De amante pecho lánguido latido,

900

Sentimiento inefable de ternura,

Suspiro fiel de amor correspondido,

El primer sí de la mujer aun pura.

«Para mí los amores acabaron;

Todo en el mundo para mí acabó;

905

Los lazos que a la tierra me ligaron

El cielo para siempre desató,»

Dijo su acento misterioso y tierno,

Que de otros mundos la ilusión traía,

Eco de los que ya reposo eterno

910

Gozan en paz bajo la tumba fría.

Montemar, atento sólo a su aventura,

Que es bella la dama y aun fácil juzgó,

Y la hora, la calle y la noche oscura

Nuevos incentivos a su pecho son.

915

«—Hay riesgo en seguirme.—Mirad ¡qué reparo!

—Quizá luego os pese.—Puede que por vos.

—Ofendéis al cielo.—Del diablo me amparo.

—Idos, caballero, no tentéis a Dios.

—Siento me enamora más vuestro despego,

920

Y si Dios se enoja, pardiez que hará mal;

Veame en vuestros brazos y máteme luego.

—¡Vuestra última hora quizá ésta será!...

Dejad ya, Don Félix, delirios mundanos.

—¡Hola, me conoce!—¡Ay! ¡temblad por vos!

925

¡Temblad no se truequen deleites livianos

En penas eternas!—Basta de sermón,

Que yo para oírlos la cuaresma espero;

Y hablemos de amores, que es más dulce hablar;

Dejad ese tono solemne y severo,

930

Que os juro, señora, que os sienta muy mal.

La vida es la vida: cuando ella se acaba,

Acaba con ella también el placer.

¿De inciertos pesares por qué hacerla esclava?

Para mí no hay nunca mañana ni ayer.

935

Si mañana muero, que sea en mal hora

O en buena, cual dicen, ¿qué me importa a mí?

Goce yo el presente, disfrute yo ahora,

Y el diablo me lleve siquiera al morir.

—¡Cúmplase en fin tu voluntad, Dios mío!—»

940

La figura fatídica exclamó;

Y en tanto al pecho redoblar su brío

Siente Don Félix y camina en pos.

Cruzan tristes calles,

Plazas solitarias,

945

Arruinados muros,

Donde sus plegarias

Y falsos conjuros,

En la misteriosa

Noche borrascosa,

950

Maldecida bruja

Con ronca voz canta,

Y de los sepulcros

Los muertos levanta,

Y suenan los ecos

955

De sus pasos huecos

En la soledad;

Mientras en silencio

Yace la ciudad,

Y en lúgubre són

960

Arrulla su sueño

Bramando Aquilón.

Y una calle y otra cruzan,

Y más allá y más allá;

Ni tiene término el viaje,

965

Ni nunca dejan de andar.

Y atraviesan, pasan, vuelven,

Cien calles quedando atrás,

Y paso tras paso siguen,

Y siempre adelante van;

970

Y a confundirse ya empieza

Y a perderse Montemar,

Que ni sabe a dó camina,

Ni acierta ya dónde está;

Y otras calles, otras plazas

975

Recorre, y otra ciudad,

Y ve fantásticas torres

De su eterno pedestal

Arrancarse, y sus macizas,

Negras masas caminar,

980

Apoyándose en sus ángulos,

Que en la tierra en desigual,

Perezoso tranco fijan;

Y a su monótono andar,

Las campanas sacudidas

985

Misteriosos dobles dan,

Mientras en danzas grotescas,

Y al estruendo funeral,

En derredor cien espectros

Danzan con torpe compás;

990

Y las veletas sus frentes

Bajan ante él al pasar,

Los espectros le saludan,

Y en cien lenguas de metal,

Oye su nombre en los ecos

995

De las campanas sonar.

Mas luego cesa el estrépito,

Y en silencio, en muda paz

Todo queda, y desparece

De súbito la ciudad:

1000

Palacios, templos, se cambian

En campos de soledad,

Y en un yermo y silencioso,

Melancólico arenal,

Sin luz, sin aire, sin cielo,

1005

Perdido en la inmensidad.

