[ESCENA X]


[GARCIA.]

¿En servir hay esta vida?
¿Esta gloria en la privanza?
¿En tan ligera mudanza
hay tan pesada caída?
¡Que haya sido error en mí
lo que fineza juzgué!
¡Cuando la vida arriesgué
por agradar, ofendí!
¡Fuerte caso, dura ley,
que haya de ser el privado
un astrólogo, colgado
de los aspectos del rey!
Hoy benévolo le ví,
y hoy contrario vuelve a estar:
ganélo con no matar,
y con matar lo perdí.
¿Qué es esto? ¿Pruebas conmigo
tus variedades, fortuna?
Hoy era Don Juan de Luna
mi más odioso enemigo;
hoy es ya mi amigo, y hoy
yo mismo vida le di;
hoy al Conde conocí,
y ya su homicida soy.
Hoy ví a Anarda, y hoy la amé;
hoy creí que era querido,
hoy la esperanza he perdido,
y hoy a cobrarla torné.
Hoy me vió el Príncipe, y hoy
me ví al más sublime estado,
de su favor levantado,
y ya derribado estoy
en un infierno profundo
de temor y de ansia fiera.
Paciencia; desta manera
son los favores del mundo.    (Vase.)

[Sala en casa de Anarda.]


[ESCENA XI]


Salen DON DIEGO, ANARDA y JULIA.

DIEGO. Enemigas: ¿es razón
que así la fama perdáis,
y la heredada opinión
de Pacheco y de Girón
en tan vil precio tengáis?
¿Es bien que el Conde, atrevido,
me diga en mis propias canas,
cuando voy a verle herido,
que mis sobrinas livianas
la causa del daño han sido?

ANARDA. ¿Nosotras?

DIEGO.    Vosotras, pues.

ANARDA. De desangrado delira.

DIEGO. Pues si la causa es mentira,
por lo menos verdad es
el efeto de su ira.
Dice que él no conoció
ni ha dado ocasión a quien
en nuestra calle le hirió;
mas al menos sabe bien
que desta causa nació.
Y así sus deudas conjura,
y en nuestra sangre agraviado
vengar su herida procura,
si tu mano no le cura
la que en el alma le has dado.
Bien sabes tú que en nobleza
nadie le excede en España:
de su estado la riqueza
es notoria, que acompaña
con gala y con gentileza.
Ablanda, sobrina, el pecho,
sin razón duro y extraño;
busca el gusto en el provecho;
remedie la mano el daño
que el hermoso rostro ha hecho.

ANARDA. Ya no puedo, noble tío,
a un intento tan injusto
dejar de oponer el mío;
que es castigar en mi gusto
el ajeno desvarío.
Si él de mí se enamoró,
y yo lo he desengañado,
¿qué ley me obliga al pecado,
que no sólo no hice yo,
mas antes lo he repugnado?

DIEGO. Nunca, sobrina, he creído
que al daño diste ocasión;
mas tu hermosura lo ha sido,
y a mil sin culpa han traído
sus gracias su perdición.
Que no tienes culpa digo;
mas si casarte procuro,
no tu inocencia castigo;
a estorbar el mal futuro
es sólo a lo que te obligo.

ANARDA. Señor Don Diego, ¿mi tío
da tan cobarde consejo?
Bien se ve que el pecho frío
al brazo cansado y viejo
niega el heredado brío.
¿Morir no será mejor,
que no que Mauricio diga,
en mengua de vuestro honor,
que a sus gustos nos obliga
de sus armas el temor?
¿Somos Girones, o no?
¿Hanos el valor faltado?
¿Estoy sin parientes yo?
¿Quién en Castilla a un criado
de mi casa se atrevió?
Y si en tan justa ocasión
no quisieren defender
nuestros deudos su opinión,
yo basto; que aunque mujer,
soy, en efeto, Girón.

DIEGO. ¿Estás loca? ¿Qué es aquesto?
¿Piensas que es valor tener
ese brío descompuesto?
Sólo el proceder honesto
es valor en la mujer.
Deja ya vanos antojos,
y admite este pensamiento,
o para acabar enojos,
metiéndote en un convento,
te quitaré de los ojos.

ANARDA. Vos no sois más que mi tío,
y ni aun mi padre en razón
puede forzar mi albedrío:
casamiento y religión
han de ser a gusto mío.    (Vase.)


