dichos, francisco
Garlopa.—¡Pues no faltaba más! 5
Francisco.—¿Qué pasa, qué es esto?
Atilano.—Acompaña á este caballero y á esta
señora.
Garlopa.—Ni que robara uno el dinero. ¡Dos
duros! ¡Dos duros! 10
Francisco.—Haga usted el favor... (Empujándole
suavemente y haciéndole salir del gabinete.)
Garlopa.—No me toque usted, que ya me marcho.
(Salen á la sala.)
Isidra.—(¡Ten prudencia, por Dios!) 15
Garlopa.—Cállese usted si no quiere que le iguale
los dos carrillos.
Isidra.—(¡Ay, qué bruto!)
Garlopa.—¡Dos duros! ¡Dos duros! ¡Ni en Sierra
Morena! ¡Dos duros! (Vanse.) 20
don atilano y francisco, ya en la sala
Atilano.—¡Gracias á Dios! ¿Lo ves? Como me
dijiste que por la cosa más sencilla se llevaba dos duros...
ahí tienes las consecuencias. ¡Un escándalo!
Francisco.—Eso ya pasó, no se preocupe usted.
Venga mi duro.
Atilano.—¿Qué duro?
Francisco.—El que me corresponde de los dos.
Atilano.—Si no me ha dado nada. 5
Francisco.—¡Hombre! ¿Y arma esa bronca? Voy
á decirle... (Deteniéndose á la puerta.) ¡Ah! Viene
alguien. Ande usted adentro. (Don Atilano entra rápidamente
en el gabinete.)
Atilano.—Con esta cuestión me he puesto más 10
nervioso.
dichos y el señor peláez, con sombrero de copa y muy elegante.
Francisco.—Puede usted entrar, caballero, no hay
nadie.
Peláez.—Me alegro mucho. (Entra en el gabinete.)
Francisco.—Pase usted. (Éste no es de los que se 15
marchan sin pagar.) (Vase por el foro.)
Peláez.—Muy buenos días.
Atilano (Aterrado al verle).—¡Virgen Santísima! ¡El
Subsecretario!
Peláez.—¡Cómo! ¿Es usted Raigón? 20
Atilano.—No, señor, no: yo soy... el sus... el sus... el
sustituto. (¡Ay, qué susto!)
Peláez.—¿El señor Raigón está enfermo?
Atilano.—Sí, señor.
Peláez.—Pues, hombre, celebro tanto que sea usted 25
quien esté en su lugar, porque para esto parece que
inspira más confianza una persona conocida... (Quitándose
el sobretodo.)
Atilano.—Sí, señor, sí.
Peláez.—Yo ignoraba que usted fuese dentista...
Atilano.—Sí, señor, sí. 5
Peláez.—Pues aquí me tiene usted desesperado.
Atilano.—¿Sí, eh?
Peláez.—Hace ocho días que no descanso por una
maldita muela. Padezco mucho de la boca. No voy
á tener más remedio que ponerme dentadura postiza. 10
Vea usted, ¡estoy perdido! (Abriendo la boca.)
Atilano.—(¡Es verdad, perdido!) (Antes de
mirarle.)
Peláez.—Mire usted allá adentro.
Atilano (Acercándose á mirarle).—(¿Por qué no me 15
traga?)
Peláez.—Apenas me quedan huesos, porque yo para
esto he sido muy resuelto siempre. Me duele una,
¡fuera con ella!
Atilano.—¡Qué valor! 20
Peláez.—Ahora es ésta (Enseñándola.) la que me
atormenta.
Atilano.—(¡Qué gorda es!)
Peláez.—He pasado toda la noche sin dormir y ya
esta mañana dije: no sufro más, resueltamente me la 25
saco. Y aquí estoy decidido á todo... En este momento
no me duele nada, absolutamente nada...
Atilano.—¡Cuánto me alegro! Pues yo aconsejo á
usía...
Peláez.—Déjese de tratamientos... 30
Atilano.—Yo le aconsejo que se vuelva á su casa y
se acueste, ya que no ha dormido esta noche. Y allí,
muy tranquilito, se está hasta mañana, y si le retienta á
usía, se aguanta, y mañana vuelve por aquí.
Peláez.—No puede ser. Necesito asistir al Congreso
esta tarde. Está anunciada una interpelación, 5
tendré que hablar y no puedo exponerme á estar allí
rabiando... De ninguna manera. En estos casos no
hay que vacilar. ¡Ande usted pronto! (Se sienta en el
sillón.)
Atilano.—(¡Pero qué afán de que se la saque!) 10
Peláez.—Yo soy así para todas mis cosas.
Atilano.—Sin embargo, me permito volver á aconsejarle
que deje para otro día la extracción...
Peláez.—Pero, ¿por qué? Si no hay inflamación ni
nada. 15
Atilano.—Pues bien, yo... lo confieso. No me
atrevo... Si estuviera el señor Raigón sí; pero yo
solo... la verdad... El temor de hacer daño á usía,
una persona que me inspira tanto respeto...
Peláez.—Ésa es demasiada modestia. No me 20
obligue usted á ir á otro dentista cuando ya estoy aquí.
Si el señor Raigón le deja sustituyéndole será porque le
juzga á usted digno de ello...
Atilano.—Crea usía que yo...
Peláez.—Éste es un caso raro: el paciente animando 25
al doctor. (Riendo.) Vamos, hombre, le repito á usted
que á mí esto no me asusta. (Levantándose del sillón.)
Atilano.—(Á mí sí.)
Peláez.—Y para darle ánimo y vencer esa timidez,
hija del respeto, que yo agradezco mucho, voy á hacerle 30
una promesa solemne. Si me saca usted la muela de
un solo tirón, mañana mismo le doy la credencial
que solicita.
Atilano.—¿Eh?
Peláez.—Palabra de caballero.
Atilano (Con resolución trágica).—Siéntese usía. 5
(Casi obligándole á sentarse.) (Ahora ó nunca.)
Peláez.—(Ya se ha decidido. ¡Pobre hombre!)
Atilano.—(¡Empleado! ¡Empleado! ¡Le saco
cuanto hay que sacar!) Ésta es la cocaína, sí. Le untaré
mucha. Prepárese usía. (¡Dios ponga tiento en 10
mis manos!) (Le unta con el algodón empapado en la
cocaína.) Agárrese usía bien por si acaso.
