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Vidas cruzadas

Chapter 16: ESCENA I
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About This Book

Drama en dos partes ambientado en salones y balnearios elegantes que sigue a varias familias aristocráticas venidas a menos y a sus relaciones amorosas y sociales. A través de encuentros en fiestas y viajes, se muestran cruces de vidas donde el amor, el deseo y el interés se confunden, revelando hipocresía, ambición y dependencia social. Personajes que oscilan entre la apariencia y la necesidad tejen enredos sentimentales y toman decisiones que evidencian el choque entre prestigio social y realidad económica. La obra alterna escenas costumbristas y conversaciones satíricas para explorar cómo la posición social condiciona pasiones, alianzas y destinos personales.

SEGUNDA PARTE


CUADRO PRIMERO

Una salita en casa de los marqueses de Valladares. Es de noche. Hay fiesta. Música dentro.

ESCENA I

Guillermina, María Antonia, Marquesa de ValladaresCondesa del Encinar.

CONDESA

¿Cómo no ha venido Eugenia esta noche? Es la primera vez que no la veo en vuestra casa en una noche como esta.

MARÍA ANTONIA

Eso mismo le preguntaba yo a Guillermina; dice que apenas la ha visto desde que ha vuelto a Madrid.

MARQUESA

Si vieras que yo prefiero no saber nada; oye una tantas cosas.

CONDESA

Sí, yo también he oído... Claro es que no puedo creerlo.

MARQUESA

No puede creerse; pero es tan raro todo. Ya sabes que, como siempre, pasaba el verano con nosotros, en nuestra casa.

CONDESA

Ya sé; allí fue la última vez que la vimos.

MARQUESA

De la noche a la mañana se escapó, no puede decirse de otra manera, sin querer esperar a que nosotros regresáramos; se vino a Madrid, y desde entonces, en lo que va de invierno, solo la hemos visto dos o tres veces, y eso porque Guillermina ha ido a buscarla. Con nosotros no ha tenido ningún disgusto, no puede tener queja de nosotros. Vosotros sabéis lo que Eugenia ha sido siempre para nosotros.

CONDESA

Por Dios, todo el mundo lo sabe.

MARQUESA

No es que no pueda presentarse en sociedad; porque no es porque nosotros lo digamos, pero todo el mundo sabe que Guillermina le regala sus mejores vestidos, algunos casi sin estrenar. Está muy rara esa muchacha.

CONDESA

Siempre ha sido muy especial. Nosotros también, al principio de su desgracia, procuramos atenderles en lo posible; pero nunca fueron muy agradecidos ni ella ni su hermano, y, la verdad, ya tiene una bastantes atenciones.

MARÍA ANTONIA

¿Qué dice su hermano? Porque ese sí ha venido.

MARQUESA

Sí, ha venido sin que se le invitara.

GUILLERMINA

Qué cosas tienes, mamá; Manolo es de casa.

MARQUESA

Yo ni siquiera le he preguntado por su hermana; no he querido ponerle en el caso de disculparla con una mentira. ¿Tú le has preguntado algo?

GUILLERMINA

Sí, pero no necesitaba preguntarle; Eugenia está muy disgustada por su hermano; la da muchos disgustos. Este verano, yo no creo que fuera todo verdad; pero dijeron cosas horribles: Eugenia tuvo que ir a suplicar a Enrique Garcimora para que salvara a su hermano.

CONDESA

Y Enrique fue tan generoso que perdonó y pagó deudas y dio todavía algún dinero; todo el mundo lo sabe, y, naturalmente, cada uno lo explica a su modo, y todo ello no favorece a Eugenia en nada.

MARQUESA

¿A ti te han dicho?...

CONDESA

¡Figúrate! Yo no he querido creerlo; pero tú lo habrás oído como yo, como todo el mundo.

GUILLERMINA

No, eso que dicen no puede ser verdad; eso no; yo pondría las manos en el fuego por Eugenia. Yo quiero mucho a Eugenia.

MARÍA ANTONIA

Ella habrá pensado que Enrique se casaría con ella, porque él estaba muy encaprichado; lo vimos todos.

GUILLERMINA

Y se hubiera casado; pero con su hermano...

