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Zaragoza

Chapter 28: XXVII
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About This Book

Un pequeño grupo de fugitivos llega, exhausto y sin recursos, a una ciudad provincial presa de ruinas y desorden tras los combates. Entre descripciones detalladas de calles, monumentos y edificios hechos escombros, los personajes buscan refugio en restos de iglesias, conviven con mendigos y exploran redes de amistad para obtener auxilio. La narración combina episodios de viaje y supervivencia con observaciones costumbristas y paisajísticas, poniendo en contraste la destrucción material y la vitalidad humana, y subrayando temas de solidaridad, memoria y el impacto social de la guerra.

XXVI

El 3 de Febrero se apoderaron los franceses del Convento de Jerusalén, que estaba entre Santa Engracia y el Hospital[4]. La acción que precedió á la conquista de tan importante posición fué tan sangrienta como las de Tenerías, y allí murió el distinguido comandante de ingenieros D. Marcos Simonó. Por la parte del arrabal poco adelantaban los sitiadores, y en los días 6 y 7 todavía no habían podido dominar la calle de Puerta Quemada.

Las autoridades comprendían que era difícil prolongar mucho más la resistencia, y con ofertas de honores y dinero intentaban exaltar á los patriotas. En una proclama del 2 de Febrero, Palafox, al pedir recursos, decía: «Doy mis dos relojes y veinte cubiertos de plata, que es lo que me queda.» En la del 4 de Febrero ofrecía armar caballeros á los doce que más se distinguieran, para lo cual creaba una Orden militar noble, llamada de Infanzones; y en la del 9 se quejaba de la indiferencia y abandono con que algunos vecinos miraban la suerte de la patria, y después de suponer que el desaliento era producido por el oro francés, amenazaba con grandes castigos al que se mostrara cobarde.

Las acciones de los días 3, 4 y 5 no fueron tan encarnizadas como la última que describí. Franceses y españoles estaban muertos de fatiga. Las boca-calles que conservamos en la plazuela de la Magdalena, conteniendo siempre al enemigo en sus dos avances de la calle de Palomar y de Pabostre, se defendían con cañones. Los restos del Seminario estaban asimismo erizados de artillería, y los franceses, seguros de no poder echarnos de allí por los medios ordinarios, trabajaban sin cesar en sus minas.

Mi batallón se había fundido en el de Extremadura, pues el resto de uno y otro no llegaba á tres compañías. Agustín Montoria era capitán, y yo fuí ascendido á alférez el día 2. No volvimos á prestar servicio en las Tenerías, y lleváronnos á guarnecer á San Francisco, vasto edificio que ofrecía buenas posiciones para tirotear á los franceses, establecidos en Jerusalén. Se nos repartían raciones muy escasas, y los que ya nos contábamos en el número de los oficiales, comíamos rancho lo mismo que los soldados. Agustín guardaba su pan para llevárselo á Mariquilla.

Desde el día 4 empezaron los franceses á minar el terreno para apoderarse del Hospital y de San Francisco, pues harto sabían que de otro modo era imposible. Para impedirlo contraminamos, con objeto de volarles á ellos antes que nos volaran á nosotros, y este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra á nada del mundo puede compararse. Parecíamos haber dejado de ser hombres para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo obscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminarnos.

El Convento de San Francisco tenía por la parte del coro vastas bodegas subterráneas. Los edificios que ocupaban más abajo los franceses también las tenían, y rara era la casa que no se alzaba sobre profundos sótanos. En ellos perecieron muchos enemigos, ya por hundimientos de los arruinados pisos, ya heridos desde lejos por nuestras balas, que penetraban en lo más escondido. Las galerías abiertas por las azadas de unos y otros juntábanse al fin en uno de aquellos aposentos: á la luz de nuestros faroles veíamos á los franceses, como imaginarias figuras de duendes engendrados por la luz rojiza en las sinuosidades de la mazmorra; ellos nos veían también, y al punto nos tiroteábamos; pero nosotros íbamos provistos de granadas de mano, y arrojándolas sobre ellos les poníamos en dispersión, persiguiéndoles luego, á arma blanca, á lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que á veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño; pero era cierto y se repetía á cada instante en diversos puntos.

En esta penosa tarea nos relevábamos frecuentemente, y en los ratos de descanso salíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo parque, hospital y cementerio general de los sitiados. Una tarde (creo que la del 5) estábamos en la puerta del Convento varios muchachos del batallón de Extremadura y de San Pedro, y comentábamos las peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposible la resistencia. El corrillo se renovaba constantemente. D. José de Montoria se acercó á nosotros, y saludándonos con semblante triste sentóse en el banquillo de madera que teníamos junto á la puerta.

—Oiga usted lo que se habla por aquí, señor D. José—le dije.—La gente cree que es imposible resistir muchos días más.

—No os desaniméis, muchachos—contestó.—Bien dice el Capitán General en su proclama que corre mucho oro francés por la ciudad.

Un franciscano que venía de auxiliar á algunas docenas de moribundos, tomó la palabra y dijo:

—Es un dolor lo que pasa. No se habla por ahí de otra cosa que de rendirse. Si parece que esto ya no es Zaragoza. ¡Quién conoció á aquella gente templada del primer sitio!...

—Dice bien su paternidad—afirmó Montoria.—Está uno avergonzado, y hasta los que tenemos corazón de bronce nos sentimos atacados de esta flaqueza que cunde más que la epidemia. Y en resumidas cuentas, no sé á qué viene ahora esa novedad de rendirse cuando nunca lo hemos hecho, ¡porra! Si hay algo después de este mundo, como nuestra religión nos enseña, ¿á qué apurarse por un día más ó menos de vida?

—Verdad es, Sr. D. José—dijo el fraile,—que las provisiones se acaban por momentos y que donde no hay harina todo es mohína.

—¡Boberías y melindres, Padre Luengo!—exclamó Montoria.—Ya... si esta gente, acostumbrada al regalo de otros tiempos, no puede pasarse sin carne y pan, no hemos dicho nada. ¡Como si no hubiera otras muchas cosas que comer!... Soy partidario de la resistencia á todo trance, cueste lo que cueste. He experimentado terribles desgracias: la pérdida de mi primogénito y de mi nieto ha cubierto de luto mi corazón; pero el honor nacional, llenando toda mi alma, á veces no deja hueco para otro sentimiento. Un hijo me queda, único consuelo de mi vida y depositario de mi casa y mi nombre. Lejos de apartarle del peligro, le obligo á persistir en la defensa. Si le pierdo, me moriré de pena; pero que se salve el honor nacional, aunque perezca mi único heredero.

—Y según he oído—dijo el Padre Luengo,—el Sr. D. Agustín ha hecho prodigios de valor. Está visto que los primeros laureles de esta campaña pertenecen á los insignes guerreros de la Iglesia.

—No: mi hijo no pertenecerá á la Iglesia. Es preciso que renuncie á ser clérigo, pues yo no puedo quedarme sin sucesión directa.

—Sí: vaya usted á hablarle de sucesiones y de casorios. Desde que es soldado parece que ha cambiado un poco; pero antes, sus conversaciones trataban siempre de re theologica, y jamás le oí hablar de erotica. Es un chico que tiene á Santo Tomás en las puntas de los dedos, y no sabe en qué sitio de la cara llevan los ojos las muchachas.

—Agustín sacrificará por mí su ardiente vocación. Si salimos bien del sitio, y la Virgen del Pilar me le deja con vida, pienso casarle al instante con mujer que le iguale en condición y en fortuna.

