Pocos días después un hombre enlutado se presentó en casa de Tristán. Era Samper. Había salido aquél y el agente iba a retirarse cuando vio en el corredor la figura de Clara que se asomaba para ver quién era la visita.
—Sólo venía, señora—le gritó desde la puerta—, a dar las gracias a su marido por el buen concepto que le merezco...
—Ha sido una equivocación según creo—respondió Clara toda turbada.
—Yo también me he equivocado, señora, porque pensé que los sabios como su marido serían los hombres más prudentes y los más delicados.
—Perdone usted... Él ha tenido un disgusto bien grande...
—Siento muchísimo habérselo proporcionado—replicó Samper con sonrisa sarcástica—. No deje usted de decírselo de mi parte y de darle las gracias igualmente por haber impedido que abrazase por última vez a mi padre y le cerrase los ojos...
Aquí la voz se le anudó en la garganta al pobre hombre y rompió a sollozar. Clara, llorando también, acudió a consolarle y después que partió se sintió indispuesta.
UN DESCUBRIMIENTO DEL PAISANO BARRAGÁN
Elena había logrado tener sus martes. Desde las cuatro recibía en su lindo boudoir a los amigos y amigas de más intimidad. Se charlaba, se reía, se tomaba te, se comían bastantes emparedados y se decían no pocas tonterías. Hecho lo cual entre siete y ocho de la tarde marchaba dignamente la elegante sociedad a prepararse con recogimiento para los emparedados y las tonterías de los miércoles de otra no menos amable señora. La institución de estos martes, por venerable que fuese, no había encontrado eco simpático en el corazón de Reynoso. No se opuso a su erección porque jamás contrariaba los gustos de su esposa, pero se reservaba el derecho de no contribuir a su esplendor. Pocas veces se le veía en aquel círculo, y cuando se dejaba ver sólo era por cortos momentos. Formábanlo, en su mayoría, las familias de la colonia veraniega del Escorial que Elena había tenido ocasión de tratar, pero también acudían otros elegantísimos miembros de la alta sociedad madrileña que no reparaban en sacrificar para ello algunas horas de su precioso tiempo.
Aquel día rebosaba de distinción y de elegancia el gabinete y el saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres condesas, una marquesa y dos vizcondesas; además las de Domínguez y las de Mínguez, emparentadas con lo más elevado e inaccesible de la aristocracia española. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a perdonar a Elena su obscura estirpe en gracia de los muchos títulos que ya acudían a sus martes. Además allí celebraba largas e interesantes conferencias con el primogénito del duque del Real-Saludo y Elena protegía sus amores y la duquesa los toleraba. La razón de esto último consistía en que sus principios impedían a la duquesa el estar de acuerdo con su marido en ningún asunto de este mundo. Erigido en sistema tan saludable precepto, es preciso confesar que desde su juventud fue un modelo de consecuencia. El duque por su parte lo fue igualmente toda la vida de noble terquedad. El matrimonio de Araceli no adelantaba pues un paso, pero sus amores iban a galope. Por la mañana en el balcón, por la tarde en la Castellana o el Retiro, por la noche en el teatro o en los saraos los enamorados no se perdían apenas de vista y aun puede decirse de oído. Pero donde más se placían por la libertad y confianza que gozaban era en casa de Reynoso.
Hablaba pues animadamente Araceli con Gonzalito en un rincón; hablaba en otro con no menor animación el chico de Domínguez con una de las chicas de Mínguez; y distribuidas por la estancia en butaquitas y sillas volantes charlaban las señoras con zumbido de cigarras a la hora de la siesta. Clara, por instinto, se había acercado a otra joven señora también encinta y comunicaba con ella sabias y profundas observaciones acerca del arte de fajar los infantes. Elena, la condesa de Peñarrubia y otra señora se decían ardorosamente los últimos secretos de la moda. Tristán bostezaba con la mayor elegancia hojeando un álbum de retratos. Pero había allí una mamá, la señora de Goyeneche, cuya hija alta, huesuda, era una notabilidad en el piano. Como es natural se la instó, se la suplicó con vehemencia para que hiciese feliz por algunos cortos instantes a la reunión. La joven se resistía con palabras humildes como todas las notabilidades: «¡Oh, felices! ¡Si yo no hago más que cencerrear un poquito...! Tendrán ustedes que taparse los oídos.» Y otras frases por el estilo acompañadas de un poquito de rubor que impresionaba gratamente a los tertulios y les obligaba a redoblar sus esfuerzos. No obstante, la mamá ni aun en broma podía oír que su hija cencerreaba y decía en voz baja que Mr. Lamotte, su profesor, había declarado más de una vez que jamás había tenido una discípula tan aprovechada.
Al fin se logró que la niña se acercase haciendo contorsiones hasta el piano.
—¿Qué toco, mamá?—preguntó dulcemente encarándose con la autora de sus días.
—Toca Les premieres feuilles du printemps—respondió la mamá con una pronunciación que hubiera hecho dar un salto a cualquier parisién.
—No sé si me acordaré... ¡Hace tanto tiempo que no toco esa pieza!
¡Mentira! Aquella misma mañana la había tocado dos veces con el profesor. La mamá guardó el secreto.
Se puso al cabo a teclear. Los tertulios escucharon dos o tres minutos con atención: luego cada cual anudó la conversación interrumpida con su vecino. De tal suerte que a los cinco minutos nadie escuchaba a la notable joven más que su entusiasta mamá. Esta, con los ojos fijos en el suelo, las mejillas encendidas, el espíritu recogido, estaba pendiente de los dedos de su niña como si entre ellos se estuviese ventilando la salvación del género humano. De vez en cuando Elena suspendía la conversación un instante y exclamaba en voz alta:
—¡Qué hermoso! ¡Qué delicadeza de ejecución! ¡Es una preciosidad!
Los demás volvían también la cabeza y murmuraban: «—¡Precioso! ¡precioso!»
Inmediatamente todos anudaban su cuchicheo interesante, empezando por la señora de la casa: «—El sombrero malva, el vestido malva, la sombrilla malva, el forro del coche malva...»
La pianista animada por los elogios ponía el alma y la vida en la interpretación de Les premieres feuilles du printemps. Pero las nuevas hojitas primaverales brotaban en medio de una espantosa soledad. Sólo la señora de Goyeneche apreciaba sus matices delicados y su frescura virginal.
La pieza terminó. Transcurrieron unos momentos sin que la reunión distraída se diese cuenta de ello. En cuanto se comprendió estallaron los bravos; todo el mundo felicitaba con elogios hiperbólicos a la artista que confusa y ruborizada se agitaba en contorsiones humildes, mientras su mamá embargada por la emoción estaba a punto de romper a llorar.
Algunos minutos después, abrumada quizá por el peso de su gloria y sintiendo generosamente el deseo de compartirla, la pianista preguntó por qué el señor Aldama no leía alguna de sus hermosas poesías que tanto renombre le habían dado. Como se trataba de un hermano de los amos de la casa los demás también lo preguntaron. Tristán, que no era aficionado a esta clase de lecturas domésticas, rehusó bruscamente la invitación. Sin embargo, la condesa de Peñarrubia con un gesto melodramático le pidió permiso para recitar ella misma una de sus mejores composiciones, El golpe de viento, que sabía de memoria. Tristán se lo otorgó con galantería. La condesa obtuvo un triunfo ruidosísimo. Hubo necesidad de repetir. Entonces el poeta animado por el tufillo de gloria que le entraba por la nariz se aventuró a sacar de la cartera una poesía que había terminado el día anterior, aunque adivinase que no era muy a propósito para ser leída en una reunión mundana.
