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Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero) cover

Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

Chapter 33: CAPÍTULO IV
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About This Book

The narrative follows Martín Zalacaín from a spirited childhood in a compact, vividly described town through a series of formative episodes that turn him into a bold adventurer. Family losses, guardianship, mentorship, and fraught personal attachments shape his impulsive courage into a personal code tested in dangerous encounters and daring undertakings. Vivid local detail and episodic pacing alternate domestic scenes with action, examining rural customs, landscapes, and social tensions. The work traces a moral and physical apprenticeship, reflecting on masculinity, independence, loyalty, and the uneasy passage from youthful recklessness to tempered resilience.

—No hay averías importantes—dijo Martín—.¡Adelante!

Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.

—Desengancharemos y montaremos a caballo—dijo Bautista.

—Yo no. Yo no me muevo de aquí—replicó la superiora.

La llegada del coche y su batacazo no habían pasado inadvertidos, porque, pocos momentos después, avanzó del lado de Viana media compañía de soldados.

—Son los guiris—dijo Bautista a Martín.

—Me alegro.

La media compañía se acercó al grupo.

—¡Alto!—gritó el sargento—. ¿Quién vive?

—España.

—Daos prisioneros.

—No nos resistimos.

El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar carlista, a dos monjas y a sus acompañantes llenos de barro.

—Vamos hacia el pueblo—les ordenaron.

Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana.

Un teniente que apareció en la carretera, preguntó:

—¿Qué hay, sargento?

—Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas.

Martín se preguntó por qué le llamaba el sargento general carlista; pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendió que el uniforme, cogido por él en Estella, era de un general.

CAPÍTULO XIII

CÓMO LLEGARON A LOGROÑO Y LO QUE LES OCURRIÓ

Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en camastros, dormían unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor de un gran brasero. Martín fué tratado con mucha consideración por su uniforme. Rogó al oficial le dejara estar a Catalina a su lado.

—¿Es la señora de usted?

—Sí, es mi mujer.

El oficial accedió y pasó a los dos a un cuarto destartalado que servía para los oficiales.

La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas atenciones y quedaron en el cuartelillo.

Un sargento viejo, andaluz, se amarteló con la superiora y comenzó a echaría piropos de los clásicos; la dijo que tenía loz ojoz como doz luceroz y que se parecía a la Virgen de Conzolación de Utrera, y le contó otra porción de cosas del repertorio de los almanaques.

A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzó a reirse con una risa contenida.

—A ver zi te callaz; cochino carca—le dijo el sargento.

—Si yo no digo nada—replicó Bautista.

Zi te siguez riendo azí, te voy a clavá como a un zapo.

Bautista tuvo que ir a un rincón a reirse, y la superiora y el sargento siguieron su conversación.

Al mediodía llegó un coronel, que al ver a Martín le saludó militarmente. Martín le contó sus aventuras, pero el coronel al oírlas frunció las cejas.

—A estos militares—pensó Martín—no les gusta que un paisano haga cosas más difíciles que las suyas.

—Irán ustedes a Logroño y allí veremos si identifican su personalidad.
¿Qué tiene usted? ¿Está usted herido?

—Sí.

—Ahora vendrá el físico a reconocerle.

Efectivamente, llegó un doctor que reconoció a Martín, le vendó, y redujo la dislocación del mandadero, que gritó y chilló como un condenado. Después de comer trajeron los caballos del coche, les obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compañía tomaron el camino de Logroño.

Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porción de lavanderas y de mujeres de carabineros salieron a ver la extraña comitiva, y varias de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiéndose a la monja:

        Ahora sí que estarás contentona
        Carlistona, mandilona;
        Ahora sí que estarás contentón
        Carlistón, mandilón, cobardón.

La pobre superiora estaba lívida de rabia. Martín y Bautista se miraban con cierto cómico estupor.

En Logroño pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martín a ver al general. Le contó Zalacaín sus aventuras, y el general le dijo:

—Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto, inmediatamente dejaría libre a usted y a sus compañeros.

—¿Y yo cómo voy a probar la verdad de mis palabras?

—¡Si pudiera usted identificar su persona! ¿No conoce usted aquí a nadie? ¿Algún comerciante?

—No.

—Es lástima.

—Sí, sí, conozco a una persona—dijo de pronto Martín—, conozco a la señora de Briones y a su hija.

—¿Y el capitán Briones, también lo conocerá usted?

—También.

—Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estará aquí.

El general mandó un ayudante suyo, y media hora después estaba el capitán Briones, que reconoció a Martín. El general los dejó a todos libres.

Martín, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la oposición de la superiora, cuando el capitán Briones dijo:

—Amigo Zalacaín, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer con ellas.

Martín explicó a su novia como no le era posible desatender la invitación, y dejando a Bautista y a Catalina fué en compañía del oficial.

La casa de la señora de Briones estaba en una calle céntrica, con soportales.

