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Zaragoza

Chapter 19: XVIII
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About This Book

Un pequeño grupo de fugitivos llega, exhausto y sin recursos, a una ciudad provincial presa de ruinas y desorden tras los combates. Entre descripciones detalladas de calles, monumentos y edificios hechos escombros, los personajes buscan refugio en restos de iglesias, conviven con mendigos y exploran redes de amistad para obtener auxilio. La narración combina episodios de viaje y supervivencia con observaciones costumbristas y paisajísticas, poniendo en contraste la destrucción material y la vitalidad humana, y subrayando temas de solidaridad, memoria y el impacto social de la guerra.

XVIII

Los franceses habíanse apoderado también de la batería de los Mártires, y en aquella misma tarde fueron dueños de las ruínas de Santa Engracia y del Convento de Trinitarios. ¿Se concibe que continúe la resistencia de una plaza después de perdido lo más importante de su circuito? No: no se concibe, ni en las previsiones del arte militar ha entrado nunca que, apoderado el enemigo de la muralla por la superioridad incontrastable de su fuerza material, ofrezcan las casas nuevas líneas de fortificaciones, improvisadas por la iniciativa de cada vecino; no se concibe que tomada una casa sea preciso organizar un verdadero plan de sitio para tomar la inmediata, empleando la zapa, la mina y ataques parciales á la bayoneta, desarrollando contra un tabique ingeniosa estratagema; no se concibe que tomada una acera sea preciso, para pasar á la de enfrente, poner en ejecución las teorías de Vauban, y que para saltar un arroyo sea preciso hacer paralelas, zigs-zags y caminos cubiertos.

Los Generales franceses se llevaban las manos á la cabeza, diciendo: «Esto no se parece nada de lo que hemos visto.» En los gloriosos anales del Imperio se encuentran muchos partes como éste: «Hemos entrado en Spandau; mañana estaremos en Berlín.» Lo que aún no se había escrito era lo siguiente: «Después de dos días y dos noches de combate, hemos tomado la casa núm. 1 de la calle de Pabostre. Ignoramos cuándo se podrá tomar el núm. 2.»

No tuvimos tiempo para reposar. Los dos cañones que enfilaban la calle de Pabostre, en el ángulo de Puerta Quemada, se habían quedado sin gente. Unos corrimos á servirlos, y el resto del batallón ocupó varias casas en la calle de Palomar. Los franceses dejaron de hacer fuego de cañón contra los edificios que habíamos abandonado, ocupándose precipitadamente en repararlos como pudieron. Lo que amenazaba ruína lo demolían, y tapaban los huecos con vigas, cascajo y sacas de lana.

Como no podían atravesar sin riesgo el espacio intermedio entre los restos de muralla y sus nuevos alojamientos, comenzaron á abrir una zanja en zig-zag desde el Molino de la ciudad á la casa que antes ocupáramos nosotros, la cual sólo conservaba en buen estado para alojamiento la planta baja.

Al punto comprendimos que una vez dueños de aquella casa, procurarían, derribando tabiques, apoderarse de toda la manzana; y para evitarlo, la tropa disponible fué distribuída en guarniciones que ocuparon todos los edificios donde había peligro. Al mismo tiempo se levantaban barricadas en las boca-calles, aprovechando los escombros. Nos pusimos á trabajar con ardor frenético en distintas faenas, entre las cuales la menos penosa era seguramente la de batirnos. Dentro de las casas arrojábamos por los balcones todos los muebles; afuera transportábamos heridos, ó arrimábamos los muertos al zócalo de los edificios, pues las únicas honras fúnebres que por entonces podían hacérseles consistían en quitarlos de donde estorbaran.

Quisieron también los franceses ganar á Santa Mónica, Convento situado en la línea de las Tenerías, más al Norte de la calle de Pabostre; pero sus paredes ofrecían buena resistencia, y no era fácil tomarlo como aquellas endebles casas, que el estruendo tan sólo de los cañones hacía estremecer. Los voluntarios de Huesca la defendían con gran arrojo, y después de repetidos ataques, los sitiadores dejaron la empresa para otro día. Posesionados tan sólo de algunas casas, en ellas permanecían á la caída de la tarde como en escondida madriguera, y ¡ay de aquél que la cabeza asomaba fuera de las ventanas! Las paredes próximas, los tejados, las buhardillas y tragaluces abiertos en distintas direcciones, estaban llenos de atentos ojos que observaban el menor descuido del soldado enemigo para soltarle un tiro.

Cuando anocheció, empezamos á abrir huecos en los tabiques para comunicar todas las casas de una misma manzana. A pesar del incesante ruido del cañón y la fusilería, en el interior de los edificios pudimos percibir el golpear de las piquetas enemigas, ocupadas en igual tarea que nosotros. También ellos establecían comunicaciones. Como aquella arquitectura era frágil y casi todos los tabiques de tierra, en poco tiempo abrimos paso entre varias casas.

A eso de las diez de la noche nos hallábamos en una que debía de ser muy inmediata á la de Manuela Sancho, cuando sentimos que por conductos desconocidos, por sótanos, pasillos ó subterráneas comunicaciones, llegaba á nuestros oídos el rumor de las voces del enemigo. Una mujer subió azorada por una escalerilla, diciéndonos que los franceses estaban abriendo un boquete en la pared de la cuadra, y bajamos al instante; pero aún no estábamos todos en el patio frío, estrecho y obscuro de la casa, cuando á boca de jarro se nos disparó un tiro, y un compañero fué levemente herido en el hombro.

A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se internaron en la cuadra, é hicimos fuego, avanzando después con brío tras ellos.

Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían quedado arriba, y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los enemigos no se detuvieron en ella, y á todo escape repasaron el agujero abierto en la pared medianera buscando refugio en su primitiva morada, desde la cual nos enviaron algunas balas. No estábamos completamente á obscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamas débiles rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre el teatro de aquella lucha.

Yo no había visto nunca lucha semejante, ni jamás presencié combate alguno entre cuatro negras paredes, á la luz indecisa de una llama lejana, cuya oscilación proyectaba móviles sombras y espantajos en nuestro derredor.

