La Iglesia y Colegio de la Compañía fueron fundados por Felipe III y Margarita de Austria. Ambos edificios ocupan más de 20.000 metros cuadrados. Para construirlos, ó sea para explanar el terreno en que se alzan, se derribaron dos iglesias y tres manzanas de casas, suprimiéndose dos calles enteras.—Por cierto que la Casa de las Conchas se vió en peligro de venir también al suelo, y que, si no se consumó semejante atentado, debióse, según unos, al valor cívico y tradicional cultura de los hijos de Salamanca, y, según conseja vulgar, á lo inadmisible de cierta humorística é indecorosa condición, que no creo llegara á formularse.....
En el Colegio hay habitación para 300 misioneros, y todos los salones, aulas y demás dependencias de una verdadera universidad.
En fin: un portero nos dijo, como supremo encomio, que las llaves de toda la casa pesan diez y nueve arrobas.....—¡Qué español rancio es este criterio estético!
El interior de la iglesia no es tan grande de tamaño ni tan ostentoso de forma como hace presumir su exterior. De orden dórico, y sólo rico en vulgares retablos churriguerescos, resulta frío é insignificante. Únicamente llama allí la atención el Retablo del Altar Mayor, por lo enorme, colosal y complicadísimo de su estructura. Puede decirse que es una tempestad de pino y oro, al par que un motín contra las reglas arquitectónicas. En los fustes de las que no sé si llamar columnas, se ven enredadas hojosas vides de tamaño natural, con sus racimos correspondientes; todo ello dorado y luego bruñido. Las gigantescas estatuas de los cuatro Evangelistas, que también forman parte de la composición, parece que cruzan un páramo en día de mucho viento: ¡tan infladas y revueltas están sus vestiduras!
Arrodillada en medio de aquel solitario templo vimos á una guapísima peregrina, demasiado hermosa, limpia y elegante para penitente, ó, cuando menos, para excitar ideas de penitencia. Apoyábase en el báculo; pendía el amplio sombrero sobre su espalda de cariátide, y tenía fijos en el altar mayor unos grandes y relucientes ojos que parecían dos soles negros.....—Comedia ó tragedia (yo creo piadosamente que sería lo último), aquella actitud, aquella santa vestidura, el lugar de la acción y nuestras propias circunstancias nos infundieron respeto, y ni nos curamos de preguntar á nadie quién era la peregrina, ni hemos vuelto á hablar de ella desde entonces.....
Y es cuanto recuerdo de la mejor casa que los Jesuítas tuvieron en España.—Esta frase no me pertenece: se la oí al ya difunto Padre Manrique.—Por mi parte debo añadir que Salamanca debía tal desagravio á San Ignacio de Loyola; pues (como ya veremos más adelante) el celebérrimo fundador de la Compañía de Jesús fué procesado y estuvo preso en la ínclita ciudad del Tormes.
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Libre nuestra atención del poderoso atractivo de la Casa de las Conchas y de la Iglesia y Colegio de los Jesuítas, volvió á fijarse en el carácter poético y artístico de aquel histórico barrio. Pero lo que ya nos asombraba en él no era tanto su aire de vejez y de romántica melancolía, como la grandeza monumental que siguió desplegando á nuestros ojos.
Calle de la Compañía se llama la que comienza en los edificios citados, y, así ella como todas las plazuelas, calles y callejas inmediatas, se componen de una sucesión de altas construcciones de piedra, ó sea de una no interrumpida serie de palacios, de iglesias, de conventos, de colegios y de casas señoriales, que nos infundía respeto y veneración. Todo era allí monumento, como en algunos barrios de Ferrara, Pisa y Florencia. Por todas partes alzábanse padrones de historia militar, de devoción, de aristocracia ó de ciencia, según la arquitectura y destino de cada edificio.—¡Oh! No podíamos negarlo: estábamos en la Atenas castellana: estábamos en Roma la Chica.
¡Doquier piedra, silencio y soledad! Mas esta soledad no era ya medrosa como la de las ruinas ó la de los cementerios: era plácida y augusta como la de los claustros. Cierto que nadie pasaba, ni parecía haber pasado hacía mucho tiempo, por aquellas nobilísimas calles: certísimo que altas hierbas crecían entre las losas y guijas del empedrado.....; pero no sé si la presencia de tanto escudo de armas como adornaba las esquinas, las fachadas, las puertas, los canceles, los balcones y las rejas de templos, colegios y palacios, ó si lo bien conservados que se veían hasta los más menudos detalles arquitectónicos de cada página de piedra, ó si la índole y forma cristianas de aquellos monumentos, les hacían aparecer vivos, subsistentes, militantes como las cerradas ermitas que conservan su campana, como los mudos conventos en cuya portería arde por la noche una luz ante la imagen de María, ó como los desnudos árboles del invierno, cuando se ve que sus ramas se doblan, pero no se quiebran, al impulso de los huracanes.....
¡Ah! sí..... Salamanca no representa una edad pasada ó una raza muerta, como acontece con muchas ciudades ricas en monumentos gentiles: Salamanca existe todavía con toda su antigua vitalidad, aunque en estación tan desfavorable. Y existe, porque no ha caducado enteramente la civilización á que debió su vida; porque los ideales de que son noble símbolo sus iglesias y colegios, siguen imperando en la Nación que reconstruyeron los Reyes Católicos; porque, ya que no dentro de las viejas murallas que besa el Tormes, á lo menos en los flamantes hoteles del ensanche de Madrid, se perpetúan, con sus antiguos blasones, las familias aristocráticas que levantaron aquellos palacios que nosotros íbamos viendo; porque subsisten, en fin, la Religión cristiana, la Monarquía española, la Nobleza de Castilla y hasta las democráticas Leyes patrias que defendieron las Comunidades; es decir, todos los veneros de la grandeza salmantina.
Si todo esto desapareciese, Salamanca, por muy bien conservados que guardase sus monumentos, no pasaría de ser un cadáver, como Nínive ó Pompeya.
Pero dejémonos de discursos, y enumeremos, siquier rápidamente, las cosas que vimos aquella mañana antes de regresar á la fonda.
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En una esquina próxima al Colegio de la Compañía leímos en letras de oro y sobre marmórea lápida, que allí vivió el gran poeta Meléndez Valdés.
Más abajo descubrimos la que un azulejo denominaba Plazuela de San Benito, la cual, más que plaza, parecía el compás de una Cartuja.—Tampoco había allí gente. Lo único que allí había era una hermosa iglesia, consagrada al Santo que da nombre á aquel lugar; iglesia que, según supimos luego, había servido además de panteón á la familia de Maldonado, cuando era lícito dormir el sueño eterno al pie de los altares, ó sea en tiempos en que no se anteponía á todo la higiene.
Después fuimos hallando muchas casas góticas ó platerescas, en cuyas lindísimas portadas se veían grandes escudos que nos indicaban la familia á que pertenecían ó habían pertenecido.—El sol de los Solís, las cinco lises de los Maldonados, y, sobre todo, las estrellas de los Fonsecas, abundaban más que ningún otro blasón.
Y aquí debo apuntar que la casa de Fonseca fué, durante siglos, la más poderosa de Salamanca, así en lo civil como en lo eclesiástico, y que, aparte de sus grandes guerreros, la hicieron célebre en toda la cristiandad aquel severísimo Arzobispo de Santiago y Patriarca de Alejandría de que tanto hablan las historias, y otro Arzobispo de Santiago y de Toledo, hijo suyo, á quien debieron los salmantinos importantísimas fundaciones, como diremos oportunamente.
De la plazuela de San Benito pasamos á otra no menos solitaria y monumental, denominada del Águila, siendo de advertir que, como no encontrábamos á nadie que pudiese indicarnos el camino, teníamos que guiarnos por la posición del sol, á fin de llegar pronto al hotel, pues iba siendo hora de almorzar..... en su reglamento y en nuestro estómago.
En la Plazuela del Águila se eleva un hermoso edificio greco-romano, que colegimos sería la famosa Iglesia de las Agustinas, de que tanto habíamos oído hablar en Madrid.—Ni por un instante nos ocurrió penetrar en ella, sino que dejamos su examen para la tarde ó para el día siguiente, á fin de estudiarla con el debido detenimiento.
Pero de un peligro caíamos en otro, y cuanto más apretábamos el paso, mayores prodigios arquitectónicos nos salían al camino tratando de detenernos.....
De la Plaza del Águila pasamos á la de Monterrey, y nos encontramos frente á frente del magnífico palacio de este nombre, que es otra de las maravillas de Salamanca, según podéis ver en los escaparates de los fotógrafos de esta villa y corte, y que sirvió de modelo para el Pabellón Español de la Exposición de París de 1867.
Huímos, pues....., bien que jurándonos volver al cabo de pocas horas.—Y no huíamos ya solamente para que no se enfriara el almuerzo, sino porque nos aturdía aquella rápida sucesión de emociones, tanta nueva belleza, tanta poesía, tanta historia, tanto portento de diverso orden como llamaba nuestra atención por todas partes y á un mismo tiempo.—¡Necesitábamos descansar, hacer algunos apuntes, descargar nuestra memoria!.....
