Sigamos nuestra exploración.

La ya mencionada puertecilla de la sala de Recibo conduce á un diminuto é irregular aposento, que es aquel retrete ó gabinetillo de que ya he hablado también, en que apenas cabe una cama, y donde durmió Felipe II la última vez que estuvo en Yuste, en señal de respeto..... ó miedo á las habitaciones que habían sido de su difunto padre.—¡Curioso fuera saber lo que pensó allí el hombre del Escorial durante las dos noches que pasó, como quien dice, emparedado cerca de la cámara mortuoria de Carlos de Gante!—Pero la historia ignora siempre las mejores cosas.

Del Recibo volvimos á salir al pasillo ó galería, dejando para lo último la visita al Dormitorio, y pasamos al Comedor del más comilón de los emperadores habidos y por haber....., excepto Heliogábalo.

Carlos V era más flamenco que español, sobre todo en la mesa. Maravilla leer (pues todo consta) el ingenio, verdaderamente propio de un gran jefe de Estado Mayor militar, con que resolvía la gran cuestión de vituallas, proporcionándose en aquella soledad de Yuste los más raros y exóticos manjares. Sus cartas y las de sus servidores están llenas de instrucciones, quejas y demandas, en virtud de las cuales nunca faltaban en la despensa y cueva de aquel modesto palacio los pescados de todos los mares, las aves más renombradas de Europa, las carnes, frutos y conservas de todo el universo. Con decir que comía ostras frescas en el centro de España, cuando en España no había ni siquiera caminos carreteros, bastará para comprender las artes de que se valdría á fin de hacer llegar en buen estado á la sierra de Jaranda sus alimentos favoritos.

Pero nos metemos sin querer en honduras pasadas, olvidando que aquí no se trata sino de lo presente. Pues bien: en el Comedor sólo hay de notable otra chimenea como la susodicha; un gran balcón-cierre, ó tribuna volada, que da á la huerta y mira al Mediodía, donde el viejo Emperador tomaba en invierno los últimos rayos del sol de sus victorias....., y una puerta de comunicación con la Cocina.

La Cocina es digna del imperial glotón, propia de un convento de Jerónimos y adecuada á los grandes fríos que reinan en aquel país durante el rigor del invierno. En torno del monumental fogón, que ocupa casi la mitad de aquel vasto aposento, bien pudieron calentarse simultáneamente con holgura los sesenta servidores de S. M. En cuanto á las hornillas, puede asegurarse que infundirían verdadera veneración cuando estaban en ejercicio, así como hoy su yerta desnudez y triste arrumbamiento infunden melancólicas reflexiones.

Pero estas reflexiones nos llevan como por la mano al Dormitorio del Emperador, ó sea á su cámara mortuoria.

Es una pieza del mismo tamaño que las tres mencionadas, con otra enorme chimenea. Una alta reja le da luz por la parte de Levante, y tiene además tres puertas, de las cuales una da á la iglesia, otra al Recibo y otra á la galería.

No cabe ni puede caber duda respecto del sitio que ocupaba el lecho de S. M. y en que lanzó el último suspiro, puesto que lo indica matemáticamente la puerta de comunicación con la iglesia, que se rasgó frente por frente á la cama del César, á fin de que, acostado y todo, pudiese ver el altar mayor y oir Misa cuando sus achaques le impedían dejar el lecho. Trazóse, pues, dicha puerta, oblicuamente, sobre el recio muro del templo, en el ángulo opuesto á aquel en que dormía y había de morir Carlos V, y allí sigue, y desde ella se determina fijamente tan histórico paraje.

A mayor abundamiento, en aquel rincón del Dormitorio hay un cuadro que representa á San Jerónimo viendo llegar á Carlos V á la gloria eterna y arrodillarse á los pies de la Santísima Trinidad.—Debajo de este cuadro se ve un tarjetón dorado que dice lo siguiente: «S. A. R. el Infante Duque de Montpensier regaló al Monasterio de Yuste este cuadro, sacado del original que á la muerte del Emperador Carlos V, su glorioso abuelo, se hallaba á la cabecera de su cama.»

Decir los pensamientos que acudieron á mi mente en aquel sitio, donde expiró (en hora ignorada por sus propios hijos durante algunos días) el que tantas veces desafió la muerte á la faz del universo en los campos de batalla, fuera traducir pálidamente lo que el lector se imaginará sin esfuerzo alguno.

Hágole, pues, gracia de mis reflexiones, y le invito á que me siga á la iglesia y á las ruinas del convento, donde todo hablará aún más alto y más claro el severo lenguaje de aquellas verdades eternas: Verumtamen, universa vanitas..... Verumtamen, in imagine pertransit homo.

IV

La iglesia se reduce á una nave gótica, larga y altísima, digna de una catedral de primer orden. Esta nave se conserva íntegra: según una tradición, porque los incendiarios franceses de 1809 procuraron que el fuego no llegase á ella; según otra tradición, porque no había en todo aquel edificio madera alguna en que pudiesen prender las llamas.

Sin embargo, sus bóvedas ojivales amenazaban desplomarse cuando compró el Monasterio el Sr. Marqués de Miravel, quien procedió inmediatamente á repararlas.—Así lo indica la siguiente modestísima inscripción, que se lee en el testero posterior del coro:

Estando estas bóvedas en ruinas, se construyeron por José Campal, año de 1860.

Pero dirá el lector: ¿quién es José Campal? ¿Son éstos el nombre y el apellido del espléndido Marqués que costeó la obra, ó los de algún insigne arquitecto, émulo de la gloria de los Brunelleschi y Miguel Ángel?

Ni lo uno ni lo otro.

José Campal es un humilde albañil de Jarandilla, que se atrevió á acometer tan ardua empresa, y la llevó á feliz término, cuando maestros llevados de Madrid con tal propósito la habían considerado irrealizable.—Admirado entonces el Marqués del arrojo y la inteligencia de Campal, mandó poner dicha inscripción en el coro.

La nave de la iglesia y sus altares están hoy completamente desnudos de todo cuadro, de toda imagen, de toda señal de culto. Los únicos accidentes que interrumpen la escueta monotonía de aquellos blanqueados muros, son las Armas Imperiales que campean allá arriba, en el centro del embovedado, y un negro ataúd depositado á gran altura, en un nicho ú hornacina de la pared de la derecha.

Este ataúd es de madera de castaño, y estuvo forrado de terciopelo negro. Hoy no contiene nada; pero en un tiempo contuvo otra caja de plomo, dentro de la cual fué depositado el cadáver del Emperador.....

«Púsose el cuerpo del Emperador (dice la historia) en una caja de plomo, la cual se encerró en otra de madera de castaño, forrada de terciopelo negro. Hiciéronsele solemnes exequias por tres días, celebrando el Arzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza, á quien sirvieron de ministros el confesor del Emperador, Fr. Juan Regla, y el prior Fr. Martín de Angulo, y predicando sucesivamente el P. Villalva y los priores de Granada y Santa Engracia de Zaragoza.

»Una de las cláusulas del codicilo de Carlos V era que se le enterrara debajo del altar mayor del Monasterio, quedando fuera del ara la mitad del cuerpo, del pecho á la cabeza, en el sitio que pisaba el Sacerdote al decir la misa, de manera que pusiese los pies sobre él. Para cumplir del modo posible este mandato, se derribó el altar mayor y se sacó hacia fuera, con objeto de depositar detrás de él el cadáver, pues debajo no podía estar, por ser lugar exclusivo de los Santos que la Iglesia tiene canonizados[9]

A consecuencia de esta reforma, el altar Mayor quedó en la extraña disposición que hoy se advierte; esto es, sumamente estrecho de presbiterio, y muy alto en proporción del escaso desarrollo de su escalinata, cuyos peldaños son tan pinos, que cuesta fatiga y peligro subirlos ó bajarlos.

Fué, pues, depositado el cadáver del César dentro de las dos cajas mencionadas, detrás del retablo de Yuste, hasta que, quince años y medio después, el 4 de Febrero de 1574, verificóse su traslación al Escorial, en la caja de plomo, revestida de otra nueva que se construyó al intento, quedando en la bóveda de Yuste, como recuerdo, la caja de castaño. Pero como todos los viajeros que visitaban la tal bóveda hubiesen dado en la flor de cortar pedazos del viejísimo ataúd, á fin de guardarlos como reliquias históricas, el Marqués de Miravel dispuso colocarlo en el inaccesible nicho que hoy ocupa, y desde donde produce terrible y fantástica impresión.

*
* *

Dijimos más atrás que el sueño eterno de Carlos V ha sido turbado también en el Monasterio del Escorial, y que nosotros mismos no hemos sabido librarnos de la tentación de asistir á una de las sacrílegas exhibiciones que se han hecho de su momia en estos últimos años.....