[ESCENA XII]


[DON DIEGO, JULIA.]

JULIA. Lo que dice Anarda es justo;
que sólo en tomar estado
es tirano fuero injusto
dar a la razón de estado
jurisdicción sobre el gusto.

(Aquí baja la voz y habla, como a excusas de Anarda,
a Don Diego
.)

No es sino mucha razón
remediar el mal que viene;
mas de la ciega afición
que Anarda al Príncipe tiene
nace su resolución.
Que como Mauricio ya
deste amor viene advertido,
temerosa Anarda está
de que, siendo su marido,
de Madrid la sacará;
y como liviana intenta,
del Príncipe enamorada,
hacer a su sangre afrenta,
procura verse casada
con quien lo ignore o consienta.—
Otros remedios habra; (Alza la voz.)
que casarse deste modo
deshonor nuestro será.      (Baja la voz.)
—Dále cuenta al Rey de todo;
que él el casamiento hará.
Calla y remedia discreto,
pues yo con esta invención
te descubro su secreto,
sin ponella en ocasión
de que me pierda el respeto.
Y ella, imaginando así
que ayudo sus pensamientos,
no se guardará de mí,
y de todos sus intentos
seré espía para tí.
Agora riñe conmigo,
para ayudarme a engañalla.

DIEGO. (Alza la voz.)
Si no hiciere lo que digo
Anarda, será ausentalla
de Madrid, justo castigo.

JULIA. Si la razón excedieres,
justicia nos hará el Rey.

DIEGO. ¿Tú también mi afrenta quieres?

JULIA. Quiero lo que es justa ley.

DIEGO. ¡Ay de honor puesto en mujer!
Pues lo que quiero ha de ser
o morir quien lo estorbare.    (Vase.)

JULIA. Un monte querrá mover
el que por fuerza intentare
reducir una mujer.
(Ap.) Con esto, Alarcón, procura
mi amor de Anarda apartarte;
que en alguna coyuntura
alcanza el ingenio y arte
lo que no amor y ventura.
Callando el dolor que siento,
disponer mi dicha quiero;
que es prudente pensamiento
quitar estorbos, primero
que descubrir el intento.


[ESCENA XIII]


Sale ANARDA.

[ANARDA y JULIA.]

ANARDA. ¿En qué paró, prima mía?

JULIA. ¡Pues qué! ¿no nos escuchabas?
Que bien a gritos reñía.

ANARDA. Tal vez la voz moderabas,
y entonces no te entendía.

JULIA. Entonces con falso pecho,
porque se fíe de mí,
de mi lealtad satisfecho
Don Diego Girón, de tí
murmuraba en tu provecho.
Mil defectos le decia
de tu extraña condición,
y modos, le proponía,
con que reducir podría
a la suya tu intención.

ANARDA. Un ejemplo de amistad
miro en ti.

JULIA. (Ap.) El mejor engaño
es con la misma verdad.

ANARDA. Ya el remedio deste daño
resuelve mi voluntad.

JULIA. ¿Cómo?

ANARDA.    A llamar he enviado
el valiente forastero,
y de que a tomar estado
me resuelvo, dalle quiero
para el Príncipe un recado.
Que con aquesta ocasión
dalle mi amor solicita
a mi querido Alarcón
los indicios que permita
mi honesta reputación.
Y tú, quedándote aquí
sola con él, le dirás,
como que sale de tí
y que de su parte estás,
el amor que reina en mí.
Que pues la ocasión convida,
goce della, y a su Alteza
en casamiento me pida:
y díle tú la firmeza
con que tengo defendida
del Príncipe y de Mauricio
mi honestidad, pues lo sabes;
porque a un celoso juicio
le ha de obligar el indicio
de pretendientes tan graves.

JULIA. Yo del Príncipe imagino
que tu intento ha de estorbar.

ANARDA. Diréle que determino
casarme, por allanar
a sus gustos el camino;
porque de otra suerte intenta
los cielos atrás volver;
y así es fuerza que consienta
en mi intento, por tener
fin del mal que le atormenta.
Que aunque él es tan poderoso,
si a un hombre de tal valor
tengo, prima, por esposo,
no será dificultoso
el defendelle mi honor.

JULIA. Tu agudo ingenio bendigo.

