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Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero) cover

Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

Chapter 23: CAPÍTULO IX
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About This Book

The narrative follows Martín Zalacaín from a spirited childhood in a compact, vividly described town through a series of formative episodes that turn him into a bold adventurer. Family losses, guardianship, mentorship, and fraught personal attachments shape his impulsive courage into a personal code tested in dangerous encounters and daring undertakings. Vivid local detail and episodic pacing alternate domestic scenes with action, examining rural customs, landscapes, and social tensions. The work traces a moral and physical apprenticeship, reflecting on masculinity, independence, loyalty, and the uneasy passage from youthful recklessness to tempered resilience.

CAPÍTULO IX

CÓMO MARTÍN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA Y DE LO QUE HABLARON

Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y preguntaron en la posada si había alojamiento.

Una muchacha apareció en la escalera.

—Está la casa llena—dijo—. No hay sitio para tres personas, sólo una podría quedarse.

—¿Y las caballerías?—preguntó Bautista.

—Creo que hay sitio en la cuadra.

Fué la muchacha a verlo y Martín dijo a Bautista.

—Puesto que hay sitio para una persona, tú te puedes quedar aquí. Vale más que estemos separados y que hagamos como si no nos conociéramos.

—Sí, es verdad—contestó Bautista.

—Mañana, a la mañana, en la plaza nos encontraremos.

—Muy bien.

Vino la muchacha y dijo que había sitio en la cuadra para los jacos.

Entró Bautista en la casa con las caballerías, y el extranjero y Martín fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les dieron alojamiento.

Llevaron a Martín a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo había una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas negras de humo. Sin duda los huéspedes mataban las chinches quemándolas con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores rastros. En el gabinete y en la alcoba olía a cuadra, olor que venía de las junturas de las maderas del suelo.

Martín sacó la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el cuero de la bota y separó las ya aceptadas y firmadas, de las otras. Como estas todas eran para Estella, las encerró en un sobre y escribió:

«Al general en jefe del ejército carlista.»

—¿Será prudente—se dijo—entregar estas letras sin garantía alguna?

No pensó mucho tiempo, porque comprendió enseguida que era una locura pedir recibo o fianza.

—La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me dan un recibo y luego se les ocurre quitármelo, con prenderme están al cabo de la calle. Aquí hay que hacer como si a uno le fuera indiferente la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Esperó a que se secara el sobre. Salió a la calle. Vió en la calle un sargento y, después de saludarle, le preguntó:

—¿Dónde se podrá ver al general?

—¡A qué general!

—Al general en jefe. Traigo unas cartas para él.

—Estará probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de petróleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acercó al grupo y, encarándose con uno de ellos, dijo:

—Mi general.

—¿Qué hay?

—Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe.

Martín se acercó y entregó los sobres. El general carlista se arrimó a un farol y los abrió. Era el general un hombre alto, flaco, de unos cincuenta años, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una boina grande de gascón con una borla.

—¿Quién ha traído esto?—preguntó el general con voz fuerte.

—Yo—dijo Martín.

—¿Sabe usted lo que venía aquí dentro?

—No, señor.

—¿Quién le ha dado a usted estos sobres?

—El señor Levi-Alvarez de Bayona.

—¿Cómo ha venido usted hasta aquí?

—He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aquí a caballo.

—¿Y no ha tenido usted ningún contratiempo en el camino?

—Ninguno.

—Aquí hay algunos papeles que hay que entregar al rey. ¿Quiere usted entregarlos o que se los entregue yo?

—No tengo más encargo que dar estos sobres y, si hay contestación, volverla a Bayona.

—¿No es usted carlista?—preguntó el general, sorprendido del tono de indiferencia de Martín.

—Vivo en Francia y soy comerciante.

—Ah, vamos, es usted francés.

Martín calló.

—¿Dónde para usted?—siguió preguntando el general.

—En una posada de ese paseo…

—¿Del paseo de los Llanos?

—Creo que sí. Así se llama.

—¿Hay una administración de coches en el portal? ¿No?

—Sí, señor.

—Entonces, es la misma, ¿Piensa usted estar muchos días en Estella?

—Hasta que me digan si hay contestación o no.

—¿Cómo se llama usted?

—Martín Tellagorri.

—Está bien. Puede usted retirarse.

Saludó Martín y se fué a la posada. A la puerta se encontró con el extranjero.

—¿Dónde se mete usted?—le dijo—. Le andaba buscando.

—He ido a ver al general en jefe.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Y le ha visto usted?

—Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traía para él.

—¡Demonio! Eso sí que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de rival en un periódico. ¿Qué le ha dicho a usted?

—Ha estado muy amable.

—Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos bandidos.

—Le he indicado que soy francés.

—Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista alemán amigo mío. Tenga usted cuidado.

—¡Oh! Lo tendré.

—Ahora, vamos a cenar.

Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande.

Varios paisanos y soldados, congregados allí, charlaban. Se sentaron a cenar a una mesa larga, iluminada por un velón de varios mecheros que colgaba del techo.

Un hombre viejo, bajito, que presidía la mesa, se quitó la boina y comenzó a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el extranjero a quien advirtió Martín de su olvido y que, al darse cuenta, se quitó apresuradamente la gorra.

En el transcurso de la cena, el hombre bajito habló más que nadie. Era navarro de la Ribera. Tenía un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua, pómulos salientes, la boina pequeña echada sobre los ojos, como si instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defendía la conducta del cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella, y le parecía poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza, tratándose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su religión.

