WeRead Powered by ReaderPub
Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi cover

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi

Chapter 10: I LA FUERZA
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

La obra ofrece tres retratos biográficos que examinan las vidas, la obra y las convicciones de Beethoven, Miguel Ángel y Tolstoi, combinando narrativa de episodios significativos con interpretación crítica. Cada capítulo relaciona el impulso creativo con las pruebas personales y los contextos culturales que modelaron la producción artística y moral de los personajes. El autor alterna descripción, análisis y pasajes documentales para mostrar cómo la vocación y las dudas íntimas influyeron en decisiones y en la recepción de las obras. El enfoque privilegia la comprensión empática y la conexión entre vida y obra más que la simple enumeración de hechos.

LA LUCHA

I
LA FUERZA

Davide cholla fromba
e io choll’archo.

Miguel Ángel[150].

Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, en el Casentino. País áspero, “aire fino”,[151] rocas y bosques de hayas dominando el espinazo del Apenino huesoso. No muy lejos Francisco de Asís vió aparecer al Crucificado sobre el Monte Alvernia.

El padre[152], podestá de Caprese y Chiusi, era un hombre violento, inquieto, “temeroso de Dios”. La madre,[153] murió cuando Miguel Ángel tenía seis años[154]. Fueron cinco hermanos: Lionardo, Miguel Ángel, Buonarroto, Giovan Simone y Sigismondo[155]. Miguel Ángel fué enviado a la casa de su nodriza, la mujer de un tallador de piedras de Settignano; y más tarde, bromeando, atribuía a esta leche su vocación de escultor. Lo mandaron a la escuela y no se ocupó en ella más que de dibujo. “Fué mal visto por esta causa y a menudo cruelmente golpeado por su padre y los hermanos de su padre, que tenían odio para la profesión de artista y consideraban como una vergüenza tener un artista en casa”[156]. Así aprendió a conocer desde niño la brutalidad de la vida y la soledad del espíritu.

Su obstinación venció a su padre. A los trece años entró como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandajo, el más grande, el más sano de los pintores florentinos. Sus primeros trabajos tuvieron tanto éxito que según se dice, el maestro sintió celos del alumno[157]. Se separaron al cabo de un año.

La pintura lo había disgustado. Aspiraba a un arte más heroico. Pasó a la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis sostenía en los jardines de San Marcos[158]. El príncipe se interesó por él; lo alojó en el Palacio y lo admitió en la mesa de sus hijos; el niño se encontró en el corazón del Renacimiento italiano, en medio de colecciones antiguas, en la atmósfera poética y erudita de los grandes Platónicos: Marsilio Ficino, Benivieni, Ángel Policiano. Miguel Ángel se exaltó con estos espíritus; viviendo en un mundo antiguo se hizo un alma antigua; fué un escultor griego. Guiado por Policiano, “quien lo quería mucho”, esculpió El Combate de los Centauros y los Lapitas[159].

Este bajo relieve orgulloso, donde imperan únicamente la fuerza y la belleza impasibles, refleja el alma atlética del adolescente y sus juegos salvajes con sus rudos compañeros.

Iba a la Iglesia del Carmine a dibujar los frescos de Masaccio, con Lorenzo di Credi, Bugiardini, Granacci y Torrigiano dei Torrigiani. Se burlaba de sus camaradas menos hábiles que él. Un día atacó al vanidoso Torrigiani; éste le aplastó la cara de un puñetazo y, más tarde, se alababa de ello contando a Benvenuto Cellini: “Cerré el puño y le di un golpe tan violento en la nariz que sentí los huesos y los cartílagos aplastarse como una oblea. Así lo dejé señalado para toda su vida”[160].


El paganismo no había extinguido la fe cristiana de Miguel Ángel. Los dos mundos enemigos se disputaban su alma.

En 1490 el monje Savonarola comenzó sus inflamadas predicaciones sobre el Apocalipsis. Tenía treinta y siete años y Miguel Ángel quince. Vió al pequeño y endeble predicador devorado por el Espíritu de Dios; se sintió helado de espanto por la voz terrible que desde el púlpito del Duomo lanzaba rayos sobre el Papa y suspendía sobre Italia la espada sangrienta de Dios; Florencia temblaba; la gente corría por las calles llorando y gritando como enloquecida; los más ricos ciudadanos, Ruccellai, Salviati, Albizzi, Strozzi, pedían ingresar en las órdenes monásticas; los sabios, los filósofos, hasta Policiano y Pico de la Mirandola, abdicaban de su razón[161]. El hermano mayor de Miguel Ángel, Lionardo, se hizo dominico[162].

