La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entonces me dí cuenta de ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba de bodas y noviazgos. Me propuse calmar el ánimo de la doncella, quitarle, en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y mis imprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver que mi poca reflexión no debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeño en que comprendiera que cuanto yo había dicho no era más que la repetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé qué personas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pude imaginar que la pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yo también la ignoraba, por culpa de mi tía, quien siempre se rehusó a contarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera, del cariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hija adoptiva, un ángel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su vida rural. Y no me costó poco trabajo conseguir que mi amada olvidara mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones oímos en el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente, los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que más tarde caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontería.
Linilla—así la llamé en lo de adelante—no volvió a tocar el punto, y siempre se mostró conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la calle más que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las horas al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o dos veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que congregaban todas las noches en la Plaza a los pacíficos habitantes de Villaverde. Ni juegos ni músicas me eran gratos; no paraba yo atención en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallardía de Gabriela.
—¿No vas a las rifas?—decían mis tías.
—No me divierto; prefiero quedarme en casa, leyendo o conversando con ustedes.
—¡No pareces muchacho, Rorró!...—replicaba la enferma.
—Todos los jóvenes de tu edad se perecen por ir allá;—decía tía Pepa—sólo tú, como un viejo chocho, te estás entre las cuatro paredes.
Allí estaba yo bien, cerca de Angelina. No me cansaba de mirarla: cada palabra suya era para mí un poema. Era yo muy dichoso. ¡Qué mayor ventura que no separarme de su lado!
Uno de los boticarios puso a mi disposición todos sus libros, doscientos o trescientos volúmenes de versos y novelas. Entonces leí mucho, en voz alta, mientras trabajaban Angelina y mi tía; entonces hice muchos versos, muchos, diariamente. Angelina era en ellos celebrada con un calor y un entusiasmo tales que la buena niña se sonrojaba al oírlos.
—No digas esas cosas, Rorró,—solía decirme,—porque no las creo. ¡Si me pintas hermosa y gallarda como una virgen de Murillo! Dime en prosa, aquí, hablándome, que me amas mucho, mucho, y me tendrás contenta, satisfecha y feliz.
Angelina no era hermosa como una virgen de Murillo, pero sí lo era como alguna de Rafael, como la Madona de la silla. No puedo ver el famoso cuadro sin recordar a la doncella. Idéntico el óvalo del rostro, y la sonrisa, y la mirada, y los labios dulcemente expresivos.
A las veces, después de pasar en mi cuarto largas horas, salía yo con el papel en la mano, aprovechando el momento en que Angelina se quedaba sola.
—¿Versos? ¿Versos para mí, no es eso?
Y me los arrebataba; los leía en voz baja, sonriente y ruborosa, mientras yo, colocado a su espalda, la iba siguiendo en la lectura.
—¡Bonitos!—exclamaba.—Pero todas estas cosas me gustan más cuando me las dices sin pensarlas. No sé por qué, pero los versos me parecen siempre graciosas mentiras.
Doblaba la hoja, se la guardaba, y me señalaba un asiento:
—Aquí, cerca de mí. Dime, Rorró: ¿me quieres así, tanto como dices, como yo te quiero a tí?
Comenzaba la conversación, y seguía, y pasaba el tiempo, y no sentíamos correr las horas, felices, dichosos, con la dicha de los que aman y son amados.
Nos dio por la jardinería. Preparamos los cuadros y sembramos rosales, claveles, lirios, azucenas, que nos prometían para la próxima primavera abundantes flores. Plantamos en torno de la fuente la flor preferida, la encantadora florecilla azul, la dulce myosotis, tan querida de los enamorados.
¡Qué cuidado con nuestras plantas! ¡Qué deseo de que florecieran pronto! Dividimos los arriates en dos partes. Linilla sembraba una, yo la otra.
—¿Dónde brotará la primera flor? ¿En mis cuadros o en los tuyos?
—En los míos, porque ¡yo te quiero más que tú a mí!
—No; en los tuyos no será porque no me quieres como yo te quiero....
—Ya lo verás.
—Ya lo veremos.
El amor y la dicha de ser amada embellecían a la joven. Nunca más hermosa. Su pálido rostro tomó suaves tintas de rosa; sus labios, antes descoloridos, se encendieron, y sus negros y brillantes ojos fulguraban, húmedos y alegres. Ella, siempre tan modesta y enemiga de galas, se tornó presumidilla. Peinaba graciosamente sus cabellos, y solía adornarse con alguna flor; de ordinario con entreabierto capullo de rosa, purpúreo o blanco, que hacía parecer más intensa la negrura de aquel pelo sedoso, negro como las alas del cuervo. Todas las noches, al despedirnos, le decía yo:
—Linilla: esa flor....
Angelina desprendía de sus cabellos la deseada flor, y me la ofrecía por alto, como se ofrece a un niño el incitante fruto acabado de cortar.
Yo me fingía enfadado:
—¿Así, señorita?
—¡Así, caballero!
—No; como tú sabes....
Linilla sonreía, besaba la flor, y me la daba. ¡Inolvidables besos! ¡Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!
Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba. Andrés vino y dijo a mis tías:
—Señoras; es preciso que tengamos fiesta. En años pasados la Noche Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser así, no, señor, porque quiero que el amito esté contento. Todo corre de mi cuenta. A ustedes les tocará lo más penoso, disponerla, y hacer los buñuelos. ¡Sin buñuelos no hay Noche Buena! Allá usted, Angelina, usted que se pinta para todo eso. Pondremos la mesa en la sala, y usted, doña Carmelita, cenará con nosotros. No habrá nacimiento.... ¿Quién nos mete en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de cuando era «coconete». ¿Te acuerdas? Pues ahí, en la bodega, en un cajón, están guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaños, y el portal, y todo. Si tus tías quieren, hasta nacimiento habrá, Rodolfito.