CONDESA

Enrique tiene otras aspiraciones; de Eugenia pensará que solo le aceptaba por su dinero, y por su dinero, él, que es un poco fatuo, antes que casarse lo habrá creído todo posible.

GUILLERMINA

Pero yo no creo que Enrique...

CONDESA

Pues, hija, lo que ve todo el mundo es que ahora ni ella ni su hermano pasan apuros, y yo no sé lo que vosotros haréis todavía por ellos; pero de otras muchas personas yo sé que han dejado de protegerles, y ellos no tienen más que el día y la noche, como suele decirse, y todos sabemos lo que cuesta vivir.

GUILLERMINA

Eugenia, la pobre, vive como siempre; no es para pensar mal; y Manolo todos le conocemos: ese tiene la culpa de todo.

MARQUESA

La verdad es que Eugenia hace muy mal en huir de la gente, como parece que huye. ¿Por qué no viene a nuestra casa como antes? ¿Por qué no ha venido esta noche? Debió pensar que todo el mundo había de comentarlo, y los comentarios no han de favorecerla.

CONDESA

Naturalmente. Cuidado que nadie la ha defendido como yo; pero no va una a pelearse con todo el mundo por defenderla. Ya sabe ella que yo la he querido siempre.

MARÍA ANTONIA

(A Guillermina.) Tú, que conoces bien a Eugenia, ¿tú crees posible que sea verdad lo que dicen?

GUILLERMINA

Yo no sé. Pero si Eugenia no perdería nada casándose con Enrique, no sé tampoco qué perdería Enrique casándose con ella. ¿Qué necesidad tenían de dar una campanada?

MARQUESA

No, si yo no digo que todo no acabe en boda, porque Enrique tampoco quedaría muy bien conceptuado de otra manera; pero, en su vanidad de nuevo rico, ¿quién le quita la satisfacción de haber comprometido a una muchacha de nuestra clase, aunque no sea más que para humillarnos a todos los que hemos tenido la condescendencia de admitirle en nuestra sociedad como a uno de los nuestros? Nos está muy bien empleado.

ESCENA II

Dichas, y el Marqués de Valladares.

MARQUÉS

¿Te parece que es buena hora de pasar al comedor?

MARQUESA

En seguida. Hablábamos de Eugenia y Enrique.

MARQUÉS

Yo no quiero hablar, no quiero hablar. Por ahí anda el fresco de su hermano; apenas si le he saludado. ¡Pero ese muchacho!... ¡Qué inconsciencia!... ¿No sabrá?... ¿No habrá oído?... No, pues esta noche ya habrá advertido los desaires de todo el mundo.

MARQUESA

Bastante le importa. Debiera haber empezado por no presentarse en nuestra casa sin su hermana.

MARQUÉS

Para colmo, no se separa de Enrique en toda la noche, sabiendo todos lo que sabemos.

CONDESA

¿Entonces tú lo crees?... ¿Crees también lo que dice todo el mundo?... Yo que te he conceptuado siempre como la persona más ecuánime de nuestra sociedad, y solo tenía la esperanza de que tú no lo creyeras para no creerlo yo tampoco, porque para mí tu opinión pesa más que la de todo el mundo. Ahora ya no tendré más remedio que pensar mal como todo el mundo. ¡Es horrible!

MARQUÉS

Mira, Carolina, yo te agradezco el favorable concepto de mi persona; pero esas frases, que en tu boca adquieren un valor apocalíptico: «Todo el mundo lo dice... Todo el mundo lo sabe...». Todo el mundo significa muy poco, porque el mundo es muy grande para que todo el mundo sienta ni diga lo que aun en este Madrid, que ya es una pequeña parte del mundo, solo le importa a otra pequeñísima parte, que somos nosotros, y si fuéramos a ver, tampoco nos importa gran cosa.

CONDESA

Si tú no le das ninguna importancia.

MARQUÉS

Sí, le doy la que debe dársele. Me disgusta que Eugenia dé ocasión a murmuraciones de ese género; pero después de todo, a poco que Enrique lo piense comprenderá que a él le conviene menos que a nadie que por él se murmure de una muchacha como Eugenia.

CONDESA

¿Entonces tú crees también que todo acabará en boda?