Contó el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un río, yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos que lavaban sus camisas en el agua.

—A bayonetazos acabamos con todos—dijo el hombre sonriendo, luego añadió hipócritamente—Dios nos lo habrá perdonado.

Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazañas por el estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanático, violento y cobarde, se recreaba contando sus fechorías, manifestaba crueldad bastante para disimular su cobardía, tosquedad para darla como franqueza y ruindad para darle el carácter de habilidad. Tenía la doble bestialidad de ser fanático y de ser carlista.

Este desagradable y antipático personaje se puso después a clasificar los batallones carlistas según su valor; primero eran los navarros, como era natural, siendo él navarro, luego los castellanos, después los alaveses, luego los guipuzcoanos y al último los vizcaínos.

Por el curso de la conversación se veía que había allá un ambiente de odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileño que duerme en el instinto provincial español estaba despierto. Unos se reprochaban a otros el ser cobardes, granujas y ladrones.

Martín se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levantó de la mesa para marcharse. El extranjero le siguió y salieron los dos a la calle.

Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinqué de petróleo, se veían grupos de soldados. Se oía el rasguear de la guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle negra y silenciosa.

—Ya me está a mí cargando esta canción estólida—murmuró Martín.

—¿Cuál?—preguntó el extranjero.

—La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere decir: «Yo soy más valiente que nadie, más noble que nadie, mas heroico que nadie.»

—¿Y estos no son más valientes que los demás españoles?—preguntó el extranjero maliciosamente.

—No lo sé; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

—¡Ja! ¡Ja! Es usted un hombre extraordinario.

—Es que lo digo porque lo creo.

Yo también lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres.
¿Y que decía usted de la gente del Ebro?

—Nada, que han decidido ellos mismos que son los únicos francos, los únicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

—¿De manera que para usted este canto es como una falsificación del valor y de la energía?

—Sí, algo así.

—Está bien. Lo diré en mi próxima crónica. ¿No le parece a usted mal que me sirva de sus opiniones?

—De ningún modo, porque a mí no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dió el alto y volvieron a la plaza. Se hallaba ésta solitaria.

Dieron varias vueltas y un sereno les saludó y les dijo:

—¿Qué hacen ustedes aquí?

—¿No se puede pasear?—preguntó Zalacaín.

—Hombre, sí; pero no es una hora muy a propósito.

—Es que hemos cenado tarde y estábamos dando una vuelta—dijo el extranjero—no quisiéramos acostarnos tan pronto.

—¿Por qué no van ustedes allí?—dijo el sereno, señalando los balcones de una casa que brillaban iluminados.

—¿Qué es lo que hay allí?—preguntó Martín.

—El Casino—contestó el sereno.

—¿Y qué hacen ahora?—dijo el extranjero.

—Estarán jugando.

Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza.

Después, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de un convento comenzó a tocar.

—Juego, campanas, carlismo y jota. ¡Qué español es esto, mi querido
Martín!—dijo el extranjero.

—Pues yo también soy español y todo eso me es muy antipático—contestó
Martín.

—Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradición de su país—dijo el extranjero.

—Mi país es el monte—contestó Zalacaín.

CAPÍTULO X

CÓMO TRANSCURRIÓ EL SEGUNDO DÍA EN ESTELLA

Conformes Martín y Bautista, se encontraron en la plaza. Martín consideró que no convenía que le viesen hablar con su cuñado, y para decir lo hecho por él la noche anterior escribió en un papel su entrevista con el general.

Luego se fué a la plaza. Tocaba la charanga. Había unos soldados formados. En el balcón de una casa pequeña, enfrente de la iglesia de San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.

Esperó Martín a ver a Bautista y cuando le vió le dijo:

—Que no nos vean juntos—y le entregó el papel.

Bautista se alejó, y poco después se acercó de nuevo a Martín y le dió otro pedazo de papel.

—¿Qué pasará?—se dijo Martín.

Se fué de la plaza, y cuando se vió solo, leyó el papel de Bautista que decía:

Ten cuidado. Está aquí el Cacho de sargento. No andes por el centro del pueblo.

La advertencia de Bautista la consideró Martín de gran importancia. Sabía que el Cacho le odiaba y que colocado en una posición superior, podía vengar sus antiguos rencores con toda la saña de aquel hombre pequeño, violento y colérico.

Martín pasó por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del río. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.

Estaba allí parado, cuando vió que se le acercaba el extranjero.

—¡Hola, querido Martín!—le dijo.

—¡Hola! ¡Buenos días!

—¿Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio?

—Sí.

—Pues iré con usted.

Tomaron por la Rua Mayor, la calle principal del pueblo antiguo. A un lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con escudos y figuras tallados.

Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se veían filas de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmóvil del río Ega, verdosa y turbia.

Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro y se pararon a contemplarla. A Martín le pareció aquella portada de piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo grotesca, pero el extranjero aseguró que era magnífica.

—¿De veras?—preguntó Martín.

—¡Oh! ¡Ya lo creo!

—¿Y la habrá hecho la gente de aquí?—preguntó Martín.

—¿Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa buena?—preguntó riendo el extranjero.

—¡Qué sé yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la pólvora.

En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas derrumbadas servían de cerca para los jardines. No se alejaron más porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecía la hierba.

—Sentémonos aquí un momento—dijo el extranjero.

—Bueno, como usted quiera.