Cuando esto decía, vimos que se nos acercaba sofocada Mariquilla Candiola, la cual, llegándose á mí, me preguntó:

—Señor de Araceli, ¿ha visto usted á mi padre?

—No, señorita Doña María—le respondí.—Desde ayer no le he visto. Puede que esté en las ruínas de su casa, ocupándose en ver si puede sacar alguna cosa.

—No está—dijo Mariquilla con desaliento.—Le he buscado por todas partes.

—¿Ha estado usted aquí detrás, por junto á San Diego? El Sr. Candiola suele ir á visitar su casa llamada de los Duendes, por ver si se la han destrozado.

—Pues voy al momento allá.

Cuando desapareció, dijo Montoria:

—Es ésta, á lo que parece, la hija del tío Candiola. A fe que es bonita, y no parece hija de aquel lobo... Dios me perdone el mote. De aquel buen hombre, quise decir.

—Es guapilla—afirmó el fraile.—Pero se me figura que es una buena pieza. De la madera del tío Candiola no puede salir un buen santo.

—No se habla mal del prójimo,—dijo Don José.

—Candiola no es prójimo. La muchacha, desde que se quedaron sin casa, no abandona la compañía de los soldados.

—Estará entre ellos para asistir á heridos.

—Puede ser; pero me parece que le gustan más los sanos y robustos. Su carilla graciosa está diciendo que allí no hay pizca de vergüenza.

—¡Lengua de escorpión!

—Pura verdad—añadió el fraile.—Bien dicen que de tal palo, tal astilla. ¿No aseguran que su madre la Pepa Rincón fué mujer pública ó poco menos?

—Alegre de cascos tal vez...

—¡No está mala alegría! Cuando fué abandonada por su tercer cortejo, cargó con ella el Sr. D. Jerónimo.

—Basta de difamación—ordenó Montoria,—y aunque se trata de la peor gente del mundo, dejémosles con su conciencia.

—Yo no daría un maravedí por el alma de todos los Candiolas reunidos,—repuso el fraile.

—Por allí aparece D. Jerónimo, si no me engaño. Nos ha visto y viene hacia acá.

En efecto: el tío Candiola, avanzando despaciosamente por el Coso, llegó á la puerta del Convento.

—Buenas tardes tenga el Sr. D. Jerónimo—le dijo Montoria.—Quedamos en que se acabaron los rencorcillos...

—Hace un momento ha estado aquí preguntando por usted su inocente hija,—le indicó Luengo con malicia.

—¿Dónde está?

—Ha ido á San Diego—indicó un soldado.—Puede que se la roben los franceses que andan por allí cerca.

—Quizá la respeten al saber que es hija del Sr. D. Jerónimo—dijo Luengo.—¿Es cierto, amigo Candiola, lo que se cuenta por ahí?

—¿Qué?

—Que usted ha pasado estos días la línea francesa para conferenciar con la canalla.

—¡Yo! ¡Qué vil calumnia!—exclamó el tacaño.—Eso lo dirán mis enemigos para perderme. ¿Es usted, Sr. de Montoria, quien ha hecho correr esas voces?

—Ni por pienso, respondió el patriota.—Pero es cierto que lo oí decir. Recuerdo que le defendí á usted, asegurando que el Sr. Candiola es incapaz de venderse á los franceses.

—¡Mis enemigos, mis enemigos quieren perderme! ¡Qué infamias inventan contra mí! También quieren que pierda la honra, después de haber perdido la hacienda. Señores, en mi casa de la calle de la Sombra se ha hundido parte del tejado. ¿Hay desolación semejante? La que tengo aquí detrás de San Francisco y pegada á la huerta de San Diego, se conserva bien; pero está ocupada por la tropa, y me la destrozan que es un primor.

—El edificio vale bien poco, Sr. D. Jerónimo—dijo el fraile,—y si mal no recuerdo, hay diez años que nadie quiere habitarla.

—Como dió la gente en la manía de decir si había duendes ó no... Pero dejemos eso. ¿Han visto por aquí á mi hija?

—Esa virginal azucena ha ido hacia San Diego en busca de su simpático papá.

—Mi hija ha perdido el juicio.

—Algo de eso.

—También tiene de ello la culpa el señor de Montoria. Mis enemigos, mis pérfidos enemigos no me dejan respirar.

—¡Cómo!—exclamó mi protector.—¿También tengo yo la culpa de que esa niña haya sacado las malas mañas de su madre... quiero decir...? ¡Maldita lengua mía! Su madre fué una señora ejemplar.

—Los insultos del Sr. Montoria no me llaman la atención, y los desprecio—dijo el avaro con ponzoñosa cólera.—En vez de insultarme el Sr. D. José, debiera sujetar á su niño Agustín, libertino y embaucador, que es quien ha trastornado el seso á mi hija. No, no se la daré en matrimonio, aunque bebe los vientos por ella. Y quiere robármela. ¡Buena pieza es el tal D. Agustín! No, no la tendrá por esposa. Vale más, mucho más, mi María.

D. José de Montoria, al oir esto, púsose blanco, y dió algunos pasos hacia Candiola, con intento sin duda de renovar la violenta escena de la calle de Antón Trillo. Después se contuvo, y con voz dolorida habló así:

—¡Dios mío! dame fuerzas para reprimir mis arrebatos de cólera. ¿Es posible matar la soberbia y ser humilde delante de este hombre? Le pedí perdón de la ofensa que le hice, humilléme ante él, le ofrecí una mano de amigo, y, sin embargo, se me pone delante para injuriarme otra vez, para insultarme del modo más horrendo... ¡Miserable: castígame, mátame, bébete toda mi sangre, y vende después mis huesos para hacer botones; pero que tu vil lengua no arroje tanta ignominia sobre mi hijo querido! ¿Qué has dicho, qué ha dicho usted de mi Agustín?

—La verdad.

—No sé cómo me contengo. Señores, sean ustedes testigos de mi bondad. No quiero arrebatarme; no quiero atropellar á nadie; no quiero ofender á Dios. Yo le perdono á este hombre sus infamias; pero que se quite al punto de mi presencia, porque viéndole no respondo de mí.

Amedrentado por estas palabras Candiola, entró en el portalón del Convento. El Padre Luengo se llevó á Montoria por el Coso abajo.

Y sucedió que en el mismo instante, entra los soldados que allí estaban reunidos, empezó á cundir un murmullo rencoroso que indicaba sentimientos muy hostiles contra el padre de Mariquilla, lo cual, atendidos los antecedentes de aquél, no tenía nada de particular. El quiso huir, viéndose empujado de un lado para otro; mas le detuvieron, y sin saber cómo, en un rápido movimiento del grupo amenazador, fué llevado al claustro. Entonces una voz dijo con colérico acento:

—Al pozo; arrojarle al pozo.

Candiola fué asido por varias manos, y magullado, roto y descosido más de lo que estaba.

—Es de los que andan repartiendo dinero para que la tropa se rinda,—dijo uno.

—Sí, sí—gritaron otros.—Ayer decían que andaba en el Mercado repartiendo dinero.

—Señores—decía el infeliz con voz ahogada,—yo les juro á ustedes que jamás he repartido dinero.

Y así era la verdad.

—Anoche dicen que le vieron traspasar la línea y meterse en el campo francés.

—De donde volvió por la mañana. ¡Al pozo con él!

Otro amigo y yo forcejeamos un rato por salvar á Candiola de una muerte segura; pero no lo pudimos conseguir sino á fuerza de ruegos y persuasiones, diciendo:

—Muchachos, no hagamos una barbaridad. ¿Qué daño puede causar este vejete despreciable?