Rosita y su madre recibieron a Martín con grandes muestras de amistad. La aventura de su llegada a Logroño con un una señorita y una monja había corrido por todas partes.

Madre é hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martín tuvo que contar sus aventuras.

—¡Pero qué muchacho!—decía doña Pepita, haciéndose cruces—. Usted es un verdadero diablo.

Después de comer vinieron unas señoritas amigas de Rosa Briones, y Martín tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se habló de sobremesa y se cantó. Martín pensaba: ¿Qué hará Catalina? Pero luego se olvidaba con la conversación.

Doña Pepita dijo que su hija había tenido el capricho de aprender la guitarra é incitó a Rosita para que cantara.

—Sí, canta—dijeron las demás muchachas.

—Sí, cante usted—añadió Zalacaín.

Rosita sacó la guitarra y cantó algunas canciones, acompañándose con ella, y luego, como en honor de Martín, entonó un zortzico con letra castellana, que comenzaba así:

        Aunque la oración suene
        Yo no me voy de aquí;
        La del pañuelo rojo
        Loco me ha vuelto a mí.

Y el estribillo de la canción era:

        Aufa que el campanero
        La oración va a tocar,
        Aufa que yo te quiero
        Maitia, maitia, ven acá.

Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.

Cuando salió de casa de la señora de Briones, eran cerca de las once de la noche. Al encontrarse en la calle comprendió su falta brutal de atención. Fué a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La mayoría estaban cerrados. En uno del Espolón le dijeron: «Aquí ha venido una señorita, pero está descansando en su cuarto.»

—¿No podría usted avisarla?

—No.

Bautista tampoco parecía.

Sin saber qué hacer, volvió Martín a los soportales y se puso a pasear por ellos. Si no fuera por Catalina—pensó—era capaz de quedarme aquí y ver si Rosita Briones está de veras por mí, como parece.

Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de criado, se paró ante él y le dijo:

—¿Es usted don Martín Zalacaín?

—El mismo.

—¿Quiere usted venir conmigo? Mi señora quiere hablarle.

—¿Y quién es la señora de usted?

—Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.

—¿Una amiga de mi infancia?

—Sí.

—Es posible—pensó Zalacaín—. Si habré conocido en mi infancia a alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi amiga—dijo en voz alta.

El criado siguió por los soportales, torció una esquina, y en una casa grande empujó la puerta y entró en un zaguán elegante, iluminado por un gran farol.

—Pase el señorito—dijo el criado indicándole una escalera alfombrada.

—Debe haber una equivocación—pensó Martín—. No es posible otra cosa.

Subieron la escalera, el criado levantó una cortina y pasó Zalacaín. Sentada en un sofá y hojeando un álbum, había una mujer desconocida, una mujer pequeña, delgada, rubia, elegantísima.

—Perdone usted, señora—dijo Martín—, creo que usted y yo somos víctimas de una equivocación…

—Yo, por mi parte, no—contestó ella riendo, con una risa zumbona.

—¿Quiere algo más la señora?—preguntó el criado.

—No, pueden ustedes retirarse.

Martín quedó asombrado. El criado echó la pesada cortina y quedaron solos.

—Martín—dijo la dama, levantándose de su silla y poniéndole las manos pequeñas en sus hombros—. ¿No te acuerdas de mí?

—No, la verdad.

—Soy Linda.

—¿Qué Linda?

—Linda, la que estuvo en Urbia cuando fué el domador, y murió tu madre.
¿No te acuerdas?

—¿Usted es Linda?

—¡Oh, no me hables de usted! Sí, yo soy Linda. He sabido como habías venido a Logroño y he mandado que te buscaran.

—¿De manera que tú eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?

—La misma.

—¿Y me has conocido?

—Sí.

—Yo no te hubiera conocido.

—Habla, cuenta de tu vida. Tú no sabes la gana que tenía de verte. Eres el único hombre por quien me han pegado. ¿Te acuerdas? Para mí constituías toda mi familia. ¿Qué hará? ¿Dónde estará Martín? pensaba.

—¿De veras? ¡Que extraño! ¡Hace de esto tanto tiempo! Y somos jóvenes los dos.

—¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Cuál ha sido tu vida? ¿Qué has hecho por el mundo?

Martín, emocionado, habló de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda contó las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un señor rico le sacó del circo y le brindó con su protección. Ahora este señor, título, con grandes posesiones en la Rioja, quería casarse con ella.

—¿Y tú te vas a casar?—la preguntó Martín.

—Claro.

—¿De manera que dentro de poco serás una señora condesa o marquesa?

—Sí, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre libre y ya las cadenas no son para mí, aunque sean de oro. Pero estás pálido. ¿Qué te pasa?

Martín sentía un gran cansancio y le dolía el hombro. Linda, al saber que estaba herido, le obligó a quedarse allí.

Afortunadamente el rasguño no era grave y Zalacaín curó pronto.

Al día siguiente, Linda no le dejó salir; y al verse dominado por ella, por su suave encanto, encontró el herido que sus convalecencias eran más peligrosas para sus sentimientos que para su salud.

