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Zaragoza

Chapter 15: XIV
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About This Book

Un pequeño grupo de fugitivos llega, exhausto y sin recursos, a una ciudad provincial presa de ruinas y desorden tras los combates. Entre descripciones detalladas de calles, monumentos y edificios hechos escombros, los personajes buscan refugio en restos de iglesias, conviven con mendigos y exploran redes de amistad para obtener auxilio. La narración combina episodios de viaje y supervivencia con observaciones costumbristas y paisajísticas, poniendo en contraste la destrucción material y la vitalidad humana, y subrayando temas de solidaridad, memoria y el impacto social de la guerra.

XIV

Agustín Montoria y yo hicimos la guardia con nuestro batallón en el Molino de la ciudad, hasta después de anochecido, hora en que nos relevaron los voluntarios de Huesca, y se nos concedió toda la noche para estar fuera de las filas. Más no se crea que en estas horas de descanso estábamos mano sobre mano, pues cuando concluía el servicio militar, empezaba otro no menos penoso en el interior de la ciudad, ya conduciendo heridos á la Seo y al Pilar, ya desalojando casas incendiadas, ó bien llevando material á los señores canónigos, frailes y magistrados de la Audiencia, que hacían cartuchos en San Juan de los Panetes.

Pasábamos Montoria y yo por la calle de Pabostre. Yo iba comiendo con mucha gana un mendrugo de pan. Mi amigo, taciturno y sombrío, regalaba el suyo á los perros que encontrábamos al paso, y aunque hice esfuerzos de imaginación para alegrar un poco su ánimo contristado, él, insensible á todo, contestaba con tétricas expresiones á mi festivo charlar. Al llegar al Coso me dijo:

—Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero ir allá esta noche?

—Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor mientras atraviesan el aire esos otros corazones inflamados que llaman bombas y que vienen á reventar dentro de las casas, matando medio pueblo.

En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día, continuaba en la noche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando caían algunos proyectiles, aumentando las víctimas que ya en gran número poblaban la ciudad.

—Iré allá esta noche—me contestó.—¿Me vería Mariquilla entre el gentío que tocó á las puertas de su casa? ¿Me confundiría con los que maltrataron á su padre?

—No lo creo: esa niña sabrá distinguir á las personas formales. Ya averiguarás eso más adelante, que ahora no está el horno para bollos. ¿Ves? De aquella casa piden socorro, y por aquí van unas pobres mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar y se arroja en el suelo. Es posible que la señorita Doña Mariquilla Candiola ande también socorriendo heridos en San Pablo ó en el Pilar.

—No lo creo.

—O quizá esté en la cartuchería.

—Tampoco lo creo. Estará en su casa, y allá quiero ir, Gabriel; ve tú al transporte de heridos, á la pólvora ó á donde quieras, que yo voy allá.

Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile ya en mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo, chapa y plumero, que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval.

—¿Van ustedes al acarreo de heridos?—nos dijo.—Ahora se nos murieron dos que llevábamos á San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van á enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado bastante, y voy á descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho. Antes bailaremos un poco. ¿Queréis venir?

—No: vamos á San Pablo—contesté,—y enterraremos muertos, pues todo es trabajar.

—Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Yo más quiero el pastel caliente que la epidemia, y una señora no me da miedo; pero el frío y la calentura, sí. Con que ¿vais á enterrar muertos?

—Sí—dijo Agustín.—Enterremos muertos.

—En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una capilla—añadió Pirli,—y al paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? Pues no vayáis á abrir la zanja, sino á la cartuchería, donde hay unas mozas... Todas las muchachas principales del pueblo están allí, y de cuando en cuando echan algo de canto y bailoteo para alegrar las almas.

—Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho?

—No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la Junta de Seguridad. Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se brindan á este servicio, y la que falta es mirada con tan malos ojos, que no encontrará novio con quien casarse en todo este año ni en el que viene.

Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria, el cual, al vernos, muy encolerizado nos dijo:

—¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante, caballeritos. ¿Veis aquellos dos palos que hay junto á la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, ó á puñetazos os enseñaré á mover el cuerpo.

Seguimos tras ellos, y pasamos junto á la horca, cuyos seis dogales se balanceaban majestuosamente á impulso del viento, esperando gargantas de traidores ó cobardes.

Montoria, cogiendo á su hijo por un brazo, mostróle con enérgico ademán el horrible aparato, y le habló así:

—Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde: ¡mira qué buen regalo para los que no cumplen con su deber! Adelante: yo, que soy viejo, no me canso jamás, y vosotros, jóvenes llenos de salud, parecéis de manteca. Ya se acabó aquella gente invencible del primer sitio. Señores, nosotros los viejos demos ejemplo á estos pisaverdes, que desde que llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan á pedir caldo. Caldo de pólvora os daría yo, y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes! Ea, adelante, que hace falta enterrar muertos y llevar cartuchos á las murallas.

—Y asistir á los enfermos de esta condenada epidemia que se está desarrollando,—dijo uno de los que acompañaban á Montoria.

—Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, señores, puro miedo—añadió D. José,—porque eso de quedarse uno frío, y entrarle calambres y calentura, y ponerse verde y morirse, ¿qué es sino efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada, sí, señores: ¡qué gente aquélla la del primer sitio! Ahora, en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas, ¡una friolera! ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre que sólo por perder pierna y media se acobarda, y empieza á llamar á gritos á los Santos Mártires diciendo que lo lleven á la cama. ¡Nada, cobardía y pura cobardía! Como que hoy se retiraron de la batería de Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos que conservaban un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo... ¡Que se chupen su propia sangre, que es el mejor caldo del mundo! Cuando digo que se acabó la gente de pecho, aquella gente, ¡porra, mil porras!

—Mañana atacarán los franceses las Tenerías—dijo otro.—Si resultan muchos heridos, no sé dónde les vamos á colocar.

