con una junta de camaradas.


187.


Hasta ponerse en el cénit

el rostro de Febo, imposible de mirar a hito,

recogía la alegría,

ofrenda de la generosa solanera.


188.


Recibía lo que esparcía

el perfume alegrante de las flores,

jugaba con mi propia sombra,

la tímida brisa y las avecillas volanderas.


189.


Cuando divisaba alguna pieza

en el cercano, talludo monte,

rápidamente armaba la flecha en el arco

y de un flechazo, al punto, quedaba atravesada.


190.


Cada uno de la comitiva pujaba por ser

el primero en agavillar lo que mataba,

y las espinas del zarzal no se sentían,

porque la alegría les inmunizaba.


191.


Ciertamente era de ver

los caracoleos de los de la reata,

y, si conseguían atrapar el cadáver del animal,

¡qué de tararira resonante dentro del calvero!


192.


Si del arco-juguete me cansaba,

me sentaba al lado del manantial corriente,

y me miraba en el cristal de sus aguas,

aspirando la frescura que regalaba.


193.


Me eran aquí embeleso las cantigas suaves

de las náyades que holgaban en el arroyo,
[26]

los sonidos de la lira que acompañaban las canciones
[27]

eficaz sedante eran de la melancolía.


194.


Por la dulzura inefable de los timbres

de las alegres ninfas que recitaban,
[28]

quedaban atraídas las voladoras

aves de toda especie, a cuál más hermosa.


195.


Así que en la rama del árbol que extendía sus brazos

sobre el delicioso arroyo venerado
[29]

por el pagano ciego, rebrincaban,

oyendo los cármenes dialogados.


196.


¿Para qué he de narrar las alegrías

de mi infancia, harto prolijas?

El amor de mi padre fue la causa

de que dejase yo aquel bosque de paz.


197.


Tengo para mí que, respecto al amor,

al niño no debe criarse en la holgura,

que el que a la alegría se acostumbra,

cuando crezca no ha de esperar dicha.


198.


Y porque el mundo valle es de lágrimas,

los hombres han menester de fortaleza del corazón;

si la alegría dice mal con la adversidad,

¿con qué entonces se hará frente a la crueza del dolor?


199.


El hombre dado a entretenimientos y placeres,

flaco es de corazón y harto susceptible,

aprehensión no más del desasosiego

que avecina, ya no sabrá cómo arreglárselas.


200.


Cual planta criada en el agua,

que las hojas se ajan al menor desriego,

y la agosta un momento de calor;

así es el corazón que en la alegría se imbuya.


201.


La más pequeña contrariedad se trueca en grande,

por la inexperiencia del corazón en sobrellevarla,

cuando, en el mundo, no hay abrir y cerrar de ojos,

en que el hombre no tropiece.


202.


Los que en las comodidades se crían, desnudos

de discurso y bondad andan, y de consejo horros;

acre fruto es del falso aprecio,

el desmedido amor de los padres a los hijos.


203.


De la muletilla "benjamín" y del insensato cariño,

lo que pervierte al niño, nace,

tal vez, algo de la negligencia

de los que deben enseñar perezosos padres.


204.


Todo esto sabíalo mi padre,

así que las lágrimas de mi madre desatendió,

y me envió a Atenas
[30]

para que mi ciega inteligencia allí se abriera.


205.


Mi educación la encomendó

a un prudente y sabio maestro,

de la raza de Pitaco, por nombre Antenor;
[31]

mi tristeza no era para decir, cuando allí arribé.


206.


Un mes largo de talle que no probé bocado,

que las lágrimas no restañaban,

pero tuve paz, merced a la buena voluntad

del ilustre maestro que me educó.


207.


De entre los estudiantes que allí alcancé,

de mi edad y juventud,

uno era Adolfo, mi paisano,

hijo del conde Sileno, de alta fama.


208.


Sus años excedían en dos

a los que llevaba de once,

era el de más prestigio en la escuela,

y el más hábil de los compañeros.


209.


Pulcro y nada díscolo,

solía andar con los ojos bajos,

mesurado en el hablar y poco amigo de querellas,

aun con la injuria, no salía de quicio.


210.


En fin, en prudencia era modelo

de la estudiantil compañía;

ni en obra ni en dichos podría cogérsele

nimiedad en desdoro del buen comedimiento.


211.


Como que ni la sagacidad de nuestro maestro,

ni su experiencia de las cosas del mundo,

pudieron calar la profundidad y las tendencias

secretísimas del taimado corazón de Adolfo.


212.


Yo, que desde la infancia aprendí

de mi padre aquella rectitud ajena al qué dirán;

(aquella que frutos da de bendición,

que inclinan al corazón al amor y al respeto).


213.


De la que era admiración de la escuela,

rectitud de Adolfo mostrada,

no cataba aquella dulzura que

de los caracteres de mi padre y de mi madre eran sabroso fruto.


214.


Mi corazón inclinábase a amarle,

no sé qué repugnancia mutua

nos tuvimos Adolfo y yo;

percibíalo, aunque no daba con la causa.


215.


Corrieron los días, y la infancia

de mi aprendizaje fue,

mi prudencia se afirmó y la sabiduría

alumbró mi ciego entendimiento.


216.


Llegué a la raíz de la Filosofía,

la Astrología conocí,

y me hice diestro en el asombroso

y útil conocimiento de las Matemáticas.


217.


A los seis años de curso,

estas tres disciplinas del saber llegué a abrazar,

mis camaradas se asombraron,

incluso el maestro, cuyo contento no era poco.


218.


Mi aprovechamiento pareció increíble,

aun a Adolfo dejé en medio de la senda,

y la ruidosa fama difundidora,

lo trompeteó en todo Atenas.


219.


Así que fui la comidilla

y materia de conversaciones;

desde el niño al más anciano

tuvieron conocimiento de mi nombre.


220.


Cayósele entonces a mi paisano

la máscara de humildad con que se disfrazaba;

humildad ficticia,

que se conocía no ser ingénita en Adolfo.


221.


Súpose que, si se vistió

de humildad insincera,

era para añadir al buen entendimiento

la honra de ser manso y bueno.


222.


Este secreto se descubrió cuando

llegó el día de honesta holganza,

porque los estudiantes, niños y jóvenes,

habíamos preparado toda clase de justas y torneos.


223.


Comenzó el bureo en la danza,

por causa de la música y poesía que alternaban;

vino luego la lucha y esgrima que ponían a prueba

la bizarría y habilidad de cada uno.


224.


Después representamos la tragedia

de los dos nietos de una misma madre,
[32]

y hermanos del padre que les crio,

hijo y esposo de la reina Yocasta.


225.


Me tocó el papel de Eteocles,

y el de Polinice, a Adolfo.

un condiscípulo representó a Adrasto,
[33]

y el de Yocasta, al ilustre Minandro.


226.


Al comenzar la primera escaramuza,

donde jugamos papel de enemigos en lidia,

cuando debió decir que yo le reconociese,

que era hermano mío, hijo de Edipo,
[34]


227.


Se inyectaron de sangre los ojos y dijo,

no lo que rezaba el original,

sino el decir: "Tú, que arrebataste

mi honra, debes morir."


228.


Y al mismo tiempo me acometió

con el acero mortífero que tenía preparado,

y, si no me hubiera hurtado de él, me hubiese tendido en el suelo

con los tres desaforados tajos que soltó.


229.


Como cayera a fuerza de huir el bulto,