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Vidas cruzadas

Chapter 5: CUADRO SEGUNDO
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About This Book

Drama en dos partes ambientado en salones y balnearios elegantes que sigue a varias familias aristocráticas venidas a menos y a sus relaciones amorosas y sociales. A través de encuentros en fiestas y viajes, se muestran cruces de vidas donde el amor, el deseo y el interés se confunden, revelando hipocresía, ambición y dependencia social. Personajes que oscilan entre la apariencia y la necesidad tejen enredos sentimentales y toman decisiones que evidencian el choque entre prestigio social y realidad económica. La obra alterna escenas costumbristas y conversaciones satíricas para explorar cómo la posición social condiciona pasiones, alianzas y destinos personales.

PRIMERA PARTE


CUADRO PRIMERO

En primer término, paralelo a la batería, barandal de la terraza de un dancing; sobre los pilastres, grandes jarrones o macetas con profusión de flores. Al fondo, la fachada con grandes puertas de cristales; detrás, un salón de baile. Al levantarse el telón, en el salón bailan y pasean diferentes parejas y grupos. Música de jazz-band. La luz del salón ha de ser algo fantástica, entre azulada y rojiza; la terraza estará también iluminada del mismo modo. Es de noche. Lugar de la acción: un Biarritz cualquiera, playa a la moda.

Se abre una de las puertas del salón, y al abrirse se oye la música con mayor intensidad; entran y vienen a apoyarse en el barandal, frente al público, el Hombre de Sociedad y el Hombre Insociable. El público figura que es el mar, y no es mala comparación, porque con ninguno de los dos puede uno confiarse mucho.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Se aburre usted, ¿verdad?

EL HOMBRE INSOCIABLE

De ningún modo, y con usted, tan excelente guía y conocedor de este gran mundo...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Que es tan pequeño, como usted ve.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Y, para mi, ignorado; mi vida ha sido tan distinta.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Y supongo que nunca habrá usted envidiado esta.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Mal puede envidiarse lo que no se conoce. Si es siempre así...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Casi siempre, porque cuando quieren escapar de esta vida, su vida social, para vivir un poco de su vida propia, al huir unos de otros, vuelven a encontrarse; porque hasta en sus vicios, en sus pasiones, en sus quimeras, siguen siendo iguales unos a otros, creyéndose distintos.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Si siempre se divierten con tan poco...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Aquí nadie viene a divertirse: Unos vienen a hacer tiempo para otras diversiones; otros vienen a prepararlas; otros esperan el azar de un encuentro que se les depare, y hay quien, con mayor ambición, espera que ese azar de un encuentro sea la solución de su vida.

EL HOMBRE INSOCIABLE

¿Cree usted que en un lugar como este puede encontrar nadie la solución de su vida?

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿Por qué no? Aquí puede encontrarse hasta la felicidad; lo que hay es que para encontrar lo que más se parece a la felicidad en la vida, que es un amor verdadero, es preciso que dos seres vayan en su busca por el mismo camino, y aquí los caminos se cruzan, como las vidas: se cruzan en un punto y ya no vuelven a encontrarse. El amor se cruza con un deseo: cree que es también el amor; pero el engaño dura poco tiempo. Otras veces el amor se cruza con el interés, y el engaño es el mismo, y el desengaño más triste todavía. (Por otra puerta del salón entran Eugenia Castrojeriz y Guillermina.)

GUILLERMINA

¿Huyes de la persecución?

EUGENIA

No, Guillermina. ¿Quién hace caso?

GUILLERMINA

No digas, Enrique está loco por ti.

EUGENIA

Ya lo sé.

GUILLERMINA

¿No te gusta? Es guapísimo, y en cuanto a posición...

EUGENIA

Sí, un gran partido, y para mí, figúrate.

GUILLERMINA

Entonces...

EUGENIA

Demasiado sabes que él no piensa en casarse, y menos conmigo. ¿Qué soy yo para él?

GUILLERMINA

Por Dios, Eugenia, no quieras que te regale los oídos con ponderaciones. No sé a qué más podía aspirar Enrique, y él, que no tiene más pretensión que figurar en sociedad, ¿cómo podría colocarse mejor que casándose contigo, una Castrojeriz?

EUGENIA

Enrique no necesita casarse conmigo, que no soy más que una aristócrata pobre, lo peor, lo más triste que se puede ser; Enrique puede casarse con quien quiera, noble y con dinero; ni él necesita de enlaces nobiliarios para figurar en sociedad más de lo que ya figura. Ya lo vemos: en estos tiempos todo va muy de prisa, y cualquiera puede ser descendiente de sí mismo. Por humilde, por bajo que sea su origen, el dinero, los viajes, el trato social afinan a una persona en pocos meses, cuando en otros tiempos eran precisos siglos para afinar a una familia. Yo he leído crónicas de nuestra casa, y al cabo de muchos años y linajudos antepasados, aún había marqueses de Castrojeriz tan bárbaros que hoy no los querría Enrique para mozos de sus caballerizas. Al padre de Enrique son muchos los que le han conocido detrás de un mostrador, en una mala tienda de un pueblecillo de pescadores, y su hijo, ya lo ves, un perfecto gentleman... hasta ahora.

GUILLERMINA

Dices bien, hasta ahora, porque la raza no se improvisa: el plebeyo es siempre plebeyo, y, tarde o temprano, «en la ocasión descubre la hilaza», como suele decirse.

EUGENIA

Enrique ya lo demuestra solo en el modo de pretenderme.

