a nuestro juicio, para decapitarla;
mi corazón dio un vuelco,
presintiendo fuera Laura, mi vida.
319.
Así que no pude contener el impulso del
ánimo,
y acometí, de repente, a los moros;
¡suerte fue del que huyó que no halló su muerte
en mi mortífero acero que esgrimía a toda furia!
320.
Cuando ya no hubo en quien descargarla,
me acerqué a la enmudecida prisionera,
y, cuando descorrí lo que encubría su rostro,
¡cielos, era Laura! ¿habrá mayor infortunio?
321.
La iban a decapitar por no allanarse
a los torpes apetitos del emir de la ciudad;
el osado rijoso, conduciéndose cual bestia,
abofeteó al paradigma de la hermosura.
322.
A escape desligué de las manos
la cuerda inhumana e irrespetuosa,
mis dedos, de
devoción, se recataban
de tocar una piel tan digna de respeto.
323.
Aquí recibió confortante
mirada
el corazón herido de amor,
día de dicha en que por primera vez oí
amado Florante
de los labios de Laura.
324.
Cuando supe que estaban en la
cárcel
el dechado monarca y mi dilecto padre,
di órdenes al ejército y asaltamos, sin tregua,
hasta rescatar la patria Albania.
325.
Ya dentro de sus muros,
a la cárcel ocurrí primeramente,
saqué al rey y al duque, mi padre,
y, de entre los magnates, a Adolfo.
326.
Inmensa fue la alegría del rey
y la de los ya libres próceres,
a Adolfo únicamente angustiaba
el honor por mí conquistado.
327.
Su envidia subió de punto,
cuando fui llamado salvador de la ciudad,
por quien celebró fiestas el magnánimo rey
en el palacio real con toda largueza.
328.
Supo luego que me apreciaba
la belleza por quien él suspiraba:
el conde Adolfo se moría
por la corona y las manos de Laura.
329.
Tomó cuerpo la semilla traída de
Atenas,
la plantó con objeto de causar mi perdición;
para Adolfo nada hay tan grimoso
como mi vida, que no logra eliminar.
330.
No trascurrieron meses de alegría del
reino
y de acciones de gracias por su libertad,
arribó un ejército asolador,
procedente de Turquía, asaz inhumana.
331.
Aquí del peligro y torcimiento de
manos
de todo un pueblo sacado de la sumisión;
principalmente, Laura, cuyo temor
me fuera infausta la suerte en el encuentro.
332.
Como fui el general nombrado
por el rey del ejército que haría frente al moro,
se serenó, de su terror, el ánimo del pueblo,
pero fue como envenenado el corazón de Adolfo.
333.
Porque quiso el cielo que venciera
al ejército del afamado Miramolín,
comenzó el día de pánico
de los crudos muslimes para con el reino de Albania.
334.
Aparte esto, de varias divisiones del
enemigo
fui triunfando seguidamente,
de manera que mi pujante acero
fue temido por diez y siete reyes.
335.
Un día que acababa de ganar una
batalla
en la ciudad de Etolia que invadí,
recibí de mi rey carta,
ordenándome, con apremio, el regreso a Albania.
336.
Y el mando del ejército que
guiaba
encomendase a Minandro.
Partí en el acto del reino de Etolia,
por obediencia al rey, y marché para Albania.
337.
Llegué muy cerrada la noche,
entrando en el reino, sin preocupación alguna;
a seguida fui sitiado ¡gran traición!
por unos treinta mil alfanjeros.
338.
No me dieron tiempo de desenvainar
la espada que llevaba y de repelerlos;
ataron todo mi cuerpo,
aherrojándome brutalmente en la cárcel.
339.
Excusado decir mi asombro y tristeza,
sobre todo al saber que asesinó al rey
el conde Adolfo, haciendo otro tanto
con mi padre amado, que se complacía en su hijo.
340.
El deseo de enriquecerse y ser rey,
y su sed de mi sangre impulsaron
al corazón del conde a valerse de celadas.
