seguido de un gemido que ponía lástima:
¿dónde estás, Laura, en este trance?
144.
Vente, querida mía, y mi prisión
deshaga,
si muero, acuérdate de mí;
y volvió a cerrar los ojos, desvaneciéndose sus quejidos.
El que le tenía en los brazos temía contestarle.
145.
Para evitar que recayese,
y acabara por apagarse el ya escaso aliento.
Esperó que verdaderamente sosegase
el ánimo del que tenía en su regazo, compendio del pesar.
146.
Cuando volvió a abrir los ojos llenóse
de pavor,
¿cómo? ¡suerte impía! ¡en manos del moro!
Quiso hurtar el cuerpo blandujo,
y, cuando no lo consiguió, rechinó sólo los dientes.
147.
Contestó el guerrero que no cobrase
miedo:
Serénate y divierte el ánimo;
hoy libre estás de todo daño,
te ampara quien te sostiene en sus brazos.
148.
Si te da bascas mi solicitud,
y ponzoña a tu corazón el no ser cristiano,
me avergüenza no acorrerte
en trance tan apurado que la suerte te deparó.
149.
Tu traje te revela
Albanés, y Persa el mío;
enemigo eres de mi patria y de mi secta,
mas tu infortunio de hoy nos vuelve camaradas.
150.
Moro soy, pero pío,
sujeto a los mandatos del cielo,
y en mi corazón viene grabada
la ley natural de compartir la desgracia del prójimo.
151.
¿Qué podría hacer yo, que
oí
tus quejidos que conturban,
amarrado, y a punto de recibir zarpazos
de dos fieros leones llenos de saña?
152.
Suspiró el que iba en el regazo,
y al solícito moro contestó:
Si no me hubieras desamarrado del tronco del árbol,
sepultado estaría ya en el vientre del león.
153.
Aliviado ya este pecho,
y no obstante mostrarte mortal enemigo,
no permitiste que trizas hicieran
de mi cuerpo, vida y padecimientos.
154.
Tu misericordia no imploro,
que me quites la vida es la misericordia que deseo;
no sabes los tormentos que sufro,
que la muerte es la vida que pido.
155.
Aquí se le escapó un grito de
conmiseración
al moro piadoso y lágrimas descuajó
en respuesta a las palabras oídas,
reclinándose extenuado.
156.
Al cabo, ambos quedaron mudos,
sin lograr sobreponerse a los asaltos del dolor,
enajenados de ánimo, hasta que se escondió
y acostó Febo en su lecho de oro.
157.
Cuando notó el piadoso moro
que la débil claridad en el bosque se disipaba
rastreó las huellas por donde anduvo,
y llevó al que tenía en los brazos donde procedió.
158.
Allá donde primeramente
recaló,
cuando penetró en el bosque el aguerrido moro,
y, en una ancha y limpia roca,
amorosamente recompuso al que con él trujo.
159.
Sacó de sus provisiones algo que
comer,
invitó cariñosamente al apenado a que probase bocado;
aunque se negaba, se dejó persuadir
por blandas y halagadoras palabras.
160.
Algún ánimo cobró,
porque el hambre ya no acosaba,
y, sin querer, quedó dormido
en el regazo del bizarro guerrero.
161.
Este no cerró los ojos en toda la
noche,
y por cuidarle pasóla en vigilia,
temiendo que le acometiesen
sañudas fieras que por el bosque rampaban.
162.
A cada despertar suyo del ligero
sueño,
el atribulado prorrumpía en quejas,
que cual dardos se clavaban
en el pecho del moro piadoso y bienhechor.
163.
A la madrugada quedó profundamente
dormido,
y descansó un poco de sus fatigas,
hasta que Aurora impelió a las sombras,
no soltó gemido, ni queja.
164.
Fue la causa que concilió
cinco pesares que se revolvían
y tranquilizó al corazón doliente,
cobrando fuerzas nuevas el cuerpo maltrecho.