Desde allí se veía casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo el tejado de la cárcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba a voz en grito:

        ¡Adiós los Llanos de Estella.
        San Benito y Santa Clara,
        Convento de Recoletos
        donde yo me paseaba!

—Ya ve usted—dijo el extranjero—que, aunque a usted le parezca este pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene cariño.

—¿Quién?—dijo Martín.

—El que ha inventado esa canción.

—Era un hombre de mal gusto.

La vieja se acercó al extranjero y a Martín y entabló conversación con ellos. Era una mujer pequeña, de ojos vivos y tez tostada.

—¿Usted será carlista? ¿Eh?—le preguntó el extranjero.

—Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de que vendrá don Carlos con ayuda de Dios.

—Sí, es muy probable.

—¿Cómo probable?—exclamó la vieja—. Es seguro. ¿Usted no será de aquí?

—No, no soy español.

—Ah, vamos.

Y la vieja, después de mirarle con curiosidad, siguió barriendo las escaleras.

—Creo que le ha tenido a usted lástima al saber que no es usted español—dijo Martín.

—Sí, parece que sí—contestó el extranjero—. La verdad es que es triste que por ese estúpido hombre guapo se mate esta pobre gente.

—¿Por quién lo dice usted, por don Carlos?—preguntó Martín.

—Sí.

—¿Usted también cree que no es hombre de talento?

—¡Qué va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condición. Luego, no tiene idea de nada. Hablé con él cuando el bombardeo de Irún, y no se puede usted figurar nada más plano y más opaco.

—Pues no lo diga usted por ahí, porque le hacen a usted pedazos. Estos bestias están dispuestos a morir por su rey.

—Oh, no lo diría. Además ¿para qué? No había de convencer a nadie; unos son fanáticos y otros aventureros y ninguno está dispuesto a dejarse persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por don Carlos ni por sus generales. ¿No ha oído usted en la posada que hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente.

Vieron el extranjero y Martín las otras iglesias del pueblo, la Peña de los Castillos y la parroquia de Santa María, y volvieron a comer.

Afortunadamente, el viejecillo antipático no se sentaba a la mesa y en cambio estaban un legitimista francés, el conde de Haussonville, de la legación extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta.

El conde de Haussonville fué la alegría de la mesa. El conde, hombre de unos cuarenta años, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un castellano grotesco.

Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo que le daban de comer no le servía más que de aperitivo. Había venido desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedición de tal manera que hacía morirse de risa a todos.

Explicó su estancia en un pueblo, con el batallón metido en una iglesia, sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no comiendo más que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y dió tales detalles, que todo el mundo reía a carcajadas.

—Un día, sobre todo, nos trajeron sidra—dijo el francés—y entre la sidra y las habichuelas se nos armó una, que tuvimos que hacer cola delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregación de fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes y soldados íbamos con gran dolor de corazón a cantar nuestra canción de las habichuelas a la pequeña garita del señor cura.

Después de maldecir de la alimentación leguminosa y de la alimentación patatosa, habló del resto del viaje.

Cada pueblo del tránsito le parecía una estación de calvario para su estómago hambriento; recordaba las aldeas por lo que había comido, o mejor dicho, por lo que había ayunado; aquí habían dado por toda comida un caldo de berzas, allá por cena una colación de verduras cocidas; y para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas viejas solteronas y por la mañana le daban chocolate con agua, por la tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.

—Y siempre, siempre, poco—decía Haussonville, levantando los brazos al cielo.

Iceta era un aventurero. Había estado al principio en la guerra, luego se fué a una república americana, tomó parte en una revolución y después, expulsado de allí por rebelde, volvía al ejército carlista, en donde estaba ya violento y deseando marcharse.

Siguiéndole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conocía por estos dos motes: Asensio Lapurrá (Asensio el Ladrón) y Asenchio Araguiarrapatzallia (Asensio el decomisador de carne).

Este mote lo debía Asensio a haber sido consumero en su pueblo.

Asensio era graciosísimo hablando castellano; no había palabra que empleara bien.

Siempre que tenía que decir andamos, decía andemos; y al contrario, empleaba vaiga por vaya, y hagáis por haced.

La conversación entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurrá era de lo más dislocada y pintoresca.

—Si aquí hubiera un buen quenerral—decía Haussonville—la querra estaba resuelta.

Pueda, pueda que sí—contestaba Asensio.

—No saben manecar un grande equercito, amigo Asensio.

—Si supieseis de tática, otra cosa sería.

Martín y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con Asenchio Lapurrá y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que resultaban en la conversación del francés y del vasco.

Asensio había estado en Cuba algún tiempo, de soldado, y contó anécdotas de aquella tierra. Lo que más le gustaba era hablar de los chinos.

—Son de mal intención, pero buenos cocineros, eso si. Digáis a un chino que os haga un arroz. Os hace una cosa manífica. Es gente raro. Luego se ponen a chun, chun, chun. ¿Y entenderles? nada. ¿A nosotros? Rabia nos tenían. Y al que cogían la martirizaban. ¡Pse! Nosotros tamíen algunos matemos.

Martín se reía a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurrá.

Después de comer en la posada, Martín, el extranjero, Iceta, Haussonville y Asensio fueron a un café de la plaza, donde estuvieron hablando. Había ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una porción de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.

—¡Qué país!—dijo Haussonville—la gente no hace más que ir a la iglesia. Todo es para el señor cura: las buenas comidas, las buenas chicas… Aquí no hay nada que hacer, todo para el señor cura.

Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente que se encaminaba hacia la iglesia.