—Que le avisen a mi cuñado donde estoy—dijo Martín varias veces a
Linda.

Ésta envió un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de
Bautista ni de Catalina.

CAPÍTULO XIV

CÓMO ZALACAÍN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.

De conocer Martín la Odisea es posible que hubiese tenido la pretensión de comparar a Linda con la hechicera Circe y a sí mismo con Ulises, pero como no había leído el poema de Homero no se le ocurrió tal comparación.

Sí se le ocurrió varias veces que se estaba portando como un bellaco, pero Linda ¡era tan encantadora! ¡Tenía por él tan grande entusiasmo! Le había hecho olvidar a Catalina. Muchos días maldecía de su barbarie, pero no se determinaba a marcharse. Decidió en su fuero interno que la culpa de todo era de Bautista y esta decisión le tranquilizó.

—¿Dónde se ha metido ese hombre?—se preguntaba.

Una semana después del encuentro con Linda, al pasar por los soportales de la calle principal de Logroño se encontró con Bautista que venía hacia él indiferente y tranquilo como de costumbre.

—¿Pero dónde estás?—exclamó Martín incomodado.

—Eso te pregunto yo, ¿dónde estás?—contestó Bautista.

—¿Y Catalina?

—¡Qué sé yo! Yo creí que tú sabrías dónde estaba, que os habíais marchado los dos sin decirme nada.

—¿De manera que no sabes?…

—Yo no.

—¿Cuándo hablaste tú con ella por última vez?

—El mismo día de llegar aquí; hace ocho días. Cuando tú te fuistes a comer a casa de la señora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos a la fonda. Pasó el tiempo, pasó el tiempo y tú no venías.—¿Pero dónde está?—preguntaba Catalina.—¿Qué sé yo?—la decía. A la una de la mañana, viendo que tú no venías, yo me fuí a la cama. Estaba molido. Me dormí y me desperté muy tarde y me encontré con que la monja y Catalina se habían marchado y tú no habías venido. Esperé un día, y como no aparecía nadie, creí que os habíais marchado y me fuí a Bayona y dejé las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezó a decirme:—¿Pero dónde estará Martín? ¿Le ha pasado algo?—Escribí a Briones y me contestó que estabas aquí escandalizando el pueblo, y por eso he venido.

—Sí, la verdad es que yo tengo la culpa—dijo Martín—. ¿Pero dónde puede estar Catalina? ¿Habrá seguido a la monja?

—Es lo más probable.

Martín, al encontrarse con Bautista y hablar con él, se sintió fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzó a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se había marchado por la estación; la otra, la monja, había partido en un coche hacia Laguardia.

Martín y Bautista supusieron si las dos estarían refugiadas en Laguardia. Sin duda la monja recuperó su ascendiente sobre Catalina en vista de la falta de Martín y la convenció de que volviera con ella al convento.

Era imposible que Catalina encontrándose en otro lado no hubiese escrito.

Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de Asa que días antes un coche con la monja intentó pasar a Laguardia, pero al ver la carretera ocupada por el ejército liberal sitiando la ciudad y atacando las trincheras retrocedió. Suponían los de la venta que la monja habría vuelto a Logroño, a no ser que intentara entrar en la ciudad sitiada, tomando en caballería el camino de Lanciego por Oyón y Venaspre.

Marcharon a Oyón y luego a Yécora, pero nadie les pudo dar razón. Los dos pueblos estaban casi abandonados.

Desde aquel camino alto se veía Laguardia rodeada de su muralla en medio de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podía extenderse la vista hasta los montes de Pancorbo.

En este polígono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni campanarios, no parecía aquello un pueblo, sino más bien una fortaleza. En un extremo de la muralla se erguía un torreón envuelto en aquel instante en una densa humareda.

Al salir de Yécora, un hombre famélico y destrozado les salió al encuentro y habló con ellos. Les contó que los carlistas iban a abandonar Laguardia un día u otro. Le preguntó Martín si era posible entrar en la ciudad.

—Por la puerta es imposible—dijo el hombre—, pero yo he entrado subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos y la de Mercadal.

—¿Pero y los centinelas?

—No suelen haber muchas veces.

Bajaron Martín y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y llegaron al sitio en donde acampaba el ejército liberal. La tropa, después de cañonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo abandonaba sus posiciones refugiándose en los muros.

El regimiento del capitán Briones se encontraba en las avanzadas. Martín preguntó por él y lo encontró. Briones presentó a Zalacaín y a Bautista a algunos oficiales compañeros suyos, y por la noche tuvieron una partida de cartas y jugaron y bebieron. Ganó Martín, y uno de los compañeros de Briones, un teniente aragonés que había perdido toda su paga, comenzó, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y Zalacaín y él se encarzaron en una estúpida discusión de amor propio regional, de esas tan frecuentes en España.

