De una de tres causas los ensueños
Se causan, ó los sueños, que este nombre
Les dan los que del bien hablar son dueños.
Primera, de las cosas de que el hombre
Trata mas de ordinario: la segunda
Quiere la medicina que se nombre,
Del humor que en nosotros mas abunda.
Toca en revelaciones la tercera,
Que en nuestro bien mas que las dos redunda.
Dormí, y soñé, y el sueño la
tercera
Causa le dió principio suficiente,
A mezclar el ahito y la dentera.
Sueña el enfermo, á quien la fiebre ardiente
Abrasa las entrañas, que en la boca
Tiene de las que ha visto alguna fuente.
Y el labio al fugitivo cristal toca,
Y el dormido consuelo imaginado
Crece el deseo, y no la sed apoca.
Pelea el valentisimo soldado
Dormido, casi al modo que despierto
Se mostró en el combate fiero armado.
Acude el tierno amante á su concierto,
Y en la imaginacion dormido llega
Sin padecer borrasca á dulce puerto.
El corazon el avariento entrega
En la mitad del sueño á su tesoro,
Que el alma en todo tiempo no le niega.
Yo, que siempre guardé el comun decoro
En las cosas dormidas y despiertas,
Pues no soy Troglodita ni soy Moro;
De par en par del alma abrí las puertas,
Y dexé entrar al sueño por los ojos
Con premisas de gloria y gusto ciertas.
Gocé durmiendo quatro mil despojos,
Que los conté sin que faltase alguno,
De gustos que acudieron á manojos.
El tiempo, la ocasion, el oportuno
Lugar correspondian al efeto,
Juntos y por sí solo cada uno.
Dos horas dormí, y mas á lo discreto,
Sin que imaginaciones ni vapores
El celebro tuviesen inquieto.
La suelta fantasia entre mil flores
Me puso de un pradillo, que
exhalaba
De Pancaya y Sabea los olores.
El agradable sitio se llevaba
Tras sí la vista que durmiendo, viva
Mucho mas que despierta se mostraba.
Palpable vi, mas no sé si lo escriba,
Que á las cosas que tienen de imposibles,
Siempre mi pluma se ha mostrado esquiva.
Las que tienen vislumbre de posibles,
De dulces, de suaves y de ciertas
Explican mis borrones apacibles.
Nunca á disparidad abre las puertas
Mi corto ingenio, y hallalas contino
De par en par la consonancia abiertas.
Cómo puede agradar un desatino
Si no es que de proposito se hace,
Mostrandole el donaire su camino?
Que entonces la mentira satisface
Quando verdad parece, y está escrita
Con gracia, que al discreto y simple aplace.
Digo, volviendo al cuento, que infinita
Gente vi discurrir por aquel llano,
Con algazara placentera y grita:
Con habito decente y cortesano
Algunos, á quien dió la hipocresia
Vestido pobre; pero limpio y sano.
Otros de la color que tiene el dia
Quando la luz primera se aparece
Entre las trenzas de la aurora fria.
La variada primavera ofrece
De sus varias colores la abundancia,
Con que á la vista el gusto alegre crece.
La prodigalidad, la exorbitancia
Campean juntas por el verde prado
Con galas que descubren su ignorancia.
En un trono del suelo levantado,
(Do el arte á la materia se adelanta
Puesto que de oro y de marfil labrado)
Una doncella ví desde la planta
Del pie hasta la cabeza asi adornada,
Que el verla admira, y el oirla encanta.
Estaba en él con magestad sentada,
Giganta al parecer en la estatura,
Pero aunque grande, bien proporcionada.
Parecia mayor su hermosura
Mirada desde lejos, y no tanto
Si de cerca se ve su compostura.
Lleno de admiracion, colmo de espanto,
Puse en ella los ojos, y vi en ella
Lo que en mis versos desmayados canto.
Yo no sabré afirmar si era doncella,
Aunque he dicho que sí, que en estos casos
La vista mas aguda se atropella.
Son por la mayor parte siempre escasos
De razon los juicios maliciosos
En juzgar rotos los enteros vasos.
Altaneros sus ojos y amorosos
Se mostraban con cierta mansedumbre,
Que los hacia en todo estremo hermosos.
Ora fuese artificio, ora costumbre,
Los rayos de su luz tal vez crecian,
Y tal vez daban encogida lumbre.
Dos ninfas á sus lados asistian,
De tan gentil donaire y apariencia,
Que miradas las almas suspendian.
De la del alto trono en la presencia
Desplegaban sus labios en razones,
Ricas en suavidad, pobres en ciencia.
Levantaban al cielo sus blasones,
Que estaban por ser pocos ó ningunos,
Escritos del olvido en los borrones.
Al dulce murmurar, al oportuno
Razonar de las dos, la del asiento,
Que en belleza jamas le igualó alguno,
Luego se puso en pie, y en un momento
Me pareció, que dió con la cabeza
Mas allá de las nubes, y no miento:
Y no perdió por esto su belleza,
Antes mientras mas grande, se
mostraba
Igual su perfecion á su grandeza:
Los brazos de tal modo dilataba,
Que de do nace adonde muere el dia
Los opuestos estremos alcanzaba.
La enfermedad llamada hidropesia
Asi le hincha el vientre, que parece
Que todo el mar caber en él podia.
Al modo destas partes asi crece
Toda su compostura, y no por esto,
Qual dixe, su hermosura desfallece.
Yo atonito esperaba ver el resto
De tan grande prodigio, y diera un dedo
Por saber la verdad segura, y presto.
Uno, y no sabré quien, bien claro y quedo
Al oido me habló, y me dixo: espera,
Que yo decirte lo que quieres puedo.
Esta que ves, que crece de manera,
Que apenas tiene ya lugar do quepa,
Y aspira en la grandeza á ser primera:
Esta que por las nube sube y trepa
Hasta llegar al cerco de la luna
(Puesto que el modo de subir no sepa.)
Es la que confiada en su fortuna
Piensa tener de la inconstante rueda
El exe quedo, y sin mudanza alguna.
Esta que no halla mal que le suceda,
Ni le teme atrevida y arrogante,
Prodiga siempre, venturosa y leda:
Es la que con disignio extravagante
Dió en crecer poco á poco hasta ponerse
Qual ves en estatura de gigante.
No dexa de crecer por no atreverse
A emprender las hazañas mas notables,
Adonde puedan sus estremos verse.
No has oido decir los memorables
Arcos, anfiteatros, templos, baños,
Termas, porticos, muros admirables:
Que á pesar y despecho de los años,
Aun duran sus reliquias y entereza,
Haciendo al tiempo y á la muerte engaño?
Yo, respondi por mí, ninguna pieza
Desas que has dicho, dexo de tenella
Clavada y remachada en la cabeza.
Tengo el sepulcro de la viuda bella,
Y el Coloso de Rodas alli junto,
Y la lanterna que sirvió de estrella.
Pero vengamos de quien es al punto
Esta, que lo deseo. Haráse luego,
Me respondió la voz en baxo punto.