Adviértase que la claridad era perjudicial á los franceses, porque á pesar de guarecerse tras el hueco, nos ofrecían blanco seguro. Nos tiroteamos breve rato, y dos compañeros cayeron muertos ó mal heridos sobre el húmedo suelo. A pesar de este desastre, hubo otros que quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujero é internándose en la guarida del enemigo; pero aunque éste había cesado de ofendernos, parecía prepararse para atacar mejor. De repente se apagó la hoguera y quedamos en completa obscuridad. Dimos repetidas vueltas buscando la salida, y chocábamos unos con otros. Esta situación, junto con el temor de ser atacados con elementos superiores, ó de que arrojaran en medio de aquel sepulcro granadas de mano, nos obligó á retirarnos al patio confusamente y en tropel.

Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar á tientas y recoger á los dos camaradas que habían caído durante la refriega, y luego que salimos, cerramos la puerta, tabicándola por dentro con piedras, escombros, vigas, toneles y cuanto en el patio se nos vino á las manos manos. Al subir, el que nos mandaba repartió algunos hombres en distintos puntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender á los golpes de la zapa enemiga, y á mí me tocó salir fuera con otros para traer un poco de comida, que á todos nos hacía muchísima falta.

En la calle, nos pareció que de una mansión de tranquilidad pasábamos al mismo infierno, porque en medio de la noche continuaba el fuego entre las casas y la muralla. La claridad de la luna permitía correr sin tropiezo de un punto á otro, y las calles eran á cada instante atravesadas por escuadrones de tropa y paisanos, que iban, según la voz pública, á donde había verdadero peligro. Muchos, sin entrar en fila y guiados de su propio instinto, acudían aquí y allí, haciendo fuego desde el punto que mejor les venía á cuento. Las campanas de todas las iglesias tocaban á la vez con lúgubre algazara, y á cada paso se encontraban grupos de mujeres transportando heridos.

Por todas partes, especialmente en el extremo de las calles que remataban en la muralla de Tenerías, se veían hacinados los cuerpos, y el herido se confundía con el cadáver, no pudiendo determinarse de qué bocas salían aquellas voces lastimeras que imploraban socorro. Yo no había visto jamás desolación tan espantosa; y más que el espectáculo de los desastres causados por el hierro, me impresionó ver en los dinteles de las casas, ó arrastrándose por el arroyo en busca de lugar seguro, á muchos atacados de la epidemia, que se morían por momentos sin tener en las carnes la más ligera herida. El horroroso frío les hacía dar diente con diente, é imploraban auxilio con ademanes de desesperación, porque no podían hablar.

A todas éstas, el hambre nos había quitado por completo las fuerzas, y apenas nos podíamos detener.

—¿Dónde encontraremos algo de comida?—me dijo Agustín.—¿Quién se va á ocupar de semejante cosa?

—Esto tiene que acabarse pronto de una manera ó de otra—respondí.—O se rinde la ciudad, ó perecemos todos.

Al fin, hacia las piedras del Coso encontramos una cuadrilla de administración que estaba repartiendo raciones, y ávidamente tomamos las nuestras, llevando á los compañeros todo lo que podíamos cargar. Ellos lo recibieron con gran algarabía y cierta jovialidad impropia de las circunstancias; pero el soldado español es y ha sido siempre así. Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundió por el batallón la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca.

Era la media noche, cuando empezó á disminuir el fuego. Los franceses no conquistaban un palmo de terreno fuera de las casas que ocuparon por la tarde, aunque tampoco se les pudo echar de sus alojamientos. Esta epopeya se dejaba para los días sucesivos; y cuando los hombres influyentes de la ciudad, los Montoria, los Cereso, los Sas, los Salamero y los San Clemente, volvían de las Mónicas, teatro aquella noche de grandes prodigios, manifestaban una confianza enfática y un desprecio del enemigo, que enardecían el ánimo de cuantos les oían.

—Esta noche se ha hecho poco—decía Montoria.—La gente ha estado algo floja. Verdad que no había para qué echar el resto, ni debemos salir de nuestro ten con ten, mientras los franceses nos ataquen con tan poco brío... Veo que hay algunas desgracias... poca cosa. Las monjas han batido bastante aceite con vino, y todo es cuestión de aplicar unos cuantos parches... Si hubiera tiempo, bueno sería enterrar los muertos de ese montón; pero ya se hará más adelante. La epidemia crece... es preciso dar muchas friegas... friegas y más friegas: es mi sistema. Por ahora, bien pueden pasarse sin caldo: el caldo es un brebaje repugnante. Yo les daría un trago de aguardiente, y en poco tiempo podrían tomar el fusil. Con que, señores, la fiesta parece acabarse por esta noche; descabezaremos un sueño de media hora, y mañana... mañana se me figura que los franceses nos atacarán formalmente.

Luego encaró con su hijo, que en mi compañía se le acercaba, y continuó así:

—¡Oh, Agustinillo! Ya había preguntado por tí. Pues estaba con cuidado, porque en acciones como la de hoy, suele suceder que muere alguna gente. ¿Estás herido? No: no tienes nada; á ver... un simple rasguño... ¡Ah! ¡chico! se me figura que no te has portado como un Montoria. Y usted, Araceli, ¿ha perdido alguna pierna? Tampoco: parece que los dos acaban de salir de la fábrica; no les falta ni un pelo. Malo, malo. Me parece que tenemos aquí un par de gallinas... Es, á descansar un rato, nada más que un rato. Si se sienten ustedes atacados de la epidemia, friegas y más friegas... es el mejor sistema... Con que, señores, quedamos en que mañana se defenderán estas casas tabique por tabique. Lo mismo pasa en todo el contorno de la ciudad; pero en cada alcoba habrá una batalla. Vamos á la Capitanía general, y veremos si Palafox ha acordado lo que pensamos. No hay otro camino: ó entregarles la ciudad, ó disputarles cada ladrillo como si fuera un tesoro. Se aburrirán. Hoy han perdido seis ú ocho mil hombres. Pero vamos á ver al excelentísimo señor D. José... Buenas noches, muchachos, y mañana tratad de sacudir esa cobardía...

—Durmamos un poquito—dije á mi amigo cuando nos quedamos solos.—Vamos á la casa que estamos guarneciendo, donde me parece que he visto algunos colchones.

—Yo no duermo,—me contestó Montoria, siguiendo por el Coso adelante.

—Ya sé á dónde vas. No se nos permitirá alejarnos tanto, Agustín.

Mucha gente, hombres y mujeres, en diversas direcciones, discurrían por aquella gran vía. De improviso, una mujer corrió velozmente hacia nosotros y abrazó á Agustín sin decirle nada. Profunda emoción ahogaba la voz en su garganta.