Peláez.—Ya estoy, ya.
Atilano (Cogiendo el «forceps»).—Abra usía la boca...
Ea, valor. 15
Peláez.—Lo tengo.
Atilano.—No, si me lo digo á mí mismo. (¡Ay, qué
sudores!) Rece usía el credo. (Con naturalidad.)
Peláez (Riéndose).—Hombre, va usted á
ajusticiarme... 20
Atilano.—No; pero una oración siempre conviene
en los trances difíciles. (¡Santa Polonia, abogada de las
muelas, ven en mi auxilio!) Ésta ¿eh? (Metiéndole el
dedo en la boca.)
Peláez.—Sí, ésa. 25
Atilano (Tira y saca la muela sin que Peláez se queje).—Consumatum
est.
Peláez.—¡Gracias á Dios! (Se enjuaga.)
Atilano (Asombrado mirándola).—¡Se la saqué, se la
saqué! 30
Peláez (Muy sonriente).—No he sentido nada. (Se
levanta y durante el diálogo va á enjuagarse varias
veces.)
Atilano.—¡De veras!
Peláez.—Ni el más leve dolor. Tiene usted unas
manos admirables. 5
Atilano.—Sí, ¿eh?
Peláez.—Nada, nada, como que retiro mi promesa
de emplearle á usted.
Atilano.—¡Eh! ¿Qué dice usía?
Peláez.—Un hombre que tiene esa habilidad no debe 10
depender de un empleo. ¡Qué afán de destinos! Usted debe
dedicarse á esto exclusivamente.
Atilano.—¡Crea usía que ha sido una casualidad!
Peláez.—Yo he ido á los mejores dentistas de España
y del extranjero y ninguno lo ha hecho como usted. 15
Si no lo he sentido...
Atilano.—¡Yo sí! Por eso no puedo ejercer esta
profesión. Sufro mucho, me pongo nervioso y yo suplico
á usía, por lo que más ame en este mundo, (Casi afligido.)
que no me niegue ese modesto destino que pretendo. 20
Tengo una hija... crea usía que nos hace felices...
(Conmovido.)
Peláez (Riéndose).—Bueno, hombre, bueno. Vaya
usted mañana por el ministerio á recoger la credencial.
Atilano.—¡Ah, señor! ¿Cómo podré pagarle?... 25
Peláez.—Á propósito de pagar... ¿Cuánto le debo?
Atilano.—¡Nada!
Peláez.—Eso no: usted está supliendo al señor Raigón,
y no es justo que lo ponga de su bolsillo. Dígame 30
usted lo que es.
Atilano.—Lo que usía quiera.
Peláez.—Tome usted. (Le da dos billetes de veinticinco
pesetas.)
Atilano.—¡Diez duros! Es demasiado...
Peláez.—Me parece baratísimo. Estoy como en la 5
gloria.
Atilano.—(¡Santa Polonia bendita, yo te pondré seis
velas!) (Ayuda á Peláez á ponerse el sobretodo y le da
el sombrero.)
dichos, inocencia y lelis
Inocencia.—¡Ay, Dios mío, Dios mío! (Llorando.) 10
Lelis.—Aguanta un poco, monina. Se conoce que
hay gente dentro.
Inocencia.—¡Ay!
Lelis.—Eso ha sido del cabello de ángel.
Inocencia.—¿Por qué lo habré comido? ¡Ay! (Se 15
sienta.)
Atilano.—Tome usía el bastón.
Peláez.—Vaya, adiós. Hasta mañana, ¿eh?
Atilano.—No faltaré. Descuide usía. (Salen del
gabinete.) 20
Inocencia.—¡Esa voz!... ¡Mi papá! (Inocencia y
Lelis se ocultan detrás de la mampara.)
Lelis.—(¡Su papá!)
Atilano.—Ya verá usía, (Acompañándole hasta la
puerta.) en la nota que debe tener, que he sido auxiliar 25
tercero de la clase de quintos...
Peláez.—Quede usted tranquilo. Y conste que,
aunque usted esté empleado, será siempre mi dentista y
el de mi familia.
Atilano.—(¡Pobre familia!)
Peláez.—Adiós.
Atilano.—Vaya usía con Dios. (Se vuelve de pronto 5
bailando y castañeando los dedos.) ¡Qué felicidad, qué
felicidad! (Repara en Inocencia y Lelis, que están aterrados
y como pegados á la pared.) ¡Inocencia! ¡Tú
aquí! ¡Y usted!
Inocencia.—Oye, papá... 10
Lelis.—Don Atilano, yo soy el culpable. Yo la he
traído. Ya comprenderá usted que aquí no podíamos
venir con malas intenciones...
Atilano.—Pero tú... pero usted...
Lelis.—Yo, que la amo, sí; yo que no podía verla 15
padecer, porque es mi vida, mi bien...
Inocencia.—Perdón, papá...
Lelis.—Perdón, don Atilano. (Arrodillándose ante él.)
dichos, francisco por la puerta del foro
Francisco.—¿Qué es esto? 20
Inocencia y Lelis.—¡Perdón!
Atilano.—Sí, hijos míos, hoy es día de que nos perdonen
á todos... ¡Á todos! (Á Francisco con intención.)
¡Francisco, tráeme la levita!
Francisco.—Pero... 25
Atilano.—Tráeme la levita... (Vase Francisco y
vuelve al instante con la levita de don Atilano al hombro.)
Inocencia.—Papá, ¿quieres explicarme?
Atilano.—Luego, en casa lo sabréis todo...
Francisco.—Aquí está esto, y dígame usted...
(Ayuda á don Atilano á ponerse la levita.)
Atilano.—Mira: diez duros. Cinco te corresponden.
Toma... Me los ha dado el subsecretario, á 5
quien he sacado una muela.
Lelis.—¡Usted!
Inocencia.—¡Tú! Pero sabías eso...
Atilano.—¡Sin dolor!
Lelis (Á Inocencia).—Pues que te la saque... 10
Atilano.—¡No, no quiero ser parricida!
Inocencia.—Si ya no me duele.
Francisco (Á don Atilano).—Pero, ¿quiere usted
decirme?...
Atilano (Á Inocencia).—Tu muela del juicio ha sido 15
mi fortuna. Por ella vine aquí, por ella seré colocado
mañana mismo.