Y prosiguió, diciendo: á no estar ciego
Huvieras visto ya quien es la dama:
Pero enfin tienes el ingenio lego.
Esta que hasta los cielos se encarama
Preñada, sin saber como, del viento,
Es hija del deseo y de la fama.
Esta fue la ocasion y el instrumento
En todo y parte de que el mundo viese
No siete marabillas, sino ciento.
Corto numero es ciento: aunque dixese
Cien mil y mas millones, no imagines,
Que en la cuenta del numero excediese.
Esta conduxo á memorables fines,
Edificios que asientan en la tierra,
Y tocan de las nubes los confines.
Esta tal vez ha levantado guerra,
Donde la paz suave reposaba
Que en limites estrechos no se encierra.
Quando murió en las llamas, abrasaba
El atrevido fuerte brazo y fiero,
Esta el incendio horrible resfriaba.
Esta arrojó al Romano caballero
En el abismo de la ardiente cueva,
De limpio armado, y de luciente azero.
Esta tal vez con marabilla nueva,
(De su ambiciosa condicion llevada)
Mil imposibles atrevida prueba.
Desde la ardiente Libia hasta la helada
Citia lleva la fama su memoria,
En grandiosas obras dilatada.
Enfin ella es la altiva vanagloria,
Que en aquellas hazañas se entremete,
Que llevan de los siglos la vitoria.
Ella misma á sí misma se promete
Triunfos y gustos, sin tener asida
A la calva ocasion por el copete.
Su natural sustento, su bebida,
Es aire, y asi crece en un instante
Tanto, que no hay medida á su medida.
Aquellas dos del placido semblante
Que tiene á sus dos lados, son aquellas
Que sirven á la maquina de Atlante.
Su delicada voz, sus luces bellas,
Su humildad aparente, y las lozanas
Razones, que el amor se cifra en ellas,
Las hacen mas divinas que no humanas,
Y son, (con paz escucha y con paciencia)
La adulacion y la mentira hermanas.
Estas están contino en su presencia,
Palabras ministrandole al oido,
Que tienen de prudentes aparencia.
Y ella qual ciega del mejor sentido,
No ve que entre las flores de aquel gusto,
El aspid ponzoñoso está escondido.
Y asi arrojada con deseo injusto
En cristalino vaso prueba y bebe
El veneno mortal, sin ningun susto.
Quien mas presume de advertido, pruebe
A dexarse adular, verá quan presto
Pasa su gloria como el viento leve.
Esto escuché: y en escuchando aquesto,
Dió un estampido tal la gloria vana,
Que dió á mi sueño fin dulce y molesto.
Y en esto descubrióse la mañana,
Vertiendo perlas y esparciendo flores,
Lozana en vista, y en virtud lozana.
Los dulces pequeñuelos ruiseñores
Con cantos no aprendidos le decian
Enamorados della mil amores.
Los silgueros el canto repetian,
Y las diestras calandrias entonaban
La musica, que todos componian.
Unos del esquadron priesa se daban,
Porque no los hallase el dios del dia
En los forzosos actos en que estaban.
Y luego se asomó su señoria,
Con una cara de tudesco roja,
Por los balcones de la aurora fria.
En parte gorda, en parte flaca y floja,
Como quien teme el esperado trance,
Donde verse vencido se le antoja.
En propio toledano y buen romance
Les dió los buenos dias cortesmente,
Y luego se aprestó al forzoso lance.
Y encima de un peñasco puesto enfrente
Del esquadron, con voz sonora y grave
Esta oracion les hizo de repente.
O espiritus felices, donde cabe
La gala del decir, la sutileza
De la ciencia mas docta que se sabe!
Donde en su propia natural belleza
Asiste la hermosa poesia
Entera de los pies á la cabeza!
No consintais por vida vuestra y mia,
(Mirad con que llaneza Apolo os habla)
Que triunfe esta canalla que porfia.
Esta canalla digo que se endiabla,
Que por darles calor su muchedumbre,
Ya su ruina, ó ya la nuestra entabla.
Vosotros de mis ojos gloria y lumbre,
Faroles do mi luz de asiento mora,
Ya por naturaleza, ó por costumbre,
Haveis de consentir que esta embaidora,
Hipocrita gentalla se me atreva,
De tantas necedades inventora?
Haced famosa y memorable prueba
De vuestro gran valor en este
hecho,
Que á su castigo y vuestra gloria os lleva.
De justa indignacion armad el pecho,
Acometed intrepidos la turba,
Ociosa, vagamunda, y sin provecho.
No se os dé nada, no se os dé una burba,
(Moneda Berberisca, vil y baxa)
De aquesta gente, que la paz nos turba.
El son de mas de una templada caja,
Y el del pifaro triste y la trompeta,
Que la colera sube, y flema abaxa;
Asi os incite con virtud secreta,
Que despierte los animos dormidos
En la facion que tanto nos aprieta.
Yá retumba, ya llega á mis oidos
Del esquadron contrario el rumor grande,
Formado de confusos alaridos.
Ya es menester, sin que os lo ruegue, ó mande,
Que cada qual como guerrero experto,
sin que por su capricho se desmande,
La orden guarde y militar concierto,
Y acuda á su deber como valiente
Hasta quedar, ó vencedor ó muerto.
En esto por la parte de poniente
Pareció el escuadron casi infinito
De la barbara, ciega, y pobre gente.
Alzan los nuestros al momento un grito
Alegre, y no medroso; y gritan, arma,
Arma resuena todo aquel distrito;
Y aunque mueran, correr quieren al arma.
Tu, Beligera musa, tú, que tienes
La voz de bronce, y de metal la lengua,
Quando á cantar del fiero Marte vienes:
Tú, por quien se aniquila siempre y mengua
El gran genero humano: tú, que puedes
Sacar mi pluma de ignorancia, y mengua:
Tu, mano rota, y larga de mercedes;
Digo en hacellas: una aqui te pido,
(Que no hará que menos rica quedes.)
La soberbia y maldad, el atrevido
Intento de una gente mal mirada
Ya se descubre con mortal ruido.
Dame una voz al caso acomodada,
Una sotil y bien cortada pluma,
No de aficion, ni de pasion llevada.
Para que pueda referir en suma
Con purisimo y nuevo sentimiento,
Con verdad clara, y entereza suma,
El contrapuesto y desigual intento
De uno y otro esquadron, que ardiendo en ira,
Sus vanderas descoge al vago viento.
El del vando catolico, que mira
Al falso y grande al pie del monte puesto,
Que de subir al alta cumbre aspira;
Con paso largo, y ademan compuesto,
Todo el monte coronan, y se ponen
A la furia, que en loca ha echado el resto.
Las ventajas tantean, y disponen
Los animos valientes al asalto,
En quien su gloria y su venganza ponen.
De rabia lleno y de paciencia falto
Apolo su bellisimo estandarte
Mandó al momento levantar en alto.
Arbolole un MARQUES, que el propio Marte
Su briosa presencia representa
Naturalmente, sin industria y arte.
Poeta celeberrimo y de cuenta,
Por quien, y en quien Apolo soberano
Su gloria y gusto, y su valor aumenta.