Tal vez piensa que camina,

Sin poder parar jamás,

De extraño empuje llevado

Con precipitado afán;

1010

Entretanto que su guía,

Delante de él sin hablar,

Sigue misteriosa, y sigue

Con paso rápido, y ya

Se remonta ante sus ojos

1015

En alas del huracán,

Visión sublime, y su frente

Ve fosfórica brillar

Entre lívidos relámpagos

En la densa oscuridad,

1020

Sierpes de luz, luminosos

Engendros del vendaval;

Y cuando duda si duerme,

Si tal vez sueña o está

Loco, si es tanto prodigio,

1025

Tanto delirio verdad,

Otra vez en Salamanca

Súbito vuélvese a hallar,

Distingue los edificios,

Reconoce en dónde está,

1030

Y en su delirante vértigo

Al vino vuelve a culpar,

Y jura, y siguen andando,

Ella delante, él detrás.

«¡Vive Dios! dice entre sí,

1035

O Satanás se chancea,

O no debo estar en mí,

O el Málaga que bebí

En mi cabeza aun humea.

«Sombras, fantasmas, visiones....

1040

Dale con tocar a muerto,

Y en revueltas confusiones,

Danzando estos torreones

Al compás de tal concierto.

«Y el juicio voy a perder

1045

Entre tantas maravillas.

¡Que estas torres llegue a ver,

Como mulas de alquiler,

Andando con campanillas!

«¿Y esta mujer quién será?

1050

Mas si es el diablo en persona,

¿A mí qué diantre me da?

Y más que el traje en que va

En esta ocasión le abona.

«Noble señora, imagino

1055

Que sois nueva en el lugar:

Andar así es desatino;

O habéis perdido el camino,

O esto es andar por andar.

«Ha dado en no responder,

1060

Que es la más rara locura

Que puede hallarse en mujer,

Y en que yo la he de querer

Por su paso de andadura.»

En tanto Don Félix a tientas seguía,

1065

Delante camina la blanca visión,

Triplica su espanto la noche sombría,

Sus hórridos gritos redobla Aquilón.

Rechinan girando las férreas veletas,

Crujir de cadenas se escucha sonar,

1070

Las altas campanas, por el viento inquietas,

Pausados sonidos en las torres dan.

Rüido de pasos de gente que viene

A compás marchando con sordo rumor,

Y de tiempo en tiempo su marcha detiene,

1075

Y rezar parece en confuso són,

Llegó de Don Félix luego a los oídos,

Y luego cien luces a lo lejos vió,

Y luego en hileras largas divididos,

Vió que murmurando con lúgubre voz

1080

Enlutados bultos andando venían;

Y luego más cerca con asombro ve

Que un féretro en medio y en hombros traían

Y dos cuerpos muertos tendidos en él.

Las luces, la hora, la noche, profundo,

1085

Infernal arcano parece encubrir.

Cuando en hondo sueño yace muerto el mundo,

Cuando todo anuncia que habrá de morir

Al hombre que loco la recia tormenta

Corrió de la vida, del viento a merced,

1090

Cuando una voz triste las horas le cuenta,

Y en lodo sus pompas convertidas ve,

Forzoso es que tenga de diamante el alma

Quien no sienta el pecho de horror palpitar,

Quien como Don Félix, con serena calma,

1095

Ni en Dios ni en el diablo se ponga a pensar.

Así en tardos pasos, todos murmurando,

El lúgubre entierro ya cerca llegó,

Y la blanca dama, devota rezando,

Entrambas rodillas en tierra dobló.

1100

Calado el sombrero y en pie, indiferente

El féretro mira Don Félix pasar,

Y al paso pregunta con su aire insolente

Los nombres de aquellos que al sepulcro van.

Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera,

1105

Cuando horrorizado con espanto ve

Que el uno Don Diego de Pastrana era,

Y el otro ¡Dios santo! y el otro era él!...