—Es verdad—añadió él en el colmo de la angustia.—¿Qué mal puedo hacer yo, que siempre me he ocupado en socorrer á los menesterosos? Vosotros no me mataréis; sois soldados de las Peñas de San Pedro y de Extremadura: sois todos guapos chicos. Vosotros incendiásteis aquellas casas de las Tenerías, donde yo encontré el pollo que me valió una onza. ¿Quién dice que yo me vendo á los franceses? Les odio, no les puedo ver, y á vosotros os quiero como á mi propio pellejo. Niñitos míos, dejadme en paz. Todo lo he perdido; que me quede al menos la vida.

Estas lamentaciones, y los ruegos míos y de mi amigo, ablandaron un poco á los soldados, y una vez pasada la primera efervescencia, nos fué fácil salvar al desgraciado viejo. Al relevarse la gente que estaba en las posiciones, quedó completamente á salvo; pero ni siquiera nos dió las gracias, cuando después de librarle de la muerte le ofrecimos un pedazo de pan. Poco después, y cuando tuvo alientos para andar, salió á la calle, donde él y su hija se reunieron.


XXVII

Aquella tarde, casi todo el esfuerzo de los franceses se dirigió contra el arrabal de la izquierda del Ebro. Asaltaron el monasterio de Jesús, y bombardearon el templo del Pilar, donde se refugiaba el mayor número de enfermos y heridos, creyendo que la santidad del lugar les ofrecía allí más seguridad que en otra parte.

En el centro no se trabajó mucho en aquel día. Toda la atención estaba reconcentrada en las minas, y nuestros esfuerzos se dirigían á probar al enemigo que antes que consentir en ser volados solos, trataríamos de volarles á ellos, ó volar juntos por lo menos.

Por la noche ambos ejércitos parecían entregados al reposo. En las galerías subterráneas no se sentía el rudo golpe de la piqueta. Yo salí afuera, y hacia San Diego encontré á Agustín y á Mariquilla, que hablaban sosegadamente sentados en el dintel de una puerta de la casa de los Duendes. Se alegraron mucho de verme, y me senté junto á ellos, participando de los mendrugos que comían.

—No tenemos donde albergarnos—dijo Mariquilla.—Estábamos en un portal del callejón del Organo, y nos echaron. ¿Por qué aborrecen tanto á mi pobre padre? ¿Qué daño les ha hecho? Después nos guarecimos en un cuartucho de la calle de las Urreas, y también nos echaron. Nos sentamos luego bajo un arco en el Coso, y todos los que allí estaban huyeron de nosotros. Mi padre está furioso.

—Mariquilla de mi corazón—dijo Agustín,—espero que el sitio se acabe pronto de un modo ó de otro. Quiera Dios que muramos los dos, si vivos no podemos ser felices. No sé por qué, en medio de tantas desgracias, mi corazón está lleno de esperanza; no sé por qué me ocurren ideas agradables, y pienso constantemente en un risueño porvenir. ¿Por qué no? ¿Todo ha de ser desgracias y calamidades? Las desventuras de mi familia son infinitas. Mi madre no tiene ni quiere tener consuelo. Nadie puede apartarla del sitio en que están el cadáver de mi hermano y el de mi sobrino, y cuando por fuerza la llevamos lejos de allí, la vemos luego arrastrándose sobre las piedras de la calle para volver. Ella, mi cuñada y mi hermana ofrecen un espectáculo lastimoso: niéganse á tomar alimento, y al rezar, deliran confundiendo los nombres santos. Esta tarde, al fin, hemos conseguido llevarlas á un sitio cubierto, donde se las obliga á mantenerse en reposo y á tomar algún alimento. Mariquilla, ¡á qué triste estado ha traído Dios á los míos! ¿No hay motivo para esperar que al fin se apiade de nosotros?

—Sí—repuso la Candiola:—el corazón me dice que hemos pasado las amarguras de nuestra vida, y que ahora tendremos días tranquilos. El sitio se acabará pronto, porque, según dice mi padre, lo que queda es cosa de días. Esta mañana fuí al Pilar: cuando me arrodillé delante de la Virgen, parecióme que la Santa Señora me miraba y se reía. Después salí de la iglesia, y un gozo muy vivo hacía palpitar mi corazón. Miraba al cielo, y las bombas me parecían un juguete; miraba á los heridos, y se me figuraba que todos ellos se volvían sanos; miraba á las gentes, y en todas creía encontrar la alegría que se desbordaba en mi pecho. Yo no sé lo que me ha pasado hoy; yo estoy contenta. Dios y la Virgen sin duda se han apiadado de nosotros; y estos latidos de mi corazón, esta alegre inquietud, son avisos de que al fin, después de tantas lágrimas, vamos á ser dichosos.

—Lo que dices es la verdad—afirmó Agustín estrechando á Mariquilla amorosamente contra su pecho.—Tus presentimientos son leyes; tu corazón, identificado con lo divino, no puede engañarnos; oyéndote me parece que se disipa la atmósfera de penas en que nos ahogamos, y respiro con delicia los aires de la felicidad. Espero que tu padre no se opondrá á que te cases conmigo.

—Mi padre es bueno—dijo la Candiola.—Yo creo que si los vecinos de la ciudad no le mortificaran, él sería más humano. Pero no le pueden ver. Esta tarde ha sido maltratado otra vez en el claustro de San Francisco, y cuando se reunió conmigo en el Coso estaba colérico y juraba que se había de vengar. Yo procuré aplacarle, pero todo en vano. Nos echaron de todas partes. El, cerrando los puños y pronunciando voces destempladas, amenazaba á los transeuntes. Después echó á correr hacia aquí; yo pensé que venía á ver si le han destrozado esta casa, que es nuestra; seguíle; volvióse él hacia mí como atemorizado al sentir mis pasos, y me dijo: «Tonta, entrometida, ¿quien te manda seguirme?» Yo no le contesté nada; pero viendo que avanzaba hacia la línea francesa con ánimo de traspasarla, quise detenerle, y le dije: «Padre, ¿á dónde vas?» Entonces me contestó: «¿No sabes que en el ejército francés está mi amigo el capitán de suizos D. Carlos Lindener, que servía el año pasado en Zaragoza? Voy á verle: recordarás que me debe algunas cantidades.» Hízome quedar aquí y se marchó. Lo que siento es que sus enemigos, si saben que traspasa la línea y va al campo francés, le llamarán traidor. No sé si será por el gran cariño que le tengo por lo que me parece incapaz de semejante acción. Temo que le pase algún mal, y por eso deseo la conclusión del sitio. ¿No es verdad que concluirá pronto, Agustín?

—Sí, Mariquilla: concluirá pronto, y nos casaremos. Mi padre quiere que me case.

—¿Quién es tu padre? ¿Cómo se llama? ¿No es tiempo todavía de que me lo digas?

—Ya lo sabrás. Mi padre es persona principal y muy querido en Zaragoza. ¿Para qué quieres saber más?

—Ayer quise averiguarlo... Somos curiosas: á varias personas conocidas que hallé en el Coso, les pregunté: «¿Saben ustedes quién es ese señor que ha perdido á su hijo primogénito?» Pero como hay tantos en este caso, la gente se reía de mí.

—Yo te lo revelaré á su tiempo, y cuando al decírtelo pueda darte una buena noticia.

—Agustín, si me caso contigo, quiero que me lleves fuera de Zaragoza por unos días. Deseo durante corto tiempo ver otras casas, otros árboles, otro país; deseo vivir algunos días en sitios que no sean éstos, donde tanto he padecido.

