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Zaragoza

Chapter 24: XXIII
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About This Book

Un pequeño grupo de fugitivos llega, exhausto y sin recursos, a una ciudad provincial presa de ruinas y desorden tras los combates. Entre descripciones detalladas de calles, monumentos y edificios hechos escombros, los personajes buscan refugio en restos de iglesias, conviven con mendigos y exploran redes de amistad para obtener auxilio. La narración combina episodios de viaje y supervivencia con observaciones costumbristas y paisajísticas, poniendo en contraste la destrucción material y la vitalidad humana, y subrayando temas de solidaridad, memoria y el impacto social de la guerra.

XXII

Los buenos Padres nos animaban con sus exhortaciones, y alguno de ellos, confundiéndose con nosotros en lo más apretado de las filas, nos decía:

—Hijos míos, no desmayéis. Previendo que llegaría este caso, hemos conservado un mediano número de víveres en nuestra despensa. También tenemos vino. Sacudid el polvo á esa canalla. Animo, queridos jóvenes. No temáis el plomo enemigo. Más daño hacéis vosotros con una de vuestras miradas, que ellos con una descarga de metralla. Adelante, hijos míos. La Santa Virgen del Pilar es entre vosotros. Cerrad los ojos al peligro, mirad con serenidad al enemigo, y entre las nubes veréis la santa figura de la Madre de Dios. ¡Viva España y Fernando VII!

Llegamos á la iglesia; pero los franceses, que habían entrado por la sacristía, se nos adelantaron, y ya ocupaban el altar mayor. Yo no había visto jamás una mole churrigueresca, cuajada de esculturas y follajes de oro, sirviendo de parapeto á la infantería; yo no había visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santos de ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada, que fulminan su llama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón poblada de angelitos, se confundieran con los fogonazos, ni que tras los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo de oro de la Virgen María, el ojo vengativo del soldado afinara su mortífera puntería.

Baste deciros que el altar mayor de San Agustín era una gran fábrica de entalle dorado, cual otras que habréis visto en cualquier templo de España. Este armatoste se extendía desde el piso á la bóveda, y de machón á machón, representando en sucesivas hileras de nichos como una serie de jerarquías celestiales. Arriba, el Cristo ensangrentado abría sus brazos sobre la cruz; abajo y encima del altar, un templete encerraba el símbolo de la Eucaristía. Aunque la mole se apoyaba en el muro del fondo, había pequeños pasadizos interiores destinados al servicio casero de aquella república de santos, y por ellos el lego sacristán podía subir desde la sacristía á mudar el traje de la Virgen, á encender las velas del altísimo Crucifijo, ó á limpiar el polvo que los siglos depositaban sobre el antiguo tisú de los vestidos y la madera bermellonada de los rostros.

Pues bien: los franceses se posesionaron rápidamente del camarín de la Virgen, de los estrechos tránsitos que he mencionado; y cuando llegamos nosotros, en cada nicho, detrás de cada santo, y en innumerables agujeros abiertos á toda prisa, brillaba el cañón de los fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que á empujones adelantaron un poco, se preparaban á defender en toda regla la cabecera de la iglesia.

No nos hallábamos enteramente á descubierto, y para resguardarnos del gran retablo, teníamos los confesonarios, los altares de las capillas y las tribunas. Los más expuestos éramos los que entramos por la nave principal; y mientras los más osados avanzaron resueltamente hacia el fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, tras el facistol, tras las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allí con certera puntería á la nación francesa, posesionada del altar mayor.

El tío Garcés, con nueve de igual empuje, corrió á posesionarse del púlpito, otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guarda-polvo, coronado por una estatua de la Fe, casi llegaba al techo. Subieron, ocupando la cátedra y la escalera, y desde allí, con singular acierto, dejaban seco á todo francés que, abandonando el presbiterio, se adelantaba á lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante, porque les abrasaban los del altar mayor, deseosos de quitar de en medio aquel obstáculo. Al fin se destacaron unos veinte hombres, resueltos á tomar á todo trance aquel reducto de madera, sin cuya posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada más parecido á una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y otro ejército se reconcentra á veces en un punto, el más disputado y apetecido de todos, y cuya pérdida ó conquista decide el éxito de la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tan bien defendido como bien atacado.

Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero á pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente á la bayoneta sobre la escalera. No se acobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéronse á arma blanca con aquella superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesonarios, corrieron á atacar á los franceses por la espalda, representando de este modo en miniatura la peripecia de una vasta acción campal; y trabóse la contienda cuerpo á cuerpo á bayonetazos, á tiros y á golpes, según como cada cual cogía á su contrario.

De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallaban en las tribunas de la derecha, saltaron fácilmente al cornisamento de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, ví al tío Garcés ponerse en pie, desafiando el fuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención.

Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos, cayó de improviso, lanzando un ronco aullido. Los franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos á las capillas. Perecieron los primitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron á reforzarlos, y al tío Garcés, acribillado á bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran patriota que no nombra la historia.

El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento. Retirándonos en desorden á distintos puntos, separados unos de otros, no sabíamos á quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa de cada uno ó de cada grupo de dos ó tres era la única organización posible, y nadie pensaba en compañías ni en jerarquías militares. Había la subordinación de todos al pensamiento común, y un instinto maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades de la lucha á cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe de vista nos hizo comprender que estábamos perdidos desde que nos metimos en las capillas de la derecha, y era temeridad persistir en la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzas francesas que la ocupaban.

Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo último; pero dos Padres agustinos se opusieron á este esfuerzo inútil, y uno de ellos nos dijo:

—Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, que os llevaría á perder vuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses están atacando en este instante el edificio por la calle de las Arcadas. Corred allí á ver si lográis atajar sus pasos; pero no penséis en defender la iglesia, profanada por esos cafres.

Estas exhortaciones nos obligaron á salir al claustro, y todavía quedaban en el coro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con los franceses, que ya invadían toda la nave.

