EPÍLOGO
LA MUERTE
...Et l’osteria
È morte[490]...
La muerte, tan deseada y tan lenta para llegar, c’a miseri la morte è pigra e tardi...[491] llegó al fin.
A pesar de su constitución que mantuvo con el rigor monástico de su vida, no lo habían perdonado las enfermedades. Jamás sanó enteramente de las fiebres perniciosas de 1544 y 1546; el mal de piedra[492], la gota[493], y sufrimientos de toda clase, acabaron de arruinarlo. En una poesía tristemente burlesca, de sus últimos años, pinta su cuerpo miserable roído por las enfermedades:
“Vivo solo y miserable encerrado como la médula dentro de la corteza del árbol... Mi voz es como una avispa en un saco de piel y de huesos. Mis dientes parecen las teclas de un instrumento de música. Mi cara parece un espantajo... Mis oídos no dejan de zumbar; en una oreja una araña teje su tela y en la otra un grillo canta toda la noche... Mi catarro anhelante no me deja dormir. El arte que me dió la gloria me ha conducido a este fin. ...Soy un pobre viejo próximo a deshacerse si la muerte no llega pronto... Las fatigas me han descuartizado, desgarrado y roto, y la hostería que me espera es la muerte”[494].
“Mi querido messer Giorgio, escribía a Vasari en junio de 1555, conoceréis por mi escritura que he llegado a la hora vigésimacuarta...”[495].
Vasari, que fué a verlo en la primavera de 1560, lo encontró muy debilitado. Apenas salía, casi no dormía y todo hacía presumir que no viviría por más tiempo. Al hacerse más débil se hacía más tierno y lloraba fácilmente.
“He ido a ver a Miguel Ángel. No esperaba mi visita y se ha emocionado tanto como un padre que vuelve a ver a su hijo perdido. Me ha echado sus brazos alrededor del cuello y me ha besado mil veces, llorando dulcemente”. (Lacrymando per dolcezza)[496].
No había perdido nada sin embargo de su lucidez de espíritu y de su energía. En esta misma visita que cuenta Vasari, habló largamente con él de diversos asuntos artísticos; le dió consejos para sus trabajos y lo acompañó a caballo a San Pedro[497].
En el mes de agosto de 1561, tuvo un ataque. Había trabajado tres horas seguidas con los pies desnudos, cuando sintió súbitos dolores y cayó con convulsiones. Su servidor Antonio lo encontró sin conocimiento. Cavalieri, Bandini y Calcagni, acudieron. Cuando llegaron, Miguel Ángel había vuelto en sí. Algunos días después volvió a salir a caballo y a trabajar en los dibujos de la porta Pia[498].
El intratable anciano no admitía bajo ningún pretexto que se ocuparan de él. Era un tormento continuo para sus amigos saber que estaba solo, con peligro de un nuevo ataque, con criados negligentes y poco escrupulosos.
El heredero Lionardo había recibido antes tan ásperas demostraciones, cuando había querido ir a Roma por enterarse de la salud de su tío, que no se atrevía a presentarse. En julio de 1563, le mandó preguntar por conducto de Daniel de Volterra si le sería agradable verlo; y para prevenir las sospechas que su viaje hubiera podido inspirar al espíritu desconfiado de Miguel Ángel, le mandó agregar que sus negocios iban bien, que era rico y que no tenía necesidad de nada. El malicioso viejo le mandó responder que puesto que era así, él se complacía y daría a los pobres sus escasos bienes.
Un mes más tarde, Lionardo, poco satisfecho por la respuesta, volvió a la carga y le mandó expresar las inquietudes que sentía respecto a su salud y a las personas que lo rodeaban. Entonces Miguel Ángel le contestó con una carta furibunda, que demuestra la sorprendente vitalidad de este hombre a los ochenta y ocho años, seis meses antes de su muerte:
“Veo por tu carta que concedes crédito a ciertos pillos envidiosos, que porque no pueden robarme ni hacer de mí lo que quieren, escriben un montón de mentiras. Todos ellos son unos bellacos, y tú eres tan tonto que los crees, en lo que se refiere a mis negocios, como si yo fuera un niño. Mándalos a pasear; son gentes que no dan más que disgustos, que sólo son envidiosos y que viven como truhanes.