GUILLERMINA

¿Tú crees? Yo solo veo que está muy enamorado, que te quiere.

EUGENIA

Me quiere, eso sí, me quiere y me insulta al quererme.

GUILLERMINA

Yo no puedo creer que él piense...

EUGENIA

Piensa que todo es posible con su dinero.

GUILLERMINA

Pero él debe saber quién eres tú, debe comprender que contigo nunca sería posible...

EUGENIA

¿Qué sabe él de mí? ¿Qué sabrá nunca?

GUILLERMINA

Y tú le quieres.

EUGENIA

No lo sé; ni él habría de creerlo.

GUILLERMINA

¿Por qué?

EUGENIA

Enrique es muy rico; yo soy pobre... ¿Vienes?

GUILLERMINA

Sí, nos esperaban para bailar; vamos. (Entran en el salón.)

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

De estas dos muchachas, la que estaba más cerca de nosotros es Eugenia Castrojeriz; una muchacha muy interesante; ella y su hermano, únicos vástagos de una nobilísima familia de las más ilustres de nuestra aristocracia, una de esas familias perseguidas por trágicos destinos, como la familia de los Atridas: suicidios, muertes violentas, matrimonios desgraciadísimos, y, por fin, la ruina total. Estos dos hermanos viven de la protección de amigos de su casa, de algún pariente; la muchacha viste desechos de sus amigas, pasea en auto, asiste a teatros y a fiestas de sociedad; veranea, como usted ve, de un lugar en otro, todos de moda y todos caros. El hermano lo mismo, aunque ya no está siempre tan clara la procedencia de sus recursos. Los dos son una especie de asilados de lujo, protegidos por toda su clase. Pepín Solares, que tiene la especialidad de los motes, llamó a esta muchacha el perro del regimiento.

EL HOMBRE INSOCIABLE

No es muy galante el mote.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

No prosperó, por cierto, y le costó al motejador algunos disgustos; porque el hermano, no tanto, pero esta muchacha, sobre todo, cuenta con muchas simpatías en sociedad: ¡ha llevado siempre su difícil situación con tan noble decoro! A mí también me inspira simpatía. ¡Pobre muchacha! Soporta humillaciones sin volverlas en odio; para mí, la mayor virtud, porque es fortaleza espiritual, virtud en su recto sentido etimológico.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Así es; no hay odio que no tenga su origen en una humillación; es lo que menos se perdona.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Por eso admiro yo tanto a Eugenia Castrojeriz. La he visto soportar tantas humillaciones... Es que es tan difícil proteger sin humillar a nuestros protegidos...

EL HOMBRE INSOCIABLE

Pero entre esta gente distinguida, yo creí...

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

No es la peor, pero es la más inconsciente. Por eso la hora de los grandes cataclismos sociales: revolución francesa, revolución de Rusia, les halla siempre desprevenidos, y ellos son las primeras víctimas sin haber sido los más culpables. (Entran Manolo Castrojeriz e Isidoro.) A propósito; ahí tiene usted al hermano de esta muchacha, del que yo le hablaba; de los dos, el más joven: Manolo Castrojeriz. Este ya no es tan digno de admiración como su hermana: parásito de los muchachos más ricos de Madrid, es, como ahora se dice, un animador de todos sus jolgorios; sablea con tal elegancia, que todavía hay que agradecérselo, y como los grandes señores del siglo diez y ocho, enmienda los errores de la fortuna convirtiendo un juego de azar en juego de inteligencia, si hay ocasión propicia. Los dos hermanos son la mejor prueba de que lo mismo en los pueblos que en las familias, aun en su decadencia, son siempre las mujeres las que por más tiempo mantienen las nobles tradiciones de una raza. A Eugenia Castrojeriz no la creo capaz de una bajeza indigna de su nombre; a su hermano le creo capaz de todo, y no me extrañaría verle complicado algún día en cualquier delito vulgar y hasta en algún crimen, como alguno de triste memoria. (Siguen hablando bajo.)

ISIDORO

Cálmate, Manolo; has estado muy duro con Ricardo.

MANOLO

Me molestan los consejos. Si sabré yo cuándo he hecho mal sin que me lo digan.

ISIDORO

Por lo demás, te aconsejaba muy bien; no te conviene el trato con ese Piñuela; todo el mundo le va dando de lado.

MANOLO

Hoy no tenían razón; estoy seguro de que pidió carta sin haber visto que en los dos paños habían ya descubierto las suyas.

ISIDORO

Vamos, Manolo, no me digas; es ya mucha distracción; y se ha repetido tantas veces...

MANOLO

Otras, no digo; pero hoy, te aseguro...

ISIDORO

Todo el mundo sabe que tú juegas a medias con él; te digo que no te conviene; tú verás lo que haces.

MANOLO

No me digas nada. Estoy loco. Era el golpe decisivo... Mañana...

ISIDORO

¿Mañana, qué? ¿Lo de siempre?...

MANOLO

No, ahora es más serio; si mañana no pago, no quiero pensarlo. El tiro, no hay otra solución.

ISIDORO

¿No tienes quien pueda sacarte del apuro? Pídele a Valladares.

MANOLO

¡Imposible! ¡Me ha servido tantas veces!...

ISIDORO

Pídele a Enrique; en estos días lleva una buena racha.

MANOLO

¿A Enrique?... Ni pensarlo; ya sabes que anda haciendo el amor a mi hermana.

ISIDORO

Sí; nunca se le ha visto tan colado. Eso sí que te convendría, que se casara con tu hermana.