Él mismo, su imagen, su misma figura,

Su mismo semblante, que él mismo era en fin;

1110

Y duda, y se palpa, y fría pavura

Un punto en sus venas sintió discurrir.

Al fin era hombre, y un punto temblaron

Los nervios del hombre, y un punto temió;

Mas pronto su antiguo vigor recobraron,

1115

Pronto su fiereza volvió al corazón.

«Lo que es, dijo, por Pastrana,

Bien pensado está el entierro;

Mas es diligencia vana

Enterrarme a mí, y mañana

1120

Me he de quejar de este yerro.

«Diga, señor enlutado,

¿A quién llevan a enterrar?»

«—Al estudiante endiablado

Don Félix de Montemar,»

1125

Respondió el encapuchado.

«—Mientes, truhán.—No por cierto.

—Pues decidme a mí quién soy,

Si gustáis, porque no acierto

Cómo a un mismo tiempo estoy

1130

Aquí vivo y allí muerto.

«—Yo no os conozco.—Pardiez,

Que si me llego a enojar,

Tus burlas te haga llorar

De tal modo que otra vez

1135

Conozcas ya a Montemar.

«¡Villano!... mas esto es

Ilusión de los sentidos,

El mundo que anda al revés,

Los diablos entretenidos

1140

En hacerme dar traspiés.

«¡El fanfarrón de Don Diego!

De sus mentiras reniego,

Que cuando muerto cayó,

Al infierno se fué luego

1145

Contando que me mató.»

Diciendo así, soltó una carcajada,

Y las espaldas con desdén volvió;

Se hizo el bigote, requirió la espada,

Y a la devota dama se acercó.

1150

«Conque, en fin, ¿dónde vivís?

Que se hace tarde, señora.

—Tarde, aun no; de aquí a una hora

Lo será.—Verdad decís,

Será más tarde que ahora.

1155

«Esa voz con que hacéis miedo

De vos me enamora más.

Yo me he echado el alma atrás;

Juzgad si me dará un bledo

De Dios ni de Satanás.

1160

«—Cada paso que avanzáis

Lo adelantáis a la muerte,

Don Félix. ¿Y no tembláis

Y el corazón no os advierte

Que a la muerte camináis?»

1165

Con eco melancólico y sombrío

Dijo así la mujer, y el sordo acento,

Sonando en torno del mancebo impío,

Rugió en la voz del proceloso viento.

Las piedras con las piedras se golpearon,

1170

Bajo sus pies la tierra retembló,

Las aves de la noche se juntaron,

Y sus alas crujir sobre él sintió;

Y en la sombra unos ojos fulgurantes

Vió en el aire vagar que espanto inspiran,

1175

Siempre sobre él saltándose anhelantes,

Ojos de horror que sin cesar le miran.

Y los vió y no tembló; mano a la espada

Puso y la sombra intrépido embistió;

Y ni sombra encontró ni encontró nada,

1180

Sólo fijos en él los ojos vió.

Y alzó los suyos impaciente al cielo,

Y rechinó los dientes y maldijo,

Y, en él creciendo el infernal anhelo,

Con voz de enojo blasfemando dijo:

1185

«Seguid, señora, y adelante vamos:

Tanto mejor si sois el diablo mismo,

Y Dios y el diablo y yo nos conozcamos,

Y acábese por fin tanto embolismo.

«Que de tanto sermón, de farsa tanta,

1190

Juro, pardiez, que fatigado estoy;

Nada mi firme voluntad quebranta:

Sabed, en fin, que, donde vayáis, voy.

«Un término no más tiene la vida:

Término fijo; un paradero el alma:

1195

Ahora adelante.» Dijo, y en seguida

Camina en pos con decidida calma.