Llegamos, al fin, al hotel.....—Y considerando yo ahora que mis lectores estarán también necesitados de algún reposo, pongo punto á este capítulo, dejando para el siguiente el hablarles del almuerzo y de otras cosas interesantísimas, ninguna de las cuales (dicho sea entre paréntesis) tendrá nada que ver con la Arquitectura.
VIII
LA PLAZA DE LAS VERDURAS.—LA FRONTERA DE PORTUGAL.—EL REY DE LOS TÍOS.—UN TRAJE DE CHARRA.—LA CALLE DE LA RÚA.—LA UNIVERSIDAD.
Del almuerzo que nos aguardaba en la fonda debo decir, no como dato oficioso y trivial, sino para instrucción de los viajeros que vayan á Salamanca, que nada tenéis allí que temer, y sí muchos goces que prometeros, por muy gastrónomos y delicados que seáis.—El Hôtel del Comercio se encargará de no desmentirme.—¡Qué tortilla! ¡qué truchas! ¡qué jamón! y ¡qué peras..... de cristal! (Este era su nombre.)—Lo único medianejo fué el vino.....; pero á bien que nosotros teníamos todavía en nuestra despensa ambulante, no de lo nuevo (que dice el marido de Inés en los versos de Baltasar de Alcázar), sino de lo bueno.
Para colmo de satisfacción, almorzamos en muy grata compañía; pues habéis de saber que, cuando llegamos á la fonda, nos encontramos con que nos aguardaban en nuestro cuarto aquellos antiguos amigos que, según indiqué en el capítulo primero, tenía yo en Salamanca. Era uno de ellos el distinguido escritor que suele dirigir preciosas cartas á La Época bajo el pseudónimo de la Baronesa del Zurguén, y cuyo verdadero nombre (tiempo es de que lo sepa el público, aunque el interesado se enoje de mi locuacidad) es D. Ramón Losada. Otro era el erudito cronista de la provincia y aventajado poeta D. Manuel Villar y Macías. Era el tercero..... (no en persona, por hallarse algo malo, mas representábalo un su sobrino) el Dignidad de Chantre de aquella catedral D. Camilo Álvarez de Castro, de quien hablaremos luego. Diré aquí solamente que su sobrino y representante, el presbítero D. Elías Ordóñez, no tardó en hacernos conocer cuánto valía por sí propio, ó sea por su mucha instrucción y buena crítica. Y estaba, en fin, allí el menor de los dos discretísimos hijos y herederos del talento de Losada..... En cuanto al primogénito, también antiguo amigo mío (pues lo conocí cuando todavía no le apuntaba el bozo), hallábase en el campo con su señora madre.
Pero ¿cómo habían sabido aquellos señores (á quienes pensábamos ir á ver después de almorzar) que estábamos en Salamanca?—El caso había sido muy sencillo: un madrileño que nos conocía de vista, pero que no nos trataba, nos vió llegar á la Estación; el madrileño se lo dijo á un compañero suyo de oficina, que era amigo mío; el amigo mío, que sabía mi intimidad con Losada, fué á casa de éste en nuestra busca; Losada envió en seguida recado al Chantre y á Villar y Macías, y organizóse en el acto una batida general por todas las fondas y casas de pupilos, comenzando por el Hôtel del Comercio.
—¿De modo (exclamamos nosotros), que ni Frontaura ni su policía saben nuestra llegada á Salamanca?
—Creemos que no; pero, aunque el Gobernador la supiera, no podría acudir á ustedes hasta las dos de la tarde. Hoy es el cumpleaños de la reina D.ª Isabel II, y, con tal motivo, hay besamanos en el Gobierno civil; ó, mejor dicho, el Gobernador recibe corte.—Si quieren ustedes, nosotros, cuando vayamos á la recepción, le diremos que están aquí.
—¡De manera alguna! Nosotros debemos procurar que Frontaura ignore nuestra llegada á su ínsula, á fin de sorprenderlo y de poner en solfa á sus esbirros é inquisidores.
—Pues entonces optamos por no asistir al besamanos oficial, y luego iremos con ustedes á ver á Frontaura.
—¡Admirable idea! De este modo podrán ustedes hacernos el obsequio de acompañarnos ahora mismo á visitar la Universidad.....
—Con muchísimo gusto.....
—Pues andando.
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Ya que este capítulo ha comenzado en estilo familiar, y que son muchas las intimidades en él referidas, aprovecho la ocasión de deciros, para que nos entendamos mejor, que mis tres compañeros de viaje eran: un ex ministro de Hacienda, muy aficionado á las Bellas Artes y competentísimo en ellas y en otras muchas cosas; un ex diplomático y ex consejero de Estado, dado á la arqueología, á la numismática y á la indumentaria, el cual conoce por su nombre á todos los baratilleros del Rastro de Madrid, y uno de nuestros más afamados pintores, que ganó en la Exposición Nacional de hace algunos años el primer premio de Pintura de Historia.
Pues bien: este pintor y yo declaramos, al salir del Hôtel, que nosotros, por razón de oficio, teníamos obligación de estudiar, no sólo obras de arte, sino costumbres, tipos, paisajes y otras escenas pictóricas ó novelescas, y que, por consiguiente, sin perjuicio de ir á la Universidad y á todos los edificios monumentales de Salamanca, deseábamos contemplar también los sitios, las perspectivas y los cuadros naturales más característicos de la ciudad, añadiendo (para que el ex ministro y el ex consejero comprendiesen bien nuestra pretensión) que en el Corrillo de la Hierba nos habíamos quedado con hambre de aprendernos de memoria á aquellos tíos, ó sea á aquellos vendedores y compradores, y sus vestimentas, adornos y mercancías.
Nuestros compañeros de viaje hallaron muy justa esta demanda, y, en su virtud, los bondadosos salmantinos que á todos nos servían de cicerone nos prometieron hacernos dar cuantos rodeos creyesen interesantes, aunque tardásemos mucho tiempo en llegar á la Universidad.
Principiaron, pues, por llevarnos á la Plaza de las Verduras, contigua á la Mayor, no sin que antes, al pasar nuevamente por ésta (y prescindiendo ya de aficiones y leyes arquitectónicas), nos detuviésemos á mirarla con ojos de amantes de la Pintura y de la Poesía; y á fe que nos maravilló sobremanera y arrancó celebraciones generales el pintoresco efecto que hacía la proyección de los verdes árboles sobre la dorada piedra de arcos y fachadas, así como el recorte de estos mismos dibujos monumentales sobre el cielo azul y purísimo de aquella hermosa mañana de otoño.....
Pasamos entonces á la Plaza de las Verduras.
La Plaza de las Verduras, extensísima, muy desnivelada, de trazado irregular, con grandes y viejos edificios históricos, y con otros vulgares y feísimos, viejos también, nos pareció una amplificación del Corrillo de la Hierba.—Su lado más largo y más alto estaba todo lleno de puestos de frutas, legumbres y otros comestibles. Veíanse allí, en lechugas, pimientos, escarolas, cardos, acelgas y coliflores, todos los verdes de la paleta de nuestra madre Natura, mientras que las peras, los melocotones, los nísperos, los tomates, las manzanas, las uvas, los higos, las naranjas, las granadas, los limones y otros frutos, ostentaban variados colores y despedían ricos aromas.
Nada hay más hermoso ni agradable en el comercio (á lo menos para mí), que estos bazares, vulgo mercados, en que se venden la inocencia y hermosura naturales y la eterna verdad campesina..... Allí no había falsificación, violencia ni engaño alguno: aquellas manzanas eran manzanas; aquellas uvas eran uvas; aquellos higos eran higos, y todo aquello había brotado amorosamente del seno de la tierra para alimentar al hombre.—En comparación de los puestos de frutas y legumbres, ¿qué son las carnicerías, las pescaderías, las tiendas de caza y los rimeros de latas llenas de conservas?—¡Cementerios, campos de batalla, losas de hospital; algo que representa la muerte en lugar de la vida!—¡Ah! ¿Por qué no se contenta el hombre con ser herbívoro?
Y ¡qué color (pictóricamente hablando), ó qué variedad de colores fuertes (para decirlo con más claridad), en los trajes de vendedoras y vendedores, de compradores y compradoras!—¡Cuánta ropa, á principios de Octubre! ¡Cuánta lana! ¡Qué refajos, qué mantas, qué capas, qué capotes, qué anguarinas!
Por el abrigo y color general, así como por el dibujo ó hechura, la indumentaria de aquellas gentes recuerda á León y á Galicia. Y es que la provincia de Salamanca forma ya parte de aquel triángulo Noroeste de nuestra España por donde no se va á ninguna parte.—Por Andalucía, que es otro rincón, ó, mejor dicho, otro cujón de Europa (subrayo esta palabra, porque todavía no está en el Diccionario), se va á Africa, se va á América, se ha ido á Filipinas..... Así es que allí no se detiene nada; allí no hay remanso; allí corre el tiempo; allí cambian las modas.—Pero en el cujón Noroeste de la Península no circula el aire de las mudanzas: en él se estaciona todo, lo mismo las modas que los sentimientos; cosa que, por idéntico motivo, acontece también en otro país de análoga situación: en la Bretaña de Francia.