MANOLO

Claro que solo podría ser eso: casarse; no creo que él haya pensado otra cosa.

ISIDORO

Hombre, ¿quién va a creerlo? No por él, por tu hermana.

MANOLO

Comprenderás que a Enrique no puedo pedirle nada.

ISIDORO

Sí; en estas circunstancias no te conviene.

MANOLO

Entonces, tú dirás qué recurso me queda.

ISIDORO

¿Pero tan fiera viene ese hombre?

MANOLO

No lo sabes. ¡Me tiene tan cogido! Cuando está uno apurado firmaría uno su sentencia de muerte, y eso será. Te juro por el nombre que llevo que yo no voy a la cárcel.

ISIDORO

¿A la cárcel?... ¿Pero puede ser eso?

MANOLO

¿Si puede ser? Anda, vamos, no quiero que me encuentre mi hermana, no quiero ver a nadie; vámonos; pasearemos por la playa; a esta hora no hay nadie, y... Perdona, chico, perdona; si tú quieres quedarte...

ISIDORO

No faltaría más; yo no te dejo. Pasearemos. Veremos... ¿Quién sabe?... (Salen.)

EL HOMBRE INSOCIABLE

Bien decía usted. Por la nerviosidad, por palabras sueltas, se advierte que el mozo anda preocupado.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Se le habrá dado mal el tournant esta noche. Cuando los puntos no están en el secreto y no perdonan distracciones... (Entran Enrique y Ricardo. Al verlos entrar.) Buen contraste. Vea usted: al aristócrata fin de raza, arruinado, que acaba usted de conocer, sucede el plebeyo enriquecido, savia nueva, buen injerto para estirpes nobiliarias en decadencia. Enrique García y Mora, que de dos apellidos vulgares ha formado un apellido que puede parecer aristocrático: Garcimora. Su padre, y no hará muchos años, en un pueblecillo de la costa cantábrica, a la sombra de un miserable tenducho, guarida y refugio de contrabandistas de todo género, amplió sus negocios durante la guerra, sin preferencias por nadie, suministrando a los barcos de unos lo que muy pronto había de perderse en el mar, gracias a los suministros proporcionados a los otros, todo a buen precio. El negocio fue fabuloso. El hijo se educó en Inglaterra; muerto el padre, de la noche a la mañana se presentó en Madrid, y no tardó en ser admitido en la mejor sociedad con las mejores cartas de crédito, autos de las mejores marcas, jacas de polo, balandros, criados ingleses, mecánicos belgas, espléndido en sus obsequios, asequible a las peticiones, anticipándose a ellas muchas veces con generoso desprendimiento; premio gordo en la lotería matrimonial para las muchachas solteras. Flirteo ideal para casadas y equívocas de todas clases, decorativo siempre y siempre provechoso. Detrás de todo eso... ¿Quién sabe?... Lo que ahora se llama honorabilidad se satisface con tan poco, y Enrique Garcimora aún no ha cometido ninguna torpeza que pueda poner en duda su perfecta honorabilidad. (Siguen hablando bajo.)

RICARDO

Anda, vamos. Esta noche está esto muy aburrido, y hemos quedado en ir; esas pobres chicas nos estarán esperando, y los amigos..., si faltas tú será un desencanto para todos.

ENRIQUE

Ve tú, yo estoy muy cansado; esta noche quiero acostarme pronto.

RICARDO

Es que no hay quien te arranque de aquí mientras veas que no se ha ido Eugenia.

ENRIQUE

No, qué tontería. Para el caso que me hace... Apenas si me ha saludado esta noche.

RICARDO

Táctica.

ENRIQUE

¿Tú crees?

RICARDO

¡Bah! No lo dudes.

ENRIQUE

¿Tú crees que no hay otro medio que casarse?

RICARDO

Y si no hubiera otro, si tan colado estás, cásate; será el único modo de curarte.

ENRIQUE

Tanto como casarme...

RICARDO

En tus condiciones, cuando te aburras, con dinero pronto se deshace uno de una mujer.

ENRIQUE

No lo creas; mujer propia o querida, no es tan fácil deshacerse de una mujer. Ahí tienes al pobre Evaristo, víctima de la suya y de toda su familia.

RICARDO

Por cicatero, le está bien empleado. Tú no lo serías; dejarías a tu mujer en condiciones de vivir. Pero, de veras, ¿te gusta tanto Eugenia?

ENRIQUE

Sí, chico; me trae loco; es la única mujer por quien yo haría cualquier disparate.

RICARDO

No tantos, por lo visto, cuando no te decides al del matrimonio.

ENRIQUE

No, eso no; el matrimonio me asusta; no tengo carácter para soportar aunque no sea más que las atenciones sociales a que se obliga uno con el matrimonio.

RICARDO

No serían tantas como las que ahora te impones, a ti que te gustaba tanto viajar, ir de un lado para otro; te dispones a pasar aquí todo el verano, sin ir a más sitios que donde crees que puedes encontrarte con ella. Pues te advierto que si no has pensado en casarte, aunque yo creo que llegarás a pensarlo, te expones a un disgusto.

ENRIQUE

¿Disgusto?

RICARDO

Sí. Ya sabes que Eugenia está muy protegida... defendida por todos los suyos; se vería entre ellos muy mal que alguien pretendiera la conquista de esta muchacha por medios ilegales. Esta gente, que en apariencia se complace en murmurar unos de otros, en descubrir sus pecados y sus defectos, más por justificar cada uno los propios que por censurar los ajenos, pone el espíritu de clases sobre todo y saben defenderlo cuando les interesa, más también por el prestigio de clases que por el de una persona determinada, y si quien lo pone en peligro no es de los suyos, entonces la defensa se convierte en ofensiva hasta la más sañuda persecución. Ya estás advertido.