—¡Mariquilla, Mariquilla de mi corazón!—exclamó Montoria abrazándola con júbilo.—¿Cómo estás aquí? Iba ahora en busca tuya.

Mariquilla no podía hablar, y sin el sostén de los brazos del amante, su cuerpo desmadejado y flojo hubiera caído al suelo.

—¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Es cierto que las bombas han derribado tu casa?

Cierto debía de ser, pues la desgraciada joven mostraba en su desaliñado aspecto una gran desolación. Su vestido era el que le vimos la noche anterior. Tenía suelto el cabello, y en sus brazos magullados observamos algunas quemaduras.

—Sí—dijo al fin con apagada voz.—Nuestra casa no existe; no tenemos nada; lo hemos perdido todo. Esta mañana, cuando saliste de allá, una bomba deshizo el techo. Luego cayeron otras dos...

—¿Y tu padre?

—Mi padre está allá y no quiere abandonar las ruínas de la casa. Yo he estado todo el día buscándote para que nos dieras algún socorro. Me he metido entre el fuego; he estado en todas las calles del arrabal; he subido á algunas casas. Creí que habías muerto.

Agustín se sentó en el hueco de una puerta, y abrigando á Mariquilla con su capote, la sostuvo en sus brazos como se sostiene á un niño. Repuesta de su desmayo pudo seguir hablando, y entonces nos dijo que no habían podido salvar ningún objeto, y que apenas tuvieron tiempo para huir. La infeliz temblaba de frío: poniéndole mi capote sobre el que ya tenía, tratamos de llevarla á la casa que guarnecíamos.

—No—dijo.—Quiero volver al lado de mi padre. Está loco de desesperación, y dice mil blasfemias, injuriando á Dios y á los santos. No he podido arrancarle de aquello que fué nuestra casa. Carecemos de alimento. Los vecinos no han querido darle nada. Si ustedes no quieren llevarme allá, me iré yo sola.

—No, Mariquilla, no: no irás allá—dijo Montoria;—te pondremos en una de estas casas, donde, al menos por esta noche, estarás segura, y entre tanto Gabriel irá en busca de tu padre, y llevándole algo de comer, de grado ó por fuerza le sacará de allí.

Insistió la Candiola en volver á la calle de Antón Trillo; pero como apenas tenía fuerzas para moverse, la llevamos en brazos á una casa de la calle de los Clavos, donde estaba Manuela Sancho.


XIX

Cesado el fuego de cañón y de fusil, un gran resplandor iluminaba la ciudad. Era el incendio de la Audiencia, que, comenzando cerca de la media noche, había tomado terribles proporciones, y devoraba por sus cuatro costados aquel hermoso edificio.

Sin atender más que á mi objeto, seguí presuroso hasta la calle de Antón Trillo. La casa del tío Candiola había estado ardiendo todo el día, y al fin, sofocada la llama entre los escombros de los techos hundidos, de entre las paredes agrietadas salía negra columna de humo. Los huecos, perdida su forma, eran unos agujeros irregulares por donde se veía el cielo, y el ladrillo desmoronado formaba una dentelladura desigual en lo que fué arquitrabe. Parte del lienzo de pared que daba frente á la huerta se había venido al suelo, obstruyendo ésta en términos que habían desaparecido el antepecho y la escalerilla de piedra, llegando el cascajo hasta la misma tapia de la calle. En medio de estas ruínas, subsistía incólume el ciprés, cual pensamiento que permanece vivo al sucumbir la materia, y alzaba su negra cima como un monumento conmemorativo.

El portalón estaba destrozado por los hachazos de los que en el primer momento acudieron á contener el fuego. Cuando penetré en la huerta, ví que hacia la derecha, y junto á la reja de una ventana baja, había alguna gente. Aquella parte de la casa era la que se conservaba mejor, pues el piso bajo no había sufrido casi nada, y el desplome del techo sobre el principal no había conmovido á éste, aunque era de esperar que con el gran peso se rindiese más ó menos pronto.

Acerquéme al grupo, creyendo encontrar á Candiola, y, en efecto, allí estaba sentado junto á la reja, con las manos en cruz, inclinada la cabeza sobre el pecho, y lleno el vestido de girones y quemaduras. Rodeábale una pequeña turba de mujeres y chiquillos, que cual abejorros zumbaban á su alrededor, prodigándole toda clase de insultos y vejámenes. No me costó gran trabajo ahuyentar tan molesto enjambre, y aunque no se fueron todos y persistían en husmear por allí, creyendo encontrar entre las ruínas el oro del rico Candiola, éste se vió al fin libre de los tirones, pedradas y de las crueles agudezas con que era mortificado.

—Señor militar—me dijo,—le agradezco á usted que ponga en fuga á esa vil canalla. Aquí se le quema á uno la casa y nadie le da auxilio. Ya no hay autoridades en Zaragoza. ¡Qué pueblo, señor, qué pueblo! No será porque dejemos de pagar gabelas, diezmos y contribuciones.

—Las autoridades no se ocupan más que de las operaciones militares—advertí,—y son tantas las casas destruídas, que es imposible acudir á todas.

¡Maldito sea mil veces—exclamó llevándose la mano á la cabeza desnuda,—quien nos ha traído estos desastres! Atormentado en el infierno por mil eternidades no pagaría su culpa. Pero ¿qué demonios busca usted aquí, señor militar? ¿Quiere usted dejarme en paz?

—Vengo en busca del Sr. Candiola—le respondí,—para llevarle á donde se le pueda socorrer, curando sus quemaduras y dándole un poco de alimento.

—¡A mí!... yo no salgo de mi casa—exclamó con voz lúgubre.—La Junta tendrá que reedificármela. ¿Y á dónde me quiere llevar usted? Ya... ya... ya estoy en el caso de que me den una limosna. Mis enemigos han conseguido su objeto, que era ponerme en el caso de pedir limosna; pero no la pediré, no. Antes me comeré mi propia carne y beberé mi sangre, que humillarme ante los que me han traído á semejante estado. ¡Ah, miserables: le quitan á uno su harina para ponerla después en las cuentas como adquirida á noventa ó cien reales! Como que están vendidos á los franceses, y prolongan la resistencia para redondear sus negocios... Luego les entregan la ciudad y se quedan tan frescos.

—Deje usted todas esas consideraciones para otro momento—le dije,—y sígame ahora, que no está el tiempo para pensar en eso. Su niña de usted ha encontrado donde guarecerse, y á usted le daremos asilo en el mismo lugar.

