El Estudiante se puso las enaguas de la posadera y se ató un pañuelo en la cabeza, Bautista se caló un sombrero de copa que alguno encontró, no se sabe dónde, y cantaron ambos el dúo ingenuo de Vilinch, y la algazara fué tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque el Cura gritó desde arriba que no le dejaban dormir en paz.
Cada cual fué a acostarse donde pudo, y Martín le dijo a Bautista en francés:
—Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasión.
Bautista movió la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se olvidaba.
CAPÍTULO IV
HISTORIA CASI INVEROSÍMIL DE JOSHÉ CRACASCH
Los dos días siguientes estuvo lloviendo y se pasó la partida en la venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacaín ni Bautista vieron al cura. Sin duda éste no se presentaba más que en las circunstancias graves.
Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras.
Había en la partida un muchacho de Tolosa, muy melancólico, cuyas únicas ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acordeón. Este muchacho se llamaba José Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decían José Cracasch o sea en castellano José Manchas.
Martín y Bautista le preguntaron varias veces qué le pasaba para estar tan triste, si es que le dolían las muelas, si tenía las digestiones lentas, disgustos de familia o algún desorden en la vejiga; a todas estas preguntas contestaba Cacochipi, alias Cracasch, diciendo que no le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas calamidades al mismo tiempo.
Como el tal Cacochipi constituía un misterio, Martín preguntó a Dantchari, el Estudiante, si por ser tolosano sabía la historia de su conterráneo y amigo, y el exseminarista dijo:
—Si no le decís nada, os contaré la historia de Joshé, pero habéis de prometerme no burlaros de él.
—No nos burlaremos de él ni le diremos nada.
Dantchari hablaba en castellano con esa pedantería clásica de los curas y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de cuando en cuando alguna palabra en latín entre personas que ignoran en absoluto este idioma.
—Pues habéis de saber—dijo Dantchari—que José Cacochipi, el hijo menor de André Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, urbi et orbe por el apodo de Joshé Cracasch.
Este apodo lo tenía muy merecido porque Joshé era hace años, y aun hace meses, el mozo más abandonado de la ciudad y de los contornos; así que todo el pueblo, némine discrepante, lo apodaba Cracasch.
Joshé no ha tenido hasta hace poco más pasión que la música.
Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle in sacris, pero fué imposible.
Se puede decir de él que es músico per se y hombre per accidens.
Durante muchos años se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo ejercicios y, como no ha tenido alma más que para la música, en todo lo demás ha sido un descuidado horrible.
Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad.
Por eso se le llamaba Joshé Cracasch, y a él no sólo no le ofendía el apodo, sino que le hacía gracia; en cambio su madre, André Anthoni, se ponía como una fiera cuando oía que a su hijo le daban este mote.
Hará un año próximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que dicen que ha sido pirata… yo no lo sé, relata refero, llegó al pueblo. Como digo, este señor le preguntó al párroco:
—¿Qué profesor de música le podría yo poner a mi chico?
—El mejor, José Cacochipi—contestó el cura.
Le hablaron a Cracasch y éste se encogió de hombros y dijo que bueno. Su madre le preparó ropa limpia y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía y que fuera prudente, pues la colocación podía ser un modus vivendi para él. Cracasch prometió ser prudentísimo.
Llegó el primer día a casa de Arizmendi y preguntó por el amo.
Salió a abrirle una muchacha, y poco después se presentó un señor. La muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador.
—¿Para qué?—replicó Joshé—y luego, dirigiéndose al señor, le preguntó:—¿Es la criada, eh?
—No, esta señorita es mi hija—contestó fríamente el señor Arizmendi.
Cracasch comprendió que había dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo:
—Es muy guapa. ¡Ya se parece a usted, ya!
—No. Si es hijastra mía—contestó el señor Arizmendi.
—Ja, ja… ¡qué risa!… Ya tendrá novio, eh.
Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
El señor Arizmendi le dijo que no hiciera más preguntas impertinentes, que ya sabía que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse.
Joshé, muy extrañado con tal exabrupto, fué al cuarto del chico, donde dió su primera lección de solfeo. Aquellas palabras duras del señor Arizmendi, más que ofender le extrañaron. Joshé no tenía ninguna malicia, toda su vida la había pasado pensando en la música, y de otras cosas nada sabía.
A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano: Omissis curis, jucunde vivendum esse; lo cual quiere decir que se debe vivir alegremente y sin cuidados.
Lo primero que se le ocurrió a Cracasch, un día que se le figuró que ya tenía confianza con la familia de Arizmendi, fué, a los postres, imitar el ruido del tren; luego intentó cantar una canción que en la taberna tenía mucho éxito. En esta canción se hace como si se tocara la flauta y el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda uno mientras canta. Joshé creía que, cuando él se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia rompería a reir a carcajadas, pero fué todo lo contrario, porque el señor Arizmendi, mirándole con ojos terribles, le dijo:
—Bueno, Cacochipi: póngase usted el chaleco y no vuelva usted a quitárselo delante de nosotros.
Joshé se quedó frío, y no precisamente por la falta del chaleco.
—A esta gente no les hace gracia nada—murmuró.
Un día, apareció a dar la lección con la cara pintada con varios lunares y no hizo efecto; otro, ayudado por su discípulo, ató los cubiertos a la mesa… y nada.