Decía el teniente aragonés que los vascongados eran tan torpes, que un capitán carlista, para enseñarles a marchar a la derecha y a la izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decía, por ejemplo: ¡Doble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decía. ¡Hacia el lado de la paja! Además, según el oficial, los vascongados eran unos poltrones que no se querían batir más que estando cerca de sus casas.

Martín se estaba amoscando, y dijo al oficial:

—Yo no sé como serán los vascongados, pero lo que le puedo decir a usted es que lo que usted o cualquiera de estos señores haga, lo hago yo por debajo de la pierna.

—Y yo—dijo Bautista, colocándose al lado de Martín.

—Vamos, hombre—dijo Briones—. No sean ustedes tontos. El teniente
Ramírez no ha querido ofenderles.

—No nos ha llamado más que estúpidos y cobardes—dijo riendo Martín—. Claro que a mí no me importa nada lo que este señor opine de nosotros, pero me gustaría encontrar una ocasión para probarle que está equivocado.

—Salga usted—dijo el teniente.

—Cuando usted quiera—contestó Martín.

—No—replicó Briones—, yo lo prohibo. El teniente Ramírez quedará arrestado.

—Está bien—dijo refunfuñando el aludido.

—Si estos señores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia pueden venir con nosotros—advirtió el oficial.

Martín creyó ver alguna ironía en las palabras del militar y replicó burlonamente:

—¡Cuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo más con mi cuñado Bautista.

Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martín insistía, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad sitiada, pensaron que Martín estaba loco. Briones, que le conocía, trató de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacaín no se convenció.

—¿Ven ustedes este pañuelo blanco?—dijo—. Mañana al amanecer lo verán ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ¿Habrá por aquí una cuerda?

Uno de los oficiales jóvenes trajo una cuerda, y Martín y Bautista, sin hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.

El frío de la noche les serenó, y Martín y su cuñado se miraron algo extrañados. Se dice que los antiguos godos tenían la costumbre de resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta manera unían en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martín sintió no haber seguido esta prudente táctica goda, pero se calló y dió a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su vida.

—¿Qué? ¿vamos a ir?—preguntó Bautista.

—Probaremos.

Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego y cruzando éste se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad. Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con árboles que circunda el pueblo.

Debían de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yécora, entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.

Efectivamente, el sitio era aquél. Distinguieron los agujeros en el muro que servía de escalera; los de abajo estaban tapados.

—Podríamos abrir estos boquetes—dijo Bautista.

—¡Hum! Tardaríamos mucho—contestó Martín—. Súbete encima de mí a ver si llegas. Toma la cuerda.

Bautista se encaramó sobre los hombros de Martín, y luego, viendo que se podía subir sin dificultad, escaló la muralla hasta lo alto. Asomó la cabeza y viendo que no había vigilancia saltó encima.

—¿Nadie?—dijo Martín.

—Nadie.

Sujetó Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un ángulo de un torreón, v subió Martín a pulso, con el palo en los dientes.

—Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veía ni se oía nada. El pueblo parecía muerto.

—¿Qué pasará aquí?—se dijo Martín.

Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie.
Indudablemente, los carlistas habían huído de Laguardia.

Martín y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logroño, sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el pañuelo blanco.

Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habían subido. La cuerda seguía en el mismo sitio. Amanecía. Desde allá arriba se veía una enorme extensión de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los viñedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del día.

—Bueno, baja—dijo Martín—. Yo sujetaré la cuerda.

—No, baja tú—replicó Bautista.

—Vamos, no seas imbécil.

—¿Quién vive?—gritó una voz en aquel mismo momento.

Ninguno de los dos contestó. Bautista comenzó a bajar despacio. Martín se tendió en la muralla.

—¿Quién vive?—volvió a gritar el centinela.

Martín se aplastó en el suelo todo lo que pudo; sonó un disparo y una bala pasó por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba lejos. Cuando Bautista descendió, Martín comenzó a bajar. Tuvo la suerte de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un hilo. Había movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron a ella, y Martín y Bautista se escondieron tras de los árboles del paseo que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez más. Fueron pasando de árbol a árbol, hasta llegar cerca del cementerio.

—Ahora no hay más remedio que echar a correr a la descubierta—dijo
Martín—. A la una…, a las dos… Vamos allá.

Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al cementerio. De aquí ganaron pronto el camino de Logroño. Ya fuera de peligro, miraron hacia atrás. El pañuelo seguía en la muralla ondeando al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martín y a Bautista como a héroes.

Al día siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en Peñacerrada. La población enarboló bandera de parlamento; y el ejército, con el general al frente, entraba en la ciudad.

Por más que Martín y Bautista preguntaron en todas las casas, no encontraron a Catalina.

LIBRO TERCERO

Las últimas aventuras

CAPÍTULO PRIMERO

LOS RECIÉN CASADOS ESTÁN CONTENTOS

Catalina no fué inflexible. Pocos días después, Martín recibió una carta de su hermana. Decía la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro, desde hacía algunos días. Al principio no había querido oir hablar de Martín, pero ahora le perdonaba y le esperaba.