—¡Heridos!—exclamó Montoria.—Aquí no se quieren los heridos. Los muertos no estorban, porque se hace con ellos un montón, y... pero los heridos... Como la gente no tiene ya aquel arrojo, pues... apuesto á que defenderán las posiciones mientras no se vean reducidos á la décima parte; pero las abandonarán desde que encima de cada uno se echen un par de docenas de franceses... ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Dios quiera, y pues hay heridos y enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha recogido hoy mucha gallina?

—Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y las demás se han pagado á seis reales y medio. Algunos no las quieren dar.

—Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días! Han dicho ustedes que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor Capitán General me ha autorizado para imponer multas á los que no contribuyan á la defensa, y sin ruido ni violencia arreglaremos á los tibios y á los traidores... Alto, señores. Una bomba cae por las inmediaciones de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto á que la Divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha dirigido contra el hogar de ese judío empedernido y sin alma que ve con indiferencia y hasta con desprecio las desgracias de sus convecinos. Corre la gente hacia allá; parece que arde una casa, ó que se ha desplomado... No, no corráis, infelices: dejadla que arda; dejadla que caiga al suelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no daría una peseta por salvar al género humano de un nuevo diluvio... Eh, Agustín, ¿á dónde vas? ¿Tú también corres hacia allá? Ven acá y sígueme, que hacemos más falta en otra parte.

Ibamos por junto á la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un movimiento de su corazón, tomó á toda prisa la dirección de la plazuela de San Felipe siguiendo á la mucha gente que hacia este sitio corría; pero detenido enérgicamente por su padre, continuó, mal de su grado, en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva, y en ésta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos.

Llegamos á San Pablo.

—Ea, muchachos, haraganes—nos dijo Don José,—ayudad á los que abren esta zanja. Que sea holgadita, crecederita: es un traje con que van á vestirse cuarenta cuerpos.

Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y á cada instante volvía sus ojos á la Torre Nueva.

—Es un incendio terrible—me dijo.—Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.

—No haya prisa—le respondí,—que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que dejarse de tonterías, y á trabajar.

—¿No ves? Creo que se extingue el fuego.

—Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habráse encerrado en el sótano con su dinero, y allí no llegará el fuego.

—Gabriel, voy un momento allá: quiero ver si ha sido su casa. Si sale mi padre de la iglesia, le dirás que... vuelvo en seguida.

La repentina salida de D. José Montoria impidió á Agustín la fuga que proyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron á sacar cuerpos, y los heridos ó enfermos, que eran traídos á cada instante, veían el cómodo lecho que se les estaba preparando, quizás para el día siguiente. Al fin se creyó que la zanja era bastante honda, y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuo fueron traídos uno á uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos, y no faltaba sino echar la tierra encima. D. José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado, y luego nuestras palas y azadas empezaron á cubrir la tumba á toda prisa. Concluída nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín Montoria me decía al oído:

—Iremos ahora... Mi padre se marchará: le dices que hemos quedado en relevar á dos compañeros que tienen un enfermo en su familia, y quieren pasar á verle. Díselo, por Dios: y no me atrevo... y en seguida nos iremos allá.


XV

Y engañamos al viejo y fuimos, ya muy avanzada la noche, porque la inhumación que acabo de mencionar duró más de tres horas. La luz del incendio por aquella parte había dejado de verse; la masa de la torre perdíase en la obscuridad de la noche, y su gran campana no sonaba sino de tarde en tarde para anunciar la salida de una bomba. Pronto llegamos á la plazuela de San Felipe, y al observar que humeaba el techo de una casa cercana en la calle del Temple, comprendimos que no fué la del tío Candiola, sino aquélla, la que tres horas antes habían invadido las llamas.

—Dios la ha preservado—dijo Agustín con mucha alegría,—y si la ruindad del padre trae sobre aquel techo la cólera divina, las virtudes y la inocencia de Mariquilla la detienen. Vamos allá.

En la plazuela de San Felipe había alguna gente; pero la calle de Antón Trillo estaba desierta. Nos detuvimos junto á la tapia de la huerta y pusimos atento el oído. Todo estaba tan en silencio, que parecía abandonada la casa. ¿Lo estaría realmente? Aunque aquel barrio era de los menos castigados por el bombardeo, muchas familias lo habían desalojado, ó vivían refugiadas en los sótanos.

—Si entro—me dijo Agustín,—tú entrarás conmigo. Después de la escena de hoy, temo que D. Jerónimo, suspicaz y medroso como buen avaro, esté alerta toda la noche y ronde la huerta, creyendo que vuelven á quitarle su hacienda.

—En ese caso—le respondí,—más vale no entrar, porque además del peligro que trae el caer en manos de ese vestiglo, habrá gran escándalo, y mañana todos los habitantes de Zaragoza sabrían que el hijo de D. José Montoria, el joven destinado á encajarse una mitra en la cabeza, anda en malos pasos con la hija del tío Candiola.

Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin atender razones, insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal amorosa, aguardando con la mayor ansiedad que fuera contestada. Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de mucho mirar y remirar desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimos luego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y éste se abrió sin rechinar, pues sin duda el amor había tenido la precaución de engrasar sus viejos goznes. Los dos entramos, topando de manos á boca, no con la deslumbradora hermosura de una perfumada y voluptuosa doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al punto reconocí á Doña Guedita.

—¡Vaya unas horas de venir!—dijo gruñendo;—y viene con otro. Caballeritos, hagan el favor de no meter ruido. Anden sobre las puntas de los pies, y cuiden de no tropezar ni con una hoja seca, que el señor me parece que está despierto.

Esto nos lo dijo en voz tan baja, que apenas lo entendimos; y luego marchó adelante haciendo señas de que la siguiéramos, y poniendo el dedo en los labios para intimarnos un silencio absoluto. La huerta era pequeña: pronto le dimos fin, tropezando con una escalerilla de piedra que conducía á la entrada de la casa, y no habíamos subido seis escalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada en una manta, capa ó cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fué imponernos silencio, y luego miró con inquietud una ventana lateral que también á la huerta caía. Después mostró sorpresa al ver que Agustín iba acompañado; pero éste supo tranquilizarla diciendo:

—Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído hablar tantas veces.