“Me escribes que sufro por la servidumbre, y yo te digo que en lo que concierne al servicio no podría estar servido más fielmente ni mejor tratado en todos sentidos. En cuanto a los temores de robo que indicas, te digo que las gentes que están en mi casa son tales que me permiten vivir en paz y tener confianza en ellos. Así pues, piensa en ti mismo y no pienses en mis asuntos; porque yo sé defenderme en caso de necesidad; no soy un niño. Deseo que estés bien”[499].
Lionardo no era el único que se inquietaba por la herencia. Toda Italia era la heredera de Miguel Ángel, sobre todo el duque de Toscana y el Papa, a quienes importaba no perder los dibujos y los planos relativos a la construcción de San Lorenzo y de San Pedro. En junio de 1563, por instigación de Vasari, el duque Cosme encargó a su Embajador Averardo Serristori, gestionara secretamente con el Papa que en vista del debilitamiento físico de Miguel Ángel se ejerciera una vigilancia atenta sobre sus criados y sobre todos los que frecuentaban su casa. En caso de muerte súbita se debía formar inmediatamente inventario de todos sus bienes: dibujos, cartones, papeles, dinero, y vigilar para que nada se perdiera en el primer desorden. A este efecto se tomaron precauciones. Es inútil decir que se procuró cuidadosamente que Miguel Ángel no supiera nada[500]. Estas precauciones no fueron inútiles. La hora había llegado.
La última carta de Miguel Ángel es del 28 de diciembre de 1563. Desde hacía un año no escribía él mismo, sino que dictaba y firmaba; Daniel de Volterra llevaba la correspondencia.
No dejaba de trabajar. El 12 de febrero de 1564 pasó todo el día de pie trabajando en la Pietà[501]. El 14 tuvo fiebre. Tiberio Calcagni fué avisado, acudió, y no lo encontró en su casa. A pesar de la lluvia había salido a pasearse a pie en la Campagna. Cuando volvió, Calcagni le dijo que aquello no era razonable, que no debió haber salido con semejante tiempo.
“¡Qué quieres!, respondió Miguel Ángel, estoy enfermo y no puedo encontrar reposo en ninguna parte”.
Su palabra incierta, sus miradas y el color de su rostro, inquietaron mucho a Calcagni. “El fin no vendrá inmediatamente, escribió desde luego a Lionardo; pero temo que no esté muy lejano”[502]. El mismo día, Miguel Ángel mandó suplicar a Daniel de Volterra que fuera a su casa y se quedara cerca de él. Daniel mandó al médico Federigo Donati; y el 15 de febrero escribió a Lionardo, a petición de Miguel Ángel, que podía ir a verlo, “pero tomando todas las precauciones porque los caminos estaban muy malos”[503].
Y agrega: “acabo de dejarlo un poco después de las ocho en plena posesión de sus facultades y con el espíritu tranquilo, pero agotado por un sopor tenaz. Se sentía tan incómodo, que esta tarde entre tres y cuatro, trató de salir a caballo como tenía costumbre de hacerlo cuando hacía buen tiempo. El tiempo frío y la debilidad de su cabeza y de sus piernas se lo impidieron. Tuvo que regresar y prefirió sentarse en un sillón cerca de la chimenea en vez de acostarse en su cama”.
Junto a él estaba el fiel Cavalieri.
Sólo consintió en quedarse en el lecho hasta la antevíspera de su muerte. Dictó su testamento, en plena conciencia, en medio de sus amigos y sus servidores.
Ofreció “su alma a Dios y su cuerpo a la tierra”. Pidió volver a su querida Florencia aunque fuera muerto.
Y después pasó
da l’orribil procella in dolce calma,
“de la horrible tempestad a la dulce calma”[504].
Fué un viernes de febrero como a las cinco de la tarde[505]. El día terminaba... “último día de su vida y el primero en el reino de la paz”[506].
Al fin descansaba. Había alcanzado el objeto de sus deseos, había salido del tiempo.
Beata l’alma, ove non corre tempo![507].