Cometimos esta impiedad, ó cuando menos esta irreverencia, en Septiembre de 1872, pocos meses antes de ir á Yuste.—Nos hallábamos en el fúnebre Real Sitio, descansando del calor y las fatigas de Madrid, cuando una mañana supimos que había pública exposición del cadáver del César, á petición de las bellas damas madrileñas que estaban allí de veraneo.—Era ya la vigésima de estas exposiciones, desde que las inauguró cierto temerario y famoso prohombre de la situación política creada en 1868.—Nosotros (lo repetimos) no tuvimos al cabo suficiente valor para rehusarnos la feroz complacencia de aquella profanación, que de todas maneras había de verificarse.....

Acudimos, pues, al panteón de los Reyes de España, á la hora de la cita.—¿Y qué vimos allí? ¿Qué vieron las tímidas jóvenes y los atolondrados niños y los zafios mozuelos que nos precedieron ó siguieron en tan espantoso atentado?—Vieron, y vimos nosotros, la tumba de Carlos V abierta, y delante de ella, sobre un andamio construído ad hoc, un ataúd, cuya tapa había sido sustituída por un cristal de todo el tamaño de la caja.

En las primeras exposiciones no había tal cristal, ó si lo había, se levantaba, de cuyas resultas no faltó quien pasase su mano por la renegrida faz del cadáver..... ¡La pasó el mencionado prohombre revolucionario, en muestra de familiaridad y compañerismo!.....

A través del cristal vimos la corpulenta y recia momia del nieto de los Reyes Católicos, de la cabeza á los pies, completamente desnuda, perfectamente conservada, un poco enjuta, es cierto, pero acusando todas las formas, de tal manera que, aun sin saber que eran los despojos mortales de Carlos V, hubiéralos reconocido cualquiera que hubiese visto los retratos que de él hicieron Ticiano y Pantoja.

La especial contextura de aquel infatigable guerrero, su alta y amplísima cavidad torácica; sus anchos y elevados hombros; sus cargadas espaldas; su cráneo característico; su ángulo facial, típico en la casa de Austria; la depresión de la boca; la prominencia de la barba por el descompasado avance de las mandíbulas: todo se apreciaba exactamente, y no en esqueleto, sino vestido de carne y cubierto de una piel cenicienta, ó más bien parda, en que aun se mantenían algunos raros pelos de pestañas, barbas y cejas y del siempre atusado cabello.....

¡Era, sí, el Emperador mismo! ¡Parecía su estatua vaciada en bronce y roída por los siglos, como las que aparecen entre las cenizas de Pompeya!

No infundía asco ni fúnebre pavor, sino veneración y respeto.

Lo que infundía pavor y asco era nuestra impía ferocidad, era nuestra desventurada época, era aquella escena repugnante, era aquel sacrílego recreo, era la risa imbécil ó el estúpido comentario de tal ó cual señorita ó mancebo, que escogía semejante ocasión para aventurar un conato de chiste.....

¡Siquiera nosotros (dicho sea en nuestro descargo) callábamos y padecíamos, sintiendo al par, y en igual medida, reverencia hacia lo que veíamos y remordimientos por verlo! ¡Siquiera nosotros teníamos conciencia de nuestro pecado!

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De mi visita á las ruinas de los claustros de Yuste guardo recuerdos indelebles.

La naturaleza se ha encargado de hermosear aquel teatro de desolación. Los trozos de columnas y las piedras de arcos, que yacen sobre el suelo de los que fueron patios y crujías, vense vestidos de lujosa hiedra. El agua, ya sin destino, de las antiguas fuentes, suena debajo de los escombros, como enterrado vivo que se queja en demanda de socorro, ó como recordando y llamando á los antiguos frailes para que reedifiquen aquel edificio monumental. Y por todas partes, entre la hiedra y el musgo, ó entre las flores silvestres y las altas matas con que adornaba Mayo aquellos montones de labrados mármoles, veíamos los escudos de armas de la casa de Oropesa, esculpidos en las piedras que sirvieron de claves ó de capiteles á las arcadas hoy derruídas.

Las cuatro paredes del refectorio siguen de pie; pero el techo, que se hundió de resultas del incendio, ha formado una alta masa de escombros dentro de la estancia. Hoy se trabaja en sacar aquel cascajo, y ya van apareciendo los alicatados de azulejos que revestían el zócalo de los muros.

El Convento de Novicios subsiste, aunque en muy mal estado.—Allí, como ya sabéis, vivieron los últimos frailes desde la catástrofe del Edificio, ocurrida en 1809, hasta la catástrofe de la Comunidad, ocurrida en 1835.

Nosotros penetramos en algunas celdas. Reinaba en ellas la misma muda soledad que en las del Palacio de Carlos V. Ni gente ni muebles quedaban allí..... Las desnudas paredes hablaban el patético lenguaje de la orfandad y de la viudez.

Aquello era más melancólico que las ruinas del otro gran convento hacinadas entre la hiedra.—Una celda habitable y deshabitada representa, en efecto, algo más funesto y pavoroso que la destrucción. Los pedazos de mármol que acabábamos de ver parecían tumbas cerradas: las celdas del noviciado eran como lechos mortuorios ó ataúdes vacíos, de donde acababan de sacar los cadáveres.

Sí; ¡todo vacío! ¡todo expoliado! ¡todo saqueado!.....—Tal aparecía aquella mañana á nuestros ojos cuanto contemplábamos, cuanto recordábamos, cuanto acudía á nuestra imaginación por asociación de ideas.

En Yuste....., una tumba abierta, de donde había sido sacado Carlos V.—En El Escorial....., otra tumba vacía, de donde también se le había desalojado temporalmente.....—Y si se nos ocurría la fantástica ilusión de que la exhumada y escarnecida momia del César, avergonzada de su pública desnudez, pudiese salvar el Guadarrama, en medio de las sombra de la noche, para ir á buscar á Yuste su primitiva sepultura, considerábamos temblando que tampoco encontraría en su sitio el ataúd de madera, sino que lo vería encaramado en aquella antigua hornacina de un Santo que probablemente habrían derribado á pedradas otros liberales de la Vera de Plasencia.....

¡Y todo así! ¡Todo así!—Dondequiera que el atribulado espectro imperial fijase la vista, hallaría igual dislocación, el mismo trastorno, la propia devastación y miseria, como si el mundo hubiese llegado al día del Juicio final.....

Ya no había Monasterio de Yuste; ya no había en España Comunidades religiosas; ya no había Monarquía; ¡casi ya no había Patria!—Los tiempos del cataclismo habían llegado, y, sobre las ruinas de la obra de Fernando V y de Isabel I, oíanse más pujantes que nunca en aquellos mismos días (los primeros días de Mayo de este primer año de la República), así en Extremadura como en el resto de la Península española, gritos de muerte contra la Unidad nacional, contra la Propiedad, contra la Autoridad, contra la Familia, contra todo culto á Dios, contra la sociedad humana, en fin, tal y como la habían constituído los afanes de cien generaciones.

Illic sedimus et flevimus....., al modo de los hebreos junto á los ríos de Babilonia.

*
* *

Pasó aquel momento de emoción, disimulable en tan aciaga fecha, y desde el convento nos dirigimos á una ermitilla, llamada de Belén, que dista de él medio kilómetro, y á donde solían encaminar los frailes su paseo de invierno—costumbre que adquirió también Carlos V.

El camino de la ermita es una llana y hermosa calle de árboles, con prolongados asientos, en que cabía toda la Comunidad.

Al principio de este paseo hay un viejísimo ciprés, á cuyo pie, y recostado en su tronco, es fama estaba sentado Carlos V la primera vez que vió en Yuste á su hijo D. Juan de Austria, ya casi mozo, después de muchos años de separación.

El hijo de Bárbara Blomberg había nacido en Ratisbona, donde pasó la infancia con su madre. A la edad de ocho años lo habían traído á España, sin que nadie adivinase su condición, y vivió primero en Leganés, á cargo del clérigo Bautista Vela y de una tal Ana Medina, casada con un flamenco llamado Francisco, que vino en la comitiva de Carlos V la primera vez que visitó estos reinos el coronado nieto de Isabel la Católica. Pero el bastardo imperial hacía en Leganés una vida demasiado villana, confundido con los otros chicos del pueblo, y entonces Luis Quijada, mayordomo del César, y el único que sabía quién era aquel niño, se lo llevó á Villagarcía, de donde era Señor, y lo confió á su mujer, sin revelarle el secreto; por lo que esta ejemplarísima señora llegó á concebir tristes sospechas, que amargaron su vida hasta que, muerto ya el Emperador, hizo pública la verdad el rey D. Felipe II, reconociendo como príncipe y hermano suyo al que había de ser el primer guerrero de su tiempo.