Y no se me diga que por Salamanca se va á Portugal..... ¡La frontera lusitana es peor que la del agua! ¡Es una frontera de hielo!—El Miño resulta más ancho, más hondo y más amargo que el Océano.
Volviendo á las salmantinas rurales, diré que, más que sus refajos amarillos y sus pañuelos en la cabeza (toilette frecuente en España), llamó nuestra atención una manta larga y angosta de mucho abrigo y vivísimos colores, que llevaban sobre los hombros y luego cruzada sobre el pecho. Esta especie de schal oriental se llama la sayaguesa, porque proviene del pueblo de Sayago, en la limítrofe provincia de Zamora.
Las salmantinas tienen renombre de guapas y valientes.—Lo primero puedo asegurarlo: en la Plaza de las Verduras había más de una refajona que nada habría perdido en aligerarse de tres ó cuatro arrobas de lana. Por lo que toca á su valentía, ya Plutarco la calificó de heroica, al citar el denuedo con que libertaron á sus padres, hermanos y maridos, presos en poder de Aníbal, y yo debo añadir que hechos posteriores, y aun de este siglo, demuestran que las matronas del Tormes no han degenerado de su antigua pujanza.—Pero no se deduzca de este párrafo que á mí me gustan las mujeres valientes: yo creo (ó creía, cuando pensaba en estas cosas) que uno de los mayores encantos de las hembras es la pusilanimidad.
Y basta ya de verduleras.
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Desde el Mercado nos dirigimos, dando un rodeo, hacia la Calle de la Rúa, cuyo anticuado aspecto habíamos oído celebrar mucho; pero, antes, al pasar por cierta solitaria plazuela, tuvimos que hacer otra parada para contemplar á dos notabilísimos personajes que, rodeados de gran número de bestias y de montones de costales llenos y vacíos, contaban dinero á la puerta de una vetusta casa, como si en ella acabasen de comprar ó de vender trigo, cebada, maíz ó cosa tal.
Eran dos charros, quieto decir, eran dos soberbios ejemplares de la más peregrina singularidad social é indumentaria de esta tierra. Eran dos hombres colosales, hermosos, con aire de muy ricos, vestidos suntuosísimamente, con chaqueta y calzón corto de terciopelo negro y chaleco de raso azul, todo ello muy adornado de gruesos y pomposos botones de plata, y con unas camisas tan bordadas, rizadas y llenas de primores, que cada pechera representaba el trabajo de seis años de una comunidad de monjas.—Cualquiera de aquellos dos arrogantes y espléndidos rústicos habría sido llamado con razón El Rey de los Tíos..... Y, en efecto, por su corpulencia, por su lujo y por su inocente y cómica ufanía, había en ellos mucho del pavo real.
La Baronesa del Zurguén nos dijo que eran dos charros de primera, y que debían de proceder del campo de Ciudad-Rodrigo, tierra clásica de tales prójimos nuestros.—En Salamanca los hay también. Casi todos los labradores de la Puerta de Zamora visten de charro, con más ó menos ostentación, y en el Ayuntamiento de la aristocrática ciudad del Tormes hay siempre un concejal de tal clase, con su traje y todo.—Los ya dichos clásicos del campo de Ciudad-Rodrigo se hablan de vos muy formalmente.
El mismo Losada nos invitó entonces á llegarnos á su casa, que no estaba lejos, y nos enseñó un traje completo de charra, cuidadosamente guardado en antiquísimo cofre, y causáronnos asombro el lujo y el gusto, verdaderamente regios, de aquellas vestiduras. Paños, terciopelos y rasos, recamados y bordados de oro con tanta gracia como profusión; encajes, tules, preciosas cintas, ricas joyas y otros accesorios de gran mérito y coste componían aquel raro uniforme femenino, que me recordó los trajes que las judías ricas sacaban á relucir los sábados en Tetuán.
Y, á propósito, ¿qué son los charros?—¿No se diferencian del resto de los españoles más que en la ropa? ¿Constituyen raza aparte? ¿Tienen alguna organización social íntima y secreta?—Yo no lo sé, ni me he acordado de preguntarlo en Madrid á personas más leídas ó instruídas que yo. Pero es cosa que debe de constar en muchos libros.....—Ya lo averiguaré con el tiempo; y, si no, me moriré con esta dulce ignorancia, que tanto campo deja á las suposiciones de mi fantasía.
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En el ínterin, y no sin grande emoción, seguíamos marchando hacia la veneranda Universidad, que, como todos sabéis, es una de las mayores glorias de España.
Pero, antes de darle vista, aun nos detuvimos un poco en la Calle de la Rúa, digna por todo extremo de su renombre.—Yo no recuerdo haber pasado en pueblo alguno por calle que tenga tanto carácter de autenticidad secular; donde tan íntegros é intactos se vean los antiguos usos y costumbres; donde tan viva y patente se toque la España de la Edad Media, no ya representada por mudos monumentos ni aislados edificios, sino por las tiendas y por los talleres que siguen abiertos al público; por las mercancías que en ellos se venden ó se elaboran; por la disposición de sus escaparates, mostradores y armarios; por las industrias allí fehacientes; por todas las casas, sin excepción alguna, desde las de aspecto señorial hasta las más humildes y vulgares; por sus vidrieras, visillos, cortinas, esteras y zarzos; por los muebles en activo servicio que se columbran en algunas salas bajas; por el color, el empedrado y hasta los transeuntes de la misma calle; por todo, en fin, lo que es su estado presente, su movimiento actual, su existencia social de hoy.....
Abundaban en aquella calle las tiendas de filigranas de plata y oro, trabajadas éstas del propio modo que en tiempos de la Reina Católica, y había también bastantes librerías.....—¡Librerías en Salamanca! ¡Era de esperar! Estábamos en la patria del saber.....—Pero ¡ay! ya dista mucho el comercio de libros de Salamanca de lo que fué antiguamente..... Yo he leído que, cuando el famoso D. Antonio Agustín era estudiante (él mismo lo refiere), había en la ciudad 52 imprentas y 84 librerías.
En todo lo demás, nosotros cogíamos intacta y con el polvo de los siglos la decrépita Calle de la Rúa. Y no sólo aquella calle, sino el resto de Salamanca; pues es de advertir que éramos sus primeros visitadores después de la inauguración del ferrocarril, á que asistieron S. M. el Rey y su comitiva..... Aun no se había profanado nada por insustanciales curiosos; aun no se había alineado, revocado ni hermoseado cosa alguna, defiriendo á las críticas de los doctores madrileños de ornato público á la moderna; aun Salamanca era Salamanca.....—¡Quiera Dios que continúe así todavía!
Pero basta ya de humoradas y de bromas.—Descubrámonos y saludemos..... Hemos llegado á la Universidad.
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Más que un edificio, la Universidad de Salamanca es un barrio de la ciudad.
Altas y simétricas construcciones, de varia y magnífica arquitectura, forman tres lados de una extensa plaza cuadrilonga. Todos aquellos nobles alcázares dependen de la Universidad propiamente dicha, cuyo gran palacio, separado de los demás por el angosto paso de una calle, ocupa el cuarto lado y preside majestuosamente aquel Foro de las ciencias.
Pálido y débil, comparado con la realidad, será siempre cuanto se diga en elogio de la bellísima fachada del Capitolio de la sabiduría.—Hállase labrada en el más primoroso y delicado estilo del Renacimiento, y parece una enorme filigrana calada en piedra por los plateros de la calle de la Rúa, parece un trabajo chino de marfil, parece la mística puerta de algún lugar santo. Benvenuto Cellini se hubiera enorgullecido de cincelar en oro una creación semejante. Los árabes que bordaron la Alhambra habrían declarado también que sus mejores templetes y camarines no excedían en finura, suntuosidad é idealismo á tal maravilla del arte cristiano.
Gloria de los Reyes Católicos es aquella página de piedra, y así lo pregonan los bustos de Fernando y de Isabel que ocupan un gran medallón sobre la puerta principal; así lo confirma el venerable escudo de sus armas, y así lo reza terminantemente una leyenda ó rótulo, que dice en griego: «Los Reyes á la Universidad, y la Universidad á los Reyes.»
En los amplios muros de los otros edificios que forman la plaza, esto es, en las paredes de las vastas y monumentales dependencias universitarias del Hospital de Santo Tomás para el socorro de estudiantes pobres, y de las Escuelas Menores ó Instituto (cuya linda fachada es plateresca), vense, desde el suelo hasta muy grande altura, los infalibles, clásicos letreros encarnados y los tradicionales vitores en abreviatura que escribió el entusiasmo estudiantil, en siglos ya pasados, con motivo de tales ó cuales reñidas oposiciones.....