MARQUÉS

¿Quién lo duda?... ¿Qué razón hay para que Enrique, aunque fuera verdad lo que la gente ya supone, se niegue a reparar una ligereza?

MARQUESA

Lo mismo le decía yo a Carolina. De todos modos es muy lamentable que Eugenia tenga que aceptar como reparación un matrimonio con quien, por su origen, por su educación, por todo menos por su dinero, es muy inferior a ella.

MARQUÉS

¡No has dicho nada!... Por su dinero...

CONDESA

Tienes razón; pero es que no sabemos si de otro modo... Yo no quiero creerlo, no quiero pensar que Eugenia haya calculado que no exponía nada al arriesgarlo todo, porque en el peor caso contaba siempre con nosotros para hacer comprender a Enrique su obligación de caballero, porque yo no puedo creer que Enrique haya puesto un precio indigno de un caballero al favor de salvar al hermano de Eugenia... ¡Sería horrible! (Mirando a las chicas.) ¿Nos habrán oído?

MARQUÉS

No te preocupes; estarán hablando de lo mismo con mayor claridad y más atrevimiento. ¿Vamos al comedor?

MARQUESA

Cuando quieras. (A María Antonia y Guillermina.) ¿Estáis cansadas de bailar?

GUILLERMINA

No, es que sabíamos que Manolo nos buscaba, y yo no quería bailar con él.

MARÍA ANTONIA

Yo tampoco.

GUILLERMINA

Y nos refugiamos aquí. Yo pienso ir a casa de Eugenia mañana mismo, quiero hablar con ella. ¿Me dais permiso?

MARQUESA

No sé qué vas a decirle. Esta hija mía es de un candor...

GUILLERMINA

Conformes, siempre que no situéis el candor en una higuera.

MARQUESA

¡Guillermina!...

GUILLERMINA

Porque si creéis que no estoy enterada de todo, aunque habléis con medias palabras... Yo sé bien lo que se dice de la pobre Eugenia, y aunque fuera verdad, hay que evitarlo. Pero lo que yo quiero es saber la verdad, y yo sé que ella me dirá la verdad, toda la verdad, sea la que sea. Manolo viene; vámonos antes. (Salen Guillermina y María Antonia.)

MARQUESA

¿Qué te parece, Carolina?

CONDESA

Que me dan una envidia estas muchachas de ahora... Dicen todo lo que piensan con la mayor libertad.

MARQUÉS

Y menos mal cuando se contentan con decirlo; pero no son peores por eso, porque en nuestros tiempos...; vosotras bien está que no queráis acordaros, pero nosotros sí nos acordamos.

MARQUESA

¡Por Dios! ¡Cualquiera que os oiga!

ESCENA III

Dichos; Manolo, Enrique y Ricardo.

MANOLO

¿No estaban aquí Guillermina y María Antonia?

MARQUÉS

Si, aquí estaban cansadas de bailar. (Salen el Marqués, la Marquesa de Valladares y la Condesa del Encinar.)

ESCENA IV

Enrique, Manolo y Ricardo.

MANOLO

¿Os quedáis todavía?

RICARDO

Como Enrique diga.

ENRIQUE

Por mí...

MANOLO

Yo me marcho. Ya habréis observado cómo está la gente esta noche con nosotros.

ENRIQUE

¿Conmigo?

MANOLO

Es verdad; es que no me he separado de ti; era por mí entonces. Tú sabrás...

ENRIQUE

No me mires así, porque no entiendo lo que quieres decirme. Por mí nadie ha sabido nada; de Ricardo tampoco creo que supongas...

MANOLO

No, ya lo sé. No era preciso que nadie lo dijera: lo sabían. No he debido venir a Madrid. ¡Si no hubiera sido por mi hermana!... Y si ella quisiera nos iríamos los dos lejos, muy lejos, ahora que gracias a ti puedo irme sin que parezca que huyo, sin temor a que nadie pudiera impedirlo; empezar otra vida... ¿Cómo voy a pedirte más de lo que has hecho?... ¿Cómo voy a pedir que tengas confianza en mí para nada?... Pero si tú pudieras emplearme en tus empresas, en tus negocios; ¡yo te juro!... ¿Por qué te lo juraría yo?...

ENRIQUE

No es preciso, Manolo; no es preciso.