Martín y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se reconciliaron.

Se preparó la boda. ¡Qué paz se disfrutaba allí, mientras se mataban en España! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, después de la misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunían en la sidrería y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia, con un capuchón negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el coro y Martín la oía, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia entonaba el Aleluya.

Se celebró la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y luego la fiesta en la casa de Bautista.

Hacía todavía frío, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda se echaron montones de leña, y los invitados cantaron y bebieron hasta bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence, cantaron una canción monótona de su tiempo, y Bautista lució su voz y su repertorio completo y cantó una canción en honor de los novios.

Ezcon berriyac pozquidac daudé pozquidac daudé eguin diralaco gaur alcarren jabé clizan.

(Los recién casados están muy alegres, porque hoy se han hecho dueños, uno de otro, en la iglesia.)

La fiesta acabó, con la mayor alegría, a la media noche, en que se retiraron todos.

Pasada la luna de miel, Martín volvió a las andadas. No paraba, iba y venía de España a Francia, sin poder reposar.

Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra é intentaba retener a Martín a su lado.

—Pero, ¿qué quieres más?—le decía—.¿No tienes ya bastante dinero?
¿Para qué exponerte de nuevo?

—Si no me expongo—replicaba Martín.

Pero no era verdad, tenía ambición, amor al peligro y una confianza ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.

Martín y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a España. Al año de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron José Miguel, recordando Martín la recomendación del viejo Tellagorri.

CAPÍTULO II

EN EL CUAL SE INICIA LA «DESHECHA»

Con la proclamación de la monarquía en España, comenzó el deshielo en el campo carlista. La batalla de Lácar, perdida de una manera ridícula por el ejército regular en presencia del nuevo rey, dió alientos a los carlistas, pero a pesar del triunfo y del botín la causa del Pretendiente iba de capa caída.

La batalla de Lácar no hizo más que enriquecer el repertorio de las canciones de la guerra con una copla que más que para soldados parecía escrita para el coro de señoras de una zarzuela, y que decía así:

        En Lácar, chiquillo,
        Te viste en un tris,
        Si don Carlos te da con la bota
        Como una pelota,
        Te envía a París.

Era difícil, al oir esta canción, no pensar en unas cuantas coristas balanceando voluptuosamente las caderas.

Los carlistas hablaban ya de traición. Con el fracaso del sitio de Irún y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamación de Sagunto, la desconfianza cundió por todas partes.

—Son primos y ellos se entienden—decían los desconfiados, que eran legión.

Algunos que habían oído hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos, creían que a este don Alfonso le habían hecho rey.

Los ambiciosos de los pueblos veían que todas las clases ricas se inclinaban a favor de la monarquía liberal.

Los generales alfonsinos, después de hecho su agosto y ascendido en su carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la guerra durante más tiempo; habían matado la república, que ciertamente por estólida merecía la muerte; el nuevo gobierno les miraba como vencedores, pacificadores y héroes. ¡Qué más podían desear!

En el campo carlista comenzaba la Deshecha. Ya se podía andar por las carreteras sin peligro; el carlismo seguía por la fuerza de la inercia, defendido débilmente y atacado más débilmente todavía. La única arma que se blandía de veras era el dinero.

Martín, viendo que no era difícil recorrer los caminos, tomó su cochecito y se dirigió hacia Urbia una mañana de invierno.

Todos los fuertes permanecían silenciosos, mudas las trincheras carlistas, ni una detonación, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve cubría el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.

Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veían casas de campo derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja, árboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.

Martín entró en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas herméticamente. Ofrecía el hermoso caserón un aspecto lamentable; en la huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las más grandes de un magnífico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los rosales trepadores, antes tan lozanos, se veían marchitos.

Subió Martín por su calle a ver la casa en donde nació.

La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veían los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca del caserío de Zalacaín había una viga de madera, de la que colgaba una campana.

—¿Para qué sirve esto?—preguntó a un mendigo que iba de puerta en puerta.

Era para el vigía. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para avisar a la gente de la parte baja.

Entró Martín en el caserío Zalacaín. El tejado no existía; sólo quedaba un rincón de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los escombros, había un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en cuidar varios pucheros.

—¿Quién vive aquí?—preguntó Martín.

—Aquí vivo yo—contestó una voz.

Martín quedó atónito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las manos afectuosamente.

—¡Lo que dió usted que hablar en Estella!—dijo el extranjero—. ¡Qué golpe aquel más admirable! ¿Cómo se escaparon ustedes?

Martín contó la historia de su escapatoria, y el periodista fué tomando notas.

—Puedo hacer una crónica admirable—dijo.

Luego hablaron de la guerra.

—¡Pobre país!—dijo el extranjero—. ¡Cuánta brutalidad! ¡Cuánto absurdo! ¿Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en Estella?

—Sí.

—Murió fusilado. ¿Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de los que nos persiguieron cerca de Hernani?