Al leerlos, parecíame estar en aquellos tiempos de ruidosísimas controversias escolásticas, cuyo estrépito llenaba toda la nación, preocupando y agitando lo mismo á los eclesiásticos que á los seglares, así á los plebeyos como á los nobles y á los mismos Reyes; y aun recordaba que en mi niñez figuré en algún bando de seminaristas en pro ó en contra de este ó aquel opositor, y escribí también con almagre rótulos como aquéllos.....—¡Ay! pasó ya la boga y la importancia de tales lizas, como antes habían pasado las justas y los torneos, y como pasarán sin duda alguna, cuando les llegue su hora, estas empeñadas luchas electorales y parlamentarias que hoy apasionan tanto á los pueblos..... Lo que nunca pasará ni cambiará es el fondo de las cosas humanas, que siempre resulta el mismo: ¡vanidad y discordia con diferentes nombres ó pretextos!
En medio de aquella plaza, compás ó patio, y dando frente á la Universidad, álzase desde la primavera de 1868 la Estatua de Fray Luis de León, discípulo que fué y luego catedrático, de aquel emporio del saber.—Por ninguna parte se veía alma viviente. No sé si á causa de la festividad del día, ó de ser la una de la tarde, ni fuera ni dentro de la Universidad (según vimos después) había nadie que turbara el religioso silencio y melancólica soledad de tan venerandos sitios.....
Nosotros nos sentamos al pie de la estatua, y nos pusimos á recapacitar en la historia y en la grandeza de cuanto teníamos ante la vista.—Nuestra emoción era verdadera, profunda, unánime, y, por lo tanto, silenciosa..... Únicamente oíamos, ó creíamos oir, sobre nuestra cabeza, una gran voz, la voz de Fray Luis, que repetía con dulce y formidable acento, como al salir de la prisión:
«Decíamos ayer.....»
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No intentaré en manera alguna contar la historia ni hacer la descripción de la Universidad salmantina. Semejante empeño requeriría un tomo en folio. Diré solamente las cosas de más bulto, tal y como vayan presentándose á mi memoria.
Fundó la Universidad Alfonso XI, rey de León, padre de San Fernando.
Durante mucho tiempo estuvo albergada (¡significativa hospitalidad!) en la Catedral Vieja; pero reinando Alfonso XI se emancipó de la dirección del Obispo de Salamanca y se hizo pontificia. Es decir, que desde entonces el Papa fué el verdadero Rector; teniendo en ella por Delegado al Maestrescuela de la Catedral, á cuya dignidad iba anejo el cargo de Cancelario de la Universidad. Este era quien confería los grados y ejercía el juzgado eclesiástico y civil-escolástico, con autoridad real y pontificia. El Rector no era más que el Jefe administrativo y económico del Establecimiento.
Llegó á contar, por término medio, unos ocho mil estudiantes, y aun recuerdo haber leído que, en algunas matrículas, éstos ascendieron á doce mil.
En 1569 las Cátedras eran setenta: diez de Cánones, diez de Leyes, siete de Medicina, siete de Teología, once de Filosofía, una de Astrología, una de Música, una de lengua Caldea, una de Hebreo, cuatro de Griego y diez y siete de Retórica y Gramática.
Allí hubo estudiantes de todas las naciones, y muy principalmente ingleses é irlandeses católicos, después que abrazó la Reforma Enrique VIII.—De esta última tierra no falta aún en Salamanca un contingente fijo de escolares, como veremos después al hablar del Colegio de Irlandeses.
En la Universidad de Salamanca explicaron maestros tan insignes como Nebrija, Fray Luis de León, Melchor Cano, el Brocense, Fray Domingo Soto, Covarrubias, etc., y aprendieron los santos siguientes: San Juan de Sahagún, Santo Tomás de Villanueva, Santo Toribio de Mogrovejo, San Juan de la Cruz, San Pedro Bautista, San Miguel de los Santos y el Beato Juan de Rivera. Cursaron también en aquellas aulas los grandes fundadores Diego de Anaya y el Cardenal Jiménez de Cisneros, los célebres historiadores D. Diego Hurtado de Mendoza, Bartolomé de las Casas, Zurita, Nicolás Antonio y Ambrosio de Morales, el famoso conquistador Hernán Cortés, los sabios escritores Arias Montano, D. Antonio Agustín, Chumacero y Saavedra Fajardo, y los insignes literatos y poetas Cervantes, Villegas, Meléndez Valdés, Iglesias, Jovellanos, Cienfuegos, Quintana y D. Juan Nicasio Gallego.
Confundida desde hace mucho tiempo la Universidad con la Catedral, los Doctores tienen asiento en el coro, y los Canónigos en los actos universitarios.
A fines del reinado de Felipe II, esto es, en lo más cerrado del absolutismo, todavía se proveían las Cátedras á pluralidad de votos de los estudiantes de la respectiva asignatura, é igual procedimiento democrático se empleaba para la elección de Consiliarios.
En la Capilla Pontificia de la Universidad no se pedía, ni se pide hoy, por el Obispo, sino por el Papa y por los Doctores del Establecimiento.
Cada nuevo Papa dirigía á la Universidad salmantina una carta especial, participándole su elección; y cuando había en Castilla nuevo Rey, la Universidad, en vez de enviarle Procuradores que le prestasen pleito homenaje, se reunía como en Cortes, por su propia cuenta, y le juraba fidelidad directamente.
En el claustro de las antiguas Escuelas Mayores vimos una leyenda en que se dice que, «congregados por Alfonso X (el Sabio) los varones más doctos de aquella Academia, se consiguió por último concluir las Leyes Patrias (Las Siete Partidas) y las Tablas Astronómicas.»
La Universidad tenía muchos locales ó sucursales en la ciudad, con el nombre de Colegios incorporados. Entre ellos se contaban cuatro Mayores, cuatro Militares (de las Órdenes de San Juan, Santiago, Calatrava y Alcántara), veintiún Menores y dos Seminarios. Casi todos ellos ocupaban soberbios edificios monumentales con muchas dependencias.—¡Es decir, que toda Salamanca era Universidad, y lo es todavía, y lo será siempre en la mente de las generaciones, como Toledo es su catedral, y Granada su Alhambra, y cada ciudad aquello que le dió vida y grandeza y á cuya sombra amiga nacieron y prosperaron los demás elementos de su esplendor y poderío!
«Tesoro de donde proveía á sus reinos de gobierno y de justicia», llamó Carlos V á la Universidad de Salamanca;—y eso que Carlos V fué más europeo que español.
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Después de contemplar y conmemorar todas estas cosas, sentados al pie de la estatua de Fray Luis de León, penetramos al fin en la Universidad, y recorrimos con profundo respeto aquellos antiguos claustros, donde se pasearon, en la alegre edad de su adolescencia, tantos y tantos hombres ilustres.
Admiramos los magníficos artesanados de aquellos techos. Visitamos la Capilla pontificia, y en ella adoramos los restos de Fray Luis de León, encontrados hace doce años en las ruinas de su convento de San Agustín (de que ya sólo queda el sitio en la ciudad del Tormes), y guardados hoy en decorosa urna de mármoles blanco y negro, que ocupa una hornacina de dicha capilla.—Y del propio modo, ó sea con igual veneración que ya habíamos visto la estatua y la tumba del gran maestro, vimos después su aula y su cátedra.....
El aula tiene los mismos bancos de tosco pino en que se sentaron los discípulos de Fray Luis. Dichos bancos se reducen á una viga sin alisar, para asiento, y otra por delante para apoyar el libro. Estas segundas vigas están muy labradas por los cortaplumas de los estudiantes, que han tallado en ellas, durante siglos, iniciales, fechas, cruces y caricaturas.
La cátedra es también de pino viejo; pero no nos pareció contemporánea del autor de la Profecía del Tajo, sino mucho más moderna.—De cualquier modo, en aquel paraje fué donde exclamó: «Decíamos ayer.....» al reanudar, después de largos años de cautiverio, sus lecciones de Teología y de Literatura Sagrada.
Mucho hablamos allí y muchísimo más nos quedó que hablar acerca del célebre agustino, de sus inspiradas poesías, de sus hermosos escritos en prosa, del error en que se estuvo mucho tiempo creyéndolo hijo de Granada, por haberlo confundido con el otro insigne Fray Luis, y del excelente drama del segundo Marqués de Gerona, titulado Fray Luis de León.....
—Pero ya se había concluído el besamanos; eran las dos, y decidimos ir á buscar, sin pérdida de tiempo, al amigo Frontaura, al festivo autor de El Caballero particular, al ingenioso director de El Cascabel, al muy bien conceptuado Gobernador de Salamanca, que nada sabría (tal ilusión nos halagaba por lo menos) de nuestra estancia en la capital de sus dominios.
IX
LAS DOS CATEDRALES.—EL CONVENTO DE SANTO DOMINGO.—EL TORMES.—LA ARCADIA SALMANTINA.—UNA VISITA A LA ANTIGUA ESPAÑOLA.