—Sí, Mariquilla de mi alma—exclamó Montoria con arrebato:—iremos á donde quieras, lejos de aquí, mañana mismo... mañana no, porque no está levantado el sitio; pasado... en fin, cuando Dios quiera...

—Agustín—añadió Mariquilla con voz débil que indicaba cierta somnolencia,—quiero que al volver de nuestro viaje reedifiques la casa en que he nacido. El ciprés continúa en pie.

Mariquilla, inclinando la cabeza, mostraba estar medio vencida por el sueño.

—¿Deseas dormir, pobrecilla?—le dijo mi amigo tomándola en brazos.

—Hace varias noches que no duermo—respondió la joven cerrando los ojos.—La inquietud, el pesar, el miedo, me han mantenido en vela. Esta noche el cansancio me rinde, y la tranquilidad que siento me hace dormir.

—Duerme en mis brazos, María—dijo Agustín,—y que la tranquilidad que ahora llena tu alma no te abandone cuando despiertes.

Después de un breve rato en que la creíamos dormida, Mariquilla, mitad despierta, mitad en sueños, habló así:

—Agustín, no quiero que quites de mi lado á esa buena Doña Guedita, que tanto nos protegía cuando éramos novios... Ya ves cómo tenía yo razón al decirte que mi padre fué al campo francés á cobrar sus cuentas...

Después no habló más, y se durmió profundamente. Sentado Agustín en el suelo, la sostenía sobre sus rodillas y entre sus brazos. Yo abrigué sus pies con mi capote.

Callábamos Agustín y yo, porque nuestras voces no turbaran el sueño de la joven. Aquel sitio era bastante solitario. Teníamos á la espalda la casa de los Duendes, inmediata al Convento de San Francisco, y enfrente el Colegio de San Diego, con su huerta circuída por largas tapias que se alzaban en irregulares y angostos callejones. Por ellos discurrían los centinelas que se relevaban y los pelotones que iban á las avanzadas ó venían de ellas. La tregua era completa, y aquel reposo anunciaba grandes luchas para el día siguiente.

De pronto, el silencio me permitió oir sordos golpes debajo de nosotros en lo profundo del suelo. Al punto comprendí que andaba por allí la piqueta de los minadores franceses, y comuniqué mi recelo á Agustín, el cual, prestando atención, me dijo:

—Efectivamente: parece que están minando. Pero ¿á dónde van por aquí? Las galerías que hicieron desde Jerusalén están todas cortadas por las nuestras. No pueden dar un paso sin que se les salga al encuentro.

—Es que este ruido indica que minan por San Diego. Ellos poseen una parte del edificio. Hasta ahora no han podido llegar á las bodegas de San Francisco. Si por casualidad han discurrido que es fácil el paso desde San Diego á San Francisco por los bajos de esta casa, probablemente este paso será el que están abriendo ahora.

—Corre al instante al Convento—me dijo;—baja á los subterráneos, y si sientes ruido, cuenta á Renovales lo que pasa. Si algo ocurre, me llamas en seguida.

Agustín quedóse solo con Mariquilla. Fuí á San Francisco, y al bajar á las bodegas encontré, con otros patriotas, á un oficial de ingenieros, el cual, como yo le expusiera mi temor, me dijo:

—Por las galerías abiertas debajo de la calle de Santa Engracia, desde Jerusalén y el Hospital, no pueden acercarse aquí, porque con nuestra zapa hemos inutilizado la suya, y unos cuantos hombres podrán contenerlos. Debajo de este edificio dominamos los subterráneos de la iglesia, las bodegas y los sótanos que caen hacia el claustro de Oriente. Hay una parte del Convento que no está minada, y es la del Poniente y Sur; pero allí no hay sótanos, y hemos creído excusado abrir galerías, porque no es probable se nos acerquen por esos dos lados. Poseemos la casa inmediata, y yo he reconocido su parte subterránea, que está casi pegada á las cuevas de la sala capitular. Si ellos dominaran la casa de los Duendes, fácil les sería poner hornillos y volar toda la parte de Sur y de Poniente; pero aquel edificio es nuestro, y desde él á las posiciones francesas enfrente de San Diego y Santa Rosa, hay mucha distancia. No es probable que nos ataquen por ahí, á no ser que exista alguna comunicación entre la casa y San Diego ó Santa Rosa, que les permitiera acercársenos sin advertirlo.

Hablando sobre el particular estuvimos hasta la madrugada. Al amanecer, Agustín entró muy alegre diciéndome que había conseguido albergar á Mariquilla en el mismo local donde estaba su familia. Después nos dispusimos para hacer un esfuerzo aquel día, porque los franceses, dueños ya del Hospital, mejor dicho, de sus ruínas, amenazaban asaltar á San Francisco, no por bajo tierra, sino á descubierto y á la luz del sol.


XXVIII

La posesión de San Francisco iba á decidir la suerte de la ciudad. Aquel vasto edificio, situado en el centro del Coso, daba una superioridad incontestable á la nación que lo ocupase. Los franceses lo cañonearon desde muy temprano, con objeto de abrir brecha para el asalto, y los zaragozanos llevaron á él lo mejor de su fuerza para defenderlo. Como escaseaban ya los soldados, multitud de personas graves, que hasta entonces no sirvieran sino de auxiliares, tomaron las armas. Sas, Cereso, La Casa, Piedrafita, Escobar, Leiva, D. José de Montoria, todos los grandes patriotas habían acudido también.

En la embocadura de la calle de San Gil y en el arco de Cineja, había varios cañones para contener los ímpetus del enemigo. Yo fuí enviado con otros de Extremadura al servicio de aquellas piezas, porque apenas quedaban artilleros, y cuando me despedí de Agustín, que permanecía en San Francisco al frente de la compañía, nos abrazamos creyendo que no volveríamos á vernos.

D. José de Montoria, hallándose en la barricada de la Cruz del Coso, recibió un balazo en la pierna y tuvo que retirarse; pero apoyado en la pared de una casa inmediata al arco de Cineja, resistió por algún tiempo el desmayo que le producía la hemorragia, hasta que al fin, sintiéndose desfallecido, me llamó, diciéndome:

—Señor de Araceli, se me nublan los ojos... No veo nada... ¡Maldita sangre, cómo se marcha á toda prisa, cuando hace más falta! ¿Quiere usted darme la mano?

—Señor—le dije, corriendo hacia él y sosteniéndole,—más vale que se retire usted á su alojamiento.

—No, aquí quiero estar... Pero, señor de Araceli, si me quedo sin sangre... ¿Dónde demonios se ha ido esta condenada sangre...? Y parece que tengo piernas de algodón... Me caigo al suelo como un costal vacío.

Hizo terribles esfuerzos por reanimarse; pero casi llegó á perder el sentido, más que por la gravedad de la herida, por la pérdida de la sangre, el ningún alimento, los insomnios y penas de aquellos días. Aunque él rogaba que le dejáramos allí arrimado á la pared, para no perder ni un solo detalle de la acción que iba á trabarse, le llevamos á su albergue, que estaba en el mismo Coso, esquina á la calle del Refugio. La familia había sido instalada en una habitación alta. La casa estaba toda llena de heridos, y casi obstruían la puerta los muchos cadáveres depositados en aquel sitio. En el angosto portal, en las habitaciones interiores, no se podía dar un paso, porque la gente que había ido allí á morirse lo obstruía todo, y no era fácil distinguir los vivos de los difuntos.

Montoria, cuando le entramos, dijo:

—No me llevéis arriba, muchachos, donde está mi familia. Dejadme en esta pieza baja. Ahí veo un mostrador que me viene de perillas.

