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Zaragoza

Chapter 6: V
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About This Book

Un pequeño grupo de fugitivos llega, exhausto y sin recursos, a una ciudad provincial presa de ruinas y desorden tras los combates. Entre descripciones detalladas de calles, monumentos y edificios hechos escombros, los personajes buscan refugio en restos de iglesias, conviven con mendigos y exploran redes de amistad para obtener auxilio. La narración combina episodios de viaje y supervivencia con observaciones costumbristas y paisajísticas, poniendo en contraste la destrucción material y la vitalidad humana, y subrayando temas de solidaridad, memoria y el impacto social de la guerra.

NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere notablemente de la utilizada en español moderno.

—El libro original carece de tabla de contenidos. El transcriptor ha creado y añadido una para este libro electrónico.

—El transcriptor de este libro creó la imagen de tapa utilizando la portada del libro original. La nueva imagen pertenece al dominio público.


EPISODIOS NACIONALES

ZARAGOZA

Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.

B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SERIE



ZARAGOZA

SÉPTIMA EDICIÓN

ESMERADAMENTE CORREGIDA

MADRID

OBRAS DE PÉREZ GALDÓS

132, Hortaleza

1901

EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

C. de San Francisco, 4.


ZARAGOZA


I

Me parece que fué al anochecer del 18 cuando avistamos á Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante á vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda, Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetos hasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados y enfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba todas nuestras penas.

Eramos cuatro los que habíamos logrado escapar entre Lerma y Cogollos, divorciando nuestras inocentes manos de la cuerda que enlazaba á tantos patriotas. El día de la evasión reuníamos entre los cuatro un capital de once reales; pero después de tres días de marcha, y cuando entramos en la metrópoli aragonesa, hízose un balance y arqueo de la caja social, y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y un cuartos. Compramos pan junto á la Escuela Pía, y nos lo distribuímos.

D. Roque, que era uno de los expedicionarios, tenía buenas relaciones en Zaragoza; pero aquélla no era hora de presentarnos á nadie. Aplazamos para el día siguiente el buscar amigos, y como no podíamos alojarnos en una posada, discurrimos por la ciudad buscando un abrigo donde pasar la noche. Los portales del mercado no nos parecían tener las comodidades y el sosiego que nuestros cansados cuerpos exigían. Visitamos la torre inclinada, y aunque alguno de mis compañeros propuso que nos guareciéramos al amor de su zócalo, yo opiné que allí estábamos como en campo raso. Sirviónos, sin embargo, de descanso aquel lugar, y también de refectorio para nuestra cena de pan seco, la cual despachamos alegremente, mirando de rato en rato la mole amenazadora, cuya desviación la asemeja á un gigante que se inclina para mirar quién anda á sus pies. A la claridad de la luna, aquel centinela de ladrillo proyecta sobre el cielo su enjuta figura, que no puede tenerse derecha. Corren las nubes por encima de su aguja, y el espectador que mira desde abajo se estremece de espanto, creyendo que las nubes están quietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica, bajo cuyos pies ha cedido el suelo cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo y nunca acaba de caer.

Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruínas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostas é irregulares vías, nos encontramos junto á las ruínas del Monasterio de Santa Engracia, volado por los franceses al levantar el primer sitio. Los cuatro lanzamos una misma exclamación que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamos encontrado un asilo y excelente alcoba donde pasar la noche.

La pared de la fachada continuaba en pie, con su pórtico de mármol poblado de innumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndose aún entre los escombros, y que al destacarse negros y deformes sobre la claridad del espacio, semejaban criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio; vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esa arquitectura del acaso trazada por el desplome. Había hasta pequeñas estancias abiertas entre los pedazos de la pared con un arte semejante al de las grutas en la Naturaleza. Los trozos de retablo, podridos á causa de la humedad, asomaban entre los restos de la bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, y precoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y del ladrillo. Entre tanto destrozo, había objetos completamente intactos, como algunos tubos del órgano y la reja de un confesonario. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos con los del sepulcro. Al ver semejante aglomeración de escombros, tal multitud de trozos caídos sin perder completamente su antigua forma, las másas de ladrillo enyesado que se desmoronaban como objetos de azúcar, creeríase que los despojos del edificio no habían encontrado posición definitiva. La informe osamenta parecía palpitar aún con el estremecimiento de la voladura.