Francisco.—¿Sí?
Inocencia.—¡De veras!
Atilano.—Sí. Ahora me voy con la conciencia 20
tranquila. Esto me lo he ganado yo con mi trabajo,
(Enseñándole el billete.) ¡ay!, con muchísimo trabajo.
dichos. el caballero, que entra mugiendo como antes
Caballero.—¡Berr! ¡Esto no se puede aguantar!
Francisco.—¡El de antes!
Caballero.—¿Hay alguien dentro? 25
Francisco.—Nadie, pase usted. (Entra el Caballero
en el gabinete y resueltamente se sienta en el sillón. Francisco
á don Atilano.) Ande usted con él.
Atilano.—¡De ninguna manera!
Francisco.—Pues yo no pierdo esto. (Se pone el batín.)
Atilano.—¡Allá tú! 5
Francisco.—Al momento acabo. (Entra en el gabinete.
El Caballero sigue quejándose. Francisco le mira
la boca: figura preguntarle qué muela le duele, busca el
instrumento, etc. Todo esto mientras se dice el diálogo
siguiente.) 10
dichos, una Señora y un Caballero. Luego dos Caballeros. Luego Otro, y después dos Señoras que van sentándose como para esperar turno.
Atilano (Mirando á los que entran).—¡Más víctimas!
Lelis.—Don Atilano, ya comprenderá usted que mis
intenciones...
Atilano.—Ya hablaremos de eso. ¿Cómo se llama
usted? 15
Lelis.—Camilo de Lelis; pero todos me llaman Lelis.
Atilano.—Hacen bien. (Asustado al ver la gente
que entra.) ¡Dios mío! ¡Los innumerables mártires de
Zaragoza! (Francisco da un tirón al Caballero, que da un
grito. Ha de verse que no le ha sacado la muela, Francisco 20
retrocede asustado con el «forceps» en alto y el Caballero
queda en actitud amenazadora hasta que baja el telón.)
¡Jesús! (Á Inocencia y Lelis.)
Vámonos ya, basta de horrores.
(Al público.) 25
Perdonad al autor y á los actores.
ORIGINAL
por
LUIS COCAT Y HELIODORO CRIADO
| REPARTO | |
| Personajes | |
| Pura | Procopio |
| Casta | Claudio |
| Sandalia | |
| La escena en Madrid.—Época actual | |
Gabinete lujosamente amueblado. Puertas laterales á la derecha y otra en el fondo. Á la izquierda chimenea y al lado de ella dos butacas. Mesa de escritorio á la derecha, y una butaca delante de ella.
pura, casta, sandalia y procopio. Al alzarse el telón aparecen Procopio sentado á la mesa escribiendo; Sandalia y Pura sentadas en las butacas de junto á la chimenea; la primera haciendo calceta, y la segunda leyendo en un devocionario. Casta, sentada en la butaca de delante de la mesa, lee un periódico.
Procopio (Escribiendo).—Cinco, y me llevo seis...
seis, y me llevo siete... siete, y me llevo ocho...
Sandalia.—Pero, Procopio, veo que siempre te
llevas más de lo que dejas.
Procopio.—¿Qué sabes tú? Ésta es la aritmética, 5
mujer. Ajajá. (Sumando.) Cincuenta mil seiscientos
setenta y cuatro. Nuestra renta ha tenido este año un
aumento de diez mil setenta y cuatro reales. Por ahora
puede contar cada una de nuestras hijas con una renta
de unos veinticinco mil realitos. 10
Sandalia.—Más vale así.
Procopio.—¿Qué haces, Pura?
Pura.—Padre mío, leo los ejercicios del día.
Procopio.—¿Los ejercicios? ¿Ha venido tropa?...
¿Y tú, Casta?
Casta.—Estoy saboreando una magnífica composición
que se titula: «El día del juicio, ó el acabose.» El 5
mundo no es más que un inmenso espacio lleno de calaveras.
Los pelos se ponen de punta...
Procopio.—¿Los pelos de las calaveras? No lo
entiendo. ¿Y tú, Sandalia, haces calceta al amor de la
lumbre? 10
Sandalia.—Ya lo estás viendo.
Procopio (Levantándose y contemplándolas con regocijo).—Bien;
perfectamente bien. Hé aquí un cuadro
de familia en que todo respira felicidad, paz y sosiego.
Pero esto no puede seguir así, y no seguirá. 15
Sandalia.—¿Qué dices, Procopio? ¿Te disgusta
ver á tu familia feliz?
Procopio.—Al contrario, mujer. Quiero decir que
aun cuando éste es un espectáculo hermoso, tierno y
conmovedor, no me satisface por completo. Me preocupa 20
mucho el porvenir de nuestras hijas, quedándose
solteras, y es necesario que piensen seriamente en el
matrimonio.
Casta.—¡Horror! (Haciendo un gesto de disgusto.)
Pura.—¡Ave María! (Santiguándose.) 25
Procopio.—Ya me van cargando vuestros repulgos
y aspavientos siempre que se habla de casaros. ¿Qué
os proponéis de seguir así? Tú, Casta, pasas tu tiempo
ocupada en la literatura, en la música y en echarle alpiste
al canario. Tú, Pura, estás con tus rezos, novenas y 30
místicas ideas de tal modo abstraída, que ya todo
el mundo te llama la monjita. Es, pues, preciso que salgáis
de esta monotonía que os imprime cierta antipática
seriedad. Para desterrarla, nada como el amor, que os
brinda con... en fin, que hay que hacer algo.
Sandalia.—Procopio, no seas majadero. 5
Procopio (Como siguiendo el hilo de su discurso).—Eso
es. El amor llena la imaginación de gratas ilusiones,
nos hace amables, alegres, comunicativos. Dormir y
comer tranquilamente; como hacéis, no es bastante para
la vida, pues no sólo de pan se alimenta el hombre: es 10
preciso además...
Sandalia.—La carne.
Procopio.—Y el vino. ¿Te quieres callar? ¿No
ves que estoy filosofando? Pues como decía: es preciso
además atender á la vida del espíritu. Tú, Casta, tienes 15
ya veintinueve años.
Casta (Protestando rápidamente).—¿Yo? ¡Imposible!
¡Qué atrocidad!
Procopio.—Lo dicho. Y tú, Pura, treinta.