En efecto, la poesía se titulaba Mi cadáver. Era una visión fúnebre de lo que sería su cuerpo después de la muerte. El poeta describía prolijamente todas las fases de su descomposición cadavérica con verdad y relieve admirables. ¿Cómo estarán mis ojos?—se preguntaba. Sus ojos quedarían opacos, vidriosos y poco a poco se irían poblando de gusanos que concluirían presto con ellos dejando negras, vacías las órbitas. ¿Cómo quedaría su cabeza? La masa de sus cabellos se iría desprendiendo de ella cayendo al cabo en el fondo del ataúd como un montón de barreduras, la piel se huiría dejando al descubierto blanca como la porcelana la tapa del cerebro. ¿Cómo quedarían sus manos? ¡Ah! sus pobres dedos, aquellos dedos que tantas veces habían acariciado las sortijas de tus cabellos de ébano, que oprimieron las rosas de tus mejillas y humildes y temblorosos buscaban los tuyos en la obscuridad, servirían durante algunos días de festín a una legión de gusanos y serían pronto objeto de horror aun para ti misma, hermosa, si los vieses...
La tertulia de Elena quedó estupefacta y aterrada. La composición estaba escrita con talento y esto mismo la hacía aún más aterradora. Muchos se despidieron inmediatamente; otros quedaron haciendo comentarios en voz baja, poco halagüeños para el poeta. Elena, cuyo miedo infantil a la muerte era proverbial en la familia, se sintió indispuesta a los pocos momentos. Fue necesario que le diesen algunas cucharadas de azahar y le hicieran oler el frasco de sales. Al cabo con gesto de indignación dijo a su cuñada:
—Me alegro, hija, de no hallarme en tu caso, porque si lo estuviera abortaría seguramente.
Cuál sería el asombro y el susto que recibió cuando a las dos de la madrugada vinieron a decirle que Clara estaba con los dolores de parto. Vistiose apresuradamente diciendo para sus adentros: «¡Estaba previsto! ¡Cómo no había de suceder esto después de haber escuchado aquella poesía de los gusanos!»
Reynoso y ella se trasladaron lo más pronto que les fue posible a la calle del Arenal, pero ya llegaron tarde. Clara acababa de dar a luz un hermoso niño. Elena apenas podía creerlo; tan persuadida estaba de que su cuñada tendría un aborto. Inmediatamente se apoderó del infante, y después de arreglado convenientemente se lo llevó a su padre que arrellanado en una butaca del despacho estaba comiendo melancólicamente unas rajas de jamón en dulce. La emoción le había producido hambre.
—¡Aquí está el botón de rosa...! ¡Aquí está el tesoro...! ¡Este es el rey Salomón! ¡Este es el emperador de la China!
Detrás de Elena venían doña Eugenia y Visita, a quienes se había enviado aviso, y algunas criadas. Tristán tomó a su hijo en las manos y clavándole una larga mirada de infinita compasión exclamó:
—¡Desdichada criatura condenada a la vida! El Destino me ha elegido a mí como instrumento para dártela. Si así no fuese te pediría perdón por ello. ¡Qué preferible sería para ti que permanecieras eternamente en los limbos de la nada! Dentro de pocos días abrirás los ojos, el telón se alzará y la escena del mundo quedará al descubierto. Sorprendido y ansioso esperarás con impaciencia las bellas, las dulces, las alegres aventuras como yo las he esperado, como las espera todo el mundo. Pronto sabrás a tu costa que en este planeta alumbrado por el sol no hay más que dolor, trabajo, pesares y miseria.
—¡Quita allá, majadero!—exclamó Elena furiosa arrancándole el niño—. ¡Vaya un modo gracioso que tienes de saludar a tu hijo! ¡No hacía falta ya sino que le leyeses la Oda de los gusanos de esta tarde!
Los demás mostraron también en su rostro el mal efecto que les causaba aquel exabrupto.
—Tienes razón, Elena—repuso el joven engullendo un pedazo de jamón y aplicando a sus labios la copa de Jerez—. Hay cosas que deben reservarse. Al enamorado no se le puede decir que la novia es fea aunque lo sea. Después de todo tampoco hace falta. La miseria de este mundo es tan visible que ni aun el que voluntariamente cierra los ojos deja de percibirla, porque si no la ve la siente.
—Y si hubiera muchos antipáticos como tú este mundo sería sin duda más desgraciado—replicó Elena saliendo bruscamente de la estancia con el niño.
Contra lo que podía presumirse, supuesto el recibimiento que le había hecho, Tristán se mostró desde el principio como padre atento y vigilante hasta caer en lo ridículo. Así que su hijo tuvo a bien presentarse en este mundo de horror y tristeza, se creyó en el deber de hacérselo más llevadero. El medio más adecuado para ello pensó que sería comprar los libros recientes que trataban de la higiene y educación de los niños. Día y noche se entregó a su lectura con verdadero furor. En pocos días adquirió una suma increíble de conocimientos que puso en conmoción a todos los criados de la casa. El modo de lactarlo, el modo de vestirlo, el modo de bañarlo, todos los agentes internos y externos a los cuales pudiera estar expuesto el infante cayeron inmediatamente bajo la crítica inflexible de su enorme sabiduría. Clara, que como buena y robusta madre criaba a su hijo, estaba sorprendida, pero acataba los fallos de su marido porque los creía fundados en las prescripciones de los sabios. Lo peor del caso era que ¡cosa rara! éstos no solían estar conformes en sus métodos. Un libro afirmaba que a los niños no se les debe poner más que vestidos holgados; otro decía que esto es expuestísimo a las desviaciones de la columna vertebral. Un sabio aconsejaba que desde los primeros meses se les calzara con zapatos de suela; otro tronaba contra esta horrible costumbre y vaticinaba resultados tristísimos si se les aprisionaba los pies. El uno preconizaba el uso del agua fría en los baños; el otro se revolvía contra este procedimiento y afirmaba con datos estadísticos que el agua fría aumentaba la mortalidad un treinta y cuatro por ciento, mientras el uso del agua caliente la rebajaba hasta un veintitrés.
El resultado de esto era que nadie sabía a qué atenerse en la casa y todo el mundo andaba de cabeza. Se le estaba bañando unos días en agua fría; de pronto venía la orden de que se usase el agua caliente. Se le estaba fajando con una docena de vueltas; cuando menos podía pensarse quedaba proscrita la faja. Mamaba el infante cada dos horas; pues bien, un día cambiaba radicalmente el sistema y se le dejaba mamar en cuanto llorase. Todo a merced del último libro o revista que cayese en las manos del amo de la casa.
Todavía no era esto lo que causaba más desazón en la familia. Tristán leyó un artículo en que se descubrían los abusos infames que las criadas cometían algunas veces con los niños más tiernos, unas veces atormentándoles, otras acariciándoles demasiado. Inmediatamente se puso a sospechar de cuantos tomaban al niño en las manos, a ejercer una vigilancia incesante sobre la servidumbre. En cuanto una muchacha cogía el niño, ya estaba su papá con los ojos clavados en ella; la seguía a todas partes, le prohibía tocarle si no fuese por encima de la ropa. Procuraba también ocultarse y hacerles pensar que estaban solas, espiándolas por el quicio de las puertas o presentándose de golpe cuando menos lo esperaban. Al principio las domésticas no podían comprender qué significaban aquellos desusados pasos y lo tomaban como una de sus muchas extravagancias; pero así que lo supieron se mostraron tan ofendidas que resolvieron marcharse. Sólo por los ruegos de Clara, a quien adoraban, consintieron en quedarse.
Hacía ya dos meses que había nacido el niño y corrían los últimos días del mes de junio. Una noche, antes de ponerse a comer, cuando aún estaba Tristán en su despacho, entró una doncella a anunciarle que preguntaba por él aquel caballero que los señoritos llamaban paisano...
—¡Ah! sí, Barragán... Pase usted, Barragán, pase usted—añadió en voz alta y dando algunos pasos hacia la puerta.
—No; si no ha entrado aún, señorito—respondió la criada confusa.
—¿Cómo que no ha entrado? ¿Le ha dejado usted en la escalera?
Efectivamente le había dejado en la escalera y con la puerta cerrada. Cuantas seguridades se habían dado a la servidumbre de que Barragán era una buena persona y no un malhechor fueron insuficientes a disipar sus recelos. En el fondo las criadas estaban convencidas de que un día u otro aquel sujeto jugaría una mala partida a sus señoritos.
—Pásele inmediatamente y no vuelva usted a hacer eso.
