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Vida de Don Quijote y Sancho

Chapter 85: CAPÍTULO LXXIV
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About This Book

El autor propone una exégesis personal de la novela de Cervantes que mezcla comentario literario y reflexión filosófica, defendiendo lecturas místicas y contemporáneas. Sostiene que Don Quijote y Sancho poseen vida autónoma dentro de la mente creadora, explora la condición de la locura y la pasión frente a la razón fría de la sociedad, critica la complacencia colectiva y reclama recuperar el impulso idealista del caballero. La obra alterna análisis, ensayos breves y notas críticas que revaloran a los personajes desde perspectivas éticas, existenciales y estéticas.

CAPÍTULO LXXIV

De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte.

Dió el alma a quien se la dió,
El Cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria.

(Final de las coplas que Jorge Manrique
compuso a la muerte de su padre D. Rodrigo
Manrique, gran maestre de Santiago.)

Llegamos al cabo, oh lector, al remate de esta lastimosa historia; a la coronación de la vida de Don Quijote, o sea a su muerte. Pues toda vida se corona y completa en muerte y a la luz de la muerte es como hay que mirar la vida. Y tan es así, que aquella antigua máxima que dice «cual fué la vida tal será la muerte»—sicut vita finis ita—habrá que cambiarla diciendo «cual es la muerte, tal fué la vida». Una muerte buena y gloriosa abona y glorifica la vida toda, por mala e infame que ésta hubiese sido, y una muerte mala malea la vida al parecer más buena. En la muerte se revela el misterio de la vida, su secreto fondo. En la muerte de Don Quijote se reveló el misterio de su vida quijotesca.

Seis días estuvo encamado con calentura, desahucióle el médico, quedóse solo y durmió más de seis horas de un tirón. Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz dijo: Bendito sea el poderoso Dios que tanto bien me ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. ¡Piadosísimas palabras! Preguntóle la sobrina qué le pasaba y respondió: Las misericordias, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Yo conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; quería hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco: que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte.

¡Pobre Don Quijote! A lindero de morir y a la luz de la muerte confiesa y declara que no fué su vida sino sueño de locura. ¡La vida es sueño! Tal es, en resolución última, la verdad a que con su muerte llega Don Quijote y en ella se encuentra con su hermano Segismundo.

Mas todavía lamenta no poder leer otros libros, que sean luz del alma. ¿Libros? ¿Pero es, noble hidalgo, que no estás desengañado ya de ellos? Libros te metieron a caballero andante, libros te llevaban a ser pastor; ¿y si esos libros que sean luz del alma te meten en otras, aunque nuevas caballerías? ¿Será cosa de recordar aquí, una vez más, a Íñigo de Loyola en cama, herido, en Pamplona, pidiendo le llevasen libros de caballerías para matar con ellos el tiempo y dándole la vida de Cristo Nuestro Señor y el Flos Sanctorum, los que le empujaron a meterse a ser caballero andante a lo divino?

Llamó Don Quijote a sus buenos amigos el cura, el bachiller Sansón Carrasco y a Maese Nicolás el barbero, y pidió confesarse y hacer testamento. Y apenas vió entrar a los tres les dijo: dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno. Pocos días hace que hablando con D. Álvaro de Tarfe y al llamarle éste bueno, le dijo: yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo, tal vez recordando aquello del Evangelio: «¿por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno: Dios» (Mat., XIX, 17) y ahora a pique de morir y por la luz de la muerte alumbrado, dice que sus costumbres le dieron renombre de bueno. ¡Renombre! ¡renombre! y ¡cuán dura de arrancar es, Don Quijote mío, la raíz de la locura de tu vida! ¡Renombre de bueno! ¡renombre!

Siguió disertando piadosamente, abominó de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, y al oirle creyeron los tres que alguna nueva locura le había tomado. Y así era en verdad, que le tomó la última locura, la no curadera, la de la muerte. La vida es sueño, de cierto, pero dinos, desventurado Don Quijote, tú que despertaste del sueño de tu locura para morir abominando de ella, dinos, ¿no es sueño también la muerte? ¡Ah, y si fuera sueño eterno y sueño sin ensueños ni despertar, entonces, querido Caballero, en qué más valía la cordura de tu muerte que la locura de tu vida? Si es la muerte sueño, Don Quijote mío, ¿por qué han de ser molinos los gigantes, carneros los ejércitos, zafia labradora Dulcinea y burladores los hombres? Si es la muerte sueño, locura y sólo honda locura fué tu anhelo de inmortalidad.