Pura (Con ira).—¡Falta usted á la verdad! 20
Procopio.—¿Eh? ¡Miren la monjita!
Pura (En tono dulce).—Perdone usted. He querido
decir que se equivoca.
Sandalia.—Pero, hombre, ¿á qué viene hablar de
edades? Eso no hace al caso ni está decente. 25
Procopio.—¿También tú? ¡Lo que son las mujeres!
¡Que no hace al caso!... Pues entonces no sé para
cuándo van á dejar el casarse.
Sandalia.—¿Pero tienen la culpa las pobres de que
sus novios hayan dado media vuelta? 30
Procopio.—Puede que sí. Generalmente, cuando
un hombre deja á su novia, es porque ésta no tiene lo
que vulgarmente se llama gancho. ¿Y qué es el gancho?
me diréis. Entre otras cosas, es la afabilidad, el cariño,
la dulzura; cierta estudiada sumisión que consiste en
aparentar ceder siempre, haciendo que él sea quien 5
transija inconscientemente con vuestros menores caprichos.
Hacer pequeñas concesiones; por ejemplo: que
él os estrecha la mano apasionadamente; pues no la
retiréis con indignación: al contrario, abandonadla como
si no os dierais cuenta de ello; que os pisa suavemente el 10
pie, contestad en la misma forma y no le apartéis rápidamente
á no ser que os diera en un callo. ¿Tenéis
vosotras callos?
Casta.—¡Qué pregunta, papá! ¿Quién tiene eso?
Procopio.—Toma; pues cualquiera. Yo, tu 15
madre...
Sandalia.—Pero, Procopio...
Procopio.—Déjame. Estoy poniendo los puntos
sobre las íes.
Sandalia.—Di más bien: los pies sobre los callos. 20
Procopio.—Y últimamente. Si la mujer tuviera un
poco más de sentido práctico, no se quedarían tantas
solteronas por perseguir fantasmas y no aprovechar bien
las ocasiones. La mayor parte de las niñas de buen
palmito y bien parecidas, y esto no hay ninguna que no 25
se lo crea al mirarse al espejo, sueñan á los quince años
con casarse con un título de Castilla: á los veinte, ceden
y se conforman con un banquero; á los veinticinco transigen
por fin con un empleado, abogado, comerciante,
etcétera, etcétera, y á los treinta, todos los hombres les son 30
igualmente simpáticos y agradables; hasta el aguador.
Sandalia.—¿Sabes que estás hoy elocuentísimo?
Procopio.—Es que la verdad se abre paso y hace
listos á los más imbéciles; y no es esto decir que yo lo
sea. (Dirigiéndose á Pura y Casta.) Conque, ¿qué
opináis vosotras? Hablad. 5
Casta.—Francamente; yo encuentro al hombre
sumamente antipático. En su exterior es grosero, ordinario.
(Animándose con ira mal reprimida.) ¡Moralmente
es aleve, traidor, falso, perjuro!... (Transición.)
Hago una excepción en favor de usted porque es mi 10
padre.
Procopio.—Gracias, hija. (Á Pura.) Y tú, ¿qué
dices?
Pura (Levantándose y con misticismo).—Yo, padre
mío, no juzgo al hombre físicamente. Bajo este punto 15
de vista son para mí todos iguales; me son indiferentes.
En cuanto á lo moral, no veo en él más que un fiel trasunto
del demonio, de quien hay que huir en absoluto.
Su palabra es engañadora, diabólica su sonrisa, y su
mirada... ¡ah! su mirada es tan satánica y penetrante 20
que hace asomar á la mejilla el color de la vergüenza.
¡Oh! Yo le aborrezco tanto, que lamento que usted,
padre mío, sea hombre. (Vuelve á sentarse.)
Procopio.—¿Pues qué había de ser siendo padre?
¿Sabéis lo que os digo? Que más que horror lo que 25
sentís es despecho porque no ha habido todavía quien
cargue con vosotras.
Casta.—¡Qué disparate!
Pura.—¡Dios me libre!
Procopio.—¿De modo que pensáis permanecer solteras? 30
Sandalia.—Pero, hombre, déjalas que hagan de su
capa un sayo. Además, lo primero que se necesita para
casarse es novio, y ellas no lo tienen.
Casta.—Por fortuna.
Pura.—Tienes razón. (Á Casta.) 5
Procopio (Á Pura).—No te pareces á tu madre,
que me atrapó siendo viuda y teniéndote á tí.
Sandalia.—Yo tuve siempre mucho gancho, como
tú dices.
Procopio (Á Casta).—Ni tú á la tuya, que en paz 10
descanse; que se casó conmigo en terceras nupcias,
siendo tú el fruto de nuestro tierno amor.
Sandalia.—Ésa tuvo más gancho todavía.
Procopio.—En fin, me aflige y me desatina veros por
ese camino. Parece mentira, que el elemento joven, 15
relativamente, de la casa, goce en el aburrimiento. El
día menos pensado, para alegrar esto, voy á tener que
salir bailando el cancán con vuestra madre.
Pura (Santiguándose).—¡Jesús!
Sandalia.—¡Pero qué cosas dices!... 20
Procopio.—Déjame, Sandalia. Estoy desesperado.
¿Ves? (Haciendo contorsiones con los brazos.) ¡Tengo
los nervios como las cuerdas de un violín!... Ven, y
hazme una taza de tila para calmarlos.
Sandalia.—Vamos allá. Lo que es hoy, parece que 25
tienes el diablo en el cuerpo. (Vanse Sandalia y Procopio
por la segunda puerta lateral.)
pura, casta y á poco claudio
Casta.—¡Qué empeño en que seamos víctimas
de esos malvados! ¡Pues bonitos son los hombres!
Pura.—¡Qué han de ser bonitos! ¡Horribles!
Casta.—Mis convicciones son tan arraigadas, que
no cedo. 5
Pura.—Ni yo.
Claudio (Presentándose en la puerta del foro).—Muy
buenos días...
Casta.—¿Eh? ¿Quién es?
Claudio.—¿El señor don Procopio Canchalagua? 10
(Avanzando.)
Casta.—¿Busca usted á nuestro padre?
Claudio.—Sí, señora.
Casta (Muy marcado).—Señorita.