MANOLO

¡Soy otro hombre! Sería el ser más despreciable si no fuera capaz de sentir toda la vergüenza de lo que hice; ¡y cien veces me hubiera matado si no me hubiera sentido capaz de regenerarme!

ENRIQUE

Vamos, Manolo; no vamos ahora a dramatizar, ni es el lugar, ni es el momento.

MANOLO

¿Es que no creéis en mí, verdad?... ¡No, no creéis; no cree nadie; mi hermana tampoco!... ¡Ese es mi mayor castigo!... ¡Por mí!... ¡Por mí!... ¿Verdad?

ENRIQUE

¿Qué quieres decirme?

MANOLO

¡Nada, es verdad!... ¡Estoy loco!... ¿Qué derecho tengo yo a pedirte explicaciones de nada?... ¡Cuentas, menos!... Hasta mañana. No os digo que me despidáis de nadie, porque sé que nadie preguntará por mí. (Sale.)

ESCENA V

Enrique y Ricardo.

ENRIQUE

¡Explicaciones!... ¡Cuentas!... ¿Qué ha querido decir?

RICARDO

No, no se refería a lo que tú supones, a lo que tú temes. Él solo piensa que tú querías a su hermana; que tal vez por su conducta has dejado de pensar en ella. Otra cosa, no; estoy seguro. Él nada sabe; nadie le ha podido decir...

ENRIQUE

¿Decir? ¿Qué? ¿Qué podrían decirle?

RICARDO

¡Enrique!...

ENRIQUE

Te suplico que no insistas. No sé cómo voy a decirte...

RICARDO

Que tú no puedes decir nada ni a mí, a tu mejor amigo, lo sé: es tu obligación, tu deber de caballero; pero debieras comprender que en mí no es exceso de curiosidad; es que acaso yo pudiera aconsejarte, prevenir con tiempo lo que preveo que te verás obligado a hacer por fin.

ENRIQUE

Casarme con Eugenia, ¿no es eso?

RICARDO

Es lo que más te conviene, tenga la gente o no tenga razón; todo antes que nadie pueda suponer de ti que si salvaste a su hermano de ir a presidio fue a cambio del precio...

ENRIQUE

Supongo que tú no me habrás creído nunca capaz de semejante villanía.

RICARDO

No lo creo; pero entonces..., ¿qué ha sucedido? Porque Eugenia ha sido tuya, es inútil que me lo niegues; tu temor al interpretar las palabras de su hermano ahora mismo; tus caballerosas negativas con más silencios que palabras; porque sabes bien que las palabras nunca tendrán el valor que solo da la verdad a nuestras palabras... ¡Sí, Enrique, sí, y no soy yo solo quien lo supone, quien lo cree; lo dicen todos; lo aseguran todos!... ¿Quieres un consejo leal? Apresúrate a pedir la mano de Eugenia.

ENRIQUE

Sí, caeré sin defensa en una habilísima trama.

RICARDO

Tal vez no. ¿Por qué no ha de quererte Eugenia? Quizá eso que tú juzgas habilidad solo haya sido llevada del temor a perderte; pero no hay razón para que ella no se case contigo enamorada, aparte de la conveniencia; pero ¿en qué acción humana hallaremos nunca el perfecto desinterés?

ENRIQUE

Es que si tú supieras... ¡No, no debo hablar, no puedo hablar!... ¡Es que te espantarías si supieras!...

RICARDO

¿La facilidad de la caída?

ENRIQUE

Eso.

RICARDO

Razón de más para no creer que hubiera habilidad; comprende que era exponer demasiado.

ENRIQUE

Ya sabía ella que nada exponía; que estaban todos los suyos para obligarme, porque de otro modo yo sería para todos el más vulgar traidor de melodrama; he salvado a su hermano, he pagado deudas, le he amparado con mi amistad de las más infamantes sospechas; pero todo a costa de otra deshonra mayor, la de la mujer que había de resignarse a todo por salvar a su hermano. ¡Eso creerían todos, eso se diría, y el más deshonrado sería yo! ¡Qué voy a hacer!... Esta misma noche anunciaré a los marqueses mi resolución de casarme con Eugenia. ¿Está bien?