Los frailes sólo cumplieron á medias su oferta en lo de darnos algún gaudeamus como recompensa por haberles defendido hasta el último extremo su iglesia, y fueron repartidos algunos trozos de tasajo y pan duro, sin que viéramos ni oliéramos el vino en ninguna parte, por más que alargamos la vista y las narices. Para explicar esto, dijeron que los franceses, ocupando todo lo alto, se habían posesionado del principal depósito de provisiones; y lamentándose del suceso, procuraron consolarnos con alabanzas de nuestro buen comportamiento.

La falta del vino prometido hízome acordar del gran Pirli, y entonces caí en la cuenta de que le había visto al principio del lance en una de las tribunas. Pregunté por él; pero nadie me sabía dar razón de su paradero.

Ocupaban los franceses la iglesia y también parte de los altos del Convento. A pesar de nuestra desfavorable posición en el claustro bajo, estábamos resueltos á seguir resistiendo, y traíamos á la memoria la heróica conducta de los voluntarios de Huesca, que defendieron las Mónicas hasta quedar sepultados bajo sus escombros. Estábamos delirantes, ebrios; nos creíamos ultrajados si no vencíamos, y nos impulsaba á las luchas desesperadas una fuerza secreta, irresistible, que no puedo explicarme sino por la fuerte tensión erectiva del espíritu y una aspiración poderosa hacia lo ideal.

Nos contuvo una orden venida de fuera, y que dictó sin duda, en su buen sentido práctico, el general Saint-March.

—El Convento no se puede sostener—dijeron.—Antes que sacrificar gente sin provecho alguno para la ciudad, salgan todos á defender los puntos atacados en la calle de Pabostre y Puerta Quemada, por donde el enemigo quiere extenderse, conquistando las casas de que se le ha rechazado varias veces.

Salimos, pues, de San Agustín. Cuando pasábamos por la calle del mismo nombre, paralela á la de Palomar, vimos que desde la torre de la iglesia arrojaban granadas de mano sobre los franceses, establecidos en la plazoleta inmediata á la última de aquellas dos vías. ¿Quién lanzaba aquellos proyectiles desde la torre? Para decirlo más brevemente y con más elocuencia, abramos la historia y leamos: «En la torre se habían situado y pertrechado siete ú ocho paisanos con víveres y municiones para hostigar al enemigo, y subsistieron verificándolo por unos días sin querer rendirse.»

Allí estaba el insigne Pirli. ¡Oh, Pirli! Más feliz que el tío Garcés, tú ocupas un lugar en la historia.


XXIII

Incorporados al batallón de Extremadura, se nos llevó por la calle de Palomar hasta la plaza de la Magdalena, desde donde oímos fuerte estrépito de combate hacia el extremo de la calle de Puerta Quemada. Como nos habían dicho, el enemigo procuraba extenderse por la calle de Pabostre para apoderarse de Puerta Quemada, punto importantísimo que le permitía enfilar con su artillería la calle del mismo nombre hasta la plaza de la Magdalena; y como la posesión de San Agustín y las Mónicas les permitía amenazar aquel punto céntrico por el fácil tránsito de la calle de Palomar, ya se conceptuaban dueños del arrabal. En efecto: si los de San Agustín lograban avanzar hasta las ruínas del Seminario, y los de la calle de Pabostre hasta Puerta Quemada, era imposible disputar á los franceses el barrio de Tenerías.

Después de una breve espera, nos llevaron á la calle de Pabostre; y como la lucha era combinada entre el interior de los edificios y la vía pública, entramos por la calle de los Viejos á la primera manzana. Desde las ventanas de la casa en que nos situaron no se veía más que humo, y apenas podíamos hacernos cargo de lo que allí pasaba; mas luego advertí que la calle estaba llena de zanjas y cortaduras de trecho en trecho, con parapetos de tierra, muebles y escombros.

Desde las ventanas se hacía un fuego horroroso. Recordando una frase del mendigo cojo Sursum Corda, puedo decir que nuestra alma era toda balas. En el interior de las casas corría la sangre á torrentes. El empuje de la Francia era terrible; y para que la resistencia no fuese menor, las campanas convocaban sin cesar al pueblo; los Generales dictaban órdenes crueles para castigar á los rezagados; los frailes reunían gente de los otros barrios, trayéndola como en traílla, y algunas mujeres heróicas daban el ejemplo, arrojándose en medio del peligro, fusil en mano.

Día horrendo, cuyo rumor pavoroso retumba sin cesar en los oídos del que lo presenció, cuyo recuerdo le persigue, pesadilla indeleble de toda la vida. Quién no vió sus excesos, no oyó su vocerío y estruendo, ignora con qué aparato externo se presenta á los sentidos humanos el ideal del horror. Y no me digáis que habéis visto el cráter de un volcán en lo más recio de sus erupciones, ó una furiosa tempestad en medio del Océano, cuando la embarcación, lanzada al cielo por una cordillera de agua, cae después al abismo vertiginoso; no me digáis que habéis visto eso, pues nada de eso se parece á los volcanes y á las tempestades que hacen estallar los hombres, cuando sus pasiones les llevan á eclipsar los desórdenes de la Naturaleza.

Era difícil contenernos, y no pudiendo hacer gran hostilidad desde allí, bajamos á la calle unos tras otros, sin hacer caso de los jefes que querían contenernos. El combate tenía sobre todos una atracción irresistible, y nos llamaba como llama el abismo al que lo contempla desde el vértice de elevada cima.

Jamás me he considerado héroe; pero es lo cierto que en aquellos momentos ni temía la muerte, ni me arredraba el espectáculo de las catástrofes que á mi lado veía. Verdad es que el heroísmo, como cosa del momento é hijo directo de la inspiración, no pertenece exclusivamente á los valerosos, razón por la cual suele encontrarse con frecuencia en las mujeres y en los cobardes.

Por no parecer prolijo, no referiré aquí las peripecias de aquel combate de la calle de Pabostre. Se parecen mucho á las que antes he contado, y si en algo se diferenciaron fué por el exceso de la constancia y de la energía, llevadas á un grado tal que allí acababa lo humano y empezaba lo divino. Dentro de las casas pasaban escenas como las que en otro lugar se refieren, pero con mayor encarnizamiento, porque el triunfo se creía más definitivo. La ventaja adquirida en una pieza perdíanla los imperiales en otra; la acción trabada en la buhardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí se remataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las voces de mando con que unos y otros dirigían los movimientos dentro de aquellos laberintos, retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos.