—Habla más bajo—dijo María.—Mi padre salió hace poco de su cuarto con una linterna y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme aún. La noche está obscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés, y hablemos en voz muy baja.

La escalera de piedra conducía á una especie de corredor ó balcón con antepecho de madera. En el extremo de este corredor, un ciprés corpulento plantado en la huerta, proyectaba gran masa de sombra, formando allí una especie de refugio contra la claridad de la luna. Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado, y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la casa y nuestros cuerpos. Al amparo de la sombra del ciprés sentóse Mariquilla en la única silla que allí había; púsose Montoria en el suelo y junto á ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yo sentéme también sobre el piso no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como de Enero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en el amoroso rescoldo de sus corazones, no sentían la baja temperatura; pero yo, criatura ajena á sus incendios, me envolví en mi capote, para resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Guedita había desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego el punto difícil.

—Esta mañana te ví en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el ruido de mucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé á la ventana, y te ví en la acera de enfrente.

—Es verdad—respondió Montoria con turbación.—Allá fuí; pero tuve que marcharme al instante, porque se me acababa la licencia.

—¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron á mi padre?—dijo Mariquilla conmovida.—Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré á todos lados, esperando que tú saldrías en su defensa; pero ya no te ví por ninguna parte.

—Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón—repuso Agustín,—es que tuve que marcharme antes... Después me dijeron que tu padre había sido maltratado, ¡y me dió un coraje!... Quise venir.

—¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas—añadió Candiola llorando,—ni una, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me moría de miedo aquí arriba, viéndole en peligro. Miramos con ansiedad á la calle. Nada: no había más que enemigos... Ni una mano generosa, ni una voz caritativa. Entre todos aquellos hombres, uno más cruel que todos arrojó á mi padre en el suelo... ¡Oh! Recordando esto, no sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por momentos paralizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera, aquel fuego interior, aquel impulso repentino, que me hizo correr de aposento en aposento buscando... Mi pobre padre yacía en el suelo, y el miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso. Viendo esto, yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí por la habitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier cosa. No encontré nada... Desde lo interior, oí lamentos de mi padre, y sin esperar más bajé á la calle. Al verme en el almacén entre tantos hombres, sentí de nuevo invencible terror, y no podía dar un paso. El mismo que le había maltratado, me alargó un puñado de monedas de oro. No las quise tomar; pero luego se las arrojé á la cara con fuerza. Me parecía tener en la mano un puñado de rayos, y que vengaba á mi padre lanzándolos contra aquellos viles. Salí después, miré otra vez á todos lados buscándote; pero nada ví. Sólo entre la turba inhumana, mi padre se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia.

—¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón—exclamó Agustín con dolor, besando las manos de la desgraciada hija del avaro,—no hables más de ese asunto, que me destrozas el alma. Yo no podía defenderle... tuve que marcharme... no sabía nada... creí que aquella gente se reunía con otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asunto que me lástima, me ofende y me causa inmensa pena.

—Si hubieras salido á la defensa de mi padre, éste te hubiera mostrado gratitud. De la gratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa...

—Tu padre es incapaz de amar á nadie—respondió Montoria.—No esperes que consigamos nada por ese camino. Confiemos en llegar al cumplimiento de nuestro deseo por caminos desconocidos, con la ayuda de Dios y cuando menos lo parezca. No pensemos en lo ordinario ni en lo que tenemos delante, porque todo lo que nos rodea está lleno de peligros, de obstáculos, de imposibilidades; pensemos en algo imprevisto, en algún medio superior y divino, y llenos de fe en Dios y en el poder de nuestro amor, aguardemos el milagro que nos ha de unir, porque será un milagro, María, un prodigio como los que cuentan de otros tiempos y nos resistimos á creer.

—¡Un milagro!—exclamó María con melancólica estupefacción.—Es verdad. Tú eres un caballero principal, hijo de personas que jamás consentirían verte casado con la hija del Sr. Candiola. Mi padre es aborrecido en toda la ciudad. Todos huyen de nosotros, nadie nos visita; si salgo, me señalan, me miran con insolencia y desprecio. Las muchachas de mi edad no gustan de alternar conmigo, y los jóvenes del pueblo que recorren de noche la ciudad cantando músicas amorosas al pie de las rejas de sus novias, vienen junto á las mías á decir insultos contra mi padre, llamándome á mí misma con los nombres más feos. ¡Oh! ¡Dios mío! Comprendo que ha de ser preciso un milagro para que yo sea feliz... Agustín, nos conocemos hace cuatro meses y aún no has querido decirme el nombre de tus padres. Sin duda no serán tan odiados como el mío. ¿Por qué lo ocultas? Si fuera preciso que nuestro amor se hiciera público, te apartarías de las miradas de tus amigos, huyendo con horror de la hija del tío Candiola.

—¡Oh! No, no digas eso—exclamó Agustín abrazando las rodillas de Mariquilla y ocultando el rostro en su regazo.—No digas que me avergüenzo de quererte, porque al decirlo insultas á Dios. No es verdad. Hoy nuestro amor permanece en secreto, porque es necesario que así pase; pero cuando sea preciso descubrirlo, lo descubriré arrostrando la cólera de mi padre. Sí, María: mis padres me maldecirán, arrojándome de su casa. Hace pocas noches me dijiste, mirando ese monumento que desde aquí se descubre: «Cuando esa torre se ponga derecha dejaré de quererte.» Yo te juro que la firmeza de mi amor excede á la inmovilidad, al grandioso equilibrio de esa torre, que podrá caer al suelo, pero jamás ponerse á plomo sobre la base que la sustenta. Las obras de los hombres son variables: las de la Naturaleza son inmutables, y descansan eternamente sobre su inmortal asiento. ¿Has visto el Moncayo, esa gran peña que, escalonada con otras muchas, se divisa hacia Poniente, mirando desde el arrabal? Pues cuando el Moncayo se canse de estar en aquel sitio y se mueva, y venga andando hasta Zaragoza, y ponga uno de sus pies sobre nuestra ciudad reduciéndola á polvo, entonces, sólo entonces dejaré de quererte.