RICARDO

Es lo mejor que puedes hacer. Te felicito. Y no pienses demasiado mal de Eugenia. ¿Quién sabe?... ¿Quién sabe nunca con las mujeres?...

ENRIQUE

¡Quién sabe!

RICARDO

Supongamos lo peor: que ni ella te quiere ni tú puedes ya quererla; con mucho dinero y sin cariño no hay infelicidad posible en el matrimonio.

TELÓN


CUADRO SEGUNDO

Gabinete modestísimo en casa de Eugenia y Manolo.

ESCENA I

Eugenia y Manolo.

EUGENIA

¿Mucha gente?...

MANOLO

Sí, ya sabes. Guillermina me preguntó por ti.

EUGENIA

Guillermina me quiere; es muy buena. (Pausa.)

MANOLO

¿Te importaría que nos marcháramos de Madrid los dos?

EUGENIA

No deseo otra cosa; pero ¿cómo viviremos?...

MANOLO

Yo buscaré, yo trabajaré.

EUGENIA

También yo, también yo quiero trabajar.

MANOLO

¡Pensar que yo tengo la culpa de todo!... Enrique se hubiera casado contigo.

EUGENIA

¡Quién piensa en eso!...

MANOLO

Tú le querías.

EUGENIA

¡Qué importa, si él no hubiera creído nunca que yo le quería!...

MANOLO

¿Por qué no habrá de creerlo?

EUGENIA

Lo sé, estoy segura ... ¡Si me hubiera querido!... ¡No, no!...

GUILLERMINA

(Dentro.) ¡Eugenia!... ¡Eugenia!...

EUGENIA

¡Ah, Guillermina!...

ESCENA II

Dichos y Guillermina.

EUGENIA

¿Vienes sola?

GUILLERMINA

Sí, yo sola, y muy contenta. Tenemos mucho que hablar; traigo muy buenas noticias. ¡Qué alegría!...

EUGENIA

¿Buenas noticias?...

GUILLERMINA

Sí, sí, ya verás. Estoy contentísima. ¿Quieres dejarnos solas, Manolo? Tengo que decirle a tu hermana tantas cosas... Delante de ti no me atrevería.

MANOLO

Te veo tan contenta; como sé cuánto quieres a mi hermana, me voy tranquilo y contento también. ¡Gracias, Guillermina!... ¡Por Eugenia y por mí: gracias!... (Sale.)

ESCENA III

Eugenia y Guillermina.

GUILLERMINA

¡Qué alegría, Eugenia, qué alegría!... ¿No sabes?... Anoche Enrique dijo a mis padres que estaba dispuesto a pedir tu mano.

EUGENIA

¿Eh?...

GUILLERMINA

¡Sí, sí!... ¡Si no podía ser otra cosa; si él te quiere; si te ha querido siempre, y ahora él sabe muy bien, tú también lo sabrás!... ¡La gente es muy mala! Por culpa de tu hermano tuviste que suplicar a Enrique; ha habido gente capaz de suponer que él había puesto precio, un precio indigno de su generosidad... Ya ves qué infamia... Yo sabía que eso no era posible, ni por él ni por ti; por ti, menos.

EUGENIA

No..., Enrique no...

GUILLERMINA

Había gente capaz de suponer que tú eras su amante, que podías serlo; ahora se convencerá todo el mundo: serás su mujer y serás muy dichosa.

EUGENIA

¿Lo crees?... Lo que no creerás nunca es lo que voy a decirte, lo que no podrás explicarte nunca: Que yo he sido de Enrique... Sí, he podido ser su amante; podía creerse con derecho a serlo.

GUILLERMINA

¡Eugenia!... ¡Me asustas!... ¡No es verdad, no es verdad!...

EUGENIA

Sí, es verdad. Y he sido yo, he sido yo, no puedo culparle... Él nada exigía; he sido yo la que se ha ofrecido como una mujer fácil, como una mujer cualquiera; en ninguna de esas mujeres que él habrá conseguido con su dinero habrá hallado más fácil conquista. Lo que él no sabrá nunca es cómo pudo ser; cómo el orgullo puede llevar a la humillación; porque ese fue mi orgullo. Yo le quería, le quería con toda mi alma, y sabía que él no podía creer en mi cariño, y mi orgullo era que él creyera sin exigirle nada. Al salvar a mi hermano yo adivinaba en él la satisfacción orgullosa de sentirse superior a mí, a nosotros; estaba a merced suya, y él era tan generoso que salvaba el honor de nuestro nombre; solo el orgullo de mi humillación podía humillar su orgullo; era preciso pagar, pagar con lo que más valía... ¿Me miras espantada?... Mi orgullo es que yo sola me comprendo, y mi orgullo mayor, porque no podré ocultar la verdad: que he pagado con la vergüenza de toda mi vida.