Miguel Ángel no se escapó del contagio del espanto. Cuando se aproximó aquél a quien el Profeta había anunciado, el nuevo Ciro, la espada de Dios, el pequeño monstruo deforme—Carlos VIII, Rey de Francia—fué presa del pánico. Un sueño lo enloqueció.

Un amigo suyo, Cardiere, poeta y músico, vió que se le aparecía una noche la sombra de Lorenzo de Médicis, vestido de harapos, de duelo, semidesnudo; el muerto le ordenó previniese a su hijo Pedro que iba a ser arrojado de su patria y que no retornaría nunca a ella[163]; contó su visión a Miguel Ángel y éste lo convenció para que se la comunicara al Príncipe; pero Cardiere, que tenía miedo a Pedro, no se atrevió. Pocos días después, volvió una mañana a buscar a Miguel Ángel y le dijo, lleno de espanto, que el muerto se le había aparecido de nuevo, con el mismo vestido; y como Cardiere, acostado, lo mirara fijamente en silencio, el fantasma lo abofeteó para castigarlo por no haber obedecido. Miguel Ángel hizo violentos reproches a Cardiere y le obligó a que fuera inmediatamente a pie a la Villa de los Médicis, Careggi, cerca de Florencia. A la mitad del camino, Cardiere encontró a Pedro, lo detuvo e hizo su narración. Pedro se rió estrepitosamente y mandó a sus escuderos que lo apalearan. El Canciller del Príncipe, Bibbiena, le dijo: “Tú estás loco, ¿a quién crees que Lorenzo quiera más, a su hijo o a ti? Si hubiera querido aparecerse lo habría hecho a él y no a ti”. Cardiere, humillado y escarnecido, se volvió a Florencia; hizo saber a Miguel Ángel el fracaso de su intento y lo convenció tan bien de las desgracias que debían caer sobre Florencia, que Miguel Ángel huyó dos días después[164].

Éste fué el primer acceso de los terrores supersticiosos que se reprodujeron más de una vez durante su vida y que se apoderaban de él a pesar de su propia vergüenza.


Huyó hasta Venecia.

Apenas salió de la hornaza de Florencia su sobre-excitación se extinguió. De vuelta en Bolonia, donde pasó el invierno, olvidó totalmente al Profeta y sus profecías[165].

Vuelve a sentir la belleza del mundo; lee a Petrarca, a Bocaccio y a Dante; regresa a Florencia, en la primavera de 1495, durante las fiestas religiosas del Carnaval y las luchas rabiosas de los partidos. Pero esta vez se mantiene tan alejado de las pasiones que en torno suyo se devoran que, a manera de desafío al fanatismo de los savonarolistas, esculpe su famoso Cupido Dormido, que sus contemporáneos tomaron por una obra antigua. No permanece más que algunos meses en Florencia; parte para Roma, y, hasta la muerte de Savonarola, es el más pagano de los artistas. Esculpe el Baco ebrio, el Adonis moribundo y el Cupido grande el mismo año en que Savonarola hace quemar “las Vanidades y los Anatemas”, libros, adornos, obras de arte[166]. Su hermano, el monje Lionardo, sufre persecuciones por su fe en el Profeta. Los peligros se acumulan sobre la cabeza de Savonarola; Miguel Ángel no vuelve a Florencia para defenderlo. Savonarola fué quemado y Miguel Ángel permaneció en silencio[167]. No se halla ninguna huella de este suceso en ninguna de sus cartas.

Miguel Ángel calla, pero esculpe la Piedad: Sobre las rodillas de la Virgen inmortalmente joven, el Cristo muerto está recostado y parece dormir. La severidad del Olimpo flota sobre los rasgos de la diosa pura y del Dios del Calvario; mas hay también una indecible melancolía, que baña estos cuerpos hermosos. La tristeza ha tomado posesión del alma de Miguel Ángel[168].


Y no era únicamente el espectáculo de las miserias y de los crímenes lo que iba a ensombrecerlo. Una fuerza tiránica había entrado en él para no soltarlo ya. Era presa de un furor de genio que ya no le permitió respirar hasta su muerte. Sin ilusiones en la victoria, había jurado vencer para gloria suya y de sus gentes. Toda la carga de su familia pesaba sobre él solo. Lo asediaban con peticiones de dinero. No lo tenía, pero cifraba su orgullo en no rehusarlo jamás; se hubiera vendido él mismo para mandar a los suyos el dinero que reclamaban. Su salud comenzaba a perjudicarse; la mala alimentación, el frío, la humedad, el exceso de trabajo comenzaba a arruinarla, sufría de la cabeza y tenía hinchado un costado[169]. Su padre le reprochaba su manera de vivir, sin creerse él mismo responsable.