En la calle usaban ellos artillería y nosotros también: Varias veces trataron de apoderarse con rápidos golpes de mano de nuestras piezas; pero perdían mucha gente sin conseguirlo nunca. Acobardados al ver que el esfuerzo empleado otra vez para ganar una batalla no bastaba entonces para conquistar dos varas de calle, se negaban á batirse, y sus oficiales les sacudían á palos la pereza.

Por nuestra parte no era preciso emplear tales medios y bastaba la persuasión. Los frailes, sin dejar de prestar auxilio á los moribundos, atendían á todo, y al advertir debilidad en un punto, volaban á llamar la atención de los jefes.

En una de las zanjas abiertas en la calle, una mujer, más que ninguna valerosa, Manuela Sancho, después de hacer fuego de fusil, disparó varios tiros en la pieza de á 8. Mantúvose ilesa durante gran parte del día, animando á todos con sus palabras y sirviendo de ejemplo á los hombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la zanja, herida en una pierna, y durante largo tiempo confundióse con los muertos, porque la hemorragia la puso exánime y con apariencia de cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos, y fué curada, quedando tan bien, que muchos años después tuve el gusto de verla viva. La historia no ha olvidado á aquella valiente joven, y además, la calle de Pabostre, cuyas mezquinas casas son más elocuentes que las páginas de un libro, lleva el nombre de Manuela Sancho.

Poco después de las tres, una horrísona explosión conmovió las casas que los franceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante la mañana, y entre el espeso humo y el polvo, más espeso aún que el humo, vimos volar en pedazos mil las paredes y el techo, cayendo todo al suelo con un estruendo de que no puede darse idea. Los franceses empezaban á emplear la mina para conquistar lo que por ningún otro medio podía arrancarse de las manos aragonesas. Abrieron galerías, cargaron los hornillos, y los hombres cruzáronse de brazos, esperando que la pólvora lo hiciera todo.

Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las inmediatas y en la calle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino á tierra la segunda, inicióse el movimiento de retirada con bastante desorden. Al considerar que eran sepultados entre las ruínas ó lanzados al aire tantos infelices compañeros, que no se habrían dejado vencer por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel elemento de destrucción, y parecíanos que en todas las demás casas y en la calle, minadas ya también, iban á estallar horribles cráteres que en pedazos mil nos salpicarían desgarrados en sangrientos girones.

Los jefes nos detenían, diciendo:

—Firmes, muchachos. No correr. Eso es para asustaros. Nosotros también tenemos pólvora en abundancia y abriremos minas. ¿Creéis que eso les dará ventaja? Al contrario. Veremos cómo se defienden entre los escombros.

Palafox se presentó á la entrada de la calle, y su presencia nos contuvo algún tanto. El mucho ruido impidióme oir lo que nos dijo; pero por sus gestos comprendí que quería impelernos á marchar sobre las ruínas.

—Ya oís, muchachos, ya oís lo que dice el Capitán General—vociferó á nuestro lado un fraile de los que venían en la comitiva de Palafox.—Dice que si hacéis un pequeño esfuerzo más, no quedará vivo un solo francés.

—¡Y tiene razón!—exclamó otro fraile.—No habrá en Zaragoza una mujer que os mire, si al punto no os arrojáis sobre las ruínas de las casas y echáis de allí á los franceses.

—Adelante, hijos de la Virgen del Pilar—añadió un tercer fraile.—Allí hay un grupo de mujeres. ¿Las veis? Pues dicen que si no vais vosotros, irán ellas. ¿No os da vergüenza vuestra cobardía?

Con esto nos contuvimos un poco. Reventó otra casa á la derecha, y entonces Palafox se internó en la calle. Sin saber cómo ni por qué, nos llevaba tras sí. Y ahora es ocasión de hablar de este personaje eminente, cuyo nombre va unido al de las célebres prozas de Zaragoza. Debía en gran parte su prestigio á su gran valor; pero también á la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fué mirada allí la familia de Lazán, y á su hermosa y arrogante presencia. Era joven. Había pertenecido al cuerpo de Guardias, y se le elogiaba mucho por haber despreciado los favores de una muy alta señora, tan famosa por su posición como por sus escándalos. Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria.

Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquélla, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia y rodeóse de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel General joven, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes, reanimando á los débiles y distribuyendo recompensas á los animosos.

Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico, y su fervor guerrero. Lo que él disponía todos lo encontraban bueno y justo. Como aquellos Monarcas á quienes las tradicionales leyes han hecho representación personal de los principios fundamentales del Gobierno, Palafox no podía hacer nada malo: lo malo era obra de sus consejeros. Y en realidad, el ilustre caudillo reinaba y no gobernaba. Gobernaba el Padre Basilio, O’Neilly, Saint-March y Butrón, clérigo escolapio el primero, Generales insignes los otros tres.

En los puntos de peligro aparecía siempre Palafox como la expresión humana del triunfo. Su voz reanimaba á los moribundos, y si la Virgen del Pilar hubiera hablado, no lo habría hecho por otra boca. Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. Vanagloriábase de ser el impulsor de aquel gran movimiento. Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que á sus cualidades de General, á sus cualidades de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo. Todo esto era preciso, pues ha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el caudillo, para que el enfático orgullo de la victoria arrastre á todos al heroísmo.


XXIV

Como he dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la calle de Pabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada.

Si encarnizada fué la batalla hasta las tres, hora en que nos concentramos hacia la plaza de la Magdalena, no lo fué menos desde dicha ocasión hasta la noche. Los franceses empezaron á hacer trabajos en las casas arruinadas por los hornillos, y era curioso ver cómo entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas, caminos cubiertos, y plataformas para emplazar la artillería. Aquélla era una guerra que cada vez se iba pareciendo menos á las demás guerras conocidas.

De esta nueva fase de batalla resultó una ventaja y un inconveniente para los franceses, porque si la demolición de las casas les permitía colocar en ellas algunas piezas, en cambio los hombres quedaban á descubierto. Por nuestra desgracia no supimos aprovecharnos de esto al presenciar las voladuras. El terror nos hizo ver una centuplicación del peligro, cuando en realidad lo disminuía, y no queriendo ser menos que ellos en aquel duelo á fuego, los zaragozanos empezaron á incendiar las casas de la calle de Pabostre que no podían sostener.

Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo conseguirlo en la laberíntica guerra de las madrigueras, empezaron á destruirlas, unos con la mina, otros con el incendio, quedándose á descubierto como el impaciente gladiador que arroja su escudo.

¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento en que no pudiendo resistir más mi cuerpo, como el de otros compañeros que habían tenido la suerte ó la desgracia de vivir, se arrastraba sobre el arroyo, tropezando con cadáveres insepultos ó medio inhumados entre los escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados á los extremos del delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos lóbrega obscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes á las que suponemos en el Infierno enrojecían la ciudad por otro lado.

Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimiento otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento tan horrible! ¡Qué hambre! ¡Qué sed! Ví correr á muchos con ágiles movimientos; les oí gritar; ví proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas: iban y venían no sé á dónde ni de dónde. No era yo el único que, agotadas las fuerzas del cuerpo y del espíritu después de tantas horas de lucha, se había rendido. Otros muchos, que no tenían la acerada entereza de los cuerpos aragoneses, se arrastraban como yo, y nos pedíamos unos á otros un poco de agua. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne fría y envuelta en tierra, que devoraban con avidez.

Algo reanimados, seguimos buscando, y pude alcanzar una parte en las migajas de aquel festín. No sé si estaba yo herido: algunos de los que conmigo hablaban, comunicándome su gran hambre y sed, tenían horribles golpes, quemaduras y balazos. Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron á beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto descubrimos un pañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite. Alentados por los repetidos hallazgos seguimos merodeando, y al fin, lo poco que logramos comer, y más que nada el agua sucia que bebimos, nos devolvió en parte las fuerzas.

Yo me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzguéme gravemente herido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre.

Volví á pensar sin confusiones; volví á ver obscuridad, y oí distintamente los gritos, los pasos precipitados, los cañonazos cercanos y distantes en diálogo pavoroso. Sus estampidos aquí y allí parecían preguntas y respuestas.

Los incendios continuaban. Había sobre la ciudad una densa niebla, formada de polvo y humo, la cual, con el resplandor de las llamas, formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños, sí. Las casas despedazadas, con sus huecos abiertos á la claridad como ojos infernales; las recortaduras angulosas de las ruínas humeantes; las vigas encendidas, eran espectáculo menos siniestro que el de aquellas figuras saltonas é incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo con los franceses, y les disputaban ferozmente un palmo del Infierno.

Me encontraba en la calle de Puerta Quemada, y lo que he descrito se veía en las dos direcciones opuestas del Seminario y de la entrada de la calle de Pabostre. Dí algunos pasos; pero caí otra vez rendido de fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se me acercó y empezó á hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado á los que mueren por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el cansancio y la sed me habían postrado, y que creía tener los primeros síntomas de la epidemia. Entonces el buen religioso, en quien al punto reconocí al Padre Mateo del Busto, se sentó á mi lado, y dijo exhalando un hondo suspiro:

—Yo tampoco me puedo tener, y creo que me muero.

—¿Está Vuestra Paternidad herido?—le pregunté, viendo un lienzo atado á su brazo derecho.

—Sí, hijo mío: una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento grandísimo dolor; pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por nosotros. Desde que amaneció no he cesado de curar heridos, y encaminar moribundos al Cielo. En diez y seis horas no he descansado un solo momento, ni comido ni bebido cosa alguna. Una mujer me ató este lienzo en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho... ¡Cuánto muerto, Dios mío! ¿Y estos heridos que nadie recoge...? Pero ¡ay! yo no puedo tenerme en pie, yo me muero. ¿Has visto aquella zanja que hay al fin de la calle de los Clavos? Pues allí yace sin vida el desgraciado Coridón. Fué víctima de su arrojo. Pasábamos por allí para recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un grupo de franceses que pasaban de una casa á otra. Coridón, cuya sangre impetuosa le impele á los actos más heróicos, se lanzó ladrando sobre ellos. ¡Ay! ensartándolo en una bayoneta, lo arrojaron exánime dentro de la zanja... ¡Cuántas víctimas en un solo día, Araceli! ¡Pues no tiene usted poca suerte en haber salido ileso! Pero se morirá usted de la epidemia, que es peor. Hoy he dado la absolución á sesenta moribundos de la epidemia. A usted también se la daré, amigo mío, porque sé que no comete pecadillos y que se ha portado valientemente en estos días... ¿Qué tal? ¿Crece el mal? Efectivamente, está usted más amarillo que esos cadáveres que nos rodean. Morir de la epidemia, durante el horroroso cerco, también es morir por la patria. Joven, ánimo: el Cielo se abre pare recibirle á usted, y la Virgen del Pilar le agasajará con su manto de estrellas. La vida no vale nada. ¡Cuánto mejor es morir honrosamente y ganar con el padecer de un día la eterna gloria! En nombre de Dios le perdono á usted todos sus pecados.

Después de murmurar la oración propia del caso, pronunció, bendiciéndome, el ego te absolvo, y extendiéndose luego cuan largo era sobre el suelo. Su aspecto era tristísimo, y aunque yo no me encontraba bien, juzguéme en mejor estado de salud que el buen fraile. No fué aquélla la primera ocasión en que el confesor caía antes que el moribundo, y el médico antes que el enfermo. Llamé al Padre Mateo, y como no me respondiese sino con lastimeros quejidos, apartéme de allí para buscar quien fuera en su ayuda. Encontré á varios hombres y mujeres, y les dije:

—Ahí está el Padre Fray Mateo del Busto que no puede moverse.

Pero no me hicieron caso y siguieron adelante. Muchos heridos me llamaban á su vez, pidiéndome que les diese auxilio; pero yo tampoco les hacía caso. Junto al Coso encontré un niño de ocho ó diez años, que marchaba solo y llorando con el mayor desconsuelo. Le detuve; le pregunté por sus padres, y señaló un punto cercano donde había gran número de muertos y heridos.