Y si fué sueño y vanidad tu locura ¿qué sino sueño y vanidad es todo heroísmo humano, todo esfuerzo en pro del bien del prójimo, toda ayuda a los menesterosos y toda guerra a los opresores? Si fué sueño y vanidad tu locura de no morir, entonces sólo tienen razón en el mundo los bachilleres Carrascos, los Duques, los Don Antonio Moreno, cuantos burladores, en fin, hacen del valor y de la bondad pasatiempo y regocijo de sus ocios. Si fué sueño y vanidad tu ansia de vida eterna, toda la verdad se encierra en aquellos versos de la Odisea:

τὸν δὲ ζεοὶ μὲν τεῦξαν, ἐπεxλώσαντο δ'δλεζρον
ἀνζρώποις ΐνα ᾖσι xαὶ ἐσσομένοισιν ἀοιδή

(VIII, 579-580)

«Los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que los venideros tengan algo que cantar». Y entonces sí que podemos decir con Segismundo, tu hermano, que «el delito mayor del hombre es haber nacido». Más nos valiera, si eso así fuese, no haber visto la luz del sol ni haber recogido en nuestro pecho el aire de la vida.

¿Qué te arrastró, Don Quijote mío, a tu locura de renombre y fama y a tu ansia de sobrevivir con gloria en los recuerdos de los hombres, sino tu ansia de no morir, tu anhelo de inmortalidad, esa herencia que heredamos de nuestros padres, «que tenemos un apetito de divinidad y una locura y frenesí de querer ser más de lo que somos», para servirme de palabras del Padre Alonso Rodríguez, tu contemporáneo (Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, tratado octavo, cap. XV)? ¿Qué es sino el espanto de tener que llegar a ser nada lo que nos empuja a querer serlo todo, como único remedio para no caer en ese tan pavoroso de anonadarnos?

Pero allí estaba Sancho, en la cumbre de su fe, a que llegó después de tantos tumbos, arredros y tropiezos, y Sancho al oirle tan desengañado, le dijo: ¿ahora, señor Don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora que estamos tan a pique de ser pastores para pasar la vida cantando como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos. ¡Notables palabras! ¡Vuelva en si! ¡Vuelva en sí y déjese de cuentos! Mas ¡ay! amigo Sancho, que tu amo no puede ya volver en sí, sino que ha de volver al seno de la tierra todoparidora, que a todos nos da a luz y a todos nos recoge en sombras. ¡Pobre Sancho, que te quedas solo con tu fe, con la fe que dió tu amo!

¡Déjese de cuentos! Los de hasta aquí—replicó Don Quijote—que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Sí, Don Quijote mío, esos cuentos son tu provecho. Tu muerte fué aún más heroica que tu vida, porque al llegar a ella cumpliste la más grande renuncia, la renuncia de tu gloria, la renuncia de tu obra. Fué tu muerte encumbrado sacrificio. En la cumbre de tu pasión, cargado de burlas, renuncias no a ti mismo, sino a algo más grande que tú: a tu obra. Y la gloria te acoja para siempre.

Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él y confesóle. Y acabóse la confesión y salió el cura diciendo: verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento. Rompieron a llorar Sancho, el ama y la sobrina, porque en verdad en tanto que Don Quijote fué Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fué Don Quijote de la Mancha, fué siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. Fué siempre bueno, bueno sobre todo y ante todo, bueno con bondad nativa, y esta bondad que sirvió de cimiento a la cordura de Alonso Quijano y a su muerte ejemplar, esta misma bondad sirvió de cimiento a la locura de Don Quijote y a su ejemplarísima vida. La raíz de tu locura de inmortalidad, la raíz de tu anhelo de vivir en los inacabables siglos, la raíz de tu ansia de no morir, fué tu bondad, Don Quijote mío. El bueno no se resigna a disiparse, porque siente que su bondad hace parte de Dios, del Dios que es Dios no de los muertos, sino de los vivos, pues para él viven todos. La bondad no teme ni al infinito ni a lo eterno; la bondad reconoce que sólo en alma humana se perfecciona y acaba; la bondad sabe que es una mentira la realización del Bien en el proceso de la especie. El toque está en ser bueno, sea cual fuere el sueño de la vida. Ya lo dijo Segismundo (jornada II, escena IV),

que estoy soñando y que quiero
obrar bien, pues no se pierde
el hacer bien aun en sueños.