“Todas las penas que he sufrido, las he sufrido por usted”, le escribía más tarde Miguel Ángel[170]...

“Todas mis preocupaciones, todas, las tengo por mi amor para usted”[171].


En la primavera de 1501 volvió a Florencia.

Cuarenta años antes se había confiado a Agostino di Duccio un bloque gigantesco de mármol para esculpir en él la figura de un profeta, para la Obra de la Catedral (Opera del Duomo). El trabajo, apenas esbozado, se había quedado interrumpido. Nadie se atrevía a continuarlo. Miguel Ángel se encargó de ello, y de esta roca de mármol hizo surgir el David colosal[172].

Se cuenta que el gonfaloniero Pier Soderini fué a ver la estatua que había encargado a Miguel Ángel y le hizo algunas observaciones para exhibir su buen gusto. Criticó lo grueso de la nariz. Miguel Ángel se subió sobre el andamiaje, tomó un cincel y un poco de polvo de mármol y, moviendo ligeramente el cincel, hizo caer poco a poco el polvo; pero se cuidó muy bien de tocar la nariz y la dejó como estaba. Después, volviéndose hacia el gonfaloniero, le dijo:

—Mirad ahora.

—Ahora, dijo Soderini, me gusta mucho más. Le habéis dado vida.

Entonces Miguel Ángel bajó y se rió silenciosamente[173]. Este mismo desprecio silencioso parece adivinarse en la obra. Es la fuerza tumultuosa en reposo. Está llena de desdén y de melancolía. Se ahoga entre las paredes de un museo. Necesita el aire libre, “la luz sobre el lugar de su colocación”, como decía Miguel Ángel[174].

El 25 de enero de 1504 una comisión de artistas de la cual formaban parte Filippino Lippi, Botticelli, Perugino y Leonardo de Vinci, deliberaron sobre el sitio en que se debía colocar el David. A petición de Miguel Ángel decidieron instalarlo frente al Palacio de la Señoría[175]. El transporte de esta masa enorme fué confiado a los arquitectos de la Catedral. El 14 de mayo por la tarde se hizo salir del cobertizo de tablas donde estaba instalado al coloso de mármol, demoliendo la pared arriba de la puerta. En la noche, gente del pueblo arrojó piedras contra el David, con intenciones de romperlo. Hubo necesidad de vigilarlo. La estatua avanzaba lentamente, ligada, derecha y suspendida de tal manera que se balanceaba libremente sin chocar con el suelo. Se necesitaron cuatro días para llevarla del Duomo al Palacio Viejo. El 18, al medio día, llegó al sitio designado. Se continuó la vigilancia alrededor de la estatua por las noches, pero a pesar de todas las precauciones, una tarde fué lapidada[176].

Así era ese pueblo florentino que algunas veces se presenta al nuestro como modelo[177].


En 1504 la Señoría de Florencia puso frente a frente a Miguel Ángel y a Leonardo de Vinci.

No se amaban estos dos hombres. Su soledad común hubiera debido aproximarlos. Si se sentían alejados del resto de los hombres, lo estaban más todavía el uno del otro. El más aislado de los dos era Leonardo. Tenía 52 años, 20 más que Miguel Ángel. Desde la edad de 30 años había salido de Florencia, cuyas ásperas pasiones eran intolerables para su naturaleza delicada, un poco tímida, y su inteligencia serena y escéptica, abierta para todo y que todo comprendía. Este gran dilettante, este hombre absolutamente libre y absolutamente solo, estaba tan desligado de la patria, de la religión, del mundo entero, que no se hallaba bien más que cerca de los tiranos, libres de espíritu como él. Obligado a salir de Milán en 1499, por la caída de su protector Ludovico el Moro, había entrado al servicio de César Borgia en 1502; y el fin de la carrera política del Príncipe, en 1503, lo hizo volver a Florencia. Allí, su sonrisa irónica se encontró en presencia del sombrío y febril Miguel Ángel y lo exasperó. Miguel Ángel, íntegro en sus pasiones y en su fe, odiaba a los enemigos de sus pasiones y de su fe, pero odiaba mucho más a los que no tenían nada de pasión ni eran de ninguna fe. Mientras más grande era Leonardo, más aversión sentía Miguel Ángel por él y no desperdiciaba ocasión de manifestársela.