Pura (Lo mismo).—Señoritas. Las dos somos señoritas.15
(Desde que apareció Claudio, Casta y Pura le
examinan con atención.)
Claudio.—Perdonen ustedes, no había reparado...
Pues bien, señoritas, yo deseo hablar con su papá; pero
si incomodo... 20
Casta.—Nada de eso. Tome usted asiento, que
vamos á avisarle. ¿Su gracia de usted?
Claudio.—Ninguna.
Casta.—¿No tiene usted nombre?
Claudio.—Ah, sí; Claudio Pasalodos. 25
Casta.—Está bien. (Fijándose en él.) (Es muy
simpático...)
Pura (Lo mismo).—(Tiene unos ojos interesantes...)
(Vanse las dos por la segunda puerta lateral.)
claudio y á poco procopio
Claudio.—Pero, ¿por qué me mirarán de ese modo
estas señoritas? No son feas. Y se han incomodado
porque las he llamado señoras... Yo quisiera saber 5
cómo va uno á conocer á la simple vista el estado de las
mujeres. (Examinando la habitación.) ¡Cuánto lujo!
No hay una casa así en el pueblo. Se conoce que don
Procopio tiene guita.
Procopio (Apareciendo).—Señor mío... Me han 10
dicho que me buscaba usted, y por cierto que su apellido
no me es desconocido.
Claudio.—Ya lo creo que no. Yo soy hijo de su
amigo don Policarpo Pasalodos.
Procopio.—Cuánto celebro... Pero siéntese usted. 15
(Se sientan.) ¿Y está bueno el papá?
Claudio.—Baldado: y con unos dolores, que le
hacen poner el grito en el cielo; pero por lo demás, está
completamente bien.
Procopio.—Lo siento mucho. 20
Claudio.—¿Que esté bien?
Procopio.—No; que esté baldado.
Claudio.—Pues como él no podía venir conmigo
á Madrid, me dijo:—toma esta carta (Saca una carta que
entrega á Procopio, y éste la lee.) para mi amigo Canchalagua, 25
que tiene muy buenas aldabas, y él te acompañará
como un perro á todas partes.
Procopio.—(¡Qué animal!) ¿Por lo que dice en la
carta viene usted á gestionar un asunto?...
Claudio.—Sí, señor. Como mi padre es ahora
alcalde, quiere que me nombren secretario del Ayuntamiento
de Matalauva, nuestro pueblo. 5
Procopio.—¡Ya; vamos! Sin duda para estar de
acuerdo y moralizar más fácilmente la administración.
Claudio.—¡Cá; no es eso!
Procopio.—¿Qué no?
Claudio.—No señor. El otro día me llamó y me 10
dijo:—Mira, Claudio; es menester que te calces la
Secretaría; porque siendo yo alcalde y tú secretario,
haremos la mar de chanchullos y comeremos á dos
carrillos.
Procopio.—¡Ya! Veo que á Policarpo los dolores 15
no le han quitado el apetito. (¡Qué salvaje ingenuidad!)
Claudio.—Y para eso vengo á ver al diputado del
distrito...
Procopio.—Pues nada; yo le acompañaré á usted al
Congreso y á cuantas partes sea necesario. ¿Usted no 20
ha estado nunca en Madrid?
Claudio.—Sí, señor, pero hace muchos años. Á
propósito; ¿sabe usted que sus hijas son muy guapas?
Procopio.—¡Que si lo sé!... (¡Le han parecido
guapas! ¡Bravo!) Calle usted, llaman la atención de 25
todo el mundo; tanto, que me violenta ir con ellas por la
calle, pues cuantos hombres vienen en dirección opuesta
á nosotros se quedan parados como estatuas y con el
cuello tieso viéndolas alejarse llenos de admiración.
Han producido muchas tortícolis. 30
Claudio.—¡Digo, digo!...
Procopio.—Son dos ángeles, amigo mío, dos verdaderos
ángeles. Casta, es la belleza romana. Pura, la
belleza griega. Y ambas por sus cualidades morales,
dignas de figurar entre las vestales más famosas.
Claudio.—¿Las qué? (Como no entendiendo lo que 5
oye.)
Procopio.—Yo las amo con delirio. Y el día que
cualquiera de ellas me diga;—Papá, me caso—será
un golpe terrible para mí. (¡Así fuese mañana!) Pero,
en fin, si se trata de un hombre honrado que las haga 10
dichosas...
Claudio.—¿Uno para las dos?
Procopio.—¡Picarillo! (Dándole un golpecito en la
mejilla.) Ellas por su parte labrarían la felicidad de
cualquiera, pues además de sus prendas físicas, reunen 15
otras cualidades de orden económico. Cuentan con una
buena dote, que unida á lo que tengan sus maridos, les
proporcionará vivir con cierto desahogo.
Claudio.—Eso está bien. (Levantándose.) Conque,
don Procopio, yo me voy. 20
Procopio (Lo mismo).—¿Tan pronto?
Claudio.—Mañana volveré por aquí...
Procopio (Reflexionando).—(¡Le han parecido guapas!...)
¿Dónde para usted?
Claudio.—Como mi padre no quiere que repare en 25
gastos, me he alojado en la mejor fonda de Madrid; y
ahí me tiene usted en la Posada del Peine.
Procopio.—(¡Oh, qué idea!) Pues yo no puedo
consentir...
Claudio.—¿Por qué? 30
Procopio.—Nada; que no puedo consentir que el
hijo de mi buen amigo Policarpo vaya á parar á una
fonda. ¡No faltaba más! Se instalará usted en mi casa
por todo el tiempo que necesite estar en Madrid. Supongo
que aceptará usted. Luego mandaremos por el
equipaje, y... 5
Claudio.—Bueno. Eso me ahorro.
Procopio (Indicándole la primera puerta lateral).—Mire
usted. Esta alcoba es independiente. La tenemos
destinada precisamente á estos casos. Ahí encontrará
usted cuanto necesite. Ea; voy á participar á la 10
familia esta combinación. ¡Sandalia; niñas!... (Acercándose á
la segunda puerta lateral.)
dichos, sandalia, pura y casta
Sandalia (Que aparece seguida de Pura y Casta).—¿Qué
quieres?
Procopio (Á las tres).—Tengo el gusto de presentaros15
al hijo de mi querido amigo Policarpo Pasalodos.
Sandalia.—Muy bien venido...