ANARDA. Todo es cautelas amor.

JULIA. (Ap.) Y así las uso contigo.
No hay enemigo peor
que el que trae rostro de amigo.


[ESCENA XIV]


Sale INÉS.

[INÉS, ANARDA, JULIA.]

INÉS. El amo de Hernando quiere
licencia de verte.

ANARDA. Inés,
mientras conmigo estuviere,
es bien que al balcón estés,
por si mi tío viniere.    (Vase Inés.)

JULIA. ¿Iréme?

ANARDA.    Ponte en lugar
donde la plática entiendas;
que habiéndome de ayudar,
es bien que sepas las sendas
por donde has de caminar.

JULIA. (Ap.) A ejecutar mi intención.

ANARDA. Y advierte en el artificio
con que en aquesta ocasión,
sin ofender mi opinión,
le doy de mi amor indicio.

(Vase Julia, y espía desde el dosel.)


[ESCENA XV]


Salen GARCI-RUIZ y HERNANDO, de camino.

[JULIA, ANARDA, GARCIA, HERNANDO.]

GARCIA. Dadme, Anarda, los pies.

ANARDA.    Poco es la mano
a tan valiente y noble caballero.
¿De camino venís?

GARCIA.    Búscase en vano
firmeza en bien del mundo lisonjero,
y el que en la voluntad de un nombre humano
libra sus dichas, ha de estar primero
apercebido para la mudanza,
que del favor admita la esperanza.
Ayer, ya vos sabéis por qué camino,
hallé fácil al cielo la subida
¡Mentirosa amistad de mi destino!
¡Traidora prevención de la caída!
La humilde vara en levantado pino
fué con súbito aumento convertida,
porque del viento airado a la violencia
diese efeto mi propia resistencia.
Aquel alto lugar que ayer tenía,
perdí, señora, anoche; sabe el cielo
que por fineza más que culpa mía;
que tengo en mi conciencia mi consuelo.
Cuando pensé que al mismo sol subía,
con todo el edificio dí en el suelo.
Erré, mas no pequé; soy castigado;
que es con el Rey un yerro gran pecado.
Miróme disgustado, reprehendióme
severo, y las espaldas volvió esquivo,
y entrándose en su cámara, dejóme
fuera de ella y de mí, sin alma y vivo.
No sé cuál medio en tal extremo tome:
a entrar o a estarme en vano me apercibo,
como, al que sueña toros, hace el miedo
que ni pueda correr ni estarse quedo.
Al fin, sin velle a mi posada vuelvo;
que es, aunque sin razón, príncipe airado;
la noche toda en confusión me envuelvo,
sin atreverse el sueño al gran cuidado;
y al fin, en ausentarme me resuelvo,
y el cuerpo huyendo al peligroso estado
y a la inquietud de la ambición sedienta,
vivir con mis vasallos y mi renta.
Y hoy, cuando a visitaros ya partía,
por despedirme, Anarda, y disculparme,
llegó un recado vuestro que podría,
a ser sol fugitivo, repararme.
Viene obediente el que cortés venía:
mandadme liberal para obligarme;
que da, pidiendo, vuestra gran belleza,
y es dejaros servir vuestra largueza.

ANARDA. Señor Garci-Ruiz, desdicha grave
siempre tocó al mayor merecimiento.
Si rodó la fortuna, ¿quién no sabe
que sólo en ser mudable tiene asiento?
Lo que yo admiro, y en razón no cabe,
es sólo vuestro poco sufrimiento;
que ¿quién pensara que faltar podía
gran fortaleza a grande valentía?
A suerte desigual igual semblante
es propia acción de pechos valerosos.
Animoso emprender, sufrir constante
consigue los laureles vitoriosos.
No al primero desdén huya el amante;
grandes los bienes son dificultosos;
poco al Príncipe amáis, oso decillo,
pues pretendéis servirle sin sufrillo.

GARCIA. ¿Poco es perder la vida por su gusto?

ANARDA. Sufrirlo es menos, e impaciente os hallo.

GARCIA. Un injusto rigor sufrir no es justo.