¡Maldición! (como diría un poeta romántico).
¡Frontaura lo sabía todo, y sus polizontes nos buscaban por Salamanca hacía ya dos horas!
Grande fué el regocijo del famoso escritor al encontrarse con gente madrileña. En seguida resignó el mando, por decirlo así, y se agregó á nuestra correría artístico-poética, cuya dirección en jefe llevaba Losada.
Estuvimos, pues, juntos toda la tarde, y juntos anduvimos más de dos leguas por templos, calles y plazas..... y hasta por el campo, á pesar del mucho frío que había vuelto.—(Y, á propósito de frío, diré que los vientos dominantes en Salamanca son el Norte y el Poniente, y la enfermedad más común la tisis.)
Primero fuimos á la Catedral Nueva, que nos pareció muy hermosa, aunque no comparable (perdonen los salmantinos) con la de Toledo, con la de Sevilla, ni con la de Burgos.—Es del período flamboyant del gótico, y lo que le falta en severidad y unción mística lo tiene en lujo de primorosos adornos..... Todos convienen en que, no obstante sus líneas ojivales, pertenece al Renacimiento por la ornamentación.
Centenares de estatuas adornan sus fachadas: las agujas pasan de doscientas. El conjunto resulta grandioso.
La fachada de Poniente es la más bella, y la Puerta de Ramos notabilísima. Su mediorelieve central, tan reproducido por el grabado y la fotografía, y que representa la Entrada de Jesús en Jerusalén, merece el nombre de prodigio artístico.—Por lo demás, todas las fachadas de este bien situado templo presentan ventajosas perspectivas, que hacen crecer su hermosura y su importancia. La cúpula es atrevidísima, cuanto resulta fea y abrumadora la descompasada torre.
La Catedral Nueva, comenzada en 1513, no se terminó hasta 1733, y eso que corría mucha prisa acabarla, visto que no cabían decorosamente en la Catedral Vieja los 65 prebendados, 25 capellanes, 24 niños de coro y 12 acólitos que asistían á los oficios cotidianos.
Dibujó la obra y construyó la parte principal de ella el célebre Juan Gil de Ontañón.
Por dentro, la Catedral es esbelta y elegante, aunque el coro estorba mucho para enfilar sus naves con la vista.—En cuanto á las pinturas, sepulcros, verjas y otros preciosos pormenores que la adornan, su enumeración sería interminable. Sólo llamaré la atención hacia los cuadros del pintor salmantino Fernando Gallegos, que es la especialidad pictórica de esta ciudad, y recomendaré muy especialmente que se visite, en la capilla del Carmen, no por su mérito artístico, sino por devoción histórica, el Sepulcro del Obispo Visquio (de quien hablaré muy luego), y que se procure ver El Cristo de las batallas, que este Prelado llevaba en la guerra, y El Cristo chico del Cid, venerandos objetos que no se contemplan sin grande emoción.
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* *
Pero ¿qué es la Catedral Nueva comparada con la Catedral Vieja?
Entre las notas y apuntaciones que llevábamos de Madrid, había una de cierto distinguido académico de Bellas Artes, que decía así:—«Recomiendo á ustedes en Salamanca la Catedral Vieja (bizantina de veras, y no de pega), con su soberbio retablo cinquecento, de un cierto Nicolás Florentino, de quien no tuvo noticias Ceán Bermúdez; con sus magníficos sepulcros del mismo siglo, de escultura pintada, y con preciosas tablas de Fernando Gallegos en el claustro.»
Razón tenía el académico. No bien fijamos los ojos en la Catedral Vieja, los cuatro expedicionarios convinimos en que ella, la portada de la Universidad y la Casa de las Conchas eran lo mejor que hasta entonces habíamos visto en Salamanca, y que cualquiera de estos monumentos valía todas las molestias del viaje.—Por lo demás, en parte alguna habíamos encontrado un ejemplar tan puro y tan bien conservado de arquitectura bizantina como el exterior de aquella vetusta Catedral.....
Pero procedamos con orden, y digamos primero algo de su grande historia.
En 1098, el conde francés D. Ramón de Borgoña, casado con nuestra reina D.ª Urraca, y el Obispo, también francés, D. Jerónimo Visquio, procedente del Monasterio de Cluny (muy amigo del Cid, por más señas, y de su confesor el Arzobispo D. Bernardo), trajeron artistas de Italia y Francia y emprendieron la construcción de este templo, cimiento y base de la grandeza monumental de Salamanca.
(¡Bien hubieran podido los franceses de 1808 haberse acordado de esto, y no destruir, como destruyeron, en la ciudad del Tormes multitud de obras de arte!)
Según las noticias que he podido reunir, entre dichos artistas figuraban el navarro Alvar García, el francés Casandro Romano y el italiano Florín de Pontuerga; mas no se sabe á punto fijo quiénes continuaron la obra, aunque se conjetura que serían también extranjeros de la escuela de Cluny, pues el arte no llegó por entonces en España al grado de madurez que denota la Catedral Vieja.
La construcción duró un siglo.—Hoy sólo queda parte de ella..... El resto se destruyó para edificar la Catedral Nueva (!); pero dicha parte hace formar completo juicio de todo lo que allí hubo.
El exterior tiene algo de fortaleza; y, en efecto, á esta Catedral se dió el nombre de la Fuerte. Las bóvedas, cubiertas por fuera de escamas; los muros, coronados de almenas, y los cubos de sus ángulos, revestidos con capacetes escamados también, hicieron decir que parecía un guerrero armado de todas armas. Su agudo cimborio es el yelmo, y el gallo de la veleta le sirve de cimera y de penacho.
En el interior de tan ruda fábrica hállanse todas las delicadezas del sentimiento. (Lo mismo acontecía con los férreos paladines de aquella edad).—Allí hay sepulcros finísimos góticos, llenos de exquisitas labores; allí místicas pinturas del Renacimiento, ó sea de cuando el Renacimiento no era todavía pagano; allí santos sobre los capiteles; allí preciosos trípticos; allí un claustro digno de la ciudad de Pisa. Allí se ve también el retablo de Nicolás Florentino que nos recomendó el académico, con treinta y tantos cuadros de la Vida de Jesús (y su fecha de 1442). Y allí, por último, sobre el dicho retablo, en el cascarón de la bóveda, hay un Juicio final, verdaderamente dantesco, que parece concebido por Giotto. ¡Aquel grupo de resucitados blancos que sube hacia la diestra del Dios Padre, y aquel otro grupo de resucitados negros que marcha lúgubremente por la siniestra, son interesantes y bellos hasta lo sumo para los que en el arte buscamos algo más que forma ó postura académica y realidad anatómica!
De lo dicho se infiere que la Catedral Vieja (tan genuinamente bizantina por fuera, como se nos había dicho) tiene por dentro muchos perfiles góticos: y ahora añado que esto no ocurre sólo en sus accesorios postizos, sino también en la estructura misma de miembros principalísimos de su fábrica. Por todas partes apunta allí lo ojival y hasta lo latino del Renacimiento. Vense además pilastras cuadradas, románicas y no bizantinas, mezcladas con columnas, formando grupos híbridos sobre basas redondas y sosteniendo indistintamente arcos ú ojivas, lo cual me pareció muy expresivo y simbólico, dado que trajo á mi imaginación aquellos siglos de la Iglesia en que el Oriente y el Occidente estaban del propio modo confundidos en el sentimiento cristiano.
Entre los notabilísimos sepulcros que guarda todavía la parte subsistente de la Catedral, no figuran ni el de D. Ramón de Borgoña ni el del Obispo Visquio.—El de éste se trasladó á la Catedral Nueva, según ya dije, con otras muchas curiosidades ó maravillas de la Vieja. (Afortunadamente, una Catedral linda con la otra y se hallan en comunicación.)—El sepulcro del esposo de D.ª Urraca no estuvo nunca en Salamanca, sino meramente un cenotafio. Sus cenizas descansan en la Catedral de Santiago de Galicia.
En cambio, otros muchos muertos ilustres duermen el sueño eterno en el antiquísimo templo salmantino, donde se ven tendidas sobre magníficas tumbas sus calladas estatuas, ora dentro de hornacinas labradas en el espesor de los muros, ora en medio de suntuosas capillas.—Y ¡cosa rara! entre las más humildes lápidas hallamos la de una Princesa Mandalfa ó Mafalda, hija de Alonso VIII, más célebre como muerta que como viva, ó sea más famosa como estatua que como mujer, á lo menos para mí, que ni siquiera recordaba haber leído antes su dudoso nombre.....—Hoy, empero, he vuelto á registrar la Historia, y sé ya, y no olvidaré nunca, lo mismo que dice el epitafio; esto es: que la tal Princesa murió «por casar», ó, hablando menos equívocamente, soltera.
