CUADRO SEXTO
La habitación de Eugenia. Ventana al fondo.
Eugenia, en quimono o deshabillé de noche, sentada, cose el vestido que ha llevado puesto junto a una mesita con neceser de costura y una lámpara con pantalla. Después, Guillermina. Se oye cantar en la calle una canción francesa como por un grupo de gente que va algo bebida. Después suena también un gramófono más lejano.
GUILLERMINA
(Llamando a la puerta.) Eugenia.
EUGENIA
¡Ah! Guillermina, entra.
GUILLERMINA
¿Qué haces?
EUGENIA
Ya lo ves: coso. Está tan pasadita la tela de este vestido...
GUILLERMINA
Mañana vamos a comprarnos uno de los modelitos que hemos visto; es un regalo de mamá.
EUGENIA
No, Guillermina.
GUILLERMINA
No digas nada, porque si no compramos el tuyo no me compran a mí el mío. Me gustan a mí esos modelitos, son una monada.
EUGENIA
¡Qué buena eres!
GUILLERMINA
He querido venir antes de acostarme para saber si no te has disgustado por lo que te ha dicho papá.
EUGENIA
¿Cómo puedo yo disgustarme con tu padre? ¿Cómo puedo yo olvidar nunca lo que en tu casa habéis sido para nosotros?
GUILLERMINA
No hay que hablar de eso. (Acercándose a la ventana.) ¿Hay todas las noches tanto ruido en esta calle? Como mi cuarto da al jardín, allí no se oye nada.
EUGENIA
En esta calle hay dos o tres cabarets, y hasta muy tarde pasa gente cantando, gente alegre.
GUILLERMINA
Sí debe pasar mucha gente, porque son muchos los que algunas noches han visto pasar a Enrique.
EUGENIA
Saldría de alguno de estos cabarets con amigos.
GUILLERMINA
Los cabarets de esta calle no son para que Enrique los frecuente. Le han visto pasar solo, pasar y pararse delante de esta ventana; sin duda veía luz, si estaban las maderas sin cerrar, como ahora, y acaso esperaba...
EUGENIA
Alguna vez me asomo a la ventana antes de acostarme. No le he visto nunca.
GUILLERMINA
Pues ya lo sabes: ha pasado más de una noche. Si eso no es pensar en ti...
EUGENIA
Eso es querer que otros piensen lo que no es; tú lo sabes. (Se levanta y va a cerrar las maderas.)
GUILLERMINA
¿Vas a cerrar?
EUGENIA
Por si acaso.
GUILLERMINA
Tal vez haya sido casualidad otras noches. Yo creí que ibas a alegrarte al saberlo. Está visto que hoy todos nos hemos propuesto disgustarte.
EUGENIA
No, Guillermina, no me hables así; pero yo no quiero que tú creas... No, no es verdad. Yo no puedo querer a Enrique, no quiero quererle. (Se echa a llorar.)
GUILLERMINA
Vamos, ¡por Dios! Van a oírte, ¿y qué van a creer? Vamos, acuéstate; no pienses en nada. Si supieras que yo estoy muy segura de que vas a ser muy dichosa... Lo creo, lo creo. Hasta mañana, Eugenia; dame un beso. (Sale Guillermina. Eugenia apaga la luz, abre las maderas, suelta las cortinas de la ventana y por entre ellas mira a la calle.)
TELÓN
CUADRO SÉPTIMO
Un gabinete-despachito en la villa de Enrique Garcimora.
Enrique, en pijama, entra, abre un mueble-secreter, busca y rebusca, sale de escena, vuelve a poco y busca de nuevo en el secreter, con muestras de impaciencia y de extrañeza. Entra Damián.
ENRIQUE
(Al verle.) ¡Damián!
DAMIÁN
Ya sé. No te canses, no busques; era un sobre con dinero, un sobre como ese. (Señalando uno que tiene Enrique en la mano.) No busques, lo han robado.
ENRIQUE
¿Tú sabes?
DAMIÁN
Lo he visto.
ENRIQUE
Algún criado. Se despidió a uno cuando faltaron el alfiler y la pitillera, y por lo visto el ladrón sigue en casa.
DAMIÁN
No, el ladrón no es de casa; yo no lo había creído nunca; ya sabes que siempre me opuse a que se despidiera al pobre Tommy; le gustaba beber, pero era un buen muchacho. No fue él el que robó el alfiler y la pitillera; ya lo sabía yo; por eso he vigilado, y ahora ya sé.
ENRIQUE
¿Qué sabes?
DAMIÁN
Ayer tarde estuvieron aquí el señorito Isidoro y el señorito Manolo.
ENRIQUE
¿Eh?