ANARDA. A ser justo, ¿qué hiciérais en llevallo?
Y debéis advertir que si es injusto,
ausentaros será justificallo.
Ponerse del juez en la presencia
es el mejor testigo de inocencia.
No os vais, Garci-Ruiz, o por lo menos
pensaldo bien primero; que seguirse
prueban mil libros de sentencias llenos,
presto arrojarse y presto arrepentirse.
Ved a su Alteza; que los hombres buenos
no se ausentan del Rey sin despedirse.

GARCIA. A despedirme dél por vos venía.

ANARDA. Yo ¿qué poder del Príncipe tenía?

GARCIA. ¡Feliz quien tal ingenio y beldad ama!

ANARDA. No, no, lísonjas no, que no os las creo;
que yo supe que ayer a cierta dama
centellas envió vuestro deseo;
y hoy de la ardiente repentina llama,
pues queréis ausentaros, libre os veo.
¡Múdase tal varón en un instante,
y culpa a la fortuna de inconstante!

GARCIA. Al que muda con causa de consejo,
no puede darse nombre de liviano.

ANARDA. No me satisfagáis, que no me quejo.

GARCIA. ¿Tiráis la piedra y escondéis la mano?
Dios sabe, si tan alta empresa dejo,
que un poder me ha oprimido soberano.

ANARDA. Contra amor firme no hay poder bastante.

GARCIA. Precióme de leal, si de constante.
Si a quien debo lealtad, esa persona
quiere, ¿será razón que yo prosiga?

ANARDA. En el amor es yerro, y se perdona
lo que sin él, traición que se castiga,
y el diferente fin la acción abona
del vasallo a quien más la ley obliga;
que si casarse intenta, nada ofende
al señor que gozar sólo pretende.
No digo que lo hagáis, que es causa ajena;
allá con vos las haya, la ofendida;
sólo probaros quiero que la pena
tenéis, que os da fortuna, merecida.
Pecáis mudable, y por castigo ordena
otra mudanza, mal de vos sufrida.
O firmeza aprended en vuestro intento,
o en ajenas mudanzas sufrimiento.

GARCIA. Si como firme os amo...

ANARDA.    Si pensara
que yo de vuestro amor era el objeto,
ofendida de vos, no os escuchara,
que la mudanza es falta de respeto.
Quien una vez conmigo se declara,
tal debe estar del amoroso efeto,
que por lealtad, honor, premio o castigo,
ha de romper hasta casar conmigo.
No, bien sé que otra amáis, o lo he creído,
que a pensar que era yo, disimulara,
por no dar ocasión a que atrevido
vuestro pecho su amor me declarara;
mas siempre cortesana ley ha sido
decir lisonjas y alabar la cara.
Si por eso lo hacéis, yo más querría
tosca verdad, que falsa cortesía.

GARCIA. Si es la verdad grosera, soy grosero.

ANARDA. Basta, mirad que el Príncipe me ama.

GARCIA. Peco si intento, pero no si os quiero.

ANARDA. Amor da intentos como el fuego llama.
Decir amo es intento verdadero;
que a recíproco amor el amor llama.

GARCIA. El fin diverso abona mis acciones.

ANARDA. No son para conmigo mis liciones;
para con la que amáis os las he dado.
Bien sé que otra os ocupa el pensamiento;
que a ser yo vuestro amor, dichoso estado
le daba la ocasión a vuestro intento;
pues para lo que ahora os he llamado,
es para que tratéis mi casamiento
con el Príncipe vos, si habéis de vello,
diréos la causa que me obliga a ello.

GARCIA. Por fuerza os he de obedecer, señora.

ANARDA. Sabed que está Mauricio, el Conde, herido,
y dice que, si bien la mano ignora,
sabe que yo la causa dello he sido,
y puesto que me iguala y que me adora,
me resuelva a admitille por marido,
o que contra mi sangre verá España
salir todos sus deudos a campaña.
Yo aborrezco a Mauricio, y si le amara,
esta amenaza que a mi sangre ha hecho,
a no dalle la mano me obligara;
que no se rinde el gusto a su despecho.
En favor de Mauricio se declara
mi tío, que procura su provecho;
el Príncipe, que tanto amarme jura,
muéstrelo en remediar mi desventura;
que pues su Alteza no ha de ser mi esposo,
y querer mi deshonra es no quererme,
es en esta ocasión lance forzoso,
buscar quien pueda honrarme y defenderme.
Por si resiste el Príncipe amoroso,
de vuestra autoridad quise valerme.
Vos persuadidle, y advertid, García,
que en vuestra voluntad dejo la mía.