—Yo no me muevo de aquí. ¿En dónde está mi hija?—preguntó con pena.—¡Ah! Esa loca no sabe permanecer al lado de su padre en desgracia. La vergüenza la hace huir de mí. ¡Maldita sea su liviandad y el momento en que la descubrí! Señor, Jesús Nazareno, y tú, mi patrono Santo Dominguito del Val, decidme: ¿qué he hecho yo para merecer tantas desgracias en un mismo día? ¿No soy bueno, no hago todo el bien que puedo, no favorezco á mis semejantes prestándoles dinero con un interés módico, pongo por caso, la miseria de tres ó cuatro reales por peso fuerte al mes? Pues si soy un hombre bueno á carta cabal, ¿á qué llueven sobre mí tantas desventuras? Y gracias que no pierdo lo poco que á fuerza de trabajos he reunido, porque está en paraje á donde no pueden llegar las bombas; pero ¿y la casa, los muebles, los recibos, y lo que aún queda en el almacén? Maldito sea yo, y cómanme los demonios, si cuando esto se acabe y cobre los piquillos que por ahí tengo, no me marcho de Zaragoza para no volver más.

—Nada de eso viene ahora al caso, señor de Candiola. Sígame usted.

—Sí—dijo con furia,—sí viene al caso. Mi hija se ha envilecido. No sé cómo no la maté esta mañana. Hasta aquí yo había supuesto á María un modelo de virtudes, de honestidad; me deleitaba su compañía, y de todos los buenos negocios destinaba un real para comprarle regalitos. ¡Mal empleado dinero! ¡Dios mío, tú me castigas por haber despilfarrado un gran capital en cosas supérfluas, cuando á interés compuesto hubiérase ya triplicado! Yo tenía confianza en mi hija. Esta mañana levantéme al amanecer; acababa de pedir con fervor á la Virgen del Pilar que me librara del bombardeo, y tranquilamente abrí la ventana para ver cómo estaba el día. Póngase usted en mi caso, señor militar, y comprenderá mi asombro y pena al ver dos hombres allí... allí, en aquel corredor, junto al ciprés... me parece que les estoy viendo. Uno de ellos abrazaba á mi hija. Ambos vestían uniforme; no pude verles el rostro, porque aún era escasa la claridad del día. Precipitadamente salí de mi habitación; pero cuando bajé á la huerta, ya los dos estaban en la calle. Quedóse muda mi hija al ver descubierta su liviandad, y leyendo en mi cara la indignación que tan vil conducta me producía, se arrodilló delante de mí pidiéndome perdón.—«Infame—le dije ciego de cólera,—tú no eres hija mía, tú no eres hija de este hombre honrado que jamás ha hecho mal á nadie. ¡Muchacha loca y sin pudor, no te conozco; tú no eres mi hija: vete de aquí!... ¡Dos hombres, dos hombres en mi casa, de noche, contigo! ¿No has reparado en las canas de tu anciano padre; no consideras que esos hombres pueden robarme; no has reparado que la casa está llena de mil objetos de valor, que caben fácilmente en una faltriquera?... ¡Mereces la muerte! Si no me engaño, aquellos dos hombres se llevaban alguna cosa. ¡Dos hombres! ¡Dos novios! ¡Y recibirles de noche, en mi casa, deshonrando á tu padre y ofendiendo á Dios! ¡Y yo desde mi cuarto miraba la luz del tuyo, creyendo con esto que velabas allí haciendo alguna labor!... De modo, miserable chicuela; de modo, hembra despreciable, que mientras tú estabas en la huerta, en tu cuarto se estaba gastando inútilmente una vela.»

»¡Oh, señor militar! no pude contener mi indignación; y luego que esto le dije, cogíla por un brazo y la arrastré para echarla fuera. En mi cólera ignoraba lo que hacía. La infeliz me pedía perdón, añadiendo: “Yo le amo, padre; yo no puedo negar que le quiero.” Se redobló mi furor oyéndola, y exclamé así: “¡Maldito sea el pan que te he dado en diez y nueve años! ¡Meter ladrones en mi casa! ¡Maldita sea la hora en que naciste, y malditos los lienzos en que te envolvimos en la noche del 3 de Febrero del año 91! Antes se hundirá el cielo, y antes me dejará de su mano la Señora Virgen del Pilar, que volver á ser para tí tu padre, y tú para mí la Mariquilla á quien tanto he querido.” Apenas dije esto, señor militar, cuando pareció que todo el firmamento reventaba en pedazos cayendo sobre mi casa. ¡Qué espantoso estruendo y qué conmoción tan horrible! Una bomba cayó en el techo, y en el espacio de cinco minutos cayeron otras dos. Corrimos adentro: el incendio se propagaba con voracidad, y el hundimiento del techo amenazaba sepultarnos allí. Quisimos salvar á toda prisa algunos objetos; pero no nos fué posible. Mi casa, esta casa que compré el año 87, casi de balde, porque fué embargada á un deudor que me debía cinco mil reales, con trece mil y un pico de intereses, se desmoronaba; como un bollo de mazapán se deshacía, y por aquí cae una viga, por allí salta un vidrio, por acullá se desplomaba una pared. El gato maullaba; Doña Guedita me arañó el rostro al salir del cuarto: yo me aventuré á entrar en el mío para recoger un recibito que había dejado sobre la mesa, y estuve á punto de perecer.»

Así habló el tío Candiola. Su dolor, además de profunda afección moral, era como un desorden nervioso, y al instante se comprendía que aquel organismo estaba completamente perturbado por el terror, el disgusto y el hambre. Su locuacidad, más que desahogo del alma, era un desbordamiento impetuoso, y aunque aparentaba hablar conmigo, en realidad dirigíase á entes invisibles, los cuales, á juzgar por los gestos de él, también le devolvían alguna palabra. Por esto, sin que yo le dijera nada, siguió hablando en tono de contestación, y respondiendo á preguntas que sus ideales interlocutores le hacían.

