CAPÍTULO LXVIII
De la cerdosa aventura que le aconteció a Don Quijote.
Y a poco de haber hecho Don Quijote esos propósitos de pastoreo, llegó una piara de más de seiscientos puercos, y pasaron sobre él. Por pena de su pecado tuvo aquella afrenta el Caballero, mas no le acongojó tanto que no le dejase componer aquel madrigalete en que decía, entre otras cosas, lo de:
Así el vivir me mata
Que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída
La que conmigo muerte y vida trata!
¡Maravillosa sentencia en que se declara lo más íntimo del espíritu quijotesco! Y ved cómo cuando Don Quijote llegó a expresar lo más recóndito, lo más profundo, lo más entrañable de su locura de gloria, lo hizo en verso, y después de vencido y después de pisoteado por piara de cerdos. El verso es, sin duda, el lenguaje natural de lo profundo del espíritu; en verso compendiaron San Juan de la Cruz y Santa Teresa lo más íntimo de sus sentires. Y así Don Quijote fué en verso como llegó a descubrir los abismos de su locura, que el vivir le mataba y la muerte tornaría a darle vida, que su anhelo era anhelo de vida inacabable y eterna, de vida en la muerte, de perdurable vida.
Así el vivir me mata
Que la muerte me torna a dar la vida.
Sí, Don Quijote mío, la muerte tornó a darte vida y vida imperecedera. El vivir nos mata. Ya lo dijo tu hermana Teresa de Jesús, cuando cantó:
Sácame de aquesta muerte
Mi Dios y dame la vida;
No me tengas impedida
En este lazo tan fuerte;
Miro que muero por verte
Y vivir sin Ti no puedo,
Que muero porque no muero.