Leonardo era un hombre de bella figura, de modales atractivos y distinguidos. Vagaba un día con un amigo por las calles de Florencia; vestía una túnica rosa que le caía hasta las rodillas; sobre su pecho flotaba su barba bien peinada en bucles y arreglada con arte. Cerca de Santa Trinidad conversaban algunos burgueses; discutían unos versos del Dante. Llamaron a Leonardo y le pidieron que les explicara el sentido de dichos versos. Miguel Ángel pasaba en aquellos instantes. Leonardo dijo: “Miguel Ángel explicará los versos de que habláis”. Miguel Ángel, creyendo que quería burlarse, replicó amargamente: “Explícalos tú mismo, tú que has hecho el modelo de un caballo de bronce[178], y que no fuiste capaz de fundirlo, sino que para vergüenza tuya te detuviste en el camino”. Después de lo cual volvió la espalda al grupo y continuó su paseo. Leonardo se quedó allí mismo y enrojeció: y Miguel Ángel, no satisfecho todavía y ardiendo en deseos de ofenderlo, gritó: “¡Y esos tales de milaneses que te creían capaz de semejante obra!”[179].

Así eran los dos hombres que el gonfaloniero Soderini puso en competencia en una obra común: la decoración de la Sala del Consejo en el Palacio de la Señoría. Fué un combate singular entre las dos más grandes fuerzas del Renacimiento. En mayo de 1504 Leonardo comenzó el cartón de la Batalla de Anghiari[180]. En agosto de 1504, Miguel Ángel recibió el encargo de pintar la Batalla de Cascine[181]. Florencia se dividió en dos bandos, por el uno y el otro. El tiempo ha igualado todo y las dos obras han desaparecido[182].


En marzo de 1505, Miguel Ángel fué llamado a Roma por Julio II. Entonces comenzó el período heroico de su vida.

Los dos violentos y grandiosos, el Papa y el artista, estaban hechos para entenderse, cuando no chocaban el uno contra el otro con furor. Sus cerebros hervían con proyectos gigantescos. Julio II quería mandarse construir una tumba digna de la Roma antigua. Miguel Ángel se inflamó con esta idea de orgullo imperial y concibió un proyecto babilónico, una montaña de arquitectura, con más de cuarenta estatuas de dimensiones colosales. El Papa, entusiasmado, lo envió a Carrara para hacer tallar en las canteras todo el mármol necesario. Miguel Ángel permaneció más de ocho meses en las montañas, presa de una exaltación sobrehumana. “Un día que viajaba por la región a caballo, vió un monte que dominaba la costa; lo asaltó el deseo de esculpirlo todo entero, de transformarlo en un coloso visible desde lejos para los navegantes. Y lo habría hecho si hubiera tenido tiempo y si se lo hubieran permitido”[183].

En diciembre de 1505 volvió a Roma, donde comenzaron a llegar por mar los bloques de mármol que había escogido.

Fueron transportados a la plaza de San Pedro, a espaldas de Santa Catarina, donde habitaba Miguel Ángel. “La masa de piedras era tan grande que provocaba el estupor de las gentes y la alegría del Papa”.

Miguel Ángel se puso a trabajar. El Papa, en su impaciencia, iba a verlo sin cesar y “lo trataba tan familiarmente como si hubiera sido su hermano”. Para ir más cómodamente hizo construir un puente levadizo que le aseguraba un paso secreto, del corredor del Vaticano a la casa de Miguel Ángel.

Pero este favor no duró. El carácter de Julio II, no era menos trepidante que el de Miguel Ángel. Se apasionaba sucesivamente por los proyectos más diversos. Le pareció más a propósito otro plan para eternizar su gloria; quiso reedificar la Catedral de San Pedro. Para ello lo impulsaban los enemigos de Miguel Ángel que eran muchos y poderosos; encabezados por un hombre de genio igual al de Miguel Ángel y de una voluntad más fuerte: Bramante de Urbino, arquitecto del Papa y amigo de Rafael. No podía existir simpatía entre la razón soberana de los dos grandes hijos de la Umbría y el genio salvaje del florentino; pero si se decidieron a combatirlo, fué sin duda porque él los había provocado[184]. Miguel Ángel criticaba imprudentemente a Bramante, y con razón o sin ella, lo acusaba de malversaciones en sus trabajos[185]. Bramante decidió inmediatamente arruinarlo.

Lo privó del favor del Papa. Se aprovechó de las supersticiones de Julio II, recordándole la creencia popular según la cual es mal presagio mandarse construir en vida su propia tumba. Logró que ya no se interesara por los proyectos de su rival, substituyéndolos con los suyos. En enero de 1506, Julio II se decidió a reconstruir San Pedro; la tumba fué abandonada; Miguel Ángel se encontró no solamente humillado, sino con deudas por los gastos que había hecho para la obra[186]. Se quejó amargamente. El Papa le cerró sus puertas y como él volviera a la carga, Julio II lo mandó arrojar del Vaticano por uno de sus palafreneros.