Un instante después aparecía en el despacho el rostro espantable del paisano Barragán. Lo primero que hizo antes de saludar fue cerrar cuidadosamente la puerta. Luego, dirigiendo miradas torvas en derredor y entregándose a una serie de muecas a cual más odiosa y espeluznante, avanzó cautelosamente hacia Tristán y le puso una mano sobre el hombro. A pesar de la absoluta convicción que éste tenía de su honradez no pudo menos de retroceder un paso, dando señales de susto.
—Usted me perdonará, Tristanito, que le moleste un momento. Tengo que hablarle de algunas cosillas serias.
Barragán era el hombre de los diminutivos.
—Estoy a sus órdenes, amigo Barragán—respondió Tristán completamente asegurado...—Pero siéntese usted.
Barragán se sentó y a su lado Tristán. Aquél volvió a pasear una mirada salvaje por la estancia y sonriendo ferozmente preguntó con la mayor finura:
—¿Cómo está usted, Tristanito? Bien, ¿eh? ¿Y Clarita? ¿y el niño? Me alegro, me alegro muchísimo.
Una vez enterado de la salud de todos pensó Tristán que el paisano pasaría a explicarle el asunto serio que allí le traía. Pero no fue así. Lo único que hizo fue mirarle durante largo rato fijamente como si tratase de inquirir si efectivamente se hallaba bien de salud o es que le ocultaba alguna secreta dolencia.
—¿Conque bien, Tristanito? ¿bien de verdad, eh?
Tristán un poco impaciente le aseguró que nada le dolía. Pero disipadas estas dudas parece que renacieron más vivas las referentes a la salud de Clara. Hubo necesidad de asegurarle igualmente que la joven madre jamás se había sentido más vigorosa. ¿Y el niño? ¿Cómo seguía el pobrecito? Inmediatamente el paisano se puso a disertar sobre el tiempo y a hacer comparaciones geográficas entre España y Guatemala, y dando un salto después llegó hasta Méjico y habló de los gauchos y de las vacas salvajes y de las diligencias donde los viajeros iban pertrechados de todas armas y de los asaltos de los bandidos, etc. En fin, después de un largo rato de vagar por aquellos lejanos países se levantó de la silla y se dispuso a marcharse. No quería estorbar; sin duda irían a comer... Tristán asombrado también se levantó del asiento y le acompañó hasta la puerta del despacho, pero una vez allí no pudo menos de decirle:
—¿Se ha olvidado usted de que tenía que hablarme de cierto asunto?
Barragán se puso un poco pálido, y como si le hubiesen aplicado en los riñones una fuerte corriente eléctrica, agitado y convulso comenzó a dar vueltas por la estancia mientras Tristán le contemplaba presa de la mayor estupefacción. Al cabo parándose delante de él le dijo:
—Siéntese usted, Tristanito, siéntese usted... Voy a hablarle... pero me permitirá que no me siente... No puedo; me encuentro alterado, completamente alterado.
—¿Quiere usted una taza de tila?—preguntó Tristán sonriendo interiormente de ofrecer tila a aquel monstruo.
—No, señor, muchas gracias; sólo le pido que me permita estar de pie y dar algunos paseos...
—Pasee usted cuanto quiera, amigo Barragán—repuso Tristán mirándole con curiosidad.
Pero con gran sorpresa suya en vez de hacer uso de esta facultad el paisano se dejó caer como un plomo sobre el diván, sacó el pañuelo y se lo llevó a la frente empapada de sudor.
—¡Es tan triste! ¡Es tan triste!—murmuró con abatimiento.
—Ha tenido usted algún disgusto, ¿verdad? ¡Oh! la vida es una cadena que no se compone de otros eslabones—dijo Tristán con filosófica conmiseración que ocultaba una positiva indiferencia.
—Sí; un disgusto bien grande... Pero aún siento más el que va usted a tener.
Tristán dio un salto en la butaca a pesar de su metafísica resignación.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué es ello? ¿Qué disgusto voy a tener?
—¡Es una desgracia, es una verdadera desgracia!—murmuró con más abatimiento aún Barragán.
—¿Qué desgracia es esa? ¿Qué ha pasado?—profirió el joven en el colmo de la impaciencia.
Barragán, que parecía más inclinado a las vagas lamentaciones que a las confidencias, repitió cada vez con acento más desolado:
—¡Qué tristeza! ¡Qué tristeza!
—Pero vamos a ver... ¡hable usted!—profirió el joven exasperado sacudiéndole por el hombro.
—¡Cálmese usted, Tristanito! Le aconsejo a usted que tenga calma en estas circunstancias.
No hay consejo menos calmante que el de la calma. Tristán, ya fuera de sí, comenzó a patear con furor, soltando al mismo tiempo una serie de interjecciones bien enérgicas.
—¿Quiere usted hablar o no? ¡Maldita sea mi suerte!
—Allá voy... Ya sabe usted, Tristanito, que a mí no me gusta pasearme por las calles y que muchos días monto a caballo y me salgo por las afueras.
—Sí, sí, ya lo sé. ¡Adelante!
—Y que suelo comer donde me pilla... a lo mejor en cualquier taberna... Creo que con eso no ofendo a nadie y que usted no me despreciará, ¿verdad, señor Aldama?
—Ni más ni menos. ¡Adelante!
—Pues había ido esta tarde hasta Vallecas y a la vuelta entré en una taberna del camino, y como tenía hambre, mandé que me frieran unos huevitos y me guisasen un pisto. Es admirable cómo guisa los pistos la tía Bibiana del Puente de Vallecas. No deje usted de probarlo si algún día llega hasta allá...
—¡Lo probaré...! ¡Adelante!
—Pues como le digo, estaba comiendo, no en la taberna precisamente, sino en una piececita contigua donde suelen servir a los parroquianos que quieren estar solos. Esta habitación tiene una ventanilla al camino, y por ella vi que se detenía un coche de punto frente a la taberna y que bajaba de él ese pintor amiguito de usted...
—¿Núñez?
—Sí, señor. Entró en la taberna y le vi que pedía un vaso de agua para una señora que quedaba en el coche. La chica de la tía Bibiana quiso salir para servírselo, pero no lo consintió y él mismo fue a llevárselo. Yo había notado al través de los visillos que la señora procuraba ocultarse retirándose hacia el fondo del carruaje y esto despertó un poquito mi curiosidad. Así que con disimulo alcé un si es no es el visillo, apliqué el ojo, y cuando la señora se inclinó para tomar el vaso de agua quedé asustado viendo que era Elenita.
—¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo? ¿Mi cuñada Elena?
—La misma, Tristanito, la misma.
—¡No puede ser!
—Le digo que la he visto tan bien como le estoy viendo a usted ahora.
—¿Y no pudo usted haberse equivocado? ¿Que fuese una mujer parecida?
—Le repito que estoy bien seguro de ello. Ya se hará usted cargo del disgustillo que habré tenido. Con decirle que no pude probar otro bocado está dicho todo. Allí se quedó el pisto de la tía Bibiana sin que lo tocase. Yo quiero a Germán como si fuese mi hermano y le digo a usted en conciencia, Tristanito, que hubiera preferido perder cuatro mil pesetas a saber lo que he sabido. Me vine a casa y no pude parar en ella. Hace dos horas que ando dando vueltas por las calles y tantas cosas he pensado que tengo la cabeza como un volcán...
No había más que mirarle para cerciorarse de la verdad. Sus ojos sanguinolentos semejaban lava encendida: la boca un negro, espantoso cráter.
Tristán quedó unos momentos pensativo y luego poniéndole una mano sobre el hombro le preguntó:
—¿Ha dicho usted una palabra de esto a alguien?
—La primera persona con quien hablo desde el suceso es usted.
—Pues bien, le invito, le exijo por el interés de toda la familia que guarde usted absoluto silencio sobre lo que ha visto... o cree haber visto.
—Lo guardaré, Tristanito, lo guardaré.
—Ya pensaremos lo que se ha de hacer. Pero entre tanto, le repito, ¡silencio, mucho silencio!
Luego se puso a dar paseos por la estancia sin decir palabra, como si Barragán no estuviese allí. Este comprendió que estorbaba y se despidió, anunciando otra vez, más que con palabras por medio de signos desesperados, que si había hombre en el mundo que semejase un sepulcro ese hombre era él, el paisano Barragán.