—¿Qué tal, Cracasch?—le preguntaba alguno en la calle—. ¿Cómo va la familia de Arizmendi?
—¡Ah! Es una gente que nada le gusta.—contestaba él—. Se hacen cosas bonitas para divertirles… y nada.
El día de Carnaval, Joshé Cracasch tuvo una idea de las suyas y fué convencer a su discípulo para que sacara los trajes de su madre y de una hermana. Se disfrazarían los dos y darían a la familia Arizmendi una broma graciosísima.
—Ahora sí que se van a reir—decía Cacochipi en su interior.
El chico no se anduvo en retóricas y el domingo de Carnaval tomó los mejores trajes que encontró y fué con ellos a la confitería. Maestro y discípulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas escobas, fueron a la puerta de la iglesia.
Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su discípulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de golpes; Joshé recordó a Arizmendi que tenía dentadura postiza, a su mujer que se ponía añadidos y a la hija mayor el novio con quien había reñido, y después de otra porción de cosas igualmente oportunas se marcharon las dos máscaras dando brincos.
Al día siguiente, cuando se presentó en casa de Arizmendi, pensó
Cracasch:
—Nada, van a felicitarme por la broma de ayer.
Entró y le pareció que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le acercó Arizmendi y con voz más que severa, iracunda, en un terrible ab irato, le dijo:
—No vuelva usted a poner los pies en mi casa. ¡Imbécil! Si no fuera usted un idiota, le echaría a puntapiés.
—Pero ¿por qué?—preguntó José.
—¿Y lo pregunta usted todavía, majadero? Cuando no se sabe portarse como una persona, no se debe alternar con los demás. Yo creía que era usted un estúpido, pero no tanto.
Cacochipi, por primera vez en su vida, se sintió ofendido. Se encerró en su casa y empezó a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi y en la voz suave y la eloquendi suavitatem con que le saludaba por las mañanas cuando le decía:
—Buenos días, Joshé.
Cacochipi se convenció de que, como le había dicho Arizmendi, era un estúpido y de que además estaba enamorado. Estos dos convencimientos le impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch.
—Oye, Cracasch—le decía alguno en la calle.
—¡Hombre! Creo que me has llamado Cracasch—decía él.
—Sí, ¿y qué?
—Que no quiero que me vuelvas a llamar así.
—Pero hombre, Cracasch…
—Toma—y Joshé empezaba a puñetazos y a golpes.
En poco tiempo Joshé borró su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi había notado la transformación de Joshé y sabía la parte que en este cambio le correspondía a ella. Joshé veía que la muchacha le miraba con buenos ojos; pero era tan tímido que nunca se hubiera atrevido a decirle nada.
Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al primer capítulo, cuando el hijo de un boticario se encargó de darles una solución.
Quería burlarse de Joshé y escribió una carta de amor grotesca a la hija de Arizmendi, firmando Joshé Cracasch.
La chica le envió la carta a Joshé diciéndole que se querían burlar de él, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que hablarían.
Joshé fué y vió a la muchacha y le dió las buenas tardes y no se le ocurrió más; ella le preguntó si su madre, André Anthoni, estaba buena, él la contestó que sí y entonces ella le dijo:
—Hasta mañana, Joshé.
—Adiós.
Cacochipi quedó como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salió de Tolosa y tomó el camino de Anoeta y pasó Anoeta y luego Irura y cruzó Villabona y fué andando, andando, hasta que se topó con la partida del Cura, que iba a conquistar, viribus et armís, la gloria. Uno de la partida le dió el alto y le hizo descender de las sublimidades amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentándole el sencillo dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.
José Cacochipi, por muy aficionado que sea a la música, no ha querido que solfeen sobre él y ya hace un mes que está en la partida.
Tal era la historia de Joshé Cracasch, que contó Dantchari, el
Estudiante, con algunos latinajos más de los que pone el autor.
CAPÍTULO V
CÓMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN
Al tercer día de estar en la venta, la inacción era grande, y entre el Jabonero y Luschía acordaron detener aquella mañana la diligencia que iba desde San Sebastián a Tolosa.
Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los más lejanos irían, avisando cuando apareciera la diligencia y replegándose junto a la venta.
Martín y Bautista se quedaron con el Cura y el Jabonero, porque el cabecilla y su teniente no tenían bastante confianza en ellos.
A eso de las once de la mañana, avisaron la llegada del coche. Los hombres que espiaban el paso fueron acercándose a la venta, ocultándose por los lados del camino.
El coche iba casi lleno. El Cura, el Jabonero y los siete u ocho hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.
Al acercarse el coche, el Cura levantó su garrote y gritó:
—¡Alto!
Anchusa y Luschía se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche se detuvo.
—¡Arrayua! ¡El Cura!—exclamó el cochero en voz alta—. Nos hemos fastidiado.
—Abajo todo el mundo—mandó el Cura.
Egozcue abrió la portezuela de la diligencia. Se oyó en el interior un coro de exclamaciones y de gritos.
—Vaya. Bajen ustedes y no alboroten—dijo Egozcue con finura.
Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre rubio, al parecer extranjero, y después saltó una muchacha morena, que ayudó a bajar a una señora gruesa, de pelo blanco.
