A punto ya de contar lo sucedido

en el pueblo de Atenas de donde venía,


275.


Hizo su aparición y esparció

su brillo el lucero émulo de Venus,
[35]

como si acabase de surgir de la nieve,

con la cabellera derramándose por la espaldilla de color perla.


276.


Dicha segunda, si no Paraíso

lo que lanzaba su cándida mirada,

o, felicidad, brote del amor,

reclamo de Cupido sutil e intangible.
[36]


277.


La llama del rostro no se diferenciaba

de la de Febo al amanecer;

cuerpo atildado, bien rimado

y muy en armonía con la modestia de su porte.


278.


En alegría se asemejaba

a la flor recién abierta por el rocío;

y, quienquiera que la viese,

cadáver o avenates de locura tendría si no amase.


279.


Esta es la Laura que aniquila

mi pensamiento cada vez que miento,

y la causa de mis desesperaciones y lloros

que prestan tono tan melancólico a mis palabras.


280.


Hija de Linceo, rey malogrado,

y cifra de mis ilusiones;

¿por qué permitió el alto cielo

que la viese, si yo no la merecía?


281.


¡Oh, rey Linceo! si no la obligaste

a tomar parte en nuestra plática,

mi vida no hubiera sufrido,

hoy que la traicionó tu hija amada.


282.


No, amigo mío, Laura no es infiel;

no sé el por qué de su olvido;

mi suerte es la de befa y escarnio

indigna para el gozo y la alegría.


283.


¿Podría acaso la traición asirse

a la riqueza del cielo en belleza?

Hermosura, ¿por qué no te desenredas

de los atropellados y traicioneros pasos?


284.


¿No era tu razón, puesto en trance

de claudicar en medio de las tentaciones:

que tu honradez era, con mucho,

superior a carecer de hermosura y brillo?


285.


¿Era todavía esto ineficaz para atajar

tu inconsistencia y perversa inclinación?

Cual culmine en grandeza,

tal tableteará cuando de bruces caiga.


286.


¡Oh, bizarro guerrero apiadado de mí!

a la aparición ya de la nueva estrella,

y desde que la vi, de súbito, el amor

arrebató el corazón ofrendado a mi madre.


287.


Es decir, las lágrimas que mi rostro surcaron,

al ser huérfano de madre,

se consagraron a Laura, y mi corazón se llenó de terror

por la irreverencia, acaso, que tal acto supondría.


288.


No acertaba con las palabras,

por mi alboroto y enajenamiento de ánimo;

cuando tomó parte en nuestra reunión, aquellas

salían desgarbadas aunque las acicalaba.


289.


Cuando terminó la conversación,

era hombre al agua;

turbada el alma y el corazón abrasado

por la llama del primer amor.


290.


Tres días me hospedó el rey

en el palacio real, insigne en opulencia;

y no conseguí hablar con la causa de mis males

y que confiaba me daría dicha.


291.


Aquí probé mayor dureza,

superior a la primera de marras,

y di por mentidos todos los pesares

comparados con los que del amor nacían.


292.


Gracias que al día siguiente,

cuando el ejército marchaba para Crotona,

la suerte me deparó instantes para hablar

con la princesa que cautivó mi ser.


293.


Expuse, con palabras amorosas,

suspiros, lágrimas y gemidos,

el amor sañudo que me ahogaba,

y sigue ahogando mi destartalada vida.


294.


El recio corazón del milagro de hermosura,

sintió piedad de mis cuitas,

y, no fuera porque su ingénita entereza

puso veto, mi amor sería bienhallado.


295.


Pero, si el no llegó a decir,

el nublado de amor se abrió y disipó,

dándome, a mi salida, mantenimiento

de vergonzantes perlas escurridas de sus ojos.


296.


Llegó el día de la marcha.

¿Quién soportará el dolor que me invadió?

En mi corazón ¿qué mal

hubo que no clavó su dardo?


297.


¿Habrá, tal vez, pena que supere en amargor

al del amante ausente del bien amado?

Sólo imaginarlo, aun sin realizarse, basta

para abatir al corazón más endurecido.


298.


¡Oh, ofrecedores de fragante pebete

al gran altar del dios Cupido,

vosotros comprendeis mi dolor

al quedar huérfano de Laura amada!


299.


Y, no fuera por las lágrimas con que fui proveído,

hubiera ya muerto antes de sufrirlo,

dolor que no mitigó hasta nuestro arribo

al enmantado pueblo de Crotona.


300.


El fuerte iba ya a saltar a los golpes

de las máquinas de sitio,

cuando atacamos yo y mi ejército,

poniendo en apuro al que sitiaba la ciudad.


301.


Aquí de la carnicería sin cuartel,

que a Atropos hubo de fatigar,

por la siega y corte de vidas

de los moribundos que en sangre nadaban.


302.


Vista por el gran general Osmanlic

mi braveza en el combatir,

siete filas yuxtapuestas de acero

abrió con su cimitarra para alcanzarme.


303.


A derecha e izquierda suya yacían

mis bravos soldados;

se acercó a mí con ojos fulminantes,

vente, dijo, y peleemos......


304.


No nos separamos por cinco horas,

hasta que se agotó la piedra del valor;

al darle muerte, hubo duelo del cielo

por el guerrero pasmo de la tierra.


305.


Entonces entró el terror

en el enemigo, que pareció atacado de peste

por el diezmador acero de Minandro famoso,

pronunciándose
campo
y
victoria
a nuestro favor.


306.


Este triunfo alivió de la tristura

a los sajados por la inclemencia;

el peligro se convirtió en alegría,

y la puerta de la ciudad abrióse presto.


307.


Nos salió al encuentro el poderoso rey

seguido de todo el pueblo hecho libre;

el agradecimiento se desbordaba,

con tropel ditirámbico, de las lenguas.


308.


Aquel pueblo maltrecho y recién repuesto

de las enconadas asechanzas del enemigo,

por su libertad, a porfía,

se me acercaba, para besar mi traje.


309.


A los gritos de la vocinglera Fama,[37]

los
vivas
incesantes se inmiscuían,

los desordenados "gracias a tí, salvador nuestro",

oyeron en el cielo las estrellas.


310.


Subió de punto la alegría cuando se supo

que era nieto del rey que veneraban,

ni era menos, asimismo, la del monarca;

las lágrimas deban fe del regocijo.


311.


Subimos al palacio famoso

y descansaron los soldados de sus fatigas,

pero el pueblo, casi por tres días,

olvidó su costumbre de dormir.


312.


Aun en la alegría nuestra de mi abuelo rey,

mezclábase con alevosía el dolor,

y la muerte de mi madre dilecta,

ha tiempo agostada, volvió a reverdecer.


313.


Aquí creyeron mis pocos años,

que en el mundo no hay dicha completa;

que por una sola alegría, apercibidos vienen

siete pesares, y hasta sin tasa.


314.


A los cinco meses en Crotona,

pugné por volver al reino de Albania.

¿Qué obstáculo habrá para los llamamientos del amor,

mucho más si, a lo que se va, es a una Laura?


315.


A pesar de nuestra forzada marcha,

me aburría y deseaba volar.

¡Oh, cuando vi las murallas de la ciudad,

mis presentimientos fueron mortales!


316.


Y era que lo que flotaba

en el fuerte no era bandera cristiana,

sino la Desjarretadera, e invadido el reino
[38]

por Aladín, peste del pueblo que entraba a saco.


317.


Hice alto con el ejército que acaudillaba,

al pie de un monte con derrumbaderos;

de repente divisamos

patrulla mora en lenta marcha.


318.


Custodiaba una doncella atada,