—¡Bestias!—exclamaba Iceta dando puñetazos en la mesa—. No quisiera más que poder ametrallarlos.

El francés murmuraba como diciéndoselo a sí mismo:

—¡España! ¡España! ¡Jamais de la vie! Mucha hidalguía, mucha misa, mucha jota, pero poco alimento.

—La guerra—añadía Asensio, metiendo la cucharada—es cosa nada bueno.

CAPÍTULO XI

CÓMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE MARTÍN DURMIÓ EL TERCER DÍA DE ESTELLA EN LA CÁRCEL.

Al día siguiente, por la noche, iba a acostarse Martín, cuando la posadera le llamó y le entregó una carta, que decía:

«Preséntese usted mañana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se le devolverán las letras ya firmadas. El General en Jefe.» Debajo había una firma ilegible.

Martín se metió la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se marchaba de su cuarto, le preguntó:

—¿Quería usted algo?

—Sí; nos han traído dos militares heridos y quisiéramos el cuarto de usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le trasladaríamos abajo.

—Bueno, no tengo inconveniente.

Bajó a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos alcobas. La sala tenía en medio un altar, iluminado con unas lámparas tristes de aceite. Martín se acostó; desde su cama veía las luces oscilantes, pero estas cosas no influían en su imaginación, y quedó dormido.

Era más de media noche, cuando se despertó algo sobresaltado. En la alcoba próxima se oían quejas, alternando con voces de ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Jesús mío!

—¡Qué demonio será esto!—pensó Martín.

Miró el reloj. Eran las tres. Se volvió a tender en la cama, pero con los lamentos no se pudo dormir y le pareció mejor levantarse. Se vistió y se acercó a la alcoba próxima, y miró por entre las cortinas. Se veía vagamente a un hombre tendido en la cama.

—¿Qué le pasa a usted?—preguntó Martín.

—Estoy herido—murmuró el enfermo.

—¿Quiere usted alguna cosa?

—Agua.

A Martín le dió la impresión de conocer esta voz. Buscó por la sala una botella de agua, y como no había en el cuarto, fué a la cocina. Al ruido de sus pasos, la voz de la patrona preguntó:

—¿Qué pasa?

—El herido que quiere agua.

—Voy.

La patrona apareció en enaguas, y dijo, entregando a Martín una lamparilla:

—Alumbre usted.

Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martín levantó el brazo, con lo que iluminó el rostro del enfermo y el suyo. El herido tomó el vaso en la mano, é incorporándose y mirando a Martín comenzó a gritar:

—¿Eres tú? ¡Canalla! ¡Ladrón! ¡Prendedle! ¡Prendedle!

El herido era Carlos Ohando.

Martín dejó la lamparilla sobre la mesa de noche.

—Márchese usted—dijo la patrona—. Está delirando.

Martín sabía que no deliraba; se retiró a la sala y escuchó, por si Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martín esperó en su alcoba. En la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en un baúl y una maleta. Martín pensó que quizá Carlos guardara alguna carta de Catalina, y se dijo:

—Si esta noche encuentro una buena ocasión, descerrajaré el baúl.

—No la encontró. Iban a dar las cuatro de la mañana, cuando Martín, envuelto en su capote, se marchó hacia la ermita del Puy. Los carlistas estaban de maniobras. Llegó al campamento de don Carlos, y, mostrando su carta, le dejaron pasar.

—El Señor está con dos Reverendos Padres—le advirtió un oficial.

—Vayan al diablo el Señor y los Reverendos Padres—refunfuñó
Zalacaín—. La verdad es que este rey es un rey ridículo.

Esperó Martín a que despachara el Señor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbón, con su aire de hombre bien cebado, salió de la ermita, rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a caballo, que Martín supuso sería doña Blanca.

—Ahí está el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano—dijo el oficial.

Zalacaín no replicó.

—Y darle el título de Majestad.

Zalacaín no hizo caso.

Don Carlos no se fijó en Martín y éste se acercó al general, quien le entregó las letras firmadas. Zalacaín las examinó. Estaban bien.

En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energúmeno, comenzó a arengar a las tropas.

Martín, sin que lo notara nadie, se fué alejando de allí y bajó al pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacía ser más asustadizo que una liebre.

A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presentó Martín y, al ver a Bautista, le dijo:

—Vete a la iglesia y allí hablaremos.

Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en un banco.

—Toma las letras—le dijo Martín a Bautista—. ¡Guárdalas!

—¿Te las han dado ya firmadas?

—Sí.

—Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.

—No sé si podremos—dijo Bautista.

—Aquí estamos en peligro. Además del Cacho, se encuentra en Estella
Carlos Ohando.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque le he visto.

—¿En dónde?

—Está en mi casa herido.

—¿Y te ha visto él?

—Sí.

—Claro, están los dos—exclamó Bautista.

—¿Cómo los dos? ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Yo? Nada.

—¿Tú sabes algo?

—No, hombre, no.

—O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ¿Es que está aquí Catalina?

—Sí, está aquí.

—¿De veras?

—Sí.

—¿En dónde?

—En el convento de Recoletas.

—¡Encerrada! ¿Y cómo lo sabes tú?

—Porque la he visto.

—¡Qué suerte! ¿La has visto?

—Sí. La he visto y la he hablado.

—¡Y eso querías ocultarme! Tú no cres amigo mío, Bautista.

Bautista protestó.

—¿Y ella sabe que estoy aquí?

—Sí, lo sabe.

—¿Cómo se puede verla?—dijo Zalacaín.

—Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale a pasear a la huerta.

—Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le diré a ese señor extranjero que vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos de aquí.

—Lo veré.

—Lo más pronto que puedas.

—Bueno.

—Adiós.

—Adiós y prudencia.

Martín salió de la iglesia, tomó por la calle Mayor hacia el convento de las Recoletas, paseó arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana. Martín levantó la mano, y su novia, haciendo como que no le conocía, se retiró de la ventana. Martín quedó helado; luego Catalina volvió a aparecer y lanzó un ovillo de hilo casi a los pies de Martín. Zalacaín lo recogió; tenía dentro un papel que decía: «A las ocho podemos hablar un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia.» Martín volvió a la posada, comió con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las iglesias de Estella, cuando Martín oyó dos golpecitos en la puerta, Martín contestó del mismo modo.

—¿Eres tu, Martín?—preguntó Catalina en voz baja.

—Sí, soy yo. ¿No nos podemos ver?

—Imposible.

—Yo me voy a marchar de Estella. ¿Querrás venir conmigo?—pregunto
Martín.

—Sí; pero ¡cómo salir de aquí!

—¿Estás dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?

—Si.

—¿A seguirme a todas partes?

—A todas partes.

—¿De veras?

—Aunque sea a morir. Ahora, vete. ¡Por Dios! No nos sorprendan.

Martín se había olvidado de todos sus peligros; marchó a su casa y sin pensar en espionajes entró en la posada a ver a Bautista y le abrazó con entusiasmo.

—Pasado mañana—dijo Bautista—tenemos el coche.

—¿Lo has arreglado todo?

—Sí.

Martín salió de casa de su cuñado silbando alegremente. Al llegar cerca de su posada, dos serenos que parecían estar espiándole se le acercaron y le mandaron callar de mala manera.

—¡Hombre! ¿No se puede silbar?—preguntó Martín.

—No, señor.

—Bueno. No silbaré.

—Y si replica usted, va usted a la cárcel.

—No replico.

—¡Hala! ¡Hala! A la cárcel.

Zalacaín vió que buscaban un pretexto para encerrarle y aguantó los empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entró en la cárcel.

CAPÍTULO XII

EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE

Entregaron los serenos a Martín en manos del alcaide, y éste le llevó hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.

—Demonio—exclamó Martín—, aquí hace mucho frío. ¿No hay sitio dónde dormir?

—Ahí tiene usted el banco.

—¿No me podrían traer un jergón y una manta para tenderme?

—Si paga usted…

—Pagaré lo que sea. Que me traigan un jergón y dos mantas.

El alcaide se fué, dejando a obscuras a Martín, y vino poco después con un jergón y las mantas pedidas. Le dió Martín un duro, y el carcelero, amansado, le preguntó:

—¿Qué ha hecho usted para que le traigan aquí?

—Nada. Venía distraído silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno: «No se silba.» Me he callado, y sin más ni más, me han traído a la cárcel.

—¿Usted no se ha resistido?

—No.

—Entonces será por otra cosa por lo que le han encerrado.

Martín dijo que así se lo figuraba también él. Le dió las buenas noches el carcelero; contestó Zalacaín amablemente, y se tendió en el suelo.

—Aquí estoy tan seguro como en la posada—se dijo—. Allí me tienen en sus manos, y aquí también, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que se hace mañana.

A pesar de que su imaginación se le insubordinaba, pudo conciliar el sueño y descansar profundamente.

Cuando despertó, vió que entraba un rayo de sol por una alta ventana iluminando el destartalado zaquizamí. Llamó a la puerta, vino el carcelero, y le preguntó:

—¿No le han dicho a usted por qué estoy preso?

—No.

—¿De manera que me van a tener encerrado sin motivo?

—Quizá sea una equivocación.

—Pues es un consuelo.

—¡Cosas de la vida! Aquí no le puede pasar a usted nada.

—¡Si le parece a usted poco estar en la cárcel!

—Eso no deshonra a nadie.

Martín se hizo el asustadizo y el tímido, y preguntó:

—¿Me traerá usted de comer?

—Sí. ¿Hay hambre, eh?

—Ya lo creo.

—¿No querrá usted rancho?

—No.

—Pues ahora le traerán la comida.—Y el carcelero se fué, cantando alegremente.

Comió Martín lo que le trajeron, se tendió envuelto en la manta, y después de un momento de siesta, se levantó a tomar una resolución.

—¿Qué podría hacer yo?—se dijo—. Sobornar al alcaide exigiría mucho dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aquí a que me suelten es exponerme a cárcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta que la guerra termine… Hay que escaparse, no hay más remedio.

Con esta firme decisión, comenzó a pensar un plan de fuga. Salir por la puerta era difícil. La puerta, además de ser fuerte, se cerraba por fuera con llave y cerrojo. Después, aun en el caso de aprovechar una ocasión y poder salir de allá, quedaba por recorrer un pasillo largo y luego unas escaleras… Imposible.

Había que escapar por la ventana. Era el único recurso.

—¿A dónde dará esto?—se dijo.

Arrimó el banco a la pared, se subió a él, se agarró a los barrotes y a pulso se levantó hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la plaza de la fuente, en donde el día anterior se había encontrado con el extranjero.

Saltó al suelo y se sentó en el banco. La reja, era alta, pequeña, con tres barrotes sin travesaño.