¡Oh, infortunada ciudad de Albania!
341.
Más desdichada eres que la
gobernada
por un ignorante y tirano;
que el rey sediento de riqueza
es el cielo duro castigo al pueblo.
342.
Soy todavía más infeliz, y defraudado
en amor;
¿habrá acaso mayor duelo que oir
que mi princesa, con ahinco, prometió
casarse con el conde Adolfo infame?
343.
Este es el que inyectó eficaz
veneno
en las venas de mi corazón doliente,
y deseó que mi vida acelerase,
y a la nada, de donde vino, volviese.
344.
Durante los diez y ocho días de
prisión,
me aburrí de no morir;
de noche me sacaron y empujaron
a este bosque donde fui atado.
345.
Por segunda vez gira ya Febo
sobre la tierra desde que me amarraron;
y, cuando creí despertar en otro mundo,
al abrir los ojos, me encontré en tus brazos.
346.
He aquí mi vida de anudados
males,
y todavía sin saber cuál sería su último
destino....
Aquí se cortó la larga narración,
tomando entonces la palabra el moro:
347.
Ya que de tu vida vine en conocimiento,
conocerás también la de con quien hablas.
Yo soy el Aladín, de la ciudad de Persia,
vástago del ilustre sultán Ali-Adab.
348.
Por este rocío que cae cual
aguacero,
deducirás lo que fue mi vida....
¡Ay, padre mío! ¿Por qué ... ? ¡Ay, Flérida,
mi alegría!
Amigo, permite que paz haya.
349.
Seamos ya dos los que las lágrimas
aniquilen,
ya que somos uno en el infortunio;
esperemos en este bosque la jornada final
de nuestra vida, tan brava y rudamente trabajada.
350.
Florante guardó religioso
silencio,
y sollozó todavía más que Aladín.
Vivieron en el bosque como unos cinco meses;
una mañana decidieron explayarse.
351.
Recorrieron el interior del bosque,
aunque los rastros apenas se reconocían;
entonces narró el célebre Aladín
su vida harto lastimosa.
352.
En las guerras, decía, donde
intervine,
no me costó trabajo el luchar,
como cuando luché con el corazón diamantino
de Flérida amada, por quien, sin duelo, padezco.
353.
Cuando formaba piña con las
princesas,
era Diana en medio de las ninfas,
así que la tenían en el reino de Persia
por una de las Huríes de los profetas.
354.
Fortuna fue que venciera
con la constancia su corazón reacio;
mas, al proyecto de hacer de dos pechos uno,
se atravesaron los amores de mi padre.
355.
Entonces comenzaron las tribulaciones
mías, y a desear mi padre que la vida perdiese;
y, cuando triunfé en la ciudad de Albania,
a mi llegada a Persia presto me encerró en la cárcel.
356.
Y el cargo que me hacía,
que sin orden suya abandoné el ejército;
y, cuando corrió la noticia de que el reino rescataste,
decidió que se me decapitara.
357.
En la funesta noche del día
siguiente,
en que sería un hecho mi decapitación,
un general entró en la cárcel
portando un indulto que aún era peor que la muerte.
358.
Era orden precisa que en el momento
saliese,
que el alba no me cogiese en el reino de Persia,
y cualquier incumplimiento pagaría con la vida;
la acaté porque era orden del rey mi padre.
359.
Pero a mi corazón era preferible
que vida tan lastimosa me la quitasen;
nada de una vida ilusoria
cuando otro aupa en su regazo a mi cielo y alegría.
360.
Hará hoy unos seis años que sin
descanso
voy vagando con las penas a cuestas;
se detuvo aquí: percibieron
rumor de palabras dentro del bosque.
361.
Oyeron la siguiente relación:
Cuando supe que iban a decapitar
a mi infeliz bien amado asegurado en la mazmorra,
me eché a los pies del hipócrita rey.
362.
Lágrimas y quejidos mendigaron el
perdón
del propio hijo que era mi todo bien y cariño,