GUILLERMINA

¿Qué dices?... Entonces, ¿si Enrique no se hubiera casado contigo?...

EUGENIA

Sí, la deshonra, la vergüenza; pero no me arrepentiré nunca. Mi única tristeza es que él nunca comprenderá cómo le he querido, aunque yo sola sé de lo que soy capaz para que lo comprenda.

GUILLERMINA

¿De qué has de ser capaz?... De ser muy dichosa con él, de ser los dos muy felices.

EUGENIA

Sí, sí. ¿Dices que ha hablado con tus padres?...

GUILLERMINA

Sí, él sabe que nosotros somos vuestros mejores amigos, y ha querido que fuéramos los primeros en saberlo. Esta tarde vendrás a casa, ¿verdad?, y allí, delante de mis padres, de todos... ¿No estás contenta?... Debías estarlo... ¿Ves cómo yo tenía razón?... Yo lo creí siempre; tenía una fe ciega en el cariño de Enrique. (Entra una criada.)

CRIADA

Con permiso de la señorita.

EUGENIA

¿Qué es?...

CRIADA

(Dándole una tarjeta.) Este caballero que si puede recibirle la señorita.

EUGENIA

¡Enrique!... No, no, diga usted...

GUILLERMINA

Diga usted que pase; yo hablaré con él. Comprendo que tú no quieras verle ahora. (A la criada.) Que pase. (Sale la Criada.) Vamos, Eugenia; ya no hay por qué llorar. (Sale Eugenia.)

ESCENA IV

Guillermina y Enrique.

ENRIQUE

¡Guillermina!

GUILLERMINA

Perdone usted; Eugenia está muy emocionada; no ha tenido valor para recibirle a usted. Esta tarde vendrán a nuestra casa; también usted, ¿verdad?

ENRIQUE

Sí.

GUILLERMINA

Hasta luego entonces.

ENRIQUE

Hasta luego, Guillermina, y muchas gracias. (Sale Enrique. Entra Eugenia y se arroja llorando en brazos de Guillermina.)


CUADRO TERCERO

La misma salita del primer cuadro. Es de día.

ESCENA I

La Marquesa de Valladares, el Marqués de Valladares, Eugenia, Guillermina, Enrique y Manolo, todos sentados menos Enrique.

ENRIQUE

Y por mi parte no tengo más que decir a ustedes, a Eugenia.

MARQUÉS

Está bien, Enrique, está bien. No dude usted que nuestra satisfacción es inmensa; Eugenia es como una hija para nosotros. (Abrazándola.) Eugenia.

MARQUESA

(Abrazándola también.) Hija mía.

MANOLO

(A Enrique dándole la mano.) Enrique, hermano mío.

EUGENIA

¿Y si yo no aceptara?... (Movimiento de sorpresa en todos.) No, no acepto.

MANOLO

¿Qué dices?

MARQUESA

¿Estás loca?

MARQUÉS

¡Eugenia!

GUILLERMINA

¡No, no es posible!

EUGENIA

Ya lo he dicho: no acepto, no, mil veces no.

ENRIQUE

¿Por qué, Eugenia, por qué?... ¿Es que no me quiere usted?... ¿Que no puede usted quererme?...

EUGENIA

Ya no.

ENRIQUE

No creo que tenga usted que culparme de nada. No haga usted que nadie pueda creer de mí lo que usted sabe que no es verdad.

EUGENIA

Sí, ya lo sé; no puedo culparle a usted de nada porque en su voluntad de usted no hubo culpa, y el corazón no es nunca culpable, y solo con el corazón podía usted haber adivinado... solo su corazón podía haberle dicho que tal vez no hay en nuestra vida más que un instante en que dos corazones pueden comprenderse, y si ese instante se pierde en nuestro corazón ya no es posible encontrarse nunca. Si yo aceptara su ofrecimiento nunca creería usted la verdad; dudaría usted siempre, siempre; creería usted que todo fue hábil comedia bien representada, un riesgo fácil en que yo no arriesgaba nada porque estaba segura de que el final sería esto: un matrimonio ventajoso.