Y si la bondad nos eterniza ¿qué mayor cordura que morirse? Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; muere a la locura de la vida, despierta de su sueño.

Hizo Don Quijote su testamento y en él la mención de Sancho que éste se merecía, pues si loco fué su amo parte a darle el gobierno de la ínsula, pudiera estando cuerdo darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece. Y volviéndose a Sancho, quiso quebrantarle la fe y persuadirle de que no había habido caballeros andantes en el mundo, a lo cual Sancho, henchido de fe y loco de remate cuando su amo se moría cuerdo, respondió llorando: Ay, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más. ¿La mayor locura, Sancho?

“Y consiento en mi morir
con voluntad placentera
clara y pura;
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura”

pudo contestarte tu amo, con palabras del Maestre D. Rodrigo Manrique, tales cuales en su boca las pone su hijo D. Jorge, el de las coplas inmortales.

Y dicho lo de la locura de dejarse morir, volvió Sancho a las andadas, hablando a Don Quijote del desencanto de Dulcinea y de los libros de caballerías. ¡Oh heroico Sancho, y cuán pocos advierten el que ganaste la cumbre de la locura cuando tu amo se despeñaba en el abismo de la sensatez, y que sobre su lecho de muerte irradiaba tu fe, tu fe, Sancho, la fe de ti que ni has muerto ni morirás! Don Quijote perdió su fe y murióse, tú la cobraste y vives; era preciso que él muriera en desengaño, para que en engaño vivificante vivas tú.

¡Oh Sancho, y cuán melancólico es tu recuerdo de Dulcinea ahora en que tu amo se prepara al trance de la muerte! Ya no es Don Quijote, sino Alonso Quijano el Bueno, el tímido hidalgo que se pasó doce años queriendo como a la lumbre de sus ojos, de esos ojos que en breve ha de comerse la tierra, a Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, la del Toboso. Al recordarle, Sancho, en su lecho de muerte a su dama, le recuerdas a la garrida moza a la que sólo gozó, a hurtadillas, con los ojos cuatro veces en doce largos años de soledad y de recato. La vería el hidalgo ahora casada ya, rodeada de sus hijos, gloriándose en su marido, haciendo fructificar la vida en el Toboso. Y entonces, en su lecho de muerte de soltero, pensó acaso que pudo haberla llevado a él y haber bebido de ella en él la vida. Y habría muerto sin gloria, sin que Dulcinea le llamase desde el cielo de la locura, pero sintiendo sobre sus labios fríos los ardientes labios de Aldonza, y rodeado de sus hijos en quienes perviviría. ¡Tenerla allí, en el lecho en que morías, buen hidalgo, y en que se habrían confundido antes veces en una sola vuestras sendas vidas; tenerla allí, cogida de su mano tu mano y dándote así con la suya un calor que de la tuya se escapaba, y ver llegar la luz encegadora del último misterio, luz de tinieblas, en sus ojos llorosos y despavoridos, fijos en los cuales pasarían a la eterna visión los tuyos! Te morías sin haber gozado del amor, del único amor que a la muerte vence. Y entonces, al oir a Sancho hablar de Dulcinea, debiste de repasar en tu corazón aquellos doce largos años de la tortura de vergonzosidad invencible. Fué tu último combate, mi Don Quijote, del que ninguno de los que te rodeaban en tu lecho de muerte se dió cata.

Acudió el bachiller en ayuda de Sancho, y al oirlo dijo Don Quijote con mortal sosiego: Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño: yo fuí loco y ya soy cuerdo; fuí Don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno: pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía. Sanaste, Caballero, para morir; volviste a ser Alonso Quijano el Bueno para morir. Mira, pobre Alonso Quijano, mira a tu pueblo y ve si no sanará de su locura para morirse luego. Molido y maltrecho y después de que allá, en las Américas, acabaron de vencerle, retorna a su aldea, ¿A curar de su locura? ¡Quién sabe!... Tal vez a morir. Tal vez a morir si no quedara Sancho, que te reemplazará lleno de fe. Porque tu fe, Caballero, se atesora en Sancho hoy.