Más tarde encontré al mismo niño en diversos puntos, siempre solo, siempre llorando, y nadie se cuidaba de él.

No se oía otra cosa que las preguntas: ¿Has visto á mi hermano? ¿Has visto á mi hijo? ¿Has visto á mi padre? Pero mi hermano, mi hijo y mi padre no parecían por ninguna parte. Ya nadie se cuidaba de llevar los enfermos á las iglesias, porque todas ó casi todas estaban atestadas. Los sótanos y cuartos bajos, que antes se consideraron buenos refugios, ofrecían una atmósfera infecta y mortífera. Llegó el momento en que donde mejor se encontraban los heridos era en medio de la calle.

Me dirigí hacia el centro del Coso, porque me dijeron que allí se repartía algo de comer; pero nada alcancé. Iba á volver á las Tenerías, y al fin, frente al Almudí, me dieron un poco de comida caliente. Al punto me sentí mejor, y lo que creía síntomas de epidemia desapareció poco á poco, pues mi mal, hasta entonces, era de los que se curan con pan y vino. Acordéme al punto del Padre Mateo del Busto, y con otros que se me juntaron fuimos á prestarle auxilio. El desgraciado anciano no se había movido, y cuando nos acercamos, preguntándole cómo se encontraba, nos contestó así:

—¡Cómo! ¿Ha sonado la campana de maitines? Todavía es temprano. Déjenme ustedes descansar. Me hallo fatigadísimo, Padre González. He pasado diez y seis horas cogiendo flores en la huerta... Estoy rendido.

A pesar de sus ruegos le cargamos entre cuatro; pero al poco trecho se nos quedó muerto en los brazos.

Mis compañeros acudieron al fuego, y yo me disponía á seguirlos, cuando alcancé á ver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío Candiola, que salió de una casa cercana con los vestidos chamuscados, y apretando entre sus manos un ave de corral que cacareaba sintiéndose prisionera. Le detuve en medio de la calle preguntándole por su hija y por Agustín, y con gran agitación me dijo:

—¡Mi hija!... No sé... Allá, allá está... ¡Todo, todo lo he perdido! ¡Los recibos! ¡Se han quemado los recibos!... Y gracias que al salir de la casa tropecé con este pollo que huía como yo del horroroso fuego. ¡Ayer valía una gallina cinco duros!... Pero mis recibos, ¡Santa Virgen del Pilar, y tú, Santo Dominguito de mi alma! ¿por qué se han quemado mis recibos?... Todavía se pueden salvar... ¿Quiere usted ayudarme? Debajo de una gran viga ha quedado la caja de lata en que los tenía... ¿Dónde hay por ahí media docena de hombres?... ¡Dios mío! Pero esa Junta, esa Audiencia, ese Capitán General, ¿en qué están pensando?...

Y luego siguió gritando á los que pasaban:

—¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo... á ver si levantamos la viga que cayó en el rincón!... ¡Eh! buenos amigos, dejen ustedes ahí un ladito ese moribundo que llevan al hospital, y vengan á ayudarme. ¿No hay un alma piadosa? Parece que los corazones se han vuelto de bronce... Ya no hay sentimientos humanitarios... ¡Oh! zaragozanos sin piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando!

Viendo que nadie le amparaba, entró de nuevo en la casa; pero salió al poco rato gritando con desesperación:

—¡Ya no se puede salvar nada! ¡Todo está ardiendo! Virgen mía del Pilar, ¿por qué no haces un milagro? ¿Por qué no me concedes el don de aquellos prodigiosos niños del horno de Babilonia, para que pueda penetrar dentro del fuego y salvar mis papeles?


XXV

Luego se sentó sobre un montón de piedras, y á ratos se golpeaba el cráneo; á ratos, sin soltar el gallo, llevábase la mano al pecho exhalando profundos suspiros. Preguntéle de nuevo por su hija, con objeto de saber de Agustín, y me dijo:

—Yo estaba en aquella casa de la calle de Añón, donde nos metimos ayer. Todos me decían que allí no había seguridad y que mejor estaríamos en el centro del pueblo; pero á mí no me gusta ir allí donde van todos, y el lugar que prefiero es el que abandonan los demás. El mundo está lleno de ladrones y rateros. Conviene, pues, huir del gentío. Nos acomodamos en un cuarto bajo de aquella casa. Mi hija tenía mucho miedo al cañoneo y quería salir afuera. Cuando reventaron las minas en los edificios cercanos, ella y Guedita salieron despavoridas. Quedéme solo, pensando en el peligro que corrían mis efectos, y de pronto entraron unos soldados con teas encendidas, diciendo que iban á pegar fuego á la casa. Aquellos canallas miserables no me dieron tiempo á recoger nada, y lejos de compadecer mi situación, burláronse de mí. Yo escondí la caja de los recibos, por temor á que, creyéndola llena de dinero, quisieran quitármela; pero no me fué posible permanecer allí mucho tiempo. Me abrasaba con el resplandor de las llamas, y me ahogaba con el humo. A pesar de todo, insistí en salvar mi caja... ¡Cosa imposible! Tuve que huir. Nada pude traer, ¡Dios poderoso! nada más que este pobre animal, que había quedado olvidado por sus dueños en el gallinero. Buen trabajo me costó cogerle. ¡Casi se me quemó toda una mano! ¡Oh, maldito sea el que inventó el fuego! ¡Que pierda uno su fortuna por el gusto de estos héroes!... Yo tengo dos casas en Zaragoza, además de la en que vivía. Una de ellas, la de la calle de la Sombra, se me conserva ilesa, aunque sin inquilinos. La otra, que llaman Casa de los Duendes, á espaldas de San Francisco, está ocupada por las tropas, y toda me la han destrozado. ¡Ruínas, nada más que ruínas! ¡Es feliz la ocurrencia de quemar las casas, sólo por impedir que las conquisten los franceses!

—La guerra exige que se haga así—le respondí,—y esta heróica ciudad quiere llevar hasta el último extremo su defensa.