Cuando quedó solo Tristán siguió paseando absorto en profunda meditación. Y pensando, pensando, resultó que a los pocos minutos adquirió el convencimiento de que Barragán había visto visiones. No tenía nada de extraño. Como era hombre tan poco acostumbrado a vivir entre damas ni aun entre personas civilizadas, bastaba cualquier semejanza de rostro o de toilette para que el infeliz se confundiese. Ni en el carácter de Elena ni menos en el de Núñez entraba semejante ruindad. Además, caso de que fuesen amantes no era verosímil que cometiesen la imprudencia de exhibirse paseando en coche por las cercanías de Madrid. ¡El pobre Barragán...!
Y bien tranquilo, con la sonrisa en los labios se dirigió al comedor, donde ya le esperaba Clara. No pudo resistir a la tentación y dio cuenta a ésta de la conversación que acababa de tener con el paisano en tono de broma y haciendo comentarios humorísticos como quien está bien seguro de lo disparatado del asunto. Clara se puso pálida, luego roja como una brasa, y renunció a comer por el momento dando señales de profundo abatimiento. Tristán se manifestó sorprendido de aquella emoción y se esforzó en calmarla adoptando cada vez un continente más tranquilo. Llovieron sobre la atribulada joven multitud de reflexiones, unas serias, otras jocosas. ¿No sabía que Barragán era un hombre primitivo y selvático para quien todas las señoras eran una misma señora como para los niños su papá todos los caballeros que encuentran en la calle? Esto en cuanto a la explicación material del suceso. En cuanto a la moral no había motivo alguno para dudar de la fidelidad de Elena, cuyo carácter inocente y afectuoso ella podía conocer mejor que nadie. Y por parte de Núñez bien podía estar segura de que era incapaz de faltar a las leyes de la caballerosidad. Gustavo tenía un temperamento burlón, le gustaba pasar por escéptico y original, pero en el fondo era el honor y la rectitud personificados.
Clara levantó hacia él una mirada donde se leía el asombro. Y realmente era asombroso que aquel hombre que de todo el mundo recelaba sólo en Núñez tenía completa confianza.
Por lo demás él era ya hermano de Germán y le interesaba tanto su honor como a ella misma. Era ofenderle el suponer que si aquella especie de Barragán tuviera asomo de fundamento no le ofendería gravemente y no se arrojaría inmediatamente a poner remedio. Esta última observación impresionó un poco a Clara, si no la tranquilizó por completo.
Tristán se levantó de la mesa, encendió un cigarro puro, jugó un momento con el niño y salió a la calle en la misma actitud que todas las noches. Sin embargo, en el fondo de su alma aunque no quisiera confesarlo había una leve preocupación, algo que le escocía. Este escozor fue el que le obligó a encaminar sus pasos al Ateneo en vez del café de Fornos. Un célebre crítico de arte estaba dando en aquel centro unas conferencias acerca del pintor Velázquez. Le tocaba la segunda aquella noche, y aunque él no había asistido a la primera porque desde hacía algún tiempo le interesaban más los donaires y murmuraciones del café que las disquisiciones estéticas, sabía perfectamente que Núñez no dejaría de estar allí y a todo trance quería verle. En efecto, a los pocos pasos que dio por el espacioso corredor donde se amontonaban los socios en espera del aviso de la conferencia vio a su amigo en el centro de un grupo de artistas, sorprendiéndoles y haciéndoles reír como siempre con sus paradojas. Tristán se dirigió a este grupo, terció en la conversación y en cuanto le fue posible se arregló para sacar a Gustavo de allí y llevarle hacia un rincón donde había dos mecedoras. Ambos se sentaron uno frente a otro. Hablaron unos instantes de asuntos indiferentes. De pronto Tristán afectando una risita irónica:
—¿A que no sabes, Gustavo, dónde te han visto hoy?
—Seguramente en ningún sitio donde no haya estado—repuso el pintor con su habitual displicencia.
—¿Has estado en una taberna del Puente de Vallecas?—replicó Tristán sin abandonar la sonrisa, pero mirándole con atención intensa a la cara.
Ni un pliegue de ésta se descompuso, ni el más ligero cambio en su color, ni una ráfaga de sorpresa por los ojos. Sólo en las manos hubo un leve temblor que no llegó a percibir Tristán.
—¿Has estado tú?
-No; Barragán es el que ha estado y pretende haberte visto nada menos que servir un vaso de agua a mi cuñada Elena que habías dejado en el coche.
Nada, ni un imperceptible signo de confusión o de sorpresa. La más completa, la más absoluta tranquilidad. Hubo una pausa. Núñez dio un prolongado chupetón al cigarro, sacudió la ceniza con el dedo meñique.
—¿Barragán ha visto o ha olido a tu cuñada?—preguntó al cabo con afectada indiferencia.
—Dice haberla visto cuando se inclinó para tomar el vaso—replicó Tristán sin perderle de vista.
—¡Oh! entonces no hay cuidado. El sentido infalible en los hombres como Barragán es el olfato... Al menos eso dicen todos los viajeros y naturalistas.
—Desde luego he pensado que ha sido una equivocación muy explicable en quien no ha frecuentado toda su vida más sociedad que la de los gauchos...
Después de estas palabras Tristán pensó que su amigo iba a manifestar de una vez si había estado o no en la taberna y en caso afirmativo dar una explicación. Pero no fue así. Núñez adoptó un continente más glacial aún que de costumbre y empezó a columpiarse suavemente chupando el cigarro por intervalos y mirando al techo. Aunque no creyese ni más ni menos en la aventura, a Tristán le irritó un poco tanta displicencia. Fingiendo, sin embargo, alegre desembarazo le dijo al cabo poniéndole una mano sobre la rodilla:
—Vamos a ver, ¿quién era la incógnita, Gustavo?
—¿Qué te importa?
—¿Una duquesa?
—Lo es a ratos solamente—repuso el pintor sin poder reprimir la risa.
—¡No necesito más! ¡La Trini!—exclamó Tristán riendo también; luego añadió bajando la voz—: Efectivamente... rubia con ojos negros... no es extraña la equivocación.
—¡No digas sandeces, Tristán! Si tu cuñada te oyese te arrancaría los ojos. ¡Confundir una madonna de Rafael, una estatua de Praxíteles con esa moza de cántaro! Y a propósito, ¿te pega mucho Clara?
—¡Todavía no!—exclamó el poeta riendo.
—Efectivamente aún no te he visto con la cara hinchada... ¡Pero no te descuides!
Todavía charlaron unos momentos embromándose mutuamente cuando se oyó el grito del conserje—: Conferencia del señor Jiménez... Conferencia del señor Jiménez.
—Vamos a oír a Jiménez—dijo Núñez alzándose de la mecedora.
Sin embargo, Tristán todavía sentía un vago malestar en su espíritu. Al tiempo de avanzar hacia la cátedra cogidos del brazo dijo a su amigo, mitad en serio mitad en broma:
—Conste, querido, que la equivocación de ese bruto me ha dejado completamente frío. Te he considerado siempre como una buena persona y tengo absoluta confianza en tu fidelidad.
—Haces mal—repuso Núñez gravemente—. Yo soy un hombre lleno de virtudes como todo el mundo sabe, pero el día en que tu cuñada me haga una seña estoy dispuesto a arrojarlas todas por la ventana.
Tristán rió de buen grado y las últimas sombras de duda se disiparon.
Cuando terminó la conferencia y salieron a los corredores el pintor se juntó a sus amigos dejando a Tristán sin ceremonia. Este vagó todavía un rato de grupo en grupo escuchando comentarios. Tenía ganas de irse, pero había visto en un corro cerca de la puerta a su antiguo maestro y ex amigo Rojas. Desde la publicación de los artículos había evitado cuidadosamente el tropezar con él y por no pasar cerca se estuvo quieto. En el amplio corredor iluminado resonaban cada vez más altas las voces de los socios. Había risas, violentas discusiones, ensayos vergonzantes de discursos. En un grupo se discutía el panteísmo, en otro la necesidad de rebajar el presupuesto de marina; más allá se narraba una aventura escandalosa, mientras cerca comentaban unos señores la última encíclica de Su Santidad.