«Cuando Carlos V vino á encerrarse en el Monasterio de Yuste (dice un historiador) érale presentado muchas veces su hijo en calidad de paje de Luis Quijada, gozando mucho en ver la gentileza que ya mostraba, aun no entrado en la pubertad. Tuvo, no obstante, el Emperador la suficiente entereza para reprimir ó disimular las afectuosas demostraciones de padre, y continuó guardando el secreto.....»

En la Crónica manuscrita del convento menciona también el P. Luis de Santa María la estancia de D. Juan de Austria en Yuste, y, además, la tradición cuenta algunas de sus travesuras de adolescente, como las que referimos al hablar de Quacos.....

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Por aquí íbamos en nuestra visita á Yuste, cuando principió á encapotarse el cielo. Conocimos que amenazaba una de aquellas tormentas que tan formidables son en las sierras de Gredos y de Jaranda, y como teníamos que andar tres leguas para regresar al Baldío, y ya no nos quedaba más que ver, aunque sí mucho que meditar en aquellas ruinas, nos apresuramos á montar á caballo, henchida el alma de mil confusas ideas, que he procurado ir fijando y desenvolviendo en los humildes artículos á que doy aquí remate.

Pero no soltaré la cansada pluma sin recordar unos versos que el insigne poeta, mi amigo D. Adelardo López de Ayala, pone en boca de D. Rodrigo Calderón, y que repetí muchas veces al alejarme de Yuste:

«¡Nunca el dueño del mundo Carlos quinto
Hubiera reducido su persona
De una celda al humilde apartamiento,
Si no hubiera tenido una corona
Que arrojar á las puertas del convento!»

De resultas de lo cual, ó sea de la falta de cualquier especie de corona, algunos días después me veía yo obligado á dejar la pacífica soledad del Baldío por la turbulenta villa de Madrid, donde fecho hoy este relato á 9 de Octubre de 1873.

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DOS DÍAS EN SALAMANCA

———

I

DISCURSO PRELIMINAR

El lunes 8 de Octubre de 1877 nos hallábamos de sobremesa en cierto humilde comedor de esta prosaica y anti-artística villa de Madrid, cuatro antiguos amigos, muy amantes de las letras y de las artes, algo entrados en años por más señas, y aficionadísimos, sin embargo, á correr aventuras en demanda de ruinas más viejas que nosotros.

Habíase por entonces abierto al público la última sección del Ferrocarril de Medina del Campo á Salamanca, lo cual quería decir, en términos metafóricos, que esta insigne y venerable ciudad, monumento conmemorativo de sí propia, acababa de ser desamortizada por el espíritu generalizador de nuestro siglo, pasando de las manos muertas de la Historia ó de la rutina, al libre dominio de la vertiginosa actividad moderna.

Así lo indicó, sobre poco más ó menos, uno de nosotros; y como otro apuntase con este motivo la feliz idea de ir los cuatro á hacer una visita á aquel antiguo emporio del saber, y semejante propuesta, bien que recibida con entusiasmo y aceptada en principio, suscitara algunas objeciones, relativas á lo desapacible de la otoñada, á los achaques del uno, á los quehaceres del otro y al natural temor de todos de que en la ilustre y grave Salamanca no hubiese fonda vividera, el amo de la casa, ó sea el anfitrión, encendióse (ó afectó encenderse) en santa ira, y pidiendo arrogantemente la palabra (y una segunda copa de legítimo fine-champagne), pronunció el siguiente discurso:

«Señores:

»¡Parece imposible que la edad nos haya reducido á tal grado de miseria! ¿Somos nosotros aquellos héroes, que hace algunos años, recorrían en mulo ó á pie las montañas más altas de Europa, expuestos á perecer entre la nieve, sólo por ver un ventisquero, una cascada ó el sitio en que los aludes aplastaron á tal ó cual impertérrito naturalista? ¿Somos nosotros los mismos que pasaron noches de purgatorio en ventas dignas de la pluma de Cervantes, por conocer las ruinas de un castillejo moruno, los que hicieron largas jornadas en carro de violín, por contemplar un retablo gótico; los que sufrieron á caballo todos los ardores del estío andaluz, buscando el sitio en que pudo existir tal ó cual colonia fenicia ó campamento romano? ¿Somos nosotros los atrevidos exploradores de la Alpujarra, los temerarios visitantes de Soria, los que llegaron por tierra á la misteriosa Almería, y, sobre todo, los intrépidos descubridores de Cuenca....., de cuya existencia real se dudaba ya en Madrid cuando fuimos allá, sin razón ni motivo alguno, y en lo más riguroso del invierno, tripulando un coche-diligencia que volcó seis veces en veinticuatro horas?

»¡Nadie diría que nosotros somos aquellos célebres aventureros, al vernos vacilar de esta manera en ir á la conquista de la inmortal Salamanca, hoy que la locomotora la ha puesto, como quien dice, á las puertas de Madrid! ¡Nadie lo diría, al vernos retroceder ante el frío, ante la perspectiva de una cama incómoda ó de una comida poco suculenta, y ante otros trabajos y fatigas, que siempre fueron, para hombres bien nacidos, estímulo y aliciente de esta clase de expediciones!—¡Pues qué! ¿no eran mucho más viejos que nosotros, y no tenían más achaques y dolamas, Cristóbal Colón, al embarcarse en Palos; Antonio de Leiva, al salir de Pavía en ayuda de los ejércitos imperiales, y Abdel-Melik, el Maluco, en la batalla de Alcazarquivir, á la que asistió moribundo, llevado en hombros por sus soldados, y durante la cual expiró como bueno, seguro ya de la derrota de D. Sebastián de Portugal?

»¡Un esfuerzo semejante espero yo de vosotros en la presente ocasión! ¡Considerad, señores, que se trata de Salamanca, de la Madre de las Virtudes y de las Ciencias, como la llamaban antiguamente; de la ciudad que ha llevado también el nombre de Roma la Chica, por los innumerables y nobilísimos monumentos que la decoran; celebérrima bajo la dominación de los romanos; cristiana antes de la irrupción de los godos; arrancada varias veces de manos de los sarracenos, en los siglos ix y x; liberada definitivamente en el siglo xi, y lumbrera desde entonces de la entenebrecida Europa, por su veneranda Universidad, que, con las de Oxford, Bolonia y París, vinculaba el saber de aquellos tiempos! ¡Considerad que se trata de la hija mimada de Castilla la Vieja, de la Atenas española, protegida constantemente por Magnates, Prelados, Reyes, Papas y hasta Santos, desde D. Ramón de Borgoña y el obispo Visquio, que la repoblaron, y comenzaron á engrandecerla, hasta los Reyes Católicos, que la distinguieron con su predilección casi tanto como á Granada! ¡Considerad que allí hubo concilios; que allí se reunieron Cortes; que allí se juzgó á los Templarios; que allí se establecieron preferentemente las Órdenes Militares y fundaron magníficos templos; que allí predicaron San Vicente Ferrer y San Juan de Sahagún; que allí residieron mucho tiempo Santa Teresa y San Ignacio de Loyola; que allí estudió y explicó Fr. Luis de León, y que allí estuvieron los reyes Ordoño I, Alfonso VII, Fernando II, Alfonso IX, Enrique II (antes y después de matar á su hermano), D. Juan I, D. Juan II, D. Enrique IV, los Reyes Católicos (no una, sino muchas veces), el emperador Carlos V, Felipe II, Felipe III, Felipe V, y D. Alfonso XII, que felizmente reina!

»Digo más, señores; digo más.....—Allí nació y fué bautizado Alonso XI; allí murió la esposa amadísima de Trastamara, ó sea la reina D.ª Juana Manuel; allí murió también el príncipe D. Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, quien, de haber vivido más tiempo, hubiera ahorrado á España muchas calamidades; y allí, en fin, se casó con María de Portugal el Sr. D. Felipe II, cuyo nombre y cuyos hechos no figurarían en nuestra historia si no hubiese habido antes un Felipe I.....

»Salamanca, por consiguiente, debe de estar cuajada de iglesias, de palacios y de conventos. Salamanca debe de ser un álbum arquitectónico, donde se encuentren modelos de todos los estilos cristianos: del románico, del gótico, del plateresco, del greco-romano y del churrigueresco (y esto suponiendo que no haya también piedras árabes y judías). Salamanca, en fin, será un mare magnum de portadas, de torres, de columnatas, de ojivas, de retablos, de púlpitos, de pinturas en tabla, en lienzo y al fresco, de sillerías y estatuas de madera, de verjas, de alhajas, de ornamentos, de ropas y de otras venerandas antigüedades.