Y la dama a una puerta se paró,

Y era una puerta altísima, y se abrieron

Sus hojas en el punto en que llamó,

1200

Que a un misterioso impulso obedecieron;

Y tras la dama el estudiante entró;

Ni pajes ni doncellas acudieron;

Y cruzan a la luz de unas bujías

Fantásticas, desiertas galerías.

1205

Y la visión, como engañoso encanto,

Por las losas deslízase sin ruido,

Toda encubierta bajo el blanco manto

Que barre el suelo en pliegues desprendido;

Y por el largo corredor en tanto

1210

Sigue adelante, y síguela atrevido,

Y su temeridad raya en locura,

Resuelto Montemar a su aventura.

Las luces, como antorchas funerales,

Lánguida luz y cárdena esparcían,

1215

Y en torno, en movimientos desiguales,

Las sombras se alejaban o venían

Arcos aquí ruinosos, sepulcrales,

Urnas allí y estatuas se veían,

Rotas columnas, patios mal seguros,

1220

Yerbosos, tristes, húmedos y oscuros.

Todo vago, quimérico y sombrío,

Edificio sin base ni cimiento,

Ondula cual fantástico navío

Que anclado mueve borrascoso viento.

1225

En un silencio aterrador y frío

Yace allí todo: ni rumor, ni aliento

Humano nunca se escuchó: callado,

Corre allí el tiempo, en sueño sepultado.

Las muertas horas a las muertas horas

1230

Siguen en el reloj de aquella vida,

Sombras de horror girando aterradoras,

Que allá aparecen en medrosa huída;

Ellas solas y tristes moradoras

De aquella negra, funeral guarida,

1235

Cual soñada fantástica quimera,

Vienen a ver al que su paz altera.

Y en él enclavan los hundidos ojos

Del fondo de la larga galería,

Que brillan lejos cual carbones rojos,

1240

Y espantaran la misma valentía;

Y muestran en su rostro sus enojos

Al ver hollada su mansión sombría;

Y ora en grupos delante se aparecen,

Ora en la sombra allá se desvanecen.

1245

Grandïosa, satánica figura,

Alta la frente, Montemar camina,

Espíritu sublime en su locura,

Provocando la cólera divina:

Fábrica frágil de materia impura,

1250

El alma que la alienta y la ilumina

Con Dios le iguala, y con osado vuelo

Se alza a su trono y le provoca a duelo.

Segundo Lucifer que se levanta

Del rayo vengador la frente herida,

1255

Alma rebelde que el temor no espanta,

Hollada sí, pero jamás vencida:

El hombre, en fin, que en su ansiedad quebranta

Su límite a la cárcel de la vida,

Y a Dios llama ante él a darle cuenta,

1260

Y descubrir su inmensidad intenta.

Y un báquico cantar tarareando,

Cruza aquella quimérica morada,

Con atrevida indiferencia andando,

Mofa en los labios, y la vista osada;

1265

Y el rumor que sus pasos van formando,

Y el golpe que al andar le da la espada,

Tristes ecos, siguiéndole detrás,

Repiten con monótono compás.

Y aquel extraño y único rüido

1270

Que de aquella mansión los ecos llena,

En el suelo y los techos repetido,

En su profunda soledad resuena;

Y espira allá cual funeral gemido

Que lanza en su dolor la ánima en pena,

1275

Que al fin del corredor largo y oscuro

Salir parece de entre el roto muro.

Y en aquel otro mundo y otra vida,

Mundo de sombras, vida que es un sueño,

Vida que, con la muerte confundida,

1280

Ciñe sus sienes con letal beleño;

Mundo, vaga ilusión descolorida

De nuestro mundo y vaporoso ensueño,

Son aquel ruido y su locura insana

La sola imagen de la vida humana.