(Vase y topa con Julia.)

GARCIA. (Ap.) ¡Con cuán honestas señales
Anarda en esta ocasión
me ha mostrado su afición!

ANARDA. Dile tú agora mis males.    (Vase.)


[ESCENA XVI]


[JULIA, GARCIA, HERNANDO.]

GARCIA. (Ap.)
¡Dichoso mil veces yo!

HERNANDO. ¿Ya se pasó la tristeza
del enojo de su Alteza?

GARCIA. Con tal trueque, ¿por qué no?
Cuando en tal privanza estoy,
¿qué importa la que he perdido?
Haz cuenta que ya marido
de la hermosa Anarda soy.

HERNANDO. ¿Tan presto?

GARCIA. Ella misma ha abierto
a mis intentos lugar.

HERNANDO. ¿Quién creyera en tanto mar
que estaba tan cerca el puerto?

JULIA. Caballero forastero...

GARCIA. Bella cortesana...

JULIA.        Oíd,
por forastero en Madrid,
un consejo daros quiero.
No tengáis a poco seso
que, sin pedillo, os le doy,
porque disculpada estoy
con lo que en dalle intereso,
Anarda, según he oído,
poder de casalla os dió,
y a Mauricio os declaró
que no quiere por marido.
La causa os diré, y así
vos de ella colegiréis
lo que en esto hacer debéis,
y lo que me mueve a mí.
Soy su prima, y de su amor
secretaria; mas ahora
soy a su amistad traidora
por ser leal a mi honor.
Por su Alteza Anarda muere:
y como ya el Conde herido
deste amor está advertido,
por esposo no le quiere;
que a impedir es poderoso
la infamia que Anarda intenta,
y a quien lo ignore o consienta
quiere tener por esposo.
De aquí podéis entender
lo que me va en no callar,
y si vos debéis mirar
a quién la dais por mujer.    (Vase)


[ESCENA XVII]


[GARCIA, HERNANDO.]

GARCIA. ¿Qué es aquesto, cielo eterno?
¿Soy yo aquel que agora fuí?
¿De un paso al cielo subí,
y de otro bajé al infierno?
Agora tuve delante
la gloria por quien suspiro,
y en medio en un punto miro
mil montañas de diamante.
El que a tal nació sujeto,
¿qué perdiera en no nacer?

HERNANDO. ¿Qué te ha dicho esta mujer?

GARCIA. ¿No te lo ha dicho el efeto?
Un desengaño.

HERNANDO.    Fortuna
nos da su retrato en tí.
Agora pisar te ví
con los mismos pies la luna,
y ya en el centro profundo
de dolor y rabia fiera.

GARCIA. Paciencia; desta manera
son los favores del mundo.




ACTO TERCERO


[La calle frente a la casa de Anarda.]


[ESCENA PRIMERA]


DON JUAN, JULIA.

JUAN. Su Alteza, que por mandado
del Rey a Toledo parte,
de Anarda quiere encargarte
en esta ausencia el cuidado.

JULIA. (Ap. Ocasión me da con esto
para esforzar mi invención.)
En estrecha obligación
hoy el Príncipe me ha puesto;
que pues de mí se confía,
guardarle debo amistad,
y el decirle la verdad
corre ya por cuenta mía.

JUAN. Habla pues.

JULIA.    Dile que vea
que al forastero Alarcón
tiene mi prima afición,
y ser su esposa desea.
Si lo consigue, su Alteza
se puede dar por perdido;
que da el amor del marido
a la mujer fortaleza.
No hay qué esperar si se casa
con hombre de tal valor
y que sabe ya el amor
en que el Príncipe se abrasa.
Ella dirá que desea
casarse por allanar
el camino y dar lugar
al Príncipe; no lo crea,
que es engañoso artificio,
y ha de resistir después.

JUAN. Pues tu consejo ¿cuál es?

JULIA. Que la case con Mauricio,
a quien da en aborrecer
Anarda, que de ofendido
está muy cerca el marido
que aborrece la mujer.

JUAN. Y Mauricio ¿no es honrado,
y a guardar su honor bastante?

JULIA. Deste intento está ignorante;
nada puede un descuidado.

JUAN. ¿Sabes si el Conde querrá?