»Para formar idea de ello, básteos saber que, en el siglo xii, cuando se escribió el Fuero de Salamanca, había en la ciudad 33 iglesias, y que después llegó á haber hasta 48, sin contar cuatro conventos de Monacales y 17 de Religiosos de los demás Institutos, 16 de Monjas, dos beaterios de reclusión voluntaria, uno de reclusión forzosa, y más de 30 colegios, incorporados legalmente á la Universidad..... Y, aunque descontemos las muchas iglesias, y, sobre todo, los muchos conventos que habrán caído al golpe del cañón extranjero y de la piqueta constitucional y republicana desde 1808 á 1813, y desde 1835 á 1874, todavía quedarán en pie los bastantes monumentos históricos y artísticos para considerar á Salamanca (y es cuanto se puede decir) como otra Toledo.—¡A Salamanca, pues, amigos míos! ¡A Salamanca, sin pérdida de tiempo! ¡A Salamanca, antes de que, por razón de ornato público, le sacudan el polvo de los siglos! ¡A Salamanca, antes de que la reformen, antes de que la mejoren, antes de que la profanen..... (que todo viene á ser la misma cosa)! ¡A Salamanca mañana mismo!

»El viaje es sumamente cómodo.....—Aquí tenéis El Indicador.....—Se sale de Madrid á las nueve y media de la noche, y se llega allá á las nueve y media de la mañana.—El billete, en 1.ª clase, cuesta siete duros, que, con siete de volver, son catorce.—Supongo que habrá allí hoteles, ó sea fondas; pero, si no los hay, habrá casas de huéspedes, y si no, posadas, y si no, hospicio.—Y hablo así, porque no avisaremos á nadie nuestra llegada; que, de lo contrario, bien podríamos asegurar que allí tenemos al padre alcalde, y no sólo al padre, sino al abuelo y al bisabuelo....., dado que conocemos en Salamanca al Sr. Obispo de la diócesis, Martínez Izquierdo, compañero de algunos de nosotros en las Cortes de 1869 y en el actual Senado; dado que nuestro amigo Frontaura es Gobernador de la provincia, y dado que yo cuento además en aquella población con la antigua y excelente amistad de otras personas, que no dejaré de presentaros en el momento oportuno.—Fuera de esto, sabed que Salamanca gozó siempre opinión de barata y de rica, y que sus alimentos son también muy celebrados. Los castaños y encinas de sus montes dan pasto al mejor ganado de cerda de las Españas, y el tal ganado de cerda (convendréis en ello) puede muy bien servir de pasto á viajeros tan aguerridos como nosotros. A mayor abundamiento, las truchas del Tormes gozan igual fama de exquisitas (me refiero al geógrafo Miñano), sin contar con que en los corrales de aquellas casas de labor se crían ciertos pavos enormes, ya cantados por mí en un célebre soneto.—Y, ¡en fin, señores! ¡qué diablos! ¡corre de mi cuenta llevar un cesto de víveres y municiones (cuando digo municiones, entended botellas) para los casos de fuerza mayor y otras calamidades inesperadas!.....

»Conque..... he dicho.»

Aplausos y aclamaciones acogieron este discurso; y, sin más debate, aprobóse por unanimidad el proyecto, quedando decidido que á la noche siguiente saldríamos para Salamanca.

II

DE MADRID A MEDINA DEL CAMPO

En efecto: á las nueve y media de la siguiente noche salíamos de Madrid en el tren segundo correo, destinado, como todo el mundo sabe, á transportar cartas y viajeros desde esta Villa y Corte (que ya cuenta 400.000 habitantes) á media España y á toda Europa.

Sin embargo, íbamos casi solos.....—Los españoles tenemos pocos asuntos fuera de casa, y los que tenemos no nos interesan hasta el extremo de hacernos emprender largos viajes. Nuestra filosofía moruna, ascética, ó como queráis llamarla, da de sí esta magnánima indiferencia, tan deplorada por economistas y políticos, y tan aplaudida por otra clase de pensadores que miran las cosas desde más alto. Viajan, sí, por mero placer, los elegantes y los fantaseadores, los bañistas de afición y los amantes de la naturaleza; pero, precisamente en la fecha citada, este linaje de madrileños regresaba ya hacia las orillas del Manzanares, ó, por mejor decir, hacia las bocas de riego del Lozoya.—Además, aquel día era martes, y los martes apenas se despacha algún billete en nuestros ferrocarriles, por aquello de que en martes ni te embarques ni te cases; razón que me ha movido á mí siempre á preferir los martes para viajar, pues va uno más holgado en el tren ó en la diligencia. ¡Y si puedo combinar que sea martes y día 13, mejor que mejor!

Esto de la holgura lo llevábamos nosotros resuelto aquella noche por ministerio de la ley..... Quiero decir, que éramos dueños de un reservado de ocho asientos, que entre cuatro personas daba dos asientos para cada una, con su correspondiente rincón por cabeza y para la cabeza.—Nos dormimos, pues, en seguida que el tren se puso en marcha (como muy necesitados que estábamos de descansar de nuestras prisas del día, y también para ir haciendo provisión de sueño y de reposo, á cuenta de los madrugones y demás fatigas consiguientes á una expedición artístico-poética por tierra de garbanzos), y dormidos pasamos muchísimo tiempo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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A las tres de la madrugada el hambre nos despertó.

Estábamos en Sanchidrián, á veinticinco leguas de Madrid, al otro lado de la cordillera del Guadarrama.

¡Bien nos habíamos portado! ¡Cinco horas de sueño de un tirón!

Durante ellas, sólo habíamos oído, á cosa de las doce, en uno de esos intervalos de semiconciencia que tiene el durmiente á cada parada del tren, los destemplados gritos con que una pobre mujer (única que á tal hora estaría despierta en aquella áspera sierra) pregonaba á todo lo largo de la hilera de coches: «¡Leche de las Navas!», sin que se siguiese ruido alguno demostrativo de que la infeliz trasnochadora despachaba algo.....

Es decir, que habíamos pasado por El Escorial, por las susodichas Navas (que Dios bendiga), por Ávila, y por otros varios pueblos chicos y grandes, sin darnos siquiera cuenta de ello.—¡Quién se lo dijera á D. Felipe II cuando edificaba lo que recibió el nombre de octava maravilla! ¡Quién le dijera que llegaría un tiempo en que cruzasen por allí con los ojos cerrados personas tan amantes del Arte y de la Historia como nosotros!

Pero, ¿qué mucho, si habíamos atravesado con igual indiferencia la formidable Sierra de Guadarrama (que es algo más grande que el Monasterio del Escorial), pasando inconscientes, no sólo por delante de sus cimas, sino por dentro de sus mismísimas entrañas, por la cuna de los metales, por la oficina de los terremotos, por las regiones del infierno?

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Decía que estábamos en Sanchidrián, y que el aguijón del hambre nos había despertado.

El mismo mozo de la vía por quien supimos particularmente en qué Estación nos hallábamos (pues nadie se había tomado el trabajo de vocearla), nos participó además, motu proprio, que el termómetro del telegrafista marcaba en aquel instante seis grados bajo cero.

¡Oirlo nosotros, y bajar el cristal de la ventanilla, todo fué una sola cosa! Hecho lo cual transformamos el coche en fonda, y cenamos tranquila, profusa y regaladamente: que para eso llevábamos á bordo el anunciado cesto de provisiones, en que no faltaba ningún perfil; pues, á más de comestibles de buena ley, contenía frascos de agua y botellas de vino, café del mismísimo Aden y máquina para hacerlo, velas con que alumbrarnos á guiorno, y otros muchos refinamientos de sibaritismo y de confort, que ni tan siquiera concibieron los antiguos emperadores romanos.

Terminada la cena, nos fué imposible volver á dormir.—Pasamos, por consiguiente, en alegre conversación cosa de una hora; hasta que, cerca de las cinco de la mañana (es decir, todavía con estrellas) llegamos á la Estación de Medina del Campo.

¡Medina! ¡Parada y fonda! ¡Cambian de tren los viajeros para Zamora y para Salamanca!—gritó el mozo de la Estación.

—¡Vaya una fonda y una parada inoportunas!—exclamamos nosotros, dando un suspiro.

Y nos pusimos á recoger nuestros enseres.

III

EN MEDINA DEL CAMPO

Los viajeros que se dirigen á Salamanca en camino de hierro, tienen que esperar en la Estación de Medina (¡durante una hora!) la salida del tren que corre exclusivamente entre estas dos ínclitas ciudades.—Cargamos, pues, con todo nuestro ajuar, y echamos pie á tierra en el andén, acatando los altos é incomprensibles designios de las Empresas, que no han juzgado conveniente ahorrar á los viajeros esta hora de detención.