ENRIQUE

No, Eugenia, no... No puedo creerlo.

EUGENIA

No podrá usted creerlo nunca; pero solo así no podrá usted creerlo. La verdad solo tiene un camino: el sacrificio, la verdad que nos mostró Dios en la cruz.

ENRIQUE

No, Eugenia, no puede ser; usted sabe que no puede ser, que hay algo sagrado entre nosotros que no tiene usted derecho a sacrificar, aunque nuestro cariño no fuera verdad, aunque yo no creyera en usted y usted hubiera llegado a odiarme.

EUGENIA

Mi hijo, ¿verdad? El que ha de nacer de mí y será tan mío, tan mío, que solo de él y de Dios acepta mi conciencia mi absolución o mi castigo, de nadie más. Callen ustedes, es inútil, no hay palabras que me convenzan; cuanto más tardara en convencerme para acceder después, más pensaría usted que todo era mentira, y yo quiero que no pueda usted dudar nunca, que sepa usted siempre que le he querido con toda mi alma, y que por quererle tanto, antes que a dudar siempre, le condeno a la verdad.

ENRIQUE

¿Aunque esa verdad sea mi remordimiento para siempre?

EUGENIA

Eso sí, para siempre, para siempre; así quiero que sea. No podrá usted dudar nunca de mí. No hay nada que pueda destruir una verdad; pero si es de amor esa verdad, ¿no valdrá más que todo en nuestra vida?

ENRIQUE

¡Eugenia, no, no; no es posible, no es posible!...

EUGENIA

Déjeme usted..., déjenme todos... ¡Para siempre, para siempre!... (Sale del brazo de su hermano.)

TELÓN


CUADRO EPÍLOGO

Jardín de un hotel de viajeros.

ESCENA I

Fanny y Enrique, sentados en una mesa, toman café, y un Camarero cerca.

ENRIQUE

Hemos merendado muy bien.

FANNY

Está muy bien este hotelito; nunca se nos había ocurrido pararnos aquí.

CAMARERO

Pues paran aquí muchos autos; en verano está esto muy concurrido, y desde que el hotel cambió de dueño es otra cosa; había caído mucho.

ENRIQUE

¿El dueño vive aquí?

CAMARERO

No, señor; aquí está el encargado, un amigo del dueño, que, lo que es el mundo, es un joven de la aristocracia.

ENRIQUE

¿Sí? ¿Cómo se llama?

CAMARERO

Don Manuel, y se apellida..., deje usted, aquí se apellida de otro modo; pero yo tengo oído, por gente que viene aquí y le conoce, que el título, porque es de título, es algo así..., deje usted..., de Castro...

ENRIQUE

¿Castrojeriz?

CAMARERO

Ya: Manolo Castrojeriz.

FANNY

¿Le conoces?

ENRIQUE

Sí, mucho.

CAMARERO

Pues ese es el encargado. Vive aquí con su hermana.

ENRIQUE

¿Sí?

CAMARERO

Muy buena señora y muy trabajadora; ella, más que nadie, es la que tiene todo a su cargo; no perdona falta; pero tiene un modo de decir las cosas que no puede uno disgustarse. Se ve que es persona de clase, porque la mujer del dueño de antes, no quiera usted saber, dicen que había sido cocinera, y no había quien la aguantara. (Se oye la voz de Eugenia dentro.)

EUGENIA

No pises las flores.

CAMARERO

Esa es doña Eugenia, con el niño, su hijo.

FANNY

¿Es casada?

CAMARERO

Viuda muy joven, quedó viuda muy joven. También dicen... Vaya usted a saber; como aquí viene tanta gente, qué no oirá uno.

ENRIQUE

¿Sabe usted si ha merendado ya el mecánico?

CAMARERO

Iré a ver. ¿Se marchan ustedes? Esto ahora es cuando empieza a estar bueno, a la caída de la tarde.

ENRIQUE

Sí, pero vamos muy lejos.