JULIA. Sé que por Anarda muere.

JUAN. ¿Pues cómo, de que la quiere
el Príncipe, ajeno está?

JULIA. Su Alteza es tan recatado
que nunca el Conde Mauricio
tuvo de su amor indicio;
tú solo celos le has dado
con tus rondas y paseos.
Mas eso no ha de estorballe,
pues cesa con declaralle
que causo yo tus deseos.

JUAN. Si el Conde está sospechoso,
ha de pensar que es enredo.

JULIA. Pues quitarémosle el miedo
con que seas tú mi esposo.

JUAN. ¿Qué dices? ¿Tan gran favor
he merecido de ti?

JULIA. ¿No es tiempo que obren en mí
tus méritos y tu amor?

JUAN. ¡Dulce fin de tantos daños!

JULIA. (Ap.)
Anarda la mano dé
al Conde; que yo sabré
usar contigo de engaños.

JUAN. Su Alteza, mi bien, me espera.

JULIA. ¿Hasme de olvidar, Don Juan?

JUAN. Antes, Julia, olvidarán
las estrellas su carrera.

JULIA. De tu ausencia y mi tristeza
¿cuándo el fin tengo que ver?

JUAN. Esta noche he de volver
por la posta con su Alteza.
(Vase)

JULIA. (Ap. Bien engañado lo envío.
Mas ¡ay! ¿si se va Alarcón
a Toledo? Una invención
remedie el tormento mío.)
Don Juan.        (Vuelve Don Juan.)

JUAN.    Señora.

JULIA.        Oye.

JUAN.             Dí.

JULIA. Mira que es inconveniente
que Garci-Ruiz se ausente
en esta ocasión de aquí,
que examinar su intención
con cautela es acertado;
que si paga, enamorado
de mi prima, su afición,
tales cosas le diré,
que aborrezca a la que estima,
y despechada mi prima
al Conde la mano dé.

JUAN. Dirélo al Príncipe así.
Loco voy con tu favor.    (Vase.)

JULIA. ¡En qué laberinto, amor,
me voy entrando tras tí!
A Don Juan he dicho ahora
que está Mauricio ignorante
de que es el Príncipe amante
de Anarda; y que no lo ignora
dije a Don Diego, mi tío.
Con sus intenciones varias,
y por dos causas contrarias
a un mismo efeto los guio.


[ESCENA II]


Sale DON DIEGO.

[JULIA, DON DIEGO.]

DIEGO. Ya, Julia querida, he dado
cuenta al Rey de nuestro intento,
y que el Príncipe al momento
de Madrid salga ha mandado.

JULIA. ¿Y en lo que a Mauricio toca?

DIEGO. Que la mano le dará,
o en un convento tendrá
justo castigo esa loca.

JULIA. Yo haré con tal artificio
lo que tu pecho desea,
que el mismo Príncipe sea
quien la case con Mauricio.

DIEGO. De remediar nuestro honor
tengo justa confianza
en lo que tu ingenio alcanza.

JULIA. (Ap.)
Di en lo que alcanza mi amor.

(Vanse.)




[Cámara del Príncipe.]


[ESCENA III]


Salen EL PRINCIPE, con botas, y GERARDO, con las espuelas, para
ponérselas. [Luego DOS PAJES.]

PRINCIPE. Acaba; que me tienes ya cansado.

GERARDO. (Ap.)
En quemar la materia más cercana,
al fuego imita un Príncipe enojado.

PRINCIPE. Pónlas, acaba. ¡Cuán de buena gana
con ellas las entrañas le rompiera
al que pena me dió tan inhumana!

(Sale un Paje.)

PAJE. Ya apercebido el carrüaje espera.

PRINCIPE. Pues ¿quién te lo pregunta?

PAJE.        Vuestra Alteza
mandó que en siendo tiempo lo dijera.

PRINCIPE. No obedecerme fuera más fineza,
que el discreto no da, sin ser forzado,
nuevas que sabe que han de dar tristeza.

(Sale el Paje 2°)

PAJE 2°. A vuestra Alteza aguarda aderezado
el almuerzo, señor.