ENRIQUE

¿Y no crees tú que Eugenia no pudiera preferir algún día a esa protección de los suyos, que, después de todo, tú lo sabes, todos lo vemos, está pagada a costa de bien tristes humillaciones, otra situación más segura, más brillante, más alegre?

RICARDO

No lo creo. Por muy caídos, por muy arruinados, por muy bajos que estemos, hay siempre en la nobleza, como en los reyes, algo que es de derecho divino, valores morales que aún tienen un valor entre nosotros.

ENRIQUE

Todo lo que tiene un valor puede tener un precio.

RICARDO

Juzgo por mí.

ENRIQUE

Eso es decirme que yo juzgo por mí, a lo plebeyo.

RICARDO

No, Enrique. Nos juzgas por lo que nosotros mismos podemos hacer creer muchas veces con nuestra conducta. Tú juzgas a Eugenia por su hermano Manolo, al que todos creemos capaz de todo y acaso estemos equivocados. Yo estoy seguro de que, en ocasión decisiva en su vida, Manolo tal vez nos sorprendería mostrándose digno de su noble linaje.

ENRIQUE

(Distraído, mirando al salón.) Es posible.

RICARDO

Sí; es ella, ella, que está con Guillermina Valladares y con María Antonia Santonja. Anda, vamos; no estás deseando otra cosa.

ENRIQUE

Si te dijera que hasta ahora no he sabido lo que era desear a una mujer.

RICARDO

Eugenia. Pues no lo pienses, cásate; a ti, con tu dinero, ¿qué puede importarte el matrimonio? Un capricho más que te pagas; nunca es caro un capricho. (Entran en el salón.)

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿De veras no se ha aburrido usted con mi charla?

EL HOMBRE INSOCIABLE

Nada de eso; ha sido usted mi Virgilio, al penetrar por primera vez en mi vida en estos círculos dantescos que ni aun merecen el nombre de infernales.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Nada de eso; entre el limbo y purgatorio, salvo casos excepcionales en que sobre tanta superficialidad se desencadena algún vendaval de pasión y tragedia; pero a usted, hombre de más graves estudios, poco puede interesarle todo esto.

EL HOMBRE INSOCIABLE

¿Por qué no? Nunca he sido hombre de sociedad, y al lado de usted bien puedo parecer el hombre insociable; pero me intereso por todo, y para abismar nuestro pensamiento en el infinito misterio de todo lo creado, lo mismo es la contemplación de esta inmensidad del mar y del cielo que contemplar un hormiguero o, sobre la lente de un microscopio, el pulular de millares de infusorios en una gota de agua: todo abisma y confunde por igual.

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

Pues entre las hormigas y los infusorios podemos colocar a las gentes de este pequeño mundo.

EL HOMBRE INSOCIABLE

Y usted, tan admirable observador de todo lo observable, ¿no ha pensado usted nunca en aprovechar sus observaciones?

EL HOMBRE DE SOCIEDAD

¿Para qué? ¿Para escribir alguna obra literaria? De ningún modo. Detesto esa literatura porteril de menudencias y chismes de sociedad. En general detesto la literatura, y, si me apura usted, todo lo que es arte. El arte solo sirve para los espíritus inferiores. Un espíritu superior labora para él solo su arte; el suyo, que sería incomprensible para los demás; si procura comunicarlo, su arte se empequeñece al ponerse a nivel de los espíritus mediocres. El artista no puede dar la medida de su valor al comunicarse. Poco vale el artista que no vale más que su obra, por perfecta que nos parezca, y no merece el nombre de artista el que no sabe medir su propia grandeza por el desprecio que le inspiran sus obras y el juicio que a los demás les merecen. Y ahora, como limpieza espiritual, ¡contemplemos el mar y la majestuosa serenidad del cielo en esta noche; en el silencio de la contemplación se perderá nuestro pensamiento hasta no sentirnos vivir, hasta olvidarnos de lo que somos, pobres criaturas humanas!

TELÓN


CUADRO SEGUNDO

Un telón oscuro con estrellas doradas, y como cola de las estrellas todos los colores del Iris. El ladrón de sueños, vestido de farolero fantástico; en la mano el palo de encender.

LADRÓN

La noche es mi reino, y en la noche las almas, al sumergirse en el profundo mar del sueño, entre sus sombras, exploran la verdad de su vida, como los submarinos al sumergirse bajo las aguas turbulentas observan más seguros la ruta de los barcos sobre ellas navegantes. Y en este reino de la noche, poblado de almas en letargo, soy el Ladrón de sueños, minador de luz, captador de verdades, tesoros que los hombres, más cobardes que avaros, ocultan y guardan hasta de sí mismos, sin pararse a contarlos, sin querer saber de ellos, aunque yo los muestre a sus ojos, más cerrados despiertos que dormidos. Como en las noches de la ciudad, de calle en calle va el farolero rasgando la oscuridad con pinchazos de luz, así yo por la ciudad de los sueños rasgo de claridad las almas que, a la luz de sus sueños, pudieran conocerse y saber de sí mismas si el despertar no fuera para ellas caer en sueño más profundo: el de no querer saber nunca la verdad de su vida. Hoy se ha entrado la ciencia por mis dominios con gran aparato investigador; mas, como siempre, antes que los hombres de ciencia supieron los poetas las verdades del misterioso abismo de mi reino. Como los cuerpos, para su descanso, se desnudan de vestiduras al acostarse, también al dormir para soñar se desnudan las almas, y si pudieran así hablar y entenderse unas con otras, nadie se engañaría en la vida. Una mujer y un hombre van a hablarse así ahora, sin saber ellos mismos que hablan ellos, desnudas sus almas en la desnuda verdad de sus deseos. Al despertar lo habrán olvidado todo; volverán al engaño, a la mentira, entre sospechas y traiciones, entre miedos y sombras. Animador de luz, captador de verdades, la noche es mi reino; soy el Ladrón de sueños.