Tía Carmen, con su buen humor de siempre, se soltó hablando:
—¿Pues sí, por qué no? Mañana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldrá muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; después acostaremos al niño, y luego: ¡a la misa del gallo! La madrina será....
—¿Quién?—preguntó Andrés.—¿Gentes de fuera? ¡No, no, que todo quede en casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....
—Gente de la casa,—contesté—como quiere Andrés; pero, de cualquiera manera, vendrá mi maestro.
—¿Don Román?—exclamó tía Pepilla.—No vendrá, Rorró, no vendrá.... ¡El pobrecillo no está para esas cosas!
—Le traeré yo, si no está con el reuma; le traeré yo, y estará muy contento, y para que no tenga que salir a la calle a media noche dormirá aquí. Angelina y él serán los padrinos.... ¿Se aprueba lo que propongo? ¿Sí? Pues.... ¡Aprobado!
¡Qué gratamente que pasamos la noche! A medio día ya estaba listo el nacimiento. El cariño de las tías había conservado mis juguetes, y con ellos bastó y sobró para el nacimiento. Me sentí un chiquillo, como si tuviera yo seis años, a la vista de objetos que fueron para mí, en mejores días, motivo de fiesta y diversión. Con qué cuidado saqué de la gran caja, uno por uno, temeroso de romperlos, aquella multitud de zagalas y rabadanes que tejían danzas cerca del portal, y aquellos magos que seguidos de criados y soldados, tan suntuosos de vestidos como sus señores, y jinetes en caballos, elefantes y camellos, debían ser lo más lindo de aquel belén que tendría chozas y palacios, caminos de hierro y barcos de vapor, volcanes nevados, cascadas de brea, lagunas de cristal pobladas de ánades y garzas, catedrales y mezquitas, feroces beduinos y apuestos charros mexicanos que perseguían con el lazo al aire las reses montaraces. El portal.... ¡Qué portal! ¡Una maravilla!
Fué obra de tía Carmen: era un portal lindísimo, de cristal, con estrellas, soles y cometas, y ángeles, y serafines, y arcángeles que tenían en las manos bandas de seda con letreros dorados que decían: «Gloria in excelsis Deo». Mi tía Carmen le hizo con prismas y candeleros de cristal, y fué el encanto de cuantos le vieron. La enferma no pudo esta vez ponerse a la obra, pero la dirigió, y todo salió a medida del deseo. Desde su sillón atendió a todo. Todo estaba listo al fin del día, y el regocijo era general. Desde tía Carmen hasta señora Juana todos parecían niños en aquella casita. Angelina estaba atareada, friendo los buñuelos, y tía Pepilla iba y venía más alegre que una sonaja. De cuando en cuando nos asaltaba el temor de que la enferma tuviera un ataque, y esto malograra nuestra fiesta, pero felizmente no sucedió así. A las seis salí en busca de don Román. El pobre viejo se envolvió en su raída capa, se apoyó en mi brazo, y, pian pianito, hasta la casa. El pobrecillo vino muy cargado: traía algunas libras de confites, para obsequiarnos. Era el padrino, y debía hacerlo.
A las ocho ya estábamos en la mesa. La enferma accedió a nuestro deseo y vino a presidir el banquete. Al lado de ella se colocó don Román, en el otro tía Pepilla y Andrés. Angelina y yo ocupamos el lugar acostumbrado. Pocos platillos: rica sopa de almendra, «sopa de la pelea pasada», como decía don. Román; un plato de pescado, el afamado «bobo» de los ríos veracruzanos, con la ensalada del día: lechuga con aceite y vinagre y algunos rabanillos, los precoces purpurados de la hortaliza, chiquitines, rechonchos, enredándose en los anillos de la bien desflemada cebolla; fríjoles, (cómo habían de faltar) buñuelos de arroz, los más exquisitos a juicio de las tías, y una tacita de té. No faltó el vino, un par de botellas, obsequio del doctor Sarmiento, escondidas dos o tres años en el fondo de una cómoda.
Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamos los jóvenes de nuestra dicha, y la velada se pasó del modo más alegre.
A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron el primer repique, encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron el niño en su lecho de pajas. Andrés quemó en el patio una docena de cohetes, y el pomposísimo distribuyó sus cucuruchos de confites.
—Ustedes perdonarán la cortedad... pero... ¡los tiempos no están para lujos!
Y agregaba:
—Dios pagará a ustedes este buen rato.... ¡De veras, de veras, si me parece que tengo veinte años!
Angelina y tía Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que ya suspiraba por su lecho; don Román buscó el suyo, y Andrés se quedó conmigo en espera de Angelina y de mi tía que irían con nosotros a la misa del gallo. No tardaron en volver.
—¡Vámonos, vámonos,—murmuraba la anciana—que pronto darán las doce! ¡A misa, niños! ¡A misa, Andrés!.... ¡Fiesta completa!
¡Inolvidable Noche Buena! ¡Qué poco necesita el hombre para ser feliz!
Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella le anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.
«Allá voy, muñeca;—le decía—es justo que después de los trabajos y fatigas del Adviento me dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre cura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además, ¡me muero por ver a mi Linilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada; cada día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo me escapo. El otro día me echó una loa que ni aquellas con que los inditos te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca está más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si tú estuvieras aguí sería otra cosa; ya sabes cuánto te quiere; habría menos gruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios, y las albas menos rasgones; me leerías algo todas las noches, aunque fuera para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario; jugaríamos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sería menos fastidiosa en este destierro. Por aquí todo está tranquilo; ni asaltos, ni robos, ni temores de «bola». Me quieren mucho «ciertos bichos» que tú sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en ello mucho; seguiré pensándolo, y ¡Dios dirá! Por ahora ve disponiéndome el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y te doy un abrazo recibe la bendición de este pobre viejo».