Un obispo de Lucques, que presenciaba la escena, dijo al palafrenero:

—Pero ¿no lo conoces?

El palafrenero, dijo a Miguel Ángel:

—Perdonadme, señor, pero he recibido esta orden y tengo que ejecutarla.

Miguel Ángel volvió a su casa y escribió al Papa: “Santo Padre, he sido arrojado del Palacio esta mañana por orden de Vuestra Santidad. Os hago saber que desde hoy, si tenéis necesidad de mí, podéis mandarme buscar en todas partes menos en Roma”.

Envió la carta, llamó a un mercader y a un tallador de piedras que se alojaban en su casa, y les dijo:

“Buscad un judío, vended todo lo que hay en mi casa y venid a Florencia”.

Después montó a caballo y partió[187]. Cuando el Papa recibió la carta, despachó a cinco jinetes, que lo alcanzaron cerca de las once de la noche, en Poggibonsi, y le entregaron la orden siguiente: “Inmediatamente que recibas esta orden volverás a Roma, bajo pena de incurrir en nuestra desgracia”. Miguel Ángel replicó que volvería cuando el Papa cumpliera sus compromisos, porque si no, Julio II no debía esperar volver a verlo jamás[188].

Dirigió al Papa este soneto:[189].

“Señor, si algún proverbio antiguo es cierto, es el que dice que el que puede nunca quiere. Tú has creído fábulas y murmuraciones y has recompensado al enemigo de la verdad. ¡Yo soy y he sido tu bueno y viejo servidor, y te soy adicto como los rayos al sol!... ¡mi tiempo perdido no te aflija! que mientras más me esfuerzo menos te complazco. Yo había esperado engrandecerme con tu grandeza, y que mis únicos jueces fueran la balanza justa y la espada poderosa, y no el eco de la mentira. Pero el cielo se mofa de la virtud, cuando la coloca en este mundo, si debe la virtud coger los frutos de un árbol seco”[190].

La afrenta que recibió de Julio II no fué la única razón que hizo a Miguel Ángel emprender la fuga. En una carta a Giuliano da San Gallo deja entender que Bramante quería mandarlo asesinar[191].

Una vez que salió Miguel Ángel, Bramante se quedó dueño del campo, y al día siguiente de la fuga de su rival mandó poner la primera piedra de San Pedro[192]. Su rencor implacable se encarnizó contra la obra del escultor y procuró arruinarla para siempre. Hizo que el populacho saqueara los talleres de la plaza de San Pedro, donde estaban los bloques de mármol para la tumba de Julio II[193].

Pero el Papa, rabioso por la rebelión de su escultor, enviaba una orden tras otra a la Señoría de Florencia, donde Miguel Ángel se había refugiado. La Señoría mandó comparecer a Miguel Ángel, y le dijo: “Has hecho al Papa una jugada como el mismo rey de Francia no se la hubiera hecho. No queremos comprometernos por causa tuya en una guerra con él; así es que debes volver a Roma. Nosotros te daremos unas cartas en tal forma, que cualquier injusticia en contra tuya sería también contra la Señoría”[194].

Miguel Ángel se resistía tercamente y ponía condiciones. Exigía que Julio II lo dejara hacer la tumba, en la inteligencia de que ya no trabajaría en Roma, sino en Florencia. Cuando Julio II salió a la guerra contra Perusa y Bolonia[195], y sus intimaciones se hicieron más amenazadoras, Miguel Ángel pensó en irse a Turquía, donde el Sultán le ofreció, por conducto de los franciscanos, que fuera a Constantinopla para construir un puente en Pera[196].

Al fin fué necesario ceder, y en los últimos días de noviembre de 1506 fué, aunque de mala gana, a Bolonia, donde Julio II, vencedor, acababa de entrar por la brecha.

“Miguel Ángel había ido una mañana a oír misa a San Petronio. El palafrenero del Papa advirtió su presencia, lo reconoció y lo condujo ante Julio II, quien estaba en la mesa en el Palacio de los Diez y Seis. El Papa, irritado le dijo:

“Tú debías haber ido a buscarnos (a Roma) y has esperado que nosotros viniéramos a encontrarte (en Bolonia)”.