DAMIÁN
Tú habías sacado una porción de billetes de tu cartera, los metiste en un sobre y guardaste el sobre en ese mueble, que dejaste abierto mientras pasabas a vestirte a tu cuarto; recuerda. Yo estaba allí, detrás de esa puerta entornada, frente al mueble. El señorito Isidoro se puso a leer estos periódicos; el señorito Manolo se paseaba por la habitación y no dejaba de mirar al mueble y a la puerta de tu cuarto. En uno de sus paseos, como distraído, tomó de ahí otro sobre, fue hacia el mueble y con gran rapidez cambió por este sobre (Señalando el que tiene Enrique en la mano.) el que tú habías dejado, que se guardó en un bolsillo de la americana y en seguida se sentó al lado del señorito Isidoro. Y recuerda que antes de que tú salieras, se despidieron diciéndote desde aquí que al señorito Manolo se le había olvidado una cita que tenía a aquella hora y que te verían por la noche.
ENRIQUE
Si, todo fue así. ¿Pero tú estás seguro?
DAMIÁN
¿Estás tú seguro de mí?
ENRIQUE
Es la primera vez en mi vida que quisiera no estarlo, que casi preferiría dudar de ti, de cualquiera.
DAMIÁN
(Sacando un sobre del bolsillo.) ¿Era este el sobre en que dejaste los billetes?
ENRIQUE
Un sobre blanco.
DAMIÁN
Un sobre de estos, ¿como el que has encontrado en lugar del otro?
ENRIQUE
Sí, de estos era... Este es. (Viendo el que tiene Damián.) ¿Entonces es que tú?... ¿Cómo está este sobre en tu poder?... ¿Es que...?
DAMIÁN
No, no es lo que te figuras; yo no hubiera tomado nunca ninguna determinación sin contar contigo.
ENRIQUE
Te lo agradezco. ¿Entonces?...
DAMIÁN
Verás: sin que ellos pudieran notarlo yo salí detrás de ellos, dispuesto a seguirles, fueran donde fueran; más que nada quería saber si la cosa estaba tramada entre los dos o había sido solo el señorito Manolo.
ENRIQUE
Hubieras hecho un buen policía. ¿Y ahora sabes?...
DAMIÁN
Asuntos más difíciles han andado a mi cargo. Si viviera tu padre, él podría decírtelo.
ENRIQUE
Sé que tenía en ti confianza absoluta, la misma que yo tengo; solo por eso puedo creer lo que me dices; pero es horrible llegar a eso, a robar así, a mansalva, contando con que antes se sospecharía de cualquier pobre criado que del amigo.
DAMIÁN
Desde que faltaron el alfiler y la pitillera sospechaba yo del señorito Manolo; no quise decirte nada porque, como a ti, me parecía imposible; no, imposible no hay nada; ha visto uno tanto, me parecía que sería desagradable para ti, que te costaría un disgusto, como ahora.
ENRIQUE
Como ahora, no lo sabes tú bien. Bueno, ¿les seguiste y...?
DAMIÁN
Verás: el señorito Manolo se separó del señorito Isidoro; debió poner un pretexto muy mal urdido, porque el señorito Isidoro se reía con sorna, como si no creyera lo que el otro le estaba diciendo; ello fue que se separaron, y el señorito Manolo empezó a andar y a andar de una calle a otra, como quien no sabe qué hacer ni por dónde tirar; yo ya estaba desesperado de poder averiguar nada más, y tuve que hacerme mucha fuerza para no echarme sobre él y no mandarle detener por ladrón; tuve que acordarme de muchas cosas y pensar en ti mucho.
ENRIQUE
Hiciste bien, Damián, hiciste bien.
DAMIÁN
De pronto pareció que tomaba alguna resolución y echó a andar más aprisa y a mirar a un lado y a otro, y por fin entró en una casa de cambio de muy mal aspecto, una que hay en la esquina de esa calle de escalerillas, que baja al puerto de pescadores; yo, desde enfrente, procurando que no me viera, observé toda la operación; cambió unos billetes de mil pesetas por billetes franceses. Al salir estaba muy pálido y se llevaba una mano al pecho, como si le costara respirar.
ENRIQUE
Lo comprendo. Casi le tengo lástima.
DAMIÁN
Ya lo sabía yo. Muy práctico se ve que no está todavía. Dejé que desapareciera y entré en la casa de cambio, pregunté al dueño si conocía al señor que acababa de salir; me dijo el hombre, judío de lo más puro, que no le había visto nunca ni sabía quién pudiera ser; me dijo que había cambiado diez mil pesetas en francos, y ya al salir, dejando a mi hombre muy escamado, delante del mostrador vi el sobre que el señorito Manolo había cometido la imprudencia de tirar, después de guardarse el dinero en su cartera; lo recogí, y presentándoselo al hombre: «Haga usted el favor de poner alguna contraseña en este sobre», le dije. ¡Vieras su cara! También él debió ver la mía, y sin chistar echó esta rúbrica y puso este sello, «el de la casa», me dijo. Quería que yo le explicara; yo me limité a decirle que estuviera tranquilo, que su dinero no lo perdería, y el hombre me acompañó hasta la puerta haciendo reverencias. Esto es todo; ya lo sabes; ahora tú verás. ¿Cuánto era el dinero?