Mucho más que este sepulcro me interesó otro que vimos en la Capilla de los Anayas ó de San Bartolomé.—Duermen juntos sobre él un caballero y su esposa. Él viste de guerrero, con cierto elegantísimo tocado morisco, la armadura ricamente labrada, el casco á los pies y la espada en la mano. Ella está amortajada de beata, con muy rizada toca en la cabeza, y calzada con unos raros zapatos altos, de aristocrática hechura. El rostro del caballero es noble y adusto, y el de ella plácido y hermoso como el amor en paz. Llaman también la atención por su delicadeza las manos de la dama, y, por sus exquisitas labores, la lujosa almohada en que reposa la cabeza del marido. La almohada de ella es más severa y humilde, cual correspondía á su piadosa mortaja.
Carece de epitafio este sepulcro; pero los empeñados en saberlo todo conjeturan que aquellos personajes deben de ser un D. Gabriel de Anaya, que murió en América, y su mujer D.ª Ana, que finó sus días en un convento.
Yo no digo que sí ni que no[10]. Lo único que puedo asegurar es que—no sé por qué..... (sin duda porque mi ánimo se hallase dispuesto aquella mañana á la melancolía)—estuve largo tiempo contemplando aquel matrimonio yacente, aquellos cónyuges de piedra, aquellos muertos inmortales, y sentí en mi corazón congojas de lástima, tumultos de miedo y palpitaciones de envidia, todo ello junto y confundido, no obstante lo contradictorio de tales emociones.—¡Hay que ver aquel tálamo! ¡Hay que verlo, y hay que pensar, con los ojos fijos en aquellas mudas y al parecer insensibles estatuas, en que es imposible que ninguna de ellas haya pasado siglos y siglos sin darse cuenta de que la otra duerme á su lado!—¡En alguna parte estarán las almas de los que fueron consortes, y desde dondequiera que estén, irán á dar vida y conciencia á aquellos mármoles para que se complazcan en su perdurable unión!—¡Pues qué! ¿Ha de ser más constante una ficción de piedra que la fe conyugal que simboliza? ¿Ha de ignorar el espíritu lo que está repitiendo á todas horas la materia? ¿Ha de poder una escultura más que un alma? ¿Ha de superar el Arte á la Naturaleza? ¿Ha de vivir la mentira más que la realidad?—¡Oh desventura! ¡Seguir juntos después de haberse amado tanto, seguir juntos, y no saberlo!.....—¡No puede ser! ¡No puede ser!
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La Catedral Vieja es la abuela de Salamanca, como la Universidad es su madre. Digo más: la Catedral Vieja es la venerable ejecutoria, el arca santa de tantísimos timbres y blasones..... Su antiguo Claustro, que infunde profundísima reverencia, fué cuna de los estudios salmantinos. Allí se ve la célebre Capilla de Santa Bárbara, donde, hasta hace cosa de cuarenta ó cincuenta años, se conferían los Grados Mayores. Allí está la Capilla del Doctor Talavera, donde se conserva, como en Toledo, el Rito mozárabe, y se guarda la pila en que fué bautizado Alfonso XI. Allí está la Capilla del Canto, donde se celebraron Concilios, y la histórica Sala en que se reunieron Cortes, y el aposento en que quince Obispos juzgaron y absolvieron á los poderosos Templarios.....—¡Paréceme que no puede ser más gloriosa la historia de la insigne Abuela!
En aquel mismo Claustro hay centenares de sepulcros de canónigos, ora empotrados en las paredes, ora embutidos en el suelo, ora formando las jambas de las puertas, ora colgados cerca de las altas bóvedas.—¡Son los Cabildos que han precedido al actual desde el siglo xii inclusive! Es decir, son dos mil Canónigos muertos, cuyo volumen ha ido achicando el tiempo gradualmente, para que nunca falte allí acomodo á un cadáver más..... de un Canónigo menos.
También hay en el Claustro pinturas muy notables en tabla, debidas las mejores de ellas á Fernando Gallegos.—En las cuatro mencionadas Capillas vense asimismo excelentes cuadros y magníficos sepulcros. El más suntuoso entre éstos es el que, en la Capilla de Santa Bárbara, ocupa el célebre Obispo D. Juan Lucero, aquel que tanto sonó en las disensiones matrimoniales de D. Pedro el Cruel, por haber autorizado el repudio de doña Blanca de Borbón y casado al Monarca con D.ª Juana de Castro. El sepulcro se alza en medio de la capilla, es de mármol blanco, y sirve de lecho á una buena estatua del Obispo, revestido de pontifical. Compite en grandeza con este monumento fúnebre el sepulcro de D. Diego de Anaya, Arzobispo que fué de Sevilla y fundador de la capilla ó pequeña iglesia de los Anayas, que ya hemos mencionado, y del gran Colegio de San Bartolomé.—Su Excelencia duerme en una cama imperial de mármol blanco, sostenida en los lomos de ocho leones, y adornada de primorosas esculturas. La verja de hierro que hay alrededor del mausoleo vale cuanto pudiera pesar y valer siendo de plata.
Pero no acabaría nunca si hubiese de describir minuciosamente todo lo que acude á mi memoria.—Doy, pues, aquí punto, recomendando vivamente á cuantos vayan á Salamanca aquel Panteón, aquel Museo, aquel Libro de Historia que se llama la Catedral Vieja.
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Fuera ya de ambas Catedrales, las contemplamos todavía largo tiempo y á cierta distancia, admirando el grandioso golpe de vista que ofrecen juntas y como en anfiteatro sobre la colina en que se asientan. Parece aquello una montaña arquitectónica, como las labradas por los indios del Himalaya.—Al propio tiempo veíamos en otros lados y en vasto panorama el enorme Colegio de San Bartolomé (hoy Gobierno civil), con su gigantesco pórtico greco-romano; la suntuosa Iglesia de Santo Domingo, dominando gallardamente otra colina y reflejando la luz del sol en su cúpula cuadrada y roja; la cúpula y las torres de los Jesuítas; la gran mole de la Universidad, y otros colosales edificios de piedra.—¡Era un cuadro verdaderamente cesáreo, de olímpica grandiosidad!..... Era una nueva justificación del dictado de Roma la Chica que lleva Salamanca.
Porque debo advertir que aquella augusta decoración, en su magnífico y vistoso conjunto, no tenía carácter gótico, castellano ni leonés, bien que algunos de sus componentes fueran del estilo ojival. ¡Salamanca es la única ciudad del Norte y del Oeste de España que ostenta dignamente el esplendor imperial austriaco, de que tan soberana muestra quedó en el Alcázar de Toledo!—Y esto sin perjuicio de tener otros aspectos diferentes, como ya hemos notado al examinar sus calles de la Edad Media y sus templos y palacios góticos ó platerescos.....—¡Salamanca es multiforme!
Ejemplo de esta variedad de sus formas:—Por darnos gusto á los que deseábamos contemplar, no sólo monumentos artísticos, sino también cuadros poéticos, la expedición se trasladó desde aquel pasaje de tan majestuosa perspectiva, á otro lado de los barrios muertos de la ciudad, bastándonos para ello andar muy pocos pasos. Nos encontramos, pues, de pronto en unas plazuelas y calles completamente solas (calle del Silencio se llamaba una de ellas), donde no vivía nadie ni parecía haber corrido el tiempo desde el siglo xv.
Aquélla era, en verdad, la Salamanca fantástica que recorrió el D. Félix de Montemar de Espronceda, cuando iba en pos del blanco espectro de Doña Elvira.....
Cruzan tristes calles,
Plazas solitarias,
Arruinados muros.....
Etc., etc.
Aquellos eran los campanarios que lo seguían, agitando sus esquilones,
Como mulas de alquiler
Andando con campanillas.....
Y allí estaba el Cristo cuya mortecina luz reflejó en el ensangrentado acero del Estudiante.....
Mientras yo pensaba todo esto, nuestros bondadosos guías nos enseñaban la casa, hoy muda, donde falleció en 1842 el célebre compositor Doyagüe, último catedrático de Música de Salamanca, cuyos restos fueron trasladados á Madrid y paseados por las calles, de orden del inolvidable Ruiz Zorrilla, con destino al Panteón Nacional.....
Y á propósito: aquellos y otros huesos de hombres insignes están todavía, á la hora presente, arrinconados é insepultos en San Francisco el Grande, sin que nadie piense ya en construir tal Panteón.....—¿No habrá un alma caritativa que haga la obra de misericordia de enterrar á los muertos, ó sea de volver á enviar las cenizas de dichos varones ilustres á las sepulturas en que esperaban tranquilamente la trompeta del Juicio Final cuando fué á despertarlos el himno de Riego?
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Del barrio sin gente en que vivió Doyagüe saltamos al Convento de Santo Domingo, ó sea á San Esteban (que ambos nombres tiene aquel renombrado monumento), y digo «saltamos», porque Santo Domingo se alza en otra colina, frente por frente de la que acabábamos de recorrer.
Nada más vistoso que la perspectiva de aquella gran casa de los opulentos Dominicos. Su fachada, recargadísima de adornos, marca la transición del gótico al plateresco, y luce todas las galas y fantasías de este singular estilo, medio gentil y medio cristiano.