Era la insinia un cisne hermoso y cano,
Tan al vivo pintado, que dixeras,
La voz despide alegre al aire vano.
Siguen al estandarte sus vanderas
De gallardos alfereces llevadas,
Honrosas por no estar todas
enteras.
Las cajas á lo belico templadas
Al milite mas tardo vuelven presto,
De voces de metal acompañadas.
GERONIMO DE MORA llegó en esto,
Pintor excelentisimo y poeta,
Apeles y Virgilio en un supuesto:
Y con la autoridad de una gineta,
(Que de ser capitan le daba nombre)
Al caso acude y á la turba aprieta.
Y porque mas se turbe, y mas se asombre
El enemigo desigual y fiero
Llegó el gran BIEDMA de inmortal renombre.
Y con él GASPAR DE AVILA, primero
Sequáz de Apolo, á cuyo verso y pluma,
Iciar puede envidiar, temer Sincero.
Llegó JUAN DE MEZTANZA, cifra y suma
De tanta erudicion, donaire y gala,
Que no hay muerte, ni edad que la consuma.
Apolo le arrancó de Guatimala,
Y le truxo en su ayuda para ofensa
De la canalla en todo estremo mala.
Hacer milagros en el trance piensa
CEPEDA, y acompañale MEGIA,
Poetas dinos de alabanza inmensa.
Clarisimo esplendor de Andalucia,
Y de la Mancha el sin igual
GALINDO
Llegó con magestad y bizarria.
De la alta cumbre del famoso Pindo
Baxaron tres bizarros Lusitanos
(A quien mis alabanzas todas rindo.)
Con prestos pies y con valientes manos
Con FERNANDO CORREA DE LA CERDA,
Pisó RODRIGUEZ LOBO monte y llanos.
Y porque Febo su razon no pierda
El grande DON ANTONIO DE ATAIDE
Llegó con furia alborotada y cuerda.
Las fuerzas del contrario ajusta y mide
Con las suyas Apolo, y determina
Dar la batalla, y la batalla pide.
El ronco són de mas de una bocina,
Instrumento de caza y de la guerra,
De Febo á los oidos se avecina.
Tiembla debaxo de los pies la tierra
De infinitos poetas oprimida,
Que dan asalto á la sagrada sierra.
El fiero general de la atrevida
Gente, que trae un cuervo en su estandarte,
Es ARBOLANCHES, muso por la vida.
Puestos estaban en la baxa parte,
Y en la cima del monte, frente á frente
Los campos de quien tiembla el mismo Marte:
Quando una, al parecer discreta gente,
Del catolico vando al enemigo
Se pasó, como en numero de veinte.
Yo con los ojos su carrera sigo,
Y viendo el paradero de su intento,
Con voz turbada al sacro Apolo digo:
Qué prodigio es aqueste? qué portento?
O por mejor decir, qué mal aguero,
Que asi me corta el brio y el aliento?
Aquel tránsfuga que partió primero,
No solo por poeta le tenia,
Pero tambien por bravo churrullero.
Aquel ligero que tras él corria,
En mil corrillos en Madrid le he visto
Tiernamente hablar en la poesia.
Aquel tercero que partió tan listo,
Por satirico, necio, y por pesado
Sé que de todos fue siempre mal quisto.
No puedo imaginar como ha llevado
Mercurio estos poetas en su lista.
Yo fui, respondió Apolo, el engañado;
Que de su ingenio la primera vista
Indicios descubrió que serian buenos
Para facilitar esta conquista.
Señor, repliqué yo, crei que agenos
Eran de las deidades los engaños,
Digo, engañarse en poco mas ni
menos.
La prudencia que nace de los años,
Y tiene por maestra la experiencia,
Es la deidad que advierte destos daños.
Apolo respondió: por mi conciencia,
Que no te entiendo, algo turbado y triste
Por ver de aquellos veinte la insolencia.
Tu, SARDO militar LOFRASO, fuiste
Uno de aquellos barbaros corrientes,
Que del contrario el numero creciste.
Mas no por esta mengua los valientes
Del esquadron catolico temieron,
Poetas madrigados y excelentes.
Antes tanto corage concibieron
Contra los fugitivos corredores,
Que riza en ellos y matanza hicieron.
O falsos y malditos trobadores,
Que pasais plaza de poetas sabios,
Siendo la hez de los que son peores.
Entre la lengua, paladar y labios
Anda contino vuestra poesia,
Haciendo á la virtud cien mil agravios.
Poetas de atrevida hipocresia,
Esperad, que de vuestro acabamiento
Ya se ha llegado el temeroso dia.
De las confusas voces el concento
Confuso por el aire resonaba
De espesas nubes condensando en viento.
Por la falda del monte gateaba
Una tropa poetica, aspirando
A la cumbre que bien guardada estaba.
Hacian hincapie de quando en quando,
Y con hondas de estallo y con ballestas
Iban libros enteros disparando.
No del plomo encendido las funestas
Balas, pudieran ser dañosas tanto,
Ni al disparar pudieran ser mas prestas.
Un libro mucho mas duro que un canto
A JUSEPE DE VARGAS dió en las sienes,
Causandole terror, grima y espanto.
Gritó, y dixo á un soneto: tú, que vienes
De satirica pluma disparado,
Porqué el infame curso no detienes?
Y qual perro con piedras irritado,
Que dexa al que las tira, y va tras ellas,
Qual si fueran la causa del pecado,
Entre los dedos de sus manos bellas
Hizo pedazos al soneto altivo,
Que amenazaba al sol y á las estrellas.
Y dixole Cilenio: ó rayo vivo
Donde la justa indignacion se muestra
En un grado y valor superlativo,
La espada toma en la temida diestra,
Y arrojate valiente y temerario
Por esta parte que el peligro adiestra.
En esto del tamaño de un breviario
Volando un libro por el aire vino,
De prosa y verso que arrojó el contrario.
De verso y prosa el puro desatino
Nos dió á entender que de ARBOLANCHES eran
Las Avidas pesadas de contino.
Unas Rimas llegaron, que pudieran
Desbaratar el esquadron christiano,
Si acaso vez segunda se imprimieran.
Dióle á Mercurio en la derecha mano
Una satira antigua licenciosa,
De estilo agudo, pero no mui sano.
De una intricada y mal compuesta prosa,
De un asunto, sin jugo y sin donaire,
Quatro Novelas disparó PEDROSA.
Silvando recio, y desgarrando el aire,
Otro libro llegó de rimas solas
Hechas al parecer como al desgaire.
Viólas Apolo y dixo, quando viólas:
Dios perdone á su autor, y á mí me guarde
De algunas Rimas sueltas españolas.
Llegó EL PASTOR DE IBERIA, aunque algo tarde,
Y derribó catorce de los nuestros,
Haciendo de su ingenio y fuerza
alarde.
Pero dos valerosos, dos maestros,
Dos lumbreras de Apolo, dos soldados,
Unicos en hablar, y en obrar diestros:
Del monte puestos en opuestos lados
Tanto apretaron á la turba multa,
Que volvieron atras los encumbrados.