—Pero Dios mío, ¿adónde nos llevan?—exclamó ésta.
Nadie le contestó.
—¡Anchusa! ¡Luschía! Desenganchad los caballos—gritó el Cura—. Ahora, todos a la posada.
Anchusa y Luschía llevaron los caballos y no quedaron con el cura más que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacaín y Joshé Cracasch.
—Acompañad a éstos—dijo el cabecilla a dos de sus hombres, señalando a los campesinos y al cura.
—Vosotros—é indicó a Bautista, Zalacaín, Joshé Cracasch y otros dos hombres armados—id con la señora, la señorita y este viajero.
La señora gruesa lloraba afligida.
—Pero, ¿nos van a fusilar?—preguntó gimiendo.
—¡Vamos! ¡Vamos!—dijo uno de los hombres armados, brutalmente.
La señora se arrodilló en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.
La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos. Sin duda, sabía los procedimientos usados por el cura con las mujeres.
A algunas solía desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.
—Ande usted, señora—dijo Martín—, que no les pasará nada.
—Pero, ¿adónde?—preguntó ella.
—A la posada, que está aquí cerca.
La joven nada dijo, pero lanzó a Martín una mirada de odio y de desprecio.
Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.
—Atención, Bautista—dijo Martín en francés—, tú al uno, yo al otro.
Cuando no nos vean.
El extranjero, extrañado, en el mismo idioma preguntó:
—¿Qué van ustedes a hacer?
—Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayúdenos usted.
Los dos hombres armados, al oir que se entendían en una lengua que ellos no comprendían, entraron en sospechas.
—¿Qué habláis?—dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.
No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martín le dió un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshé Cracasch estaba como en babia.
Las dos mujeres, viéndose libres, echaron a correr por la carretera, en dirección a Hernani. Cracasch las siguió. Éste llevaba una mala escopeta, que podía servir en último caso. El extranjero y Martín tenían cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos. A uno le habían podido quitar la cartuchera, al otro fué imposible. Éste volaba corriendo a dar parte a los de la partida.
El extranjero, Martín y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshé Cracasch.
La ventaja que tenían era grande, pero las mujeres corrían poco; en cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaría junto a ellos.
—¡Vamos! ¡Animo!—decía Martín—. En una hora llegamos.
—No puedo—gemía la señora—. No puedo andar más.
—¡Bautista!—exclamó Martín—. Corre a Hernani, busca gente y tráela.
Nosotros nos defenderemos aquí un momento.
—Iré yo—dijo Joshé Cracasch.
—Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.
Tiró el músico el fusil y la cartuchera y echó a correr, como alma que lleva el diablo.
—No me fío de ese músico simple—murmuró Martín—. Vete tú, Bautista.
La lástima es que quede un arma inútil.
—Yo dispararé—dijo la muchacha.
Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban acercando.
Silbaban las balas. Se veía una nubecilla blanca y pasaba al mismo tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El extranjero, la señorita y Martín se guarecieron cada uno detrás de un árbol y se repartieron los cartuchos. La señora vieja, sollozando, se tiró en la hierba, por consejo de Martín.
—¿Es usted buen tirador?—preguntó Zalacaín al extranjero.
—¿Yo? Sí. Bastante regular.
—¿Y usted, señorita?
—También he tirado algunas veces.
Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban guarecidos Martín, la señorita y el extranjero. Uno de ellos era Luschía.
—A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida—dijo el extranjero.
Efectivamente, disparó y uno de los hombres cayó al suelo dando gritos.
—Buena puntería—dijo Martín.
—No es mala—contestó fríamente el extranjero.
Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschía, dispararon al árbol de dónde había salido el tiro. Creían, sin duda, que allí estaban refugiados Martín y Bautista y se fueron acercando al árbol. Entonces disparó Martín é hirió a uno en una mano.
Quedaban solo tres hábiles, y, retrocediendo y arrimándose a los árboles, siguieron haciendo disparos.
—¿Habrá descansado algo su madre?—preguntó Martín a la señorita.
—Sí.
—Que siga huyendo. Vaya usted también.
—No, no.
—No hay que perder tiempo—gritó Martín, dando una patada en el suelo—. Ella sola o con usted. ¡Hala! En seguida.
La señorita dejó el fusil a Martín y, en unión de su madre, comenzó a marchar por la carretera.
El extranjero y Martín esperaron, luego fueron retrocediendo sin disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la señora y su hija. La carrera terminó a la media hora, al oir que las balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.
Allí no había árboles donde guarecerse, pero sí unos montes de piedra machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendió Martín y en el otro el extranjero. La señora y su hija se echaron en el suelo.
Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno quería acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos entre dos fuegos.
Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre manzanos.
Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver apurados—exclamó Martín.
La señora, al oirle, lanzó nuevos gemidos y comenzó a lamentarse, con grandes sollozos, de haber escapado.
El extranjero sacó un reloj y murmuró:
—Tenía tiempo. No habrá encontrado nadie.
—Eso debe ser—dijo Martín.
—Veremos si aquí podemos resistir algo—repuso el extranjero.
—¡Hermoso día!—murmuró Martín.
La verdad es que un día tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen a uno un tiro.
—Por si acaso, habrá que evitarlo en lo posible.
Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.