Sancho, que no ha muerto, es el heredero de tu espíritu, buen hidalgo, y esperamos tus fieles en que Sancho sienta un día que se le hincha de quijotismo el alma, que le florecen los viejos recuerdos de su vida escuderil, y vaya a tu casa y se revista de tus armaduras, que hará se las arregle a su talla y cuerpo el herrero del lugar, y saque a Rocinante de su cuadra y monte en él, y embrace tu lanza, la lanza con que diste libertad a los galeotes y derribaste al Caballero de los Espejos, y sin hacer caso de las voces de tu sobrina, salga al campo y vuelva a la vida de aventuras, convertido de escudero en caballero andante. Y entonces, Don Quijote mío, entonces es cuando tu espíritu se asentará en la tierra. Es Sancho, es tu fiel Sancho, es Sancho el bueno, el que enloqueció cuando tú curabas de tu locura en tu lecho de muerte, es Sancho el que ha de asentar para siempre el quijotismo sobre la tierra de los hombres. Cuando tu fiel Sancho, noble Caballero, monte en tu Rocinante, revestido de tus armas y embrazando tu lanza, entonces resucitarás en él, y entonces se realizará tu ensueño. Dulcinea os cogerá a los dos y estrechándoos con sus brazos contra su pecho, os hará uno solo.

Vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño; disipóse el sueño.

“Y la experiencia me enseña
que el hombre que vive sueña
lo que es, hasta dispertar.
Sueña el rey que es rey y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando.”

(La vida es sueño, II, 19)

Soñó Don Quijote que era caballero andante hasta que todas sus aventuras

“en cenizas le convierte
la muerte—¡desdicha fuerte!”

(II, 19)

¿Qué fué la vida de Don Quijote?

“¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño
y los sueños sueños son.”

(II, 19)

¡Ay, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años!

“¿Otra vez?—¡qué es esto, cielos!—
¿queréis que sueñe grandezas
que ha de deshacer el tiempo?
¿Otra vez queréis que vea
entre sombras y bosquejos
la majestad y la pompa
desvanecida del viento?”

(III, 3)

Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño.

"Idos, sombras que fingís
hoy a mis sentidos muertos
cuerpo y voz, siendo verdad
que ni tenéis voz ni cuerpo;
que no quiero majestades
fingidas, pompas no quiero
fantásticas, ilusiones
que al soplo menos lijero
del aura han de deshacerse,
bien como el florido almendro
que por madrugar sus flores
sin aviso y sin consejo,
al primer soplo se apagan,
marchitando y desluciendo
de los rosados capullos
belleza, luz y ornamento.”

(III, 70)

Dejadme, que digo con mi hermana Teresa de Jesús:

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera:
hasta que esta vida muera
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva:
vivo muriendo primero,
que muero porque no muero.

¡Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros ogaño! O como dijo Íñigo de Loyola cuando al tiempo de ir a despertar del sueño de la vida, ya espirante, querían darle un poco de sustancia: «ya no es tiempo deso» (Rivadeneira, lib. IV, capítulo XVI) y murió Íñigo como había de morir unos cincuenta años más tarde Don Quijote, sencillamente, sin comedia alguna, sin reunir gente en torno de su lecho ni hacer espectáculo de la muerte, como se mueren los verdaderos santos y los verdaderos héroes, casi como los animales se mueren: acostándose a morir.

Siguió dictando el buen Alonso Quijano su testamento y mandó toda su hacienda a puerta cerrada a Antonia Quijana, su sobrina, mas imponiéndola como obligación para el disfrute de ella que si quiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosa sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y con todo eso mi sobrina quiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.

Y ¡qué bien calaba Don Quijote que entre el oficio de marido y de caballero andante hay mutua y fortísima irreductibilidad! Y al dictar esto ¿no pensaría acaso el buen hidalgo en su Aldonza y que de haber él roto el sello de su demasiado amor se habría ahorrado las malandanzas caballerescas, preso junto al fogón del hogar por los brazos de ella?