Es GREGORIO DE ANGULO el que sepulta
La canalla, y con él PEDRO DE SOTO,
De prodigioso ingenio, y vena culta.
Doctor aquel, estotro unico y doto
Licenciado, de Apolo ambos sequaces
Con raras obras y animo devoto.
Las dos contrarias indignadas haces
Ya miden las espadas, ya se cierran
Duras en su teson y pertinaces.
Con los dientes se muerden y se aferran
Con las garras, las fieras imitando,
Que toda piedad de sí destierran.
Haldeando venia, y trasudando
El autor de LA PICARA JUSTINA,
Capellan lego del contrario vando.
Y qual si fuera de una culebrina
Disparó de sus manos su librazo,
Que fue de nuestro campo la ruina.
Al buen TOMAS GRACIAN mancó de un brazo,
A MEDINILLA derribó una
muela,
Y le llevó de un muslo un gran pedazo.
Una despierta nuestra centinela
Gritó: todos abaxen la cabeza,
Que dispara el contrario otra Novela.
Dos pelearon una larga pieza,
Y el uno al otro con instancia loca
De un embion, con arte y con destreza,
Seis seguidillas le encajó en la boca,
Con que le hizo vomitar el alma
Que salió libre de su estrecha roca.
De la furia el ardor, del sol la calma
Tenia en duda de una, y otra parte
La vencedora y pretendida palma.
Del cuervo en esto el lobrego estandarte
Cede al del cisne, porque vino al suelo
Pasado el corazon de parte á parte.
Su alferez, que era un ANDALUZ mozuelo
Trobador repentista, que subia
Con la soberbia mas allá del cielo,
Helosele la sangre que tenia,
Murióse quando vió que muerto estaba
La turba pertinaz en su porfia.
Puesto que ausente el gran LUPERCIO estaba
Con un solo soneto suyo hizo
Lo que de su grandeza se esperaba.
Descuadernó, desencajó, deshizo
Del opuesto esquadron catorce hileras,
Dos criollos mató, hirió un mestizo.
De sus sabrosas burlas y sus veras
El magno CORDOVES un cartapacio
Disparó, y aterró quatro vanderas.
Daba ya indicios de cansado y lacio
El brio de la barbara canalla,
Peleando mas flojo y mas despacio.
Mas renovóse la fatal batalla
Mezclandose los unos con los otros,
Ni vale arnes, ni presta dura malla,
Cinco melifluos sobre cinco potros
Llegaron, y envistieron por un lado,
Y llevaronse cinco de nosotros.
Cada qual como moro ataviado,
Con mas letras y cifras, que una carta
De Principe enemigo y recatado.
De romances moriscos una sarta,
Qual si fuera de balas enramadas,
Llega con furia y con malicia harta.
Y á no estar dos esquadras avisadas
De las nuestras del recio tiro y presto,
Era fuerza quedar desbaratadas.
Quiso Apolo indignado echar el resto
De su poder y de su fuerza sola,
Y dar al enemigo fin molesto.
Y una sacra cancion, donde acrisola
Su ingenio, gala, estilo y bizarria
BARTOLOME LEONARDO DE ARGENSOLA,
Qual si fuera un petrarte Apolo envia,
Adonde está el teson mas apretado,
Mas dura, y mas furiosa la porfia.
Quando me paro á contemplar mi estado
Comienza la cancion, que Apolo pone
En el lugar mas noble y levantado.
Todo lo mira, todo lo dispone
Con ojos de Argos, manda, quita y veda,
Y del contrario á todo ardid se opone.
Tan mezclados están, que no hay quien pueda
Discernir qual es malo, ó qual es bueno,
Qual es GARCILASISTA, ó TIMONEDA.
Pero un mancebo de ignorancia ageno,
Grande escudriñador de toda historia,
Rayo en la pluma, y en la voz un trueno,
Llegó, tan rica el alma de memoria,
De sana voluntad y entendimiento,
Que fue de Febo y de las musas gloria.
Con este acelerose el vencimiento,
Porque supo decir: este merece
Gloria, pero aquel no, sino tormento.
Y como ya con distincion parece
El justo y el injusto combatiente,
El gusto al paso de la pena crece.
Tú PEDRO MANTUANO el excelente,
Fuiste quien distinguió de la confusa
Maquina el que es cobarde del valiente.
JULIAN DE ALMENDARIZ no reusa,
Puesto que llegó tarde, en dar socorro
Al rubio Delio con su ilustre musa.
Por las rucias que peino, que me corro
De ver que las comedias endiabladas
Por divinas se pongan en el corro.
Y á pesar de las limpias y atildadas
Del comico mejor de nuestra Esperia
Quieren ser conocidas y pagadas.
Mas no ganaron mucho en esta feria,
Porque es discreto el vulgo de la corte,
Aunque le toca la comun miseria.
De llano no le deis, dadle de corte,
Estancias Polifemas, al poeta
Que no os tuviere por su guia y norte.
Inimitables sois, y á la discreta
Gala que descubris en lo escondido,
Toda elegancia puede estar sugeta.
Con estas municiones el partido
Nuestro se mejoró de tal manera,
Que el contrario se tuvo por vencido.
Cayó su presuncion soberbia y fiera,
Derrumbanse del monte abaxo quantos
Presumieron subir por la ladera,
La voz prolija de sus roncos cantos
El mal suceso con rigor la vuelve
En interrotos y funestos llantos.
Tal huvo, que cayendo se resuelve
De asirse de una zarza ó cabrahigo,
Y en llanto á lo de Ovidio se disuelve.
Quatro se arracimaron á un quejigo
Como enjambre de abejas desmandada,
Y le estimaron por el lauro amigo.
Otra quadrilla virgen por la espada
Y adultera de lengua, dió la cura
A sus pies de su vida almidonada.
BARTOLOME llamado DE SEGURA
El toque casi fue del vencimiento,
Tal es su ingenio, y tal es su cordura.
Resonó en esto por el vago viento
La voz de la vitoria repetida
Del numero escogido en claro acento.
La miserable, la fatal caida
De las musas del limpio tagarete
Fue largos siglos con dolor plañida.
A la parte del llanto (ay me!) se mete
Zapardiel famoso por su pesca,
Sin que un pequeño instante se
quiete.
La voz de la vitoria se refresca,
Vitoria suena aqui, y alli vitoria,
Adquirida por nuestra soldadesca,
Que canta alegre la alcanzada gloria.
Al caer de la maquina excesiva
Del esquadron poetico arrogante
Que en su no vista muchedumbre estriba:
Un poeta, mancebo y estudiante,
Dixo: caipaciencia, que algun dia
Será la nuestra, mi valor mediante.
De nuevo afilaré la espada mia,
Digo mi pluma, y cortaré de suerte
Que dé nueva excelencia á la porfia.
Que ofrece la comedia, si se advierte,
Largo campo al ingenio, donde pueda
Librar su nombre del olvido y muerte.
Fue desto exemplo JUAN DE TIMONEDA,
Que con solo imprimir se hizo eterno
Las comedias del gran LOPE DE RUEDA.