D. Roque nos dijo que bajo aquella iglesia había otra, donde se veneraban los huesos de los Santos Mártires de Zaragoza; pero la entrada del subterráneo estaba obstruída. Profundo silencio reinaba allí; más internándonos, oímos voces humanas que salían de aquellos antros misteriosos. La primera impresión que el escucharlas nos produjo fué como si hubieran aparecido las sombras de los dos famosos cronistas, de los mártires cristianos y de los patriotas sepultados bajo aquel polvo, y nos increparan por haber turbado su sueño. En el mismo instante, al resplandor de una llama que iluminó parte de la escena, distinguimos un grupo de personas que se abrigaban unas contra otras en el hueco formado entre dos machones derruídos. Eran mendigos de Zaragoza que se habían arreglado un palacio en aquel sitio, resguardándose de la lluvia con vigas y esteras. También nosotros nos pudimos acomodar por otro lado, y tapándonos con manta y media, llamamos al sueño. D. Roque me decía así:

—Yo conozco á D. José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza. Ambos somos hijos de Mequinenza, fuimos juntos á la escuela y juntos jugábamos al truco en el altillo del Corregidor. Aunque hace treinta años que no le veo, creo que nos recibirá bien. Como buen aragonés, todo él es corazón. Le veremos, muchachos; veremos á D. José Montoria... Yo también tengo sangre de Montoria por la línea materna. Nos presentaremos á él; le diremos...

Durmióse D. Roque y también me dormí.


II

El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras á dormir perezosamente la mañana; antes bien, colchón de guijarros hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir á hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al punto convinimos, con igual unanimidad, en que no era posible por carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa.

—No os acobardéis, muchachos—dijo Don Roque,—que al punto os he de llevar á todos á casa de mi amigo, el cual nos amparará.

Cuando esto decía, vimos salir á dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada á dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con ayuda de muletas ó bien andando á cuatro remos, viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo:

—¿D. José de Montoria? Le conozco más que á las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó á la de la Parra; después... Pero ustés son forasteros por lo que veo.

—Sí, buen amigo: forasteros somos, y venimos á afiliarnos en el ejército de esta valiente ciudad.

—¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto?

—No, amigo—le respondí,—no hemos presenciado ese gran hecho de armas.

—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?—preguntó el mendigo sentándose frente á nosotros.

—Tampoco hemos tenido esa felicidad.

—Pues allí estuvo D. José Montoria: fué de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés?

—De Madrid—dijo D. Roque.—¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi gran amigo D. José?

—¡Pues no he poder, hombre, pues no he de poder!—repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse.—De la calle de la Parra se mudó á la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron... pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar á los franceses.

—¡Eso sí que es cosa admirable!—dijo Don Roque.

—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada—continuó el mendigo.—Yo ví también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y ví á la artillera cuando dió fuego al cañón de 24.

—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer—manifestó D. Roque.—Pero si usted nos quisiera decir...

—Pues sí: D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había á su lado, y él solo mató cincuenta franceses.

—Gran hombre es ese: ¿y es amigo de mi amigo?

—Sí, señor—respondió el cojo.—Y ambos son los mejores caballeros de Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre Sursum Corda, pues como fuí hace veintinueve años sacristán de Jesús, y cantaba... pero esto no viene al caso, y prosigo diciendo que yo soy Sursum Corda, y pué que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid.

—Sí—dijo D. Roque, cediendo á un impulso de generosidad:—me parece que allá he oído nombrar al señor de Sursum Corda. ¿No es verdad, muchachos?

—Pues ello...—prosiguió el mendigo.—Y sepan también que antes del sitio yo pedía limosna en la puerta de este Monasterio de Santa Engracia, volado por los bandidos el 13 de Agosto. Ahora pido en la puerta de Jerusalén, donde me podrán hallar siempre que gusten... Pues como iba diciendo, el día 4 de Agosto estaba yo aquí, y ví salir de la iglesia á Francisco Quílez, sargento primero de la primera compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés que fué el que con treinta y cinco hombres echó á los bandidos del Convento de la Encarnación... Veo que se asombran ustés... ya. Pues en la huerta de Santa Engracia, aquí detrás, murió el subteniente D. Miguel Gila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y allí perniquebraron á D. Felipe San Clemente y Romeu, comerciante de Zaragoza. Verdad es que si no hubiera estado presente D. Miguel Salamero... ¿ustés no saben nada de esto?