165.
Por donde, al esparcir por el orbe
su dorada cabellera el alegre sol,
se incorporó despacioso y agradeció
al cielo las recobradas fuerzas del cuerpo.
166.
Cuál no sería el gozo del
ínclito guerrero,
que abrazó repentinamente al cuitado,
y si antes, de piedad, le brotaron las lágrimas,
hoy, de alegría, le corrían, a chorros.
167.
Mis palabras no bastan a narrar cuán
grande
fue el agradecimiento del maltraído,
y, no fuera el pesar por su amor sin ventura,
la alegría todo lo hubiera disipado.
168.
Que la pena de amor nacida,
por más que huya del pecho,
presto volverá,
y todavía con mayor saña.
169.
Así que, apenas logró
tocar
la alegría la membrana del corazón afligido,
la angustia la arrojó,
y su dardo, luego, hincó.
170.
Apesaramientos estrecharon nuevamente su
pecho;
(yugo es el amor tan recio de sobrellevar),
y, si el moro de Persia no le consolase,
de fijo el aliento se le habría ido.
171.
Te consta mi aprecio,
(dijo el persiano al escuchimizado duque);
deseo conocer el origen de tu desventura,
por si existe el remedio, aplicarlo.
172.
Contestó el cuitado que: no sólo el
origen
de mi sufrimiento he de contar,
sino toda la vida desde que nací,
para cumplir con tus deseos y ruego.
173.
Se sentaron, uno al lado del otro, al pie del
árbol,
el pío moro y el apesarado,
después narró, saltándole las lágrimas,
toda su vida hasta caer en sin igual cautiverio.
174.
En un ducado del reino de Albania,
allí vi la luz primera;
mi ser deuda es que recibí
del duque Briseo, ¡ay! mi padre amado.
175.
Ahora estás en esa tranquila
patria,
en presencia de mi madre idolatrada,
la princesa Floresca, tu dilecta esposa;
recibe las lágrimas que escaldan mi rostro.
176.
¿Por qué vi la luz en
Albania,
patria de mi padre, y no en Crotona,
bulliciosa ciudad y tierra de mi madre?
Así mi vida no fuera tan trabajada.
177.
El duque mi padre era privado y
consultor
de rey Linceo en todos los negocios,
segundo jerarca del reino entero,
e imán del amor del pueblo.
178.
En la prudencia, era modelo de todos,
y en el valor, la cabeza de la ciudad,
incomparable en saber amar a sus hijos,
guiarles y enseñarles sus deberes.
179.
Me alucina, aún ahora,
el comodín cariñoso de mi señor padre,
cuando criatura y de brazos llevar era:
"Florante, mi singular flor."
180.
Este es mi nombre desde niño,
y con que padre y madre me criaron,
apodo que dice bien a "sollozante"
y a "estrechado por el infortunio."
181.
Toda mi infancia ya no relataré
nada de valer ha sucedido,
sino cuando niño a punto iba de ser cogido por las garras
de un buitre, ave de rapiña.
182.
Mi madre, dice, que dormía
en la quinta que daba al monte,
entró el ave cuyo olfato alcanzaba,
de animales muertos, hasta tres leguas.
183.
A los gritos de mi madre idolatrada,
entró el primo mío, de Epiro procedente,
por nombre
Menalipo, que portaba flecha;
disparó, y el ave murió instantáneamente.
184.
Un día que comenzaba a andar,
jugaba en medio de la sala,
entró un halcón y pilló rápidamente con las garras
el cupidillo de diamante que adornaba mi pecho.
185.
Cuando arribé a los nueve
años,
mi diversión favorita era el collado,
las saetas en el carcaj y el arco en el regazo,
para matar animales y flechar pájaros.
186.
Las mañanas, cuando comenzaba a
tender
el hijo del sol sus bulliciosos rayos,
me entretenía cerca del bosque