Como todavía era de noche, según queda indicado, y hacía todo el frío que nos dijeron en Sanchidrián, tuvimos que refugiarnos, lo mismo que el resto de los viajeros (unos treinta, naturales de aquellas cercanías), en el diminuto, descristalado y afortunadísimo cafetín (vulgo Fonda) de la Estación, donde nos vimos obligados á oir, á pesar nuestro, más de una conversación ajena, poco edificante y nada chistosa....., á las cuales conseguimos al cabo sustraernos, hablando entre nosotros y en voz baja de la ilustre ciudad á cuyas puertas vivaqueábamos tan desagradablemente.

Dicho se está, por tanto, que salió á relucir el funestísimo día 21 de Agosto de 1520, en que Medina del Campo fué quemada por el alcalde Ronquillo y por el capitán Fonseca, á consecuencia de haberse resistido sus moradores á entregarles la artillería para combatir á Segovia, alzada en favor de los Comuneros, y que recordamos también aquella hermosa carta, escrita con tal motivo por los Segovianos á los Medinenses, en que se leen estas sublimes frases dignas de la antigua Musa de la Historia:—«Nuestro Señor nos sea testigo, que si quemaron desa villa las casas, á nosotros abrasaron las entrañas, y que quisiéramos más perder las vidas que no se perdieran tantas haciendas. Pero tened, señores, por cierto, que pues Medina se perdió por Segovia, ó de Segovia no quedará memoria, ó Segovia vengará la su injuria á Medina..... Desde aquí decimos, y á la ley de cristianos juramos, y por esta escritura prometemos, que todos nosotros por cada uno de nosotros pornemos las haciendas y aventuraremos las vidas; y lo que menos es que todos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares de Segovia, cortando, para hacer sus casas, madera. Porque no puede ser cosa más justa que, pues Medina fué ocasión de que no se destruyese con la artillería á Segovia, Segovia dé sus pinares con que se repare á Medina.....»

«Medina (añade el historiador Lafuente) había sido hasta entonces el emporio del comercio, el gran mercado del Reino, y el principal depósito de las mercancías extranjeras y nacionales, de paños, de sedas, de brocados, de joyería y tapicería: sus ferias anuales tenían fama en el mundo: todo pereció en aquel día de desolación: de setecientas á novecientas casas fueron consumidas por las llamas.»

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A todo esto había principiado á amanecer; visto lo cual, nos trasladamos al andén de la Estación, prefiriendo helarnos al aire libre viendo los rosicleres de la aurora, á los aires colados y á las crecientes vulgaridades del cafetín.

El andén de la estación estaba tan silencioso como solitario.—Nuestro primitivo tren había continuado su marcha hacia Irún, no bien nos bajamos de él, y después había partido otro con dirección á la insigne ciudad de Zamora.—¡El único que no daba ni señales de pensar en salir era el recién establecido tren de Salamanca!

En cambio, salió el sol.—Por cierto que su primer rayo no hirió directamente nuestras pupilas, sino que fué á besar con amoroso respeto un arrogantísimo torreón gótico, que ya habíamos divisado enfrente de la Estación, sobre las ruinas de una antigua fortaleza.—Era la famosa Torre del Homenaje del celebérrimo Castillo de la Mota.

Este castillo, distante de Medina algunos centenares de pasos, y separado hoy de ella por el tiránico ferrocarril, corona una especie de meseta que, en estas interminables planicies castellanas, pudo muy bien hacer el papel de altura cuando se la eligió para asiento de una ciudadela.....—Allí murió Isabel la Católica. Es decir, que tal vez en el interior de aquella torre, dorada por el sol naciente, se hallaba (y se halla) el aposento pintado por Rosales, con singular maestría, en el cuadro que dió principio á su reputación.—Allí estuvo preso, durante veinte años, Hernando Pizarro, hermano y compañero de glorias del Conquistador del Perú.—Allí vivió también encarcelado el abominable César Borgia.....

Pero como si el tren de Salamanca hubiera estado aguardando á que nos fuese grata la permanencia en la Estación de Medina para decir «¡Vámonos!», la campanilla, y el pito, y las voces de los empleados nos sacaron en esto de la contemplación de tan venerables ruinas y de sus grandes recuerdos históricos, obligándonos á correr más que aprisa hacia el andén, del cual nos habíamos alejado insensiblemente.

En aquel mismo instante brilló á nuestros ojos, no ya la luz refleja, sino el mismo disco del sol.....

Eran las seis.

IV

DE MEDINA DEL CAMPO A SALAMANCA

Partimos.

El tren giró hacia el Oeste, no bien salió de entre agujas, y colóse inmediatamente en Medina del Campo, cuyas últimas casas lindan con la Estación.

La vía férrea cruza por las calles mismas de la villa, sobre un terraplén de algunos pies de altura, gracias al cual fuimos viendo, por encima de cercas y tapias, el interior de muchos corrales llenos de leña, estiércol y aperos de labor, y cubiertos de recientísima escarcha, por donde andaban ya las madrugadoras gallinas tomando el sol y cacareando.....

Los medinenses no se habían levantado todavía. Por lo menos, las ventanas y puertas de sus casas estaban cerradas, las chimeneas no expelían humo, y no había ni un alma en las silenciosas calles.

Medina es extensísima, y compréndese muy bien, al verla, que desempeñe papel tan importante en la Historia de España. A cada paso descubríamos casas ruinosas, con todo el aspecto de deshabitadas, y amplios solares de otras que se han hundido. Infinidad de torres de iglesias nuevas ó viejas (es decir, de hace cuatro ó cinco siglos, ó del siglo pasado, á juzgar por la forma de sus campanarios y por el color de los muros) mantiénense todavía en pie. Abundan las de piedra renegrida por el tiempo, y aun hay que contar las que habrán derribado los siglos y las revoluciones.....

De los desastres causados por la tea incendiaria de Ronquillo y de Fonseca, nótanse por doquier horribles vestigios.—La desventura de Medina, como las de Pompeya y Herculano, tiene fecha determinada. ¡Tal día de tal año amaneció rica y poderosa, y á la noche era un montón de ruinas!

Pero mientras nosotros pensábamos en esto, el tren había dejado ya atrás á Medina del Campo, y corría por más alegres horizontes.....

Hagamos nosotros lo mismo.

*
* *

De Medina á Salamanca hay 77 kilómetros.

Acerca de los primeros que recorrimos, sólo tengo que decir que seguimos cruzando la gran llanura de Castilla la Vieja, más productiva, pero no menos desamparada y monótona que la de Castilla la Nueva. En cuanto alcanzaban los ojos veíamos leguas y leguas de campos sin verdor, recién arados con el mayor esmero, en donde iban á sembrarse los gérmenes de la cosecha de 1878; ¡pero ni un árbol, ni una vivienda, ni un chorro de agua, ni la más leve ondulación en el terreno!.....

Sin embargo, aquella interminable planicie casi negra, cobijada por un cielo azul y limpio, é inundada de luz por un sol alegre y esplendoroso, no carecía de encanto y grandiosidad, á causa de su misma sencillez.—Hacía un día hermosísimo, un verdadero día español, y esto lo embellece todo.

Por lo demás, ya íbamos divisando en la soledad de aquellas tierras algunos labradores que araban tranquilamente, y que nosotros no podíamos imaginar de dónde habían salido ni á qué hora se habían levantado para estar allí tan de mañana.—Vistos desde el tren, parecían habitantes de la Luna contemplados desde la Tierra, ó habitantes de la Tierra contemplados desde la Luna, ó más bien parecían un accesorio fijo y permanente de aquel cuadro, como las figurillas humanas que ponen los pintores en los paisajes.

Minutos después (que es como si dijéramos algunas leguas más allá) pasamos por delante de un montecillo de barro, de piedras, de yeso, de tejas y de retama, coronado por un campanario con su cruz y todo..... Era un pueblo: era Campillo: quiero decir, era uno de tantos Campillos como figuran en el Nomenclátor de España.

Luego pasamos por El Carpio (ó sea por un Carpio, pues también conocíamos ya más de uno).....

Y á las siete y veintiocho llegamos á Cantalapiedra, famosa hoy por su agua potable, que no bebimos.

Habíamos entrado en la Provincia de Salamanca.

Allí comienza ya á rizarse el terreno.—Cantalapiedra ocupa una meseta inclinada, donde hubo también antiguamente cierto castillo casi inexpugnable.

En el siglo xv los Portugueses se apoderaron de él y defendieron largo tiempo, al amparo de sus muros, las pretensiones de la Beltraneja.—Los vecinos de la villa discurrieron entonces que el tal castillo podía con el tiempo dar ocasión á nuevas luchas y trastornos, si lo dejaban en pie; y no bien terminó aquella guerra civil, lo demolieron pacíficamente con sus propias manos.—Vese, pues, que no siempre ha corrido como verdad axiomática lo de si vis pacem, para bellum.

Y es cuanto puedo decir de Cantalapiedra.

Puestos otra vez en marcha, el sol, que iba ya calentando, principió á acariciarnos dentro del coche, y acabó por dormirnos amorosísimamente.....