ENRIQUE
Treinta mil pesetas; acababa de cobrarlas.
DAMIÁN
Es un pico.
ENRIQUE
Lo de menos es el dinero.
DAMIÁN
Pues el amigo no vale tanto. ¿Guardas el sobre?
ENRIQUE
Sí. Ahora mismo telefonea al señorito Ricardo a su casa, ya sabes.
DAMIÁN
¿A su verdadera casa?
ENRIQUE
Sí, a su casa; anoche le dejé allí. De mi parte, que venga en seguida, en seguida; es el único en quien tengo confianza.
DAMIÁN
Por si acaso, cierra el mueble.
ENRIQUE
No, ese no.
DAMIÁN
Con gente de todas clases andaba tu padre; pero si él viera con la gente que tú andas ahora...
ENRIQUE
No digas disparates.
DAMIÁN
Queda entre nosotros; ya sabes que delante de gente nadie te trata con más respeto; eso sí, perro fiel siempre; le debo la vida a tu padre y yo no he comido desde chiquillo más pan que el de tu casa; pero delante de gente, para mí eres el señor, don Enrique, de usted y hasta de usía, si quieres, y de vuecencia si llegara el caso; yo sé estar en todo. Y no te lleves ningún disgusto; bueno es que sepas a quién tratas y quién es cada uno. Aprender nunca es caro.
ENRIQUE
Anda, anda, haz lo que te he dicho, avisa al señorito Ricardo; si está dormido, que le despierten, que le necesito en seguida.
DAMIÁN
Descuida; si es preciso voy yo mismo y le traigo. (Sale Damián. Enrique mira el sobre, vuelve a mirar en el mueble. Damián vuelve a entrar y anuncia.) El señorito Isidoro.
ENRIQUE
Que pase en seguida. Entra, Isidoro, entra. Anda, Damián. (Sale Damián.) (A Isidoro.) Siéntate, has venido muy temprano.
ISIDORO
A las nueve, como te dije.
ENRIQUE
Es verdad, quedaste en venir a las nueve.
ISIDORO
¿No te acordabas ya?
ENRIQUE
Sí, ¿no había de acordarme? ¿Has visto a Manolo?
ISIDORO
Ahora le dejo; no nos hemos acostado en toda la noche, sin parar en ninguna parte, paseo arriba, paseo abajo. Está loco.
ENRIQUE
Sí, debe estarlo; de otro modo, no... (Se calla de pronto.)
ISIDORO
¿Qué ibas a decirme?
ENRIQUE
Nada, nada. ¿Es tan grave lo que le ocurre?
ISIDORO
Muy grave; de no serlo, nunca me hubiera atrevido a molestarte; ya nos has hecho bastantes favores; pero no quieras saber; ese Manolo ha firmado todo lo que le han exigido: hay firmas falsificadas, recibos de alhajas y valores en depósito... ¡El delirio! Hay para ir del juzgado a la cárcel en veinticuatro horas. Luego, sobre no pagar, ha querido echarlo a lo bravo, y ha maltratado de palabra y creo que hasta de obra al hombre de los documentos, que, claro está, ya no hay quien le amanse; no sé si aun con las cinco mil pesetas podremos arreglarlo; en fin, de eso yo me encargo. Manolo es imposible; con echar por delante su nombre y su caballerosidad; y en estas cuestiones y con esa gente figúrate si hay nombre ni caballerosidad que valgan.
ENRIQUE
Sí, su nombre, su caballerosidad...
ISIDORO
No ha aprendido a tratar con los usureros, que, después de todo, no es tan mala gente. Yo los tengo que, vamos, se dejarían matar por mí; cuestión de coba fina: les convido a comer de cuando en cuando, me los llevo de excursión en el auto, no vuelvo una vez de viaje que no les lleve algún recuerdillo. En el auto he conseguido yo grandes rebajas en los intereses, gracias al acelerador. Manolo no sabe llevar estos asuntos, con su carácter... En fin, vamos a sacarlo del apuro cuanto antes, porque está en un estado... ¡Qué nochecita!
ENRIQUE
Oye: Manolo jugó ayer y perdió bastante. ¿Tú sabes lo que perdió, poco más o menos?
ISIDORO
No ha querido decírmelo. Jugó en el Casino y luego en Posilipo; confiaba en una buena racha para salvar la situación. Por cierto que tuvieron un disgusto, una discusión por una jugada.
ENRIQUE
Sí, ya sé. ¿De modo que perdió todo lo que tenía? Porque tenía bastante para haber pagado, según mis noticias.
ISIDORO
Eso no sé.