—¿Y qué saca Zaragoza con llevar su defensa hasta el último extremo? A ver, ¿qué van ganando los que han muerto? Hábleles usted á ellos de la gloria, del heroísmo y de todas esas zarandajas. Antes que volver á vivir en ciudades heróicas, me iré á un desierto. Concedo que haya alguna resistencia; pero no hasta ese tan bárbaro extremo. Verdad es que los edificios valían poco, tal vez menos que esta gran masa de carbón que ahora resulta. A mí no me vengan con simplezas. Esto lo han ideado los pájaros gordos para luego hacer negocio con el carbón.

Me hizo reir. No crean mis lectores que exagero, pues tal como lo cuento, me lo dijo él punto por punto, y pueden dar fe de mi veracidad los que tuvieron la desdicha de conocerle. Si Candiola hubiera vivido en Numancia, habría dicho que los numantinos eran negociantes de carbón disfrazados de héroes.

—¡Estoy perdido, estoy arruinado para siempre!—añadió después, cruzando las manos en actitud dolorosa.—Esos recibos eran parte de mi hacienda. Vaya usted ahora á reclamar las cantidades sin documento alguno, y cuando casi todos han muerto y yacen en putrefacción por esas calles. No; lo digo y lo repito: no es conforme á la ley de Dios lo que han hecho esos miserables. Es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente. Ya se ve... esto de pagar es muy duro, y algunos dicen: «muramos y nos quedaremos con el dinero.» Pero Dios debiera ser inexorable con esta canalla heróica, y en castigo de su infamia resucitarlos para que se las vieran con el alguacil y el escribano. ¡Dios mío, resucítalos! ¡Santa Virgen del Pilar, Santo Dominguito del Val, resucítalos!

—Y su hija de usted—le pregunté con interés,—¿ha salido ilesa del fuego?

—No me nombre usted á mi hija—replicó con desabrimiento.—Dios ha castigado en mí su culpa. Ya sé quién es su infame pretendiente. ¿Quién podía ser sino ese condenado hijo de D. José Montoria, que estudia para clérigo? María me lo ha confesado. Ayer estaba curándole la herida que tiene en el brazo. ¿Hase visto muchacha más desvergonzada? ¡Y esto lo hacía delante de mí!

Esto decía, cuando Doña Guedita, que buscaba afanosamente á su amo, apareció trayendo en una taza algunas provisiones. El se las comió con voracidad, y luego, á fuerza de ruegos, logramos arrancarle de allí, conduciéndole al callejón del Organo, donde estaba su hija, guarecida en un zaguán con otras infelices. Candiola, después de regañarla, se internó con el ama de llaves.

—¿Dónde está Agustín?—pregunté á Mariquilla.

—Hace un instante estaba aquí; pero vinieron á darle la noticia de la muerte de un hermano suyo, y se fué. Oí decir que estaba su familia en la calle de las Rufas.

—¡Que ha muerto su hermano, el primogénito!

—Así se lo dijeron, y él corrió allí muy afligido.

Sin oir más, yo también corrí á la calle de la Parra para aliviar en lo posible la tribulación de aquella generosa familia, á quien tanto debía, y antes de llegar á ella encontré á D. Roque, que con lágrimas en los ojos se acercó á hablarme.

—Gabriel—me dijo,—Dios ha cargado hoy la mano sobre nuestro buen amigo.

—¿Ha muerto el hijo mayor, Manuel Montoria?

—Sí; y no es esa la única desgracia de la familia. Manuel era casado, como sabes, y tenía un hijo de cuatro años. ¿Ves aquel grupo de mujeres? Pues allí está la mujer del desgraciado primogénito de Montoria, con su hijo en brazos, el cual, atacado de la epidemia, agoniza en estos momentos. ¡Qué horrible situación! Ahí tienes á una de las primeras familias de Zaragoza reducida al más triste estado, sin un techo en que guarecerse, y careciendo hasta de lo más preciso. Toda la noche ha permanecido esa infeliz madre en la calle y á la intemperie con el enfermo en brazos, aguardando por instantes que exhale el último suspiro; y en realidad, mejor está aquí que en los pestilentes sótanos, donde no se puede respirar. Gracias á que yo y otros amigos la hemos socorrido en lo posible... ¿pero qué podemos hacer, si apenas hay pan, si se ha acabado el vino, y no se encuentra un pedazo de carne de vaca, aunque se dé por él un pedazo de la nuestra?

Principiaba á amanecer. Acerquéme al grupo de mujeres, y ví el lastimoso espectáculo. Con el ansia de salvarle, la madre y las demás mujeres que le hacían compañía martirizaban al infeliz niño aplicándole los remedios que cada cual discurría; pero bastaba ver á la víctima para comprender la imposibilidad de salvar aquella naturaleza, que la muerte había asido ya con su mano amarilla.

La voz de D. José de Montoria me obligó á seguir adelante, y en la esquina de la calle de las Rufas, un segundo grupo completaba el cuadro horroroso de las desgracias de aquella familia. En el suelo yacía el cadáver de Manuel Montoria, joven de treinta años, no menos simpático y generoso en vida que su padre y hermano. Una bala le había atravesado el cráneo, y de la pequeña herida exterior, en el punto por donde entró el proyectil, salía un hilo de sangre que, bajando por la sien, el carrillo y el cuello, escurríase entre la piel y la camisa. Fuera de esto, su cuerpo no parecía el de un difunto.

Cuando yo me acerqué, su madre no se había decidido aún á creer que estaba muerto, y poniendo la cabeza del cadáver sobre sus rodillas, quería reanimarle con ardientes palabras. Montoria, de rodillas al costado derecho, tenía entre sus manos la de su hijo, y sin decir nada, no le quitaba los ojos. Tan pálido como el muerto, el padre no lloraba.

—Mujer—exclamó al fin.—No pidas á Dios imposibles. Hemos perdido á nuestro hijo.

—¡No: mi hijo no ha muerto!—gritó la madre con desesperación.—Es mentira. ¿Para qué me engañan? ¿Cómo es posible que Dios nos quite á nuestro hijo? ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? ¡Manuel, tú, hijo mío! ¿No me respondes? ¿Por qué no te mueves? ¿Por qué no hablas?... Al instante te llevaremos á casa... pero ¿dónde está nuestra casa? Mi hijo se enfría sobre este desnudo suelo. ¡Ved qué heladas están sus manos y su cara!