Y dormidos pasamos (según luego vimos en El Indicador) por

Nueva Carolina,

Pedroso,

Gomecello,

Y Moriscos,

nombres que ningún eco habrían hallado en nuestra memoria, aunque no hubiésemos estado dormidos.

En cambio, quiso la Providencia que despertásemos al salir de esta última Estación, ó sea cuando faltaba un cuarto de hora (legua y media) para llegar á Salamanca.—De otro modo, nos hubiéramos hallado de pronto bajo los muros de la gran ciudad; cosa opuesta á todas las reglas del arte de conmoverse.

*
* *

Lo primero que vimos de Salamanca (mucho antes de divisarla á lo lejos) fué sus célebres toros....., los toros salamanquinos, de mil libras de peso y de formidables astas, plantados cerca de la vía y mirando el tren con más cólera que espanto.

—¡Ah, facinerosos! (estuve por decirles). ¡Desde tiempo inmemorial habéis estado yendo á Madrid á asustarnos con esa fuerza y esos cuernos que Dios os ha dado!..... ¡Ahora nos toca á los madrileños venir á Salamanca á asustaros á vosotros!—¿Por qué no probáis á luchar con esta locomotora?

Los toros debieron de adivinar semejante desafío, y noticiosos, sin duda, del trágico fin de aquellos héroes y mártires de su misma especie que embistieron arrogantemente en las orillas del Jarama á los primeros trenes de Madrid á Aranjuez y de Aranjuez á Madrid, nos volvieron la espalda con suma dignidad, como diciendo:

—¡Nuestra raza cumplió ya ese deber! ¡Su protesta quedó escrita con sangre! ¡Paso á la majestad caída!

Y la verdad es que tenían razón.

En esto apareció ante nuestros ojos Salamanca, surgiendo de la hondonada en que se asienta á la orilla derecha del Tormes.

¡Aquélla era, sí, la muy noble y muy leal matrona, con sus rotas murallas; con su centenar de torres y cúpulas, que en línea horizontal se dibujaban en el cielo; con sus amplios edificios de dorada piedra, que reverberaban al sol, y precedida de una verde arboleda, que parecía servirle de zócalo ó de alfombra!

Tanta erguida piedra campeando en el aire, tanta arquitectura, tanta grandiosidad, tanta nobleza, correspondían de todo punto al encomiástico dictado de «Roma la Chica.....» Era, pues, indudable que estábamos delante de Salamanca.

V

ENTRADA EN LA CIUDAD.—LA CALLE DE ZAMORA

La Estación del ferrocarril de Salamanca distará un kilómetro de la ciudad, y desde aquélla á ésta corre una hermosa calle de árboles, que sirve de paseo público. Además, cuando nosotros fuimos allí, construíase á toda prisa, para el servicio de la misma Estación, una ancha y bien acondicionada carretera, por cuyo explanado trayecto pasaban ya los ómnibus generales y muchos particulares de los hoteles.

¡Porque todo esto había donde ningún alojamiento temíamos hallar cuando en Madrid proyectábamos el viaje!

—«¡Señorito, al Hotel H!.....—¡Señorito, al Hotel B!.....—¡Señorito, á la Fonda X!.....»—nos gritaban los commissionnaires et facteurs, ni más ni menos que si acabásemos de llegar á París ó Londres.

—¡Bien por Salamanca!—exclamamos nosotros.—¡Nobleza obliga!—¡Cuando los Grandes se meten á plebeyos, deben hacer las cosas con este rumbo!

Pero de aquella misma abundancia de alojamientos surgía una nueva dificultad, y era que, como no habíamos consultado á nadie antes de salir de Madrid, ni avisado á ningún amigo nuestra llegada á Salamanca, ignorábamos cuál era el mejor hotel, hallándonos, por tanto, en la situación que los franceses (y va de afrancesamiento) denominan embarras du choix.

No era cosa de equivocarse en punto de tamaña trascendencia. Preguntamos, pues, á un guardia civil (autoridad infalible, de tejas abajo), y éste nos recomendó (confidencialmente) el Hotel del Comercio.

¡Al Hotel del Comercio!—dijimos nosotros entonces con absoluta confianza, penetrando en el ómnibus de aquella advocación.

Y partimos.

En cuanto al resto de los viajeros..... (¡ah, cucos!), ya se les veía caminar á pie por la calle de árboles: de lo cual se deduce que los demás carruajes volvieron de vacío á la ciudad.—Pero ¿qué importaba, si el honor de Salamanca se había salvado?

Dice un refrán novísimo: Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas.

*
* *

Subido en el estribo de la trasera, y con la gorra, la cabeza y medio cuerpo metidos dentro de nuestra jaula, nos miraba y se sonreía el zagal del ómnibus (zagal también por los años, pues no habría cumplido quince), y al ver yo su rostro picaresco, digno de su paisano Lázaro de Tormes, díjeme alborozadamente:—«¡He aquí nuestro cicerone hasta que lleguemos á la fonda!.....»

Y me puse con él al habla, previa donación, que le hice, de un cigarro puro.

Aquel joven nos dijo, entre otras muchas cosas menos interesantes, que la puerta, ya sin puerta, por donde poco después entrábamos en Salamanca, se llama todavía la Puerta de Zamora, y que la hermosa calle que allí comienza lleva también el nombre de la ciudad de Gonzalo Arias.

Y nosotros recordábamos, por nuestra parte, el clamoreo que se alzó en las Academias de Madrid el año de gracia de 1855, cuando los salmantinos (no todos) tuvieron á bien derribar la tal puerta, sin reparar en que había servido de Arco de Triunfo para la entrada del emperador Carlos V en la ciudad del Tormes el año, también de gracia, de 1534.....

La dicha Calle de Zamora, que, según vimos después, es la mejor de Salamanca, llamó sobre todo nuestra atención, y muy particularmente la mía, por su color pardo, austero y como de vejez.—Y era que mi último y entonces recientísimo viaje de recreo había tenido por teatro la provincia de Cádiz, y mis ojos estaban hechos á ver pueblos blanquísimos, relucientes, flamantes, nuevos, por decirlo, así, adornados de verdes balcones, de floridos patios expuestos al público, y de enjalbegadas horizontales azoteas al estilo de Africa: era que aun danzaban en mi imaginación aquellas ciudades muertas de risa, sin monumentos históricos ni humos artísticos, sencillas, graciosas y coquetas como jóvenes vestidas de veraniego percal, que se llaman Sanlúcar, los Puertos, San Fernando y Cádiz.

Salamanca, por el contrario, se me presentaba en la Calle de Zamora, vestida de paño y de terciopelo, de hierro y de gamuza, como una especie de ricahembra apercibida á asistir al Consejo ó á la batalla, y más aficionada al templo que al sarao.—Muchas casas eran de piedra, y otras estaban pintadas de un modo severo, anticuado, monumental. La arquitectura y la arqueología, la historia y la leyenda, extrañas completamente al alegre caserío gaditano, reaparecían, pues, á mi vista con sus venerandos caracteres. Grandes escudos heráldicos campeaban encima de varias puertas, ó en los espaciosos lienzos de fortísimos muros, ó en el herraje negro y feudal de rejas y balcones. Estos balcones tenían por dosel enormes guardapolvos; los tejados remataban en descomunales aleros, y, abajo, las amplias y voladas rejas terminaban en humildes cruces. Veíanse portadas de aquel período del Renacimiento que puede llamarse plateresco español; otras de arco romano, con grandísimas dovelas, al estilo del tiempo de los Trastamaras, y algunas de tan imponente y esquiva hechura, que, á no correr el año de 1877, hubiera yo jurado que en tales casas vivían poderosos inquisidores ó alguno de aquellos terribles mayorazgos que solían ser jefes de una docena de hermanos, todos ellos soldados, frailes y monjas.—¡Indudablemente estábamos en Castilla la Vieja, ó, mejor dicho, en el antiguo reino de León! ¡Hasta el aire era allí godo, español rancio, cristiano puro, antisarraceno, en fin—ya que es menester decir las cosas claras!

Y cuenta que Salamanca no tiene nada de lúgubre, de sombría ni de taciturna, como nosotros mismos habíamos creído hasta entonces, equiparándola á otras ciudades castellanas; sino que es, y desde luego conocimos que era, una población alegre, animada, de mucha luz, de hermoso cielo, de libre y puro ambiente, digna, en fin, de albergar, como alberga, á los que suelen ser llamados en Valladolid y Burgos los andaluces de Castilla.

Con esto llegamos al hotel, situado al otro extremo de aquella misma calle; elegimos habitaciones, que nos parecieron excelentes; y como entonces se nos advirtiera ó notificara de oficio que en aquel establecimiento se almorzaba á las once en punto, batimos palmas en señal de alegría, y tomamos en seguida la escalera abajo, á fin de aprovechar la hora y pico que faltaba para la canónica del almuerzo, en dar el primer paseo artístico por la ciudad de los Fonsecas y Maldonados.