Miguel Ángel se arrodilló y pidió perdón en voz alta, diciendo que no había obrado por malicia sino por irritación porque no había podido soportar ser arrojado como lo había sido. El Papa permanecía sentado con la cabeza baja y la cara inflamada de cólera, cuando un obispo a quien Soderini había enviado para que tomara la defensa de Miguel Ángel, quiso interponerse, y dijo: “Tenga a bien Vuestra Santidad no conceder atención a sus tonterías; ha pecado por ignorancia. Fuera de su arte, todos los pintores son lo mismo”. El Papa, furioso, exclamó: “Le estás diciendo una grosería que nosotros no hemos dicho. El ignorante eres tú... Vete y que el diablo te lleve”, y como no se iba, los servidores del Papa lo arrojaron a puñetazos. Entonces, habiendo descargado su cólera sobre el Obispo, el Papa mandó a Miguel Ángel que se acercara y lo perdonó[197].

Desgraciadamente, para hacer las paces con Julio II fué necesario pasar por todos sus caprichos, y la voluntad todopoderosa había cambiado de nuevo. Ya no se trataba de la tumba, sino de una estatua colosal de bronce que quería mandarse construir en Bolonia. Miguel Ángel protestó en vano diciendo “que él no conocía nada de la fundición del bronce”. Fué necesario aprenderla mediante un trabajo encarnizado. Habitaba un mal cuarto con una sola cama donde se acostaba con sus dos ayudantes florentinos, Lapo y Ludovico, y con su fundidor, Bernardino. Quince meses se pasaron entre molestias de todos géneros. Tuvo que reñir con Lapo y Ludovico, quienes lo robaban.

“Este pillo de Lapo, escribió a su padre, daba a entender a todos que él y Ludovico eran los que hacían toda la obra, o al menos que la hacían en colaboración conmigo. No le podía caber en la cabeza que él no era el amo hasta el instante en que lo despedí; entonces, por primera vez, advirtió que estaba a mi servicio. Lo arrojé como a un animal”[198].

Lapo y Ludovico se lamentaron ruidosamente: propagaron en Florencia calumnias contra Miguel Ángel, y lograron sacarle dinero a su padre con el pretexto de que el escultor les había robado.

Después fué el fundidor, cuya incapacidad se reveló.

“Había creído que el maestro Bernardino era capaz de fundir hasta sin fuego; tanta fe tenía yo en él”.

En junio de 1507 fracasó el trabajo de fundición. La figura no salió más que hasta la cintura. Fué necesario volver a empezarlo todo, Miguel Ángel permaneció ocupado en esta obra hasta febrero de 1508, y estuvo a punto de perder en ella la salud.

“Apenas tengo tiempo de comer, escribe a su hermano... Vivo con la mayor incomodidad y con grandes penas; sólo pienso en trabajar día y noche; he tenido tales sufrimientos y los tengo todavía, que creo que si tuviera que hacer otra vez la estatua, no me alcanzaría la vida; éste ha sido un trabajo de gigante”[199].

El resultado fué miserable, comparado con tales fatigas. La estatua de Julio II, elevada en febrero de 1508 frente a la fachada de San Petronio, no permaneció allí más que cuatro años. En diciembre de 1511 fué destruida por el bando de los Bentivoglio, enemigos de Julio II; y Alfonso de Este compró los restos para hacer un cañón.


Miguel Ángel volvió a Roma. Julio II le imponía otra tarea, no menos inesperada y más peligrosa aún: al pintor, que no sabía nada de la técnica del fresco, le ordenaba pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. Se hubiese dicho que se complacía ordenando lo imposible y Miguel Ángel ejecutándolo.

Parece que fué Bramante quien, viendo que Miguel Ángel volvía a tener el favor papal, le colocó esta tarea donde pensaba que naufragaría su gloria[200]. La prueba era tanto más peligrosa para Miguel Ángel cuanto que en este mismo año de 1508, su rival Rafael comenzaba la pintura de las Stanze del Vaticano con un éxito incomparable[201]. Hizo todo lo que pudo por rehusar este formidable honor; llegó hasta a proponer a Rafael en lugar suyo: decía que no era su arte y que no tendría éxito. Pero el Papa se obstinó y fué necesario ceder.

Bramante construyó para Miguel Ángel un andamiaje en la Capilla Sixtina, y se mandaron traer de Florencia algunos pintores experimentados en el fresco, para que lo ayudaran algo. Pero estaba dicho que Miguel Ángel no podía tener ningún género de ayuda. Comenzó por declarar inútil el andamiaje de Bramante, construyendo otro. En cuanto a los pintores florentinos, les tomó mala voluntad y sin más explicaciones los puso a la puerta. “Mandó destruir una mañana todo lo que habían pintado; se encerró en la Capilla y no quiso abrirles ni apareció más por su propia casa. Cuando la burla les pareció que había durado bastante, se decidieron a volver a Florencia, profundamente humillados”[202].