Muchísimo que admirar nos ofrecieron también el interior del templo, su sacristía, y, sobre todo, el claustro, obra magistral del mismo período del Renacimiento, restaurada modernamente; pero no fatigaré aquí á mis lectores con nuevas descripciones arquitectónicas, pues basta por hoy á mi objeto recomendarles que no dejen de estudiar muy despacio á Santo Domingo el día que visiten á Salamanca.—Conque vamos á otra cosa.
En este convento estuvo preso tres días San Ignacio de Loyola, y luego veintidós en la cárcel, todo ello siendo estudiante y seglar, hasta que se examinaron y absolvieron por varones doctos algunas doctrinas, que al principio parecían heréticas, del que había de acabar siendo fundador de la Compañía de Jesús y santo canonizado por la Iglesia.....
Cupo, en cambio, á este mismo convento (según la tradición y según muchos libros, que algunos crueles eruditos comienzan ya á desmentir.....) la alta gloria de albergar á Cristóbal Colón el invierno de 1486 á 1487, con motivo de hallarse también en Salamanca los Reyes Católicos.—Sala de Colón se llama todavía (¡y con qué profundo respeto la visitamos nosotros!) aquella en que se dice fué escuchado el ilustre genovés por los Padres Dominicos y por varios Doctores de la Universidad, los cuales (especialmente los primeros) se entusiasmaron mucho oyéndole, y lo alentaron con su protección más decidida, que le valió al cabo la del Maestro Fr. Diego de Deza, «al cual y al Convento de San Esteban ó de Santo Domingo de Salamanca (son palabras del mismo Colón transmitidas por Fr. Bartolomé de las Casas) debieron los Reyes Católicos las Indias».—Por eso (concluyen diciendo la tradición y los libros en que yo todavía creo) el gran navegante puso el nombre de Santo Domingo á la segunda isla que descubrió, como homenaje de gratitud al varón sabio y á la insigne Orden que más protegieron su empresa.—Tiempo es ya, por tanto (agrego yo), de que los poetas liberales reparemos bien en lo que decimos cuando se nos ocurra hablar de los frailes y doctores de Salamanca con referencia al sublime proyecto de Cristóbal Colón..... ¡La fantasía no debe llegar hasta el falso testimonio!
Por último: el Convento de San Esteban ó de Santo Domingo encierra, entre otros grandes recuerdos, la sepultura del eminente Padre Soto, que tanto lució en el Concilio de Trento.
Y este fué el tema constante de nuestra conversación, en tanto que visitábamos el Museo Provincial, establecido hoy allí por la muy celosa y entendida Comisión de Monumentos salmantina, digna de disponer de más fondos.....
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Desde Santo Domingo bajamos hacia el río Tormes, pasando por un barrio en ruinas, en el cual hubo, hasta los tiempos de Enrique IV, un antiquísimo Alcázar Regio, que los monárquicos salmantinos de entonces juzgaron oportuno destruir, con anuencia del mismo Rey, para que no lo ocupasen los rebelados nobles.—En aquella parte de la ciudad estuvo también la Judería.
Salimos al fin de la población por la puerta llamada de Aníbal, bajando una pendientísima cuesta hasta llegar al famoso Puente Romano.—¡Cartago! ¡Roma!..... ¡Todas las grandezas históricas van unidas á la de Salamanca!—El Tormes sabe tanto de mundo como el Tíber.
El nobilísimo río español llevaba aquella tarde bastante agua, y sus orillas, cubiertas de acacias y de otros árboles, no carecían de encanto ni de belleza..... De entre lo más espeso de aquella pintoresca fronda salía mansamente el arroyo Zurguén, que baja de las históricas alturas de Arapiles y penetra en el Tormes, después de haber regado el precioso valle cantado por Iglesias y por Meléndez Valdés.
El Valle de Zurguén y las Praderas de Otea, lindantes también con Salamanca por el otro lado del río, son la Arcadia de la poesía pastoril española.....
Venid, venid, zagalejos,
Que al Zurguén sale Amarilis......,
decía Iglesias. Y casi en los mismos años denominaba Meléndez á su amada:
La gloria del Tormes,
La flor del Zurguén.
En cuanto al Puente, construído, dicen, por Domiciano, restaurado por Trajano y recompuesto más tarde por nuestro Felipe IV de Austria, mide 176 metros de longitud y cerca de cuatro de anchura.—Por él pasaba la calzada romana de la Plata, que iba de Mérida á Zaragoza.
Al otro lado del Puente hay, ó hubo, un barrio, frustrado varias veces por las inundaciones, en el cual no quedan ni señales del Hospital de Leprosos, de la Mancebía pública ni del Cementerio de Judíos, que existieron allí algún tiempo.—¡Malhadado arrabal, á fe mía! ¡Sirvió de albergue á deicidas, rameras y leprosos, ó sea á tres lepras diferentes, y luego se lo llevó todo el agua!..... ¡Verdaderamente, el cataclismo fué muy justo!
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Desde el Tormes subimos á visitar al ya citado señor chantre D. Camilo Álvarez de Castro, cuya casa y huerto se divisaban á una grande altura sobre nuestra cabeza, pues se apoyan en la antigua muralla de Salamanca y tienen vistas al río.
Nunca olvidaremos aquella visita. El señor Chantre es una de las personas más buenas, más afables y más instruídas que hemos tratado nunca, y nos obsequió y agasajó como hombre bien nacido de los buenos tiempos de la hidalguía española, quedando por nosotros, y no por él, si de visitantes no nos convertimos en comensales, y hasta en huéspedes de su pacífica morada.
Amantísimo de la soledad y del estudio, el insigne Prebendado no sale más que para ir á la próxima Catedral, y esto por calles silenciosas en que nunca se ve criatura humana.—Vive, pues, en el mundo como en una Cartuja, y en más relaciones con el cielo que con la tierra.
A ruegos de Losada, nos enseñó todas las curiosidades artísticas que embellecen su mansión, así como el preciosísimo oratorio en que dice Misa los días que sus achaques ó la inclemencia del tiempo le impiden salir.
¡Qué silencio, qué paz, qué beatitud en aquella morada! Y ¡qué deliciosas vistas las de las habitaciones que ocupa el Dignidad! Sus balcones y miradores dan á las alamedas del Tormes y del Zurguén y á un hermoso panorama que se extiende hasta las sierras de Gredos, cuyos picos cierran el horizonte al Sur.....
Era ya la caída de la tarde. Las higueras del jardín alto penetraban en el mismo aposento en que contemplábamos la puesta del sol. Todo el plácido sosiego que respiran las mejores poesías de Meléndez se respiraba en aquel lugar y en aquella hora siempre augusta. Las rotas nubes y los cristales del río tomaban maravillosas tintas al reflejar los rayos horizontales del moribundo astro-rey. Las sombras larguísimas de los árboles parecían prolongadas despedidas y supremos adioses que le daba la creación á aquel día para nosotros inolvidable.....
Todos callábamos: los madrileños, porque una indefinible envidia de aquella tranquila existencia nos hacía contemplar con odio la vida febril de la corte á que estábamos condenados.....; y los salmantinos, porque adivinaban lo que sentíamos y temían acaso ofendernos dándose por entendidos de nuestra emoción ó elogiando aquella solemne paz de la Naturaleza, que no volveríamos á gozar en mucho tiempo.....—¡No; no volveríamos á gozarla, puesto que á la tarde siguiente, á aquella misma hora, estaríamos otra vez camino de Madrid, y puesto que Madrid es una máquina neumática para los mejores sentimientos del corazón humano!.....
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La noche de tal día fué y nos pareció todo lo moderna y amadrileñada que podía serlo á las orillas del Tormes.
Comimos en Hotel, á la francesa; fuimos al Casino á tomar café; jugamos un par de horas al billar y al tresillo; hablamos de política y de otras cosas contemporáneas con D. Álvaro Gil Sanz, ex subsecretario del Ministerio de la Gobernación, y con D. Santiago Diego Madrazo, ex ministro de Fomento, que habían estado en la fonda á visitarnos; y á eso de las once (¡cerca de la media noche!) nos retirábamos á casita, donde hicimos el programa del día siguiente, tomamos té, leímos La Correspondencia del día anterior, y nos acostamos en sendos catrecillos, como cuando teníamos veinte años de edad y vivíamos en plena estudiantina.
¡No se podían pedir más placeres de última moda á una ciudad tan grave y señoril como Salamanca!
X
BARRIOS ARRUINADOS.—EL COLEGIO DEL ARZOBISPO.—LOS ESTUDIANTES IRLANDESES.—EL PALACIO DE MONTEREY.—LA CASA DE LAS MUERTES.—EL CONVENTO DE LAS AGUSTINAS.—UN CUADRO DE RIVERA.