VI

LA PLAZA MAYOR.—EL CORRILLO DE LA HIERBA

El primer paseo por toda ciudad monumental debe hacerse sin cicerone y sin Guía escrita, única manera de formar juicio propio de las cosas y admirarlas, ó no admirarlas, independientemente de sugestiones y comentarios ajenos.

Esto hicimos nosotros aquella mañana: salimos á la calle á la buena de Dios; y como lo primero que divisamos fuese, á muy pocos pasos de la puerta del hotel, cierto arco de piedra que daba acceso á una gran plaza con árboles y jardines, nos dirigimos allá resueltamente, no sin preguntarnos antes con tanto énfasis como si acabásemos de descubrir la India.

—¿Qué plaza será ésta?

Pronto leímos en los azulejos que era la Plaza Mayor, y pronto dedujimos de otras señales que era también la plaza del Ayuntamiento, la plaza de la Constitución, el foro salmantino.

Declaro que, prima facie, nos agradó mucho la tal plaza; y, verdaderamente, su conjunto es magnífico. Disputen los arquitectos y los meros aficionados al arte (nosotros disputamos también allí sobre ello) acerca de si la ornamentación peca de más ó menos barroca y pesada, sobre la desproporción que hay entre los huecos y los macizos, á tal punto que ciertos adornos y molduras parecen miembros principales de la obra, y sobre lo mucho que la composición se resiente del mal gusto dominante cuando se ejecutó (que fué en tiempo de los Churrigueras y de Borromino); pero, aun así, el aspecto general resulta noble, rico, decoroso, hasta regio.....; digno, en fin, ya que no de la exquisita Salamanca, de cualquier adocenada corte. Además, la exornación moderna (jardines, fuentes, candelabros, etc.) es sumamente agradable, y denota gran esmero y elegancia de parte de los Ayuntamientos salmantinos de nuestros días.

Aunque la Plaza Mayor parece cuadrada, no lo es, sino que forma un trapecio cuyos lados varían de 72 metros á 82.—Todas las casas son iguales y tienen tres cuerpos. El cuerpo inferior deja expedito un ancho pórtico, ó sea unos soportales corridos, donde hay más de cien tiendas de comercio, muy variadas y bien surtidas. Los otros dos cuerpos son también arquitectónicos, y obedecen á un plan monumental dibujado por el célebre maestro D. Andrés García de Quiñones, el cual no anduvo muy disparatado para lo que entonces se estilaba en el mundo..... (Me refiero á 1710, fecha en que D. Felipe V visitó la ciudad y dió permiso para concluir la obra.)

Nicolás Churriguera, descendiente del famoso D. José, y como él natural de Salamanca, encargóse de la ejecución, con otros arquitectos que no recuerdo ahora, y fué el exclusivo autor de una estupenda fachada (la de las Casas Consistoriales), recargadísima de hojarasca y de mil locuras de piedra, que debe de agradar mucho generalmente, y que tampoco dejó de gustarnos á nosotros como documento artístico.—¿No andamos hoy comprando á altísimos precios marcos dorados y otros muebles de estilo barroco? ¿No está hoy de moda lo Pompadour y hasta lo Dubarry, tanto como ayer estaba lo gótico y anteayer lo pagano?—¡Pues ya hemos absuelto á los Churrigueras y sus discípulos, si no como doctrina y norma del arte, como hecho consumado y dato histórico, y con la condición de que no vuelvan!

En dicha fachada había dos excelentes bustos de Carlos IV y de María Luisa, ejecutados por uno de los más insignes entre los varios grandes escultores españoles que han llevado el apellido Álvarez. Refiérome á D. Manuel Álvarez, llamado comúnmente el Griego, hijo también de Salamanca y autor de las cinco hermosas estatuas de la Fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones que embellecen el Salón del Prado de esta coronada villa.....—Pues bien: los tales bustos fueron derribados y destruídos en no sé qué asonada popular, sin consideración alguna á su mérito artístico..... ¡Y, sin embargo, todavía hay artistas que no son reaccionarios!

Muchos otros bustos de antiguos Reyes é ilustrados Capitanes hay en las enjutas de los arcos de dos lados de la plaza; pero valen tan poco como esculturas, y es tan problemático su parecido, que el motín los respetó.—Bastante más que todos ellos nos interesó una sencilla lápida que conmemora, en la fachada de la casa núm. 19, que allí vivió y murió el famoso poeta salmantino D. José Iglesias.

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* *

Terminado el examen de la Plaza Mayor, atrajeron nuestra vista y despertaron nuestra curiosidad dos altísimas torres gemelas, dominadas por una cúpula y un cimborio, y no exentas de majestad y gallardía, que asomaban á lo lejos, hacia la parte del Sudoeste, por encima de las intermedias manzanas de casas.

—¿Qué será aquello?—volvimos á preguntarnos.

—Aquello..... (respondió un bondadoso transeunte, que nos miraba con tanta extrañeza como nosotros á las dos torres), aquello es la Compañía.

—¡Ah, ya!..... Los Jesuítas.....

—Justamente.....; la grandiosa Casa de los Padres.....

—Muchísimas gracias.....—replicó el más liberal de nosotros cuatro, levantando la sesión con un saludo.

Y todos nos dirigimos allá resueltamente.

Pero, no bien salimos de la Plaza Mayor, entramos en una plaza..... mínima, que nos enamoró mucho más que la que dejábamos. ¡Tanto nos enamoró, que si los hijos del país hubiesen oído nuestras celebraciones, las habrían considerado irónicas y burlescas!

Porque se trataba de una plazoletilla triangular, de irregulares líneas y viejo y abigarrado caserío, donde no había dos balcones iguales, ni dos edificios simétricos, ni monumento alguno bueno ni malo; nada, en fin, que fuese elegante, ordenado, lujoso, ó tan siquiera limpio. ¡Y en esto precisamente consistían su belleza artística, su encanto poético, su color histórico!

El Corrillo de la Hierba se llama aquel sitio.—Se lo recomiendo á toda persona de buen gusto que vaya á Salamanca.—Verá allí aglomeraciones de casas viejas, como las que figuran en las decoraciones teatrales ó en los cuadros referentes á la Edad Media; verá allí un variado y grotesco repertorio de balcones, aleros, guardapolvos y barandajes sumamente característicos; verá puertas chatas, paredes barrigonas, ventanas tuertas, pisos cojos y tejados con la cabeza dada á componer, como no los encontrará en ninguna otra parte.—Y ¡qué escenas localiza en aquel sitio la imaginación! ¡Qué fondo aquel para un lienzo que representase el célebre motín en favor de los Comuneros, ó las sangrientas riñas á que dió ocasión D.ª María la Brava, ó una de aquellas temerarias revueltas contra los Franceses, coronadas luego de gloria por la batalla de Arapiles!

Además de los multiformes tenduchos que rodean la plazuela, y que le añaden animación y fuerza dramática, veíase á aquella hora una infinidad de puestos amovibles ó matutinos; es decir, una multitud de lugareñas sentadas en el suelo, con su cesta de huevos al lado, y rodeadas de pollos, pavos y gallinas.—Aquellas mujeres, vestidas con pesadísimos dobles refajos, y liadas en una especie de manta, parecían montones de lana de vivos colores, de cuyo fondo salían pregones tan agrios y desapacibles como el cacareo ó los graznidos de las propias aves pregonadas.

Agréguese á esta algarabía el disputar de los hombres, los gritos de los muchachos, la charla de las criadas que hacían la compra, el ruido de los talleres, el son de unas campanas vecinas que tocaban á niño muerto, los perros ladrando, los pobres pidiendo limosna, bestias cargadas que iban y venían, y el correspondiente vocear del que las arreaba, y se formará juicio aproximado del Corrillo de la Hierba, á las diez de la mañana de un día de Octubre del ya casi octogenario siglo xix.

De buena gana nos hubiéramos estado allí hasta las once; pero las torres de la Compañía seguían llamándonos, y no era cosa de desairarlas cuando alguno de nosotros acababa de cobrar en Madrid fama de jesuíta.—Continuamos, pues, nuestra marcha en aquella dirección, tomando por una solitaria calle, que creo se llamaba de Sordolodo.

VII

LA CASA DE LAS CONCHAS.—IGLESIA Y COLEGIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.—MÁS IGLESIAS Y PALACIOS.

Desde que penetramos en aquella calle, Salamanca tomó á nuestros ojos un nuevo aspecto.—Ya no era la señorona del siglo pasado representada por la Plaza Mayor: tampoco era la revoltosa ciudadana del siglo xvi, que gritaba y luchaba en el Corrillo de la Hierba: ya era una dama gótica, tan severa como triste; mucho más triste, á decir verdad, que en la Calle de Zamora.