1285

Que allá su blanca, misteriosa guía,

De la alma dicha la ilusión parece,

Que ora acaricia la esperanza impía,

Ora al tocarla ya se desvanece;

Blanca, flotante nube que en la umbría

1290

Noche en alas del céfiro se mece

Su airosa ropa, desplegada al viento,

Semeja en su callado movimiento;

Humo süave de quemado aroma

Que al aire en ondas a perderse asciende;

1295

Rayo de luna que en la parda loma

Cual un broche su cima al éter prende;

Silfa que con el alba envuelta asoma

Y al nebuloso azul sus alas tiende,

De negras sombras y de luz teñidas,

1300

Entre el alba y la noche confundidas.

Y ágil, veloz, aérea y vaporosa,

Que apenas toca con los pies al suelo,

Cruza aquella morada tenebrosa

La mágica visión del blanco velo:

1305

Imagen fiel de la ilusión dichosa

Que acaso el hombre encontrará en el cielo,

Pensamiento sin fórmula y sin nombre

Que hace rezar y blasfemar al hombre.

Y al fin del largo corredor llegando,

1310

Montemar sigue su callada guía,

Y una de mármol negro va bajando

De caracol torcida gradería,

Larga, estrecha y revuelta, y que girando

En torno de él y sin cesar veía

1315

Suspendida en el aire y con violento,

Veloz, vertiginoso movimiento.

Y en eterna espiral y en remolino

Infinito prolóngase y se extiende,

Y el juicio pone en loco desatino

1320

A Montemar que en tumbos mil desciende,

Y, envuelto en el violento torbellino,

Al aire se imagina, y se desprende,

Y sin que el raudo movimiento ceda,

Mil vueltas dando, a los abismos rueda;

1325

Y de escalón en escalón cayendo,

Blasfema y jura con lenguaje inmundo,

Y su furioso vértigo creciendo,

Y despeñado rápido al profundo,

Los silbos ya del huracán oyendo,

1330

Ya ante él pasando en confusión el mundo,

Ya oyendo gritos, voces y palmadas,

Y aplausos y brutales carcajadas,

Llantos y ayes, quejas y gemidos,

Mofas, sarcasmos, risas y denuestos;

1335

Y en mil grupos acá y allá reunidos,

Viendo debajo de él, sobre él enhiestos,

Hombres, mujeres, todos confundidos,

Con sandia pena, con alegres gestos,

Que con asombro estúpido le miran

1340

Y en el perpetuo remolino giran.

Siente por fin que de repente pára,

Y un punto sin sentido se quedó;

Mas luego valeroso se repara,

Abrió los ojos y de pie se alzó;

1345

Y fué el primer objeto en que pensara

La blanca dama, y alredor miró,

Y al pie de un triste monumento hallóla

Sentada en medio de la estancia, sola.

Era un negro solemne monumento

1350

Que en medio de la estancia se elevaba,

Y, a un tiempo a Montemar ¡raro portento!

Una tumba y un lecho semejaba:

Ya imaginó su loco pensamiento

Que abierta aquella tumba le aguardaba;

1355

Ya imaginó también que el lecho era

Tálamo blando que al esposo espera.

Y pronto, recobrada su osadía,

Y a terminar resuelto su aventura,

Al cielo y al infierno desafía

1360

Con firme pecho y decisión segura:

A la blanca visión su planta guía,

Y a descubrirse el rostro la conjura,

Y a sus pies Montemar tomando asiento

Así la habló con animoso acento:

1365

«Diablo, mujer o visión,

Que, a juzgar por el camino

Que conduce a esta mansión,

Eres puro desatino

O diabólica invención,

1370

«Siquier de parte de Dios,

Siquier de parte del diablo,

¿Quién nos trajo aquí a los dos?

Decidme, en fin, ¿quién sois vos?

Y sepa yo con quién hablo:

1375

«Que más que nunca palpita

Resuelto mi corazón,

Cuando en tanta confusión,

Y en tanto arcano que irrita,

Me descubre mi razón

1380

«Que un poder aquí supremo,

Invisible se ha mezclado,

Poder que siento y no temo,

A llevar determinado

Esta aventura al extremo.»