Procopio.—Le trae un negocio á Madrid, y le he
rogado que se aloje desde este momento en nuestra casa.
El me ha hecho la merced de aceptar, y... 20
Sandalia.—Así debe ser. ¡No faltaba más!...
Procopio.—Pero, sentémonos. (Aparte á Sandalia.)
Le han parecido guapas. ¡Hay que pescar este
congrio!
Casta.—(¡Se queda en casa!...) (Se sientan; Casta 25
al lado de Claudio. Sandalia al de Procopio, Pura junto
á la chimenea.)
Claudio.—(¡Es que son guapas!...) (Mirando á
Casta y Pura.)
Procopio (Señalándolas).—Aquí las tiene usted.
Casta es hija mía. Pura, de mi mujer. Nos casamos
siendo viudos, y no hemos tenido sucesión. Nos habíamos 5
reproducido ya anticipadamente y por separado.
(Pausa. Pura, Sandalia y Procopio miran á Claudio,
Pura revelando cierto despecho; Casta mira con cierto coquetismo
á Claudio. A parte á Sandalia.) Mira qué ojos
le echa á Casta. ¡Se conoce que es la que le ha flechado! 10
Sandalia (Por Pura. Á Procopio).—¡Si esta otra
es una boba!
Casta (Á Claudio, con coquetería).—¿Y á usted le
gusta la poesía?
Claudio.—No, señorita; me cargan los versos. Me 15
armo un lío con el sol, la luna, las estrellas y los luceros.
No me caben tantas cosas en la cabeza. La música, sí;
tanto, que en el pueblo me paso todo el día dale que le
das al acordeón.
Procopio (Por Casta).—Pues ahí tiene usted una 20
gran profesora. Toca el piano durmiendo.
Claudio.—¿Es sonámbula?
Procopio.—Quiero decir... (¡Qué materialista es
este hombre!)
Sandalia (Dándole á Procopio con el codo).—¡Calla! 25
Casta (Por Claudio).—(No es un Apolo; pero vestido
á la moda...)
Pura.—(¡Miren la de las convicciones arraigadas!
¡Cuánta gazmoñería! ¡Que le causan horror los hombres!...
¡Hipócrita!) (Claudio bosteza.) 30
Sandalia (Aparte á Procopio).—Suspira...
Procopio (Lo mismo á Sandalia).—Sí; un rebuz...
digo, un suspiro de amor.
Casta (Á Claudio).—¿Suspira usted?
Claudio.—No, señorita. Es que bostezo de debilidad,
porque como no he almorzado todavía... 5
Sandalia (Levantándose).—¡Qué oigo! ¿Sin almorzar...
y se está usted tan callado? (Todos se levantan.)
Claudio.—¡Claro! ¿Quién tiene ganas de hablar
con el estómago vacío?
Procopio.—Pero, ¿por qué no lo ha dicho? Á ver, 10
niñas, corriendo,
decid á la criada que le saque algo...
de comer. (Á Claudio.) Como nosotros ya hemos
almorzado... Pase, pase usted al comedor con mis
hijas. En seguida soy con ustedes...
Claudio.—Pasen ustedes. (Se entra antes que ellas.)15
Gracias.
Procopio.—(Deteniendo á Sandalia, que va á salir
tras de ellos.) Ven acá tú. (Vanse por la segunda puerta
lateral Pura, Casta y Claudio.)
sandalia y procopio
Procopio.—Ya comprenderás mi idea al hospedar 20
en casa á este joven.
Sandalia.—Desde luego.
Procopio.—En cuanto ví revolotear el pájaro, le he
preparado la trampa.
Sandalia.—¿Sabes que me parece algo estúpido? 25
Procopio.—Pues que no te lo parezca; tenlo por
seguro. Mejor. Éstos caen en seguida. Ah, pero por
nuestra parte, nada de preferencias en favor de una ó
de otra. No vayas á creer que porque Casta es hija mía,
arrimo el ascua á mi sardina.
Sandalia.—Pues hasta ahora ella es la que...
Procopio.—¡Quién sabe si le gusta también Pura! 5
Sandalia.—Pero con las dos no va á casarse.
Procopio.—¡Ojalá! ¡Qué lástima que la ley no lo
permita! Es preciso que las aconsejes, que se dejen de
sueños y que procedan con él con mucho tacto.
Sandalia.—¿Y él, qué es? 10
Procopio.—Un imbécil. Ya lo hemos dicho.
Sandalia.—Me refiero á su profesión.
Procopio.—¿Su profesión? ¡Oh! Su profesión es
la de futuro Secretario del Ayuntamiento de Matalauva,
y si se casa con una de nuestras hijas, lo será también de 15
Matalavieja.
Sandalia.—¡Qué exagerado eres! ¡Pues mira que
tener que irse á vivir á un pueblo!...
Procopio.—¿Qué importa? La vida del pueblo es
sana y amena. Allí entre sus gallinitas, sus cerdos y su 20
marido, lo pasará muy bien. ¡Digo! ¡Y á ellas que les
gustan tanto los animales!...
Sandalia.—¿Pero tú tienes antecedentes de su familia?
Procopio.—¡Ya lo creo! Conozco al padre. ¡Buena
persona! Es un antiguo acaparador de cereales, que 25
hizo dinero. En cuanto venía un cargamento de cebada,
ya lo estaba comprando por grande que fuera. Nunca
había bastante cebada para él.
Sandalia.—¡Qué estómago!
Procopio.—Conque ve adentro, Sandalia, y haz tus 30
ensayos de suegra tierna y bondadosa.
Sandalia.—¡Qué papeles tiene una que hacer por
las hijas!
Procopio.—¡Ya, ya! El día que salga de ellas, ¡qué
peso se me va á quitar de encima!
Sandalia.—¡Hombre, ni que las llevaras á cuestas! 5
Procopio.—¡Anda, mujer, anda; que sabe Dios
cuándo nos veremos en otra! (Vase Sandalia por la
segunda puerta lateral.)
procopio, solo
Procopio (Frotándose las manos de contento).—Esto
es hecho. La verdad es que ser Secretario del Ayuntamiento 10
de un pueblecillo, no es una posición muy brillante.
Sin embargo, él es rico por su casa, y... peor
sería que fuese el barbero, el veterinario ó el herrador.