Cuando Angelina leyó esta carta se puso pensativa y triste.
—Temo separarme de tí, Rorró. Pero ¡qué he de hacer! No necesito que él me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. ¿Te figuras cómo estará aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Señora Francisca ya no está para fiestas, y mi deber, mi obligación es estar allá, con el santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es cierto, hago falta allá... pero... aquí ¿quién cuidará de tu tia? ¿Doña Pepita? La pobrecita ya no puede.... Sólo de pensar en eso me apeno y me aflijo. Yo sé muy bien que si le digo al señor cura que no quiero ir, no me lo exige, pero....
—Haz lo que él te diga.
—¿Y te dejo, y me separo de tí? ¿Quieres que me vaya?
—No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.
—¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible, desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me hace pedazos el corazón.
—Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí... cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....
-Razón de más para que no me separe de ellas....
—No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido para tí ese buen anciano.
—Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera. Ya no me verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,—me iré, y me separaré de tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato? ¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....
—Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita, que estará triste, tristísima, porque vive lejos de su Rodolfo.
—Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....
—¡Linilla! No pienses mal de mí....
—Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....
—¡Me enojo, Linilla!...
—¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?
—Te lo juro, Angelina....
Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la casa de Castro Pérez.
Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas. Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar conmigo.
—Tarde viene usted....
—¿Tarde? Acaban de dar las nueve....
—No, no es tarde;—me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y vana,—nunca es tarde para los enamorados....
—¡Cállate! ¡Cállate mujer!—¡Qué dirá el señor!—exclamó su hermana, la pianista, una morena vivaracha y parlera.
—Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué viene eso de los enamorados?
Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.
—¿Quiere usted—replicó la rubia—que le endulcemos el oído?
—¡Jesús, mujer!—volvió a exclamar hipócritamente la morena.—¡Qué libertades gastas!
La chiquilla se echó a reir.
—Yo no quiero nada, señorita...—respondí.
A lo cual contestó:
—Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo Villaverde!
—¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde que oí tocar a Luisa.
La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:
—¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como una profesora.... Venga usted acá,—y me sacó hasta el zaguán—venga.
—¿Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que está pintada de gris? Pues ahí vive una persona que toca mejor que Luisa.... ¿No lo sabía usted?
—¡Ah! Sí, la señorita Fernández.
—¡Sí! ¡Esa!...—murmuró maliciosamente la parlanchina.
—¿Y qué?
—¿Qué?
—La señorita Fernández...—repitió con mucha sorna la morena.
—¿Por qué lo niega usted?—dijo la rubia.—¿Qué tiene eso de malo?
—Señoritas, ¡si yo no niego, ni afirmo!...
—¡Sí niega!—exclamaron a una.
—No acierto a comprender a ustedes....
La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo me dijo:
—Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que usted es novio de Gabriela Fernández.
—Están ustedes engañadas....
—Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.
—¡Pues no es verdad!
Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan. Vióle la rubia y dió el grito de alarma:
—¡Ahí viene papá!
Y las muchachas echaron a correr.
Despidióse el año, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montañas y valles permanecen velados durante algunas semanas, y sólo de cuando en cuando, de mañanita, asoma el sol su rostro paliducho a través de las gasas, como para decir a los villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrán, el mejor día, muy guapo y rozagante.
Acabó Diciembre, nos dijo adiós, y se fué, casi sin ser visto, mientras la gente corría hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para el año nuevo, o se entretenía, alegre y divertida, jugándose los cuartos en polacas y loterías. Desde la noche de Navidad no fuí a la Plaza. No tardaría en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se fuera con él, quería yo gozar de los pocos días de felicidad que me quedaban. La pobre niña no volvió a hablar de viaje. Se apresuró a disponer la recámara de su protector. Convinimos en que mi habitación era la más cómoda, y, aunque las tías se empeñaron en dejarle la suya, decidióse que el huésped ocupara la mía. En dos por tres quedó arreglada y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto era indispensable. Nada faltaba allí, ni el reclinatorio. El P. Solís nos prestó uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.
—Venga a cualquiera hora;—decía la joven—¡que venga, que todo está listo!
Linilla sonreía alegremente, pensando en la próxima llegada de su protector; pero no podía disimular su tristeza. A cada rato bajaba los ojos, y se ponía pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle grato recuerdo de sus cuidados, la pobre niña se extremaba en todo cuanto a la anciana se refería.
—¿No lo ves, Rorró?—solía decirme al oído la tía Pepa.—¿No lo ves? ¡Esta niña es un ángel! Mira, mira cómo atiende a tu tía!... ¡Qué mimos! ¡Qué paciencia!
No sólo Angelina estaba triste; yo lo estaba también. Sólo de recordar que se iba se me oprimía el corazón, se me obscurecía el mundo. ¿Qué haría yo sin ella? ¿Qué sería de mí sin la palabra consoladora de Angelina? Ella era la única que poseía el secreto de mis tristezas; sólo ella sabía darme aliento y ánimo.
Frecuentemente me encerraba yo en mi recámara para dar rienda suelta a mis cavilaciones y melancolías. Allí pasaba yo horas y horas.
—¿Estás enfermo?—me preguntaban las tías.—Di que tienes....