De este modo hiperbólico y con este naturalismo poético expresaba mi amigo su grande amor, correspondiendo y halagando así la imaginación de la hermosa Candiola, que propendía con impulso ingénito al mismo sistema. Callaron ambos un momento, y luego los dos, mejor dicho, los tres proferimos una exclamación y miramos á la torre, cuya campana había lanzado al viento dos toques de alarma. En el mismo instante un globo de fuego surcó el negro espacio, describiendo rápidas oscilaciones.

—¡Una bomba! ¡Es una bomba!—exclamó María con pavor, arrojándose en brazos de su amigo.

La espantosa luz pasó velozmente por encima de nuestras cabezas, por encima de la huerta y de la casa, iluminando á su paso la torre, los techos vecinos, hasta el rincón donde nos escondíamos. Luego sintióse el estallido. La campana empezó á clamar, uniéndose á su grito el de otras más ó menos lejanas, agudas, graves, chillonas, cascadas, y oímos el tropel de la gente que corría por las inmediatas calles.

—Esa bomba no nos matará—dijo Agustín tranquilizando á su novia.—¿Tienes miedo?

—¡Mucho, muchísimo miedo!—respondió ésta,—aunque á veces me parece que tengo mucho, muchísimo valor. Paso las noches rezando y pidiéndole á Dios que aparte de mi casa el fuego. Hasta ahora ninguna desgracia nos ha ocurrido, ni en éste ni en el otro sitio. Pero ¡cuántos infelices han perecido, cuántas casas de personas honradas y que nunca hicieron mal á nadie han sido destruídas por las llamas! Yo deseo ardientemente ir como los demás á socorrer á los heridos; pero mi padre me lo prohibe, y se enfada conmigo siempre que se lo propongo.

Esto decía, cuando en el interior de la casa sentimos ruido vago y lejano en que se confundía con la voz de la señora Guedita la desapacible del tío Candiola. Los tres, obedeciendo á un mismo pensamiento, nos estrechamos en el rincón y contuvimos el aliento, temiendo ser sorprendidos. Luego sentimos más cerca la voz del avaro que decía:

—¿Qué hace usted levantada á estas horas, señora Guedita?

—Señor—contestó la vieja asomándose por una ventana que daba al corredor,—¿quién puede dormir con ese horroroso bombardeo? Si á lo mejor se nos mete aquí una señora bomba y nos coge en la cama y en paños menores, y vienen los vecinos á sacar los trastos y apagar el fuego... ¡Oh, qué falta de pudor! No pienso desnudarme mientras dure este endemoniado bombardeo.

—Y mi hija, ¿duerme?—preguntó Candiola, que al decir esto se asomaba por un ventanillo al otro extremo de la huerta.

—Arriba está durmiendo como una marmota—repuso la dueña.—Bien dicen que para la inocencia no hay peligros. A la niña no le asusta una bomba más que un cohete.

—¡Si desde aquí se divisara el punto donde ha caído ese proyectil!—dijo Candiola alargando su cuerpo fuera de la ventana para poder extender la vista por sobre los tejados vecinos, más bajos que el de su casa.—Se ve claridad como de incendio; pero no puedo decir si es cerca ó lejos.

—O yo no entiendo nada de bombas—dijo Guedita desde el corredor,—ó ésta ha caído allá por el Mercado.

—Así parece. Si cayeran todas en las casas de los que sostienen la defensa, y se empeñan en no acabar de una vez tantos desastres... ¡Si no me engaño, señora Guedita, el fuego luce hacia la calle de la Tripería. ¿No están por allá los almacenes de la Junta de Abastos? ¡Ah! ¡Bendita bomba, que no cayera en la calle de la Hilarza y en la casa del malvado y miserable ladrón!... Señora Guedita, estoy por salir á la calle á ver si el regalo ha caído en la calle de la Hilarza, en la casa del orgulloso, del entrometido, del canalla, del asesino D. José de Montoria. Se lo he pedido con tanto fervor esta noche á la Virgen del Pilar, á las Santas Másas y á Santo Domingo del Val, que al fin creo que me han oído.

—Sr. D. Jerónimo—dijo la vieja,—déjese de correrías, que el frío de la noche traspasa, y no vale la pena de coger una pulmonía por ver dónde paró la bomba, que harto tenemos ya con saber que no se nos ha metido en casa. Si la que pasó no ha caído en casa de ese bárbaro sayón, otra caerá mañana, pues los franceses tienen buena mano. Con que acuéstese su merced, que yo me quedo rondando la casa, por si ocurriese algo.

Candiola, respecto á la salida, varió sin duda de parecer, en vista de los buenos consejos de la criada, porque cerrando la ventanilla, metióse dentro y no se le sintió más en el resto de la noche. Más no porque desapareciera rompieron los amantes el silencio, temerosos de ser escuchados ó sorprendidos; y hasta que la vieja no vino á participarnos que el señor roncaba como un labriego, no se reanudó el diálogo interrumpido.

—Mi padre desea que las bombas caigan sobre la casa de su enemigo—dijo María.—Yo no quisiera verlas en ninguna parte; pero si alguna vez se puede desear mal al prójimo, es en esta ocasión, ¿no es verdad?

Agustín no contestó nada.

—Tú te marchaste—continuó la joven;—tú no viste cómo aquel hombre, el más cruel, el más malvado y cobarde de todos los que vinieron, le arrojó al suelo, ciego de cólera, y le pisoteó. Así patearán su alma los demonios en el infierno, ¿no es verdad?

—Sí,—contestó lacónicamente el mozo.