—No, amigo y señor mío—dijo D. Roque;—nada de esto sabemos, y aunque tenemos el mayor gusto en que usted nos cuente tantas maravillas, lo que es ahora más nos importa saber dónde encontraremos al D. José, mi antiguo amigo, porque padecemos los cuatro de un mal que llaman hambre, y que no se cura oyendo contar hechos sublimes.

—Ahora mismo les llevaré á donde quieren ir—repuso Sursum Corda, después de ofrecernos parte de sus mendrugos.—Pero antes les quiero decir una cosa, y es que si D. Mariano Cereso no hubiera defendido la Aljafería como la defendió, nada se habría hecho en el Portillo. ¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D. Mariano Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y rodela antigua, y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte del convento se desplomó; las casas temblaban, y todo esto que estamos viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que se incendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego abajo; los franceses caían como moscos, señores, y á los zaragozanos lo mismo les daba morir que nada. Don Antonio Quadros embocó por allí, y cuando miró á las baterías francesas, se las quería comer. Los bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes. ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo. Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo, aquello era una montaña. Don Antonio Quadros echaba llamas por los ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar: su alma era toda balas. ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban limpias de artilleros. Cuando vió que un cañón enemigo había quedado sin gente, el comandante gritó: «¡Una charretera al que clave aquel cañón!» y Pepillo Ruiz echa á andar como quien se pasea por un jardín entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí las mariposas eran balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelve riendo. Pero velay que otro pedazo de convento se viene al suelo. El que fué aplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había abierto un gran boquete en el muro, fué á taparlo él mismo con una saca de lana. Entonces una bala le dió en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo que tampoco aquello era nada, y espiró.

—¡Oh!—dijo D. Roque con impaciencia.—Estamos encantados, señor Sursum Corda, y el más puro patriotismo nos inflama al oirle contar á usted tan grandes hazañas; pero si usted nos quisiera decir dónde...

—Hombre de Dios—contestó el mendigo,—¿pues no se lo he de decir? Si lo que más sé y lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de Montoria. Como que está cerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los enfermos, viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por las ventanas á la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las escaleras. Ardían los tabiques; oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que daban espanto. Algunos salieron á la calle como en día de Carnaval, y uno se subió á la cruz del Coso, donde se puso á sermonear, diciendo que él era el Ebro, y que anegando la ciudad iba á sofocar el fuego. Las mujeres corrían á socorrer á los enfermos, y todos eran llevados al Pilar y á la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el griterío de la gente no dejaba oir las campanas. Los franceses avanzan por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del Hospital y del Convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles de por allí. D. Santiago Sas, D. Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D. Marcos Simonó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, D. Vicente Marraco y otros, atacan á los franceses á pecho descubierto; y detrás de una barricada hecha por ella misma, les aguarda, llena de furor y fusil en mano, la Condesa de Bureta.

—¡Cómo! ¿una mujer, una Condesa—preguntó con entusiasmo D. Roque,—levantaba barricadas y apuntaba fusiles?

—¿Ustés no lo sabían?—dijo Sursum.—¿Pues en dónde viven ustés? La señora María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá junto al Ecce-Homo, andaba por las calles, y á los desanimados les decía mil lindezas, y luego, haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos antes que dejarles pasar!»

—¡Oh, cuánta sublimidad!—exclamó Don Roque, bostezando de hambre.—¡Y cuánto me agradaría oir contar hazañas de esa naturaleza con el estómago lleno! Con que decía usted que la casa de D. José cae hacia...

—Hacia allá—repuso el cojo.—Ya saben ustés que los enemigos se enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar! aquello era matar franceses; lo demás es aire. En la calle de la Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban á los franceses. Todavía me zumba en las orejas el cañoneo, el gritar de aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender, y los zaragozanos hacían lo mismo. Fuego por todos lados... Hombres, mujeres, chiquillos... basta tener dos manos para trabajar contra el enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para...