«¡Vaya si soy desgraciado!—pensaba yo, tendido en el lecho.—Llegué a mi casa descorazonado y abatido, y cuando creía encontrar aquí dichas y alegrías, no hallé más que penas y tristezas. Angelina ha sido para mí como un ángel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he puesto mi cariño; me amó, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con celestes claridades; cuando de ella recibía mi corazón vigor y fortaleza, se va, y me deja.... Se irá, y en esta casa se acabará toda alegría.... ¡Adiós amorosas platicas! ¡Adiós gratas lecturas! Las plantas que los dos hemos sembrado prosperarán, se cubrirán de follaje, se llenarán de flores.... ¡Y Linilla no las verá!...» Y volviendo a mi manía poética me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:
Pero Angelina no se olvidará de mí; ni yo la olvidaré; me escribirá, y le escribiré, cada semana... ¡todos los días! Pero ¡ay! no la veré en muchos meses, tal vez en muchos años, porque al P. Herrera no le gusta separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no habrá quién traiga las cartas, y pasarán días y más días, y yo... ¡sin saber de Angelina!»
A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel amor de niño, tímido, vago, ensoñador, que me inspiró Matilde; cariño melancólico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos; dulce amor que dulcificó la vida del pobre estudiante; pálido fulgor de la aurora juvenil que inundó de reflejos primaverales los claustros solitarios de un colegio sombrío; amor que no conseguí arrancar de mi alma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque ni atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, después de tantos años, suspiro a veces por la donairosa niña, objeto de mi primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente, cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salga de mi boca a la hora de morir.
El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y despertando risueñas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho, esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos de felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era purísimo y desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que sólo parece traer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre de sensuales impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo a Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y desgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo aquellos amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su nítida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada, allí donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y quería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana compartiera conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, un hermano, un compañero de infortunios. Acaso algún día, andando el tiempo, se mudaría mi suerte, y me sería dable ofrecerle cuanto el hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.
Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación, sacrificio; estos eran los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, y que no han vuelto a conmover mi corazón. Después... he amado, he amado muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaños heroismos.
¡Romanticismo! ¡Locura!—exclamarán muchos al leer estas páginas.—¡Idealismo!—dirán los desengañados, los hijos de esta generación egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran jóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que los de ahora; que aquella juventud aparentemente melancólica, plañidera y sentimental, valía más por la pureza del sentimiento y la hidalguía del corazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y prematuramente codiciosa.
Le ví desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en una soberbia mula de magnífico andar. ¡Qué bien que se sostenía el anciano en su caballería! De fijo que el P. Herrera fué todo un charro allá en sus mocedades. ¡Vaya con el simpático viejecillo! Al verle con su blusa blanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con el sombrero de jipi, el paño de sol y el abierto paraguas, se me antojó el tipo más hermoso del cura de aldea. Pálido y expresivo el rostro, naricilla aguileña y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote me cayó en gracia. Seguíale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueño, guapo y bien dispuesto, de pantalón ceñido y jarano galoneado, que, por lo arrestado y vigoroso, contrastaba singularmente con el aspecto manso y bondadoso del clérigo.
Iban lentamente. Tal vez habían pernoctado en alguna hacienda, de donde salieron a la madrugada, para llegar temprano a Villaverde. Atravesaron la Plaza con dirección a la Parroquia. No tardé en oír una campanilla que llamaba a misa.
Hasta entonces, fuera porque eso halagaba mis deseos, fuera porque la carta del P. Herrera no era terminante, me había parecido mentira el temido viaje de la joven; pero al ver al clérigo me dio un vuelco el corazón, como si alguno me dijera: «¡Tu Linilla se va!...» Se iría, sin duda. El cura estaba ya muy viejo, no le faltarían los achaques de la edad, y nada más justo que Angelina estuviese a su lado. Tiré la pluma, crucé los brazos sobre la mesa, y me puse a pensar, desalentado y triste, en la partida de la joven. Por fortuna llegó Castro Pérez, y fué preciso ponerse a trabajar. Dos o tres veces escribí una palabra por otra; eché a perder una hoja de papel sellado, y estaba yo a punto de decir: «¡No sigo escribiendo! ¡Estoy enfermo!...» cuando dio la una.
Corrí a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tías, y Angelina arreglaba la mesa en el comedor.
No me sintió al llegar; me tenía a su lado y no me había visto. Me acerqué de puntillas y le tapé el rostro con mi pañuelo.
—¡Jesús!—exclamó.—¡Qué susto me has dado! Ya vino papá... ya vino... y....
—¿Y qué?—pregunté ansioso.
—Dice que viene por mí; que está enfermo; que señora Francisca está más chocha cada día.... En fin, que el viernes nos iremos....
—Y tú... ¡contenta como una sonaja!... ¿no es verdad?
—¿Contenta yo? Sí; tienes razón. Quiero irme para no verte, para olvidarte... ¡porque te odio, te aborrezco!...
Luego, agregó en tono de regaño:
—Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al señor cura. Ya preguntó por usted.
—¿Preguntó por mí?
—Sí; quiere conocer esta buena alhaja.
Y cambiando de acento, festiva y urgente:
—¡Anda, anda! Te verían entrar y dirán que estás aquí, charlando conmigo. Déjame, que deseo acabar.
Fuí a la sala. Allí estaban mis tías. Después de la presentación oí con espanto que Angelina no me había engañado. El anciano tenía resuelto llevársela. Lamentaba la separación, porque, al fin, la «muñeca» estaba allí muy bien. Pero hacía falta, hacía falta en la casa cural.
—Ya estoy viejo,—repetía el sacerdote—el mejor día me da un supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha está peor que yo....
Mis tías lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en cuando.
El buen señor me trató con mucho cariño. Cuando supo que no volvería yo al colegio, exclamó:
—¡Qué se ha de hacer! ¡Conformarse con la voluntad de Dios! ¿Cuándo me mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos días. Le mandamos la mula; sale temprano de aquí, y en la noche estará con nosotros.
Acepté la invitación.
—Cualquier día, señor cura... tendré mucho gusto....
Angelina se presentó en la sala.
—¡A comer, papá! Vamos, que sólo tiene usted en el estómago una taza de té.