—Arrancando uno, quizá puediera pasar—se dijo Martín—. Y esto no sería difícil… luego necesitaría una cuerda. ¿De dónde sacaría yo una cuerda?… La manta… la manta cortada en liras me podía servir…

No tenía mas instrumento que un cortaplumas pequeño.

—Hay que ver la solidez de la reja—murmuró.

Volvió a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenía gran resistencia.

Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un extremo se hallaba apolillado. Martín supuso que no sería difícil romper la madera y quitar el barrote de un lado.

Cortó una tira de la manta y pasándola por el barrote de en medio y atándole después por los extremos formó una abrazadera y metió dos patas del banco en este anillo y las otras dos las sujetó en el suelo.

Contaba así con una especie de plano inclinado para llegar a la reja. Subió por él deslizándose, se agarró con la mano izquierda a un barrote y con la derecha armada del cortaplumas, comenzó a roer la madera del marco.

La postura no era cómoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacaín no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logró arrancar el barrote de su alvéolo.

Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvió a poner como antes, quitó el banco de su posición oblicua, ocultó las astillas arrancadas del marco de la ventana en el jergón, y esperó la noche.

El carcelero le llevó la cena, y Martín le preguntó con empeño si no habían dispuesto nada respecto a él, si pensaban tenerlo encerrado sin motivo alguno.

El carcelero se encogió de hombros y se retiró en seguida tarareando.

Inmediatamente que Zalacaín se vió solo, puso manos a la obra.

Tenía la absoluta seguridad de poderse escapar. Sacó el cortaplumas y comenzó a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fué atando las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo que necesitaba.

Después pensó dejar un recuerdo alegre y divertido en la cárcel. Cogió la cantarilla del agua y le puso su boina y la dejó envuelta en el trozo que quedaba de manta.

—Cuando se asome el carcelero podrá creer que sigo aquí durmiendo. Si gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para escaparme.

Contempló el bulto con una sonrisa, luego subió a la reja, ató un cabo de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echó fuera poco a poco. Cuando toda la cuerda quedó a lo largo de la pared, pasó el cuerpo con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y comenzó a descolgarse resbalándose por el muro.

Cruzó por delante de una ventana iluminada. Vió a alguien que se movía a través de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando oyó ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de oirse los pasos cuando cayó a tierra, metiendo algún estrépito.

Uno de los nudos debía de haberse soltado porque le quedaba un trozo de cuerda entre los dedos. Se levantó.

—No hay avería. No me he hecho nada—se dijo—. Al pasar por cerca de la fuente de la plaza tiró el resto de la cuerda al agua. Luego, deprisa, se dirigió por la calle de la Rua.

Iba marchando volviéndose para mirar atrás, cuando vió a la luz de un farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres sin duda le seguían. Si se alejaba iba a dar a la guardia de extra-muros. No sabiendo qué hacer y viendo un portal abierto, entró en él, y empujando suavemente la puerta, la cerró.

Oyó el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Esperó a que dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajó una mujer vieja al zaguán y echó la llave y el cerrojo de la puerta.

Martín se quedó encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le perseguían.

—No se van—pensó.

Efectivamente, no sólo no se fueron, sino que llamaron en la casa con dos aldabonazos.

Apareció de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de fuera sin abrir.

—¿Ha entrado aquí algún hombre?—preguntó uno de los perseguidores.

—No.

—¿Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda.

—Aquí no hay nadie.

—Registre usted el portal.

Martín, al oir esto, agazapándose, salió del portal y ganó la escalera.
La vieja paseó la luz del farol por todo el zaguán y dijo:

—No hay nadie, no, no hay nadie.

Martín pretendió volver al zaguán, pero la vieja puso el farol de tal modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martín no tuvo más remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos.

—Pasaremos aquí la noche—se dijo.

No había salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el día y abriesen la puerta. No quería exponerse a que lo encontraran dentro estando la casa cerrada, y aguardó hasta muy entrada la mañana.

Serían cerca de las nueve cuando comenzó a bajar las escaleras cautelosamente. Al pasar por el primer piso vió en un cuarto muy lujoso, y extendido sobre un sofá, un uniforme de oficial carlista, con su boina y su espada. Tenía tal convencimiento Martín de que sólo a fuerza de audacia se salvaría, que se desnudó con rapidez, se puso el uniforme y la boina, luego se ciñó la espada, se echó el capote por encima y comenzó a bajar las escaleras, taconeando. Se encontró con la vieja de la noche anterior, y al verla la dijo:

—¿Pero no hay nadie en esta casa?

—¿Qué quería usted? No le había visto.

—¿Vive aquí el comandante don Carlos Ohando?

—No, señor, aquí no vive.

—¡Muchas gracias!

Martín salió a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigió a la posada en donde vivía Bautista.

—¡Tú!—exclamó Urbide—. ¿De dónde sales con ese uniforme? ¿Qué has hecho en todo en todo el día de ayer? Estaba intranquilo. ¿Qué pasa?

—Todo lo contaré. ¿Tienes el coche?

—Sí, pero…

—Nada, tráetelo en seguida, lo más pronto que puedas. Pero a escape.

Martín se sentó a la mesa y escribió con lápiz en un papel: «Querida hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravísimo. Ven inmediatamente en el coche con mi amigo Zalacaín. Tu hermano, Carlos.»

Después de escribir el papel, Martín se paseó con impaciencia por el cuarto. Cada minuto le parecía un siglo. Dos horas larguísimas tuvo que estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyó un ruido de campanillas.