MUTACIÓN


CUADRO TERCERO

Se descorre la cortina, y sobre un fondo negro, solo visibles y apenas iluminados los rostros de las figuras, aparecen Eugenia y Enrique.

EUGENIA

Cuando nos encontramos en sociedad me dices siempre: «No parece sino que huyes de mí».

ENRIQUE

Te haces desear.

EUGENIA

Sí; eso es lo que tú piensas, lo que tú crees: coquetería, habilidad, ¿no es eso? Y como tú lo creerán todos.

ENRIQUE

Y haces bien. Tú sabes que yo te quiero; procuras hacerte querer como tú quieres.

EUGENIA

Que no es como tú piensas. Tú crees que toda mi aspiración es el matrimonio, ¿y qué mejor partido que tú? Tú, por tu parte, piensas que para conseguirme basta con tu dinero, sin comprometer tu libertad, y esto, que debía ofenderme como una insolencia, me admira como una valentía; siempre nos admira el valor de que no somos capaces. Sí; en ti es una valentía pretender que yo, una Castrojeriz, pueda ser para ti lo que tantas mujeres cotizables; valentía y desinterés, porque mi nobleza bien vale tu dinero, y en tu afán de figurar en sociedad nada perderías con hacerme tu esposa; pero prefieres tu independencia, no deber a nadie tu situación en sociedad; eres orgulloso. Yo también. Es difícil que podamos entendernos.

ENRIQUE

¿Difícil?... ¿Quién sabe?... Si yo viera rendido tu orgullo, tal vez entonces se rindiera el mío hasta ser esclavo de tu voluntad, si esa voluntad era amor.

EUGENIA

Si yo estuviera segura de rendir tu orgullo al rendirme... Yo he leído, tal vez he soñado, no sé. Era una reina joven y hermosa; reyes y príncipes se disputaban la gloria de reinar a su lado; pero un terrible pirata había logrado hacerse dueño del mar sobre la costa de su reino, y reyes y príncipes, al llegar en sus galeras engalanadas a conquistar un corazón y un reino, eran apresados o puestos en fuga por el pirata de valor temerario. La reina decidió acabar con él, y aprestó todas sus galeras para darle caza; ella misma quiso mandar una de ellas; quería ser ella misma la que trajera cautivo al pirata; pero la galera real más era palacio y jardín que barco de guerra; sus tripulantes más eran galanes cortesanos, músicos y poetas que diestros marinos y aguerridos soldados, y la reina era mal capitán de navío. Perdida la ruta, su galera se halló de pronto, separada de las otras, frente a frente con la galera del pirata, y la reina fue pronto su cautiva, cautiva del pirata, que era en verdad lo que ella había querido, porque en el fondo oscuro de su corazón, donde se ocultan los deseos inconfesables a nosotros mismos, la reina amaba al pirata con toda su alma; pero sabía que una reina no podía ofrecerse a un pirata sin abdicar su dignidad de reina; por eso dejó al azar de la fortuna poder ser su cautiva, que después, en sus brazos, ya contaba ella con su hermosura y su majestad para hacerle, por fin, cautivo suyo. Yo no sé si lo he leído o lo he soñado, pero sé que yo quisiera ser esa reina cautiva del pirata, y, como ella, pedir al azar de la fortuna poder ser tu cautiva, humillado por la violencia mi orgullo; pero ser tuya y que tú nunca seas mío, eso no, eso no; por eso huyo de ti, porque te quiero.

ENRIQUE

Yo no puedo creer en cariño que pone condiciones para rendirse. Rinde tu orgullo, y acaso se rinda el mío.

EUGENIA

No es tiempo de leyendas. Hay en mí sangre de reyes; hay en ti sangre de piratas; mi sangre empobrecida de una raza decadente acaso busca en la tuya la sangre de mis lejanos antepasados, que, como los tuyos cercanos, fueron también piratas y bandoleros rudos y fuertes; pero hoy la fuerza es el dinero, el signo de todo poderío, y rendirse al dinero es siempre humillación. Nadie puede creer en orgullo que se rinde al dinero; si yo me rindiera al tuyo, dejarían de creer en mí.

ENRIQUE

Es verdad.

EUGENIA

Ya lo ves; como yo dejaría de creer en ti si dejaras de creer, en tu orgullo, que una Castrojeriz puede venderse a tu dinero sin hacerla tu esposa.

ENRIQUE

Debemos separarnos para siempre.

EUGENIA

No, eso no; la vida... Acaso yo he soñado.

ENRIQUE

Yo deseo.

EUGENIA

Yo espero.

ENRIQUE

¡La vida!

EUGENIA

Acaso... (Se van perdiendo las figuras en la oscuridad y la voz alejándose con ellas.)


CUADRO CUARTO

Se descorre el fondo y aparece una parte de la terraza del primer cuadro sin el barandal.

Eugenia, Guillermina, el Marqués y la Marquesa de Valladares, Enrique y Ricardo.