—Vamos, «muñeca», vamos;—contestó lentamente, levantándose del sillón—dame tu brazo.... Ya tu papá está muy cascado.... ¡Ha trabajado mucho!... Los años no pasan así, como quiera, sin estropear a uno....
Entre tía Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al comedor.
—No estoy para eso.... ¿No ven que he vuelto a la primera edad y que tengo que comer por mano ajena?
Angelina parecía haberse olvidado de mí; no me dirigía la palabra, no me miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor. Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, hacía reir al sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.
—Digo bien, digo bien, «muñeca»: cuando estés allá voy a ser otro.... Tendré con quien hablar, con quien reir.... ¡Ya verás que alegría en aquella mesa! Allá no faltará un buen mozo, algún ranchero rico, y te casaré. Don Rodolfo,—agregó, dirigiéndose a mí y desplegando la servilleta, mientras Angelina servía la humeante sopa,—¡queda usted invitado a la boda!
La joven se encendió. El anciano levantó la cara para verla, y continuó:
—Nada más que allí no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni coronas de azahares.
Angelina hizo un mohín.
—¿Me quiere usted tener contenta? Pues no le diga usted a su «muñeca» todas esas cosas....
—¡Vaya, vaya! ¿Enojadita estás? Pues, ¡chitón por ahora! Allá, cuando te cases, (que te casarás, porque ya no hay conventos, y tú no tienes cara de monja) no le faltarán al señor cura de San Sebastián algunos durillos para que vayas al altar hecha una princesa. Cuando para hacer rabiar a Pancha le hablo de esto, gruñe no sé qué perrerías, y dice: «¿Casarse la niña? ¡Dios nos ampare! ¡Si no hay gandul que se la merezca!...» ¿Tú qué dices de eso?
—Pues yo digo,—replicó Angelina con viveza,—que lo que señora Francisca quiere, es que su Linilla se quede para vestir santos.
Reía el señor cura y reíamos todos. Tía Pepa observaba en mi rostro el efecto que me causaba aquella conversación. Angelina me vió, como diciéndome con los ojos:
—Y tú ¿qué dices?
Cayóme en gracia el viejecito. Fino, afable, cortés, jovial, sin llanezas ni bromas de mal gusto, de fácil palabra y amena conversación, el P. Herrera, a pesar de sus años, parecía un mozo por la frescura de sentimientos. Le hallé tal como Angelina me le pintara.
—Ya le conocerás—me decía la joven—es muy sencillo, muy locuaz. A veces tiene cosas de chiquillo. Por eso le quieren tanto sus feligreses. Y mira que los indios son insufribles. Dicen: «por aquí, esto, lo otro», y no hay manera de que entren en razón. Papá los sobrelleva de un modo que a las dos palabras ya están sumisos y obedientes. Dicen que San Sebastián era antes un pueblo perdido, un pueblo de haraganes y de borrachos. Allí sólo las mujeres trabajaban.... ¡Ahora es otra cosa! Papá consiguió que le oyeran, y hoy todo anda a las mil maravillas. Ha puesto escuelas; una de niños y otra de niñas. La iglesia no es ya la que encontramos, fría, húmeda, pavorosa. Papá la ha puesto como una tacita de plata. Yo quisiera que tú la vieras.... Los altares lindísimos; el púlpito magnífico, nuevo, de madera muy rica, digno de un obispo; las imágenes muy buenas.... Una Virgen de los Dolores, que es una perla; un San Sebastián que da gusto verle. Todavía quedan algunas imágenes feas... pero... ¡imposible! Papá dice que con el tiempo todo se consigue, y que él acabará con esos santos que parecen hechos para asustar chiquillos. Ya tú sabes lo que son los indios. Y todos quieren mucho a su cura. Una vez dijeron allá que se iba; que le mandaban a otro curato, y todo el pueblo, todito, se juntó en la plaza, para pedirle que no los dejara. Papá les dijo que no, que estuvieran tranquilos; pero ellos no hicieron caso, y más de cien fueron a Jalapa, y se le presentaron al señor Obispo. Ahora, ¡si tú vieras a mi papa!... ¡No para, no para! Temprano dice misa. Después, un rato al jardincito, una huerta muy bonita, con muchos árboles frutales, con hortaliza, y un gallinero, ¡qué gallinero! Luego, a la iglesia, a oír confesiones, a bautizar, a cuanto se ofrece. Lástima me daba verle. En ocasiones llueve a cántaros, como llueve por allá, y vienen por él, para ir a una confesión.... Y allá va el pobrecillo, en su mula, a subir y bajar cerros, porque allí todo es subir y bajar. De regreso descansa un ratito, y a las escuelas, a enseñar a los muchachos, a dar lección de catecismo a las inditas. Y en la tarde: rosario, sermón. En Mayo... mes de María, y ¡qué altar! ¡qué flores! ¡Para flores... la Sierra! Ahora, si vieras qué bueno y qué bondadoso es con todos... Nunca se impacienta, nunca está malhumorado. Para una cosa si es terrible, para el arreglo de la casa. No puede ver nada fuera de su sitio. La mesa ha de estar bien puesta, sin que falte nada. ¡Cuidadito! El dice que en las casas bien arregladas no dura mucho la tristeza; que en una mesa bien servida, aunque no haya en ella ricos manjares, ni perdices, ni lampreas, no falta la alegría. Ya tú verás, hay que andar listas. ¡Que lo diga señora Francisca!...
Era muy ilustrado el P. Herrera, muy instruído, sabía de muchas cosas, y se perecía por la Botánica. Era de oírle cuando se soltaba hablando del movimiento religioso en Inglaterra y en los Estados Unidos. Estaba al tanto de los progresos científicos, y sin pedantería ni vanidades, así, como quien no quiere la cosa, discurría como un sabio, de Filosofía y de ciencias físicas y naturales, dando innumerables muestras de su claro talento y de su copiosa erudición. ¡Buenos ratos me pasé oyéndole hablar de religión! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué dulzura! ¡Nada de vanos escrúpulos ni de ridículas gazmoñerías!