1385

Fúnebre

Llanto

De amor

Óyese

En tanto

1390

En son

Flébil, blando

Cual quejido

Dolorido

Que del alma

1395

Se arrancó:

Cual profundo

¡Ay! que exhala

Moribundo

Corazón.

1400

Música triste

Lánguida y vaga,

Que a par lastima

Y el alma halaga;

Dulce armonía

1405

Que inspira al pecho

Melancolía,

Como el murmullo

De algún recuerdo

De antiguo amor,

1410

A un tiempo arrullo

Y amarga pena

Del corazón.

Mágico embeleso,

Cántico ideal,

1415

Que en los aires vaga

Y en sonoras ráfagas

Aumentado va;

Sublime y oscuro,

Rumor prodigioso,

1420

Sordo acento lúgubre,

Eco sepulcral,

Músicas lejanas,

De enlutado parche

Redoble monótono,

1425

Cercano huracán,

Que apenas la copa

Del árbol menea

Y bramando está;

Olas alteradas

1430

De la mar bravía

En noche sombría,

Los vientos en paz,

Y cuyo rugido

Se mezcla al gemido

1435

Del muro que trémulo

Las siente llegar;

Pavoroso estrépito,

Infalible présago

De la tempestad.

1440

Y, en rápido crescendo,

Los lúgubres sonidos

Más cerca vanse oyendo

Y en ronco rebramar;

Cual trueno en las montañas

1445

Que retumbando va,

Cual rugen las entrañas

De horrísono volcán.

Y algazara y gritería,

Crujir de afilados huesos,

1450

Rechinamiento de dientes

Y retemblar los cimientos,

Y en pavoroso estallido

Las losas del pavimento

Separando sus junturas

1455

Irse poco a poco abriendo,

Siente Montemar; y el ruido

Más cerca crece, y a un tiempo

Escucha chocarse cráneos,

Ya descarnados y secos,

1460

Temblar en torno la tierra,

Bramar combatidos vientos,

Rugir las airadas olas,

Estallar el ronco trueno,

Exhalar tristes quejidos

1465

Y prorrumpir en lamentos:

Todo en furiosa armonía,

Todo en frenético estruendo,

Todo en confuso trastorno,

Todo mezclado y diverso.

1470

Y luego el estrépito crece

Confuso y mezclado en un són,

Que ronco en las bóvedas hondas

Tronando furioso zumbó;

Y un eco que agudo parece

1475

Del ángel del juicio la voz,

En tiple, punzante alarido

Medroso y sonoro se alzó;

Sintió, removidas las tumbas,

Crujir a sus pies con fragor,

1480

Chocar en las piedras los cráneos

Con rabia y ahinco feroz,

Romper intentando la losa,

Y huir de su eterna mansión,

Los muertos, de súbito oyendo

1485

El alto mandato de Dios.

Y de pronto en horrendo estampido

Desquiciarse la estancia sintió,

Y al tremendo tartáreo ruido

Cien espectros alzarse miró:

1490

De sus ojos los huecos fijaron

Y sus dedos enjutos en él;

Y después entre sí se miraron,

Y a mostrarle tornaron después;

Y, enlazadas las manos siniestras,

1495

Con dudoso, espantado ademán

Contemplando, y, tendidas sus diestras,

Con asombro al osado mortal,

Se acercaron despacio, y la seca

Calavera, mostrando temor,

1500

Con inmóvil, irónica mueca

Inclinaron, formando en redor.

Y entonces la visión del blanco velo

Al fiero Montemar tendió una mano,

Y era su tacto de crispante hielo,

1505

Y resistirlo audaz intentó en vano:

Galvánica, crüel, nerviosa y fría,

Histérica y horrible sensación,

Toda la sangre coagulada envía

Agolpada y helada al corazón....

1510

Y a su despecho y maldiciendo al cielo,

De ella apartó su mano Montemar,

Y temerario alzándola a su velo,

Tirando de él la descubrió la faz.

¡Es su esposo!! los ecos retumbaron,

1515

¡La esposa al fin que su consorte halló!!