ENRIQUE
Sí, por la tarde tenía en su poder treinta mil pesetas.
ISIDORO
¿Tú crees?
ENRIQUE
Estoy seguro; las mismas que faltan aquí. (Sacando el sobre.)
ISIDORO
¿Qué dices?
ENRIQUE
Recuerda que estabais aquí cuando yo llegué de Bilbao, en donde había cobrado ese dinero; recuerda que saqué los billetes de la cartera y los metí en este sobre, que dejé en ese mueble, y en seguida entré en mi cuarto para vestirme, y dejé el mueble abierto, porque, naturalmente, estando vosotros aquí me parecía una indelicadeza cerrarlo delante de vosotros. Después, ya lo sabes: Manolo se apoderó del sobre, que, como ves, ha vuelto a mis manos, con el sello de la casa en donde cambió parte del dinero.
ISIDORO
No, no es verdad; no puedo creerlo; eso no.
ENRIQUE
¿Tú crees que me atrevería a decirlo, a pensarlo siquiera, si no estuviera seguro de ello?
ISIDORO
Yo te digo que no es verdad, que no puede serlo; no lo creo aunque me lo jures.
ENRIQUE
¡Isidoro!...
ISIDORO
¿Qué?...
ENRIQUE
¿No basta que yo lo diga, que yo lo afirme? ¿Qué crees de mí entonces, si me crees capaz de semejante acusación sin la certeza, la evidencia de que es verdad?... ¿Qué crees de mí?...
ISIDORO
Creo... No sé, perdona; de ti no creo nada; pero menos puedo creer que sea verdad lo que dices; alguien te ha engañado, alguien te ha hecho creer... No, eso no puede ser. Ahora mismo traigo a Manolo, y delante de mí vas a repetir lo que me has dicho; que él lo oiga, que él lo sepa, que pueda defenderse; no puedes negarle ese derecho.
ENRIQUE
Eres un buen amigo, Isidoro; pero temo que tu buena amistad va a tener un cruel desengaño. Está bien, sí, trae a Manolo; es lo mejor. Yo, por mi parte, he avisado a Ricardo; juntos podemos hablar, en la seguridad de que cuanto hablemos aquí no saldrá de nosotros. Comprenderás que yo no voy a ser inexorable, que de antemano he perdonado.
ISIDORO
Es que yo no creo que tengas nada que perdonar.
ENRIQUE
No vas a tardar en saberlo. Anda, trae en seguida a Manolo Castrojeriz.
ISIDORO
Sí, sí; pero yo no le diré nada; has de ser tú, tú mismo quien le digas lo que me has dicho a mí.
ENRIQUE
Lo mismo; puedes estar seguro.
ISIDORO
Está bien. Hasta ahora. (Sale. A poco entra Damián.)
DAMIÁN
El señorito Ricardo, que viene en seguida. ¿Le has dicho a este...?
ENRIQUE
Sí, no puede creerlo.
DAMIÁN
Lobos de una camada.
ENRIQUE
Ahora volverá con el otro.
DAMIÁN
¿Con el señorito Manolo?
ENRIQUE
Sí.
DAMIÁN
¿Y qué vas a decirle?
ENRIQUE
Qué voy a decir... Lo que él pueda decir es lo que importa.
DAMIÁN
El negará de todas maneras; pero a mí, no; a mí no podrá decirme que no es verdad todo lo que he visto, lo que ya sabes. (Viendo entrar a Ricardo.) Aquí está el señorito Ricardo.
ENRIQUE
Hola, Ricardo.
RICARDO
¿Qué te ocurre?
ENRIQUE
Algo muy grave, muy desagradable que no va a sorprenderte. Recuerda que anoche mismo me preguntabas si Manolo Castrojeriz me había pedido dinero en estos días.
RICARDO
Sí.
ENRIQUE
Que tú sabías que anoche había jugado fuerte en el Casino y en el Posilipo, y no podías explicarte de dónde había sacado el dinero.
RICARDO
Exactamente.
ENRIQUE
El dinero era mío.
RICARDO
Ya decía yo.
ENRIQUE
No, tú supones que me lo hubiera pedido; no podías sospechar que lo hubiera robado.
RICARDO
¿Eh?
ENRIQUE
Robado, sí, robado. Damián te dirá lo que él ha visto, lo que él sabe. (A Damián.) Díselo todo. Voy a escribir unas cartas urgentes, unos telegramas, perdona un momento; Damián te contará.
RICARDO
¡Ese Manolo! No me sorprende, dices bien; pero nunca le creía capaz de una cosa así.
ENRIQUE
Escucha, escucha.
DAMIÁN
Verá usted: (Mientras Enrique escribe, Damián habla con Ricardo; por sus gestos y ademanes se ve que refiere lo mismo que ha referido antes: escena muda que queda encomendada a los actores. Cuando se crea oportuno entran Isidoro y Manolo, que se quedan parados sin atreverse a entrar, hasta que Enrique deja de escribir y repara en ellos.)