—¡Curioso! ¡curioso! ¡curio-sí-si-mo!
En el centro de un grupo tronaba y relampagueaba el ilustre Pareja.
—Porque yo en mis modestísimos estudios he aprendido... Reconozco en usted, amigo Valleumbroso, la psicosis epileptoides del genio...
—Muchas gracias—decía el mosquito lírico ruborizándose—. Me favorece usted demasiado...
—Nada, nada: es justicia seca. Esa instabilidad en sus estudios, esa originalidad excesiva en el absurdo, ese agotamiento de que usted se queja a menudo son los estigmas reconocidos del genio...
—Muchas gracias, muchas gracias—balbuceaba el mosquito.
—Pero el señor Valleumbroso no padece convulsiones, y según me han dicho, los genios...—apuntó tímidamente uno de los admiradores que rodeaban a Pareja.
Este sonrió de un modo tan suficiente que tal sonrisa bastaría por si sola para reducir a ceniza cualquier argumento por poderoso que fuese. Hay que imaginar cómo quedaría cuando el ilustre Pareja manifestó agitando su brazo derecho y haciendo imprimir a las faldas de su levita un principio de movimiento rotativo:
—Porque la forma clínica aplicable al señor Valleumbroso no es la de los caracteres bien conocidos de convulsibilidad, pérdida de conciencia, etc. Pero, amigo Rodríguez, hay otra—¡hay otra!—. Esta forma, más o menos larvada, más o menos esfumada, escapa a la investigación de los espíritus superficiales, pero no a los temperamentos reflexivos. ¿Estamos, amigo Rodríguez? ¿Estamos?
El pobre Rodríguez se encogió, se encogió hasta quedar convertido en un trapo.
—Hay en Valleumbroso—prosiguió el sabio con voz resonante—una preocupación de la personalidad propia, que es uno de los caracteres típicos de la forma clínica genial. ¿No es verdad, amigo Valleumbroso?—añadió poniéndole con protección una mano sobre el hombro—¿no es verdad que vive usted excesivamente preocupado de sí mismo?
El autor de los Pétalos al aire comenzó a tragar saliva como si algo le estorbase en la garganta. Era duro afirmar su vanidad; pero como de no hacerlo se le escapaba uno de los caracteres típicos del genio concluyó por estar conforme con que jamás pensaba en otra cosa más que en sí mismo. Y ruborizándose aún más de lo que estaba añadió en voz baja dirigiéndose a Rodríguez:
—Cuando niño me ha dicho mi mamá que he padecido convulsiones.
—¡Lo ven ustedes!—exclamó Pareja en alta voz.
Y henchido de entusiasmo dio una vuelta en redondo y su levita flotó como las alas de una mariposa.
—Sería acaso por la alferecía—murmuró el recalcitrante Rodríguez.
—¡Qué alferecía, señor mío, ni qué calabazas!—gritó el ilustre Pareja—. Eso no es más que un efecto de la ley binomial, según la cual ningún fenómeno se produce aislado. Esas convulsiones infantiles eran la voz de la naturaleza que anunciaba ya la aparición de un genio. Yo tengo la seguridad de que cuando Valleumbroso compone sus poesías el acceso creador se manifiesta siempre en él instantáneo, inconsciente y con intermitencias. ¿Verdad, amigo Valleumbroso? ¿verdad que padece usted intermitencias?
—¡Oh, muchísimas!
—No era posible otra cosa. La ciencia sólo consiste en descubrir las leyes eternas de la naturaleza. Cesaron las convulsiones, pero vino como compensación fatal, como equivalente psíquico la creación genial. O lo que es igual, Valleumbroso ya no es un convulsivo, pero sigue siendo un epiléptico en el momento que siente el estro creador. Si usted me lo permitiese, querido Valleumbroso, yo quisiera una vez estar a su lado en el instante de componer para hacer sobre usted algunas experiencias científicas.
—Cuando usted guste—replicó el mosquito, rojo de placer.
—Tengo la seguridad de encontrar la insensibilidad dolorífica en mayor o menor grado y la irregularidad del pulso engendrada por el impulso convulsivo de las arterias...
Tristán que se había parado un instante a escuchar, sintió un estremecimiento de ira. Y rechinando los dientes murmuró: ¡Imbéciles!
Se alejó de aquel interesante grupo dispuesto a salir a la calle aunque tuviese que pasar por delante de Rojas. Felizmente éste ya no estaba allí. Salió, pues, confiado del corredor, pero al pasar por el vestíbulo salía el anciano poeta del guardarropa donde acababa de ponerse el abrigo. Se encontraron de frente. Tristán tuvo un instante de vacilación. Al cabo bajó los ojos y trató de ganar la puerta sin saludar. Rojas no le dejó:
—Buenas noches, Aldama. ¿Por qué no quiere usted saludarme? ¿Teme usted los reproches de su víctima?
—¡Mi víctima!—exclamó el joven visiblemente confuso—. ¡Oh no, don Luis! ¡Yo no hago víctimas de tal categoría!
—Déjeme sorprenderme, amigo mío, al saber que conservo aún alguna categoría. Yo pensaba que después de sus artículos ya no quedaban del poeta Rojas ni los huesos, que estaba no sólo enterrado, sino putrefacto.
La sonrisa con que el anciano vate acompañó estas palabras hirió a Tristán como un latigazo.
—Carezco del poder de enterrar a nadie porque no soy sepulturero—repuso en tono algo desabrido—. Me he limitado siempre a expresar con toda franqueza mi opinión sin cuidarme de saber a quién exaltó o a quién deprimió esa opinión, ya que no versa jamás sobre asuntos que atañen a la honra.
—¿Está usted seguro de que siempre ha expresado con franqueza su opinión?
—El dudarlo es una ofensa.
—¿También cuando afirmaba usted que yo era el primer poeta español no sólo de los tiempos modernos, sino también de los antiguos?
—Entonces lo creía.
—Usted lo creía: yo no. En cambio yo pensaba que era posible ganar el corazón de un joven dedicándole un cariño apasionado, alentando y protegiendo sus esperanzas; creía que el afecto desinteresado de los viejos debía engendrar el respeto y consideración de los jóvenes. Eso no lo creía usted.
—La cualidad que más he estimado siempre en los hombres y por tanto en mí mismo es la sinceridad. Si usted imagina que pudiera enajenar tesoro de tal valía a cambio de favores literarios, vive usted en un error. Me considero no sólo con el derecho, sino también con el deber de decir claramente lo que siento acerca del arte y de los artistas.
Rojas sonrió, guardó silencio unos instantes y al cabo dijo:
—A un general se le confía la dirección de una campaña. Este general combina su plan estratégico y el enemigo le derrota. Una casa de comercio entrega poderes a un empleado para la gerencia de sus negocios y la casa experimenta graves pérdidas. El general y el gerente son hombres muy sinceros, no hay que dudarlo, pero ni la nación ni la sociedad depositarán ya en ellos jamás su confianza. ¿No teme usted, amigo Aldama, que el público haga con usted lo mismo?
—Eso no es cuenta de usted, don Luis, ni debe preocuparle—replicó Tristán con mal disimulada irritación—. Si el público no acepta mis juicios, yo sufriré las consecuencias de su desvío.
—Está usted bien pagado, hijo mío, de sus juicios.
—Cada uno lo está de sus propias obras por poco que valgan.
—Las hay que lo merecen y las hay también que merecen ser despreciadas por su mismo autor.
—Comprendo, don Luis, que usted se halle bien ufano de las suyas, pero ¿por qué no quiere usted dejar a los demás la ilusión de que no escriben cosas despreciables?
—He sido el primero en apreciar y elogiar las suyas, pero no puedo hacer el mismo caso de una obra realmente literaria escrita con la frescura de una imaginación juvenil que de un ataque injustificado y violento inspirado por la musa del tedio y fraguado por la de la hipocondría.
—¿Ese juicio tan severo no estará inspirado ahora por la del despecho?