Los espectros con júbilo gritaron:

¡Es el esposo de su eterno amor!!

Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo!! ¡Y era

(¡Desengaño fatal! ¡triste verdad!)

1520

Una sórdida, horrible calavera,

La blanca dama del gallardo andar!...

Luego un caballero de espuela dorada,

Airoso, aunque el rostro con mortal color,

Traspasado el pecho de fiera estocada,

1525

Aun brotando sangre de su corazón,

Se acerca y le dice, su diestra tendida,

Que impávido estrecha también Montemar:

«—Al fin, la palabra, que disteis, cumplida,

Doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya;

1530

«Mi muerte os perdono.—Por cierto, Don Diego,

Repuso Don Félix tranquilo a su vez,

Me alegro de veros con tanto sosiego,

Que a fe no esperaba volveros a ver.

«En cuanto a ese espectro que decís mi esposa,

1535

Raro casamiento venísme a ofrecer:

Su faz no es por cierto ni amable ni hermosa;

Mas no se os figure que os quiera ofender.

«Por mujer la tomo, porque es cosa cierta,

Y espero no salga fallido mi plan,

1540

Que, en caso tan raro y mi esposa muerta,

Tanto como viva no me cansará.

«Mas antes decidme si Dios o el demonio

Me trajo a este sitio, que quisiera ver

Al uno u al otro, y en mi matrimonio

1545

Tener por padrino siquiera a Luzbel:

«Cualquiera o entrambos con su corte toda,

Estando estos nobles espectros aquí,

No perdiera mucho viniendo a mi boda....

Hermano Don Diego, ¿no pensáis así?»

1550

Tal dijo Don Félix con fruncido ceño,

En torno arrojando con fiero ademán

Miradas audaces de altivo desdeño,

Al Dios por quien jura capaz de arrostrar.

El carïado, lívido esqueleto,

1555

Los fríos, largos y asquerosos brazos,

Le enreda en tanto en apretados lazos,

Y ávido le acaricia en su ansiedad;

Y con su boca cavernosa busca

La boca a Montemar, y a su mejilla

1560

La árida, descarnada y amarilla

Junta y refriega repugnante faz.

Y él, envuelto en sus secas coyunturas,

Aun más sus nudos que se aprietan siente,

Baña un mar de sudor su ardida frente,

1565

Y crece en su impotencia su furor.

Pugna con ansia a desasirse en vano,

Y cuanto más airado forcejea,

Tanto más se le junta y le desea

El rudo espectro que le inspira horror.

1570

Y en furioso, veloz remolino,

Y en aérea fantástica danza,

Que la mente del hombre no alcanza

En su rápido curso a seguir,

Los espectros su ronda empezaron,

1575

Cual en círculos raudos el viento

Remolinos de polvo violento

Y hojas secas agita sin fin.

Y elevando sus áridas manos,

Resonando cual lúgubre eco,

1580

Levantóse en su cóncavo hueco

Semejante a un aullido una voz

Pavorosa, monótona, informe,

Que pronuncia sin lengua su boca,

Cual la voz que del áspera roca

1585

En los senos el viento formó.

«Cantemos, dijeron sus gritos,

La gloria, el amor de la esposa,

Que enlaza en sus brazos dichosa

Por siempre al esposo que amó;

1590

Su boca a su boca se junte,

Y selle su eterna delicia,

Süave, amorosa caricia

Y lánguido beso de amor.

«Y en mútuos abrazos unidos,

1595

Y en blando y eterno reposo,

La esposa enlazada al esposo,

Por siempre descansen en paz;

Y en fúnebre luz ilumine

Sus bodas fatídica tea,

1600

Les brinde deleites, y sea

La tumba su lecho nupcial.»

Mientras, la ronda frenética,

Que en raudo giro se agita,

Más cada vez precipita

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Su vértigo sin ceder;

Más cada vez se atropella,

Más cada vez se arrebata,

Y en círculos se desata

Violentos más cada vez;