—¡Rendíos!—dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.
—Venid a cogernos—gritó Martín, y vió que uno le apuntaba en el monte, desde cerca de un árbol; él apuntó a su vez, y los dos tiros sonaron casi simultáneamente. Al poco tiempo, el hombre volvió a aparecer más cerca, escondido entre unos helechos, y disparó sobre Martín.
Éste sintió un golpe en el muslo y comprendió que estaba herido. Se llevó la mano al sitio de la herida y notó una cosa tibia. Era sangre. Con la mano ensangrentada cogió el fusil y, apoyándose en las piedras, apuntó y disparó. Luego sintió que se le iban las fuerzas, al perder la sangre, y cayó desmayado.
El extranjero aguardó un momento, pero, en aquel instante, una compañía de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos, y la gente del Cura se retiraba.
CAPÍTULO VI
CÓMO CUIDÓ LA SEÑORITA DE BRIONES A MARTÍN ZALACAÍN
Cuando de nuevo pudo darse Martín Zalacaín cuenta de que vivía, se encontró en la cama, entre cortinas tupidas.
Hizo un esfuerzo para moverse y se sintió muy débil y con un ligero dolor en el muslo.
Recordó vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber dónde estaba.
—¡Eh!—gritó con voz apagada.
Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareció entre ellas.
—Por fin. ¡Ya sé ha despertado usted!
—Sí. ¿Dónde me han traído?
—Luego le contaré a usted todo—dijo la muchacha morena.
—¿Estoy prisionero?
—No, no; está usted aquí en seguridad.
—¿En qué pueblo?
—En Hernani.
—Ah, vamos. ¿No me podrían abrir esas cortinas?
—No, por ahora no. Dentro de un momento vendrá el médico y, si le encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar. Con que ahora siga usted durmiendo.
Martín sentía la cabeza débil y no le costó mucho trabajo seguir el consejo de la muchacha.
Al mediodía llegó el médico, que reconoció a Martín la herida, le tomó el pulso y dijo:
—Ya pueda empezar a comer.
—¿Y le dejaremos hablar, doctor?—preguntó la muchacha.
—Sí.
Se fué el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrió las cortinas y Martín se encontró en una habitación grande, algo baja de techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos instantes después, apareció Bautista en el cuarto, de puntillas.
—Hola, Bautista—dijo Martín burlonamente—. ¿Qué te ha parecido nuestra primera aventura de guerra? ¿Eh?
—¡Hombre! A mí, bien—contestó el cuñado—. A ti quizá no te haya parecido tan bien.
—¡Pse! Ya hemos salido de esta.
La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su madre.
Esta señorita le contó a Martín cómo le llevaron hasta Hernani y le extrajeron la bala.
—Y yo no me he dado cuenta de todo esto—dijo Martín—. ¿Cuánto tiempo llevo en la cama?
—Cuatro días ha estado usted con una fiebre altísima.
—¿Cuatro días?
—Sí.
—Por eso estoy rendido. ¿Y su madre de usted?
—También ha estado enferma, pero ya se levanta.
—Me alegro mucho. ¿Sabe usted? Es raro—dijo Martín—no me parece usted la misma que vino en la carretera con nosotros.
—¡No?
—No.
—¿Y por qué?
—Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, así como dura…
—¿Y ahora no?
—Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.
La muchacha se ruborizó sonriendo.
—La verdad es—dijo Bautista—que has tenido suerte. Esta señorita te ha cuidado como a un rey.
—¡Qué menos podía hacer por uno de nuestros salvadores!—exclamó ella ocultando su confusión—. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer día es demasiado.
—Una pregunta sólo—dijo Martín.
—Veamos la pregunta—contestó ella.
—Quisiera saber cómo se llama usted.
—Rosa Briones.
—Muchas gracias, señorita Rosa—murmuró.
—¡Oh! no me llame usted señorita. Llámeme usted Rosa o Rosita, como me dicen en casa.
—Es que yo no soy caballero—repuso Martín.
—¡Pues si usted no es caballero, quién lo será!—dijo ella.
Martín se sintió halagado y, como Rosa le indicó que callara, llevándose el dedo a los labios, cerró los ojos…
La convalecencia de Martín fué muy rápida, tanto, que a él le pareció que se curaba demasiado pronto.
Bautista, al ver a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo irónicamente, se fué a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios.
Martín pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.
Rosita Briones y su madre doña Pepita le mimaban y le halagaban.
De conocerlo, Martín hubiera podido recitar, refiriéndose a él mismo, el romance antiguo de Lanzarote:
Nunca fuera caballero
De damas tan bien servido
Como fuera Lanzarote
Cuando de su aldea vino.
Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martín. Era de Logroño, donde vivía con su madre. Doña Pepita era la causante de la desdichada aventura. A ella se le ocurrió ir a Villabona, para ver a su hijo, que le habían dicho que se encontraba herido en este pueblo. Afortunadamente, la noticia era falsa.
Doña Pepita, la madre de Rosita, era una señora romántica, con unas ideas absurdas. Adoraba a su hijo, vivía temblando de que le pasara algo, pero, a pesar de todo, había querido que fuera militar. Al decidir la aventura que terminó con la detención de la diligencia y al oir las observaciones de su hija al malhadado proyecto, había contestado:
—Los carlistas son españoles y caballeros y no pueden hacer daño a unas señoras.
