¿dónde están ahora esos halagos
que apacigüen mis torturas?
55.
Vente, Laura, que necesito
ahora tus solicitudes de pasados días,
ahora recaba de tí auxilios
tu infeliz amante en agonía.
56.
Y ahora que es inmenso mi infortunio,
no te imploro caudal de lágrimas,
una gota, aliviadora, bastará,
si arranca de tu corazón amante.
57.
Palpa ahora mi cuerpo,
examina mi herida no inferida por espada,
lava la sangre que brota de las huellas de la atadura
de mis manos, pies y cuello.
58.
Vente, amor mío, y cata mi ropa,
en la que no querías manchas de herrumbre;
desata la cuerda y remúdame,
para que hallen lenitivo mis aflicciones.
59.
Fija los ojos
en mi traza, echadero de amarguras,
para mitigar la veloz carrera
de lo que ha de acabar con mi vida.
60.
Nadie, Laura, tú eres la
única
que podrá sanar estos tormentos;
pon tus manos en este cuerpo,
y, aunque cadáver fuera, volvería a la vida.
61.
Pero, ¡infeliz de mí! ¡ay, en la
gran tribulación,
no existe ya Laura a quien llamo!
se ha alejado, alejado, y no quiere acudir;
¡fue desleal a mi fiel amor!
62.
En otro regazo enajenó
el corazón que mío era ya, y me engañó;
todo mi amor lo desvió de sí,
olvidó el suyo y despreció sus lágrimas.
63.
¿Qué desolación es ya la que no
tengo?
¿Habrá muerte que todavía no sufra?
Huérfano de padre y de adoptiva madre,
sin amigos y olvidado por su adorada.
64.
Castigo a mi honor perdido;
flecha envenenada hincada en mi corazón;
¡compasión por mi padre, enclavado dardo;
me están abrasando estos celos!
65.
Dolor de los dolores,
la infidelidad de Laura es la que emponzoña
y viene sepultando mi vida
en la fosa de los malhadados.
66.
¡Oh, conde Adolfo! aunque
desencadenado
hubieras todos los males de la tierra,
tu perfidia habría agradecido,
si no me hubieses robado el corazón de Laura.
67.
Aquí se desgañitó
espantosamente,
que resonó en el interior del bosque;
espíritu y cuerpo se lo llevaron
ansias, y desatóse en río de lágrimas.
68.
Abatióse la cabeza en el tronco del
árbol,
vencido el cuello por el cordel que lo sujetaba,
puro cadáver era, y el color de yema
de su rostro, tornóse blanco puramente.
69.
Ocurrió que recaló en el
bosque
un guerrero, valiente de traza,
con turbante hermosísimo por cimera,
y traje moro de la capital de Persia.
70.
Hizo alto y escudriñó con la
mirada,
como si buscase sitio donde descansar;
de repente tiró
pica y adarga, y juntó las manos.
71.
Luego alzó la vista y clavó los
ojos
en la copa del árbol, tapia del cielo;
parecía estatua muda de pie,
sin pausa en los suspiros.
72.
Cansado en tal guisa,
se sentó en el tronco de un árbol,
y habló, "¡Oh suerte!", lanzando al mismo tiempo
de los ojos lágrimas como saetas.
73.
La cabeza apoyó en la mano
izquierda,
luego cogió la frente con la diestra,
como si hiciese memoria
de cosa importante olvidada.
74.
Después se reclinó a la
ventura,
sin dar tregua al manantial de sus lágrimas;
sus desesperaciones iban entreveradas
de palabras: "Flérida, ay, se acabó la alegría."
75.
Por momentos sembraba
todo el bosque de ayes,
que entonaban con el canto melancólico
de las aves nocturnas que allí reposaban.
76.
Luego se incorporó
atónito,
requirió la pica y el escudo,
imprimió en su rostro ferocidad de Furias,
"No lo permitiré", exclamó.
77.