Cinco vuelcos daré en el propio infierno
Por hacer recitar una que tengo
Nombrada: El Gran Bastardo de Salerno.
Guarda Apolo, que baxa guarde rengo
El golpe de la mano mas gallarda
Que ha visto el tiempo en su discurso luengo.
En esto el claro són de una bastarda
Alas pone en los pies de la vencida
Gente del mundo perezosa y tarda.
Con la esperanza del vencer perdida
No hay quien no atienda con ligero paso,
Si no á la honra, á conservar la vida.
Desde las altas cumbres de Parnaso
De un salto uno se puso en Guadarrama,
Nuevo, no visto, y verdadero caso.
Y al mismo paso la parlera fama
Cundió del vencimiento la alta nueva,
Desde el claro Caistro hasta Jarama.
Lloró la gran vitoria el turbio Esgueva,
Pisuerga la rió, rióla Tajo,
Que en vez de arena granos de oro lleva.
Del cansancio, del polvo, y del trabajo
Las rubicundas hebras de Timbreo
Del color se pararon de oro baxo.
Pero viendo cumplido su deseo,
Al son de la guitarra Mercuriesca
Hizo de la gallarda un gran paseo.
Y de Castalia en la corriente fresca
El rostro se lavó, y quedó luciente
Como de acero la segur Turquesca.
Pulióse luego, y adornó su frente
De magestad mezclada con dulzura,
Indicios claros del placer que siente.
Las reynas de la humana hermosura
Salieron de do estaban retiradas,
Mientras duraba la contienda dura:
Del arbol siempre verde coronadas,
Y enmedio la divina Poesia,
Todas de nuevas galas adornadas.
MELPOMENE, TERSICORE, Y TALIA,
POLIMNIA, URANIA, ERATO, EUTERPE, Y CLIO,
Y CALIOPE, hermosa en demasia
Muestran ufanas su destreza y brio,
Tegiendo una entricada y nueva danza
Al dulce son de un instrumento mio.
Mio, no dixe bien, mentí á la usanza
Del que dice propios los agenos
Versos, que son mas dinos de alabanza.
Los anchos prados, y los campos llenos
Están de las esquadras vencedoras,
(Que siempre van á mas, y nunca á menos)
Esperando de ver de sus mejoras
El colmo con los premios merecidos
Por el sudor y aprieto de seis horas.
Piensan ser los llamados escogidos
Todos á premios de grandeza
aspiran,
Tienense en mas de lo que son tenidos:
Ni á calidades, ni riquezas miran,
A su ingenio se atiene cada uno,
Y si hay quatro que acierten, mil deliran.
Mas Febo, que no quiere que ninguno
Quede quexoso dél, mandó á la Aurora,
Que vaya, y coja in tempore oportuno
De las faldas floriferas de Flora
Quatro tabaques de purpureas rosas,
Y seis de perlas de las que ella llora.
Y de las nueve por estremo hermosas
Las coronas pidió, y al darlas ellas
En nada se mostraron perezosas.
Tres, á mi parecer, de las mas bellas
A Partenope sé que se enviaron,
Y fue Mercurio el que partió con ellas.
Tres sugetos las otras coronaron
Alli en el mesmo monte peregrinos,
Con que su patria y nombre eternizaron.
Tres cupieron á España, y tres divinos
Poetas se adornaron la cabeza,
De tanta gloria justamente dinos.
La envidia, monstruo de naturaleza,
Maldita, y carcomida, ardiendo en saña
A murmurar del sacro dón empieza.
Dixo: será posible que en España
Haya nueve poetas laureados?
Alta es de Apolo, pero simple hazaña.
Los demas de la turba defraudados
Del esperado premio, repetian
Los himnos de la envidia mal cantados.
Todos por laureados se tenian
En su imaginacion antes del trance,
Y al cielo quejas de su agravio envian.
Pero ciertos poetas de romance
Del generoso premio hacer esperan
A despecho de Febo presto alcance.
Otros, aunque latinos, desesperan
De tocar del laurel solo una hoja,
Aunque del caso en la demanda mueran.
Vengase menos el que mas se enoja,
Y alguno se tocó sienes y frente,
Que de estar coronado se le antoja.
Pero todo deseo impertinente
Apolo resfrió, premiando á quantos
Poetas tuvo el esquadron valiente.
De rosas, de jazmines y amarantos
Flora le presentó cinco cestones,
Y la Aurora de perlas otros tantos.
Estos fueron, letor dulce, los dones
Que Delio repartió con larga mano
Entre los poetisimos varones.
Quedando alegre cada qual, y ufano
Con un puño de perlas y una rosa,
Estimando el premio sobrehumano.
Y porque fuese mas marabillosa
La fiesta y regocijo, que se hacia
Por la vitoria insigne y prodigiosa,
La buena, la importante Poesia
Mandó traer la bestia, cuya pata
Abrió la fuente de Castalia fria.
Cubierta de finisima escarlata,
Un lacayo la truxo en un instante,
Tascando un freno de bruñida plata.
Envidiarle pudiera Rocinante
Al gran Pegaso de presencia brava,
Y aun Billadoro el del señor de Anglante.
Con no sé quantas alas adornaba
Manos y pies, indicio manifiesto,
Que en ligereza al viento aventajaba.
Y por mostrar quan agil y quan presto
Era, se alzó del suelo quatro picas,
Con un denuedo y ademan compuesto.
Tú, que me escuchas, si el oido aplicas
Al dulce cuento deste gran Viage,
Cosas nuevas oiras de gusto ricas.
Era del bel troton todo el herrage
De durisima plata diamantina,
Que no recibe del pisar ultrage.
De la color que llaman columbina,
De raso en una funda trae la cola,
Que suelta con el suelo se avecina.
Del color del carmin ó de amapola
Eran sus clines y su cola gruesa,
Ellas solas al mundo, y ella sola.
Tal vez anda despacio, y tal á priesa,
Vuela tal vez, y tal hace corbetas,
Tal quiere relinchar, y luego cesa.
Nueva felicidad de los poetas!
Unos sus escrementos recogian
En dos de cuero grandes barjuletas.
Pregunté, para qué lo tal hacian?
Respondióme Cilenio á lo vellaco
Con no sé que vislumbres de ironia:
Esto que se recoge, es el tabaco,
Que á los vaguidos sirve de cabeza
De algun poeta de celebro flaco.
Urania de tal modo lo adereza,
Que puesto á las narices del doliente,
Cobra salud, y vuelve á su entereza.
Un poco entonces arrugué la frente,
Ascos haciendo del remedio estraño,
Tan de los ordinarios diferente.
Recibes, dixo Apolo, amigo, engaño.
Leyome el pensamiento. Este remedio
De los vaguidos cura, y sana el daño.
No come este rocin lo que en asedio
Duro y penoso comen los soldados,
Que están entre la muerte y hambre en medio.
Son deste tal los piensos regalados,
Ambar y almizcle entre algodones puesto,
Y bebe del rocio de los prados.
Tal vez le damos de almidon un cesto,
Tal de algarrobas con que el vientre llena,
Y no se estriñe, ni se va por esto.