MARQUESA

Sí, ya nos retiramos; es muy tarde y está esto muy aburrido, como siempre.

EUGENIA

(A Enrique.) No le he visto a usted en toda la noche.

ENRIQUE

Yo creía que no había usted querido verme; yo sí la he visto a usted, pero no parece sino que huye usted de mí.

EUGENIA

Solo se huye por odio o por miedo; yo no tengo por qué odiarle a usted, y menos por qué temerle. ¿No han visto ustedes a mi hermano? ¿No le has visto, Ricardo?

RICARDO

Si, aquí estaba; le vi con Isidoro.

MARQUÉS

Tengo yo que hablar con Manolo muy seriamente; frecuenta unas amistades...

EUGENIA

Sí, ya me lo han dicho. Harás bien en reñirle; a mí no me hace caso.

MARQUESA

(A Enrique.) ¿Todavía aquí mucho tiempo?

ENRIQUE

Sí, ya todo el verano.

MARQUESA

¿No se aburre usted? ¿No encuentra usted que está esto muy aburrido este año? Mucha gente, demasiada gente; pero una gente especial.

ENRIQUE

Sí, para quien no tenga algún interés.

MARQUESA

¡Ah! Usted sí le tiene. Entonces comprendo. ¿Reservado? No lo creo; ahora que yo soy tan poco observadora; pero no tardarán en decírmelo: el amor y el dinero... Y el amor con dinero, que es el caso de usted.

ENRIQUE

No hablemos de dinero, marquesa; cuántas veces es un estorbo.

MARQUESA

No lo crea usted; nunca. Hasta siempre, Enrique, Ricardo... (Despidiéndose.)

ENRIQUE

(Saludando.) Marquesa... Guillermina, me debe usted una explicación.

GUILLERMINA

¿Yo?...

ENRIQUE

Sí, de unas palabras misteriosas.

GUILLERMINA

No las dé usted importancia.

ENRIQUE

(Despidiéndose.) Eugenia...

EUGENIA

Adiós, Enrique. (Salen todos, menos Enrique y Ricardo.)

ENRIQUE

Nos iremos también, si te parece.

RICARDO

Claro que me parece; ya se ha ido ella. Y qué, ¿vas a pasarte así toda la vida? ¿Qué esperas? Sin matrimonio no esperes nada, y este amor de cadete ya va siendo ridículo.

ENRIQUE

Tienes razón. Mañana nos vamos.

RICARDO

¿Mañana?... ¿A que no?

ENRIQUE

Bueno; mañana no es posible; son los partidos de tennis; pero muy pronto, sí, muy pronto. Tienes razón; me estoy poniendo en ridículo.

RICARDO

Oye, ¿te ha pedido dinero Manolo Castrojeriz esta noche?

ENRIQUE

No, hace mucho tiempo que no me ha pedido nada.

RICARDO

Entonces...

ENRIQUE

¿Qué?

RICARDO

Nada; que ha jugado muy fuerte esta noche, y no sé de dónde haya podido sacar el dinero. Después le he visto que hablaba muy acalorado con Isidoro; debe de estar en un mal momento. A propósito, aquí está Isidoro. (Entra Isidoro.)

ISIDORO

Creí que ya no estaríais aquí, y no sabía dónde podría encontraros a estas horas.

RICARDO

¿Qué te pasa?

ISIDORO

A mí, nada. Oye, Enrique, contra ti vengo.

ENRIQUE

Tú dirás.

ISIDORO

No se trata de mí, es de Manolo; está en un apuro muy grande; habla de matarse; bueno, eso ya no es para creerlo; lo ha dicho tantas veces, pero el caso sí es grave; pueden meterle en la cárcel.

RICARDO

¿Qué te decía yo? Ya me figuraba yo algo.

ISIDORO

No tiene a quién recurrir; ha pedido tanto, y a ti no se atreve, no quiere; él no sabe que he venido a buscarte; pero chico ¿a quién acudía yo? Y ya sabes, con todas sus cosas, yo quiero a Manolo, es como un hermano. ¿Te perturbaría mucho desprenderte de...? Son quince mil pesetas las que necesita; pero con cinco mil podría pararse el golpe; de eso yo me encargo. Y perdona, chico, perdona; abusamos de ti; ahora, ya ves, no es para mí; para mí no te pediría nada. Y que no lo sepa Manolo; yo le diré que... No sé qué voy a decirle, porque cinco mil pesetas, así de pronto, ya sabe él que ningún amigo nuestro las tiene... En fin, ¿puedes salvarnos?

ENRIQUE

Sí, hombre, sí; cuenta con ellas; si quieres ahora mismo, precisamente esta mañana tomé un dinero que necesitaba; vamos a casa y en seguida...

ISIDORO

No, ahora no; es más urgente tranquilizarle, y si supiera que tenía ahora el dinero tendría que pelearme con él porque querría jugárselo. Le he dejado en el Americán; le diré que todo está arreglado, y mañana a primera hora iré yo por tu casa. ¿Tú madrugas mañana?

ENRIQUE

Sí, aquí madrugo siempre.

ISIDORO

¿A las nueve, entonces?

ENRIQUE

Muy bien; a las nueve.

ISIDORO

Pues hasta mañana, y gracias; no esperaba menos; eres grande. Gracias, chico, gracias. Me estaba dando la noche ese Manolo. Adiós, Ricardo. Enrique, otra vez gracias. (Sale.)

RICARDO

¿Tú crees que no es Manolo el que le ha mandado?