Tres días estuvo con nosotros; al cuarto se fué a Pluviosilla, con objeto de arreglar algunos negocios, y asistir a no sé qué fiesta solemnísima en el templo de Santa Marta. Estuvo por allá una semana. El día veinte de Febrero ya le teníamos de regreso.
El viaje de Angelina quedó resuelto. Se iría, y no la volveríamos a ver hasta que pasara la Semana Mayor. ¡Qué amargo fué para mí aquel mes de Febrero! Y para todos. Mis tías ocultaban su tristeza. Tía Pepa, siempre tan parladora, enmudeció como los pajarillos del corredor, silenciosos y tristes a la sazón por el cambio de pluma; la enferma nos parecía más abatida que de ordinario, y Angelina salía y entraba, arreglando los equipajes, mustia y cabizbaja.
No sé cómo pude trabajar durante ese tiempo. Para colmo de males tuvimos quehacer de sobra en el despacho. Castro Pérez traía entre manos un negocio muy difícil, y se le iban las horas hojeando librotes y dictando alegatos. La tarea terminaba a las mil y quinientas, volvía yo a casa entre nueve y diez de la noche, y apenas podía conversar con Linilla unos cuantos minutos, y eso delante de las tías o del P. Herrera....
La víspera del viaje no hubo que ir al despacho. Era domingo, y me estuve en casa todo el día. El P. Herrera se fué a comer con su grande y buen amigo el P. Solís; tía Pepa no se apartó de la enferma en toda la tarde, y Angelina y yo nos la pasamos en el jardincillo, sentados al pie de los naranjos.
—Este—me decía la doncella, haciendo un ramillete—será el último.... ¿Quién asegura que nos volvamos a ver? ¿Quién me asegura que volveré a esta casa, donde he pasado los días más felices de mi vida? Me separo de tí, y no me sorprende la separación. Así la esperé, así la temí, no sólo porque debía yo volver al lado de mi papá, sino porque desde niña me persigue la desgracia. He aprendido en la escuela del dolor que toda dicha, toda felicidad es pasajera, fugitiva y efímera. ¡Te amo y te amaré hasta la hora de morir, hasta después de la muerte! Pues bien, no fío en tu cariño.... Acaso me olvides: ojos que no ven, corazón que no siente.... Todos los sentimientos son mudables, y el amor que yo te he inspirado, amor que hoy te parece firme y duradero, mañana, cuando ya no me tengas cerca de tí, cuando la pena que hoy te abate se disipe, ese amor irá languideciendo poco a poco, se extinguirá, y aunque conserves de tu Linilla gratos recuerdos, será preciso que pongas tus ojos y tu corazón en otra mujer. Pero, óyelo, óyelo: ninguna te amará como yo; ninguna tendrá para tí este amor que encadena mi alma a la tuya; amor que es mi dicha y desgracia. Se ha hecho dueño de mi corazón, le ha dominado por completo, y ahora, y siempre, será objeto de todos mis anhelos, consuelo mío en todas las horas de dolor.
—Angelina, ¡no hables así!... ¡Mira que me atormentas!
—Apura hasta las heces el cáliz del dolor. Padeces, sí, padeces; lo sé muy bien; tus ojos están húmedos.... Llora; no te avergüences de llorar; pero no llores porque me voy; llora porque me has de olvidar. Miras el porvenir triste y sombrío, y te dices: «¡No hay esperanza!» ¿Y quién te asegura que esa obscuridad no se tornará mañana en espléndido día? Aunque crees que en la vida no hay más que tinieblas, la idea de plácido crepúsculo te hace sonreir, y cuando sueñas con días mejores, ya no piensas en tu Linilla, en la huérfana desventurada.... ¿A qué negarlo? ¿No es verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, miras luminosos días de incomparable felicidad? Sí, y entonces... ¡no piensas en mí! Tienes razón. A qué pensar en la infeliz muchacha a quien tanto amas, porque me amas, sí, me amas con toda tu alma... ¿A qué pensar en esta huérfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder a ese porvenir con que sueñas a todas horas? Rorró: no olvides lo que te digo hoy, en vísperas de separarme de tí: me olvidarás, y acaso muy pronto;—¡yo no te olvidaré!—Ya sé lo que vas a contestarme, ya lo sé; pero no lo digas, óyelo de mis labios: «Pues si estás segura de que te olvidaré, ¿por qué no rompes ahora mismo los lazos que nos unen?»
—Sí, Linilla, eso digo!
—¿Por qué? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir, para amarte, para verte dichoso. ¿Quieres que yo misma aumente mis penas? ¿Quieres que te olvide? ¡Si no puedo, si no puedo!... Déjame vivir engañada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento el desengaño, lo veo venir. ¡Qué negro! Pero no quiero que llegue, y busco en tus ojos luz de amor perenne, amor que no acabe, amor que viva siempre... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.
—¡Cuánto quieras, Linilla!
—Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo de tu corazón; allí donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariño para mí, un poquito nada más... para que cuando padezcas y llores puedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»
—¿Y qué otra cosa?
—Otra...—me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:—Esto....
Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenados cabellos, y mostrándome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja, como si temiese ser oída:
—¿Corto?
—Corta.