La en que acabábamos de entrar y las adyacentes eran angostas y torcidas, como anteriores al uso de los coches urbanos: blasones nobiliarios y portadas artísticas de la Edad Media adornaban sus ruinosas casas, y un silencio de muerte servía allí de melancólico acompañante á la romántica soledad.—Ni una sola tienda profanaba aquellos portales. No se veía alma viviente ni en rejas ni en balcones. Dijérase que en tal barrio no vivía criatura humana. Parecía aquello, más que realidad de los tiempos presentes, engendro fantástico de un poeta de 1838, de un Espronceda, de un Zorrilla, de un García Gutiérrez.

Salimos al fin frente por frente del Colegio de la Compañía, y ya nos disponíamos á estudiar la enorme y suntuosa fachada de su iglesia, cuando reparamos que en la acera opuesta se alzaba una de las maravillas arquitectónicas más célebres de Salamanca; uno de los monumentos que íbamos buscando ex-profeso en aquel viaje; uno de los palacios más bellos y singulares que nos ha legado el siglo xv.—me refiero á la Casa de las Conchas.

Nosotros la conocíamos, como todo el mundo, por la fotografía y por el grabado: nosotros habíamos contado muchas veces con el dedo sobre el papel las elegantísimas conchas de piedra que cubren su extensa fachada..... Pero hay que ver el edificio en el original, con su color y su tamaño, para formar completo juicio de su gentileza y hermosura. Hay que ver, por ejemplo, la sombra natural que proyectan las abultadas conchas, heridas por el sol, sobre la dorada piedra del pulimentado muro: hay que ver las cuatro preciosas ventanas, dos de ellas muy parecidas á ajimeces árabes, que interrumpen á largos trechos la planicie de aquellas paredes: hay que ver aquellas esquinas, de afilada y correctísima arista, como si fuesen de bruñido acero, y de las cuales se destacan, campeando en el aire, bellísimos escudos de piedra, que son otros tantos primores artísticos: hay que ver, en fin, aquellas otras grandes conchas de hierro que cubren á su vez, por vía de clavos, la gran puerta de entrada, y el precioso herraje de aquellas melodramáticas rejas (perdonadme el adjetivo), y aquel gran Escudo Real que preside la fachada, y todos aquellos perfiles aristocráticos y piadosos que ennoblecen el exterior de tan poético palacio.....—Ya he dicho que data del siglo xv. Así lo revela su arquitectura, cuyo conjunto es gótico decadente con detalles platerescos; y así lo indican también el yugo y el haz de flechas, blasón especial de los Reyes Católicos, que se ven en el mencionado Escudo Real.

Las conchas que ostenta todo el edificio significan que el que lo mandó construir era caballero santiagués y que había ido ó tenía hecho voto de ir en peregrinación á Compostela, así como los escudos con cinco lises que adornan las esquinas y la espalda del palacio, prueban que el tal santiagués pertenecía á la poderosa y esclarecida familia de los Maldonados de Salamanca.

Y, en efecto, la Casa de las Conchas fué primero de los Maldonados, señores de Barbalos; luego la heredaron los Marqueses de Valdecarzana, y hoy la posee el cinco veces Grande de España, Conde de Santa Coloma, en su calidad de Conde de las Amayuelas.

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Por cierto, y perdonadme la digresión, que Francisco Maldonado, el célebre comunero, el compañero de Bravo y de Padilla, el degollado del gran cuadro de Gisbert, no pertenecía á la rama principal de la familia mencionada, de la cual era jefe, aunque tampoco dueño de la Casa de las Conchas, un D. Pedro Maldonado y Pimentel, también afecto á la causa de las Comunidades, del cual me parece oportuno decir aquí algunas cosas, de todos sabidas, por si hay alguien que las tenga olvidadas, cosa que á mí me acontecía no hace muchas horas.....

Notorio es que Salamanca acudió en auxilio de Segovia contra el alcalde Ronquillo, como casi todas las ciudades castellanas. Principió en Salamanca la cosa por un gran motín (¡indudablemente estalló en el Corrillo de la Hierba!), durante el cual quemó el pueblo una casa del mayordomo del terrible Fonseca, arzobispo de Santiago, derribó otras muchas, y arrancó las varas á las autoridades. En tal coyuntura, el poderoso D. Pedro Maldonado y Pimentel, creyendo que los victoriosos amotinados no podían hacer nada bueno en Salamanca, y sí se lucirían muchísimo yendo en auxilio de los Comuneros, formó con ellos una crecida hueste, y los llevó á luchar contra los imperiales. Los salmantinos lidiaron en diferentes jornadas con varia fortuna, que se les declaró al fin totalmente adversa en los campos de Villalar. Al lado de Maldonado Pimentel, ó mejor dicho, en las filas de su gente, peleó allí como bueno otro Maldonado, algo pariente suyo y también hijo de Salamanca, y ambos cayeron prisioneros después de su derrota.—Fueron entonces condenados á muerte los principales cabecillas ó jefes de Comuneros; pero como el D. Pedro Maldonado Pimentel tuviese parentesco con el famoso Conde de Benavente, consiguióse que el otro Maldonado, conocido por el de la calle de los Moros, muriese en lugar suyo con Bravo y con Padilla, cual si este bárbaro ardid pudiera deslumbrar á la opinión pública..... ni aun en tiempos en que no había periódicos.—Y al cabo sucedió que los imperiales, después de guardar encerrado algunos meses al Maldonado Pimentel, diéronse cuenta de que nadie había sido engañado con la sustitución referida, y tuvieron que degollarlo también, me parece que en Simancas, un año después que á su homónimo.—Por manera que el insigne D. Pedro trocó por un año de vida los siglos de popularidad que ha disfrutado, y disfrutará todavía muchísimo tiempo, la memoria del pobre D. Francisco, y el alto honor de figurar en el mencionado cuadro de Gisbert.

Conque volvamos á la Casa de las Conchas.

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La puerta estaba abierta: llamamos, sin embargo, y no nos respondieron.....—¿Qué hacer en tal apuro, sabiendo, como sabíamos por la fotografía y el grabado, que el patio era bellísimo?

Perdone el Sr. Conde de Santa Coloma: el partido que tomamos fué colarnos de rondón en su casa, bajo la salvaguardia de nuestras buenas intenciones.....

Y ¡qué patio vimos!—Su estilo podía calificarse de mixto de gótico y mudéjar: las líneas generales tenían más de mudéjares que de otra cosa: en las ventanas y demás pormenores predominaba lo gótico.—De una ó de otra suerte, todo era allí gallardo, primoroso y del mejor gusto, causando verdadero asombro la prolijidad y esmero de la ejecución. Baste decir que la dura piedra semejaba trenzados de cuerdas como si fuese cáñamo, y hasta calados de encajes, como si fuera lino.....

De buena gana hubiéramos llevado más adelante nuestra exploración; pero no nos atrevimos á tanto, y salimos de aquella interesantísima casa como habíamos entrado en ella, llenos de respeto á su carácter señorial y religioso, y de admiración á sus bellezas artísticas.

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Desventajosa en sumo grado para la arrogantísima Iglesia de los Jesuítas (que, como he dicho, se alza frente á la Casa de las Conchas) es la transición de un edificio á otro. Todo lo que el caballeresco palacio gótico tiene de fino, delicado y como espiritual, lo tiene de pesado, rudo y meramente corpóreo el enorme templo greco-romano que erigió allí la Compañía de Jesús. Y aun todavía fuera menor tal desventaja, si el estilo pagano de la católica iglesia se distinguiese por su pureza y corrección..... (que, entonces, ya sería cuestión de gusto ó de escuela entre clásicos y románticos); pero acontece que este suntuoso templo es barroco dentro de su mismo estilo, dado que pecó desde su origen contra las reglas clásicas y luego sufrió el pernicioso influjo de los peores tiempos de la arquitectura neogentílica.

Pero ¿á qué cansarme en explicar lo que ya tiene su nombre propio?—Esta iglesia de la Compañía es un nuevo ejemplar, sumamente característico, de la que hoy se llama en las Academias Arquitectura jesuítica, bien que exceda en majestad y hermosura á cuantas erigieron los discípulos de Loyola en España, Portugal y América.

Resumiendo: el templo de que tratamos sólo es grandioso por el grandor material de su tamaño y por los tesoros que representan tantísimas disformes piedras como se ven empleadas en su estupenda escalinata, en una portada inmensa, en dos recias y vistosas torres, en una ingente cúpula coronada por altísimo cimborio, y en infinidad de estatuas, agujas, escudos, bolas, molduras, balcones y ventanas; que de todo hay en aquella fachada, y todo gigantesco, descompasado, descomunal.....