—Esta tarde, después que todo aquello pasó, Guedita y yo curábamos las contusiones de mi padre. Estaba tendido sobre la cama, y loco de desesperación se retorcía mordiéndose los puños y lamentándose de no haber tenido más fuerza que el otro. Nosotras procurábamos consolarle; pero él nos decía que calláramos. Después me echó en cara, ¡tal era su rabia! que hubiese yo arrojado á la calle el dinero de la harina; enfadóse mucho conmigo, y me dijo que pues no se pudo sacar otra cosa, los tres mil reales y pico no debían despreciarse; y que yo era una loca despilfarradora, que le estaba arruinando. De ningún modo podíamos calmarle. Cerca del anochecer, sentimos otra vez ruido en la calle. Creímos que volvían los mismos y el mismo del mediodía. Mi padre quiso arrojarse del lecho lleno de furia. Yo tuve al principio mucho miedo; después me reanimé, considerando que era necesario mostrar valor. Pensando en tí, dije: «Si él estuviera en casa, nadie nos insultaría.» Como el rumor de la calle aumentara, llenéme de valor, cerré bien todas las puertas, y rogando á mi padre que continuase quieto en su cama, resolví esperar. Mientras Guedita rezaba de rodillas á todos los santos del cielo, yo registré la casa buscando un arma, y al fin pude hallar un cuchillo. La vista de este arma siempre me ha causado horror; pero hoy la empuñé con decisión. ¡Oh! estaba fuera de mí, y aun ahora mismo me causa espanto el pensar en aquello. Frecuentemente me desmayo al mirar un herido; me asusto y tiemblo sólo de ver una gota de sangre; casi lloro si castigan á un perro delante de mí, y jamás he tenido fuerzas para matar una mosca; pero esta tarde, Agustín, esta tarde, cuando sentí ruido en la calle, cuando creí oir de nuevo los golpes en la puerta, cuando esperaba por momentos ver delante de mí á aquellos hombres... Te juro que si llega á salir verdad lo que temí; si cuando yo estaba en el cuarto de mi padre, junto á su cama, llega á entrar el mismo hombre que le maltrató algunas horas antes, te juro que allí mismo... sin vacilar... cierro los ojos y le parto el corazón.

—Calla por Dios—dijo Montoria con horror.—Me causas miedo, María, y al oirte me parece que tus propias manos, estas divinas manos clavan en mi pecho la hoja fría. No maltratarán otra vez á tu padre. Ya ves cómo lo de esta noche fué puro miedo. No, no hubieras sido capaz de lo que dices: tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar á un hombre, como no lo mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos, y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados á la lucha, y que á veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres á la vida. María, no hables más de ese asunto; no recuerdes á los que te ofendieron: perdónales, y sobre todo no mates á nadie, ni aun con el pensamiento.


XVI

Mientras esto decían observé el rostro de la Candiola, que en la obscuridad parecía modelado en pálida cera, y tenía el tono pastoso y mate del marfil. De sus negros ojos, siempre que los alzaba al cielo, partía un ligero rayo. Sus negras pupilas, sirviendo de espejo á la claridad del cielo, producían en el fondo donde nos encontrábamos dos rápidos puntos de luz, que aparecían y se borraban, según la movilidad de su mirada. Y era curioso observar en aquella criatura, toda ella pasión, la borrascosa crisis que removía y exaltaba su sensibilidad hasta ponerla en punto de bravura. Aquel abandono voluptuoso, aquel arrullo (pues no hallo nombre más propio para pintarla), aquel tibio agasajo que había en la atmósfera junto á ella, no se avenían bien aparentemente con los alardes de heroísmo en defensa del ultrajado padre; pero una observación atenta podía descubrir que ambas corrientes afluían de un mismo manantial.

—Yo admiro tu exaltado cariño filial—prosiguió Agustín.—Ahora, oye otra cosa. No disculpo á los que maltrataron á tu padre; pero no debes olvidar que tu padre es el único que no ha dado nada para la guerra. D. Jerónimo es persona excelente; pero no tiene en su alma ni chispa de patriotismo. Le son indiferentes las desgracias de la ciudad, y hasta parece alegrarse cuando no salimos victoriosos.

La Candiola exhaló algunos suspiros, elevando sus ojos al Cielo.

—Es verdad—dijo después.—Todos los días y á todas horas le estoy suplicando que dé algo para la guerra. Nada puedo conseguir, aunque le pondero la necesidad de los pobres soldados y el mal papel que estamos haciendo en Zaragoza. El se enfada cuando me oye, y dice que el que ha traído la guerra que la pague. En el otro sitio me alegraba en extremo cuando tenía noticia de una victoria, y el 4 de Agosto salí yo misma sola á la calle no pudiendo resistir la curiosidad. Una noche estaba en casa de las de Urries, y como celebraban la acción de aquella tarde, que había sido muy brillante, alabé yo también lo ocurrido, mostrándome muy entusiasmada. Entonces una vieja que estaba presente, me dijo en alta voz y con muy mal tono: «Niña loca, en vez de hacer esos aspavientos, ¿por qué no llevas al hospital de sangre siquiera una sábana vieja? En casa del Sr. Candiola, que tiene los sótanos llenos de dinero, ¿no hay un mal pingajo que dar á los heridos? Tu papaíto es el único, el único de todos los vecinos de Zaragoza que no ha dado nada para la guerra.» Rieron todos al oir esto, y yo me quedé corrida, muerta de vergüenza, sin atreverme á hablar. En un rincón de la sala estuve hasta el fin de la tertulia, sin que nadie me dirigiera la palabra. Mis pocas amigas, que tanto me querían, no se acercaban á mí; entre el tumulto de la reunión, oí á menudo el nombre de mi padre con comentarios y apodos muy denigrantes. ¡Oh! Se me partía con esto el corazón. Cuando me retiré para venir á casa, apenas me saludaron friamente, y los amos de la casa me despidieron con desabrimiento. Vine aquí, era ya de noche, me acosté y no pude dormir, ni cesé de llorar hasta por la mañana. La vergüenza me requemaba la sangre.

—Mariquilla—declaró Agustín con amor,—la bondad de tus sentimientos es tan grande, que por ella olvidará Dios las crueldades de tu padre.