Esto último sí que sería peor que todo; porque eso de
que un padre entregue su hija al herrador... En cualquiera 15
de estos casos no sé lo que habría hecho; pero
casi estoy por asegurar que hubiera transigido. En fin,
voy á ver á mi futuro yerno... (Se dirige á la segunda
puerta lateral en el momento en que sale Claudio comiéndose
un bizcocho, y tropieza con Procopio.) 20
procopio y claudio
Procopio (Al tropezar).—¡Canastos!
Claudio.—Usted perdone...
Procopio.—¡Calle! ¿Ha almorzado usted ya? ¿Tan
pronto?
Claudio.—Yo acostumbro á comer en un pe...
pe... (Atragantándose con el bizcocho.)
Procopio.—(Sí; en un pesebre.)
Claudio.—En un periquete. Á poco me ahogo. ¿Sabe
usted que tiene usted un vinillo que se cuela sin sentir? 5
Procopio.—¿Le ha gustado?
Claudio.—Mucho. ¡Vamos, que estoy animadete!...
¡Jé!... ¡jé!...
Procopio.—¡Magnífico! Cuando se bebe con cierta
medida es muy bueno. El vino tomado así, tiene la 10
virtud de inspirar á los necios y hacer atrevidos á los
apocados. ¡Es una gran cosa!
Claudio.—Sí que lo es. Tanto que he requebrado
á sus hijas y hasta á su señora.
Procopio.—¿Á mi mujer también? Hola, hola... 15
(¡Pues es más valiente de lo que yo pensaba!...)
Claudio.—Son muy amables. Ya todos somos una
familia.
Procopio.—Eso: eso me agrada. (La cosa marcha.)
Mucha confianza, ¿eh? Nada de cumplidos. ¿Conque, 20
qué piensa usted hacer ahora? ¿Quiere usted que
salgamos?
Claudio.—No; ahora voy á escribir á mi padre.
Procopio.—Es muy justo. Pues aquí tiene usted
todo cuanto necesita. (Indicándole la mesa. Claudio se 25
sienta ante ella dispuesto á escribir.)
Claudio.—Bueno, bueno...
Procopio.—Entonces yo le dejo, para que
tranquilamente...
Claudio.—No se vaya usted. Á mí no me estorba 30
usted... Está usted en su casa...
Procopio.—Ya, ya lo sé; pero voy un instante allá
dentro... Vuelvo, vuelvo...
Claudio.—Como usted quiera. (Vase Procopio por
la segunda puerta lateral.)
claudio, pura y después procopio
Claudio.—¡Qué buena gente es ésta! Yo estoy muy 5
contento de
quedarme con ellos. (Escribiendo.) «Querido
padre: He llegado bien, por fortuna, pues en el
camino tuve una cuestión con un torero, que quiso matarme
cuando pasé por Toro. Fué horrible...» (Entra
Pura y mira por la habitación como buscando algo.) 10
(¿Eh? ¿quién anda ahí? Ah; es la mosquita muerta.
¡Y es muy mona! Se parece á la Santa Casilda, que hay
en la iglesia de mi pueblo.)
Pura.—(No le veo.)
Claudio.—¿Qué busca usted? 15
Pura (Con fingida sorpresa).—¡Ah! ¿Estaba usted
ahí? Buscaba mi devocionario.
Claudio.—Vea usted si en la mesa...
Pura (Acercándose á ella y mirando).—No, no está.
¿Escribe usted?... 20
Claudio.—Sí, una carta.
Pura.—¿Á su novia, sin duda?
Claudio.—No. Á mi padre. Vea usted.
(Dándosela.)
Pura (Mirándola).—¡Ay, qué buena letra! 25
Claudio.—La letra no es maleja; pero la ortografía...
Pura.—Sí; ya veo que pone usted horrible sin
hache.
Claudio.—¿Horrible se escribe con hache? Pues
no lo corrijo. Mejor. Así le parecerá más horrible todavía. 5
Pura.—Pues... ya le dejo.
Claudio.—No se vaya usted, señorita.
Pura.—No me llame usted señorita. Llámeme
Pura.
Claudio.—Pues bien, Pura, no se vaya usted. 10
Pura.—Temo molestarle...
Claudio.—¿Á mí? Al contrario. Tengo tanto
gusto en verla...
Pura.—Es usted muy galante. No ha entrado usted
en Madrid y ya se vuelve cortesano. 15
Claudio.—Confieso que desde que estoy con ustedes
me siento otro. No sé si será el vinillo... ¡Caramba!
¿No tiene usted frío?
Pura.—No.
Claudio.—Pues yo sí. 20
Pura.—Pobre Claudio... ¡Tiene frío!... Echaré
más leña en la chimenea. (Lo hace.) ¡Ajajá! Ya está.
Verá usted como ahora se le pasa.
Claudio.—Es usted muy buena.
Pura (Encontrando el devocionario sobre la chimenea y 25
tomándolo).—¡Ah! aquí está mi libro. Puesto que no
quiere usted que me vaya, mientras usted escribe, yo
leeré. (Se sienta en la butaca frente al público, y se pone
á leer. Pausa breve.)
Claudio.—Bueno. 30
Pura.—¿Se le pasa?
Claudio.—No.
Pura.—¡Claro! Está usted tan lejos de la lumbre...
Claudio (Levantándose y yendo hacia la chimenea).—Tiene
usted razón. Soy lo más topo... (Mirando el
fuego.) ¡Anda, como arde! (Se sienta junto á Pura.) 5
Esto ya es otra cosa. ¿Qué lee usted?
Pura.—Los medios de que se vale el diablo para
perdernos.
Claudio.—Deben ser muchos. ¿En cuál está usted
ahora? 10
Pura.—En «La Tentación.»
Claudio.—Vaya, no lea usted más. (Quitándola el
libro y echándolo en la butaca de al lado.)
Pura.—¿Y qué vamos á hacer?
Claudio.—Toma; pues... hablar: mirarnos... 15
Pura.—En cuanto á lo primero, mi conversación,
¿qué puede interesarle? Y respecto á lo segundo, ¿qué
encanto le puede ofrecer contemplar á una pobre mujer
sin atractivos?
Claudio.—No diga usted eso, Purita. Pues si tiene 20
usted unos ojos...
Pura.—¿No siente usted ya frío?
Claudio.—Ya, no. (Fijándose en el pie de Pura.)