—Retírate, mujer—dijo Montoria conteniendo el llanto.—Nosotros cuidaremos al pobre Manuel.

—¡Señor, Dios mío!—clamó la madre,—¿qué tiene mi hijo que no habla, ni se mueve, ni despierta? Parece muerto; pero no está ni puede estar muerto. Santa Virgen del Pilar, ¿no es verdad que mi hijo no ha muerto?

—Leocadia—repitió Montoria secando las primeras lágrimas que salieron de sus ojos,—vete de aquí: retírate, por Dios. Ten resignación, porque Dios nos ha dado un fuerte golpe, y nuestro hijo no vive ya. Ha muerto por la patria...

—¡Que ha muerto mi hijo!—exclamó la madre estrechando el cadáver entre sus brazos como si se lo quisieran quitar.—No, no, no: ¿qué me importa á mí la patria? ¡Que me devuelvan á mi hijo! ¡Manuel, niño mío! No te separes de mi lado, y el que quiera arrancarte de mis brazos tendrá que matarme.

—¡Señor, Dios mío! ¡Santa Virgen del Pilar!—dijo D. José de Montoria con grave acento.—Nunca os ofendí á sabiendas ni deliberadamente. Por la patria, por la religión y por el Rey, he dado mis bienes y mis hijos. ¿Por qué antes que llevaros á éste mi primogénito, no me quitásteis cien veces la vida á mí, miserable viejo que para nada sirvo? Señores que estáis presentes: no me avergüenzo de llorar delante de ustedes. Con el corazón despedazado, Montoria es el mismo. ¡Dichoso tú mil veces, hijo mío, que has muerto en el puesto del honor! Desgraciados los que vivimos después de perderte. Pero Dios lo quiere así: bajemos la frente ante el Dueño de todas las cosas. Mujer, Dios nos ha dado paz, felicidad, bienestar y buenos hijos; ahora parece que nos lo quiere quitar todo. Llenemos el corazón de humildad, y no maldigamos nuestro sino. Bendita sea la mano que nos hiere, y esperemos tranquilos el beneficio de la propia muerte.

Doña Leocadia no tenía vida más que para llorar, besando incesantemente el frío cuerpo de su hijo. D. José, tratando de vencer las irresistibles manifestaciones de su dolor, se levantó y dijo con voz entera:

—Leocadia, levántate. Es preciso enterrar á nuestro hijo.

—¡Enterrarle!...—exclamó la madre.—¡Enterrarle!...

Y no pudo decir más porque se quedó sin sentido.

En el mismo instante oyóse un grito desgarrador no lejos de allí, y una mujer corrió despavorida hacia nosotros. Era la mujer del desgraciado Manuel, viuda ya y sin hijo. Varios de los presentes nos abalanzamos á contenerla para que no presenciase aquella escena, tan horrible como la que acababa de dejar, y la infeliz dama forcejeó con nosotros, pidiéndonos que la dejásemos ver á su marido.

En tanto D. José, apartándose de allí, llegó á donde yacía el cuerpo de su nieto: tomóle en brazos, y lo trajo junto al de Manuel. Las mujeres exigían todo nuestro cuidado, y mientras Doña Leocadia continuaba sin movimiento ni sentido abrazada al cadáver, su nuera, poseída de un dolor febril, corría en busca de imaginarios enemigos, á quienes anhelaba despedazar. La conteníamos y se nos escapaba de las manos. Tan pronto reía con espantosa carcajada, como se nos ponía de rodillas delante, rogándonos que le devolviéramos los dos cuerpos que le habíamos quitado.

Pasaba la gente; pasaban soldados, frailes, paisanos: todos veían aquello con indiferencia, porque á cada paso se encontraba un espectáculo semejante. Los corazones estaban osificados, y las almas parecían haber perdido sus más hermosas facultades, no conservando más que el rudo heroísmo. Por fin la pobre mujer cedió á la fatiga, al aniquilamiento producido por su propia pena, quedándosenos en los brazos como muerta. Pedimos un cordial ó algún alimento para reanimarla, pero no había nada; y las demás personas que allí ví, harto trabajo tenían con atender á los suyos. En tanto, D. José, ayudado de su hijo Agustín, que también trataba de vencer su acerbo dolor, desligó el cadáver de los brazos de Doña Leocadia. El estado de esta infeliz señora era tal, que creímos tener que lamentar otra muerte en aquel día.

Luego Montoria repitió:

—Es preciso que enterremos á mi hijo.

Miró él, miramos todos en derredor, y vimos muchos, muchísimos cadáveres insepultos. En la calle de las Bufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta[3] se había constituído una especie de depósito. No es exageración lo que voy á decir. Innumerables cuerpos yacían apilados en la angosta vía, formando como un ancho paredón entre casa y casa. Aquello no se podía mirar, y el que lo vió, fué condenado á tener ante los ojos durante toda su vida la fúnebre pira hecha con cuerpos de sus semejantes. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó á dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre que, contestando al primero, dijo: «sube.» Entonces aquél, creyendo que era extravío entrar en la casa y subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta.

En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en abrir sepulturas? Por cada par de brazos útiles y por cada azada había cincuenta muertos. De trescientos á cuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia. Cada acción encarnizada arrancaba á la vida algunos miles, y ya Zaragoza empezaba á dejar de ser una gran ciudad poblada por criaturas vivas.

Montoria, al ver aquello, habló así:

—Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almas están en el cielo: ¿qué importa lo demás? Acomodémosles ahí en la puerta de la calle de las Rufas... Agustín, hijo mío, más vale que te vayas á las filas. Los jefes pueden echarte de menos, y creo que hace falta gente en la Magdalena. Ya no tengo más hijo varón que tú. Si mueres, ¿qué me queda? Pero el deber es lo primero, y antes que cobarde, prefiero verte como tu pobre hermano, con la sien traspasada por una bala francesa.