—Basta, amigo mío—dijo D. Roque perdiendo la paciencia:—estamos encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante á casa de mi paisano ó nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos solos.

—Al instante, señores, no apurarse—replicó Sursum Corda echando á andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas.—Vamos allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos pesos, y quitó á los franceses la cera que habían robado.

—Adelante, adelante, amigo,—dije, viendo que el incansable hablador se detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste.

—Ya pronto llegaremos—repuso Sursum.—Por aquí iba yo en la mañana del 1.º de Julio, cuando encontré á Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van á atacar el Portillo.» Entonces yo me fuí á ver lo que había y...

—Ya estamos enterados de todo—le indicó D. Roque.—Vamos á prisa, y después hablaremos.

—Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros—agregó el cojo volviendo una esquina,—es la que ardió el día 4, cuando D. Francisco Ipas, subteniente de la segunda compañía de escopeteros de la parroquia de San Pablo, se puso aquí con un cañón, y luego...

—Ya sabemos lo demás, buen hombre—dijo D. Roque.—Adelante y más que de prisa.

—Pero mucho mejor fué lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra—continuó el mendigo deteniéndose otra vez.—Pues al ir á disparar, los franceses se echan encima: huyen todos; pero Codé se mete debajo del cañón; pasan los franceses sin verlo, y después, ayudado de una vieja que le dió una cuerda, arrastra la pieza hasta la boca-calle. Vengan ustés y les enseñaré.

—No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino.

Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos á sus historias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y el Mercado á la calle de la Hilarza, donde la persona á quien queríamos ver tenía su casa.


III

Pero ¡ay! D. José de Montoria no estaba en ella, y nos fué preciso buscarle en los alrededores de la ciudad. Dos de mis compañeros, aburridos de tantas idas y venidas, se separaron de nosotros, aspirando á buscar con su propia iniciativa un acomodo militar ó civil. Nos quedamos solos D. Roque y un servidor, y así emprendimos con más desembarazo el viaje á la torre de nuestro amigo (llaman en Zaragoza torres á las casas de campo), situada á Poniente, lindando con el camino de Muela y á poca distancia de la Bernardona. Un paseo tan largo á pie y en ayunas no era lo más satisfactorio para nuestros fatigados cuerpos; pero la necesidad nos obligaba á tan inoportuno ejercicio, y por bien servidos nos dimos encontrando al deseado zaragozano, y siendo objeto de su cordial hospitalidad.

Ocupábase Montoria, cuando llegamos, en talar los frondosos olivos de su finca, porque así lo exigía el plan de obras de defensa establecido por los jefes facultativos ante la inminencia de un segundo sitio. Y no era sólo nuestro amigo el que por sus propias manos destruía sin piedad la hacienda heredada: todos los propietarios de los alrededores se ocupaban en la misma faena, y presidían los devastadores trabajos con tanta tranquilidad como si fuera un riego, un replanteo ó una vendimia. Montoria nos dijo:

—En el primer sitio talé la heredad que tengo al lado allá de la Huerva; pero este segundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquél, á juzgar por el gran aparato de tropas que traen los franceses.

Contámosle la capitulación de Madrid, lo cual pareció causarle mucha pesadumbre; y como elogiáramos con exclamaciones hiperbólicas las ocurrencias de Zaragoza desde el 15 de Junio al 14 de Agosto, encogióse de hombros y contestó:

—Se ha hecho todo lo que se ha podido.

Acto continuo D. Roque pasó á hacer elogios de mi personalidad, militar y civilmente considerada; y de tal modo se le fué la mano en este capítulo, que me hizo sonrojar, mayormente considerando que algunas de sus afirmaciones eran estupendas mentiras. Díjole primero que yo pertenecía á una de las más alcurniadas familias de la baja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate de Trafalgar en clase de guardia marina. Le dijo también que la Junta me había concedido un destino en el Perú, y que durante el sitio de Madrid había hecho prodigios de valor en la Puerta de los Pozos, siendo tanto mi ardimiento, que los franceses, después de la rendición, creyeron conveniente deshacerse de tan terrible enemigo, enviándome con otros patriotas á Francia. Añadió que mis ingeniosas invenciones habían proporcionado la fuga á los cuatro compañeros refugiados en Zaragoza, y puso fin á su panegírico asegurando que por mis cualidades personales era yo acreedor á las mayores distinciones,