—Yo he dicho que no me marcharé de aquí mientras no recoja lo mucho que aún puede salvarse. Pues qué, ¿voy á abandonar mi hacienda? Ya no hay autoridades en Zaragoza. Si las hubiera, se dispondría que vinieran aquí cien ó doscientos trabajadores á revolver los escombros para sacar alguna cosa. Pero, Señor, ¿no hay quien tenga caridad, no hay quien tenga compasión de este infeliz anciano que nunca ha hecho mal á nadie? ¿Ha de estar uno sacrificándose toda la vida por los demás, para que al llegar un caso como éste no encuentre un brazo amigo que le ayude? No, no vendrá nadie, y si vienen es por ver si entre las ruínas encuentran algún dinero... ¡Já, já, já!—(decía esto riendo como un demente).—¡Buen chasco se llevan! Siempre he sido hombre precavido, y ahora, desde que empezó el sitio, puse mis ahorros en lugar tan seguro, que sólo yo puedo encontrarlos. No, ladrones; no, tramposos; no, egoístas: no encontraréis un real aunque levantéis todos los escombros y hagáis menudos pedazos lo que queda de esta casa, aunque piquéis la madera haciendo con ella palillos de dientes, aunque reduzcáis todo á polvo, pasándolo luego por un tamiz.

—Entonces, Sr. de Candiola—le dije tomándole resueltamente por un brazo para llevarle fuera,—si las peluconas están seguras, ¿á qué viene el estar aquí de centinela? Vámonos.

—¿Cómo se entiende, señor entrometido?—gritó desasiéndose con fuerza.—Vaya usted noramala, y déjeme en paz. ¿Cómo quiere usted que abandone mi casa, cuando las autoridades de Zaragoza no mandan un piquete de tropa á custodiarla? Pues qué, ¿cree usted que mi casa no está llena de objetos de valor? ¿Ni cómo quiere que me marche de aquí sin sacarlos? ¿No ve usted que el piso bajo está seguro? Pues quitando esta reja, se entrará fácilmente, y todo puede sacarse. Si me aparto de aquí un solo momento, vendrán los rateros, los granujas de la vecindad, y ¡ay de mi hacienda, ay del fruto de mi trabajo, ay de los utensilios que representan cuarenta años de laboriosidad incesante! Mire usted, señor militar, en la mesa de mi cuarto hay una palmatoria de cobre, que pesa lo menos tres libras. Es preciso salvarla á toda costa. Si la Junta mandara aquí, como es su deber, una compañía de ingenieros...

»Pues también hay una vajilla que está en el armario del comedor, y que debe de permanecer intacta. Entrando con cuidado y apuntalando el techo, se la puede salvar. ¡Oh! sí: es preciso salvar esa desgraciada vajilla. No es esto solo, señor militar, señores. En una caja de lata tengo los recibos: espero salvarlos. También hay un cofre donde guardo dos casacas antiguas, algunas medias y tres sombreros. Todo esto está aquí abajo y no ha padecido deterioro. Lo que se pierde irremisiblemente es el ajuar de mi hija. Sus trajes, sus alfileres, sus pañuelos, sus frascos de agua de olor podrían valer un dineral si se vendieran ahora. ¡Cómo se habrá destrozado todo! ¡Jesús, qué dolor! Verdad es que Dios quiso castigar el pecado de mi hija, y las bombas se fueron á los frascos de agua de olor. Pero en mi cuarto quedó sobre la cama mi chupa, en cuyo bolsillo hay siete reales y diez cuartos. ¡Y no tener yo aquí veinte hombres con piquetas y azadas!... ¡Dios justo y misericordioso! ¿En qué están pensando las autoridades de Zaragoza?... El candil de dos mecheros estará intacto. ¡Oh, Dios! Es la mejor pieza que ha llevado aceite en el mundo. Le encontraremos por ahí, levantando con cuidado los escombros del cuarto de la esquina. Tráiganme una cuadrilla de trabajadores, y verán qué pronto despacho... ¿Cómo quieren que me aparte de aquí? Si me aparto, si duermo un instante, vendrán los ladrones... sí... ¡vendrán y se llevarán la palmatoria!

La tenacidad del avaro era tal, que resolví marcharme sin él, dejándole entregado á su delirante inquietud. Llegó á toda prisa Doña Guedita, trayendo una piqueta y una azada, juntamente con un canastillo en que ví algunas provisiones.

—Señor—dijo sentándose fatigada y sin aliento.—Aquí está la piqueta y el azadón que me ha dado mi sobrino. Ya no hacen falta, porque no se trabajará más en fortificaciones... Aquí están estas pasas medio podridas, y algunos mendrugos de pan.

La dueña comía con avidez. No así Candiola, que, despreciando la comida, cogió la piqueta, y resueltamente empezó á desquiciar la reja. Trabajando con ardiente actividad, decía:

—Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme, Doña Guedita, entre usted y yo lo haremos todo. Coja usted la azada y prepárese á levantar el cascajo. Mucho cuidado con las vigas, que todavía humean. Mucho cuidado con los clavos.

Luego, volviéndose á mí, que fijaba la atención en las señas de inteligencia hechas por el ama de llaves, me dijo:

—¡Eh! Vaya usted noramala. ¿Qué tiene usted que hacer en mi casa? ¡Fuera de aquí! Ya sabemos que viene á ver si puede pescar alguna cosa. Aquí no hay nada. Todo se ha quemado.

No había, pues, esperanza de llevarle á las Tenerías para tranquilizar á la pobre Mariquilla, por lo cual, no pudiendo detenerme más, me retiré. Amo y criada proseguían con gran ardor su trabajo.


XX

Dormí desde las tres al amanecer, y por la mañana oímos misa en el Coso. En el gran balcón de la casa llamada de las Monas, hacia la entrada de la calle de las Escuelas Pías, ponían todos los domingos un altar y allí se celebraba el oficio divino, pudiéndose ver el sacerdote, por la situación de aquel edificio, desde cualquier punto del Coso. Semejante espectáculo era muy conmovedor, sobre todo en el momento de alzar, y cuando, puestos todos de rodillas, se oía un sordo murmullo de extremo á extremo.

Poco después de terminada la misa, advertí que venía como del Mercado un gran grupo de gente alborotada y gritona. Entre la multitud, algunos frailes pugnaban por apaciguarla; pero ella, sorda á las voces de la razón, más rugía á cada paso, y en su marcha arrastraba una víctima sin que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos. Detúvose el pueblo irritado junto á la subida del Trenque, donde estaba la horca, y al poco rato uno de los dogales de ésta suspendió el cuerpo convulso de un hombre, que se sacudió en el aire hasta quedar exánime. Sobre el madero apareció bien pronto un cartel que decía: Por asesino del género humano, á causa de haber ocultado veinte mil camas.