ENRIQUE

Qué sé yo; ¿pero qué más da? Vamos. (Salen. Se ven pasar a las parejas bailando por el fondo, y al caer el telón la música sigue con estruendo, que se va perdiendo poco a poco hasta levantarse el telón nuevamente.)


CUADRO QUINTO

Gabinete en la villa de los marqueses de Valladares.

Marqués y Marquesa de Valladares; Eugenia y Guillermina, entrando.

MARQUESA

No me habléis de volver a ese Posilipo. ¿A quién se le habrá ocurrido ponerlo de moda? No puede haber sido más que a Isidoro Casanueva en complicidad con Filo Manzanares, que los dos se habrán hecho pagar el corretaje. Está más aburrido que Palermo y con peor gente que el Corfú, y casi tan mal como el Misukusko. Claro que todo mejor que el Casino.

MARQUÉS

¿Y a mí qué me cuentas? Si eres tú la que no quiere que nos quedemos en casa ninguna noche.

MARQUESA

¿Yo?... ¡Jesús!... Por mi gusto no iría a ninguna parte; voy por estas chicas, porque no se aburran aquí toda la noche con nosotros solos.

GUILLERMINA

Pues, por nosotras... ¿Verdad, Eugenia?

EUGENIA

Figúrate, por mí... Esta noche me estaba cayendo de sueño.

MARQUÉS

¿Tienes mucho sueño?

EUGENIA

Ya no.

MARQUÉS

Pues siéntate aquí con nosotros, y antes de acostarnos vamos a hablar de tu hermano; es preciso que sepas...

EUGENIA

¿Qué vas a decirme? ¡Ya lo sé! Esta noche ha ocurrido algo desagradable en el Casino, ¿verdad? Por palabras sueltas, por conversaciones cortadas de pronto al acercarme yo, con menos disimulo que si hubieran continuado, he comprendido que algo querían ocultarme todos.

MARQUÉS

Es que tu hermano... Sí, esta noche no sé qué ha ocurrido; pero no es esta noche: es siempre. Tu hermano se reúne con una clase de gente; ese Piñuela, inseparable suyo este verano, conocido de todo el mundo como un vividor de la peor especie, que, según dicen, hasta se ha visto en la cárcel más de cuatro veces, y tu hermano se presenta con él en todas partes, y juega con él en sociedad, y yo sé que han tenido que llamarles la atención por descuidos, incorrecciones en el juego, por no decir trampas, y hace unas noches que en la taquilla del Casino cambiaron un billete de quinientas pesetas falso, y no cabe duda que el billete era de ellos: era el único billete español que se cambió aquella noche. Esta noche también han cometido no sé qué incorrección, y parece que la dirección del Casino les ha llamado al orden muy seriamente. No es eso solo: tu hermano juega y pierde, y nunca le falta dinero. ¿De dónde sale ese dinero? Todo el mundo sabe cuáles son vuestras rentas; todo el mundo sabe que vivís atenidos a pensiones, a regalos de vuestros parientes y de algunos buenos amigos de vuestra familia; suponte el mal efecto para cuantos ponen de su parte todo lo posible para que podáis vivir con decoro, saber que tu señor hermano se juega de esa manera un dinero que no puede ser suyo, mío tampoco; por supuesto, a mí ya no se atreve a pedirme; yo supongo que es a Enrique Garcimora a quien le saca ahora el dinero.

EUGENIA

¿Tú crees?...

MARQUÉS

No puede ser a otro, o había que creer en algo peor. Sí, no te quepa duda; es a Garcimora, y tú debes ser la primera en comprender lo que eso te perjudica; en el concepto de Enrique todos vemos, todos sabemos que está muy enamorado de ti; pero su actitud contigo no es nada correcta; no es la actitud del hombre que pretende a una señorita; te pretende como se pretende a una mujer casada o a otra clase de mujeres; lo ve todo el mundo.

EUGENIA

¡Dios mío!...

GUILLERMINA

¡Eugenia!...

MARQUESA

Qué cosas tienes, hombre.

MARQUÉS

Perdona, hija mía; comprenderás que hablo por vuestro bien, por ti sobre todo; no podrás dudar lo que todos te queremos en esta casa, lo que eres para nosotros.

EUGENIA

Sí, sí; si no me dices nada que yo no sepa, en que yo no hubiera pensado antes; pero ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer? Yo no tengo autoridad sobre mi hermano; tampoco creo que él sea tan malo; es por ligereza, eso sí; pero yo no le creo capaz de una indignidad. En cuanto a Enrique, sí; dices bien; su actitud conmigo no es la del hombre que pretende honradamente a una mujer honrada. Aunque tuviera motivos para pensar de mi hermano lo que quisiera, de mí no puede haberlo pensado, no ha debido pensarlo nunca; pero si su actitud es incorrecta por lo que calla, hasta ahora nunca lo fue por sus palabras; comprenderás que yo no puedo perder toda la razón al advertirle que su actitud me ofende, cuando él pudiera decir con más razón todavía que mis agravios se habían anticipado a sus ofensas.

MARQUESA

Eso es verdad; él hasta ahora... ¿Y qué sabemos si su actitud no es más bien cortedad, si él no teme que tú, a pesar de todo su dinero, no le creas digno de ti?