Tu testamento se cumple, Don Quijote, y los mozos de esta tu patria renuncian a todas las caballerías para poder gozar de las haciendas de tus sobrinas, que son casi todas las españolas, y gozar de las sobrinas mismas. En sus brazos se ahoga todo heroísmo. Tiemblan de que a sus novios y maridos les dé la ventolera por donde le dió a su tío. Es tu sobrina, Don Quijote, es tu sobrina la que hoy reina y gobierna en tu España; es tu sobrina, no Sancho. Es la medrosica, casera y encojada Antonia Quijana, la que temía te diese por dar en poeta, enfermedad incurable y pegadiza; la que ayudó con tanto celo al cura y al barbero a quemar tus libros; la que te aconsejaba no te metieses en pendencias ni fueses por el mundo en busca de pan de trastrigo; la que se te atrevió a asegurar en tus barbas que todo eso de los caballeros andantes es fábula y mentira, doncellesco atrevimiento que te obligó a exclamar: Por el Dios que me sustenta, que si no fueras mi sobrina derechamente como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo; es ésta, la rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas y se atrevía a poner lengua en las historias de los caballeros andantes y a censurarlas, es ésta la que maneja y zarandea y asenderea como a unos dominguillos a los hijos de tu España. No es Dulcinea del Toboso, no; no es tampoco Aldonza Lorenzo, por la que se suspira doce años sin haberla visto sino sólo cuatro veces y sin haberla confesado amor; es Antonia Quijana, la que apenas sabe menear doce palillos de randas y menea a los hombres de hoy en tu patria.

Es Antonia Quijana la que por mezquindad de espíritu, por creer a su marido pobre, le retiene y le impide lanzarse a heroicas aventuras en que cobre eterno nombre y fama. ¡Si fuese siquiera Dulcinea!... Dulcinea, sí; por extraño que nos parezca, Dulcinea puede moverle a uno a renunciar a toda gloria, a que se dé la gloria de renunciar a ella. Dulcinea, o mejor dicho, Aldonza. Aldonza, la ideal, puede decirle: «Ven, ven acá a mis brazos y deshaz en lágrimas tus ansias sobre mi pecho, ven acá; ya veo, veo para ti un empinado tormo en los siglos de los hombres, un picacho en que te contemplen tus hermanos todos; te veo aclamado por sus generaciones, pero ven a mí y por mí renuncia a todo eso, serás así más grande, mi Alonso, serás más grande. Toma mi boca entera y hártala de calientes besos en su silencio, y renuncia a que ande en frío tu nombre en bocas de los que no has de conocer nunca. ¿Oirás luego de muerto lo que de ti digan? ¡Sepulta en mi pecho todo tu amor, que si él es grande, mejor es que lo sepultes en mí a no que lo desparrames entre los hombres pasajeros y casquivanos! No merecen admirarte, mi Alonso, no merecen admirarte. Serás para mí sola y así serás mejor para el Universo todo y para Dios. Parecerán así perdidos tu poderío y tu heroísmo, mas no hagas caso, ¿sabes, por ventura, el efluvio inmenso de vida que, sin nadie notarlo, se desprende de un amor heroico y callado y se desparrama luego por más allá de los hombres todos hasta el confín de las últimas estrellas? ¿Sabes la misteriosa energía que irradia a todo un pueblo y a sus generaciones venideras hasta la consumación de los siglos de una feliz pareja donde se asienta el amor triunfante y silencioso? ¿Sabes lo que es conservar el fuego sagrado de la vida y aun encenderlo más y más en un culto callado y recogido? El amor con sólo amar y sin hacer otra cosa cumple una labor heroica. Ven y renuncia a toda acción entre mis brazos, que este tu reposo y tu oscurecimiento en ellos serán fuente de acciones y de claridades para los que nunca sabrán tu nombre. Cuando hasta el eco de tu nombre se disipe en el aire, al disiparse éste, aún el rescoldo de tu amor calentará las ruinas de los orbes. Ven y date a mí, Alonso, que aunque no salgas a los caminos a enderezar entuertos, tu grandeza no habrá de perderse, pues en mi seno nada se pierde. Ven, que yo te llevaré desde el reposo de mi regazo al reposo final e inacabable».

Así podría hablar Aldonza, y sería grande Alonso renunciando en sus brazos a toda gloria; pero tú, Antonia, tú no sabes hablar así. Tú no crees que el amor vale más que la gloria; tú lo que crees es que ni el amor ni la gloria valen el amodorrador sosiego del hogar, que ni el amor ni la gloria valen la seguridad de los garbanzos; tú crees que el Coco se lleva a los que duermen poco, y no sabes que el amor, lo mismo que la gloria, no duerme, sino vela.

Acabó de hacer su testamento Alonso Quijano, recibió los sacramentos, abominó de nuevo de los libros de caballerías, y entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaban, dió su espíritu; quiero decir que se murió, agrega el historiador.