Pusímosle donde dijo. La pieza baja era una tienda. Bajo el mostrador habían espirado aquel día algunos heridos y apestados, y muchos enfermos se extendían por el infecto suelo, arrojados sobre piezas de tela.

—A ver—continuó,—si hay por ahí algún alma caritativa que me ponga un poco de estopa en este boquete por donde sale la sangre...

Una mujer se adelantó hacia el herido. Era Mariquilla Candiola.

—Dios os lo premie, niña—dijo D. José, al ver que traía hilas y lienzo para curarle.—Basta por ahora con que me remiende usted un poco esta pierna. Creo que no se ha roto el hueso.

Mientras esto pasaba, unos veinte paisanos invadieron la casa, para hacer fuego desde las ventanas contra las ruínas del Hospital.

—Señor de Araceli, ¿se marcha usted al fuego? Aguarde usted un rato para que me lleve, porque me parece que no puedo andar solo. Mande usted el fuego desde la ventana. Buena puntería. No dejar respirar á los del Hospital... A ver, joven, despache usted pronto. ¿No tiene usted un cuchillo á mano? Sería bueno cortar ese pedazo de carne que cuelga... ¿Cómo va eso, señor de Araceli? ¿Vamos ganando?

—Vamos bien—le respondí desde la ventana.—Ahora retroceden al Hospital. San Francisco es un hueso un poco duro de roer.

María en tanto miraba fijamente á Montoria, y seguía curándole con mucho cuidado y esmero.

—Es usted una alhaja, niña—dijo mi amigo.—Parece que no pone las manos encima de la herida... Pero ¿á qué me mira usted tanto? ¿Tengo monos en la cara? A ver... ¿Está concluído eso?... Trataré de levantarme... Pero si no me puedo tener... ¿Qué agua de malvas es ésta que tengo en las venas? ¡Porr...! iba á decirlo... que no pueda corregir la maldita costumbre... Señor de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa?

—Señor, á las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están haciendo prodigios.

En esto llegó un oficial herido á que le pusieran un vendaje.

—Todo marcha á pedir de boca—nos dijo.—No tomarán á San Francisco. Los del Hospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso, señores, ha ocurrido por el lado de San Diego. Viendo que los franceses se apoderaban de la huerta pegada á la casa de los Duendes, cargaron sobre ellos á la bayoneta los valientes soldados de Orihuela, mandados por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieron muerte á muchos, cogiendo trece prisioneros.

—Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el Marqués de Pino-Hermoso!—exclamó con furor sublime D. José de Montoria.—Señor de Araceli, vamos allá. Lléveme usted. ¿Hay por ahí un par de muletas? Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con el corazón. Adiós, niña, hermosa curandera... Pero ¿por qué me mira usted tanto?... Me conoce usted, y yo creo haber visto esa cara en alguna parte... sí... pero no recuerdo dónde.

—Yo también le he visto á usted una vez, una vez sola—dijo Mariquilla con aplomo,—y ojalá no me acordara.

—No olvidaré este beneficio—añadió Montoria.—Parece usted una buena muchacha... y muy linda por cierto. Adiós: estoy muy agradecido, sumamente agradecido... Venga un par de muletas, un bastón, que no puedo andar, señor de Araceli. Deme usted el brazo... ¿Qué telarañas son éstas que ante los ojos se me ponen?... Vamos allá, y echaremos á los franceses del Hospital.

Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía á marchar yo solo, cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra del lenguaje tiene energía para expresarla. Parecía que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron, obscurecióse el cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y á lo largo de la calle vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderos, tejas, lluvias de tierra y material de todas clases.

—¡La Santa Virgen del Pilar nos asista!—exclamó Montoria.—Parece que ha volado el mundo entero.

Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y todos nos encomendamos mentalmente á Dios.

—¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza?—preguntaba uno.

—¿Volamos nosotros también?

—Debe haber sido en el Convento de San Francisco esta terrible explosión,—dije yo.

—Corramos allá—dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza.—Señor de Araceli, ¿no decían que estaban tomadas todas las precauciones para defender á San Francisco?... ¡Pero no hay un par de muletas por ahí!

Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte de San Francisco había sido volada.

—Mi hijo estaba en el Convento—dijo Montoria pálido como un difunto.—¡Dios mío, si has determinado que lo pierda también, que muera por la patria en el puesto del honor!

Acercóse á nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeras páginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con sus muletas, y parecía en muy mal estado de salud.

Sursum Corda—le dijo el patriota,—dame tus muletas que para nada las necesitas.

—Déjeme su merced—repuso el cojo,—llegar á aquel portal y se las daré. No quiero morirme en medio de la calle.

—¿Te mueres tú?

—¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde ayer, y todavía no me han sacado la bala. Siento que me voy. Tome usía las muletas.

—¿Vienes de San Francisco?

—No, señor: yo estaba en el arco del Trenque... allí había un cañón: hemos hecho mucho fuego. Pero San Francisco ha volado por los aires cuando menos lo creíamos. Toda la parte de Sur y de Poniente vino al suelo, enterrando mucha gente. Ha sido traición, según dice el pueblo... Adiós, D. José... aquí me quedo... los ojos se me obscurecen, la lengua se me traba, yo me voy... la Virgen del Pilar me ampare, y aquí tiene usía mis remos.

Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia el lugar de la catástrofe; pero tuvimos que doblar la calle de San Gil, porque no se podía seguir más adelante. Los franceses habían cesado de hostilizar el Convento por el lado del Hospital; pero asaltándolo por San Diego, ocupaban á toda prisa las ruínas, que nadie podía disputarles. Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco.

—¡Eh, Padre Luengo!—dijo Montoria llamando al fraile de este nombre, que entraba apresuradamente en la calle de San Gil.—¿Qué hay? ¿Dónde está el Capitán General? ¿Ha perecido entre las ruínas?

—No—repuso el Padre deteniéndose.—Está con otros jefes en la plazuela de San Felipe. Puedo anunciarle á usted que su hijo Agustín se ha salvado, porque era de los que ocupaban la torre.

—¡Bendito sea Dios!—dijo D. José cruzando las manos.

—Toda la parte de Sur y Poniente ha sido destruída—prosiguió Luengo.—No se sabe cómo han podido minar por aquel sitio. Debieron poner los hornillos debajo de la sala del Capítulo, y por allí no se habían hecho minas, creyendo que era lugar seguro.

—Además—dijo un paisano armado y que se acercó al grupo,—teníamos la casa inmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San Diego y de Santa Rosa, no podían acercarse allí con facilidad.

—Por eso se cree—indicó un clérigo armado que se nos agregó,—que han encontrado un paso secreto entre Santa Rosa y la casa de los Duendes. Apoderados de los sótanos de ésta, con una pequeña galería, pudieron llegar hasta los subterráneos de la sala del Capítulo.

—Ya se sabe todo—dijo un capitán del ejército.—La casa de los Duendes tiene un gran sótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía, sin duda, una comunicación con Santa Rosa, á cuyo Convento perteneció antiguamente dicho edificio, y servía de granero y almacén.

—Pues si eso es cierto; si esa comunicación existe—añadió Luengo,—ya comprendo quién se la ha descubierto á los franceses. Ya saben ustedes que cuando los enemigos fueron rechazados en la huerta de San Diego, se hicieron algunos prisioneros. Entre ellos está el tío Candiola, que varias veces ha visitado estos días el campo francés, y desde anoche se pasó al enemigo.

—Así tiene que ser—afirmó Montoria,—porque la casa de los Duendes pertenece á Candiola. Harto sabía el condenado judío los pasos y escondrijos de aquel edificio. Señores, vamos á ver al Capitán General. ¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso?