Y un pie... ¡Ay, qué pie!... (Contemplándolo.)
Pura (Enseñando el pie con coquetería).—¿Qué tiene 25
mi pie de particular? Como todos.
Claudio.—Sí; como todos los pies bonitos. Y su
mano... (Cogiéndola.) Vaya una mano linda. (Acariciándola.)
¡Y qué cutis más fino!...
Pura.—Me va usted á hacer creer que soy un conjunto 30
de perfecciones. Vamos, estése usted quieto.
Claudio.—¿La incomodo á usted?
Pura.—No; pero... (Levantándose rápidamente y
pasándose la mano por la frente.) ¡Uf! qué calor despide
la chimenea. (Vase junto á la mesa, donde se queda en
pie jugando con los libros. Claudio, sin moverse de su 5
sitio, se pasa también la mano por la frente.)
Claudio.—Es verdad. Ha echado usted tanta leña
al fuego... (Breve pausa. Se oye tocar el piano.)
¡Hola! música;... ¿Quién toca el piano?
Pura (Con desdén).—Ésa. Mi... mi hermana. 10
Claudio.—Toca bien.
Pura.—¡Bah! Lo de siempre. No sale de ahí. Se
conoce que quiere desplegar ante usted todas sus
habilidades.
Claudio (Levantándose).—¿Cree usted eso? 15
Pura.—Pero no le molestará á usted mucho. ¡Tiene
tan pocas! (Como arrepintiéndose de lo que dice.) ¡Ah!
pero usted dispense: ahora caigo en que está usted enamorado
de ella, y...
Claudio.—¿Yo? No hay tal cosa. 20
Pura.—Pero le gusta á usted.
Claudio.—Eso sí: es bastante guapa.
Pura.—¿Que es guapa? No sé donde tiene usted
los ojos. ¿Qué ha visto usted en ella de notable? Sus
facciones son incorrectas; su figura es vulgar... 25
Claudio.—Sin embargo...
Pura.—Vaya, veo que tiene usted muy mal gusto.
(Hace un gracioso mohín y se sienta en la butaca. Cesa
el piano. Claudio se aproxima á ella.)
Claudio.—No lo tendré tan malo, puesto que usted 30
me gusta más que ella.
Pura.—¡Adulador!... (Muy cariñosa.)
Claudio.—Á su lado no sentiría lo que siento al de
usted. No me dominaría esta fuerza irresistible que me
hace cogerla á usted la mano, besársela...
Procopio (Saliendo de pronto y viendo que Claudio está 5
besándola la mano).—(¡Zambomba! ¡Esto va de veras!)
(Desaparece rápidamente por donde ha salido.)
pura, claudio y á poco casta
Pura (Levantándose).—Pero, ¿qué hace usted?
Claudio.—Pues ya lo ve. Probarle que la prefiero
á su hermana. 10
Pura.—¿De veras?... ¡Ay, Claudio! No me engañe
usted, y considere que sería una infamia que no
fuese verdad que había llegado el momento para mí de
dejar de ser...
Claudio (Viendo aparecer á Casta).—Su hermana 15
de usted...
Casta (Saliendo y reparando, contrariada, en Pura).—¡Calle!
¿Estabas aquí?
Pura.—Ya lo ves.
Casta.—Si estorbo, me voy. (Haciendo un movimiento 20
para ello. Claudio la detiene.)
Claudio.—No. Quien se va soy yo. Con el viaje
y las emociones que he tenido, necesito descansar. Voy
á echarme un rato. (Se dirige á la primera puerta lateral.
Á Casta y Pura.) Adiós... Aquí estoy. (Entra.) 25
pura y casta
Casta.—Sentiría haber venido á interrumpir...
Pura.—Pues con no haber venido...
Casta.—Vamos, se conoce por tu contrariedad que
el diálogo era interesante.
Pura.—Interesantísimo. 5
Casta.—Un idilio de amor, sin duda.
Pura.—Eso es: y tan poético que hasta le han amenizado
con serenata.
Casta.—¿Serenata? Cencerrada querrás decir.
(Burlona.) 10
Pura.—Es verdad. No recordaba que quien tocaba
eras tú.
Casta.—¡Pero qué descarada! ¿Dónde está aquel
fervor religioso?
Pura.—Donde tu entusiasmo por las novelas 15
caballerescas.
Casta.—¿Das al olvido ya á los santos?
Pura.—Como tú les haces traición á tus trovadores.
(Riendo.)
Casta.—Miren la monjita, con ese aire modesto y 20
pudoroso.
Pura.—Pues y la literata, con esa majestad de reina
de comedia...
Casta.—Eres una hipócrita.
Pura.—Como tú: ni más ni menos. 25
Casta.—No te has dado poca prisa...
Pura.—Por si acaso.
Casta.—¿Temías que te lo robase?
Pura.—No sería tu primer hazaña.
Casta.—¿Qué, yo?
Pura.—Acuérdate de cuando me hacía el amor
Ricardito. Empezaste á hacerle tanta monada é insinuaciones, 5
que el pobre, ya aburrido, nos dejó plantadas
á las dos. Si eres el perro del hortelano...
Casta.—¡Pero qué embustera!
Pura.—Mira, no finjamos. Eso es bueno delante
de los hombres; pero entre nosotras no sirven esas pamemas. 10
Conocemos el personal.
Casta.—Me das lástima.
Pura.—Lo que te doy es envidia; pero, hija, llegas
tarde.
Casta.—Eso lo veremos. 15
Pura.—Claro que sí.
Casta.—Y no es porque me guste ese... tipo; sino
porque lo hago cuestión de amor propio.
Pura.—¡De amor propio! Es natural. Como que estás
rabiando por casarte. Pero por esta vez, perdone, hermana. 20
Casta.—¡Hermana! Yo no soy hermana tuya.
Pura.—Dices bien: perdona... prima. (Ríe.)
Casta.—¡Eres una insolente!... (Airadas se acercan
la una á la otra.)
Pura.—Á mí no me alces el gallo. 25
Casta.—¡Qué! ¿Me amenazas?...
Pura.—¡Más aún!... (Se cogen de las muñecas la
una á la otra y forcejean un instante. Aparecen Sandalia
y Procopio.)
Casta.—¡Adefesio! 30
Pura.—¡Espantajo!