¡Dió su espíritu! ¿Y a quién se lo dió? Dónde está hoy? ¿dónde sueña? ¿dónde vive? ¡cuál es el abismo de la cordura en que van a descansar las armas curadas del sueño de la vida, de la locura de no morir? ¡Oh Dios mío; Tú que diste vida y espíritu a Don Quijote en la vida y en el espíritu de su pueblo; Tú que inspiraste a Cervantes esa epopeya profundamente cristiana; Tú, Dios de mi sueño, ¿dónde acoges los espíritus de los que atravesamos este sueño de la vida tocados de la locura de vivir por los siglos de los siglos venideros? Nos diste el ansia de renombre y fama, como sombra de tu gloria; pasará el mundo ¿pasaremos con él también nosotros. Dios mío?

¡La vida es sueño! ¿Será acaso también sueño, Dios mío, este tu Universo de que eres la Conciencia eterna e infinita? ¿será un sueño tuyo? ¿será que nos estás soñando? ¿Seremos sueño, sueño tuyo, nosotros los soñadores de la vida? Y si así fuese ¿qué será del Universo todo, qué será de nosotros, qué será de mí cuando Tú, Dios de mi vida, despiertes? ¡Suéñanos, Señor! Y ¿no será tal vez que despiertas para los buenos cuando a la muerte despiertan ellos del sueño de la vida? ¿Podemos acaso nosotros, pobres sueños soñadores, soñar lo que sea la vela del hombre en tu eterna vela, Dios nuestro? ¿No será la bondad resplandor de la vigilia en las oscuridades del sueño? Mejor que indagar tu sueño y nuestro sueño, escudriñando el Universo y la vida, mejor mil veces obrar el bien,

pues no se pierde
el hacer bien, ni aun en sueños.

Mejor que investigar si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende del sueño de la vida. De nuestros actos y no de nuestras contemplaciones sacaremos sabiduría. ¡Suéñanos, Dios de nuestro sueño!

¡Consérvale a Sancho su sueño, su fe, Dios mío, y que crea en su vida perdurable y que sueñe ser pastor allá en los infinitos campos de Tu Seno, endechando sin fin a la Vida inacabable que eres Tú mismo; consérvasela, Dios de mi España! Mira, Señor, que el día en que tu siervo Sancho cure de su locura, se morirá, y al morir él se morirá su España, tu España, Señor. Fundaste este tu pueblo, el pueblo de tus siervos Don Quijote y Sancho, sobre la fe en la inmortalidad personal; mira, Señor, que esa es nuestra razón de vida y es nuestro destino entre los pueblos el de hacer que esa nuestra verdad del corazón alumbre las mentes contra todas las tinieblas de la lógica y del raciocinio y consuele los corazones de los condenados al sueño de la vida.

Así el vivir nos mata
que la muerte nos torna a dar la vida.

Agrega el historiador que pidió el cura al escribano le diese por testimonio cómo Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente Don Quijote de la Mancha, había pasado de esta presente vida y muerto naturalmente, y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún autor le resucitase falsamente, y más adelante añade que yace en la huesa tendido de largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva.

¿Pero es que creéis que Don Quijote no ha de resucitar? Hay quien cree que no ha muerto; que el muerto, y bien muerto, es Cervantes que quiso matarle, y no Don Quijote. Hay quien cree que resucitó al tercer día, y que volverá a la tierra en carne mortal y a hacer de las suyas. Y volverá cuando Sancho, agobiado hoy por los recuerdos, sienta hervir la sangre que acopió en sus andanzas escuderiles, y monte, como dije, en Rocinante, y revestido de las armas de su amo, embrace el lanzón y se lance a hacer de Don Quijote. Y su amo vendrá entonces y encarnará en él. ¡Ánimo, Sancho heroico, y aviva esa fe que encendió en ti tu amo y que tanto te costó atizar y afirmar! ¡ánimo!

Y no se cuenta milagro que hiciese después de muerto, como se cuenta del Cid que ganó batalla siendo cadáver, y se cuenta de él además que estando muerto también y queriendo un judío tocarle la barba, que en su vida nadie se la tocó,

Antes que a la barba llegue, el buen Cid había empuñado
a la su espada tizona, y un buen palmo la había sacado;
el judío que esto vido, muy gran pavor ha cobrado;
tendido cayó de espaldas, amortecido de espanto.