—¿Pues no se ha de defender?—dijo el militar.—Lo que ha pasado es una friolera: algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia de San Francisco.

Todos mirábamos á aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo imposible. La concisa sublimidad de su empeño parecía una burla, y, sin embargo, en aquella epopeya de lo increíble, semejantes burlas solían parar en realidad.

Los que no den crédito á mis palabras, abran la Historia y verán que unas cuantas docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas, sin atender al fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron á arrojar granadas de mano contra los franceses, obligándoles á abandonar el templo al caer de la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudieron conseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando á la casa de Sástago.


XXIX

¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga.

Zaragoza no se rinde. La reducirán á polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abriráse vomitando llamas, y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.

Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía, minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, y España destrozada se retiró á la acera de enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda habían alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban un instante.

Al fin, ¡parece mentira!, nos acostumbramos á las voladuras, como antes nos habíamos hecho al bombardeo. A lo mejor, se oía un ruido como el de mil truenos retumbando á la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento ó iglesia que ya no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta: era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo, y bajo cada planta se abría un cráter. Y, sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortalezas, habían servido los conventos; á falta de conventos, los palacios; á falta de palacios, las casas humildes. Todavía había algunas paredes.

Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento á otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras, y la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego, al volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de la naturaleza, le conducían en poco tiempo á la muerte. Ya no había parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos ó otros; y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se preguntaban: «¿Quién eres tú? ¿quién es usted?»

Ya las campanas no tocaban á alarma, porque no había campaneros; ya no se oían pregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía misa, porque faltaban sacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces iban espirando en las gargantas á medida que iba muriendo gente. De hora en hora el fúnebre silencio conquistaba la ciudad. Sólo hablaba el cañón, y las avanzadas de las dos naciones no se entretenían diciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban á llenarse de tristeza, y la ciudad moribunda se batía en silencio para que ni un átomo de fuerza se le perdiera en voces importunas.

La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la manifestaba, guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda la idea de la culpa que se va á cometer. ¡Rendirse! Esto parecía una imposibilidad, una obra difícil, y perecer era más fácil.

Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de la imaginación.

Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor parte de sus casas se hundieran. Corrí después hacia el Coso á cumplir una comisión que se me encargó, y recuerdo que la pesada é infecta atmósfera de la ciudad me ahogaba, de tal modo, que apenas podía andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos días antes ví llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo y llorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se comiese los dedos. A pesar de esto, nadie le hacía caso. Yo también pasé con indiferencia por su lado; pero después una vocecilla dijo algo en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo, dándole algunos pedazos de pan.

Cumplida mi comisión, corrí á la plazuela de San Felipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aún subsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porque estaban muertos de cansancio.

Al llegar ví un hombre que, envuelto en su capote, paseaba de largo á largo sin hacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria.

—¡Agustín! ¿Eres tú?—le dije acercándome.—¡Qué pálido y demudado estás! ¿Te han herido?

—Déjame—me contestó agriamente:—no quiero compañías importunas.

—¿Estás loco? ¿Qué te pasa?

—Déjame, te digo—añadió repeliéndome con fuerza.—Te digo que quiero estar solo. No quiero ver á nadie.

—Amigo—indiqué comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el alma de mi compañero,—si te ocurre algo desagradable, dímelo y tomaré para mí una parte de tu desgracia.

—¿Pues no lo sabes?

—No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres á la calle de las Arcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos hemos visto.

—Es verdad—repuso.—Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del Coso, y la muerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos cayeron á mi lado, y no ha habido una bala para mí. Gabriel, amigo mío querido, pon el cañón de una de tus pistolas en mi sien y arráncame la vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme... No sé... parece que vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después, otra mano suave y tibia pasó por mi frente.

—Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes.

—¡Lo que tengo¡ ¿Qué hora es?

—Las nueve.

—¡Falta una hora!—exclamó con nervioso estremecimiento.—¡Sesenta minutos! Puede ser que los franceses hayan minado esta plazuela de San Felipe, donde estamos, y tal vez, dentro de un instante, la tierra, saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en que todos quedemos sepultados; todos: la víctima y los verdugos.

—¿Qué víctima es esa?

—¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre Nueva.

En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta luz alumbraba la entrada.

—En efecto—dije,—sé que ese infame viejo fué cogido prisionero con algunos franceses en la huerta de San Diego.

—Su crimen es indudable. A los enemigos enseñó el paso desde Santa Rosa á la casa de los Duendes, de él sólo conocido. Además de que no faltan pruebas, el infeliz esta tarde ha confesado todo con esperanza de salvarse.

—Le han condenado...

—Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será arcabuceado dentro de una hora, por traidor. ¡Allí está! Y aquí me tienes á mí, Gabriel; aquí me tienes á mí, capitán del batallón de las Peñas de San Pedro, ¡malditas charreteras! aquí me tienes con una orden en el bolsillo, en que se manda ejecutar la sentencia á las diez de la noche, en este mismo sitio, aquí en la plazuela de San Felipe, al pie de la torre. ¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general Saint-March.

Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir á mi compañero en aquella terrible ocasión.

—¡Amigo mío, valor!—exclamé al fin.—Es preciso cumplir la orden.

Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente, y se apartaba de mí para volver en seguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después, mirando á la torre, que majestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras cabezas, exclamó con terror:

—Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha, Gabriel? La torre se ha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves?

Miré á la torre. Como era natural, continuaba inclinada.

—Gabriel—añadió Montoria,—mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré á ese hombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo, quiero huir; estoy enfermo; me arrancaré estas charreteras, y se las tiraré á la cara al general Saint-March. No, no me digas que la Torre Nueva sigue inclinada. Pero, hombre, ¿no ves que está derecha? Amigo, tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo, y la sangre chisporrotea. Me muero de dolor.

Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza por la calle de Torresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla. Agustín no tuvo tiempo de huir, y la desgraciada joven se abrazó á él, exclamando con ardiente emoción:

—Agustín, Agustín. Gracias á Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto te quiero! Cuando me dijeron que eras tú el carcelero de mi padre, me volví loca de alegría, porque tengo la seguridad de que has de salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado á muerte. ¡A muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal á nadie! Pero Dios no quiere que el inocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes escapar.

—Mariquilla, María de mi corazón—dijo Agustín.—Déjame, vete... no te quiero ver... Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo... Estoy loco por tí. Húndase Zaragoza, pero no dejes de quererme. Esperaban que yo matará á tu padre...

—¡Jesús, no digas eso! ¡Tú!

—No, mil veces no; que castiguen otros su traición.

—No, mentira: mi padre no ha sido traidor. ¿Tú también le acusas? Nunca lo creí... Agustín, es de noche. Desata sus manos, quítale los grillos que destrozan sus pies, ponle en libertad. Nadie le puede ver. Huiremos; nos esconderemos aquí cerca, en las ruínas de nuestra casa, allí en la sombra del ciprés, en aquel mismo sitio donde tantas veces hemos visto el pico de la Torre Nueva.

—María... espera un poco...—dijo Montoria con suma agitación.—Eso no puede hacerse así... Hay mucha gente en la plaza. Los soldados están muy irritados contra el preso. Mañana...

—¡Mañana!... ¿Qué has dicho? ¿Te burlas de mí? Ponle al instante en libertad, Agustín. Si no lo haces, creeré que he amado al más vil, al más cobarde y despreciable de los hombres.

—María, Dios nos está oyendo. Dios sabe que te adoro. Por Él juro que no mancharé mis manos con la sangre de ese infeliz: antes romperé mi espada; pero en nombre de Dios te digo también que no puedo poner en libertad á tu padre. María, el cielo se nos ha caído encima.