A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser emplumadas o apaleadas por la gente del Cura.
Martín llegó a convencerse de que la buena señora tenía una imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo veía todo a su gusto y se convencía de que los hechos era como se los había pintado su fantasía. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un tornillo, no podía decirse lo mismo de su hija. Ésta era lista y avispada como pocas; tenía un juicio rápido, seguro y claro.
Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le leyó novelas de Dumas y poesías de Bécquer. Martín nunca había oído versos y le hicieron un efecto admirable, pero lo que más le sorprendió fué la discreción de los comentarios de Rosita. No se le escapaba nada.
Pronto Martín pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un día que contaba su vida y sus aventuras, Rosita le preguntó de pronto:
—¿Y Catalina quién es? ¿Es su novia de usted?
—Sí. ¿Cómo lo sabe usted?
—Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio.
—¡Ah!
—¿Y es guapa?
—¿Quién?
—Su novia.
—Sí, creo que sí.
—¿Cómo? ¿Cree usted nada más?
—Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que casi no sé cómo es.
—¿Pero no está usted enamorado de ella?
—No sé, la verdad.
—¡Qué cosa más rara! ¿Que tipo tiene?
—Es así… algo rubia…
—¿Y tiene hermosos ojos?
—No tanto como usted—dijo Martín.
A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvió a Martín en una de sus miradas enigmáticas.
Una tarde se presentó en Hernani el hermano de Rosita.
Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.
Doña Pepita le puso a Zalacaín delante de su hijo como un salvador, como un héroe.
Al día siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastián, para marcharse desde allí a Logroño.
Les acompañó Martín y su despedida fué muy afectuosa. Doña Pepita le abrazó y Rosita le estrechó la mano varias veces y le dijo imperiosamente:
—Vaya usted a vernos.
—Sí, ya iré.
—Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometían mucho. Al marcharse madre é hija, Martín pareció despertar de un sueño; se acordó de sus negocios, de su vida, y sin pérdida de tiempo se fué a Francia.
CAPÍTULO VII
CÓMO MARTÍN ZALACAÍN BUSCÓ NUEVAS AVENTURAS
Una noche de invierno llovía en las calles de San Juan de Luz; algún mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las tabernas salían voces y sonido de acordeones.
En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en cuando, uno de ellos abría la puerta de la taberna, avanzaba en el muelle silencioso, miraba al mar y al volver decía:
—Nada, la Fleche no viene aún.
El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros, y se oía el ruido de las olas azotando la pared del muelle.
En la taberna, Martín, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que seguía como una enfermedad crónica sin resolverse.
—La guerra acaba—dijo Martín.
—¿Tú crees?—preguntó el viejo Ospitalech.
—Sí, esto marcha mal, y yo me alegro—dijo Capistun.
—No, todavía hay esperanza—repuso Ospitalech.
—El bombardeo de Irún ha sido un fracaso completo para los carlistas—dijo Martín—. ¡Y qué esperanzas tenían todos estos legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana habían dado vacaciones a los niños para que fuesen a la frontera a ver el espectáculo. ¡Canallas! Y ahí vimos a ese arrogante don Carlos, con sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego que escaparse corriendo hacia Vera.
—Si la guerra se pierde, nos arruinamos—murmuró Ospitalech.
Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su país; Bautista, con las ganancias del contrabando, había extendido sus tierras. De los tres, Zalacaín no estaba contento. Si no le hubiese retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a América.
Llevaba ya más de un año sin saber nada de su novia; en Urbia se ignoraba su paradero, se decía que doña Águeda había muerto, pero no se hallaba confirmada la noticia.
De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos, Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin hablarse. Afuera llovía y venteaba.
—¿Alguno de vosotros se encargaría de un negocio difícil, en que hay que exponer la pelleja?—preguntó de pronto Ospitalech.
—Yo no—dijo Capistun.
—Ni yo—contestó distraídamente Bautista.
—¿De qué se trata?—preguntó Martín.
—Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y conseguir que varios generales y, además, el mismo don Carlos, firmen unas letras.
—¡Demonio! No es fácil la cosa—exclamó Zalacaín.
—Ya lo sé que no; pero se pagaría bien.
—¿Cuánto?
—El patrón ha dicho que daría el veinte por ciento, si le trajeran las letras firmadas.
—¿Y a cuánto asciende el valor de las letras?
—¿A cuánto? No sé de seguro la cantidad. ¿Pero es que tú irías?
—¿Por qué no? Si se gana mucho…
—Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego hablaremos.
Efectivamente, se había oído en medio de la noche un agudo silbido. Los cuatro salieron al puerto y se oyó el ruido de las aguas removidas por una hélice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del muelle, que sujetaron la amarra en un poste.
—¡Eup! Manisch—gritó Ospitalech.
—¡Eup!—contestaron desde el mar.
—¿Todo bien?
—Todo bien—respondió la voz.
—Bueno, entremos—añadió Ospitalech—que la noche está de perros.
Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco después se unieron a ellos Manisch, el patrón del barco la Fleche, que al entrar se quitó el sudeste, y dos marineros más.
—¿De manera que tú estás dispuesto a encargarte de ese asunto?—preguntó Ospitalech a Martín.