Miguel Ángel se quedó solo con algunos obreros[203]. Y en vez de que las dificultades mayores disminuyeran su atrevimiento, hizo más grande su plan y decidió pintar, no solamente la bóveda como se pretendía al principio, sino también los muros.

El trabajo gigantesco comenzó el 10 de mayo de 1508. ¡Años sombríos, los más sombríos y más sublimes de toda esta vida! Éste es el Miguel Ángel legendario, el héroe de la Sixtina, aquél cuya imagen grandiosa está y debe quedar grabada en la memoria de la humanidad.

Sufrió terriblemente. Sus cartas de entonces demuestran un desaliento apasionado, que no podía satisfacerse con sus divinos pensamientos:

“Estoy en un gran abatimiento de espíritu; hace un año que no recibo nada del Papa; no le pido nada, porque mi obra no avanza bastante para que me parezca merecer una remuneración. Esto se debe a la dificultad del trabajo que no es de mi profesión. Así es que pierdo mi tiempo sin provecho. ¡Dios me asista!”[204].

Apenas había acabado de pintar el Diluvio cuando la pintura comenzó a enmohecerse; ya no se podían distinguir las figuras, y se rehusó a continuar. Pero el Papa no admitió ninguna excusa y tuvo que volver al trabajo.

Sus gentes agregaban a las fatigas y las inquietudes impertinencias odiosas. Toda su familia vivía a sus expensas, abusaba de él, lo hostigaba mortalmente. Su padre no cesaba de gemir, de inquietarse por asuntos de dinero. Tenía que gastar su tiempo dándole valor, cuando él mismo estaba agotado.

“No os agitéis, ésas no son cosas que importen fundamentalmente para la vida... yo no dejaré que os falte nada mientras yo mismo tenga algo... mientras que yo exista no os faltará nada, aunque os quiten todo lo que tenéis en el mundo... Prefiero ser pobre y saber que estáis vivo, a tener todo el oro del mundo y saber que estáis muerto... Si no podéis como otros tener los honores de este mundo, que os baste tener vuestro pan, y vivir como Cristo, bueno y pobre, como yo lo hago aquí; porque yo soy un miserable y no me atormento por la vida ni por el honor, es decir, por el mundo; y vivo entre grandes penas y con una desconfianza infinita. Desde hace quince años no tengo una hora buena; he hecho todo lo posible por sosteneros y nunca lo habéis reconocido ni creído. ¡Que Dios nos perdone a todos! ¡Estoy dispuesto en lo futuro y mientras viva a obrar siempre de la misma manera, con sólo que lo pueda hacer!”[205].

Sus tres hermanos lo explotaban. Esperaban de él dinero y posición; agotaban sin escrúpulo el pequeño capital reunido por Miguel Ángel en Florencia; iban a hospedarse en su casa, en Roma; hacían que se les comprara, Buonarroto y Giovan Simone un pequeño comercio, y Gismondo algunas tierras cerca de Florencia. Y no agradecían nada, como si todo se lo merecieran. Miguel Ángel sabía que lo explotaban, pero era demasiado orgulloso para impedirlo. Los pícaros no se limitaban a esto, pues observaban mala conducta y maltrataban a su padre cuando Miguel Ángel estaba ausente. Entonces Miguel Ángel estallaba con amenazas furiosas; corregía a sus hermanos como si fueran pilluelos viciosos, a latigazos; los hubiera matado en caso necesario.

“Giovan Simone:[206]

“Se dice que quien hace bien al bueno, lo hace mejor, pero que los beneficios vuelven más malvado al malvado. Hace mucho que trato, con buenas palabras y con buenas maneras, de conducirte a una vida honrada, en paz con tu padre y con nosotros, y cada día eres peor... Podría hablarte muy largo, pero sólo serían palabras. Para terminar, sabe con certidumbre que no posees nada en el mundo, porque yo soy quien te da el sustento para vivir, por amor de Dios, porque creía que eras mi hermano como los otros; pero ahora estoy seguro de que no eres mi hermano, porque si lo fueras, no habrías amenazado a mi padre. Eres más bien una bestia, y te trataré como a una bestia. Debes saber que quien ve a su padre amenazado, debe exponer la vida por él... ¡Basta! Te digo que no posees nada en el mundo, y si oigo algo de ti, iré a enseñarte a dilapidar tu fortuna y a quemar la casa y los bienes que tú no has ganado. No estás donde tú crees. Si voy a tu lado, te mostraré algunas cosas que te harán llorar lágrimas ardientes y conocer en qué fundas tu arrogancia... Si quieres dedicarte a obrar bien, a honrar y venerar a tu padre, te ayudaré como a los otros y dentro de poco te procuraré una tienda. Pero si no lo haces así, iré y arreglaré tus asuntos de tal manera que conozcas quién eres y que sepas exactamente lo que tienes en el mundo... ¡Nada más! Donde me faltan palabras, las suplo con hechos”.