Era aquel infeliz un D. Fernando Estallo, guarda-almacén de la Casa-utensilios. Cuando los enfermos y los heridos espiraban en el arroyo y sobre las frías baldosas de las iglesias, encontróse un gran depósito de camas, cuya ocultación no pudo justificar el citado Estallo. Desencadenóse impetuosamente sobre él la ira popular, y no fué posible contenerla. Oí decir que aquel hombre era inocente. Muchos lamentaron su muerte; pero al comenzar el fuego en las trincheras, nadie se acordó más de él.

Palafox publicó aquel día una proclama en que trataba de exaltar los ánimos, y ofrecía el grado de capitán al que se presentara con cien hombres, amenazando con pena de horca y confiscación de bienes al que no acudiese prontamente á los puntos ó los desamparase. Todo esto era señal del gran apuro de las autoridades.

Memorable fué aquel día por el ataque á Santa Mónica, que defendían los voluntarios de Huesca. Durante el anterior y gran parte de la noche, los franceses bombardearon el edificio. Las baterías de la huerta estaban inservibles, y fué preciso retirar los cañones, operación que nuestros valientes llevaron á cabo, sufriendo á descubierto el fuego enemigo. Este abrió al fin brecha, y penetrando en la huerta, quiso apoderarse también del edificio, olvidando que había sido rechazado dos veces en los días anteriores. Pero Lannes, contrariado por la extraordinaria y nunca vista tenacidad de los zaragozanos, había mandado reducir á polvo el Convento, lo cual, teniendo morteros y obuses, era más fácil que conquistarlo. Efectivamente: después de seis horas de fuego de artillería, una gran parte del muro de Levante cayó al suelo, y allí era de ver el regocijo de los franceses, que sin pérdida de tiempo se abalanzaron al asalto de la posición, auxiliados por los fuegos oblicuos del Molino de la ciudad. Viéndoles venir Villacampa, jefe de los de Huesca, y Palafox, que había acudido al punto del peligro, trataron de cerrar la brecha con sacos de lana y unos cajones vacíos que habían venido con fusiles. Llegando los franceses, asaltaron con furia loca, y después de un breve choque cuerpo á cuerpo, fueron rechazados. Durante la noche siguieron cañoneando el Convento.

Al siguiente día resolvieron dar otro asalto, seguros de que no habría mortal que defendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por momentos se venía al suelo. Embistiéronlo por la puerta del locutorio; pero durante la mañana no pudieron conquistar ni un palmo de terreno en el claustro.

Desplomóse al caer de la tarde el techo por la parte oriental del Convento. El tercer piso, que estaba muy quebrantado, no pudo resistir el peso, y cayó sobre el segundo. Este, aún más endeble, dejóse ir sobre el principal, y el principal, incapaz por sí solo de resistir encima todo el edificio, hundióse sobre el claustro, sepultando centenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con esta catástrofe; pero no fué así. Los franceses dominaron una parte del claustro, pero nada más, y para apoderarse de la otra necesitaban franquearse camino por entre los escombros. Mientras lo hicieron, los de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamiento en la escalera, y agujereaban el piso alto para arrojar granadas de mano contra los sitiadores.

Entre tanto, nuevas tropas francesas logran penetrar por la iglesia, pasan al techo del Convento, extiéndense por el interior del maderamen abuhardillado, bajan al claustro alto, y atacan á los voluntarios indomables. Con la algazara de este encuentro, anímanse los de abajo, redoblan sus esfuerzos, y sacrificando multitud de hombres consiguen llegar á la escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos, y si bien aún pueden retirarse por uno de los dos agujeros practicados en el claustro alto, casi todos juran morir antes que rendirse. Corren buscando un lugar estratégico que les permita defenderse con alguna ventaja, y son cazados á lo largo de las crujías. El último tiro fué señal de que había caído el último hombre. Algunos pudieron salir por un portillo que habían abierto en los más escondidos aposentos del edificio, junto á la ciudad; por allí salió también D. Pedro Villacampa, comandante del batallón de voluntarios de Huesca, y al hallarse en la calle, miraba maquinalmente en torno suyo, buscando á sus muchachos.

Durante esta jornada, nos hallábamos en las casas inmediatas de la calle de Palomar, haciendo fuego sobre los franceses que se destacaban para asaltar el Convento. Antes de concluída la acción, comprendimos que en las Mónicas ya no había defensa posible, y el mismo D. José Montoria, que estaba con nosotros, lo confesó.

—Los voluntarios de Huesca no se han portado mal—dijo.—Se conoce que son buenos chicos. Ahora les emplearemos en defender estas casas de la derecha... pero se me figura que no ha quedado ninguno. Allí sale solo Villacampa. ¿Pues y Mendieta, y Paúl, y Benedicto, y Oliva? Vamos: veo que todos han quedado en el sitio.

De este modo el Convento de las Mónicas pasó á poder de Francia.


XXI

Al llegar á este punto de mi narración, ruego al lector que me dispense si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrores, comprendido desde el 27 de Enero hasta la mitad del siguiente mes, los sucesos se confunden, se amalgaman, se eslabonan en mi mente de tal modo, que no puedo distinguir días ni noches, y á veces ignoro si algunos lances de los que recuerdo ocurrieron á la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un largo día, ó en una noche sin fin, y que el tiempo no marchaba entonces con sus divisiones ordinarias. Los acontecimientos, los hombres, las diversas sensaciones se reúnen en mi memoria formando un cuadro inmenso donde no hay más líneas divisorias que las que ofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia inexplicable ó el pánico de otro momento.

Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy á narrar ahora; pero fué, si no me engaño, al día siguiente de la jornada de las Mónicas, y según mis conjeturas del 30 de Enero al 2 de Febrero. Ocupábamos una casa de la calle de Pabostre. Los franceses eran dueños de la inmediata, y trataban de avanzar por el interior de la manzana hasta llegar á Puerta Quemada. Nada es comparable á la expedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse á aquellos choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y las que guarnecen el superior.

Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos causaba espanto el no saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos á las buhardillas; bajábamos á los sótanos, y pegando el oído á los tabiques, procurábamos indagar el intento del enemigo según la dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con violencia el tabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y esperamos á pie firme en la puerta después de amontonar los muebles formando una barricada. Los franceses abrieron un agujero, y luego, á culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo, presentándosenos en actitud de querer echarnos de allí. Eramos veinte. Ellos eran menos, y como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron, volviendo al poco rato en número tan considerable, que nos hicieron gran daño, obligándonos á retirarnos, después de dejar tras los muebles cinco compañeros, dos de los cuales estaban muertos. En el angosto pasillo topamos con una escalera por donde subimos precipitadamente sin saber á dónde íbamos; pero luego nos hallamos en un desván, posición admirable para la defensa. Era angosta la escalera, y el francés que intentaba pasarla moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando la resistencia, y animándonos unos á otros con vivas y aclamaciones, cuando el tabique que teníamos á la espalda empezó á estremecerse con fuertes golpes, y al punto comprendimos que los franceses, abriendo una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre dos fuegos. Eramos trece, porque en el desván habían caído dos muy gravemente heridos.