ISIDORO
Aquí nos tienes.
ENRIQUE
(A Damián.) Estas cartas y estos telegramas; manda a cualquiera y vuelve aquí en seguida, puedo necesitarte. (Sale Damián y entra a poco.)
MANOLO
(A Enrique.) Me ha dicho Isidoro que tenías que decirme algo, tú dirás.
ENRIQUE
Ven aquí; sí, es verdad, tenía que decirte algo y no sé cómo decirlo; yo quisiera que fueras tú el que lo dijeras todo, que tuvieras ese buen impulso. (A Isidoro.) ¿Tú no le has dicho nada?
ISIDORO
Nada, ya te dije que habías de ser tú quien le repitiera delante de mí lo mismo que me has dicho antes.
ENRIQUE
Sí, sí.
MANOLO
¿Pero qué pasa? ¿Qué caras tenéis todos? ¿Qué sucede?
ENRIQUE
No, Manolo, así no; eres tú el que, antes que nosotros lo digamos, debes confesarnos la ligereza, ya ves que no la califico de otro modo, la ligereza que has cometido sin pensar, estoy seguro; un momento que lo hubieras pensado...
MANOLO
¿Pero qué dices? ¿De qué me hablas? No entiendo, no quiero entenderte. ¿De qué se me acusa?
ENRIQUE
¿Lo ves? Eres tú el acusado, y más parecemos nosotros los culpables; por eso puedes comprender la violencia que me cuesta decirte lo que ya debías haber tú dicho. Los tres somos amigos tuyos, los tres te queremos a pesar de todo...
MANOLO
¿A pesar de qué? ¡Basta! ¿De qué se me acusa? ¿Qué tienes qué decirme? ¡Pronto!
ENRIQUE
(A Ricardo.) ¿Estás viendo?
ISIDORO
Tienes razón; no se acusa a nadie por sospechas, por indicios.
ENRIQUE
¿También tú? Pues bien; habrá que decirlo todo. Ven aquí, Damián: ¿Qué has visto tú? ¿Qué sabes? Dilo todo.
MANOLO
¡Ah! Es un criado, ¿un criado tuyo el que va a acusarme? ¿Y crees que voy a consentirlo?
ENRIQUE
Es lo mismo. Damián, que no es un criado, es una persona de toda confianza, que ha vivido en mi casa toda la vida.
MANOLO
En tu casa, ¡es una garantía!; en la casa de tu padre, una caverna de ladrones y contrabandistas.
ENRIQUE
(Va a arrojarse sobre él.) ¿Qué dices?
DAMIÁN
(Sujetándole.) Deja, Enrique.
RICARDO
(Sujetando a Manolo, que también va a arrojarse sobre Enrique.) ¿Qué vas a hacer tú?
ISIDORO
Tiene razón: le insultan, se defiende.
ENRIQUE
Pues bien; ya no diré nada. (A Damián.) No digas nada tú tampoco. Ya no eres para mí el amigo: eres el ladrón que abusa de la confianza del amigo y a quien se trata como a un ladrón.
MANOLO
(Arrojándose sobre Enrique.) ¿Qué estás diciendo, miserable?
ENRIQUE
(Forcejeando con él y sujetándole.) Miserable tú, ¡canalla!
DAMIÁN
Enrique.
RICARDO
Vamos. (A Isidoro.) Llévatele.
ISIDORO
Vamos, sí, vamos; pero comprenderás...
RICARDO
Luego, luego hablaremos más en calma; ahora salid los dos.
ISIDORO
¿Pero es que tú crees?
RICARDO
No creo nada, todavía no creo nada.
MANOLO
Y será él quien diga que no puede batirse conmigo.
ENRIQUE
Claro está que no. ¡No faltaría otra cosa! Es en otro lugar donde los dos responderemos de todo: yo, de mis palabras; tú, de tus hechos.
MANOLO
Piensa lo que vas a hacer.
ENRIQUE
Antes debías haberlo pensado tú. ¡Fuera de aquí, fuera!
ISIDORO
(Llevándose a Manolo.) Vamos, vamos. (Salen Isidoro y Manolo.)
ENRIQUE
(A Ricardo.) ¿Has oído a Damián?
RICARDO
Sí.
ENRIQUE
¿Estás convencido de que todo es verdad?
RICARDO
Sí, Enrique, por desgracia, lo creo; creo que todo es verdad.
ENRIQUE
Tú sabes que yo estaba dispuesto a perdonar; tú sabes que el dinero era lo que menos significaba para mí, que solo quería que él me hubiera confesado su falta, que se hubiese arrepentido, y ya has visto: su orgullo, su soberbia de raza han podido más que todo; ya lo has oído.
RICARDO
Sí, Enrique.