—Sí.

—Esos dos habían salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ¿Sabe usted quién los ha fusilado?

—¿Pero los han fusilado?

—Sí, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.

—¡Pobre gente!

—A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debía usted también conocer…

—Sí, lo conocía.

—A ese lo mandó fusilar Lizárraga. Y al Jabonero, el lugarteniente del Cura…

—¿También lo fusilaron?

—También. Al Jabonero le debía el Cura la única victoria que consiguió en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales; pero tenía celos de él y además creía que le hacía traición, y lo mandó fusilar.

—Si esto sigue así no vamos a quedar nadie.

—Afortunadamente ya ha comenzado la Deshecha como dicen los aldeanos—contestó el extranjero—.¿Y usted a qué ha venido aquí?

Martín dijo que él era de Urbia, así como su mujer, y contó sus aventuras desde el tiempo en que había dejado de ver al extranjero. Comieron juntos y por la tarde se despidieron.

—Todavía creo que nos volveremos a ver—dijo el extranjero.

—Quién sabe. Es muy posible.

CAPÍTULO III

EN DONDE MARTÍN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA

En la época de las nieves, un general audaz que venía de muy lejos intentó envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de Pamplona avanzó por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiró hacia Enguí y luego tomó por el puerto de Olaberri, próximo a la frontera, por entre bosques y sendas malísimas; y perdidos sus soldados en los bosques, llegaron después de dos días y tres noches al Baztán.

La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la terrible nevada que cayó al día siguiente de estar en Elizondo cae antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.

El general pidió víveres a Francia, y gracias a la ayuda del país vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martín y Bautista se hallaban en relación con una casa de Bayona, y fueron a Añoa con sus carros.

Añoa está a un kilómetro próximamente de la frontera, en donde se halla establecida la aduana española de Dancharinea.

Aquel día, una porción de gente de la frontera francesa se asomó a Añoa. La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y ómnibus, que conducían al valle de Baztán para las tropas fardos de zapatos, sacos de pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de vino y de aguardiente.

El camino estaba intransitable y lleno de barro. Además de todo aquel convoy de mercancías consignado al ejército, hallábanse otros coches atiborrados de géneros que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver si vendían al por menor.

Había también cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porción de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.

Martín con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Añoa y se alojaron en la venta. Catalina quería ver si obtenía noticias de su hermano.

En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo darles ninguna razón de Carlos Ohando.

—Si no está en Peñaplata, irá camino de Burguete—les dijo.

Se encontraban a la puerta de la venta Martín y Bautista, cuando pasó, envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludó a Martín muy afectuoso y entró en la venta. Vestía uniforme de comandante y llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.

—He hablado mucho de usted a mi general—le dijo a Martín.

—¿Sí?

—Ya lo creo. Tendría mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus aventuras. ¿Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahí un caballo de mi asistente.

—¿Dónde está el general?

—En Elizondo. ¿Viene usted?

—Vamos.

Advirtió Martín a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones y Zalacaín a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa, centro del valle del Baztán. El general se alojaba en un palacio de la plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.

Le hizo pasar Briones a Martín al cuarto en donde se encontraba el general. Éste, sentado a una mesa donde tenía planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutía con varias personas.

Presentó Briones a Martín, y el general, después de estrecharle la mano, le dijo bruscamente:

—Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.

—Muchas gracias, mi general.

—¿Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el valle del Baztán?

—Sí, como mi propia mano. Creo que no habrá otro que las conozca tan bien.

—¿Sabe usted los caminos y las sendas?

—No hay más que sendas.

—¿Hay sendero para subir a Peñaplata por el lado de Zugarramurdi?

—Lo hay.

—¿Pueden subir caballos?

—Sí, fácilmente.

El general discutió con Briones y con el otro ayudante. Él había tenido el proyecto de cerrar la frontera é impedir la retirada a Francia del grueso del ejército carlista, pero era imposible.

—Usted ¿qué ideas políticas tiene?—preguntó de pronto el general a
Martín.

—Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy liberal.

—¿Querría usted servir de guía a la columna que subirá mañana a
Peñaplata?

—No tengo inconveniente.

El general se levantó de la silla en donde estaba sentado y se acercó con Zalacaín a uno de los balcones.

—Creo—le dijo—que actualmente soy el hombre de más influencia de
España. ¿Qué quiere usted ser? ¿No tiene usted ambiciones?

—Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es también…

—¿De dónde es usted?

—De Urbia.

—¿Quiere usted que le nombremos alcalde de allá?

Martín reflexionó.

—Sí, eso me gusta—dijo.

—Pues cuente usted con ello. Mañana por la mañana hay que estar aquí.

—¿Van a ir tropas por Zugarramurdi?

—Sí.

—Yo les esperaré en la carretera, junto al alto de Maya.

Martín se despidió del general y de Briones, y volvió a Añoa, para tranquilizar a su mujer. Contó a Bautista su conversación con el general; Bautista se lo dijo a su mujer y ésta a Catalina.

A media noche, se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se presentó Catalina con su hijo en brazos.

—¡Martín! ¡Martín!—le dijo sollozando—. Me han asegurado que quieres ir con el ejército a subir a Peñaplata.

—¿Yo?

—Sí.

—Es verdad. ¿Y eso te asusta?

—No vayas. Te van a matar, Martín. ¡No vayas! ¡Por nuestro hijo! ¡Por mí!

—Bah, ¡tonterías! ¿Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ¿qué me va a pasar, yendo en compañía de tanta gente?

—Sí, pero ahora no vayas, Martín. La guerra se va a acabar en seguida.
Que no te pase algo al final.

—Me he comprometido. Tengo que ir.

—¡Oh, Martín!—sollozó Catalina—. Tú eres todo para mí; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cariño que pudiese tenerle a él lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martín.

—No tengas cuidado. Estáte tranquila. Mi vida está asegurada, pero tengo que ir. He dado mi palabra…

—Por tu hijo…

—Sí, por mi hijo también… No quiero que, andando el tiempo, puedan decir de él: «Este es el hijo de Zalacaín, que dió su palabra y no la cumplió por miedo»; no, si dicen algo, que digan: «Este es Miguel Zalacaín, el hijo de Martín Zalacaín, tan valiente como su padre… No. Más valiente aún que su padre.»

Y Martín, con sus palabras, llegó a infundir ánimo en su mujer, acarició al niño, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazó a ésta y, montando a caballo, desapareció por el camino de Elizondo.

CAPÍTULO IV

LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE

Martín llegó al alto de Maya al amanecer, subió un poco por la carretera y vió que venía la tropa. Se reunió con Briones y ambos se pusieron a la cabeza de la columna.

Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los primeros rayos del sol.

De esta blancura de las rocas precedía el nombre del monte Arrizuri (piedra blanca) en vasco y Peñaplata en castellano.

Martín tomó el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla humedecida cubría el camino, por el cual los caballos y los hombres se resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de malezas y de troncos podridos de árboles, como se separaba de ella. Los soldados caían en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se precipitaba el agua brillante.

Mientras marchaban Martín y Briones a caballo, fueron hablando amistosamente. Martín felicitó a Briones por sus ascensos.

—Sí, no estoy descontento—dijo el comandante—; pero usted, amigo Zalacaín, es el que avanza con rapidez, si sigue así; si en estos años adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a llegar donde quiera.

—¿Creerá usted que yo ya no tengo casi ambición?

—¿No?

—No. Sin duda, eran los obstáculos los que me daban antes bríos y fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme. Que uno quería vivir, el obstáculo; que uno quería a una mujer y la mujer le quería a uno, el obstáculo también. Ahora no tengo obstáculos, y ya no se qué hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y otros quebraderos de cabeza.

—Es usted la inquietud personificada, Martín—dijo Briones.

—¿Qué quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la acción, la acción continua. Yo, muchas veces pienso que llegará un día en que los hombres podrán aprovechar las pasiones de los demás en algo bueno.

—¿También es usted soñador?

—También.

—La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacaín.

—Pero la mayoría de los hombres son como yo.

—Oh, no. La mayoría somos gente tranquila, pacífica, un poco muerta.

—Pues yo estoy vivo, eso sí; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, máquinas, minas, nada quieto, nada inmóvil…

—Extrañas ideas—murmuró Briones.

Concluía el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse, escalando la altura.

Al llegar a este punto, Martín avisó a Briones que era conveniente que sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se encontrarían en terreno descubierto y desprovisto de árboles.

Briones mandó a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y fueran avanzando despacio en guerrilla.

—Mientras unos van por aquí—dijo Martín a Briones—otros pueden subir por el lado opuesto. Hay allá arriba una explanada grande. Si los carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad terrible.

Briones dió cuenta al general de lo dicho por Martín, y aquél ordenó que medio batallón fuera por el lado indicado por el guía. Mientras no oyeran los tiros del grueso de la fuerza no debían atacar.

Zalacaín y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre helechos.

—Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una plazuela formada por hayas—dijo Martín—deben tener centinelas los carlistas; sino por ahí podemos subir hasta los altos de Peñaplata sin dificultad.

Al acercarse al sitio indicado por Martín, oyeron una voz que cantaba.
Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia.

—No serán las brujas—dijo Martín.

—¿Por qué las brujas?—preguntó Briones.

—¿No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el monte Aquelarre—contestó Martín.

—¿El Aquelarre? ¿Pero existe?

—Sí.

—¿Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre?

—¿Aquelarre?… Sí, quiere decir Prado del macho cabrío.

—¿El macho cabrío será el demonio?

—Probablemente.

La canción no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compañía de diez o doce estaba calentándose alrededor de una hoguera.

Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban.

No habían comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente esperaron tendidos entre los matorrales.

Martín sentía como un remordimiento al pensar que aquellos alegres muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos.

La señal no se hizo esperar y no fué un tiro, sino una serie de descargas cerradas.

—¡Fuego!—gritó Briones.

Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los demás, saltando entre breñales, comenzaron a huir y a disparar.

La acción se generalizaba; debía de ser furiosa a juzgar por el ruido de fusilería. Briones, con su tropa, y Martín subían por el monte a duras penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos, se retiraron.

La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos. Iban recogiéndolos en camillas. Todavía seguía la acción, pero poco después una columna de ejército avanzaba por el monte por otro lado, y los carlistas huían a la desbandada hacia Francia.

CAPÍTULO V

DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA

Fueron Martín y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port. Todo el grueso del ejército carlista entraba, en su retirada de España, por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porción de comerciantes se había descolgado por allí, como cuervos al olor de la carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros, espadas, fusiles y ropas a precios ínfimos.

Era un poco repulsivo ver esta explotación, y Martín, sintiéndose patriota, habló de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada cual se aprovechaba cuando podía.

Martín no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compañía del Cacho, había salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo.

Sin atender a que fuera o no prudente, Martín tomó el carricoche por el camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios, uno español y otro francés, en las orillas de un riachuelo, y siguieron hasta Valcarlos.

Catalina, al ver aquel espectáculo, quedó horrorizada. La estrecha carretera era un campo de desolación. Casas humeando aún por el incendio, árboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de guerra, cajas, correas de artillería, bayonetas torcidas, instrumentos musicales de cobre aplastados por los carros.

En la cuneta de la carretera se veía a un muerto medio desnudo, sin botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le manchaba la cara.

En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo aquel ejército funesto, para devorar sus despojos.

Martín, atendiendo a la impresión de Catalina, volvió prudentemente hasta llegar de nuevo al barrio francés de Arneguy. Entraron en la posada. Allí estaba el extranjero.

—¿No le decía a usted que nos veríamos todavía?—dijo éste.

—Sí. Es verdad.

Martín presentó a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron a que llegaran los últimos soldados.

Al anochecer, en un grupo de seis o siete, apareció Carlos Ohando y el
Cacho
.

Catalina se acercó a su hermano con los brazos abiertos.

—¡Carlos! ¡Carlos!—gritó.

Ohando quedó atónito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio añadió:

—Quítate de delante. ¡Perdida! ¡Nos has deshonrado!

Y en su brutalidad escupió a Catalina en la cara. Martín, cegado, saltó como un tigre sobre Carlos y le agarró por el cuello.

—¡Canalla! ¡Cobarde!—rugió—. Ahora mismo vas a pedir perdón a tu hermana.

—¡Suelta! ¡Suelta!—exclamó Carlos ahogándose.

—¡De rodillas!

—¡Por Dios, Martín ¡Déjale!—gritó Catalina—. ¡Déjale!

—No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdón de rodillas.

—No—exclamó Ohando.

—Sí—y Martín le llevó por el cuello, arrastrándole por el barro, hasta donde estaba Catalina.

—No sea usted bárbaro—exclamó el extranjero—. Déjelo usted.

—¡A mí, Cacho! ¡A mí!—gritó Carlos ahogadamente.

Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, el Cacho, desde la esquina de la posada, levantó su fusil, apuntó; se oyó una detonación, y Martín, herido en la espalda, vaciló, soltó a Ohando y cayó en la tierra.

Carlos se levantó y quedó mirando a su adversario. Catalina se lanzó sobre el cuerpo de su marido y trató de incorporarle. Era inútil.

Martín tomó la mano de su mujer y con un esfuerzo último se la llevó a los labios—. ¡Adiós!—murmuró débilmente, se le nublaron los ojos y quedó muerto.

A lo lejos, un clarín guerrero hacía temblar el aire de Roncesvalles.

Así se habían estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.

Así hacía cerca quinientos años había matado también a traición Velche de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martín López de Zalacaín.

Catalina se desmayó al lado del cadáver de su marido. El extranjero con la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes franceses persiguieron al Cacho, y viendo que éste no se detenía, le dispararon varios tiros hasta que cayó herido.

* * * * *

El cadáver de Martín se llevó al interior de la posada y estuvo toda la noche rodeado de cirios. Los amigos no cabían en la casa. Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.

Por la mañana se verificó el entierro. El día estaba claro y alegre. Se sacó la caja y se la colocó en el coche que habían mandado de San Juan del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caseríos propiedad de los Ohandos estaban allí; habían venido de Urbia a pie para asistir al entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista Urbide y Capistun el americano.

Y las mujeres lloraban.

—Tan grande como era—decían—. ¡Pobre! ¡Quién había de decir que tendríamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de niño!

El cortejo tomó el camino de Zaro y allí tuvo fin la triste ceremonia.

* * * * *

Meses después, Carlos Ohando entró en San Ignacio de Loyola; el Cacho estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fué enviado a un presidio francés; y Catalina, con su hijo, marchó a Zaro a vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.