—Sí.
—¿Solo?
—Solo.
—Bueno, vamos a dormir. Por la mañana iremos a ver al principal y te dirá lo que se puede ganar.
Los marineros de la Fleche comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba, entre gritos y patadas, la canción de Les matelot de la Belle Eugenie.
Al día siguiente, muy temprano, se levantó Martín y con Ospitalech tomó el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judío que se llamaba Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era dependiente del señor Levi-Alvarez y contó a su principal cómo Martín se brindaba a realizar la expedición difícil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas.
—¿Cuánto quiere usted por eso?—preguntó Levi-Alvarez.
—El veinte por ciento.
—¡Caramba! Es mucho.
—Está bien, no hablemos, me voy.
—Espere usted. ¿Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil duros? El veinte por ciento sería una cantidad enorme.
—Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.
—¡Qué barbaridad! No tiene usted consideración…
—Es mi última palabra. Eso o nada.
—Bueno, bueno. Está bien. ¿Sabe usted que si tiene suerte se va usted a ganar veinticuatro mil duros…?
—Y si no me pegarán un tiro.
—Exacto. ¿Acepta usted?
—Sí, señor, acepto.
—Bueno. Entonces estamos conformes.
—Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito—dijo
Martín.
—No tengo inconveniente.
El judío quedó un poco perplejo y, después de vacilar un poco, preguntó:
—¿Cómo quiere usted que lo haga?
—En pagarés de mil duros cada uno.
El judío, después de vacilar, llenó los pagarés y puso los sellos.
—Si cobra usted—advirtió—de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras.
—¿No las podría depositar en los pueblos en casa del notario?
—Sí, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro de la guerra. Preséntese usted al general en jefe y le entrega usted las cartas.
—Eso haré.
—Entonces, adiós, y buena suerte.
Martín fué a casa de un notario de Bayona, le preguntó si los pagarés estaban en regla y, habiéndole dicho que sí, los depositó bajo recibo.
El mismo día se fué a Zaro.
—Guardadme este papel—dijo a Bautista y a su hermana—dándoles el recibo.
Yo me voy.
—¿Adónde vas?—preguntó Bautista.
Martín le explicó sus proyectos.
—Eso es un disparate—dijo Bautista—te van a matar.
—¡Ca!
—Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.
—No está ninguno en España. La mayoría andan por Buenos Aires. Algunos los tienes por aquí, por Francia, trabajando.
—No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.
—¡Hombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo—dijo Martín.
—Es que si tú crees que eres el único capaz de hacer eso, estás equivocado—replicó Bautista—. Yo voy donde otro vaya.
—No digo que no.
—Pero parece que dudas.
—No, hombre, no.
—Sí, sí, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompañar. No se dirá que un vasco francés no se atreve a ir donde vaya un vasco español.
—Pero hombre, tú estás casado—repuso Martín.
—No importa.
—Bueno, ya veo que lo tú quieres es acompañarme. Iremos juntos, y, si conseguimos traer las letras firmadas te daré algo.
—¿Cuánto?
—Ya veremos.
—¡Qué granuja eres!—exclamó Bautista—¿para qué quieres tanto dinero?
—¿Qué sé yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ¿Qué? No lo sé, pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la cabeza hace poco.
—¿Qué demonio de ambición tienes?
—No sé, chico, no sé—contestó Martín—pero hay gente que se considera como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de escupidera. Yo no, yo siento en mí, aquí dentro, algo duro y fuerte… no sé explicarme.
A Bautista le extrañaba esta ambición obscura de Martín, porque él era claro y ordenado y sabía muy bien lo que quería.
Dejaron esta cuestión y hablaron del recorrido que tenían que hacer.
Este comenzaría yendo en el vaporcito la Fleche a Zumaya y siguiendo de aquí a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenían que ver y estar consultando a cada paso lo que podía comprometerles, Bautista, que tenía magnífica memoria, se la aprendió de corrido; cosieron las letras entre el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.
Entraron en el vaporcito de la Fleche en Socoa y se echaron al mar. Bautista y Zalacaín pasaron la travesía metidos en un camarote pequeño dando tumbos.
Al amanecer, el piloto vió hacia el cabo de Machichaco un barco que le pareció de guerra, y forzando la marcha entró en Zumaya.
Varias compañías carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el fuego, pero cuando reconocieron el barco francés se tranquilizaron. Después de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indicó las personas a quienes tenían que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, después de comer, Martín y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.
Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituído por unos cuantos caseríos colocados al borde del río Urola, luego por Aizarnazabal y en la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.
La noche se echó pronto encima. Cenaron Martín y Bautista y discutieron si sería mejor quedarse allí o seguir adelante, y optaron por esto último.
Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa próxima al puente de Iraeta salía un coche arrastrado por cuatro caballos. El coche comenzó a subir el camino de Cestona al trote. Este trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene en el fondo el río. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y siniestro.
Martín y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenía razones para no querer compañía, porque, al notar que le seguían, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar.
Así, el coche delante y Martín y Bautista detrás, subieron a Cestona, y al llegar aquí el coche dió una vuelta rápida y poco después echó un fardo al suelo.
—Es algún contrabandista—dijo Martín.