Se asomó al balcón. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro caballos. Entre éstos distinguió Martín los dos jacos en cuyos lomos fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un landó viejo y destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda.

Bajó las escaleras Martín embozado en la capa, abrió la portezuela del coche, y dijo a Bautista:

—Al convento de Recoletas.

Bautista, sin replicar, se dirigió hacia el sitio indicado. Cuando el coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacaín, le dijo:

—¿Qué disparate vas a hacer? Reflexiona.

—¿Tú sabes cuál es el camino de Logroño?—preguntó Martín.

—Si.

—Pues toma por allá.

—Pero…

—Nada, nada, toma por allá. Al principio marcha despacio, para no cansar a los caballos, porque luego habrá que correr.

Hecha esta recomendación, Martín, muy erguido, se dirigió al convento.

—Aquí va a pasar algo gordo—se dijo Bautista preparándose para la catástrofe.

Llamó Martín, entró en el portal, preguntó a la hermana tornera por la señorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron pasar al locutorio y se encontró allí con Catalina y una monja gruesa, que era la superiora. Las saludó profundamente y preguntó:

—¿La señorita de Ohando?

—Soy yo.

—Traigo una carta para usted de su hermano.

Catalina palideció y le temblaron las manos de la emoción. La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Qué dice ese papel?

—Dice que mi hermano está grave… que vaya—balbuceó Catalina.

—¿Está tan grave?—preguntó la superiora a Martín.

—Si, creo que sí.

—¿En dónde se encuentra?

—En una casa de la carretera de Logroño—dijo Martín.

—¿Hacia Azqueta quizá?

—Sí, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento.

—Bueno. Vamos—dijo la superiora—. Que venga también el señor Benito el demandadero.

Martín no se opuso y esperó a que se preparasen para acompañarlas. Al salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero montó junto a él.

—Vamos—dijo Martín a Bautista.

El coche partió; la misma superiora bajó las cortinas y sacando un rosario comenzó a rezar. Recorrió el coche la calle Mayor, atravesó el puente del Azucarero, la calle de San Nicolás, y tomó por la carretera de Logroño.

Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acercó al coche. Alguien abrió la portezuela y la volvió a cerrar en seguida.

—Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo—dijo el demandadero con voz gangosa.

El coche siguió adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se pasó una aldea, luego otra.

—¡Qué lentitud!—exclamó la monja.

—Es que los caballos son muy malos—contestó Martín.

Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenían delante ni atrás pueblos ni casas próximos, Bautista aminoró la marcha. Comenzaba a anochecer.

—¿Pero qué pasa?—dijo de pronto la superiora—. ¿No llegamos todavía?

—Pasa, señora—contestó Zalacaín—que tenemos que seguir adelante.

—¿Y por qué?

—Hay esa orden.

—¿Y quién ha dado esa orden?

—Es un secreto.

—Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.

—Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.

—No, iré con Catalina.

—Imposible.

La superiora lanzó una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba los ojos, exclamó:

—¡Ah! Estaban entendidos.

—Sí, estamos entendidos—contestó Martín—.Esta señorita es mi novia y no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.

—No es verdad, yo lo impediré.

—Usted no lo impedirá porque no podrá impedirlo.

La superiora se calló. Siguió el coche en su marcha pesada y monótona por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los Arcos.

Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y saltó del pescante.

—Tú—le dijo a Zalacaín en vascuence—tenemos un caballo aspeado, si pudieras cambiarlo aquí…

—Intentaremos.

—Y si se pudieran cambiar los dos, sería mejor.

—Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.

Desenganchó Martín los caballos y fué con ellos a la venta.

Le salió al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor. Le dijo Martín, lo que necesitaba, y ella replicó que era imposible, que el amo estaba acostado.

—Pues hay que despertarle.

Llamaron al posadero y éste presentó una porción de obstáculos, adujo toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martín se avino a obedecer y mandó despertar al mozo. El mozo no estaba.

—Ya ve usted, no está el mozo.

—Ayúdeme usted, no tenga usted mal genio—le dijo Martín a la muchacha tomándole la mano y dándole un duro—. Me juego la vida en esto.

La muchacha guardó el duro en el delantal, y ella misma sacó dos caballos de la cuadra y fué con ellos cantando alegremente:

La Virgen del Puy de Estella le dijo a la del Pilar: Si tú eres aragonesa yo soy navarra y con sal.

Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde tenía que dejar los caballos en Logroño.

Entre Bautista, Martín y la moza, reemplazaron el tiro por completo. Martín acompañó a la muchacha, y cuando la vió sola la estrechó por la cintura y la besó en la mejilla.

—¡También usted es posma!—exclamó ella con desgarro.

—Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa sal—replicó Martín.

—Pues tenga usted cuidado no le haga daño.

—¿Quién lleva usted en el coche?

—Unas viejas.

—¿Volverá usted por aquí?

—En cuanto pueda.

—Pues, adiós.

—Adiós, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga usted que nos hemos quedado aquí.

—Bueno, así lo haré.

El coche pasó por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol, cuatro hombres se plantaron en el camino.

—¡Alto!—gritó uno de ellos que llevaba un farol.

Martín saltó del coche y desenvainó la espada.

—¿Quién es?—preguntó.

—Voluntarios realistas—dijeron ellos.

—¿Qué quieren?

—Ver si tienen ustedes pasaporte.

Martín sacó salvoconducto y lo enseñó. Un viejo, de aire respetable, tomó el papel y se puso a leerlo.

