de lástima casi estallaba el pecho.
99.
Puso la mano en el corazón y
articuló:
¿cuándo, decía, mis lágrimas brotarán
de compasión por mi padre, y echarle de menos
como los clamores del que gime?
100.
Por el amor secuestrado llora,
causa de mis lágrimas hechas arroyo;
él gime por su amor
al padre que murió, modelo de padres.
101.
Si lo que inunda sin cesar
mis ojos, fuera echar de menos
las caricias de mi padre y su amparo,
grande sería mi suerte y harto apetecible.
102.
Mas la estancada escasa agua,
que suele regar mi rostro y pecho,
procede, cierto, de mi padre, pero de su crueldad,
no de su amparo y patrocinio.
103.
Lo que llamaré cariño
de mi padre, es su doblez,
birlarme la dama, volverme desesperanzado,
agarrotarme de dolor y que mi vida se elimine.
104.
¿Habrá hijo como yo, hecho una
lástima,
cuya felicidad, obra del padre, es pena y lágrimas,
que no probó mínima alegría
de amorosa madre que presto la perdió?
105.
Tras breve silencio, volvió a oir
los quejidos del amarrado,
que decía: ¡Ay, Laura, alegría de mis deseos,
adiós te doy desde el seno del infortunio!
106.
Sea para tí toda bienandanza,
en presencia del que no es tu prometido esposo,
y no te despeñes por la vía donde se despeñó
tu amante olvidado y burlado.
107.
Aunque fuiste inhumana y falaz,
serás
siempre el norte de mis anhelos,
y, si es posible, hasta en la sepultura
mis huesos te venerarán.
108.
Apenas hubo dicho esto,
dos leones sofocados de ambular,
se le dirigieron con intención de devorarle,
pero se detuvieron delante de él.
109.
Parece que tuvieron piedad, dejando de ser
feroces,
del infeliz a quien trucidarían, imagen del dolor;
levantaron la vista como queriendo prestar oídos
al que no cesaba de sollozar.
110.
¿Qué sentiría, tal vez, este
ligado,
ahora que dos fieras se le encaran,
cuyos dientes y uñas solo podrían ofrecerle
muerte horrorosa?
111.
Nada puedo contar ya, mis lágrimas
corren,
enmudece mi narradora lengua;
mi corazón sintió fatiga por piedad suma
del mísero bloqueado por las torturas.
112.
¿Qué alma sensible no se
dolería
de la precaria situación del maniatado,
asiento de pesares, y todavía viendo
a los que a su carne y huesos deshebrarían?
113.
Creyendo, pues, este colmo de amargura
que su vida ya había traspuesto la raya,
sintió fiebre en el corazón, y perdió la voz,
que casi eran ininteligibles estos gemidos:
114.
Adiós, Albania, patria
de pérfidos y crueles, feroces y embaidores,
yo, tu salvador, a quien diste muerte,
siento por tí infinita misericordia.
115.
¡Que no salpiquen dentro de tus muros
picaduras
de la espada debeladora del enemigo;
que la tengas como la que esgrimió
la diestra del que fue tu baluarte seguro!
116.
Bascas te dio la promesa
de hacerte holocausto de su sangre,
y preferiste que bestias vertieran
la que por tu causa se hubiese dado toda.
117.
Desde mi infancia nada aspiré
que no fuera en tu obsequio y defensa.
¿No se intentó a veces tu sumisión
y mi brazo fue el que te hizo libre?
118.
Afrentosa muerte fue tu cínico
galardón,
pero te
seré agradecido
si, con estimación, y no con venganza, te portases
con la amada por quien hago duelo y que fue infiel.
119.
Aquella mi Laura que no arrancará
ni la muerte misma de mi leal pecho;
adiós, patria mía, adiós, adorada,
mentido amor que nunca se aparta de la mente.
120.
Patria sin alma, inconstante adorada,
Adolfo cruel, Laura embaucadora,
triunfad ya hoy y entregaos a la alegría,
que vuestros deseos se verán cumplidos.