Michelagniolo, en Roma.

“Dos líneas más. Desde hace doce años arrastro una vida miserable por toda Italia, soporto todas las vergüenzas, sufro todas las penas, desgarro mi cuerpo con todas las fatigas, expongo mi vida a mil peligros, únicamente por ayudar a mi casa; y ahora que he comenzado a levantarla un poco, ¡te diviertes destruyendo en una hora lo que yo he edificado con tanto trabajo y en tantos años! ¡Cuerpo de Cristo! ¡Eso no será! Porque yo soy capaz de hacer pedazos a diez mil como tú, si es necesario. Por eso debes ser prudente, y no impulsar hasta el extremo a quien tiene pasiones muy distintas de las tuyas”[207].

Después le toca el turno a Gismondo:

“Vivo aquí en la miseria y con grandes fatigas corporales. No tengo amigo de ningún género, ni lo quiero. Hace muy poco tiempo que tengo recursos para comer a mi gusto. Dejad de causarme tormentos, porque ya no podría soportar ni una onza”[208].

Finalmente, el tercer hermano, Buonarroto, empleado en la casa de comercio de los Strozzi, después de todos los préstamos de dinero que le hizo Miguel Ángel, lo molesta desvergonzadamente y se vanagloria de haber gastado por él más de lo que ha recibido.

“Yo querría, le escribe Miguel Ángel, saber por tu ingratitud, de dónde tienes tú dinero; querría saber si tienes en cuenta los 228 ducados míos que tomaste en el banco de Santa María la Nueva, y de otros muchos centenares de ducados que he enviado a la casa, y de las penas y preocupaciones que he tenido para sosteneros. Yo querría saber si tienes en cuenta todo esto. Si tuvieras bastante inteligencia para reconocer la verdad, no dirías: He gastado tanto de lo mío, y no te habrías vuelto contra mí para atormentarme con tus asuntos, sin acordarte de toda mi conducta pasada para vosotros. Te habrías dicho: ‘Miguel Ángel sabe lo que nos ha escrito; si no lo hace ahora, es porque se lo impide algo que no sabemos: seamos pacientes’. Cuando un caballo corre todo lo que puede, no es bueno espolearlo, para que corra más de lo que puede. Pero ustedes nunca me han conocido ni me conocen. ¡Qué Dios los perdone! Él es quien me ha concedido la gracia de bastarme para todo lo que he hecho en ayuda de ustedes. Pero ustedes no lo reconocerán sino hasta que ya no me tengan”[209].

Tal era la atmósfera de ingratitud y de envidia en la cual se debatía Miguel Ángel, entre una familia indigna que lo hostigaba y enemigos encarnizados que lo espiaban, contando con su fracaso. Y él ejecutaba entre tanto la obra heroica de la Sixtina, mediante esfuerzos desesperados. Poco faltó para que abandonara todo y huyera de nuevo. Creía que iba a morir[210]. Tal vez lo haya deseado.

El Papa se irritaba con sus lentitudes y su obstinación para ocultar la obra. Sus caracteres orgullosos entrechocaban como nubes de tempestad. “Un día, dice Condivi, Julio II le preguntó cuándo terminaba la Capilla, y Miguel Ángel contestó, según su costumbre: ‘Cuando pueda’. Julio II, furioso, le dió un golpe con su bastón repitiendo: ‘¡Cuando pueda! ¡Cuando pueda!’ Miguel Ángel corrió a su casa e hizo sus preparativos para salir de Roma. Pero Julio II le despachó un enviado que le llevaba 500 ducados, lo apaciguó lo mejor que pudo y disculpó al Papa. Miguel Ángel aceptó las excusas. Pero al día siguiente volvían a empezar. El Papa llegó a decirle un día, coléricamente: ‘¿Quieres que mande tirar tus andamios?’ Miguel Ángel tuvo que ceder, quitó el andamiaje y descubrió la obra el día de Todos los Santos de 1512”.

Esta festividad brillante, y al mismo tiempo sombría, por los reflejos que recibe del Día de Muertos, era bien apropiada para la inauguración de esta obra terrible, llena del Espíritu del Dios que crea y que mata—Dios devorador, por donde se precipita toda la fuerza de vivir, como un huracán[211].