Si de Flérida el raptor fuera
otro,
que no mi padre, a quien debo respetar,
no respondería de que esta pica
no causara mil y diez mil muertes.
78.
Descendería Marte de lo alto,[15]
surgirían de lo profundo las Parcas,
toda su rabia desencadenarían,
arrastradas por el ímpetu de mi brazo.
79.
De las uñas del traidor
arrebatara
la que es mitad de mi alma,
y quienquiera, excepto mi padre,
no respetara el acero que llevo.
80.
¡Oh, soberano y despótico poder del
amor,
que aun a padres e hijos unces a tu yugo;
cuando te apoderas del corazón de cualquiera,
todo se despreciará por seguir tus fueros!
81.
¡Y se pisoteará cuanto es santo y
sagrado;
prudencia, razón, todo será en vano;
la Autoridad será desacatada,
y la vida misma, aborrecida!
82.
Este fin de mi suerte tan descaminada,
espejo claro es que debe apreciarse,
para que el que lo comprenda no esté abocado
a la adversidad superior a mis fuerzas.
83.
Dicho esto, lágrimas
vertió,
pica clavó y luego gimió;
resonaron entonces, como si contestasen,
los quejidos del que estaba atado.
84.
Pasmóse el guerrero de oirlo;
fue mirando en derredor,
y, cuando nada vio, esperó su repetición;
a poco volvió aquél a gemir.
85.
Pasmóse más el valiente
guerrero,
"¿quién gime en esta soledad?"
Se acercó hacia donde venían
los quejidos, y se puso todo oídos.
86.
Alcanzó las siguientes quejas:
¡Ay, padre amantísimo que venero!
¿por qué tu vida se cortó antes,
y me dejó huérfano en medio de las amarguras?
87.
Cuando mi imaginación hace
cábalas,
sobre tu caída en manos del traidor,
parece que veo lo que te acaeció,
y el castigo inhumano que da grima.
88.
¡Qué castigo no aplicara
a tí el conde Adolfo tirano!
¡Si eras espejo de la prudencia en el reino!
En tí descargaría su mayor furia.
89.
Tu cuerpo parece que lo barrunta
ahora tu hijo menor postrado en el tormento;
lo desmenuza y desgarra,
el sayón verdugo del hipócrita.
90.
Tu carne y huesos al desprenderse,
manos y cuerpo huyeron de la cabeza,
cual tobas los iban lanzando esos traidores,
y no hubo nadie que se apiadase de soterrarlos.
91.
Hasta tus protegidos y amigos,
si son de la facción del traidor, son ya tus enemigos;
y los que no abrazaron su causa, temen también
ser castigados, si a tu cadáver dan sepultura.
92.
Hasta aquí, padre, parece que
oigo
que tu cabeza ya está debajo de la cuchilla,
tus ruegos y súplicas al cielo
de que yo me libre de uñas cruentas.
93.
Deseabas todavía que me cubriesen
los cadáveres en medio de la carnicería,
para no caer en la mortífera mano
del conde Adolfo, peor que la de león.
94.
Sin terminar aún tus
súplicas,
sobre tu cuello cayó de repente el cuchillo,
salió de tus labios como últimas palabras:
"¡adiós, hijo menor!", y tu vida pasó.
95.
¡Ay, padre y padre mío! cuando
pienso
en lo que fue tu amor y tus filiales complacencias,
la angustia asaetea
la lágrima del corazón que de los ojos fluye.
96.
No tienes segundo como padre en la
tierra,
en el mimar al
hijo que acaricia en su regazo,
por mínima la aflicción que se me asome en el rostro,
tu misericordia, a seguida, te hace derramar lágrimas.
97.
Todas las alegrías se acabaron para
mí,
hasta la vida me es un estorbo.
¡Padre! mucho no esperarás
para, en la descansada patria, abrazarme.
98.
Interrumpió brevemente su soliloquio el
desgraciado,
dando tiempo a que las lágrimas se desatasen;
del piadoso moro que lo oía