Montoria en tanto me examinaba de pies á cabeza, y si llamaba su atención mi mal traer y las feas roturas de mi vestido, también debió advertir que éste era de los que usan las personas de calidad, revelando su finura, buen corte y aristocrático origen en medio de la multiplicidad abrumadora de sus desperfectos. Luego que me examinó me dijo:

—¡Porra! No le podré afiliar á usted en la tercera escuadra de la compañía de escopeteros de D. Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el cuerpo en que está mi hijo; y si no quiere usted, largo de Zaragoza, que aquí no admitimos gente haragana. Y á usted, D. Roque, amigo mío, puesto que no está para coger el fusil, ¡porra! le haremos practicante en los hospitales del ejército.

Luego que esto oyó D. Roque, expuso por medio de circunlocuciones retóricas y de graciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos, y lo bien que recibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Entonces vimos que frunció el ceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo, lo cual nos hizo temblar, y pareciónos que íbamos á ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimos tímidas excusas, y entonces nuestro protector, con rostro encendido, nos habló así:

—¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras! ¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que los amigos tengan hambre, porra? Sepan que no me faltan diez docenas de jamones colgados en el techo de la despensa, ni veinte cubas de lo añejo, sí, señor; y tener hambre y no decírmelo en mi cara sin retruécanos, es ofender á un hombre como yo. Ea, muchachos, entrad adentro y mandar que frían obra de cuatro libras de lomo, y que estrellen dos docenas de huevos, y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva siete jarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, los trabajadores y mis hijos, si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense á hacer penitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay, sin dengues ni boberías. Aquí no se usan cumplidos. Usted, Sr. D. Roque, y usted, Sr. de Araceli, están en su casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! José de Montoria es muy amigo de los amigos. Todo lo que tiene es de los amigos.

La ruda generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Como recibiera muy mal los cumplimientos, resolvimos dejar á un lado el formulario artificioso de la Corte, y viérais allí cómo la llaneza más primitiva reinó durante el almuerzo.

—¿Qué, no come usted más?—me dijo Don José.—Me parece que es usted un boquirrubio que se anda con enjuagues y finuras. A mí no me gusta eso, caballerito: me parece que me voy á enfadar y tendré que pegar palos para hacerles comer. Ea, despache usted este vaso de vino. ¿Acaso es mejor el de la Corte? Ni á cien leguas. Con que, porra, beba usted, porra, ó nos veremos las caras.

Esto fué causa de que comiera y bebiera mucho más de lo que en mi cuerpo cabía; pero había que corresponder á la generosa franqueza de Montoria, y no era cosa de que por una indigestión más ó menos se perdiera tan buena amistad.

Después del almuerzo siguieron los trabajos de tala, y el rico labrador los dirigía como si fuera una fiesta.

—Veremos—decía,—si esta vez se atreven á atacar el castillo. ¿No ha visto usted las obras que hemos hecho? Menudo trabajo van á tener. Yo he dado doscientas sacas de lana, una friolera, y daré hasta el último mendrugo.

Cuando nos retirábamos á la ciudad, llevónos Montoria á examinar las obras defensivas que á la sazón se estaban construyendo en aquella parte occidental. Había en la puerta del Portillo una gran batería semicircular que enlazaba las tapias del Convento de los Fecetas con las del de Agustinos Descalzos. Desde este edificio al de Trinitarios corría otra muralla recta, aspillerada en toda su extensión y con un buen reducto en el centro, todo resguardado por profundo foso que se abría hacia el famoso campo de las Eras ó del Sepulcro, teatro de la heróica jornada del 15 de Junio. Más al Norte y hacia la puerta de Sancho, que da paso al pretil del Ebro, seguían las fortificaciones, terminando en otro baluarte. Todas estas obras, como hechas á prisa, aunque con inteligencia, no se distinguían por su solidez. Cualquier general enemigo, ignorante de los acontecimientos del primer sitio y de la inmensa estatura moral de los zaragozanos al ponerse detrás de aquellos montones de tierra, se habría reído de fortificaciones tan despreciables para un buen material de sitio; pero Dios ha dispuesto que alguien escape de vez en cuando á las leyes físicas establecidas por la guerra. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras célebres plazas fuertes tomadas ó no, era entonces una fortaleza de cartón. Y sin embargo...