CAMARERO

Ya.

ENRIQUE

La cuentecita, si me hace el favor.

CAMARERO

Voy a ver cuánto importa lo del mecánico.

ENRIQUE

Dígale usted que prepare el coche. (Sale el camarero.)

FANNY

Sí que parece todo muy cuidadito el jardín; bonitas flores, ¿vamos a verlas?

ENRIQUE

Deja, sentiría encontrarme...

FANNY

¿Con el encargado?

ENRIQUE

Sí, no puede hacerle gracia encontrarse con amigos que les conocieron en otra posición.

FANNY

¿Los conocías mucho?

ENRIQUE

Sí, de Madrid; después, claro, con mis viajes dejé de verlos; no sabía lo que había sido de ellos. (Entra el Camarero.)

CAMARERO

Aquí tiene usted, señor. (Dándole la cuenta. Enrique saca dinero y paga.) Voy por la vuelta.

ENRIQUE

Está bien.

CAMARERO

Muchísimas gracias. (Ha entrado un niño pequeño con un ramo de flores.) El niño de la señorita que trae unas flores para la señora: es su costumbre.

FANNY

Es muy guapo.

NIÑO

De parte de mi mamá.

FANNY

Muchas gracias a tu mamá y a ti. ¡Qué amable!... ¿Me das un beso?... ¿Cómo te llamas?

NIÑO

Jesusito.

CAMARERO

Van ustedes a oír. Vamos a ver: diles a estos señores lo que eres tú.

NIÑO

Soy el niño Jesús de mi mamá.

FANNY

Qué rico. (Basándole.)

ENRIQUE

¿Qué juguetes te gustan más?

CAMARERO

Tiene de todo; no crean ustedes: su tío le compra muchos juguetes; siempre que va a Madrid le trae sin fin de cosas.

ENRIQUE

¿Te gustaría un auto de verdad, un auto muy pequeño para manejarlo tú y pasear por aquí?

NIÑO

¿Un auto de verdad..., de verdad?

ENRIQUE

Pues dentro de unos días van a traerte uno.

CAMARERO

Mire el señor que va a creérselo y no va a haber quien le aguante pensando en el auto.

ENRIQUE

Es que vendrá de verdad.

CAMARERO

¿Tú oyes esto?

ENRIQUE

¿Había merendado ya el mecánico?

CAMARERO

Sí, ya está junto al coche.

ENRIQUE

Pues vamos.

FANNY

Adiós, hermoso; da muchas gracias a tu mamá por sus flores.

NIÑO

¿Cuándo traerán el auto?

ENRIQUE

Muy pronto..., muy pronto.

FANNY

Ya volveremos alguna vez a verte. Adiós, adiós.

CAMARERO

Muy buenas tardes; que los señores sigan bien. Dales las buenas tardes.

NIÑO

Muy buenas tardes tengan ustedes.

FANNY

Adiós, adiós. (Salen Enrique y Fanny. El niño se va corriendo en dirección contraria. La escena queda sola un momento, al cabo del cual entra Eugenia con el niño de la mano.)

NIÑO

Ese señor que estaba aquí, que le di las flores a la señora que estaba con él, me ha dicho que me iba a traer un auto de verdad, un auto pequeñito para mí, para andar por aquí, para montarme yo. ¿No será mentira? Dime, mamá..., mamá.

EUGENIA

No; hijo mío, será verdad. (Entra Manolo.)

NIÑO

¿Quién es ese señor y por qué va a regalarme a mí un auto?

EUGENIA

Porque sabe que vas a ser muy bueno, y por eso.

NIÑO

Pero no es un rey mago, ¿verdad?... ¿Verdad, mamá?

EUGENIA

Calla, hijo.

MANOLO

¿Le has visto?

EUGENIA

Sí.

MANOLO

Es su mujer; yo le había visto con ella en Madrid; también tiene mucho dinero. ¿En qué piensas?... ¿Te has puesto triste?...

EUGENIA

No, ¿por qué?

MANOLO

Y él vivirá tan feliz.

EUGENIA

Eso no, estoy segura; eso no; soy yo mucho más feliz. (Abrazándose a su hijo.) ¿No es verdad, hijo mío? ¡Más feliz!...

TELÓN