Después, poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo, que estaba descubierto y de rodillas junto al cadáver de Manuel, prosiguió así, elevando los ojos al cielo:

—Señor, si has resuelto también llevarte á mi segundo hijo, llévame á mí primero. Cuando se acabe el sitio, no deseo tener más vida. Mi pobre mujer y yo hemos sido bastante felices, hemos recibido hartos beneficios para maldecir la mano que nos ha herido; pero para probarnos, ¿no ha sido ya bastante? ¿ha de perecer también nuestro segundo hijo?... Ea, señores—añadió luego,—despachemos pronto, que quizás hagamos falta en otra parte.

—Sr. D. José—dijo D. Roque llorando,—retírese usted también, que los amigos cumpliremos este triste deber.

—No, yo soy hombre para todo, y Dios me ha dado un alma que no se dobla ni se rompe.

Y tomó, ayudado de otro, el cadáver de Manuel, mientras Agustín y yo cogimos el del nieto, para ponerlos á entrambos en la entrada del callejón de las Rufas, donde otras muchas familias habían depositado los muertos. Montoria, luego que soltó el cuerpo, exhaló un suspiro, y dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotado sus fuerzas, dijo:

—Es verdad, señores: yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me encontraba joven; hoy me encuentro viejo.

Efectivamente: Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado en él la vida de diez años.

Sentóse sobre una piedra, y puestos los codos en las rodillas, apoyó la cara entre las manos, en cuya actitud permaneció algún tiempo, sin que los presentes turbáramos su dolor. Doña Leocadia, su hija y su nuera, asistidas por otros dos individuos de la familia, continuaban en el Coso. D. Roque, que iba y venía de uno á otro extremo, dijo:

—La señora sigue tan abatida... Ahora rezan todas con mucha devoción y no cesan de llorar. Están muy caídas las pobrecitas. Muchachos, es preciso que deis por la ciudad una vuelta, á ver si se encuentra algo substancioso con que alimentarlas.

Montoria se levantó entonces, limpiando las lágrimas que corrían abundantemente de sus ojos encendidos.

—No ha de faltar, según creo. Amigo Don Roque, busque usted algo de comer, cueste lo que cueste.

—Ayer pedían cinco duros por una gallina en la Tripería,—dijo uno, que era criado antiguo de la casa.

—Pero hoy no las hay—indicó D. Roque.—He estado allí hace un momento.

—Amigos, buscad por ahí, que algo se encontrará. Para mí nada necesito.

Esto decía, cuando sentimos un agradable cacareo de ave de corral. Miramos todos con alegría hacia la entrada de la calle, y vimos al tío Candiola que, sosteniendo en su mano izquierda el pollo consabido, le acariciaba el negro plumaje con la derecha. Antes que se lo pidieran, llegóse á Montoria, y con mucha sorna le dijo:

—Una onza por el pollo.

—¡Qué carestía!—exclamó D. Roque.—¡Si no tiene más que huesos el pobre animal!

No pude contener la cólera al ver ejemplo tan claro de la repugnante tacañería y empedernido corazón del avaro. Así es que lleguéme á él, y arrancándole el pollo de las manos, le dije violentamente:

—Ese pollo es robado. Venga acá. ¡Miserable usurero! ¡Si al menos vendiera lo suyo! ¡Una onza! A cinco duros estaban ayer en el mercado. ¡Cinco duros, canalla, ladrón; cinco duros! Ni un ochavo más.

Empezó á chillar Candiola reclamando su pollo, y á punto estuvo de ser apaleado impíamente; pero D. José de Montoria intervino diciendo:

—Désele lo que quiere. Tome usted, señor Candiola, la onza que pide por ese animal.

Dióle la onza, que el infame tacaño no tuvo reparo en tomar, y luego nuestro amigo prosiguió hablando de esta manera:

—Sr. de Candiola, tenemos que hablar. Ahora caigo en que le ofendí á usted... Sí... hace días, cuando aquello de la harina... Es que á veces no es uno dueño de sí mismo, y se nos sube la sangre á la cabeza... Verdad que usted me provocó, y como se empeñaba en que le dieran por la harina más de lo que el señor Capitán General había mandado... Lo cierto es, amigo D. Jerónimo, que yo me amosqué... ya ve usted... no lo puede uno remediar así de pronto... pues... y creo que se me fué la mano; creo que hubo algo de...

—Sr. Montoria—- dijo gruñendo el avaro,—llegará día en que haya otra vez autoridades en Zaragoza. Entonces nos veremos las caras.

—¿Va usted á meterse entre jueces y escribanos? Malo. Aquello pasó... Fué un arrebato de cólera, de esos que no se pueden remediar. Lo que me llama la atención es que hasta ahora no había caído en que hice mal, muy mal. No se debe ofender al prójimo...

—Y menos ofenderle después de robarle, gruñó D. Jerónimo, mirándonos á todos y sonriendo con desdén.

—Eso de robar no es cierto—continuó Don José de Montoria,—porque yo hice lo que el Capitán General me ordenaba. Cierto es lo de la ofensa de palabra y de obra, y ahora, cuando le he visto á usted venir con el pollo, he caído en la cuenta de que obré mal. Mi conciencia me lo dice. ¡Ah, Sr. Candiola, soy muy desgraciado! Cuando uno es feliz, no conoce sus faltas. Pero ahora... Lo cierto es, D. Jerónimo de mi alma, que en cuanto le ví venir á usted, me sentí inclinado á pedirle perdón por aquellos golpes... Tengo la mano pesada, y... Así es que en un pronto... no sé lo que me hago... Sí, yo le ruego á usted que me perdone y seamos amigos. Sr. D. Jerónimo, seamos amigos, reconciliémonos y no hagamos caso de resentimientos antiguos. El odio envenena las almas, y el recuerdo de no haber obrado bien nos pone encima un peso insoportable.

—Después de hecho el daño, todo se arregla con hipócritas palabrejas—dijo el avaro, volviendo la espalda á Montoria y escurriéndose fuera del grupo.—Más vale que piense el Sr. Montoria en reintegrarme el precio de la harina... ¡Perdoncitos á mí...! Ya no me queda nada que ver.

Dijo esto en voz baja y alejóse con lento paso. Montoria, viendo que alguno de los presentes corría tras él insultándole, añadió:

—Dejadle marchar tranquilo, y tengamos compasión de ese desgraciado.