IV

En su casa, Montoria se enfadó otra vez con D. Roque y conmigo porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos á una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en educación, es decir, en aquella educación atildada que entonces empezaban á recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era refractario á la mentira discreta, y á los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase arrastrar á muy violentos extremos, de que por lo general se arrepentía más tarde.

En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Era preciso saberlo entender, cediendo á sus excentricidades, si bien en rigor no debe llamarse excéntrico el que tanto se parecía á la generalidad de sus paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto le ocasionaba algunas molestias en el curso de la vida ordinaria y en asuntos de poca monta, era un tesoro inapreciable siempre que se tratase con él un negocio grave, porque puesta á la vista toda su alma, no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecía los beneficios, y daba gran parte de sus cuantiosos bienes á los menesterosos.

Vestía con aseo; comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo la Cuaresma entera, y amaba á la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar á todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello.

Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla Doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado á los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado á la Iglesia, como su tío del mismo nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo. Fuí tratado con tanto miramiento, que me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy sincero afecto.

—Sr. D. Roque—dije aquella noche á mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron,—yo jamás he visto gente como ésta. ¿Son así todos los aragoneses?

—Hay de todo—me respondió;—pero hombres de la madera de D. José de Montoria, y familias como esta familia, abundan mucho en esta tierra de Aragón.

Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. La decisión de aquel vecindario me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan honroso como seguir tras ella, aunque fuera á distancia, husmeando su rastro de gloria. Ninguno de ustedes ignora que en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos heróicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. Capitulad y os vestiremos,—decían los franceses en el primer sitio, admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos.—No sabemos rendirnos—contestaban,—y nuestras carnes sólo se cubren de gloria.

Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.

Pero volvamos á lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para éste el manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión de forasteros, mandándoles salir en el término de veinticuatro horas; acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba á alborotar sembrando discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi llegada se publicó otra proclama llamando á los soldados dispersos del ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí á dicho ejército, había concurrido á la defensa de Madrid y á la batalla de Bailén; razones que, con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi protector, en las filas de Mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo. Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el mismo hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir á las órdenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San Pedro. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.

Desdé el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército francés; pero esto no fué un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la tarde una división llegó á Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el General en jefe, situóse con tres divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombres nos cercaban.

Sabido es que, impacientes por vencernos, los franceses comenzaron sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar á Torrero, por ser peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia.

Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fué destinado á guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el Convento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires; corría luego la tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto; desviábase luego hacia Poniente formando un ángulo obtuso, y enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino; seguía casi en línea recta hasta el Convento de Trinitarios, dejando dentro la puerta del Carmen. El que haya visto á Zaragoza comprenderá perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruínas de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún, no lejos de la Glorieta, su despedazado umbral y sus sillares carcomidos.

Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas, me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa y sana, á la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida á la de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de los latinos.

Aunque con viva inclinación á la poesía (pues Agustín era poeta), había aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los Padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo, y esperaba el día de la primera misa como el santo advenimiento.

Sin embargo (me veo obligado á decirlo desde el principio), Agustín no tenía vocación eclesiástica. Su familia, lo mismo que los buenos Padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas, ó Napoleón para el baile.


V

—Gabriel—me decía aquella mañana,—¿tienes ganas de batirte?

—Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte?—repliqué. (Como se ve, nos tuteábamos á los tres días de conocernos.)

—No muchas—dijo.—Figúrate que la primera bala nos matará...

—Moriríamos por la patria, por Zaragoza; y aunque la posteridad no se acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como ésta.

—Dices bien—repuso con tristeza;—pero es una lástima morir. Somos jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida?

—La vida es una miseria, y para lo que vale mejor es no pensar en ella.

—Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos á vivir. Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer.

—Eso es natural—contesté.—El miedo no existe cuando no se conoce el peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños.