Sea, le respondi, muy norabuena,
Tieso estoy de celebro por ahora,
Vaguido alguno no me causa pena.
La nuestra en esto universal señora,
Digo la poesia verdadera,
Que con Timbreo y con las musas mora,
En vestido subcinto á la ligera
El monte discurrió, y abrazó á todos,
Hermosa sobre modo, y placentera.
O sangre vencedora de los Godos!
Dixo: de aqui adelante ser tratada
Con mas suaves y discretos modos
Espero ser, y siempre respetada
Del ignorante vulgo que no alcanza,
Que puesto que soy pobre, soy
honrada.
Las riquezas os dexo en esperanza,
Pero no en posesion, premio seguro
Que al reyno aspira de la inmensa holganza.
Por la belleza deste monte os juro,
Que quisiera al mas minimo entregalle
Un privilegio de cien mil de juro.
Mas no produce minas este valle,
Aguas sí, salutiferas y buenas,
Y monas que de cisnes tienen talle.
Volved á ver, ó amigos, las arenas
Del aurifero Tajo en paz segura,
Y en dulces horas de pesar agenas.
Que esta inaudita hazaña os asegura
Eterno nombre, entanto que dé Febo
Al mundo aliento, y luz serena y pura.
O marabilla nueva, ó caso nuevo,
Digno de admiracion que cause espanto,
Cuya estrañeza me admiró de nuevo!
Morfeo, el dios del sueño por encanto
Alli se apareció; cuya corona
Era de ramos de beleño santo.
Flogisimo de brio y de persona,
De la pereza torpe acompañado,
Que no le dexa á visperas, ni á nona.
Traia al silencio á su derecho lado,
El descuido al siniestro, y el
vestido
Era de blanda lana fabricado.
De las aguas que llaman del olvido,
Traia un gran caldero, y de un hisopo
Venia como aposta, prevenido.
Asía á los poetas por el hopo,
Y aunque el caso los rostros les volvia
En color encendida de piropo,
El nos bañaba con el agua fria,
Causandonos un sueño de tal suerte,
Que dormimos un dia y otro dia.
Tal es la fuerza del licor, tan fuerte
Es de las aguas la virtud, que pueden
Competir con los fueros de la muerte.
Hace el ingenio alguna vez que queden
Las verdades sin credito ninguno,
Por ver que á toda contingencia exceden.
Al despertar del sueño asi importuno,
Ni vi monte, ni monta, dios, ni diosa,
Ni de tanto poeta vide alguno.
Por cierto estraña y nunca vista cosa,
Despavilé la vista, y parecióme
Verme en medio de una ciudad famosa.
Admiración y grima el caso dióme,
Torné á mirar, porque el temor ó
engaño
No de mi buen discurso el paso tome.
Y dixeme á mi mismo: no me engaño.
Esta ciudad es Napoles la ilustre,
Que yo pisé sus ruas mas de un año:
De Italia gloria, y aun del mundo lustre,
Pues de quantas ciudades él encierra,
Ninguna puede haver que asi le ilustre.
Apacible en la paz, dura en la guerra,
Madre de la abundancia y la nobleza,
De Eliseos campos, y agradable sierra;
Si vaguidos no tengo de cabeza,
Pareceme que está mudada en parte
De sitio, aunque en aumento de belleza.
Qué teatro es aquel donde reparte
Con él quanto contiene de hermosura,
La gala, la grandeza, industria y arte?
Sin duda el sueño en mis palpebras dura,
Porque este es edificio imaginado,
Que excede á toda humana compostura.
Llegose en esto á mí disimulado
Un mi amigo, llamado Promontorio,
Mancebo en dias, pero gran soldado.
Creció la admiracion viendo notorio
Y palpable, que en Napoles estaba,
Espanto á los pasados acesorio.
Mi amigo tiernamente me abrazaba,
Y con tenerme entre sus brazos, dixo:
Que del estar yo alli mucho
dudaba.
Llamóme padre, y yo llamele hijo.
Quedó con esto la verdad en punto,
Que aqui puede llamarse punto fijo.
Dixome Promontorio: yo barrunto,
Padre, que algun gran caso á vuestras canas
Las trae tan lejos ya semidifunto.
En mis horas mas frescas y tempranas
Esta tierra habité, hijo, le dixe,
Con fuerzas mas briosas y lozanas.
Pero la voluntad que á todos rige,
Digo el querer del cielo, me ha traido
A parte que me alegra mas que aflige.
Dixera mas, sino que un gran ruido
De pifaros, clarines y tambores
Me azoró el alma, y alegró el oido.
Volví la vista al són, vi los mayores
Aparatos de fiesta que vió Roma
En sus felices tiempos, y mejores.
Dixo mi amigo: Aquel, que ves que asoma
Por aquella montaña contrahecha,
Cuyo brio al de Marte oprime y doma,
Es un alto sugeto, que deshecha
Tiene á la envidia en rabia, porque pisa
De la virtud la senda mas derecha.
De gravedad y condicion tan lisa,
Que suspende y alegra á un
mismo instante,
Y con su aviso al mismo aviso avisa.
Mas quiero antes que pases adelante
En ver lo que verás si estas atento,
Darte del caso relacion bastante.
Será DON JUAN DE TASIS de mi cuento
Principio, porque sea memorable,
Y lleguen mis palabras á mi intento.
Este varon en liberal notable,
Que una mediana Villa le hace Conde,
Siendo rey en sus obras admirable.
Este, que sus haberes nunca esconde,
Pues siempre los reparte, ó los derrama,
Ya sepa adonde, ó ya no sepa adonde:
Este, á quien tiene tan en fil la fama,
Puesta la alteza de su nombre claro,
Que liberal y prodigo le llama:
Quiso prodigo aqui, y alli no avaro,
Primer mantenedor ser de un torneo,
Que á fiestas sobrehumanas le comparo.
Responden sus grandezas al deseo
Que tiene de mostrarse alegre, viendo
De España y Francia el regio himeneo.
Y este que escuchas, duro, alegre estruendo,
Es señal que el torneo se comienza,
Que admira por lo rico y estupendo.
Arquímedes el grande se averguenza
De ver que este teatro milagroso
Su ingenio apoque, y á sus trazas venza.
Digo pues que el mancebo generoso,
Que alli deciende de encarnado y plata,
Sobre todo mortal curso brioso,
Es el CONDE DE LEMOS, que dilata
Su fama con sus obras por el mundo,
Y que lleguen al cielo en tierra trata:
Y aunque sale el primero, es el segundo
Mantenedor, y en buena cortesia
Esta ventaja califico y fundo.
El DUQUE DE NOCERA, luz y guia
Del arte militar, es el tercero
Mantenedor de este festivo dia.
El quarto, que pudiera ser primero,
Es DE SANTELMO el fuerte CASTELLANO,
Que al mesmo Marte en el valor prefiero.
El quinto es otro Eneas el Troyano,
Arrociolo, que gana en ser valiente
Al que fue verdadero, por la mano.
El gran concurso y numero de gente
Estorbó que adelante prosiguiese
La comenzada relacion prudente.