PRINCIPE.    Todos entiendo
que os habéis a matarme conjurado.
Necio, a quien de la vida está partiendo,
¿qué gusto puede darle la comida?
Que es, amando, partir, vivir muriendo.
Idos de aquí, dejadme; que la vida
me sobra, pues me falta la paciencia.
¡Ay antes muerta gloria que nacida!
El favor vino anoche, y hoy la ausencia,
porque tenga en la misma medicina
materia más copiosa la dolencia.

PAJE 1°. [Hablando] aparte [con el 2°]
Agora entra Alarcón.

PAJE 2°.    Él no imagina
que está el mar por el cielo.

PAJE 1°.        ¿Llegar osa?
Corre—Faetón—a su fatal ruina.


[ESCENA IV]


Sale GARCIA. [EL PRINCIPE, GARCIA, GERARDO, y PAJES.]

GARCIA. Si acaso vuestra mano poderosa,
del justo enojo, de mi error causado,
ha envainado la espada rigurosa,
merézcala besar quien humillado
en cambio dél, señor, la sangre ofrece
que en el servicio vuestro ha derramado.

PRINCIPE. Alzad, Garci-Ruiz, y si os parece
que yo estuve enojado, yerro ha sido;
que vuestro amor leal no lo merece.
Sabiendo que un vasallo estaba herido
por mi causa, aquel justo sentimiento
de lastimado fué, no de ofendido.
Decir que errastes fué un advertimiento
y regla de servirme, no castigo;
que sé que no hay pecado sin intento.
Graves razones son las que conmigo
os dieron de amistad el nudo estrecho;
no levemente pierdo un buen amigo.
Sabréis de hoy más de mi piadoso pecho
la condición; jamás de ajeno daño
quiero que nazca mi mayor provecho.

GERARDO. (Ap. con los pajes.)
Ved de quien sirve el claro desengaño;
aquí nos anegamos, y en bonanza
da al viento aquí esta nave todo el paño.

PAJE 1°. ¿Quién creyera tan presto tal mudanza?

PAJE 2°. Merécela Alarcón.

PAJE 1°.    Bueno es ser bueno;
mas no el honrado, el venturoso alcanza.

(Vanse los criados.)


[ESCENA V]


[EL PRINCIPE, GARCIA.]

PRINCIPE. Tratemos de mis males, que estoy lleno
de rabia y de dolor, y el pecho mío
se enciende en furia de mortal veneno.
Hoy de mi Anarda ese caduco tío
al Rey de mis intentos se ha quejado;
vuestro yerro causó tal desvarío.
Mauricio fué el herido; han sospechado
que por mi voluntad, y que a Toledo
parta al punto, mi padre me ha mandado.
¿Cómo, ausente de Anarda, vivir puedo,
si aunque presente estoy, muriendo vivo?

GARCIA. Si tu amor firme o tu celoso miedo
remedio alcanza de tu mal esquivo
posible, huya el dolor, la pena olvida,
pues que yo a ejecutallo me apercibo.
Lo que mi brazo erró, emiende mi vida;
que desde que empezó, por justa herencia,
está por tí a perderse apercebida.
Para seguirte en esta triste ausencia
las espuelas calcé, (Ap. Callo mi intento,
pues la misma ocasión da la advertencia.)
La vida sigue el mismo pensamiento:
traza, resuelve, manda; que no siente
imposible mi fiel atrevimiento.

PRINCIPE. Vuestra lealtad, que al sol resplandeciente
su luz opone, alivia mi tormento;[8]
y así, mientras de Anarda peno ausente,
en prendas quedaréis de mi firmeza,
que ser Argos de Anarda es gran ventura,
por mirar con cien ojos su belleza.

GARCIA. Premiáis mi amor. (Ap. Aquí la suerte dura
el resto echó; ¡por cuidadosa guarda
quedo yo contra mí de su hermosura!)
Un recado, señor, la hermosa Anarda
me ha dado para tí.

PRINCIPE.    ¿Cómo, García,
tanto tu lengua en referirlo tarda?

GARCIA. Porque no solicita tu alegría;
y a no obligar la ley de buen criado,
con el silencio más te serviría.

PRINCIPE.
Habla ya; que el temor me ha atormentado
más que la nueva puede.

GARCIA.    Tu mal siento,
si bien en tu valor voy confiado,
porque es el toque dél el sufrimiento.

[Hablan en voz baja.]


[ESCENA VI]


Salen DON JUAN y GERARDO.