Efectivamente, lo era; hablaron con él y el hombre les confesó que había estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguían. Marcharon los tres a la posada, ya hechos amigos, y Martín fué a ver a un confitero carlista de la calle Mayor.
Durmieron en la posada de Blas y muy de mañana Zalacaín y Bautista se prepararon a seguir su camino.
Era el día lluvioso y frío, la carretera, amarillenta, llena de baches, ondulaba por entre campos verdes; no se veía el monte Itzarroiz, envuelto entre la bruma. El río, crecido, iba de color de ocre. Se detuvieron en Lasao, en la posesión de un barón carlista, a hacer que su administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta Azpeitia.
Aquí el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferían no quedarse en pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subía al monte Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.
El tercer día, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a
Tolosa, en donde estuvieron unas horas.
De Tolosa fueron a dormir a un pueblo próximo. Les dijeron que por allá andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, días antes, había apaleado bárbaramente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y, unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde se detuvieron.
CAPÍTULO VIII
VARIAS ANÉCDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA
En Amezqueta entraron en la posada próxima al juego de pelota. Llovía, hacía frío y se refugiaron al lado de la lumbre.
Había entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas.
—¿Qué hay?—le dijo Martín—. ¿Qué hace usted?
—Estas moscas fastidiosas—contestó el campesino seriamente.
—Pero si no hay moscas.
—Sí las hay, sí—replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.
El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, euliyac (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos.
Rieron Martín y Bautista, y el campesino contó una porción de historias y de anécdotas.
—Yo no sé contar nada—dijo el hombre varias veces—. ¡Si estuviera Pernando!
—¿Y quién era Pernando?—preguntó Martín.
—No habéis oído vosotros hablar de Pernando de Amezqueta?
—No.
—¡Ah! Pues era el hombre más gracioso de toda esta provincia. ¡Las cosas que contaba aquel hombre!
Martín y Bautista le instaron para que contara alguna historia de Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resistía, porque aseguraba que oirle a él contar estas chuscadas no daba más que una pálida idea de las salidas de Fernando.
Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino contó esta anécdota en vascuence:
«Un día Fernando fué a casa del señor cura de Amezqueta, que era amigo suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husmeó desde la cocina y vió que el ama estaba limpiando dos truchas: una, hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequeñita, que apenas tenía carne. Pasó Fernando a ver al señor cura, y éste, según su costumbre, le convidó a comer. Se sentaron a la mesa el señor cura y Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comió de las dos; luego sacaron el cocido, después una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al principio, Fernando se encontró con que, en vez de poner la trucha grande, la condenada del ama había puesto la pequeña, que no tenía más que raspa.
—Hombre, trucha—exclamó Fernando—le voy a hacer una pregunta.
—¿Qué le vas a preguntar?—dijo el cura riendo, en espera de un chiste.
—Le voy a preguntar a ver si por los demás peces que ha conocido se ha enterado algo de cómo están mis parientes al otro lado del mar, allí en América. Porque estas truchas saben mucho.
—Hombre, sí, pregúntale.
Cogió Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante, luego acercó el oído muy serio y escuchó.
—¿Qué, contesta algo?—dijo burlonamente el ama del cura.
—Sí, ya va contestando, ya va contestando.
—¿Y qué dice? ¿Qué dice?—preguntó el cura.
—Pues dice—contestó Fernando—que es muy pequeña, pero que ahí, en esa despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber mejores noticias de mis parientes.»
Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anécdota, se echó a reir con una risa aguda y comunicó su risa a todos.
Rieron también de buena gana Martín y Bautista la manera de señalar del truhán, pero el campesino aseguró que él no tenía arte para estos cuentos.
Le instaron para que siguiera y el hombre contó una nueva ocurrencia de Pernando.
«—Otra vez—dijo—fué a Idiazabal, donde había un partido de pelota, y llegó tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le dijo:
—No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habrá comida.
—¡Bah!—replicó él—. ¡Si me diérais de balde lo que sobre!
—Pues nada, todo lo que sobre para ti.
Se paseó Fernando por el comedor.
En la mesa redonda se habían sentado los dos bandos que habían jugado a la pelota, separados. Fernando, viendo que traían en una fuente piernas de carnero, dijo a dos o tres en voz baja:
—Yo no sé de dónde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y con tanta carne.
—¿Pero son de perro?—dijeron ellos.
—Sí, de perro; pero no se lo digáis a esos, que se fastidien.
—¿Pero de veras, Fernando?
—Sí, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. ¡Era un perro de aguas más hermoso!
Dicho esto salió del comedor, y al volver tenían una cazuela con liebre.
Fué al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario:
—¡Vaya unos gatos más buenos que compra este fondista a los carabineros!
—¡Ah!, ¿pero es gato eso?
—Sí, no se lo digáis a esos, pero yo he visto las colas en la cocina.
Poco después, Fernando comía solo y tenía liebre y carnero de sobra. Al anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se paró a echar la papilla en el camino.
—Es el perro, que le ha hecho daño—decían unos, burlándose.
—Es el gato—decían los otros.
Y nadie quería decir que era el vino.
—Compañeros—dijo Fernando—, cuando se come gato y perro juntos no pasa nada. Ellos riñen en el interior como perros y gatos, pero le dejan a uno en paz.»