El anciano vate le miró fijamente a los ojos durante unos momentos; luego alzando los hombros replicó suavemente:
—Me encuentro en una edad, señor Aldama, en que las rosas y los laureles que la benevolencia del público acumuló sobre mis sienes quieren escaparse de ellas temiendo la obscuridad de la tumba. El barquero fatal me hace ya señas: las potencias celestes me invitan a desprenderme de todo humano cuidado. He llegado al fin de mi carrera y puede usted creerme que los aplausos de los hombres no me embriagan, porque apetezco ya los de los ángeles. Si aquéllos me alegrasen podría morir tranquilo, porque no está en el poder de usted ni en el de ningún critico el arrebatármelos. El pueblo olvida fácilmente a los ricos, a los guerreros, a los hombres de Estado, pero recuerda siempre con amor al artista que una vez le proporcionó algunos instantes de alegría espiritual. Aunque todos los críticos de España se armasen hoy para arrancarme de la cabeza la corona y de los hombros la púrpura, mañana al salir a la calle las miradas de los hombres me saludarían como a un rey. Perdóneme usted este rasgo de orgullo póstumo. Hoy ya no lo siento, y porque no lo siento puedo decirle, amigo Aldama, que por encima de la gloria literaria, por encima de toda gloria humana, hay algo que los hombres deben respetar, y cuando no lo respetan dejan de ser hombres. Quede usted con Dios.
EL PAISANO BARRAGÁN COMERCIA CON LOS ESPÍRITUS Y LUEGO CON LOS CUERPOS
¿Hay Dios o no hay Dios? Si lo hay ¿dónde está? Si no lo hay ¿quién hizo este mundo? ¿Morimos para siempre o resucitamos después en otra vida? ¿Por qué nacemos? ¿por qué morimos? ¿Qué es el cielo? ¿qué es el infierno? Tales eran las graves cuestiones metafísicas que se agitaban incesantemente en el cerebro tenebroso del paisano Barragán. La misa nupcial de Clara y Tristán habíalas despertado y desde entonces nuestro indiano ni había podido darles solución (¡cosa rara!), ni había logrado sosegar. Se puede decir que apenas vivía ya para otra cosa que para pensar en ellas, salvo el cortar puntualmente el cupón de sus títulos y comer algún guisado en el Puente de Vallecas o en los Cuatro Caminos. Doña Mónica, la patrona que le tenía alojado por la módica cantidad de tres pesetas cincuenta céntimos diarios en un cuarto de la calle de las Hileras, le aconsejaba prudentemente «que no hiciese caso y comiese», pero él no podía seguir este consejo prosaico al menos en su primera parte. En lo que a la nutrición se refería acaso lo siguiera más decididamente si doña Mónica al cabo de sus años hubiera adquirido la costumbre de poner los garbanzos más blandos.
—Es terrible, es terrible pensar—decía Barragán engulléndolos con la dificultad que debe suponerse—, es terrible pensar, doña Mónica, que cuando nos muramos quede tanto de nosotros como de las mulas del tranvía, aunque sea mala comparación.
—Y si usted se entristece ¿por qué piensa en ello? Lo mejor es pensar siempre en cosas alegres, en los teatros, en los toros, en las sesiones del Congreso... ¡Ay!, yo me muero por las sesiones del Congreso. Es cosa que enamora ver a aquellos señores que hablan tan bien y sin equivocarse. Unas veces se enfadan y echan fuego por los ojos como si les hubiesen quitado la cartera, otras lo toman a broma y hacen desternillarse de risa a todo el mundo. Sobre todo cuando se llevan la mano al corazón y mueven la cabeza a un lado y a otro y les tiembla la voz, le digo a usted señor de Barragán que es cosa de comérselos. En vida de mi difunto no perdía una sesión, porque era primo hermano del portero mayor; pero ahora ya ve usted... las cosas han cambiado, y los parientes gracias que le saluden a uno en la calle. Vaya usted, vaya usted, señor de Barragán, porque le digo a usted que si allí no se cura la ictericia en ninguna parte se la curará usted.
—Señora, yo no padezco de ictericia ni me duele nada—repuso gravemente Barragán—. Lo único que tengo es que quisiera saber... vamos, quisiera saber si hay algo o no hay nada...
—Para usted hay bastante. ¿No es usted un hombre rico? ¿Pues para qué quiere lo que tiene? Coma, beba, triunfe y ríase de la muerte.
El semblante de Barragán se obscureció. Cualquier alusión a su dinero le crispaba como si temiese que inmediatamente le pidiesen algo.
—¿Por dónde sabe usted que yo soy rico?
La fealdad de su rostro era tal cuando formuló esta pregunta, que doña Mónica no pudo menos de apartar los ojos con horror. Sin embargo, sabía a qué atenerse sobre su carácter y le apreciaba tanto que tenía confianza bastante para no barrerle el cuarto hasta las cuatro de la tarde y llevarle el chocolate quemado dos o tres veces por semana. ¡Buena diferencia con Freire el huésped de la sala! Este que era un hombrecillo, flaco, rasurado, de aspecto tímido e inofensivo, empleado en el Tribunal de Cuentas, guardaba bajo capa de cordero un corazón de lobo. Jamás se vio un nombre más exigente para las patatas fritas y el chocolate. Doña Mónica temblaba en su presencia como la hoja de un árbol. Como ocupaba la mejor habitación de la casa y pagaba cinco pesetas, se creía con derecho a mantenerse constantemente en una actitud rígida. No sólo doña Mónica y la doméstica, sino también los otros huéspedes sentían el peso de su autoridad inflexible. ¿Será aventurado el suponer que Freire en el fondo del alma despreciaba a sus compañeros? Por el momento no tenía otro que Barragán, porque don Matías, el capellán castrense que ocupaba el gabinete, se había marchado con el regimiento a Valladolid. Sobre Barragán, pues, solamente caían los desdenes y vejámenes del empleado del Tribunal de Cuentas. En la mesa le llevaba la contraria constantemente. No podía nuestro indiano emitir un concepto cualquiera, por sensato que fuese, sin que Freire dejase escapar una risita maligna o se llevase el dedo a la frente como si quisiera indicar que el paisano Barragán carecía de sustancia gris en la masa encefálica. Le hablaba siempre en tono protector o despreciativo, apenas contestaba a su saludo cuando le daba los buenos días por la mañana y se reía en presencia de doña Mónica y la criada de sus luengas barbas. Aquí estaba el toque probablemente de su furiosa antipatía. Las barbas de Barragán crispaban al tirano y más de una vez había amenazado con ir a cortárselas por la noche mientras durmiese. Además tenía la fea costumbre de servirse primero siempre y servirse lo mejor. No pocas veces le quedó sólo al paisano la salsa y algunas patatas del escaso guisado de carne que doña Mónica les ofrecía. Barragán era hombre sobrio y no se enfadaba demasiado por estas impertinencias. Solía vengarse de ellas en el queso, con harto sentimiento de aquella señora.
Pero cuanto más comedido se mostraba el indiano, tanto más insolente se iba haciendo el empleado del Tribunal de Cuentas. Sobre todo desde que Barragán se autorizó de sobremesa el dudar de la capacidad financiera de Juan Bautista Trúpita que había sido el protector del empleado en su juventud la rabia de éste ya no tuvo límites. Y cierto día en uno de sus accesos coléricos motivado porque Barragán se había atrevido a leer El Imparcial antes que la criada se lo llevase a él planteó repentinamente la cuestión de confianza.
—Está visto, doña Mónica, está visto: Barragán y yo no podemos vivir bajo un mismo techo. Uno de los dos tiene que salir de esta casa. Elija usted.
Doña Mónica, sorprendida y confusa, no supo qué responder.
—Vamos, decídase usted, señora. ¡O uno u otro!
La patrona vaciló unos instantes, dirigió una mirada compasiva a Barragán que inmóvil, con el tenedor suspendido sobre el plato miraba estupefacto al empleado, y profirió con trabajo:
—Pues bien, señor de Freire, si he de decirle la verdad... prefiero que se quede el señor de Barragán.
Lo mismo éste que doña Mónica esperaban una terrible explosión de cólera. Nada de eso acaeció. Freire, con la mayor alegría pintada en el rostro, miró unos instantes al indiano en silencio y luego echándose hacia atrás en la silla exclamó:
—¿Qué le ha hecho usted, amigo Barragán, qué le ha hecho usted a doña Mónica para que así le quiera?