[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, GERARDO.]

GERARDO. [Hablando con Don Juan a la puerta de la
cámara
.]
Como el toro, a quien tiró
la vara una diestra mano,
arremete al más cercano
sin buscar a quien le hirió,
su Alteza, con el dolor
que esta nueva le ha causado,
en nosotros ha vengado
los agravios de su amor.
Mas en entrando Alarcón,
o de amor, o de respecto,
serenó el airado aspecto
y mudó la condición.

JUAN. Bien sabe Garci-Ruiz
merecer tanto favor.

GERARDO. Merece con el señor
quien tiene estrella feliz.

PRINCIPE. ¿Que le dé marido yo?

GARCIA. Así lo dice.

PRINCIPE.    ¡Ah García!
En mi loco amor confía
quien tal recado envió.
¡Ah cielo! ¡Yo le he de dar
a la que adoro marido!
Cuánto corta en un rendido
la espada, quiere probar.
¡Anoche el favor primero,
y hoy desengañarme así!

GARCIA. (Ap.)
Que fué el amor para mí,
de todo con causa infiero.
Pero ¿cómo puedo ¡ay triste!
merecer por dulce esposa
mujer tan noble y hermosa,
y que a un Príncipe resiste?

PRINCIPE. ¿Qué haré?

GARCIA.    En casos de amor
nunca supe dar consejo.

PRINCIPE. Vos, pues en la corte os dejo,
con vuestro seso y valor
divertidla de ese intento,
encarecedle mi pena,
mientras el remedio ordena
mi afligido pensamiento.

GARCIA. Dos imposibles, señor,
me encargas.

PRINCIPE.    Tal caballero
para tales casos quiero.
Caballerizo mayor...

GARCIA. [Arrodillándose.]

De Alejandro es Vuestra Alteza
envidia.

(Sale Don Juan.)

PRINCIPE.    Alzad pues. Don Juan,
¿calláis?

JUAN.    Callando se dan
nuevas que son de tristeza.

PRINCIPE. ¿Qué hay de Julia?

JUAN.    Ya la ví.

PRINCIPE. No temáis; que de Alarcón
sé ya la resolución
de mi Anarda contra mí.
Ya sé que se determina
a casarse esa cruel.

JUAN. (Aparte al Príncipe.)
¿Luego ya sabréis que es él
a quien Anarda se inclina?

PRINCIPE. ¿Quién?

JUAN.    Repórtate.

PRINCIPE.        Acabad:
que el alma en furor se abrasa.

JUAN. Oye, señor, lo que pasa,
si Julia dice verdad.

(Hablan los dos en secreto.)

GERARDO
De la merced que os ha hecho
el Príncipe, alegre os doy
un gran parabién.

GARCIA.    Yo estoy
de vuestro amor satisfecho
pero podéis persuadiros
que nada quedo a deber
y cuanto tenga ha de ser,
Gerardo, para serviros.

GERARDO.
Vuestro valor al deseo
da seguras esperanzas.

GARCIA. (Ap.) Tocando estoy las mudanzas
de mi suerte, y no las creo.
¿Quién, del infeliz estado
en que hoy se vió mi ventura,
creyera que a tanta altura
hoy me viera levantado?

PRINCIPE. ¡Tal maldad! ¡Viven los cielos,
que he de hacer!...

JUAN.    Señor, detente.

PRINCIPE. ¿Quieres que el volcán reviente,
y el mundo abrasen mis celos?
¡Alarcón!

JUAN.    Que adviertas, ruego,
a su gran valor.

PRINCIPE.        Salid
al momento de Madrid.

GARCIA. ¿Para adónde?

PRINCIPE.    Salid luego,
y cuanto más lejos vais,
me daré por más servido.

GARCIA. Señor...

PRINCIPE.    Ya estoy ofendido
de que partido no hayáis.

GARCIA. [Ap. retirándose.]
¿Qué es esto, suerte importuna?
¿Así el favor desvanece?
¡Vive el cielo, que parece
que está loca la fortuna!
¿Qué le habrá dicho Don Juan?
Mas de Don Juan ¿qué recelo,
si estas mudanzas del cielo
ciertos avisos me dan,
haciéndome sin segundo
ya en el bien y ya en el daño,
del engaño y desengaño
de los favores del mundo? (Vase.)