—Agustín, me estás engañando—dijo la joven con angustiosa perplejidad.—¿Dices que no le pondrás en libertad?

—No, no, no puedo. Si Dios en forma humana viniera á pedirme la libertad del que ha vendido á nuestros heróicos paisanos, entregándoles al cuchillo francés, no podría hacerlo. Es un deber supremo al que no puedo faltar. Las innumerables víctimas inmoladas por la traición, la ciudad rendida, el honor nacional ultrajado, son recuerdos y consideraciones que pesan en mi conciencia de un modo formidable.

—Mi padre no puede haber hecho traición—dijo Mariquilla, pasando súbitamente del dolor á una exaltada y nerviosa cólera.—Son calumnias de sus enemigos. Mienten los que le llaman traidor; y tú, más cruel y más inhumano que todos, mientes también. No, no es posible que yo te haya querido: me causa vergüenza pensarlo. ¿Has dicho que en libertad no le pondrás? ¿Pues para qué existes, de qué sirves tú? ¿Esperas ganar con tu crueldad sanguinaria el favor de esos bárbaros inhumanos que han destruído la ciudad, fingiendo defenderla? ¡Para tí nada vale la vida del inocente, ni la desolación de una huérfana! ¡Miserable y ambicioso egoísta, te aborrezco más de lo que te he querido! ¿Has pensado que podrías presentarte delante de mí con las manos manchadas en la sangre de mi padre? No, él no ha sido traidor. Traidor eres tú y todos los tuyos. ¡Dios mío! ¿No hay un brazo generoso que me ampare; no hay entre tantos hombres uno solo que impida este crimen? ¡Una pobre mujer corre por toda la ciudad buscando un alma caritativa, y no encuentra más que fieras!

—María—dijo Agustín,—me estás despedazando el alma; me pides lo imposible: lo que yo no haré, ni puedo hacer, aunque en pago me ofrezcas la bienaventuranza eterna. Todo lo he sacrificado ya, y contaba con que me aborrecerías. Considera que un hombre se arranca con sus propias manos el corazón y lo arroja al lodo: pues eso he hecho yo. No puedo más.

La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más intensa á la sensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica fogosidad su cólera, y después se deshacía en lágrimas amargas, expresándose así:

—¡Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú! Agustín, tú no puedes negarme lo que te pido. ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde que te ví por primera vez en nuestra torre, no te has apartado un solo instante de mi pensamiento. Tú has sido para mí el más amable, el más generoso, el más discreto, el más valiente de todos los hombres. Te quise sin saber quién eras: yo ignoraba tu nombre y el de tus padres; pero te habría amado aunque hubieras sido el hijo del verdugo de Zaragoza. Agustín, tú te has olvidado de mí desde que no nos vemos. ¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creo que no me quitarás á mi buen padre, á quien amo tanto como á tí. Él es bueno, no ha hecho mal á nadie; es un pobre anciano... Tiene algunos defectos; pero yo no los veo: yo no veo en él más que virtudes. No he conocido á mi madre, que murió siendo yo muy niña; he vivido retirada del mundo; mi padre me ha criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grande amor que te tengo. Si no te hubiera conocido á tí, todo el mundo me hubiera sido indiferente sin él.

Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. El miraba con aterrados ojos tan pronto á la muchacha como á los hombres que estaban de centinela en la entrada de la torre, y la hija de Candiola, con admirable instinto, supo aprovechar esta disposición á la debilidad, y echándole los brazos al cuello, añadió:

—Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda descubrirnos. Si te dicen algo, si te acusan de haber faltado al deber, no les hagas caso y vente conmigo. ¡Cuánto te amará mi padre al ver que le salvas la vida! ¡Qué felicidad nos espera, Agustín! ¡Qué bueno eres! Ya lo esperaba yo; y cuando supe que el pobre preso estaba en tu poder, se me figuró que las puertas del cielo se abrían.

Mi amigo dió algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes militares y gente armada en la plazuela. De repente se nos apareció delante un hombre con muletas, acompañado de otros paisanos y algunos oficiales de alta graduación.

—¿Qué pasa aquí?—dijo D. José de Montoria.—Me pareció oir chillidos de mujer. Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes?

—Señor—gritó Mariquilla con terror volviéndose hacia Montoria.—Usted no se opondrá tampoco á que dejen en libertad á mi padre. ¿No se acuerda usted de mí? Ayer estaba usted herido y yo le curé.

—Es verdad, niña—dijo gravemente Don José.—Estoy muy agradecido. Ahora caigo en que es usted la hija del Sr. Candiola.

—Sí, señor: ayer, cuando le curaba á usted, reconocí en su cara la de aquel hombre que maltrató á mi padre hace muchos días.

—Sí, hija mía: fué un arrebato, un pronto... No lo pude remediar... Tengo la sangre muy viva... Y usted me curó... Así se portan los buenos cristianos. Pagar las injurias con beneficios, y hacer bien á los que nos aborrecen, es lo que manda Dios.

—Señor—exclamó María toda deshecha en lágrimas,—yo perdono á mis enemigos; perdone usted también á los suyos. ¿Por qué no han de poner en libertad á mi padre? El no ha hecho nada.

—Es un poco difícil lo que usted pretende. La traición del Sr. Candiola no puede perdonarse. La tropa está furiosa.

—¡Todo es un error! Si usted quiere interceder... Usted será de los que mandan.

—¿Yo?...—dijo Montoria.—Ese es un asunto que no me incumbe... Pero serénese usted, joven... De veras que parece usted una buena muchacha. Recuerdo el esmero con que me curaba, y me llega al alma tanta bondad. Grande ofensa hice á usted, y de la misma persona á quien ofendí he recibido un bien inmenso, tal vez la vida. De este modo nos enseña Dios con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr...! ¡ya la iba á soltar!... ¡Maldita lengua mía!

—¡Señor, qué bueno es usted!—exclamó la joven.—¡Yo le creía muy malo! usted me ayudará á salvar á mi padre. El tampoco se acuerda del ultraje recibido.

—Oiga usted—le dijo Montoria tomándola por un brazo.—Hace poco pedí perdón al señor D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse conmigo, me insultó del modo más grosero. El y yo nos casamos, niña. Dígame usted que me perdona lo de los golpes, y mi conciencia se descargará de un gran peso.

—¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es usted! Usted manda aquí, sin duda. Pues haga poner en libertad á mi padre.

—Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que espanta. Imposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de usted... De veras lo siento, mayormente al acordarme de su caridad... Ya la protegeré á usted... Veremos.

—Yo no quiero nada para mí—dijo María, ronca ya de tanto gritar.—Yo no quiero sino que pongan en libertad á un infeliz que nada ha hecho. Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Qué haces?

—Este joven cumplirá con su deber.

—Este joven—repuso la Candiola con furor,—hará lo que yo le ordene, porque me ama. ¿No es verdad que pondrás en libertad á mi padre? Tú me lo dijiste... Señores, ¿qué buscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo? Agustín, no les hagas caso y defendámonos.

—¡Qué es esto!—exclamó Montoria con estupefacción.—Agustín, ¿ha dicho esta muchacha que te disponías á faltar á tu deber? ¿La conoces tú?

Dominado por profundo temor, Agustín no contestó nada,

—Sí, le pondrá en libertad—exclamó María con desesperación.—Fuera de aquí, señores. Aquí no tienen ustedes nada que hacer.