Por esto le pedí que me pusiese
Adonde sin ningun impedimento
El gran progreso de las fiestas
viese.
Porque luego me vino al pensamiento
De ponerlas en verso numeroso,
Favorecido del Febeo aliento.
Hizolo asi, y yo vi lo que no oso
Pensar, no que decir, que aqui se acorta
La lengua y el ingenio mas curioso.
Que se pase en silencio es lo que importa,
Y que la admiracion supla esta falta
El mesmo grandioso caso exôrta.
Puesto que despues supe que con alta
Magnifica elegancia y milagrosa,
Donde ni sobra punto ni le falta,
El curioso DON JUAN DE OQUINA en prosa
La puso, y dió á la estampa para gloria
De nuestra edad, por esto venturosa.
Ni en fabulosa, ó verdadera historia
Se halla que otras fiestas hayan sido,
Ni puedan ser mas dignas de memoria.
Desde alli, y no sé como, fui traido
Adonde vi al gran DUQUE DE PASTRANA
Mil parabienes dar de bien venido:
Y que la fama en la verdad ufana
Contaba que agradó con su presencia,
Y con su cortesia sobrehumana:
Que fue nuevo Alexandro en la excelencia
Del dar, que satisfizo á todo
quanto
Puede mostrar real magnificencia:
Colmó de admiracion, llenó de espanto.
Entré en Madrid en trage de romero,
Que es grangeria el parecer ser santo.
Y desde lexos me quitó el sombrero
El famoso ACEVEDO, y dixo: á Dio,
Voi siate il ben venuto, cabaliero;
So parlar Zenoese, & Tusco anchio.
Y respondi: la vostra signoria
Sia la ben trovata, patron mio.
Topé á LUIS VELEZ, lustre y alegria,
Y discrecion del trato cortesano,
Y abracéle en la calle á medio dia.
El pecho, el alma, el corazon, la mano
Di á PEDRO DE MORALES y un abrazo,
Y alegre recebi á JUSTINIANO.
Al volver de una esquina sentí un brazo
Que el cuello me ceñia, miré cuyo,
Y mas que gusto me causó embarazo:
Por ser uno de aquellos (no rehuyo
Decirlo) que al contrario se pasaron,
Llevados del cobarde intento suyo.
Otros dos al del Layo se llegaron,
Y con la risa falsa del conejo,
Y con muchas zalemas me hablaron.
Yo socarron, yo poeton ya viejo
Volviles á lo tierno las saludes,
Sin mostrar mal talante, ó sobrecejo.
No dudes, ó letor caro, no dudes,
Sino que suele el disimulo á veces
Servir de aumento á las demas virtudes.
Dinoslo tú, David, que aunque pareces
Loco en poder de Aquis, de tu cordura,
Fingiendo el loco, la grandeza ofreces.
Dexélos esperando coyuntura
Y ocasion mas secreta para dalles
Vejamen de su miedo, ó su locura.
Si encontraba poetas por las calles,
Me ponia á pensar, si eran de aquellos
Huidos, y pasaba sin hablalles.
Ponianseme yertos los cabellos
De temor no encontrase algun poeta,
De tantos que no pude conocellos;
Que con puñal buido, ó con secreta
Almarada me hiciese un abugero
Que fuese al corazon por via reta.
Aunque no es este el premio que yo espero
De la fama, que á tantos he adquirido
Con alma grata, y corazon sincero.
Un cierto mancebito cuellierguido,
En profesion poeta, y en el trage
A mil leguas por Godo conocido:
Lleno de presuncion y de corage
Me dixo: bien sé yo, señor Cervantes,
Que puedo ser poeta, aunque soy page.
Cargastes de poetas ignorantes,
Y dexastesme á mí, que ver deseo
Del Parnaso las fuentes elegantes.
Que caducais sin duda alguna creo:
Creo, no digo bien: mejor diria
Que toco esta verdad, y que la veo.
Otro, que al parecer de argenteria,
De nacar, de cristal, de perlas y oro
Sus infinitos versos componia,
Me dixo bravo, qual corrido toro:
No sé yo para que nadie me puso
En lista con tan barbaro decoro.
Asi el discreto Apolo lo dispuso,
A los dos respondí, y en este hecho
De ignorancia ó malicia no me acuso.
Fuime con esto, y lleno de despecho
Busqué mi antigua y lobrega posada,
Y arrogéme molido sobre el lecho:
Que cansa quando es larga una jornada.
Algunos dias estuve reparandome de tan largo viage, al cabo de los quales salí á ver y á ser visto, y á recebir parabienes de mis amigos, y malas vistas de mis enemigos, que puesto que pienso que no tengo ninguno, todavia no me aseguro de la comun suerte. Sucedió pues que saliendo una mañana del monesterio de Atocha, se llegó á mí un mancebo al parecer de veinte y quatro años, poco mas ó menos, todo limpio, todo aseado y todo crugiendo gorgoranes, pero con un cuello tan grande y tan almidonado, que creí que para llevarle fueran menester los hombros de otro Adlante. Hijos deste cuello eran dos puños chatos, que comenzando de las muñecas, subian y trepaban por las canillas del brazo arriba, que parecia que iban á dar asalto á las barbas. No he visto yo yedra tan codiciosa de subir desde el pie de la muralla donde se arrima, hasta las almenas, como el ahinco que llevaban estos puños á ir á darse de puñadas con los codos. Finalmente la exôrbitancia del cuello y puños era tal, que en el cuello se escondia y sepultaba el rostro, y en los puños los brazos. Digo pues que el tal mancebo se llegó á mí, y con voz grave y reposada me dixo: es por ventura vm. el señor Miguel de Cervantes Saavedra, el que ha pocos dias que vino del Parnaso? A esta pregunta creo sin duda, que perdí la color del rostro, porque en un instante imaginé y dixe entre mí: si es este alguno de los poetas que puse, ó dexé de poner en mi Viage, y viene ahora á darme el pago que él se imagina se me debe? Pero sacando fuerzas de flaqueza, le respondí: yo, señor, soy el mesmo que vm. dice: qué es lo que se me manda? El luego en oyendo esto, abrió los brazos, y me los echó al cuello, y sin duda me besára en la frente, si la grandeza del cuello no lo impidiera, y dixome: vm. señor Cervantes, me tenga por su servidor y por su amigo, porque ha muchos dias que le soy muy aficionado asi por sus obras, como por la fama de su apacible condicion. Oyendo lo qual respiré, y los espiritus que andaban al borotados se sosegaron: y abrazandole yo tambien con recato de no ajarle el cuello, le dixe: yo no conozco á vm. sino es para servirle; pero por las muestras bien se me trasluce que vm. es muy discreto y muy principal: calidades que obligan á tener en veneracion á la persona que las tiene. Con estas pasamos otras corteses razones, y anduvieron por alto los ofrecimientos, y de lance en lance me dixo: vm. sabrá, señor Cervantes, que yo por la gracia de Apolo soy poeta, ó á lo menos deseo serlo, y mi nombre es Pancracio de Roncesvalles. Miguel. Nunca tal creyera, si vm. no me lo hubiera dicho por su mesma boca. Pancracio. Pues porqué no lo creyera vm? Mig. Porque los poetas por marabilla andan tan atildados como vm. y es la causa, que como son de ingenio tan altaneros y remontados, antes atienden á las cosas del espiritu, que á las del cuerpo. Yo, señor, dixo él, soy mozo, soy rico, y soy enamorado: partes que deshacen