—No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de morir sin más ni más, me sabe muy mal. Por si muero, voy á hacerte un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo. Atiende bien á lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se cae de un lado y parece inclinarse hacia acá para ver lo que aquí pasa, ú oir lo que estamos diciendo?

—La Torre Nueva. Ya la veo: ¿qué encargo me vas á dar para esa señora?

Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se destacaba la Torre Nueva, siempre vieja y nunca derecha.

—Pues oye bien—continuó Agustín.—Si me matan á los primeros tiros en este día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te vas allá...

—¿A la Torre Nueva? Llego, subo...

—No, hombre, subir no. Te diré: llegas á la plaza de San Felipe donde está la Torre... Mira hacia allá: ¿ves que junto á la gran mole hay otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del señor canónigo, que es la torre grande.

—Sí, ya veo el monaguillo. Y si no me engaño es el campanario de San Felipe. Y ahora toca el maldito.

—A misa, está tocando á misa—dijo Agustín con grande emoción.—¿No oyes el esquilón rajado?

—Pues bien: sepamos lo que tengo que decir á ese señor monaguillo que toca el esquilón rajado.

—No, no es nada de eso. Llegas á la plaza de San Felipe. Si miras al campanario, verás que está en una esquina; de esta esquina parte una calle angosta: entras por ella, y á la izquierda encontrarás al poco trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo. Sigues por ella hasta llegar á espaldas de la iglesia. Allí verás una casa: te paras...

—Y luego me vuelvo.

—No: junto á la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón pintado de color de chocolate. Te paras allí...

—Me paro allí, y allí me estoy.

—No, hombre: verás...

—Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas torres y esas paradas?

—Significan—continuó mi amigo con más embarazo cada vez,—que en cuanto estés allí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno: llegas, te paras, aguardas un poquito, luego pasas á la acera de enfrente, alargas el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges una piedrecita, y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho ruido.

—Y en seguida saldrá ella.

—No, hombre: ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá ó no saldrá?

—Bueno: pongamos que sale.

—Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que, según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y usurero, y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes y moratorias y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El que se mete en pleito con él está perdido.

—De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un magnífico palacio.

—Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque le fusilen, y si le vieras por ahí le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural de Mallorca, si no me engaño.

—Y ese tío Candiola tiene una hija.

—Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene ó no tiene una hija?—me dijo, disimulando con estas evasivas su turbación.—Pues, como te iba contando, el tío Candiola es muy aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el otro sitio no dió un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un día dijera que á él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo á punto de ser arrastrado por los patriotas.

—Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra á la ventana sale el tío Candiola con un garrote, y me da una solfa por hacerle chicoleos á su hija?

—No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que obscurece, Candiola se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero hasta más de media noche? ¡Bah! Ahora va él á ocuparse... Los vecinos dicen que sienten un cierto rumorcillo ó sonsonete, como si estuvieran vaciando sacos de onzas.

—Bien: llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo...

—Le dices que he muerto... no, no seas bárbaro. Le das este escapulario... no, le dices...no, más vale que no le digas nada.

—Entonces, le daré el escapulario.

—Tampoco: no le lleves el escapulario.

—Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me marcharé cantando La Virgen del Pilar dice...

—No: es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando.

—Pero si no me mandas nada.

—¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten.

—Ya. ¡Cuánto ruido para nada!

—Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía muchos, muchísimos deseos de confiarte este secreto que se me sale del pecho. ¿A quién lo había de revelar sino á tí, que eres mi amigo? Si no te lo dijera, me reventaría el corazón como una granada. Temo mucho decirlo de noche en sueños, y por este temor no duermo. Si mi padre, mi madre ó mi hermano lo supieran, me matarían.

—¿Y los Padres del Seminario?