ENRIQUE
Ahora comprenderás que tengo razón para todo.
RICARDO
Sí, Enrique; pero cuando se tiene razón es cuando es más fácil y más noble perdonar.
ENRIQUE
No, eso sí que no, no. También yo tengo mi orgullo de raza, la mía, esa que él me echaba en cara. Quiero demostrarle que tenía razón, ya ves si soy generoso, que tenía razón, que procedo de esa caverna de ladrones y contrabandistas, como él ha dicho. Figúrate mi orgullo, mi satisfacción cuando haya demostrado a todos que un Castrojeriz, un noble de más ilustre prosapia, es igual a los míos, ¡igual a mí!... ¡Ya ves qué alegría!... ¡Ya ves!...
TELÓN
CUADRO OCTAVO
El cuarto de Manolo en una modesta pensión.
Entran Manolo e Isidoro.
MANOLO
¿Por qué me traes? Necesito andar, andar hasta caer rendido. ¿No ves que aquí encerrado voy a volverme loco? Déjame salir, déjame.
ISIDORO
No, Manolo, no sales. ¿Para qué? ¿Para seguir bebiendo? Siéntate aquí; vamos, Manolo.
MANOLO
Y no poder matarle, no poder matarle.
ISIDORO
No, no puedes matarle, no podéis mataros. Vamos, escúchame; atiende, hazme ese favor; por lo que más quieras, escucha.
MANOLO
Sí, sí.
ISIDORO
No dudarás que yo soy tu amigo, suceda lo que suceda; ya has visto que me he puesto de tu parte contra Enrique, contra Ricardo, que no parecía muy convencido; ahora ya los dos solos, vas a decirme la verdad, la verdad, Manolo; mira que ya me asusta lo que has hecho. Sí, Enrique tiene razón; tú no sabes que era él quien me había ofrecido las cinco mil pesetas que habían de librarte por lo pronto de ese hombre; que a eso fui a su casa esta mañana, y entonces fue cuando me dijo lo que ya sabes, lo que has oído, lo que él cree, y comprende que no se afirma una acusación semejante sin un convencimiento, sin una seguridad. Aunque no fuera cierta, bastaría con que se sospechara para que todas las apreciaciones estuvieran en contra suya. Todo el mundo sabe que ayer jugaste fuerte y perdiste un dinero que nadie se explica de dónde has podido sacarlo. ¿Podrías explicarlo? La misma vehemencia con que te has anticipado a rechazar una acusación que aún no era terminante, nada te favorece. Yo no he podido hacer más que aparentar, aparentar a pesar mío que no podía creerlo; pero ahora ya estoy pesaroso si al ponerme de tu parte, con mi actitud he agravado la indignación de Enrique, al que has ofendido con agravios de esos que nunca se perdonan porque nunca pueden olvidarse, y ofensa que no se olvida, no se perdona nunca... Ahora hay que esperarlo todo, hay que temerlo todo.
MANOLO
(Rompe en llanto de desesperación.) Sí, sí; tienes razón; es verdad: soy un miserable, un canalla. ¿Qué he hecho yo? ¿Qué he hecho yo?
ISIDORO
¿Era verdad? Entonces, ¿por qué no se lo confesaste todo a Enrique? Y aunque hubieras negado, ¿por qué insultarle, por qué ofenderle todavía?
MANOLO
¿Qué quieres? Cuando uno comete una canallada y a pesar de haberla cometido, la verdad es que no es uno un canalla, al oírse acusar por los demás hay algo que se revuelve, que se rebela en todo uno: es que al oírlo ya nos parece mentira; es cuando se comprende que no ha debido ser, cuando nos parece que no ha sido, y así me pareció a mí; si te dijera que yo creía en mí al rebelarme contra la acusación, que era sincero al defenderme, porque ese era yo, el que se defendía, el que creía en mí; el que hizo lo que hice era otro, era otro. ¿Cómo he podido serlo? ¡Estoy loco! Creí que podía salvarlo todo, que podría restituir... Tú lo sabes: yo no soy un canalla; yo no soy malo; yo no había nacido para ser esto, esto...; ¡un ladrón..., un ladrón miserable!
ISIDORO
Vamos, Manolo; hay que ser hombre, hay que pensar con serenidad.
MANOLO
¡Pensar!... Ya lo tengo pensado.
ISIDORO
¿El qué?... ¿Matarte? Sí, es una solución. ¿Y tu hermana? ¡Tu pobre hermana!
MANOLO
Para mi hermana sería un bien perderme para siempre.
ISIDORO
No digas eso.