La muchacha de la risa aguda rió de nuevo y el campesino comenzó a contar otra anécdota, diciendo:
—No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un zapatero rico de Tolosa y una novia suya.
—A ver, a ver cómo fué—dijeron todos.
«—Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapatería del difunto Ichtaber, el Chato de Tolosa, y no sé si vosotros sabréis, pero Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tenía Fernando de novia una chica muy guapa, pero Ichtaber, el Chato, al verla la empezó a cortejar y a decir si se quería casar con él, y, como era rico, ella aceptó. Solían verse la muchacha y el viejo en la zapatería, y el granuja de Ichtaber, para estar más libre, mandaba a Fernando, con cualquier pretexto, a la trastienda. El hacía como que no se incomodaba, pero se vengó. Fué a ver a su novia y habló con ella.
—Sí—la dijo—. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con pieles, huele muy mal.
—¡Mentiroso!—dijo ella.
—No, no, fíjate. Ya verás.
Fernando fué a la zapatería, cogió un fuelle grande y lo rellenó de esa casca que queda después de curtidos los pellejos y que huele que apesta; luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esperó la ocasión oportuna. Por la tarde llegó la chica, é Ichtaber dijo a su aprendiz:
—Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas que hay en la caja.
Salió Fernando; tomó el fuelle. Miró por el agujero. Ichtaber estaba besando la mano de la chica; entonces le apuntó a ella con el fuelle y metió por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor. Cuando Fernando miró después, Ichtaber el Chato estaba con la mano en sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.
Luego Fernando siguió dándole al fuelle con intermitencias, hasta que se cansó.
Dos días después, fué de nuevo la chica y le pasó lo mismo; y ya no volvió más, porque decía que Ichtaber el Chato olía a muerto.
Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugó la misma pasada con el fuelle, y el zapatero decía a sus amigos:
—¡Arrayua! En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas. Ahora, la que más y la que menos huele a perros.»
Volvió a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.
Celebraron los demás circunstantes las granujerías de Fernando el de
Amezqueta y fueron a acostarse.
A la mañana siguiente, Martín y Bautista dejaron a Amezqueta y por un sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil carlista, había sido escribano.
Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a Echarri-Aranaz y en su compañía tomaron por un camino de herradura que bordeaba la sierra de Aralar.
Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico contó una anécdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se había presentado a él un señorito de San Sebastián, de familia carlista, de los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.
—Mire usted, don Miguel—había dicho al ex escribano—, yo soy muy carlista y mi familia también lo es; quisiera servir a don Carlos, pero, ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearía entrar en las oficinas.
—Bueno, ya veré si encuentro algo—le dijo Dorronsoro—; vuelva usted mañana.
Volvió al día siguiente el señorito y preguntó:
—¿Qué, ha encontrado usted algo?
—Sí, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que entrará usted en las oficinas… y pagará usted tres pesetas al día.
Celebraron Martín y Bautista la decisión de Dorronsoro. Por la noche llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.
Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. Allí, en vez de las historias del buen truhán Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir, contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goñi, un caballero navarro que, después de haber matado a su padre y a su madre, engañado por el Diablo, se fué de penitencia al monte con una cadena al pie, hasta que, pasados muchos años y siendo don Teodosio viejo, se le presentó un dragón, y ya iba a devorarle, cuando apareció el arcángel San Miguel y mató al dragón y rompió las cadenas al caballero.
A Bautista y a Martín les parecieron más entretenidas que esta tonta historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de Amezqueta.
Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se presentó en la venta un señor rubio, que, al ver a Bautista y a Martín, se les quedó mirando atentamente.
—¡Pero son ustedes!
—Usted es el de…
—El mismo.
Era el extranjero a quien habían libertado de las garras del cura.
—¿A qué vienen ustedes por aquí?—preguntó el extranjero.
—Vamos a Estella.
—¿De veras?
—Sí.
—Yo también. Iremos juntos. ¿Conocen ustedes el camino?
—No.
—Yo sí. He estado ya una vez.
—Pero, ¿qué hace usted andando siempre por estos parajes?—le preguntó
Martín.
—Es mi oficio—le dijo el extranjero.
—Pues, ¿qué es usted, si se puede saber?
—Soy periodista. La fuga aquella me sirvió para hacer un artículo interesantísimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella señorita morena. ¡Qué chica más valiente, eh!
—Ya lo creo.
—Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.
—¿Reparo? Al revés. Satisfacción y grande.
Quedaron de acuerdo en marchar juntos.
A las siete de la mañana, hora en que empezó a aclarar, salieron los tres, atravesaron el túnel de Lizárraga y comenzaron a descender hacia la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que marchaba casi más deprisa que los matalones en que iban Martín y Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de Andía.
Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los jefes había muchos extranjeros con flamantes uniformes austríacos, italianos y franceses, un tanto carnavalescos.
A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballerías, pasaron por Abarzuza. El extranjero explicó al paso la posición respectiva de liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se desarrolló lo más fuerte de la acción, en la que murió el general Concha.
Al anochecer llegaron cerca de Estella.
Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compañía con un teniente que les ordenó detenerse. Mostraron los tres su pasaporte.
Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche.
—¿Quién vive?—gritó el centinela.
—España.
—¿Qué gente?
—Paisanos.
—Adelante.
Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la ciudad carlista.