Naturalmente, la digna señora sintiose herida por esta pregunta grosera y así lo hizo entender inmediatamente dirigiendo a Freire las miradas más furiosas y despreciativas de su repertorio. En cuanto a Barragán parecía no comprender nada de todo aquello. Desde entonces la alegría de Freire fue en aumento cada vez que se sentaba a la mesa con Barragán. En cuanto aparecía por allí doña Mónica se ponía a hacer guiños a aquél con tan poco disimulo, acompañándolos de una tosecilla tan falsa y burlona, que la buena señora enrojecía de indignación, y tanto llegó a irritarse que, aun perdiendo las cinco pesetas cada día, pensó en arrojar a aquel insolente de su casa.
Los pensamientos de Barragán eran más altos, como ya sabemos. Estas minucias domésticas no lograban detener el torrente de sus meditaciones ultramundanas. En el recinto doméstico no daba cuenta de ellas a nadie, porque doña Mónica no parecía interesarse, y en cuanto a Freire, una vez que le comunicó tímidamente algunas de sus lucubraciones filosóficas hizo indigna chacota de ellas y le preguntó si pensaba solicitar la cátedra de metafísica de la Universidad Central que estaba vacante. Pero en cuanto ponía el pie en la calle se placía extremadamente en comunicarlas y consultarlas con cuantas personas se le acercasen. No sólo con sus amigos, sino también con sus conocimientos eventuales, con los comerciantes a quienes compraba algo, con los acomodadores de los teatros, con el camarero que le servía en el café, en todas partes dejaba escapar el flujo de sus dudas crueles, esperando siempre que alguno le pusiese en camino de descifrar el terrible misterio. Había un zapatero en la calle de Carretas atormentado también de la necesidad metafísica con quien echaba largos párrafos. Este honrado industrial había leído la Biblia y el tratado de la Razón de don Pedro Mata, un tomo de la historia de España de Lafuente y varios folletos de Buckner, ¿Qué somos? ¿Adónde vamos? etc. Era hombre ingenioso, afluente, profundo. Barragán le admiraba. Sin embargo, la mayor parte de las veces no lograba penetrar el recóndito sentido de sus razonamientos, quizá porque como neófito no estaba al tanto del tecnicismo filosófico usado en las escuelas.
Por esta razón su confidente más asiduo no era el zapatero, sino un guarda del Retiro. Este le instruía como un maestro de la escuela peripatética paseando bajo las amplias avenidas de olmos. Era un espíritu prudente, metódico, fértil en recursos para explicar el origen y el fin de las cosas, y procedía casi siempre en sus disquisiciones por medio de símiles que extraía del reino vegetal y alguna rara vez también del animal. Sentíase inclinado a creer en la metempsicosis y era capaz de fumarse en media hora una cajetilla de treinta y cinco si Barragán se la hubiera dado, que no se la daba. Sin embargo, cada lección podía costarle bien de tres a cuatro cigarrillos.
Por fin Barragán cayó en el espiritismo. El camarero del café le descubrió que su amo era poseedor de una mesa giratoria por medio de la cual consultaba con los espíritus cuanto quería. Bastó esto para que el paisano ardiese en deseos de conferenciar con el cafetero y asistir a alguna de aquellas sesiones maravillosas. Realizóse este deseo y desde entonces quedó absolutamente convencido de que había resuelto el gran problema de la vida futura. Buscó en el barrio de Chamberí un carpintero que por poco precio le fabricó otra mesa giratoria semejante a la del cafetero, y así que la tuvo en su poder ya no dejó en paz a ninguno de sus amigos difuntos. Generalmente era en las altas horas de la noche cuando éstos se veían obligados a venir a conferenciar con él; pero también durante el día solía molestarles, como si no tuvieran en el otro mundo otra ocupación más perentoria.
Después de tomar café y pasear un rato entre calles buscando fresco, se restituyó cierta noche el paisano a su casa resuelto a tener una conferencia importante con Fernández, un sargento que se había muerto en sus brazos hacía algunos años en Méjico. Deseaba enterarse de algunos detalles referentes a la familia que allí había dejado, y nadie mejor que él podía dárselos sí, como era de suponer, vagaba su espíritu aún por aquella república...
—Fernández... ¡Fernández...! ¿Estás aquí?
La mesa giró y señaló las dos letras de la palabra sí.
Una vez enterado de que el sargento se había decidido a atravesar el Atlántico, Barragán procedió con toda solemnidad a hacerle una multitud de preguntas referentes a su esposa: «¿Estaba buena? ¿Podía vivir con lo que le había dejado? ¿Cómo iban sus negocios? ¿Explotaba la finca por su cuenta o la había arrendado? ¿Le guardaba rencor por haber roto el yugo matrimonial?»
Fernández respondía a estas preguntas con muchas vacilaciones, con incongruencia también. Barragán necesitaba formularlas repetidas veces, instarle con vehemencia, amenazarle, forzar de mil maneras la interpretación de las palabras que la aguja iba componiendo. Al fin la palabra salía bien o mal construida y Barragán podía adivinar que los negocios no marchaban bien, que su esposa estaba muy triste pero que no le guardaba rencor.
Era de ver al paisano en aquel momento agitado, convulso, hablando muy quedo pero con singular vehemencia en la expresión, unas veces imperativa, otras suave, acariciadora, otras terrible y amenazante. Algunas gotas de sudor le rodaban por la frente; sus luengas barbas negras y ásperas barrían como una escoba la mesa cuando bajaba hacia ella la cabeza para invitar dulcemente a Fernández a que se explicase mejor; sus ojos encarnizados rodaban por las órbitas con inquietud y ansiedad.
Al fin se decidió a preguntar:
—¿Y mis hijastros?
—Muerte—dijo la mesa.
Barragán dio un salto en la silla y preguntó otra vez con voz temblorosa y la garganta seca:
—¿Han muerto?
—Sí—respondió la aguja.
—¿Los dos?
—Sí.
Ya sabemos que Barragán a pesar de sus ojos, de sus narices y sus barbas, todo ello excepcional y temeroso, guardaba dentro del pecho un corazón excelentísimo. Sin embargo no pudo evitar al saber la desaparición de sus enemigos que corriese por su cuerpo un estremecimiento placentero.
—¿De qué han muerto?—preguntó con el rostro inflamado y acercándolo hasta casi besar a la mesa.
—Hinchazón—respondió la aguja.
—Se le hinchó algo, ¿verdad?—insistió Barragán cada vez más dulce y más insinuante con Fernández—. ¿Sería el vientre quizá?
—El vientre—dijo Fernández.
—¿Y el otro?
—Caída—señaló la aguja.
—Caída de caballo, ¿verdad?
—Si.
—¡Ya lo creo que sería!—exclamó levantando la cabeza con expresión triunfal—. Federiquito era un temerario que montaba los caballos salvajes en pelo. ¡Cuántas veces le he dicho a su madre que a ese chico le mataría un caballo!
Arrepentido de su inevitable alegría, el paisano sacudió la cabeza a guisa de oración fúnebre, se echó hacia atrás en la silla, sacó la petaca y se dispuso a fumar un cigarro a la memoria de aquellos malogrados jóvenes.
Fumándolo estaba y envolviéndose en nubes de humo y en otras aún más espesas de cavilaciones trascendentales cuando llamaron suavemente con los nudillos y se oyó la voz de doña Mónica:
—¿Está usted visible, señor de Barragán?
Este se apresuró a encerrar la mesa giratoria en el armario.
—Adelante, doña Mónica.
Apareció la buena señora.
—Pues aquí preguntan por usted unos caballeros.
—¿Qué caballeros?—replicó vivamente Barragán, acometido de inexplicable inquietud.
—No se alborote, padre, somos nosotros—pronunció una voz juvenil y melosa con dejo americano.
Al oír esta voz fue precisamente cuando se alborotó el paisano. Dio un salto como si le hubieran pinchado y avanzó dos pasos hacia la puerta con los brazos extendidos como si fuera a cerrarla violentamente. Pero ya los visitantes se habían colado dentro pasando por delante de doña Mónica.