MANOLO
Estoy seguro de que si Enrique no ha pensado en casarse con ella ha sido por mí; que es por mí por quien ha creído posible conseguir a mi hermana de otro modo. Y ahora, ¿cómo podrá comprender él?... ¿Cómo podrás comprender tú, cuando anoche mismo me decías: pídele a Enrique, y yo te decía que a Enrique de ninguna manera, sabiendo que pretendía a mi hermana? ¿Cómo podrás comprender que el mismo que tenía la delicadeza de no querer pedirle nada, momentos antes le había robado? ¡Este orgullo nuestro, que solo estima nuestras acciones por lo que de ellas puedan pensar los demás!... Yo confiaba que nadie supiera que yo había robado, aunque yo lo supiera siempre, y temía en cambio que alguien supiera que Enrique me había dado dinero.
ISIDORO
Y ese hombre, que esperaba...
MANOLO
¡Ya! ¿Qué importa, qué importa nada?
ISIDORO
¡No, Manolo, no; no pienses locuras; no pienses en matarte! ¡Júrame que no harás una locura, júralo por la memoria de tu madre!
MANOLO
Sí, sí. ¿Pero ya qué puedes tú hacer por mí?... ¿Qué puede hacer nadie?
ISIDORO
¿Qué sabemos? Enrique... Yo aún confío; en el fondo es un buen muchacho; ha sido nuestro amigo; yo hablaré antes con Ricardo; espérame aquí, no saldrás de aquí hasta que yo vuelva. Mira, si nada se consigue, si Enrique es inexorable, como debemos temer, entonces...
MANOLO
Sí, entonces ya sé lo que tengo que hacer.
ISIDORO
Espérame aquí.
MANOLO
Sí, te esperaré; entretanto escribiré unas cartas.
ISIDORO
Déjate de cartas, ¿qué cartas ahora? Reza, será mejor; reza mientras yo vuelvo; reza como rezábamos de niños; no digas que lo has olvidado, y si no recuerdas más oraciones di con toda tu alma: «¡Dios mío!... ¡Madre mía!...». ¿Qué mejor oración? Con eso basta.
MANOLO
Dios mío... Madre mía... (Rompe a llorar, pero ya sin desesperación.)
ISIDORO
Así, así. Bueno es que llores. Espérame, espérame. (Sale.)
TELÓN
CUADRO NOVENO
La habitación de Eugenia, lo mismo que en el cuadro sexto.
DONCELLA
(Dentro.) Señorita Eugenia, señorita Eugenia.
EUGENIA
(Detrás de un biombo que figura ocultar el lecho.) ¿Quién?
DONCELLA
Soy yo, Filomena.
EUGENIA
Voy en seguida. (En salto de cama o deshabillé sale y va a abrir la puerta.)
DONCELLA
Usted perdone, señorita Eugenia; ¿la he despertado a usted?
EUGENIA
No, no dormía. ¿Qué ocurre?
DONCELLA
El señorito Isidoro desea ver a usted.
EUGENIA
Que pase en seguida. Eso es que le ha ocurrido algo a mi hermano... Venir así a estas horas... ¡Dios mío!...
DONCELLA
No se asuste usted, señorita. Voy corriendo. (Sale la doncella. Eugenia se dirige a la puerta y espera con ansiedad a Isidoro. Entra Isidoro.)
ISIDORO
Hola, Eugenia. Perdona...
EUGENIA
¿Qué ocurre? Es a Manolo, ¿verdad? ¿Qué le sucede?
ISIDORO
No te asustes; vas a saberlo todo; no le ocurre nada; verás...
EUGENIA
Dímelo todo por malo que sea. Si anoche mismo hablábamos de él y todos temíamos que algo le hubiera sucedido. Anoche jugó, ¿verdad?
ISIDORO
Sí, hoy tenía que pagar una cantidad; le amenazaban con un escándalo si no pagaba; jugó por ver si conseguía ganar ese dinero que necesitaba, y al mismo tiempo podía restituir lo que había pedido para jugar.
EUGENIA
¿Que había pedido dinero?... ¿A quién?
ISIDORO
Verás, fue una locura; por la tarde estuvimos en casa de Enrique...
EUGENIA
¿Ha sido a Enrique a quien ha pedido el dinero?
ISIDORO
Peor, Enrique había dejado en un secreter una cantidad, el secreter estaba abierto...
EUGENIA
¿Eh?... ¿Y mi hermano?...
ISIDORO
Sí.
EUGENIA
¡No, no es verdad; eso es una infamia de Enrique!... ¿Quién lo ha visto?... ¿Qué pruebas hay de que es verdad?
ISIDORO
Soy el primero en lamentarlo, Eugenia; por desgracia, es verdad; todo le acusa: le siguieron, le vieron cambiar parte del dinero, hubo quien recogió el sobre que lo contenía... No es posible dudar.
EUGENIA
¡Dios mío!... ¡Madre mía!...
ISIDORO
¡Sí, es horrible; pero más horrible sería!...
EUGENIA
¿Qué?...
ISIDORO
Es capaz de matarse.
EUGENIA
¡Eso no, eso nunca! ¿Dónde está?... Vamos, sí, vamos...