—Después—prosiguió la Candiola,—á los pocos días, el 4 de Agosto, vinieron los dos heridos que nombró hoy en la reyerta el enemigo de mi padre. Cuando nos dijeron que la Junta destinaba á casa dos heridos para que les asistiéramos, Guedita y yo nos alegramos mucho, y locas de contento empezamos á preparar vendas, hilas y camas. Les esperábamos con tanta ansiedad, que á cada instante nos poníamos á la ventana por ver si venían. Por fin vinieron: mi padre, que había llegado, momentos antes, de la calle con muy negro humor, quejándose de que habían muerto muchos de sus deudores, y que no tenía esperanzas de cobrar, recibió muy mal á los heridos. Yo le abracé llorando, y le pedí que los diera alojamiento; pero no me hizo caso, y ciego de cólera les arrojó en medio del arroyo, atrancó la puerta y subió diciendo: «Que los asista quien los ha parido.» Era ya de noche. Guedita y yo estábamos muertas de desolación. No sabíamos qué hacer, y desde aquí sentíamos los lamentos de aquellos dos infelices que se arrastraban en la calle pidiendo socorro. Mi padre, encerrándose en su cuarto para hacer cuentas, no se cuidaba ya ni de ellos ni de nosotras. Pasito á pasito para que no nos sintiera, fuimos á la habitación que da á la calle, y por la ventana les echamos trapos para que se vendasen; pero no los podían coger. Les llamamos, nos vieron, y alargaban sus manos hacia nosotras. Atamos un cestillo á la punta de una caña, y les dimos algo de comida; pero uno de ellos estaba exánime, y al otro sus dolores no le permitían comer nada. Les animábamos con palabras tiernas, y pedíamos á Dios por ellos. Por último, resolvimos bajar por aquí y salir afuera para asistirles, aunque sólo un momento; pero mi padre nos sorprendió y se puso furioso. ¡Qué noche, Santa Virgen! Uno de ellos murió en medio de la calle, y el otro se fué arrastrando á buscar misericordia no sé dónde.

Agustín y yo callamos, meditando en las monstruosas contradicciones de aquella casa.

—Mariquilla—exclamó al fin mi amigo,—¡qué orgulloso estoy de quererte! La ciudad no conoce tu corazón de oro, y es preciso que lo conozca. Yo quiero decir á todo el mundo que te amo, y probar á mis padres, cuando lo sepan, que he hecho una elección acertada.

—Yo soy como otra cualquiera—dijo con humildad la Candiola,—y tus padres no verán en mí sino la hija del que llaman el judío mallorquín. ¡Oh, me mata la vergüenza! Quiero salir de Zaragoza y no volver más á este pueblo. Mi padre es de Palma, cierto; pero no desciende de judíos, sino de cristianos viejos, y mi madre era aragonesa y de la familia de Rincón. ¿Por qué somos despreciados? ¿Qué hemos hecho?

Diciendo esto, los labios de Mariquilla se contrajeron con una sonrisa entre incrédula y desdeñosa. Atormentado sin duda por dolorosos pensamientos, Agustín permaneció mudo, la frente apoyada sobre las manos de su novia. Terribles fantasmas se alzaban con amenazador ademán entre uno y otro. Con los ojos del alma, él y ella les miraban llenos de espanto.

Después de un largo rato, Agustín alzó el rostro.

—María, ¿por qué callas? Dí algo.

—¿Por qué callas tú, Agustín?

—¿En qué piensas?

—¿En qué piensas tú?

—Pienso—dijo el mancebo,—en que Dios nos protegerá. Cuando concluya el sitio nos casaremos. Si tú te vas de Zaragoza, yo iré contigo á donde tú te vayas. ¿Tu padre te ha hablado alguna vez de casarte con alguien?

—Nunca.

—No impedirá que te cases conmigo. Yo sé que los míos se opondrán; pero mi voluntad es irrevocable. No comprendo la vida sin tí, y perdiéndote no existiría. Eres la suprema necesidad de mi alma, que sin tí sería como el universo sin luz. Ninguna fuerza humana nos apartará mientras tú me ames. Esta convicción está tan arraigada dentro de mí, que si alguna vez pienso que nos hemos de separar en vida para siempre, se me representa esto como un trastorno en la naturaleza. ¡Yo sin tí! Esto me parece la mayor de las aberraciones. ¡Yo sin tí! ¡Qué delirio y qué absurdo! Es como el mar en la cumbre de las montañas, y la nieve en las profundidades del Océano vacío; como los ríos corriendo por el cielo, y los astros hechos polvo de fuego en las llanuras de la tierra; como si los árboles hablaran, y el hombre viviera entre los metales, y las piedras preciosas en las entrañas de la tierra. Yo me acobardo á veces, y tiemblo pensando en las contrariedades que nos abruman; pero la confianza que ilumina mi espíritu, como la fe de las cosas santas, me reanima. Si por momentos temo la muerte, después una voz secreta me dice que no moriré mientras tú vivas. ¿Ves todo este estrago del sitio que soportamos? ¿Ves cómo llueven bombas, granadas y balas, y cómo caen para no levantarse más infinitos compañeros míos? Pues pasada la primera impresión de miedo, nada de esto me hace estremecer, y creo que la Virgen del Pilar aparta de mí la muerte. Tu sensibilidad te tiene en comunicación constante con los ángeles del Cielo: tú eres un ángel del Cielo, y el amarte, el ser amado por tí, me da un poder divino contra el cual nada pueden las fuerzas del hombre.

Así habló largo rato Agustín, desbordándose de su llena fantasía los pensamientos de la amorosa superstición que le dominaba.