—¿No vé usted que soy oficial?—preguntó Martín.

—No importa—replicó el viejo—. ¿Quién va adentro?

—Dos madres recoletas que marchan a Logroño.

—¿No saben ustedes que en Viana están los liberales?—preguntó el viejo.

—No importa, pasaremos.

—Vamos a ver a esas señoras—murmuró el vejete.

—¡Eh, Bautista! Ten cuidado—dijo Martín en vasco.

Descendió Urbide del pescante y tras él saltó el demandadero. El viejo jefe de la patrulla abrió la portezuela del coche y echó la luz del farol al rostro de las viajeras.

—¿Quiénes son ustedes?—preguntó la superiora con presteza.

—Somos voluntarios de Carlos VII.

—Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.

No acababa de decir esto cuando Martín dió una patada al farol que llevaba el viejo, y después de un empujón echó al anciano respetable a la cuneta de la carretera. Bautista arrancó el fusil a otro de la ronda, y el demandadero se vió acometido por dos hombres a la vez.

—¡Pero si yo no soy de estos. Yo soy carlista—gritó el demandadero.

Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacaín, éste cerró contra los dos; uno de los voluntarios le dió un bayonetazo en el hombro izquierdo, y Martín, furioso por el dolor, le tiró una estocada que le atravesó de parte a parte.

La patrulla se había declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.

—¿Estás herido?—preguntó Bautista a su cuñado.

—Sí, pero creo que no es nada. Hala, vámonos.

—¿Llevamos este fusil?

—Sí, quítale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.

Bautista entregó un fusil y una pistola a Martín.

—Vamos, ¡adentro!—dijo Martín al demandadero.

Éste se metió temblando en el coche que partió, llevado al galope por los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgón de artillería. A la media hora Bautista se paró. Se había roto una correa y tuvieron que arreglarla, haciéndole un agujero con el cortaplumas. Estaba cayendo un chaparrón que convertía la carretera en un barrizal.

—Habrá que ir más despacio—dijo Martín.

Efectivamente, comenzaron a marchar más despacio, pero al cabo de un cuarto de hora se oyó a lo lejos como un galope de caballos. Martín se asomó a la ventana; indudablemente los perseguían.

El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.

—¡Alto! ¡Alto!—se oyó gritar.

Bautista azotó los caballos y el coche tomó una una carrera vertiginosa. Al llegar a las curvas, el viejo landó se torcía y rechinaba como si fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero gemía en el fondo del coche.

—¡Alto! ¡Alto!—gritaron de nuevo.

—¡Adelante, Bautista! ¡Adelante!—dijo Martín, sacando la cabeza por la ventanilla.

En aquel momento sonó un tiro, y una bala pasó silbando a poca distancia. Martín cargó la pistola, vió un caballo y un ginete que se acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayó pesadamente al suelo. Los perseguidores dispararon sobre el coche que fué atravesado por las balas. Entonces Martín cargó el fusil y, sacando el cuerpo por la ventanilla, comenzó a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas de los caballos; los que les seguían disparaban también, pero la noche estaba negra y ni Martín ni los perseguidores afinaban la puntería. Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope; ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.

Al amanecer cesó la persecución. Ya no se veía a nadie en la carretera.

—Creo que podemos parar—gritó Bautista—. ¿Eh? Llevamos otra vez el tiro roto. ¿Paramos?

—Sí, para—dijo Martín—; no se ve a nadie.

Paró Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.

El demandadero rezaba y gemía en el coche; Zalacaín le hizo salir de dentro a empujones.

—Anda, al pescante—le dijo—. ¿Es que tú no tienes sangre en las venas, sacristán de los demonios?—le preguntó.

—Yo soy pacífico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer daño a nadie—contestó refunfuñando.

—¿No serás tú una monja disfrazada?

—No, soy un hombre.

—¿No te habrás equivocado?

—No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.

—Eso no impedirá que te metan unas píldoras de plomo en esa grasa fría que forma tu cuerpo.

—¡Qué horror!

—Por eso debes comprender, hombre linfático, que cuando se encuentra uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterías ni con rezos.

Las palabras rudas de Martín reanimaron un poco al demandadero.

Al subir Bautista al pescante, le dijo Martín:

—¿Quieres que guíe yo ahora?

—No, no. Yo voy bien. Y tú, ¿cómo tienes la herida?

—No debe de ser nada.

—¿Vamos a verla?

—Luego, luego; no hay que perder tiempo.

Martín abrió la portezuela, y, al sentarse, dirigiéndose a la superiora, dijo:

—Respecto a usted, señora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a un árbol y a dejarla en la carretera.

Catalina, asustadísima, lloraba. Bautista subió al pescante y el demandadero con él. Comenzó el carruaje a marchar despacio, pero, al poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.

Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.

—Vamos, Bautista, un esfuerzo—grito Martín, sacando la cabeza por la ventanilla—. ¡Así! Echando chispas.

Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el látigo. El coche pasaba con la rapidez de una exhalación, y pronto dejó de oirse detrás el ruido de pisadas de caballos.

Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrían a impulsos del viento, y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo en un alto. Debía de ser Viana.

Al acercarse a él, el coche tropezó con una piedra, se soltó una de las ruedas, la caja se inclinó y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron revueltos en el barro. Martín se levantó primero y tomó en brazos a Catalina.

—¿Tienes algo?—la dijo.

—No, creo que no—contestó ella, gimiendo.

La superiora se había hecho un chichón en la trente y el demandadero dislocado una muñeca.