ISIDORO
Le he hecho jurar que me esperaría. Es que no sabes: al rechazar la acusación de Enrique le insultó gravemente, y Enrique ya no quiso oír más y está decidido a todo; denunciará la falta de ese dinero; por lo menos se lo dirá a todo el mundo; será el escándalo, la vergüenza para todos.
EUGENIA
¡No puedo creerlo!... ¡No puedo creerlo!...
ISIDORO
Tampoco yo hubiera querido creerlo; pero él mismo me lo ha confesado. Ahora lo que importa es salvarle, convencer a Enrique; yo no podría; llevado de mi amistad por Manolo, yo también he ofendido a Enrique; no me recibiría en su casa; por eso no he dudado en venir a decírtelo todo; si tú le escribieras a Enrique... Si tú le pidieras...
EUGENIA
¿Tú le crees capaz?...
ISIDORO
Ahora sí; ahora le creo capaz de ensañarse sin compasión de tu hermano; solo tú podrías conseguir que perdonara... Escríbele.
EUGENIA
No, escribir, no. Iré yo misma.
ISIDORO
No me atrevía a decírtelo; si tú vas, perdonará de seguro. Iré contigo.
EUGENIA
No, iré yo sola.
ISIDORO
Pero yo te acompaño. A la puerta tengo mi cochecillo.
EUGENIA
No. Delante de la Mairie hay siempre taxis; tomaré uno; llamará menos la atención. Voy a vestirme. Tú vete con Manolo; ¡no le dejes, por Dios, no le dejes!
ISIDORO
Descuida. ¿Dónde nos vemos después de la entrevista?
EUGENIA
Yo iré a la pensión. Si ahora al salir te pregunta alguien de la casa, di que Manolo está enfermo, que has venido a avisarme. (Viendo entrar a Guillermina.) ¡Ah, Guillermina!
GUILLERMINA
¿Qué ocurre? Me dijo Filomena que había venido Isidoro. Hola, Isidoro. ¿Qué sucede?
EUGENIA
Mi hermano Manolo que se ha puesto muy malo; Isidoro ha venido a avisarme. Voy a echarme un vestido y voy corriendo. (Se oculta detrás del biombo.)
GUILLERMINA
¿Qué le pasa a Manolo?
ISIDORO
¿Qué sé yo? ¡Nos ha dado un susto!... Un colapso, algo nervioso...
GUILLERMINA
¿Quieres que yo vaya contigo? ¿Quieres que avise a algún médico?
ISIDORO
No, ya le han visto, ya le han recetado un calmante; cuando yo le dejé había pasado el peligro; pero está muy asustado, llorando como un chiquillo. Quería ver a su hermana; por eso vine en seguida, a riesgo de asustarla como la he asustado. ¡Pobre Eugenia!
GUILLERMINA
(Bajo a Isidoro.) De verdad, ¿qué le ocurre a Manolo?
ISIDORO
¡Chiss!... Luego...
GUILLERMINA
¡Pobre Eugenia!
EUGENIA
(Saliendo a medio vestir.) Vamos, Isidoro, vamos.
GUILLERMINA
¿Te has asustado mucho? ¡Estás muy pálida; da miedo verte!
EUGENIA
No, no es hada. Vamos, Isidoro.
GUILLERMINA
¿Vas tú con ella, verdad?
ISIDORO
Sí, descuida.
GUILLERMINA
Mis padres no se han levantado todavía; ¿quieres que les avise, que les diga algo?
EUGENIA
¡No, no les digas nada, que no sepan..., es mejor! ¡Dame un beso y tenme mucha lástima!
GUILLERMINA
¡Pobre Eugenia mía!
EUGENIA
Vamos, vamos. (Salen Eugenia e Isidoro.) (Telón.)
MUTACIÓN
CUADRO DÉCIMO
El despachito de Enrique Garcimora, lo mismo que en el cuadro séptimo.
Un criado. Después entra Damián.
DAMIÁN
Que pase esa señorita. (Sale el criado, y a poco entra Eugenia.) Tome usted asiento. El señor, que perdone usted un momento; saldrá en seguida.
EUGENIA
Esperaré. (Sale Damián. Eugenia se sienta en primer término, muy abatida. Se hace el oscuro, sale el Ladrón de Sueños y con la luz que lleva en la mano ilumina el rostro de Eugenia, que va diciendo:) «Era una reina joven y hermosa; un terrible pirata había logrado hacerse dueño del mar sobre las costas de su reino; la reina aprestó sus galeras para darle caza; ella misma quiso mandar una de ellas. La reina fue pronto su cautiva, cautiva del pirata, que era, en verdad, lo que ella había querido, porque en el fondo oscuro de su corazón, donde se ocultan los deseos inconfesables a nosotros mismos, la reina amaba al pirata con toda su alma».
TELÓN