—Buenas noches, padre... ¿Cómo sigue, padre?—dijo uno tomándole la mano con ademán respetuoso. El otro vino a hacer lo mismo.
Eran dos jovenzuelos exiguos y morenos, de cabellos negros ensortijados que gastaban un cuello de camisa tan descotado que casi se les veía el pecho. Ambos sonreían haciendo muecas y contorsiones como monos amaestrados. Barragán se había puesto muy pálido y les miraba con ojos de extravío sin responder a sus repetidas salutaciones. Doña Mónica estupefacta les miraba a unos y a otros olfateando un misterio y no se decidía a salir de la habitación. Al cabo, como los dos extranjeros se volviesen hacia ella mostrando sorpresa de verla aún allí, no tuvo más remedio que abandonar el gabinete. Pero, ¿cómo abandonar el agujero de la cerradura? ¿Qué era aquello? ¿Por qué estos jóvenes le llamaban padre? Barragán jamás le había dicho que tuviera hijos. ¿Sería por desgracia un sacerdote renegado que se hubiera dejado crecer las barbas? El ademán de uno de los chicos le pareció a la buena señora que era de besarle la mano. De esto a darlo por hecho no tardó tres segundos. Por otra parte la manía de hablar siempre de cosas del otro mundo, ¿no era también indicio de su profesión? ¡Tendría gracia que hubiera alojado en su casa a un cura apóstata! ¿Qué diría don Matías el capellán castrense? ¿Qué diría Freire?
Los chicos volvieron a enterarse con creciente interés de la salud de Barragán.
—¿Cómo se encuentra, padre? No ha habido novedad, ya lo vemos. Está gordo, señor; está usted muy lúcido... Pero siéntese, padre, siéntese... No queremos que se moleste.
Barragán se dejó caer en la silla que ocupaba y los dos leopardos (porque eran ellos como ya se habrá supuesto) se acomodaron en otras frente a él sin perderle de vista.
—¿No ves qué gordo y qué florido está el padre?—dijo Federiquito dirigiéndose a su hermano.
—Está brillante como un espejo. Parece que le han dado barniz de muñequilla—respondió Fabricianito (que así se llamaba el otro).
—Yo creo que el sol de América le echaba a perder el cutis.
—Los mosquitos le hacían más daño todavía.
Barragán permanecía silencioso con el fiero semblante contraído, mostrando bien lo poco grata que le era aquella visita. Los chicos no parecían advertirlo y siguieron piropeándole todavía tirándose uno al otro la pelota en el tono más suave y meloso que puede imaginarse.
—Bien se conoce que se da buena vida el padre, ¿no te parece, Fabriciano?
—¿Y cómo no, compadre? Yo haría lo mismo si tuviese tanta plata como él en el bolsillo.
Al oír esto Barragán se encrespó como si le hubiesen hecho una ofensa mortal.
—Yo no tengo ni plata ni oro, ¿estamos? Y si es que habéis hecho un viaje tan largo para enteraros de ello pudisteis haberlo excusado.
—¿Se habrá gastado ya el padre toda la plata que ha traído de allá, Fabriciano?
—No lo pienses, compadre. ¡Si era un montón tan alto que tocaba en el techo! Estoy seguro de que no le ha desmochado todavía el pico.
—¿Qué queréis decir con eso? ¿Que yo he traído algo de allá que no fuera mío?—preguntó Barragán con dignidad.
—Las cuentas estaban muy embrolladas, padre, y sin quererlo se ha podido traer lo que no le pertenecía. ¿Verdad, Fabriciano, que sólo venimos a deshacer ese enredo?
—¡Y que lo digas! Ten confianza en que el padre no nos dejará marchar sin llenarnos bien los bolsillos.
—Si vosotros no lo sabéis, vuestra madre sabe que todo lo que había en la casa me pertenecía. Cuando me casé con ella la finca en que vivís estaba hipotecada. Yo la he desempeñado con mi dinero y al marcharme se la he dejado sin reclamar un centavo. Ya os he hecho, pues, bastante regalo.
—Pero oye, Fabriciano, ¿la finca no ha producido nada en los diez años que el padre la ha explotado?
—¿Que si ha producido, compadre? ¡Una mina de oro! ¡El oro en pepitas, niño! Lo menos le han quedado al padre después de mantener la casa cincuenta mil pesos.
—¿Pero es tanto, Fabriciano? Entonces veinticinco mil pesos son de la madre.
—¡Y que lo digas, amigo! No vayas a figurarte que nos dará menos el padre.
—¡Que yo os voy a dar veinticinco mil pesos!—exclamó Barragán trémulo—. Ya quisiera tener para mí esa cantidad. ¿Sabéis lo que os digo? Que me dejéis en paz y os vayáis por donde habéis venido, porque aquí no estamos en Méjico.
—No se ponga tan bravo, señor—respondió con calma amenazadora Federiquito—. Afloje el bolsillo un poco y ya verá qué pronto embarcamos.
—Os he dicho que estáis equivocados. No sólo no me he llevado nada de vuestra madre, sino que la he dejado los quince mil pesos de la hipoteca. Si habéis venido con intención de correr algunas huelgas a mi costa, podéis esperar sentados, porque no veréis un cuarto.
—¿Es de veras eso, señor?
—¡Y tan de veras!
—Ya lo oyes, Fabriciano. El padre no quiere entregar lo que es nuestro. ¿Qué debemos hacer nosotros?
—Pues sacarle las tripas al aire a ese pendejo—respondió Fabricianito con la misma calma y acento meloso que si ordenara servirle una limonada.
—Toma el fierrito, niño.
Fabricianito no se hizo esperar y echó mano al cuchillo. Federiquito hizo otro tanto. Barragán, dando un salto, gritó: «¡Socorro!» y se abalanzó a la puerta; pero viendo que sus enemigos le cerraban el paso retrocedió velozmente, se dejó caer sobre la puerta vidriera de la alcoba, que se abrió con rotura de algunos cristales, y pudo ganar la de escape que comunicaba con el corredor.
—¡Socorro, que me asesinan!
Los dos leopardos, viendo que su presa se les escapaba, en vez de seguirle hicieron irrupción por la puerta del gabinete para cortarle la retirada, pero allí tropezaron con doña Mónica que había estado escuchando y que ya gritaba desesperadamente también:
—¡Socorro! ¡Asesinos!
Gracias a este encuentro, que les hizo vacilar algunos instantes, Barragán pudo abrir la puerta de la escalera y precipitarse por ella. Sus hijastros le siguieron al instante con los cuchillos abiertos y gritándole:
—¡Suelta la plata, ladrón!
Pero una vez en la calle el paisano les llevaba gran ventaja porque conocía ya bien las de Madrid y pudo muy presto ocultarse a su vista, mientras ellos no tardaron en ser detenidos por los guardias de orden público.
Barragán después de esquivarse llegó a la calle del Arenal y corrió derecho a la casa de Tristán, subió en cuatro saltos la escalera y apretó el timbre de la puerta hasta que vinieron a abrirle. Aquel repique prolongado y angustioso a las once de la noche sobresaltó a Tristán que vivía siempre bajo el temor de una desgracia inmediata. Salió precipitadamente del comedor donde se hallaba con Clara y su niño. Al ver a Barragán su faz se obscureció y dirigiéndose a él con paso un poco teatral y apretándole la muñeca le dijo al oído en voz baja pero con vehemencia trágica:
—¡Los he visto ya!
—¿Los ha visto usted?—preguntó Barragán abriendo los ojos hasta querer salírsele de las órbitas.
—¡Sí, hoy mismo he visto a los traidores!
—Vengo huyendo de ellos. No faltó nada para que me asesinasen.
Tocó la vez a Tristán de abrir los ojos desmesuradamente.
—¡Asesinarle a usted! ¿Pero cómo...? ¿Qué está usted ahí diciendo?
—Sí, en mi misma casa abrieron los cuchillos para mí... Si no escapo a tiempo allí me degüellan sin remisión.
—¿Pero está usted loco, amigo Barragán? ¿De quién habla usted?
—¡De esos granujas! De mis hijastros.
—Yo me refería a Gustavo Núñez y a mi cuñada Elena—replicó Tristán friamente.