en mí la flogedad que infunde la poesia: por la mocedad tengo brio; con la riqueza con que mostrarle: y con el amor con que no parecer descuidado. Las tres partes del camino, le dixe yo, se tiene vm. andadas para llegar á ser buen poeta. Pan. Quales son? Mig. La de la riqueza y la del amor. Porque los partos de los ingenios de la persona rica y enamorada son asombros de la avaricia, y estimulos de la liberalidad, y en el poeta pobre la mitad de sus divinos partos y pensamientos se los llevan los cuidados de buscar el ordinario sustento. Pero digame vm. por su vida: de qué suerte de menestra poetica gasta ó gusta mas? A lo que respondió: no entiendo eso de menestra poetica. Mig. Quiero decir que á qué genero de poesia es vm. mas inclinado? al lirico, al heroico, ó al comico? A todos estilos me amaño, respondió él; pero en el que mas me ocupo, es en el comico. Mig. Desa manera habrá vm. compuesto algunas comedias. Pan. Muchas, pero solo una se ha representado. Mig. Pareció bien? Pan. Al vulgo no. Mig. Y á los discretos? Pan. Tampoco. Mig. La causa? Pan. La causa fue, que la achacaron que era larga en los razonamientos, no muy pura en los versos, y desmayada en la invencion. Tachas son estas, respondí yo, que pudieran hacer parecer mal á las del mesmo Plauto. Y mas, dixo él, que no pudieron juzgalla, porque no la dexaron acabar segun la gritaron. Con todo esto la echó el autor para otro dia: pero porfiar, que porfiar: cinco personas vinieron apenas. Creame vm. dixe yo, que las comedias tienen dias, como algunas mugeres hermosas: y que esto de acertarlas bien, va tanto en la ventura, como en el ingenio: comedia he visto yo apedreada en Madrid, que la han laureado en Toledo: y no por esta primer desgracia dexe vm. de proseguir en componerlas, que podrá ser que quando menos lo piense, acierte con alguna que le dé credito y dineros. De los dineros no hago caso, respondió él; mas preciaria la fama, que quanto hay: porque es cosa de grandisimo gusto, y de no menos importancia ver salir mucha gente de la comedia, todos contentos, y estar el poeta que la compuso á la puerta del teatro, recibiendo parabienes de todos. Sus descuentos tienen esas alegrias, le dixe yo, que tal vez suele ser la comedia tan pesima, que no hay quien alce los ojos á mirar al poeta, ni aun él pára quatro calles del coliseo, ni aun los alzan los que la recitaron, avergonzados y corridos de haverse engañado y escogidola por buena. Y vm. señor Cervantes, dixo él, ha sido aficionado á la caratula? ha compuesto alguna comedia? Sí, dixe yo: muchas, y á no ser mias, me parecieran dignas de alabanza, como lo fueron: Los Tratos de Argel: La Numancia: La gran Turquesca: La Batalla Naval: La Gerusalen: La Amaranta ó La del Mayo: El Bosque amoroso: La Unica y la vizarra Arsinda, y otras muchas de que no me acuerdo; mas la que yo mas estimo, y de la que mas me precio, fue y es, de una llamada La Confusa, la qual, con paz sea dicho de quantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado, bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores. Pan. Y agora tiene vm. algunas? Mig. Seis tengo con otros seis entremeses. Pan. Pues porqué no se representan? Mig. Porque ni los autores me buscan, ni yo les voy á buscar á ellos. Pan. No deben de saber que vm. las tiene. Mig. Sí saben, pero como tienen sus poetas paniaguados, y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo; pero yo pienso darlas á la estampa, para que se vea de espacio lo que pasa apriesa, y se disimula, ó no se entiende quando las representan; y las comedias tienen sus sazones y tiempos coma los cantares. Aqui llegabamos con nuestra platica, quando Pancracio puso la mano en el seno, y sacó dél una carta con su cubierta, y besandola, me la puso en la mano: leí el sobrescrito y vi que decia desta manera.
A Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solia vivir el Principe de Marruecos, en Madrid. Al porte: medio real, digo diez y siete maravedis.
Escandalizome el porte, y de la declaracion del medio real, digo diez y siete. Y volviendosela le dixe: estando yo en Valladolid llevaron una carta á mi casa para mí, con un real de porte: recibióla y pagó el porte una sobrina mia, que nunca ella le pagára; pero dióme por disculpa, que muchas veces me havia oido decir que en tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen medico, y en el porte de las cartas ora sean de amigos, ó de enemigos, que las de los amigos avisan, y de las de los enemigos se puede tomar algun indicio de sus pensamientos. Dieronmela, y venia en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo, ni agudeza alguna, diciendo mal del Don Quixote, y de lo que me pesó, fue del real, y propuse desde entonces de no tomar carta con porte: asi que, si vm. le quiere llevar desta, bien se la puede volver, que yo sé que no me puede importar tanto como el medio real que se me pide. Riose muy de gana el señor Roncesvalles, y dixome: aunque soy poeta, no soy tan misero que me aficionen diez y siete maravedis. Advierta vm. señor Cervantes, que esta carta por lo menos es del mesmo Apolo: él la escribió no ha veinte dias en el Parnaso, y me la dió para que á vm. la diese. vm. la lea, que yo sé que le ha de dar gusto. Haré lo que vm. me manda, respondí yo: pero quiero que antes de leerla, vm. me le haga de decirme, como, quando, y á qué fue al Parnaso? Y él respondió: como fui, fue por mar, y en una fragata que yo y otros diez poetas fletamos en Bercelona: quando fui, fue seis dias despues de la batalla que se dió entre los buenos y los malos poetas: a que fui, fue á hallarme en ella por obligarme á ello la profesion mia. A buen seguro, dixe yo, que fueron vms. bien recebidos del señor Apolo. Pan. Sí fuimos, aunque le hallamos muy ocupado á él, y á las señoras Pierides, arando y sembrando de sal todo aquel termino del campo donde se dió la batalla. Preguntéle para qué se hacia aquello, y respondióme, que asi como de los dientes de la serpiente de Cadmo havian nacido hombres armados, y de cada cabeza cortada de la Hidra que mató Hercules, habian renacido otras siete, y de las gotas de la sangre de la cabeza de Medusa se havia llenado de serpientes toda la Libia; de la mesma manera de la sangre podrida de los malos poetas que en aquel sitio havian sido muertos, comenzaban á nacer del tamaño de ratones otros poetillas rateros, que llevaban camino de henchir toda la tierra de aquella mala simiente, y que por esto se araba aquel lugar, y se sembraba de sal, como si fuera casa de traidores. En oyendo esto, abri luego la carta, y vi que decia.