121.
Ya tengo en frente la más
horripilante
cruel especie de muerte,
vuestra perversidad así será colmada
como mis desventuras.
122.
¡Infeliz de mí! Con que, ¡oh,
Laura!
¿habré de morir sin ser ya amado por tí?
Amargura de amarguras;
¿de mí quién hará memoria?
123.
Con que, para mi infortunio,
¿no tendrás miaja de lágrima?
Cuando descanse en la nada,
¿no me consagrarás recuerdo alguno?
124.
Estos pensamientos me asesinan;
corred ya, lágrimas mías; y, corazón mío,
derrítete;
abre, alma mía, y de los ojos salga;
caed, gotas de mi sangre, a porfía.
125.
Hecha paz con el dolor
por este olvido de mi adorado tormento;
llórese, no por mi vida,
sino por el amor harto malogrado.
126.
Por estas angustias que consternan,
no pudo reprimir el guerrero su compasión;
corrió tras las voces y las buscó,
abriéndose camino por medio del acero.
127.
La tupida maraña crugía
a los golpes del afiladísimo acero,
no dándose tregua el moro hasta dar
por donde los quejidos venían.
128.
Como a la altura de los ojos estaba el
sol
en su carrera al Poniente,
cuando halló el paradero
del amarrado, tan sin ventura.
129.
Cuando llegó cerca y alcanzó con la
vista
al que en sus
ataduras cercaron las penas,
perdió el conocimiento y lágrimas deslizó,
presos cuerpo y corazón de lástima.
130.
Ratos estuvo quedo y sin habla,
contuvo el aliento que se le escapaba,
e iba a adormecérsele, de compasión, la sangre,
no fuera por los bravos leones que amenazaban de pie.
131.
Hostigados por el hambre y la maña
devoradora,
cobraron saña, inmisericordia,
prestos los dientes y las garras recién afiladas,
para, a una, dar al maniatado el zarpazo.
132.
El pelo erizaron,
irguieron la cola que infundía terror
por la braveza y saña de su catadura,
cual Furia crugiendo los dientes.
133.
Empinados y preparadas
contra el atado cuerpo las uñas carniceras,
iban a echar ya la zarpa cuando se atravesó
el nuevo Marte de la tierra.
134.
Acosó de tajos a los dos leones,
como Apolo a la serpiente Pitón;
no hubo tajo que no hiciera carne
del cortante y probadísimo acero.
135.
Cuando esgrimía la diestra
mortífera,
y con la izquierda paraba los golpes,
los briosos leones perdían el tino,
que, instantes después, yacían cadáveres.
136.
Cuando triunfó el buen guerrero
de sus enemigos, las bestias feroces,
con lágrimas en los ojos desató las ligaduras
del infelicísimo que tenía perdido el conocimiento.
137.
Poseído de conmiseración el
ánimo
cuando vio la sangre brotar de los estigmas,
perdió la paciencia al querer desatar rápidamente
las enmarañadas espiras de la cuerda.
138.
Colocóse, pues, al lado
del fofo cuerpo, cual fresco cadáver,
y de un tajo cortó con la espada
la cuerda impía de probada resistencia.
139.
Se sentó y puso en su regazo,
desesperándose,
el cuerpo, que de agobio se le fue el aliento;
pasó las manos por el rostro y pulsó el pecho,
que su deseo fue
que recobrase el conocimiento.
140.
Por mirar a hito el desfallecimiento
del que tenía en su regazo tan soliviantado,
escudriñaba, causándole asombro
así la hermosura del porte como su fin.
141.
También asombraba al del bello
continente
su parecido y semejanza con el valiente guerrero;
y sintieran encanto los contempladores
ojos, si profunda lástima no se lo impidiese.
142.
Conturbadísimo estaba su
ánimo,
pero se serenó cuando pareció moverse
el que tenía en su regazo, tan alicaído,
despertándosele la vida en letargo.
143.
La cabeza abatida, abrió los
ojos,
un suspiro fue su primer saludo a la claridad,