En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vida estudiantil; pero no consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen anciano tenía mucha gracia para conversar. Todos estábamos tristes. El mismo, en cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó a Angelina, y le dijo:
—Niña: ven a platicar conmigo; mañana te vas, y acaso no volverás a verme, porque, desengáñate, hija, mi mal no tiene remedio. El doctor dice que nervios; pero yo no creo nada de eso. El mejor día sabrás que me he muerto.... Pero, niña, no hablemos de eso; siéntate aquí, a mi lado. Voy a pedirte un favor. Mañana no te despidas de mí. Si Dios quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, después de Semana Santa, me verás. Y ya lo sabes, no irás a otra parte, no, porque nos darías un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque, dime, ¿qué necesidad tenías tú de convertirte en enfermera para cuidar de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al señor Cura, que cuando vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya. Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,—me lo ha dicho muchas veces—te quiere como a una hermana.
Y cuando llegó la hora de recogerse le dijo:
—¿Cerraste ya los baúles? ¿No? Pues mira: toma la llave, y abre mi ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te diré lo que quiero....
Angelina la obedeció.
—¿No hay allí una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, sácala. Abrela, aquí, delante de mí. En ella encontrarás un paquete de retratos.
Angelina hizo lo que deseaba la tía Carmen.
Era una colección de retratos de familia.
—Ahora, niña, toma uno mío, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito, uno en que está jugando con un aro.... Ese no. De los demás el que tú quieras.
Después le regaló unos pañuelos de seda y un abanico de laca.
—Este abanico no es de moda, lo sé bien, pero dicen que es una pieza de mucho mérito, legítima de China. Consérvalo como un recuerdo de nosotras. Nos escribirás de cuando en cuando, ¿no es verdad? Nosotras también. Cuando Pepa no esté para eso lo hará Rorró. Ahora, dame un abrazo, y acuéstate. Llama a Pepa. Me parece que el señor Cura ya está en su cuarto.
El sacerdote se había retirado a su habitación. Debía salir muy de mañana y no quería desvelarse.
Salí al corredor. Espléndida noche, una noche invernal por lo serena, limpia de nubes y pródiga en luceros, semejante a aquella que pareció participar de mi dicha después de que la joven me confesó su amor.
Sentado en un viejo sillón, que perteneció a mi abuelo, pensaba yo en Angelina. No la veríamos más en aquel patio ni en aquellos corredores, ni cuidaría de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros plantamos, de las cuales esperábamos Linilla y yo pruebas maravillosas de amorosa fidelidad, no lucirían para mi amada sus perfumadas corolas; ninguna de ellas adornaría los negros cabellos de la niña. ¡Adiós alegría! ¡Se iba con ella, y acaso para no volver más! Nos quedaríamos llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre huérfana, cuya hermosa y modesta juventud había sido para nuestra pobre casa, siempre triste y sombría, como un rayo de sol.
Silbaban los insectos nocturnos en lo más escondido de los follajes; los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus campanas de raso; el «huele de noche» no tenía aromas, y el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón. De pronto arreció el viento, me estremecí de frío, y cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo estuve así, adormecido, abrumado de pesar. Me dolía el corazón...—Sentí que me tocaban en el hombro, y que me decían quedito, muy quedito:
—¡Rodolfo!... ¡Rodolfo!
Era Linilla.
—Ya todos se han recogido,—murmuró—y he venido a decirte adiós, porque no quiero verte mañana.
—¿No quieres verme?
—No; ¡me sería imposible salir de aquí!... ¡No podría contener mis lágrimas! Finge que estás dormido; que estás enfermo; que no quieres levantarte, lo que sea mejor, pero no salgas.
—Siéntate aquí, a mi lado, en esta silla....
—No, Rorró. Me voy, y no sé cuándo volveré. ¿Irás a verme? Sí... ¿no es verdad? Me escribirás.... Llevo tu retrato, y lo miraré a todas horas, y leeré tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de escribirme, te lo ruego, y ¡ámame, ámame como yo te amo! Piensa que he sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el santo anciano, que ha sido para mí un verdadero padre, vivirá poco, y el día que me falte.... Antes de conocerte él era mi único amor, y me decía yo: mientras mi papá viva yo viviré, después... ¿para qué? Ahora pienso en eso, y quiero vivir, quiero vivir para tí, para amarte, para ser amada. Te dije que me olvidarías, que me olvidarás.... No, Rodolfo, ¡no me olvides! ¡No me olvidarás... porque no debes, no puedes olvidarme! ¡Tu amor ha sido la única felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!... ¡Siquiera eso para esta pobre huérfana! No; el cielo no permitirá que me olvides.... ¿Verdad que no es posible? ¡Piensa en mí; habla de mí, a todas horas, con tus tías, con señora Juana, con cualquiera!... Quiero estar siempre en tu corazón; quiero estar a todas horas en tu pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en mí cuando trabajes, cuando leas, cuando reces.... ¡Hasta cuando duermas!... ¡Sueña conmigo, sueña con tu Linilla!...
No pudo más. El llanto la ahogaba. Se echó en mis brazos, y reclinó su cabeza sobre la mía. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tomó mi mano, la estrechó fuertemente, y me la besó con efusión infantil.
Después de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si le oprimieran el pecho, me dijo, alargándome un objeto que sacó del bolsillo del delantal:
—Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde niña; me la puso mi madre, y me la he quitado para dártela.... Ahora, dime adiós, y perdona si mi cariño es causa de amarguras para tí...
Iba yo a detenerla. Me apartó dulcemente, y se retiró paso a paso.