—Pues yo—dijo Mariquilla,—también tengo cierta confianza en lo mismo que has dicho. Temo mucho que te maten; pero no sé qué voces me suenan en el fondo de mi alma, diciéndome que no te matarán. ¿Será porque he rezado mucho pidiendo á Dios conserve tu vida en medio de este horroroso fuego? No lo sé. Por las noches, como me acuesto pensando en las bombas que han caído, en las que caen y en las que caerán, sueño con las batallas y no ceso de oir el zumbido de los cañones. Deliro mucho, y Guedita, que duerme junto á mí, asegura que hablo en sueños, diciendo mil desatinos. Seguramente diré alguna cosa, porque no ceso de soñar, y te veo en la muralla y hablo contigo y me respondes. Las balas no te tocan, y me parece que es por el Padrenuestro que rezo despierta y dormida. Hace pocas noches, soñé que iba á curar á los heridos con otras muchachas, y que les poníamos buenos en el acto, casi resucitándoles con nuestras hilas. También soñé que de vuelta á casa te encontré aquí: estabas con tu padre, que era un viejecito muy amable y risueño, y hablaba con el mío, sentados ambos en el sofá de la sala, y los dos parecían muy amigos. Después soñé que tu padre me miraba sonriendo, y empezó á hacerme preguntas.

Otras veces sueño cosas tristes. Cuando despierto, pongo atención, y si no siento el ruido del bombardeo, digo: «Puede que los franceses hayan levantado el sitio.» Si oigo cañonazos, miro á la imagen de la Virgen del Pilar, que está en mi cuarto; le pregunto con el pensamiento, y me contesta que no has muerto, sin que yo pueda decir qué signo emplea para responderme. Paso el día pensando en las murallas, y me pongo en la ventana para oir lo que dicen los mozos al pasar por la calle. Algunas veces siento tentaciones de preguntarles si te han visto... Llega la noche, te veo y me quedo tan contenta. Al día siguiente, Guedita y yo nos ocupamos en preparar alguna cosa de comer á escondidas de mi padre: si vale la pena, te la guardamos á tí, y si no, se la lleva para los heridos y enfermos ese frailito que llaman el Padre Busto, el cual viene por las tardes con pretexto de visitar á Doña Guedita, de quien es pariente. Nosotros le preguntamos que cómo va la cosa, y él nos dice: «Perfectamente. Las tropas están haciendo grandes proezas, y los franceses tendrán que retirarse como la otra vez.» Estas noticias de que todo va bien nos vuelven locas de gozo. El ruido de las bombas nos entristece después; pero rezando recobramos la tranquilidad. A solas en nuestro cuarto, de noche, hacemos hilas y vendas, que se lleva también á escondidas el Padre Busto, como si fueran objetos robados; y al sentir los pasos de mi padre, lo guardamos todo con precipitación y apagamos la luz, porque si descubre lo que estamos haciendo se pone furioso.

Contando sus sustos y sus alegrías con divina sencillez, Mariquilla estaba risueña y algo festiva. El encanto especial de su voz no es descriptible, y sus palabras, semejantes á una vibración de notas cristalinas, dejaban eco armonioso en el alma. Cuando concluyó, el primer resplandor de la aurora empezaba á alumbrar su semblante.

—Despunta el día, Mariquilla—dijo Agustín,—y tenemos que marcharnos. Hoy vamos á defender las Tenerías; hoy habrá un fuego horroroso, y morirán muchos; pero la Virgen del Pilar nos amparará y podremos gozar de la victoria. María, Mariquilla, no me tocarán las balas.

—No te vayas todavía—repuso la hija de Candiola.—Despunta el día; pero aún no hacéis falta en la muralla.

Sonó la campana de la torre.

—Mira qué pájaros cruzan el espacio anunciando la aurora,—dijo Agustín con amarga ironía.

Una, dos, tres bombas atravesaron el cielo, débilmente aclarado todavía.

—¡Qué miedo!—exclamó María dejándose abrazar por Montoria.—¿Nos preservará Dios hoy como nos ha preservado ayer?

—¡A la muralla!—exclamé yo levantándome á toda prisa.—¿No oyes que tocan á llamada las campanas y tambores? ¡A la muralla!

Mariquilla, poseída de un pánico imposible de pintar, lloraba queriendo detener á Montoria. Yo, resuelto á partir, pugnaba por llevármele.

Estruendo de tambores y campanas sonaba en la ciudad convocando á las armas, y si en el instante mismo no acudíamos á las filas, corríamos riesgo de ser arcabuceados ó tenidos por cobardes.

—Me voy, me voy, María—dijo mi amigo con profunda emoción.—¿Temes al fuego? No: esta casa sagrada, porque tú la habitas, será respetada por el fuego enemigo, y la crueldad de tu padre no la castigará Dios en tu santa cabeza. Adiós.

Apareció bruscamente Doña Guedita, diciendo que su amo se estaba levantando á toda prisa. Entonces la misma María nos empujó hacia lo bajo de la huerta, ordenándonos que saliéramos al instante. Agustín estaba traspasado de pena, y en la puerta hizo movimientos de perplejidad, y dió algunos pasos para volver al lado de la infeliz Candiolilla, que muerta de miedo, derramando lágrimas y con las manos cruzadas en disposición de orar, nos miraba partir, aún envuelta en la sombra del ciprés que nos había dado abrigo.

En el momento en que abríamos la puerta, oyóse un grito en la parte superior de la casa, y vimos al tío Candiola que, saliendo á medio vestir, se dirigía hacia nosotros en actitud amenazadora. Quiso Agustín volver atrás; pero le empuje hacia afuera y salimos.

—¡Al momento á las filas! ¡A las filas!—exclamé.—Nos echarán de menos, Agustín. Deja por ahora á tu futuro suegro que se entienda con tu futura esposa.

Y velozmente corrimos hasta dar en el Coso, donde observamos el sinnúmero de bombas arrojadas sobre la infeliz ciudad. Todos acudían con presteza á distintos sitios, cuál á las Tenerías, cuál al Portillo, cuál á Santa Engracia ó á Trinitarios. Al llegar al arco de Cineja, tropezamos con D. José Montoria, que, seguido de sus amigos, corría hacia el Almudí. En el mismo instante, un terrible estampido, resonando á nuestra espalda, nos anunció que un proyectil enemigo había caído en paraje cercano. Agustín, al oir esto, volvió hacia atrás, disponiéndose á tornar al punto de donde veníamos.

—¿A dónde vas? ¡porra!—le dijo su padre deteniéndole.—A las Tenerías, pronto, á las Tenerías.

La gente que iba y venía supo al instante el lugar del desastre, y oímos decir:

—Tres bombas han caído juntas en casa del tío Candiola.

—Los ángeles del cielo apuntaron sin duda los morteros—exclamó D. José de Montoria con estrepitosa carcajada.—Veremos cómo se las compone ese judío mallorquín, si es que ha quedado vivo, para poner en lugar seguro su dinero.

—Corramos á salvar á esos desgraciados,—dijo Agustín con vehemencia.

—¡A las filas, cobardes!—exclamó el padre, sujetándole con férrea mano.—Esa es obra de mujeres. Los hombres á morir en la brecha.

Era preciso acudir á nuestros puestos, y fuimos, mejor dicho, nos llevaron, nos arrastró la impetuosa oleada de gente que corría á defender el barrio de las Tenerías.


XVII

Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon con bala rasa sobre la débil tapia de las Mónicas, y sobre las fortificaciones de tierra y ladrillo del molino de aceite y de la batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que tomaron el día anterior, después de ser abandonado ó incendiado por los nuestros.

Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo ordenándose para asaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle de Pabostre, cuya pared había sido en toda su extensión aspillerada. Muchos paisanos y compañías de varios regimientos aguardaban en la cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de una muerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance.

Pasaron largas horas: apuraron los franceses los recursos de su artillería por ver si nos aterraban, obligándonos á dejar el barrio; pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso sacudimiento, y aquella gente heróica, que apenas se había desayunado con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla, diciéndoles que se acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha avanzaron fuertes columnas sostenidas con otras á retaguardia, y se vió que la intención de los franceses era apoderarse á todo trance de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos centenares de locos, y tomarla á cualquier precio, arrojando sobre ella masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de la muerta.

No se diga, para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés luchaba á pecho descubierto; los defensores también lo hacían, y detrás de la desbaratada cortina, no podía guarecerse una cabeza. Allí era de ver cómo chocaban las masas de hombres, y cómo las bayonetas se cebaban con saña, más propia de fieras que de hombres, en los cuerpos enemigos. Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndoles caer materialmente en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los escombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían á las anteriores, y en los que llegaban después, á los esfuerzos del valor se unían ferozmente las brutalidades de la venganza.

Por nuestra parte, el número de bajas era enorme: los hombres quedaban por docenas estrellados contra el suelo en aquella línea que había sido muralla, y ya no era sino una aglomeración informe de tierra, ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría sido abandonar unas posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites infinitos, desconocidos para el cálculo científico y para el valor ordinario, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio aragonés, que nunca se sabe á dónde llega.

Siguió, pues, la resistencia, sustituyendo los vivos á los muertos con entereza sublime. Morir era un accidente, un detalle trivial, un tropiezo del cual no debía hacerse caso.

Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban de apoderarse de la casa de González, que he mencionado arriba; pero desde las casas inmediatas y desde los cubos de la muralla se les hizo fuego tan terrible de fusilería y cañón, que desistieron de su intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya, por nuestra derecha hacia la huerta de Campo-Real y baterías de los Mártires, y la inmensa fuerza desplegada por los sitiadores á una misma hora y en una línea de poca extensión, no podía menos de producir resultados.

Desde la casa de la calle de Pabostre, inmediata al Molino de la Ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto, cuando he aquí que las baterías de San José, antes ocupadas en demoler la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas de los tapiales estallaban, destrozándose en mil astillas; en suma, que la casa se venía abajo.

—¡Cuerno, recuerno!—exclamó el tío Garcés.—¡Que se nos viene la casa encima!

El humo y el polvo no nos permitían ver lo que pasaba fuera, ni tampoco lo que dentro ocurría.

—¡A la calle, á la calle!—gritó Pirli, arrojándose por una ventana.

—Agustín, Agustín, ¿dónde estás?—grité yo llamando á mi amigo.

Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para bajar, corrí á la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció á mis ojos obligóme á retroceder sin aliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban por la derecha sepultarnos entre los escombros de la casa y parecían conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia la era de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas, rematando á los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles de matar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los callejones cercanos se les hacía un fuego horroroso, y los cañones de la calle de la Diezma sustituían á los de la batería vencida. Pero asaltada la brecha, se aseguraban en la muralla. Era imposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.

Huí de la ventana hacia adentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles: el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior siguiendo á otros que decían: «¡por aquí, por aquí!»

—Agustín, Agustín,—grité de nuevo llamando á mi amigo.

Por fin le ví entre los que corríamos pasando de una habitación á otra, y subiendo la escalerilla que conducía á un desván.

—¿Estás vivo?—le pregunté.

—No lo sé—me dijo,—ni me importa saberlo.

En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando á otra estancia, hallamos una empinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida á la calle, y otros detuviéronse allí.

Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que entraba por una ventana abierta á la calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos ó tres cofres viejos y forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer colgada de clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde aspecto, aún con las sábanas revueltas. En la ventana había tres grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, y suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar al campo de batalla.

—¡Manuela Sancho—exclamé poniendo la mano sobre el hombro de la heróica muchacha,—toda resistencia es inútil! Retirémonos. La casa inmediata es destruída por las baterías de San José, y en el techo de ésta empiezan á caer las balas. Vámonos.

Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era débil como la vecina, y aún menos que ésta podía resistir al choque de los proyectiles, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara la tierra en que arraigaban sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el fusil. Ella y la mujer que le acompañaba penetraron precipitadamente en una inmediata alcoba, de cuyo obscuro recinto sentí salir angustiosas lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban á una anciana tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho.

—Madre, esto no es nada—le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que encontró á mano.—Vámonos á la calle, que la casa parece que se quiere caer.

La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargando á ellas que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este modo pasamos á un patio, que nos dió salida á otra calle, donde aún no había llegado el fuego.