—No nombres á esos. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al Padre Rincón? Pues el Padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes me sacaba á paseo por la ribera ó hacia Torrero, ó camino de Juslibol. Hablábamos de teología y de letras humanas. Rincón es tan entusiasta del gran poeta Horacio, que suele decir: «Es lástima que ese hombre no haya sido cristiano para canonizarle.» Lleva siempre consigo un pequeño Elzevirius, á quien ama más que á las niñas de sus ojos, y cuando nos cansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los comentarios que se nos ocurren... Bueno... ahora te diré que el Padre Rincón era pariente de Doña María Rincón, difunta esposa de Candiola, y que éste tiene una heredad en el camino de Monzalbarba, con una torre miserable, más parecida á cabaña que á torre, pero rodeada de frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde, después que leímos el Quis multa gracilis te puer in rosa, mi maestro quiso visitar á su pariente. Fuimos allá, entramos en la huerta, y Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, y Rincón le dijo:—Mariquilla, da unos melocotones á este joven, y saca para mí una copita de lo que sabes.

—¿Y es guapa Mariquilla?

—No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás... El Padre Rincón le tomó la barba, y haciéndole volver la cara hacia mí, me dijo:—«Agustín, confiesa que en tu vida has visto una cara más linda que ésta. Mira qué ojos de fuego, que boca de ángel y qué pedazo de cielo por frente.» Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se reía. Luego Rincón continuó diciendo:—«A tí que eres un futuro Padre de la Iglesia, y un joven ejemplar sin otra pasión que la de los libros, se te puede enseñar esta divinidad. Joven, admira aquí las obras admirables del Supremo Creador. Observa la expresión de este rostro, la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor de esa boca, la suavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y confiesa que si es hermoso el cielo, y la flor, y las montañas, y la luz, todas las creaciones de Dios se obscurecen al lado de la mujer, la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos.» Esto me dijo mi maestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar aquella obra maestra, que era sin disputa mejor que la Eneida. No puedo explicarte lo que sentí. Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de improviso en su curso, y empezase á correr hacia arriba volviendo á las Asturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo me asombraba de ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso sosegado, y volvieron atrás, echando no sé por qué nuevos caminos. Te digo que estaba asombrado y lo estoy todavía. Mirándola sin saciar nunca la ansiedad, tanto de mi alma como de mis ojos, yo me decía:—«La amo de en modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no había caído en ello?» Yo no había visto á Mariquilla hasta aquel momento.

—¿Y los melocotones?

—Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de ella. El Padre Rincón se puso á hablar con el hortelano sobre los desperfectos que habían hecho en la finca los franceses (pues esto pasaba á principios de Septiembre, un mes después de levantado el primer sitio), y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primer impulso fué echar á correr, y ella, según me ha dicho, también sintió lo mismo. Pero ni ella ni yo corrimos, sino que nos quedamos allí. De pronto sentí una grande y extraña energía en mi cerebro. Rompiendo el silencio, comencé á hablar con ella: dijimos varias cosas indiferentes al principio; pero á mí me ocurrían pensamientos que, según mi entender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla me respondía poco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le estaba diciendo. Al fin, llamónos el Padre Rincón, y nos marchamos. Me despedí de ella, y en voz baja le dije que pronto nos volveríamos á ver. Volvimos á Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, los árboles, el Ebro, las cúpulas del Pilar, los campanarios de la ciudad, los transeuntes, las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento, los perros del camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra habían cambiado. Mi buen maestro volvió á leer á Horacio, y yo dije que Horacio no valía nada. Me quiso comer, y amenazóme con retirarme su amistad. Yo elogié á Virgilio con entusiasmo, y repetí aquellos célebres versos

Est mollis flamma medullas

interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus.

—Eso pasó á principios de Septiembre—le dije.—¿Y de entonces acá?

—Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros todos y la teología; y cuando llegó Octubre y me querían obligar á vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en la mía. Gracias á la guerra, que á todos nos ha hecho soldados, puedo vivir libremente, salir á todas horas, incluso de noche, y verla y hablarle con frecuencia. Voy á su casa, hago la seña convenida, baja, abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeuntes pasan; pero como yo estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto y la obscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos del pueblo se preguntan unos á otros: «¿Quién será el novio de la Candiola?» De algunas noches á esta parte, recelando que nos descubran, hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D. Jerónimo, creyéndola acostada, se retira á su cuarto á contar el dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe, y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos á pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras almas comprenden lo divino, y sentimos con una intensidad que no puede expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande, que á veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa para retirarme. Cuando principiaba á clarear la aurora, nos despedimos. Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas inmediatas y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo:

—Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte.

No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero, y ambos volvimos hacia allá la vista.