El tío Garcés, que nos mandaba, exclamó furioso:

—¡Recuerno! No nos cogerán esos perros. En el techo hay un tragaluz. Salgamos por él al tejado. Que seis sigan haciendo fuego... Al que quiera subir, partirlo. Que los demás agranden el agujero: fuera miedo, y ¡viva la Virgen del Pilar!

Se hizo como él mandaba. Ello iba á ser una retirada en regla, y mientras parte de nuestro ejército contenía la marcha invasora del enemigo, los demás se ocupaban en facilitar el paso. Este hábil plan fué puesto en ejecución con febril prontitud, y bien pronto el hueco de escape tenía suficiente anchura para que pasaran tres hombres á la vez, sin que durante el tiempo empleado en esto ganaran los franceses un solo peldaño. Velozmente salimos al tejado. Eramos nueve. Tres habían quedado en el desván, y otro fué herido al querer salir, cayendo vivo en poder del enemigo.

Al encontrarnos arriba, saltamos de alegría. Esparcirnos la vista por los techos del arrabal, y vimos á lo lejos las baterías francesas. A gatas avanzamos buen trecho, explorando el terreno, después de dejar dos centinelas en el boquete con orden de descerrajar un tiro al que quisiese escurrirse por él; y no habíamos andado veinte pasos, cuando oímos gran ruido de voces y risas, que al punto nos parecieron de franceses. Efectivamente: desde un ancho buhardillón nos miraban riendo aquellos malditos. No tardaron en hacernos fuego; parapetados nosotros tras las chimeneas y tras los ángulos y recortaduras que allí ofrecían los tejados, les contestamos, á los tiros con tiros y á los juramentos y exclamaciones con otras mil invectivas que nos inspiraba el fecundo ingenio del tío Garcés.

Al fin nos retiramos, saltando al tejado de la casa cercana. Creímosla en poder de los nuestros, y nos internamos por la ventana de un chiribitil, considerando fácil el bajar desde allí á la calle, donde, unidos y reforzados con más gente, podíamos proseguir aquella aventura al través de pasillos, escaleras, tejados y desvanes. Pero aún no habíamos puesto el pie en firme, cuando sentimos en los aposentos que quedaban bajo nosotros el estruendo de repetidas detonaciones.

—Abajo se están batiendo—dijo Garcés,—y de seguro los franceses que dejamos en la casa de al lado se han pasado á ésta, donde se habrán encontrado con los compañeros. ¡Cuerno, recuerno! Bajemos ahora mismo. ¡Abajo todo el mundo!

Pasando de un desván á otro, vimos una escalera de mano que facilitaba la entrada á un gran aposento interior, desde cuya puerta se oía vivo rumor de voces, destacándose principalmente algunas de mujer. El estrépito de la lucha era mucho más lejano, y, por consiguiente, procedía de punto más bajo. Franqueando, pues, la escalerilla, nos hallamos en una gran habitación, materialmente llena de gente, la mayor parte ancianos, mujeres y niños, que habían buscado refugio en aquel lugar. Muchos, arrojados sobre jergones, mostraban en su rostro las huellas de la terrible epidemia, y algún cuerpo inerte sobre el suelo tenía todas las trazas de haber exhalado el último suspiro muy pocos momentos antes.

Otros estaban heridos, y se lamentaban sin poder contener la crueldad de sus dolores; dos ó tres viejas lloraban ó rezaban. Algunas voces se oían de rato en rato diciendo con angustia: «agua, agua.» Desde que bajamos distinguí en un extremo de la sala al tío Candiola que ponía cuidadosamente en un rincón multitud de baratijas, ropas y objetos de cocina y de loza. Con gesto displicente apartaba á los chicos curiosos que querían poner sus manos en aquella despreciable quincalla, y lleno de inquietud, diligente en amontonar y resguardar su tesoro, sin que la última pieza se le escapase, decía:

—Ya me han quitado dos tazas. Y no me queda duda: alguien de los que están aquí las ha de tener. No hay seguridad en ninguna parte; no hay autoridades que garanticen á uno la posesión de su hacienda. Fuera de aquí, muchachos mal criados. ¡Oh! Estamos bien... ¡Malditas sean las bombas y quien las inventó! Señores militares, á buena hora llegan ustedes. ¿No podrían ponerme aquí un par de centinelas para que guardaran estos objetos preciosos que con gran trabajo logré salvar?

Como es de suponer, mis compañeros se rieron de tan graciosa pretensión. Ya íbamos á salir, cuando ví á Mariquilla. La infeliz estaba transfigurada por el insomnio, el llanto y el terror; pero tanta desolación en torno suyo y en ella misma, aumentaba la dulce expresión de su hermoso semblante. Ella me vió, y al punto fué hacia mí con viveza, mostrando deseo de hablarme.

—¿Y Agustín?—le pregunté.

—Está abajo—repuso con voz temblorosa.

—Abajo están dando una batalla. Las personas que nos habíamos refugiado en esta casa, estábamos repartidas por los distintos aposentos. Mi padre llegó esta mañana con Doña Guedita. Agustín nos trajo de comer, y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos golpes en los tabiques... venían los franceses. Entró la tropa, nos hicieron salir, trajeron los heridos y los enfermos á esta sala alta... aquí nos han encerrado á todos, y luego, rotas las paredes, los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado á pelear... ¡Ay! Agustín está abajo también...

Esto decía, cuando entró Manuela Sancho, trayendo dos cántaros de agua para los heridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de sus lechos, disputándose á golpes un vaso de agua.

—No empujar, no atropellarse, señores—dijo Manuela riendo.—Hay agua para todos. Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba, y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos.

Mariquilla se estremeció de horror.

—Tengo sed,—me dijo.

Al punto pedí agua á la Sancho; pero como el único vaso que trajera, ocupado en aplacar la sed de los demás, andaba de boca en boca, por no esperar tomé una de las tazas que en su montón tenía el tío Candiola.

—Eh, señor entrometido—dijo sujetándome la mano,—deje usted ahí esa taza.