Don Quijote no sé que haya ganado batalla después de muerto y sé que muchos judíos osan tocarle la barba. De Don Quijote no se sabe que haya hecho milagro alguno después de muerto, pero ¿no basta con los que hizo en vida, y no fué perpetuo milagro su carrera toda de aventuras? Cuanto más que, como recordaba el P. Rivadeneira, en el capítulo final de su tantas veces aquí citada obra al hablarnos de los milagros que Dios hizo por San Ignacio, entre los nacidos de mujer no se había levantado, al decir del Evangelio, otro mayor que San Juan Bautista, y con todo eso dice de él el Evangelio mismo que no hizo milagro alguno. Y si el piadoso biógrafo de Loyola tiene por el mayor milagro de éste la fundación de la Compañía de Jesús ¿no hemos de tener nosotros por el milagro mayor de Don Quijote el que hubiese hecho escribir la historia de su vida a un hombre que, como Cervantes mostró en sus demás trabajos, la endeblez de su ingenio y cuán por debajo estaba, en el orden natural de las cosas, de lo que para contar las hazañas del Ingenioso Hidalgo y tal cual él las contó, se requería?

No cabe duda sino que en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha que compuso Miguel de Cervantes Saavedra se mostró éste muy por encima de lo que podríamos esperar de él juzgándole por sus otras obras; se sobrepujó con mucho a sí mismo. Por lo cual es de creer que el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli no es un puro recurso literario, sino que encubre una profunda verdad, cual es la de que esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí y al que ni antes ni después de haberla escrito, trató una vez más; un espíritu que en las profundidades de su alma habitaba. Y esta inmensa lejanía que hay de la historia de nuestro Caballero a todas las demás obras que Cervantes escribió, este patentísimo y espléndido milagro es la razón principal—si para ellos hiciesen, que no hacen falta razones, miserables siempre—para creer nosotros y confesar que la historia fué real y verdadera, y que el mismo Don Quijote envolviéndose en Cide Hamete Benengeli, se la dictó a Cervantes. Y aun llego a sospechar que mientras he estado explicando y comentando esta vida me han visitado secretamente Don Quijote y Sancho, y aun sin yo saberlo, me han desplegado y descubierto las entretelas de sus corazones.

Y he de añadir aquí que muchas veces tenemos a un escritor por persona real y verdadera e histórica por verle de carne y hueso y a los sujetos que finge en sus ficciones no más sino por de pura fantasía, y sucede al revés, y es que estos sujetos lo son muy de veras y de toda realidad y se sirven de aquel otro que nos parece de carne y hueso para tomar ellos ser y figura ante los hombres. Y cuando despertemos todos del sueño de la vida, se han de ver a este respecto cosas muy peregrinas y se espantarán los sabios al ver qué es la verdad y qué es la mentira y cuán errados andábamos al pensar que esa quisicosa que llamamos lógica tenga valor alguno fuera de este miserable mundo en que nos tienen presos el tiempo y el espacio, tiranos del espíritu.

Cosas muy peregrinas conoceremos allí respecto a la vida y a la muerte, y allí se verá cuán profundo sentido tiene la primera parte del epitafio que en la sepultura de Don Quijote puso Sansón Carrasco y que dice:

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que te advierte,
que la muerte no triunfó
de tu vida con la muerte.

Y así es, pues Don Quijote es, merced a su muerte, inmortal; la muerte es nuestra inmortalizadora.

Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecito de fuerza y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda a las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito, en Dios, Conciencia del Universo.

Al acabar la historia colgó el historiador su pluma y le dijo: aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.

Líbreme Dios de meterme a contar sucesos que al puntualísimo historiador de Don Quijote se le hubiesen escapado; nunca me tuve por erudito ni me he metido jamás a escudriñar los archivos caballerescos de la Mancha. Yo sólo he querido explicar y comentar su vida.

Para mí solo nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir, hace decir el historiador a su pluma. Y yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho, Cervantes nació para contarla y explicarla, y para comentarla nací yo... No puede contar tu vida, ni puede explicarla ni comentarla, señor mío Don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir. Intercede, pues, en favor mío, oh mi señor y patrón, para que tu Dulcinea del Toboso, ya desencantada merced a los azotes de tu Sancho, me lleve de su mano a la inmortalidad del nombre y de la fama. ¡Y si es la vida sueño, déjame soñarla inacabable!

A reinar, fortuna, vamos.
No me despiertes, si sueño.

(La vida es sueño, II, 4)

καὶ μαχόμην κατ' ἔμ'αὐτὸν ἐγώ ΙΛΙΑΛΟΣ Α' σοα'