Serían las siete de la siguiente mañana cuando atravesábamos la Plaza Mayor.—También el sol acababa de penetrar en ella (el mismo sol que habíamos creído ver morir la tarde antes), y sus alegres rayos doraban gozosamente las copas de los árboles municipales.
Todas las criadas de Salamanca iban á la compra ó volvían de ella..... Un organillo ambulante tocaba la romanza de la tisis de la Traviata..... Los gorriones cruzaban regocijados por un cielo limpio de nubes..... Las campanas tocaban pacíficamente á misa.....
En cuanto á nosotros, puedo decir que, para estar muy contentos en aquel instante, solamente nos estorbaban veinte ó treinta de los años ya vividos..... ¡Cualquiera de los cuatro hubiera querido ser gorrión, el muchacho que tocaba el organillo, una de aquellas presumidas fámulas, ó aquel rubicundo sol que, como un eterno Fausto, torna á ser joven todas las mañanas!
Pero ¿qué responder al señor chantre, si por acaso lee estos renglones?—¡Perdóneme el reverdecimiento extemporáneo que denotan las anteriores frases, y crea que á mí también se me alcanza, aunque no lo practique, que lo mejor de todo es envejecer y morir tan santamente como envejece y morirá su señoría!
Conque dejémonos de frivolidades, y refiramos lisa y llanamente nuestra expedición de aquella mañana.
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Nos dirigíamos á ver una de las primeras maravillas arquitectónicas de Salamanca, ó sea el famoso Colegio del Arzobispo, hoy todavía habitado por estudiantes irlandeses.
Para ir á él, pasamos por un barrio feísimo, triste y solitario, compuesto de irregulares casuchas, hechas con escombros de insignes ruinas..... ¡Oh profanación!..... Piedras de diferentes arcos, nobles columnas tomadas de acá y de allá, maderas sueltas de antiguos artesonados, y otros restos de soberbias construcciones, habían servido para zurcir aquellos pobres edificios.—Barrio de las Peñuelas de San Blas, nos dijo un muchacho que se llamaba el tal paraje.
Y luego supimos por los arqueólogos de Salamanca (pues en aquella excursión íbamos solos los cuatro huéspedes del Hotel del Comercio) que aquel barrio y el contiguo de San Francisco, así como todo el lado de Poniente de la población, fueron asolados por los cañones franceses (y también por los ingleses) durante la guerra de la Independencia. Había allí magníficos conventos, suntuosas iglesias, monumentales colegios y grandiosos palacios: entre los colegios figuraban los de Cuenca y de Oviedo, de cuya hermosura hablan muchísimos libros: ¡y todo fué destruído por nuestros enemigos y por nuestros aliados!
En el susodicho barrio de las Peñuelas hay una antigua calle cuyo azulejo dice «Calle de los Moros ó de Cervantes», por creerse (no unánimemente) que el autor de Don Quijote y un Miguel de Cervantes que de los registros universitarios aparece matriculado en Filosofía y viviendo en la calle de los Moros á mediados del siglo xvi, son una misma persona..... De un modo ó de otro, el autor de La Tía Fingida debió de residir alguna vez en Salamanca; pues la descripción que en aquella novela hace de la población flotante de la ciudad del Tormes y de sus usos y costumbres, es demasiado gráfica y pintoresca para no estar tomada d'après nature.—«Advierte, hija mía (dice doña Claudia á doña Esperanza), que estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias, y que de ordinario cursan en ella y habitan diez ó doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrojada, libre, alicionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor.....» Y en seguida pasa á definirle prolijamente las cualidades de los vizcaínos, manchegos, aragoneses, valencianos, catalanes, castellanos nuevos, extremeños, andaluces, gallegos, asturianos y portugueses que viven en la ciudad.....
Pero henos ya en lo alto del barrio de las Peñuelas y cerca de la meseta donde se alza el grandioso Colegio del Arzobispo.....—Dejemos la pluma y cojamos el pincel.
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Figuraos, al remate de empinada cuesta, dos amplias y hermosas escalinatas, por las que se sube á un extenso atrio ó compás, guarnecido de grandes columnas sin capitel, que nada sostienen y que parecen otros tantos heraldos encargados de anunciar la grandeza del edificio que custodian.—En el fondo de aquel atrio está el célebre colegio.
Bella sobre toda ponderación es su lujosa fachada. Compónese de dos cuerpos de estilo plateresco, y luce maravillosos trabajos de escultura, así en los capiteles de sus elegantes pilastras como en los camafeos que adornan los netos, en las estatuas amparadas de sus graciosas hornacinas, y en los soberbios escudos de armas que pregonan el apellido del fundador de tan insigne monumento.
Fué este fundador (á principios del siglo xvi) el esclarecido hijo de Salamanca D. Alfonso de Fonseca, arzobispo de Toledo, de quien ya hemos hablado más atrás, y lo dedicó á Santiago, patrón de España.—Por cierto que es notabilísimo el medio relieve que representa en dicha portada al guerrero Apóstol matando moros en Clavijo.....
Pero el asombro, el portento, la maravilla para los amantes del arte, hállase dentro del colegio.—Refiérome á su inmenso Patio, de arquitectura plateresca á la italiana, atribuído por muchos á Alonso Berruguete, y digno de él y hasta superior á sus más renombradas obras.
Así la galería baja como la alta están formadas por pilastras elegantísimas: los arcos inferiores son de medio punto, y los superiores de los llamados escarzanos. Abajo hay adosada á cada pilastra una esbelta y linda columna plateresca, con admirables tallas en el capitel. Las columnas adosadas á las pilastras de arriba tienen la forma de balaustres ó candelabros..... ¡Nada más elegante que la forma de unos y otros fustes!
Y todavía no he mencionado las verdaderas preciosidades de este Patio, ó sea los ciento veintiocho medallones, con bustos de alto relieve, que adornan las enjutas de los arcos en ambos cuerpos.—Aquellos bustos pueden calificarse de otras tantas obras maestras de escultura. Hay allí caras de reinas, de monjas, de doctores, de ascetas, de guerreros, de prelados, etc., todas ellas dibujadas con tal energía, gracia de estilo y nobleza de expresión, que Alberto Durero se honraría con llamarlas suyas.—Uno de nosotros observó (y era muy cierto) que todos aquellos semblantes estaban afligidos, cual si representasen la triste variedad de las desventuras humanas. ¡Qué viveza, qué calor dramático, qué primor artístico en tan multiforme expresión del infortunio y de la pena!
Dicen unos que estas ciento veintiocho joyas, diseminadas como estrellas en aquellos pórticos, son obra de Berruguete; otros, que de Pier ó Pierino del Bago..... Ello es que no se conoce á punto fijo el autor, cosa muy frecuente cuando se trata de monumentos españoles.
En resumen: el Patio del Colegio del Arzobispo, por su esbeltez general, por lo fino y sobrio de su ornamentación, y por lo correcto y puro de sus menores detalles, es un verdadero prodigio de arquitectura y escultura, y merecería el metafórico dictado de «obra ática del estilo plateresco», si pudiese hablarse de este modo.
Añádase ahora la soledad de aquel espacioso recinto, cada uno de cuyos cuatro lados mide 41 metros; la muda cisterna de ancho brocal que hay en medio de él; unas desaliñadas matas de flores otoñales (boleras se llaman en Granada) que crecían en descuidados arriates; algunos escolares irlandeses con manto y beca, que de vez en cuando pasaban por la galería alta, con los ojos clavados en sus libros de estudio, y los píos de pájaros que interrumpían dulcemente el silencio de tan venerable edificio, y se comprenderá la inmensa poesía que allí se respiraba, y de que es pálido reflejo la emoción con que escribo estas líneas.
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Tócame ahora decir algo de los estudiantes irlandeses, con tanto más motivo, cuanto que, estando todavía nosotros en aquel magnífico patio, bajaron de dos en dos la amplia escalera del edificio, seguidos de un sacerdote; pasaron á nuestro lado, mirándonos con disimulo y poniéndose más encarnados que la grana, y se dirigieron á la contigua iglesia.—Eran catorce, todos rubios como unas candelas, y corpulentos y sanos á fuer de legítimos hijos de la verde Erin. Su edad variaría entre diez y seis y veinticuatro años.
Aquellos escolares simbolizaron á mis ojos un tributo de respeto y de agradecimiento que la católica Irlanda sigue pagando á la nación católica por excelencia. Fundó el Colegio de jóvenes irlandeses (albergándolos entonces en otro edificio) el rey D. Felipe II, cuando la intolerancia protestante en las Islas Británicas era tan feroz como la intolerancia católica en nuestra tierra, y tuvo por objeto facilitar la enseñanza de la Sagrada Teología á los hijos de los emigrados irlandeses que se refugiaban en la Península, perseguidos de muerte á causa de sus creencias religiosas. Pero hoy, que en el Reino Unido de la Gran Bretaña hay libertad de cultos y muchos Seminarios católicos, es una especie de tradición piadosa esta no interrumpida costumbre de algunas casas irlandesas de enviar á Salamanca á sus hijos para que cursen las ciencias eclesiásticas.