su rostro fulguraba en medio de los tormentos.


10.


Tersa la piel y cual yema de huevo,

tenía las pestañas y cejas hechas puro arco,

el color del cabello era de recién purificado oro

y las prendas del cuerpo en justa armonía.


11.


Hubiera allí oréadas,[9]

bosque-palacio de feroces arpías,
[10]

tendrían misericordia y amor

al trasunto de la hermosura y del infortunio.


12.


Este juguete de la desdicha y del dolor,

con sus dos ojos que parecían fuentes,

por las lágrimas que a fuerza de llorar estallaban,

esto articuló, que herirá todo pecho piadoso:


13.


¡Cielo vengador! Tu fiereza, ¿dónde está,

hoy que inmóvil yazgo,

mientras la bandera de la iniquidad

se enseñorea del reino de Albania?


14.


Dentro y fuera de mi infeliz patria

la traición impera,

la bondad y el mérito yacen echados,

asfixiados en el hoyo del tormento y de la angustia.


15.


A la buena crianza se aherroja

en los abismos de la vaya y del desasosiego;

a los honrados se soterra

y sepulta sin ataúd.


16.


Mas al alevoso y execrable

se sienta en el trono del honor,

y a cada tartufo de bestial carácter

se sahuma con aromático pebete.


17.


Mientras los perversos y traidores yerguen la cabeza arrogantes,

andan los buenos avergonzados y cabizbajos;

la razón santa yace en el suelo, quebrantada,

y lágrimas únicamente desliza.


18.


Los labios que despliegan

palabras de verdad y justicia,

al punto se hienden y amordazan

con espada de muerte ignominiosísima.


19.


¡Oh traidor anhelo de riqueza y poder!

¡Oh ansia de honor cual aire que se disipa!

Eres la causa de todos los males

y de los que me trajeron a esta situación tan lastimosa.


20.


Acaso por la corona del rey Linceo

y la riqueza del duque mi padre,

fue osado el conde Adolfo

a sembrar de males el reino de Albania.
[11]


21.


Todo esto, misericordioso cielo,

lo ves: ¿cómo es que lo sufres?

Origen eres de todo bien y de toda razón,

¿y permites que un desalmado los suplante?


22.


Mueve tu poderosa diestra,

esgrime la espada de la indignación,

y en el reino de Albania haz sentir

tu venganza contra los malos.


23.


¿Por qué, cielos, eres sordo para mí,

y mis sinceros ruegos desoyes?

¿Será verdad que, para un sicofanta,

tus orejas son todo oídos?


24.


Mas ¿quién penetrará

tus inefables misterios, Dios omnipotente?

Nada será en la costra de la tierra

que a bien no fuera tu designio.


25.


¡Ay, dónde ahora acudiré!

¡Dónde echaré mis lágrimas,

si hoy el cielo ya se niega a oir

el grito de mi doliente voz!


26.


Si tu deseo es que padezca,

¡cielo alto! hágase tu voluntad,

pero haz que el corazón de Laura

palpite, de vez en cuando, por mí.


27.


Y en este océano de adversidades,

cuya inmensidad tengo de vadear,

la memoria que Laura del malogrado amor haga,

será de mi pecho la única alegría.


28.


Su levísimo recuerdo

será para mí inmenso alborozo,

superior a la fatiga y tormento

impuestos por el falaz e inmisericordioso.


29.


Si en mis ataduras pongo el pensamiento,

me siento ya cadáver frío en profundo sueño,

y llorado por la que es mi placer y gozo,

parezco despertar a vida inacabable.


30.


Si hurgo en los ápices de la inteligencia

nuestros amores de mi bien amada,

su llanto cuando tenía pesadumbre

trueca en alegría mis cuitas.


31.


Mas, ¡infelíz de mí! ¡errada suerte!

¿qué valen ya tales amoríos,

si, quietamente, mi único amor

descansa ya en los brazos de otro?


32.


En el regazo del conde Adolfo

veo a mi Laura amada.

Muerte, ¿dónde está tu antigua fiereza

para que me libre yo de este tormento?


33.


Aquí, preso de angustia, se desmayó,

rindió el corazón al asalto del dolor,

la cabeza dobló y lágrimas vertió,

regando el árbol donde estaba amarrado.


34.


De los pies a la cabeza

el dolor esculpió su saña,

dándole entonces los celos

tirana y artera muerte.


35.


Al de condición más dura

su vista ablandará,

y lágrimas derramaría

que al propio autor fuercen a misericordia.


36.


Espectáculo tan sólo de la traza

de quien sus pesares logró enmudecer,

presto invitará al corazón a llorar

si ya, de los ojos, las lágrimas huyeron.


37.


¿De qué misericordia el pecho no sentirá

del hombre de buena voluntad,

si las plegarias y quejas oyese,

pasado el accidente, del que era la propia imagen del pesar?


38.


Casi todo el bosque estaba sembrado

de quejidos tristísimos,

que todavía repetían y resonaban

el eco contestando en lontananza.


39.


¡Ay, Laura idolatrada! ¿por qué otorgó

a otro el amor a mí prometido,

y traicionó al leal corazón,

por quien lágrimas derramó?


40.


¿No juraste delante del cielo

que no serías desleal a mi amor?

¡Y yo que confié este pecho,

sin barruntar que a esto pararía!


41.


Creí que tu belleza,

pedazo de cielo, era inquebrantable,

fiel tu corazón, sin recelar

que la infidelidad moraba en la hermosura.


42.


No creí que despreciarías

las lágrimas que vertiste por mí,

ni el dulce remoquete de ser yo el bien amado,

y mi rostro el bálsamo a tus tribulaciones.


43.


¿No era cierto, bien mío, que, cuando ordenaba invadir

el rey tu padre cualquiera ciudad,

cuando trabajabas mi escudo,

tus dos ojos destilaban perlas?


44.


Cuando a mi plumaje atabas

con tus dedos de coral,

tus ansias iban y venían

con las oscilaciones del oro de hilar.


45.


¡Cuántas veces, Laura, me entregaste,

todavía mojada en lágrimas, la banda que usaría,

y la dabas acongojadísima,

temerosa de que en la lucha me hiriese!


46.


Volante y peto no permitías

que tocasen y se ajustasen a mi cuerpo,

sin antes desherrumbrarlos,

temerosa de que mi ropa manchasen.


47.


Examinabas su resistencia y brillo

para que los tajos resbalasen,

y aun a distancia no cejaban tus reparos

para que, en medio del ejército, al punto se distinguiesen.


48.


Adornabas mi turbante

con perlas, topacio y brillante rubí,

aparte el movedizo diamante,

llenándolo con tu nombre, la letra L.


49.


Mientras ausente luchaba,

al rebusco ibas de cuanto pudiera divertirte,

y, aunque triunfase, al comenzar a entrar,

ya estaba a tu vista, y todavía el miedo te sobrecogía.


50.


Todo tu temor era que me hiriesen,

nada creías que antes no vieras,

y si revelaba la piel leve rasguño,

lo lavabas con tus lágrimas.


51.


Cuando guardaba algún pesar,

al punto inquirías su motivo,

y, hasta que lo conseguías, ibas besando

mi rostro con tus labios de rubí.


52.


No parabas hasta averiguarlo,

pronto le aplicabas el remedio,

me conducías al jardín para allí buscar

de entre las flores la que podría darme huelgo y solaz.


53.


Cogías las más hermosas,

y en mi cuello colgabas

ensartadas y alternadas flores,

para desterrar mi tristeza.


54.


Si mis dolores no calmaban,

tus pestañas se inundaban de lágrimas;