—Es para que beba esta joven—contesté indignado.—¿Tanto valen estas baratijas, señor Candiola?

El avaro no me contestó ni se opuso á que diera de beber á su hija; mas luego que ésta calmó su sed, un herido tomó ávidamente de sus manos la taza, y he aquí que ésta empezó á correr también, pasando de boca en boca. Cuando yo salí para unirme á mis compañeros, D. Jerónimo seguía con la vista, de muy mal talante, el extraviado objeto que tanto tardaba en volver á sus manos.

Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Desalojados del piso principal de la casa, los franceses habíanse retirado al de la contigua, donde continuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo el interés de la batalla estaba en la cocina, disputada con mucho encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía. Muchos cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunos patriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina funesta, desde donde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de ella á la bayoneta, y aunque perecieron bastantes, este acto de arrojo decidió la cuestión, porque tras ellos fueron otros, y por fin todos los que cabían.

Aterrados los imperiales con tan ruda embestida, buscaron salida precipitadamente por el laberinto que de pieza en pieza habían abierto. Persiguiéndoles por pasillos y aposentos, cuya serie inextricable volvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde podíamos alcanzarles, y algunos de ellos se arrojaban desesperadamente á los patios. De este modo, después de reconquistada aquella casa, reconquistamos la vecina, obligándoles á contenerse en sus antiguas posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la calle de Pabostre.

Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de encontrar entre éstos á Agustín Montoria, aunque no era de gravedad el balazo recibido en el brazo derecho. Mi batallón quedó aquel día reducido á la mitad.

Los infelices que se refugiaban en la habitación alta de la casa, quisieron acomodarse de nuevo en los distintos aposentos; pero esto no se juzgó conveniente, y fueron obligados á abandonarla buscando asilo en lugares más lejanos del peligro.

Cada día, cada hora, cada instante las dificultades crecientes de nuestra situación militar se agravaban con el obstáculo que ofrecía número tan considerable de víctimas, hechas por el fuego y la epidemia. ¡Dichosos mil veces los que eran sepultados en las ruínas de las casas minadas, como aconteció á los valientes defensores de la calle de Pomar, junto á Santa Engracia! Lo verdaderamente lamentable estaba allí donde se hacinaban unos sobre otros, sin poder recibir auxilio, multitud de hombres destrozados por horribles heridas. Había recursos médicos para la centésima parte de los pacientes. La caridad de las mujeres, la diligencia de los patriotas, la multiplicación de la actividad en los hospitales, nada bastaba.

Llegó un día que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel indiferencia, se apoderó de los defensores, y nos acostumbramos á ver un montón de muertos, cual si fuera montón de sacas de lana; nos acostumbramos á ver sin lástima algunas largas filas de heridos arrimados á las casas, curándose cada cual como mejor podía. A fuerza de padecimientos, creyérase que las necesidades de la carne habían desaparecido, y que no teníamos más vida que la del espíritu. La familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza, infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absoluto de la materia y total indiferencia de la vida. Cada uno esperaba morir dentro de un rato, sin que esta idea le conturbara.

Recuerdo que oí contar el ataque dado al Convento de Trinitarios para arrebatarlo á los franceses, y las hazañas fabulosas, la inconcebible temeridad de esta empresa, me parecieron un hecho natural y ordinario.

No sé si he dicho que inmediato al Convento de las Mónicas estaba el de Agustinos Observantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia no pequeña y muy irregular, vastas crujías y un claustro espacioso. Era, pues, indudable que los franceses, dueños ya de las Mónicas, habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio para establecerse sólida y definitivamente en el barrio.

—Ya que no tuvimos la suerte de hallarnos en las Mónicas—me dijo Pirli,—hoy nos daremos el gustazo de defender hasta morir las cuatro paredes de San Agustín. Como no basta Extremadura para defenderlo, nos mandan también á nosotros. ¿Y qué hay de grados, amigo Araceli? ¿Con que es cierto que este par de caballeros que está aquí es un par de sargentos?

—No sabía nada, amigo Pirli,—le respondí; y verdad era que ignoraba aquél mi ascenso á las alturas jerárquicas del sargentazo.

—Pues sí: anoche lo acordó el General. El Sr. de Araceli es sargento primero, y el señor de Pirli sargento segundo. Harto bien lo hemos ganado, y gracias que nos ha quedado cuerpo en que poner las charreteras. También me han dicho que á Agustín Montoria le han nombrado teniente por lo bien que se porto en el ataque dentro de las casas. Ayer tarde, al anochecer, el batallón de las Peñas de San Pedro no tenía más que cuatro sargentos, un alférez, un capitán y doscientos hombres.

—A ver, amigo Pirli, si hoy nos ganamos un par de ascensos.

—Todo es ganar el ascenso del pellejo—replicó.—Los pocos soldados que viven del batallón de Huesca, creo que van para generales. Ya tocan llamada. ¿Tienes que comer?

—No mucho.

—Manuela Sancho me ha dado cuatro sardinas: las partiré contigo. Si quieres un par de docenas de garbanzos tostados... ¿Te acuerdas tú del gusto que tiene el vino? Dígolo porque hace días que no nos dan una gota... Por ahí corre el rum-rum de que esta tarde nos repartirán un poco cuando acabe la guerra en San Agustín. Ahí tienes tú: sería muy triste cosa que le matarán á uno antes de saber qué color tiene eso que van á darnos esta tarde. Si siguieran mi consejo, lo echarían antes de empezar, y así, el que muriera eso se llevaba... Pero la Junta de Abastos habrá dicho: «Hay poco vino: si lo repartimos ahora, apenas tocarán tres gotas á cada uno. Esperemos á la tarde, y como de los que defienden á San Agustín será milagro que quede la cuarta parte, les tocará á trago por barba.»

Y con este criterio siguió discurriendo sobre la escasez de vituallas. No tuvimos tiempo de entretenernos en esto, porque apenas nos dábamos la mano con los de Extremadura que guarnecían el edificio, cuando una fuerte detonación nos puso en cuidado, y entonces un fraile apareció diciendo á gritos:

—Hijos míos, han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y ya les tenemos en casa. Corred á la iglesia: ellos deben haber ocupado la sacristía; pero no importa. Si vais á tiempo, seréis dueños de la nave principal, de las capillas, del coro. ¡Viva la Santa Virgen del Pilar y el batallón de Extremadura!

Marchamos á la iglesia serenos y confiados.