—¡Cómo se entiende!—gritó D. José, tomando á su hijo por un brazo.—Si lo que esta muchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo faltaba al honor de ese modo, atropellando la lealtad jurada al principio de autoridad delante de las banderas; si yo supiera que mi hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado, yo mismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del consejo de guerra para que le dieran su merecido.

—¡Señor, padre mío!—repuso Agustín pálido como la muerte.—Jamás he pensado en faltar á mi deber.

—¿Es éste tu padre?—dijo María.—Agustín, dile que me amas, y quizás tenga compasión de mí.

—Esta joven está loca—afirmó D. José.—Desgraciada niña: su tribulación me llega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad... pero serénese usted. Sí, la protegeré, siempre que reforme sus costumbres... Pobrecilla: usted tiene buen corazón... un excelente corazón... pero... sí... me lo han dicho, un poco levantada de cascos... Es lástima que por una perversa educación se pierda una buena alma... Con que ¿será usted buena?... Creo que sí.

—Agustín, ¿cómo permites que me insulten?—exclamó María con inmenso dolor.

—No os insulto—añadió el padre.—Es un consejo. ¡Cómo había yo de insultar á mi bienhechora! Si usted se porta bien, le tendremos gran cariño. Queda usted bajo mi protección, desgraciada huerfanita... ¿Para qué toma en boca á mi hijo? Nada, nada: más juicio, y por ahora basta ya de agitación... El chico tal vez la conozca á usted... Sí, me han dicho que durante el sitio no ha abandonado usted la compañía de los soldados... Es preciso enmendarse: yo me encargo... No puedo olvidar el beneficio recibido; además, conozco que su fondo es bueno... Esa cara no miente: tiene usted una figura celestial. Pero es preciso renunciar á los goces mundanos, refrenar el vicio... pues...

—No—gritó de súbito Agustín, con tan vivo arrebato de ira, que todos temblamos al verle y oirle.—No, no consiento á nadie, ni aun á mi padre, que la injurie delante de mí. Yo la amo, y si antes lo he ocultado, ahora lo digo aquí sin miedo ni vergüenza para que todo el mundo lo sepa. Señor, usted no sabe lo que está diciendo, ni cuánto se aparta de lo verdadero, sin duda porque le han engañado. Máteme usted si le falto al respeto; pero no la infame delante de mí, porque oyendo otra vez lo que he oído, ni la presencia de mi propio padre me reportaría.

Montoria, que no esperaba tal exabrupto, miró con asombro á sus amigos.

—Bien, Agustín—exclamó la Candiola.—No hagas caso de esa gente. Este hombre no es tu padre. Haz lo que te indica tu corazón. ¡Fuera de aquí, señores, fuera de aquí!

—Te engañas, María—replicó el joven.—Yo no he pensado poner en libertad al preso, ni lo pondré; pero al mismo tiempo digo que no seré yo quien disponga su muerte. Oficiales hay en mi batallón que cumplirán la orden. Ya no soy militar: aunque esté delante del enemigo, arrojo mi espada, y corro á presentarme al Capitán General para que disponga de mi suerte.

Diciendo esto, desenvainó, y doblando la hoja sobre la rodilla, rompióla, y después de arrojar los dos pedazos en medio del corrillo, se fué sin decir una palabra más.

—¡Estoy sola! ¡Ya no hay quien me ampare!—exclamó Mariquilla con abatimiento.

—No hagan caso de las barrabasadas de mi hijo—nos dijo Montoria.—Ya le tomaré yo por mi cuenta. Tal vez la muchacha le haya interesado... pues... no tiene nada de particular. Estos eclesiásticos inexpertos suelen ser así... Y usted, señora Doña María, procure serenarse. Ya nos ocuparemos de usted. Yo le prometo que si tiene buena conducta, se le conseguirá que entre en las Arrepentidas... Vamos, llevarla fuera de aquí.

—¡No: no me sacarán de aquí sino á pedazos!—gritó la joven en el colmo de la desolación.—¡Oh! Sr. D. José de Montoria: usted le pidió perdón á mi padre. Si él no le perdonó, yo le perdono mil veces. Pero...

—Yo no puedo hacer lo que usted me pide—replicó el patriota con pena.—El crimen cometido es enorme. Retírese usted... ¡Qué espantoso dolor! ¡Es preciso tener resignación! Dios le perdonará á usted todas sus culpas, pobre huerfanita... Cuente conmigo, y todo lo que yo pueda... La socorreremos, la auxiliaremos... Estoy conmovido, y no sólo por agradecimiento, sino por lástima... Vamos, venga usted conmigo... Son las diez menos cuarto.

—Sr. Montoria—dijo María poniéndose de rodillas delante del patriota y besándole las manos.—Usted tiene influencia en la ciudad, y puede salvar á mi padre. Se ha enfadado usted conmigo, porque Agustín dijo que me quería. No, no le quiero: ya no le miraré más. Aunque soy honrada, él es superior á mí, y no puedo pensar en casarme con él. Señor de Montoria, por el alma de su hijo muerto, hágalo usted. Mi padre es inocente. No, no es posible que haya sido traidor. Aunque el Espíritu Santo me lo dijera, no lo creería. Dicen que no era patriota. Mentira, yo digo que mentira. Dicen que no dió nada para la guerra: pues ahora se dará todo lo que tenemos. En el sótano de casa hay enterrado mucho dinero. Yo le diré á usted dónde está, y pueden llevárselo todo. Dicen que no ha tomado las armas. Yo las tomaré ahora: no temo las balas, no me asusta el ruido del cañón, no me asusto de nada; volaré al sitio de mayor peligro, y allí donde no puedan resistir los hombres me pondré yo sola ante el fuego. Yo sacaré con mis manos la tierra de las minas, y haré agujeros para llenar de pólvora todo el suelo que ocupan los franceses. Dígame usted si hay algún castillo que tomar, ó alguna muralla que defender, porque nada temo, y de todas las personas que aún viven en Zaragoza, yo seré la última que se rinda.

—¡Desgraciada niña!—murmuró el patriota alzándola del suelo.—Vámonos, vámonos de aquí.

—Señor de Araceli—ordenó el jefe de la fuerza, que era uno de los presentes,—puesto que el capitán D. Agustín Montoria no está en su puesto, encárguese usted del mando de la compañía.

—No, asesinos de mi padre—exclamó María, no ya exasperada, sino furiosa como una leona.—No mataréis al inocente. Cobardes, verdugos: los traidores sois vosotros, no él. No podéis vencer á vuestros enemigos, y os gozáis en quitar la vida á un infeliz anciano. Militares, ¿á qué habláis de vuestro honor, si no sabéis lo que es eso? Agustín, ¿dónde estás? Sr. D. José de Montoria, esto que ahora pasa es una ruín venganza, tramada por usted, hombre rencoroso y sin corazón. Mi padre no ha hecho mal á nadie. Ustedes intentaban robarle... Bien hacía él en no querer dar su harina, porque los que se llaman patriotas, son negociantes que especulan con las desgracias de la ciudad... No puedo arrancar á estos crueles una palabra compasiva. Hombres de bronce, bárbaros, mi padre es inocente, y si no lo es, bien hizo en vender la ciudad. Siempre le darían más de lo que ustedes valen... ¿Pero no hay uno, uno tan sólo que se apiade de él y de mí?

—Vamos: retirémosla, señores; llevarla á cuestas. ¡Infeliz joven!—dijo Montoria.—Esto no puede prolongarse. ¿En dónde se ha metido mi hijo?

Se la llevaron, y durante un rato oí desde la plazuela sus gritos desgarradores.

—Buenas noches, señor de Araceli—me dijo Montoria.—Voy á ver si hay un poco de agua y vino que dar á esa pobre huérfana.