Volví entonces a mis paseos favoritos, todas las mañanas y todas las tardes, antes y después de ir al despacho del jurisconsulto. Recorrí otra vez las orillas del Pedregoso, y subí cien veces a la colina del Escobillar. En todos los álamos del río grabé las iniciales de Linilla, o una sola letra, una «L», para que me recordaran a cada paso el nombre de mi amada. Pero mi sitio predilecto era la peña más alta de la colina. Desde allí descubría yo las cumbres más elevadas de la Sierra. Detrás de una de ellas estaba el pueblo de San Sebastián donde moraba la pobre niña. Me pasaba yo largas horas en aquel sitio, siguiendo con mirada curiosa las nubes o los jirones de niebla que iban hacia allá impulsados por el viento, y me complacía en contemplar cómo se apagaban, poco a poco, en los picos de aquellas montañas, las últimas luces del moribundo día. De noche me echaba yo a vagar por las últimas calles de la ciudad, o iba a sentarme en el cementerio de San Antonio, al pie de un ciprés, cerca del lugar en que Angelina me dijo, cuando le pregunté si me amaría siempre:
—¡Cómo hoy, como mañana, hasta después de muerta!
Desde allí se domina toda la parte meridional del valle, limitado por las montañas de la Sierra, sobre las cuales desplegaba el cielo de invierno sus incomparables constelaciones: Orión, el Can, y el Navío entre cuyos mástiles centelleaba el soberbio Canopo. Pero las noches obscuras eran más hermosas para mí. Volaba mi pensamiento a través de las sombras en busca de la humilde casa cural; me imaginaba yo que estaba allí, en la modesta salita, cerca del sacerdote, y al lado de Angelina. Asistía yo a la partida de ajedrez, y a la sesión de lectura. El anciano en su sillón; Angelina a un lado, cerca de la mesa, a la luz de una lámpara, con un libro en las manos. Si hasta me parecía oír aquella voz argentina, insinuante, sugestiva, que sonaba en mis oídos como el canto de un arpa eólica.
Algunas noches cuando la tempestad alumbraba con cárdenos reflejos las cumbres de la serranía, me complacía yo en admirar los fuegos de la tormenta, los relámpagos que se sucedían sin cesar con el estrépito de mil truenos que, repetidos por los ecos, aumentaban la grandeza de aquel espectáculo celeste, como si a toda carrera cruzaran por el cielo cien trenes de guerra, al estallido de mil y mil cañones.
Se alejaba la tempestad; se despejaba el firmamento; asomaba la luna, y las nubes, antes aterradoras y negras, se convertían en blancos celajes orlados de plumas, de blondas, de argentados flecos; en veleros esquifes; en góndolas de nácar; en cisnes maravillosos de cuello enhiesto y alas erguidas, que bogaban en un golfo de aguas límpidas salpicado de estrellas.
¡Quién estuviera allí! ¡Quién bogara como ellos hacia esos valles perdidos en los repliegues de la cordillera! ¡Quién pudiera seguirlos en sus giros misteriosos! A esa hora dormían las aves, callaban los vientos, y sólo se oirían en las vertientes, en los barrancos, en los desfiladeros, el aliento de las selvas, el pavoroso respirar de los bosques.
Una mañana se presentó en casa el doctor Sarmiento; iba muy de prisa, muy de prisa; llamó a la puerta, y dijo a señora Juana:
—¿Rodolfo? ¿No está en casa? Pues ¡ea! decirle que le espero esta noche... que le necesito... ¿eh?
No me hice esperar. El facultativo estaba en su gabinete, hojeando no sé qué libracos.
—Vaya, muchacho, llegas a buena hora. Cenarás conmigo. Tengo buenas noticias para ti.... Vamos, siéntate, charlaremos un rato. ¿Cómo están por allá? Pasando, ¿no es eso? Mal vamos, hijo; doña Carmen anda mal, muy mal; la ida de esa chiquilla nos va a dar un disgusto. Ya lo sabes: alegría, distracción....
—¿Alegría?
—¡Sí, alegría!...
—En mi casa no puede haber eso....
—Pues mira lo que haces. Dile a tu tía Pepa que procure distraer a su hermana. El otro día llegué, y me las encontré llorando, llorando a lágrima viva. ¿Qué pasa?—pregunté.—«Nada: que Angelina se fué...» Pero ya verás, muchacho, como todo eso pasa. Lo que es ahora, cuando llegues... ya verás.... ¡Buen rato vas a darles!
—¿Por qué, doctor?
—Ya vino Fernández... hablé con él, y me dijo que el quince de Abril te espera en la hacienda. Mañana saldrá para allá con toda la familia.... Es cosa hecha; allí tendrás una colocación muy regular.... Avisa a Castro.... ¡No más alegatos! ¡No más chismes ni pleitos! Ya dije a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenderás. ¡Buena persona! ¡Muy buena persona! Procura verle mañana, antes de medio día; le darás esta tarjeta... y... ¡listo! Ahora: ¡al comedor!...
Cuando llegué a mi casa me dio un vuelco el corazón. Entré, y tía Pepilla salió a mi encuentro:
—¡Rorró! ¡Rorró! Mira...—y me enseñaba una carta.
—¿Qué es eso?
—Mira... ¡una carta!
—¿De Angelina?
—¡De Angelina!... Vamos a ver qué te dice....
—Sí, tía; pero después de que yo la lea....
—¡Cómo tú quieras, Rorró!—contestó sonriendo.
Corrí a mi cuarto, encendí el quinqué, y, presa de hondísima emoción, leí la carta.
Mi tía pretendía en vano disimular su impaciencia.
—¿Qué dice?...
—¡Vamos, tía, calma, calma! Voy a leerla; pero que tía Carmen la oiga también....
Linilla había previsto el caso, y escribió dos cartas: una para que pudiera yo leerla delante de mis tías; la otra para mí.... ¡Sólo para mí!
¡Con qué alegría recibieron las buenas ancianas la carta de la joven! Cuando acabé la lectura estaban llorando.
Quería yo estar solo, y corrí a mi cuarto.... ¿Decirles que tenía yo empleo en la hacienda de Santa Clara? ¡Quién pensaba en eso!
La carta de Angelina decía así: