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Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero) cover

Zalacaín El Aventurero / (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

Chapter 40: LIBRO SEGUNDO
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About This Book

The narrative follows Martín Zalacaín from a spirited childhood in a compact, vividly described town through a series of formative episodes that turn him into a bold adventurer. Family losses, guardianship, mentorship, and fraught personal attachments shape his impulsive courage into a personal code tested in dangerous encounters and daring undertakings. Vivid local detail and episodic pacing alternate domestic scenes with action, examining rural customs, landscapes, and social tensions. The work traces a moral and physical apprenticeship, reflecting on masculinity, independence, loyalty, and the uneasy passage from youthful recklessness to tempered resilience.

CAPÍTULO VI

LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO

Zaro es un pueblo pequeño, muy pequeño, asentado sobre una colina. Para llegar a él se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual los arbustos frondosos forman en verano un túnel.

A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos de la pasión: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces bárbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un carácter sombrío y trágico a las aldeas vascas.

En el vértice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el grueso tronco rodeado por un banco de piedra.

Una de las caras que forman la plaza es grande, con pórtico espacioso, alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha en que se edificó la casa, y unas palabras en latín indicando quién la hizo:

        Bacalareus presbiterus Urbide
        Hoc domicilium fecit in lapide
.

En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequeña, humilde, con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.

Rodeándola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio.

En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro.

En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urruña, se lee escrita esta triste sentencia: Vulnerant omnes, ultima necat. Todas hieren, la última acaba. Mejor todavía la triste sentencia podría estar escrita en el reloj de la torre de Zaro.

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos, amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.

Desde este cementerio se ve un valle extensísimo, un paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo turbian los débiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los moscones… y, de cuando en cuando, se oye también el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombría, que tiene en el valle un triste eco.

Tras de estas campanadas fatídicas, el silencio que viene después parece un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vástagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepúsculo, tras de las horas de sol; pían los pájaros con algarabía estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.

La vista alcanza desde allá un extenso panorama de líneas suaves, de intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombríos, sin nada duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades, las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol…

En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz escrito con letras negras dice en vasco:

AQUÍ YACE MARTÍN ZALACAÍN MUERTO A LOS 24 AÑOS
EL 29 DE FEBRERO DE 1876

* * * * *

Una tarde de verano, muchos, muchos años después de la guerra, se vió entrar en el mismo día en el cementerio de Zaro a tres viejecitas vestidas de luto.

Una de ellas era Linda; se acercó al sepulcro de Zalacaín y dejó sobre él una rosa negra; la otra era la señorita de Briones, y puso una rosa roja. Catalina, que iba todos los días al cementerio, vió las dos rosas en la lápida de su marido y las respetó y depositó junto a ellas una rosa blanca.

Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de
Zalacaín.

CAPÍTULO VII

EPITAFIOS

He aquí el epitafio que improvisó el versolari Echehun de Zugarramurdi en la tumba de Zalacaín el Aventurero:

        Lur santu onctan dago
        Martín Zalacaín ló
        Eriotzac hill zuen
        Bazan salvatucó
        Eliz aldeco itzalac
        Gorde du beticó
        Bere icena dedin
        Honratu gaur gueró
        Aurrena Euscal Errien
        Gloriya izatecó.

(En esta santa tierra está durmiendo Martín Zalacaín. La muerte lo hirió, pero él logró salvarse. En el próximo presbiterio se guarda para siempre su nombre, para honra primeramente del país vasco y después para su gloria.)

Y el joven poeta navarro Juan de Navascués glosó el epitafio del versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta décima castellana:

        Duerme en esta sepultura
        Martín Zalacaín, el fuerte.
        Venganza tomó la muerte
        De su audacia y su bravura.
        De su guerrera apostura
        El vasco guarda memoria;
        Y aunque el libro de la historia
        Su rudo nombre rechaza,
        ¡Caminante de su raza,
        Descúbrete ante su gloria!

FIN

ÍNDICE

PRÓLOGO.—Cómo era la villa de Urbia en el último tercio del siglo XIX

LIBRO PRIMERO

LA INFANCIA DE ZALACAÍN

I.—Cómo vivió y se educó Martín Zalacaín.

II.—Donde se habla del viejo cínico Miguel de Tellagorri

III.—La reunión de la posada de Arcale

IV.—Que se refiere a la noble casa de Ohando

           V.—De cómo murió Martín López de Zalacaín,
               en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce

          VI.—De cómo llegaron unos titiriteros y de
               lo que sucedió después

         VII.—Cómo Tellagorri supo proteger a los
               suyos

        VIII.—Cómo aumentó el odio entre Martín Zalacaín
               y Carlos Ohando

IX.—Cómo intentó vengarse Carlos de Martín Zalacaín

LIBRO SEGUNDO

ANDANZAS Y CORRERÍAS

           I.—En el que se habla de los preludios de
               la última guerra carlista

          II.—Cómo Martín, Bautista y Capistun pasaron
               una noche en el monte

         III.—De algunos hombres decididos que formaban
               la partida del Cura

IV.—Historia casi inverosímil de Joshé Cracasch

           V.—Cómo la partida del Cura detuvo la diligencia
               de Andoain

          VI.—Cómo cuidó la señora de Briones a
               Martín Zalacaín

         VII.—Cómo Martín Zalacaín buscó nuevas
               aventuras

        VIII.—Varias anécdotas de Fernando de
               Amezqueta y llegada a Estella

          IX.—Cómo Martín y el extranjero pasearon
               de noche por Estella y de lo que hablaron

X.—Cómo transcurrió el segundo día en Estella

XI.—Cómo los acontecimientos se enredaron, hasta el punto de que Martín durmió el tercer día de Estella en la cárcel

XII.—En que los acontecimientos marchan al galope

XIII.—Cómo llegaron a Logroño y lo que les ocurrió

XIV.—Cómo Zalacaín y Bautista Urbide tomaron los dos solos la ciudad de Laguardia, ocupada por los carlistas

LIBRO TERCERO

LAS ÚLTIMAS AVENTURAS

I.—Los recién casados están contentos

II.—En el cual se inicia la Deshecha

III.—En donde Martín comienza a trabajar por la gloria

IV.—La batalla cerca del monte Aquelarre

V.—Donde la Historia Moderna repite el hecho de la Historia Antigua

VI.—Las tres rosas del cementerio de Zaro

VII.—Epitafios