos. Y ¡quién sabe si no ha resucitado...!
Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor, o lo será cuando vuelva; pastor de pueblos. Y buscará que le dé el amor conceptos, y en hacer vivir y triunfar éstos pondrá todo el denuedo y la bravura toda que puso antes en acometer molinos y libertar galeotes. Y buena falta nos está haciendo, porque es cobardía de pensar lo que nos tiene tan abatidos. Es cobardía de afrontar los eternos problemas; es cobardía de escarbar en el corazón; es cobardía de hurgar las inquietudes íntimas de las entrañas eternas. Esa cobardía lleva a muchos a la erudición, adormidera de desasosiegos del espíritu u ocupación de la pereza espiritual; algo así como el juego del ajedrez.
«No quiero meterme a estudiar patología—me decía un cobarde—ni aun quiero saber hacia dónde me cae el hígado ni para qué sirve, pues si me pongo a ello, llego a creer que padezco de la enfermedad cuya descripción acabo de leer. Ahí está el médico, cuyo oficio es curarme y para lo cual le pago; descargo en él mi responsabilidad, y si me mata, allá por su cuenta; moriré, al menos, sin aprensiones ni cuidados. Y lo mismo tengo al cura. No quiero meterme a pensar en mi origen ni en mi destino, de dónde vengo y adónde voy, y si hay o no Dios y cómo sea, y si hay o no otra vida y en qué consista; eso no sirve mas que para dar quebraderos de cabeza y robarme el tiempo y la energía que necesito para ganar el pan de mis hijos. Ahí está el cura, y pues tal es su oficio, averigüe él lo que haya, dígame misa y absuélvame cuando al ir a morirme confiese mis pecados. Y si se engaña y me engaña, allá él por su cuenta. Él responderá de sí; para mí en el creer no hay engaño».
¡Qué falta nos estás haciendo, pastor Quijotiz, para arremeter con tus conceptos dictados por el amor a lanzadas magnánimas de luz, contra esta mentira apestosa y libertar a los pobres galeotes del espíritu! Aunque luego te apedreen, que te apedrearán, de seguro, si les rompes las cadenas de la cobardía que les tienen presos; te apedrearán.
Te apedrearán. Los galeotes espirituales apedrean al que les rompe las cadenas que les agarrotan. Y precisamente por esto, porque ha de ser uno apedreado por ellos, es por lo que hay que libertarlos. El primer uso que de su libertad hacen es apedrear al libertador.
El más acendrado beneficio es el que se hace al que no nos lo reconoce por tal; la mayor caridad que puedes rendir a tu prójimo no es aplacarle deseos ni remediarle necesidades, sino encenderle aquéllos y crearle éstas. Libértale, y luego que te apedree por haberle libertado y ejercite así sus brazos libres, empezará a desear la libertad.
Te apedrearán porque se verán perdidos. Y dirán: ¿libertad?, bien, ¿y qué hago yo con esto? Un galeote, amigo mío, a quien me dedicaba yo a limarle las cadenas espirituales y sembrar inquietudes y dudas en su alma, me dijo un día: «mira, déjame en paz y no me molestes; así vivo bien ¿para qué tribulaciones y congojas? Si yo no creyera en el infierno sería un criminal». Y le contesté: «no, seguirías siendo como eres y haciendo lo que haces y no haciendo lo que hoy no haces, y si así no fuera y dieses en criminal entonces, es que lo eres también ahora». Y me replicó: «necesito una razón para ser bueno; un fundamento objetivo sobre que basar mi conducta; necesito saber por qué es malo lo que a mi conciencia repugna». Y le contrarrepliqué: «lo es porque repugna a tu conciencia, en la que vive Dios». Y volvió a replicarme: «no quiero encontrarme en medio del Océano, como un náufrago, ahogándome, perdido y sin tener una tabla a que agarrarme». Y volví a contrarreplicarle: «¿tabla? La tabla soy yo mismo; no la necesito, porque floto en ese Océano de que hablas, y que no es sino Dios. El hombre flota en Dios sin necesidad de tabla alguna, y lo único que yo deseo es quitarte la tabla, dejarte solo, infundirte aliento y que sientas que flotas. ¿Fundamento objetivo, dices? ¿Y qué es eso? ¿Quieres más objeto de ti que tú mismo? Hay que echar a los hombres en medio del Océano y quitarles toda tabla, y que aprendan a ser hombres, a flotar. Tienes tan poca confianza en Dios, que estando en Él, en quien vivimos, nos movemos y somos (Hechos, XVII, 28), ¿necesitas tabla a que agarrarte? Él te sostendrá, sin tabla. Y si te hundes en Él ¿qué importa? Esas congojas y tribulaciones y dudas que tanto temes son el principio del ahogo, son las aguas vivas y eternas que te echan el aire de la tranquilidad aparencial en que estás muriendo hora tras hora; déjate ahogar, déjate ir al fondo y perder sentido y quedar como una esponja, que luego volverás a la sobrehaz de las aguas donde te veas y te toques y te sientas dentro del Océano». «Sí, muerto»—me dijo. «No, resucitado y más vivo que nunca»—le dije. Y el pobrecito de mi amigo el galeote se me escapó lleno de miedo de sí mismo. Y luego me ha apedreado, y al sentir sus pedradas sobre el yelmo de Mambrino con que me cubro la cabeza, he dicho en mi corazón: ¡Gracias, Dios mío, porque has hecho que no cayeran mis palabras en el espíritu de mi amigo como en pelada roca, sino que prendieran en él!
¡Si les oyeses, mi pastor Quijotiz, hablar de su fe y de sus creencias a los galeotes del espíritu!... ¡Si oyeras, mi buen pastor, hablar de ello a sus pastores!... Uno de estos pastores he conocido para quien la virtud de los silbos con que llamaba a sus ovejas, la verdad de la doctrina en que les adoctrinaba y sin acatar la cual les negaba salud eterna, estribaba ¡figúrate, en que era castiza, en que era la más española! Para él la herejía no era sino una traición a la patria. Y conozco un perro de pastor, un ladrador de nuestras glorias patrias y guardián de nuestras tradiciones, para quien la religión no es mas que un género literario, tal vez una rama de las humanidades y a lo sumo una de las bellas artes. Contra estos miserables haces falta, mi pastor Quijotiz, para limpiar con tus cantos toda esa asquerosa cotena del espíritu e infundirnos a todos valor para que nos hundamos en la cueva de Montesinos y miremos allí cara a cara las visiones que se nos presenten.
Se comprende bien que los jesuitas, remachadores de cadenas de galeotes, te guarden ojeriza, mi Don Quijote, y quemen con algazara el libro de tu historia, según nos asegura que alguna vez lo han hecho, uno que rompió las cadenas de la Orden, el ex jesuita autor de Un barrido hacia fuera en la Compañía de Jesús.
¡Ven, pastor Quijotiz, a pastorearnos y cantar los conceptos que el amor te inspire!