MARQUÉS

¿Cómo ha de creerlo? Estos ricachos de ahora no creen que hay nada imposible para ellos, y hay que confesar que entre todos, altos y bajos, les damos sobrado motivo para que lo crean. Ahora, dices muy bien: tú aún no puedes darte por agraviada si solo ha pecado por omisión; claro que tratándose de pretender a una muchacha soltera, no hablar para nada de matrimonio ya es una omisión muy significativa; pero dices bien: hay que esperar, acaso estemos equivocados; si él, por su parte, ha interpretado mal tu actitud, que, naturalmente, había de ser reservada hasta la frialdad, otra cosa hubiera sido para que él se creyera que tú solo veías en él al hombre de dinero, y que sin haberle apenas tratado, sin esperar a conocerle bien, no hubiera más que hablar. De todos modos, el asunto es muy delicado. Yo creo, en mi opinión... ¿Me autorizas para que yo hable con él, como cosa mía, por supuesto, sin decirle que tú...?

EUGENIA

Te agradezco la buena intención; pero temo lo que él pueda pensar de mí; lo que piense, que lo piense por él; que nunca pueda decir, si ha pensado mal, que tuvo razón para pensarlo.

MARQUESA

Eugenia dice muy bien: hasta ahora no hay razón para llamarle al orden; esperemos. Él, claro es que no ha dicho a nadie que quiere casarse contigo, pero tampoco ha dicho que no piense casarse.

GUILLERMINA

Yo estoy segura de que se casará, por lo mismo de que quizás no lo piensa.

MARQUÉS

No sería un mal matrimonio por ningún estilo; todos nos alegraríamos.

EUGENIA

¿Deseas decirme algo más? Estoy rendida de sueño.

MARQUÉS

Sí; todos vamos a acostarnos tardísimo, como siempre. Buenas noches, Eugenia, hija, y perdona si te he dado un mal rato.

EUGENIA

Por Dios, vosotros sí que tenéis que perdonarnos. Hasta mañana a todos.

MARQUESA

Que descanses bien, hija mía. (Sale Eugenia.) No sé por qué le has dicho nada.

MARQUÉS

Esta misma tarde me decías que era necesario decírselo.

MARQUESA

Sí; pero nosotros éramos los menos indicados; estos muchachos tienen su familia; la familia es la llamada a intervenir en sus asuntos; nosotros bastante hacemos con lo que hacemos.

MARQUÉS

Es que si no fuera por nosotros...

MARQUESA

Sí, al principio la gente promete mucho. Cuando estos chicos se quedaron sin sus padres y en la más completa ruina, todos eran a prometer pensiones, tantos mensuales; pero poco a poco todos han ido desentendiéndose, algunos hasta dándose por ofendidos con cualquier pretexto.

MARQUÉS

Sí, es muy cómodo disgustarse a la hora de soltar los cuartos; cualquier pretexto es bueno para ahorrarse unas pesetas.

MARQUESA

Ello es que los únicos que no hemos faltado a lo que prometimos hemos sido nosotros.

MARQUÉS

No es que me pese; en nuestra clase estamos más obligados que en ninguna otra a dar ejemplo de solidaridad.

MARQUESA

Y Eugenia hasta ahora se lo merece todo.

GUILLERMINA

A propósito, mamá; Eugenia anda muy mal de vestidos de noche; los dos que tiene están ya muy desluciditos.

MARQUESA

Dale el tuyo rosa, que apenas te lo pones.

GUILLERMINA

Me da no sé qué darle mis vestidos usados; esta mañana hemos visto unos modelitos muy monos y baratos; cuatrocientos francos, ya ves. Me compraré yo uno también para que no crea que se lo compramos a ella solo por ser baratos.

MARQUESA

Lo que tú quieras.

MARQUÉS

No he insistido en hablarle de su hermano por no disgustarla y porque ella le defiende en seguida; es que ella no sabe, no puede creer; ¡pero ese Manolo!... Quisiera equivocarme, pero el día menos pensado... Va por mal camino, muy malo.

MARQUESA

Los muchachos, aunque hagan locuras, no pierden nada; no es como las muchachas. Lo mejor que podían hacer los dos hermanos es casarse pronto; sería un descanso para todos. Es lo que trae el favorecer: sin darse cuenta, se impone uno obligaciones y adquiere responsabilidades.

MARQUÉS

Eso sí que no; ¿responsabilidades nosotros? Los dos hermanos ya no son unas criaturas, y Eugenia es juiciosa. ¿Nos acostamos?

MARQUESA

(A Guillermina.) ¿Tú te pondrás todavía a escribir cartas?

GUILLERMINA

No, esta noche no; estoy muy cansada.

MARQUESA

Pues no has bailado mucho.

GUILLERMINA

No, no me he separado de Eugenia en toda la noche, jugando al escondite por no encontrarnos con Enrique.

MARQUÉS

La verdad, yo no me explico lo que pretende ese hombre. ¿Qué te ha dicho a ti Eugenia?

GUILLERMINA

Eugenia le quiere más de lo que ella misma se figura.

MARQUESA

¿Querer?... Que le convendría mucho casarse con él.

GUILLERMINA

Estás equivocada, mamá; yo creo que le querría aunque no tuviera dinero.

MARQUESA

Si no tuviera dinero, ni le hubiéramos conocido.

GUILLERMINA

Eso es verdad.

MARQUESA

Es una tontería desear que las personas que conocemos fueran de otra manera de como las hemos conocido; porque son lo que son las conocemos, y por lo que son se las quiere o no se las quiere. Buenas noches, hija. Y mañana no me habléis de ningún dancing. ¡Qué aburrimiento! Mejor lo pasamos en cualquier cine. (Toca un timbre y sale un Criado.) Que apaguen, que se acuesten todos. (Salen todos, y el Criado apaga las luces y sale.)

TELÓN