XVI

¡CORAZÓN, ARRIBA!

Elena se mostraba reacia aquel verano para ir al Escorial. Con el pretexto de esperar la terminación de unos muebles que había encargado para su salón iba retrasando días y días el traslado definitivo, por más que solía pasar allá uno que otro. Reynoso ya no podía más. Su amor y su prudencia le retenían de tomar la iniciativa, pero empezaba a mostrar en su semblante la impaciencia que le dominaba. Elena lo comprendió y le propuso que se fuese antes que ella, aguardándola allí los pocos días que faltaban ya para que el ebanista y el tapicero dejasen terminada la reforma del salón. Aceptó gustoso contando que solamente una semana tardaría su esposa en juntarse con él. Transcurrió la semana, corrían ya los últimos días del mes de julio y Elena no daba aviso de su partida. Pensaba ya don Germán en volverse a Madrid y renunciar a sus placeres campestres cuando recibió un telegrama urgente de Tristán concebido en los siguientes términos: «Vente en el primer tren. Urge mucho tu presencia aquí.»

Justamente acababa de almorzar; eran las doce y media y el primer tren para Madrid salía a la una. Mandó enganchar a toda prisa y se trasladó a la estación. El telegrama le había trastornado. No sabía lo que pensar, pero sentía una zozobra inmensa. Lo primero que le había venido al pensamiento era que Elena estuviese enferma, le hubiese ocurrido cualquier accidente. Sin embargo, no parecía natural que le avisasen en aquella forma enigmática. Luego pensó en Clara, en el niño. Tampoco imaginaba que era forma adecuada de darle la noticia. Al fin, presa de la mayor congoja, llegó a Madrid. Cuando puso el pie en el andén y vio a Tristán acompañado de Escudero y de Barragán le dio un salto terrible el corazón. Se dirigió corriendo hacia ellos.

—¿Qué pasa? ¿Elena está enferma...? ¿Clara?

—Las dos están buenas—respondió Tristán gravemente—. Vamos a tomar el coche y allí te hablaremos del asunto que me ha obligado a telegrafiarte.

Estas palabras causaron un frío singular en el corazón de Reynoso. Vagamente adivinó una desgracia mayor que la enfermedad, mayor que la muerte misma, y quedó paralizado sin osar decir otra palabra. Siguió dócilmente a sus amigos, cuyas caras largas, contristadas, eran aún más inquietantes que las palabras de Tristán. Fuera de la estación les esperaba el landau de Escudero.

—A la Moncloa—dijo Tristán al lacayo.

La mayor estupefacción se pintó en los ojos de Reynoso, pero guardó silencio. Prontamente el coche dejó las cercanías de la estación del Norte y se internó en el largo y umbroso paseo de la Moncloa, que se hallaba en aquella hora completamente solitario. Tristán, con los ojos bajos y voz levemente enronquecida, principió al cabo a hablar.

—He vacilado mucho, muchísimo, antes de darte el susto que te he dado y hacerte pasar por una prueba bien triste... Hubiera querido, aun a costa del sacrificio más grande, ahorrártela. Conozco tu corazón confiado, noble, afectuoso y sé perfectamente la herida profunda que ha de abrir en él un desengaño... Pero... yo no puedo olvidar que eres mi hermano, que mi mujer lleva tu nombre y que tengo el sagrado deber de velar por que este nombre no sea arrastrado por el suelo... Yo no quiero—añadió exaltándose—que este nombre, que ha de llevar también mi hijo, sirva de burla y escarnio a la gente. Antes que eso suceda estoy resuelto a hacer justicia por mi propia mano...

Reynoso horriblemente pálido le contemplaba atónito, sin pestañear.

—Antes de dar este paso he consultado con tus amigos más fieles, con los que te quieren como un hermano y ellos han visto como yo que era de todo punto necesario esta operación dolorosa. Ten valor, pues... Prepárate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos más íntimos, que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha pisoteado tu corazón y tu nombre... Elena...

Un grito áspero y extraño, mezcla de rugido y de lamento, salió de la garganta de Reynoso.

—¡La prueba! ¡la prueba!

Tristán, Escudero, Barragán quedaron aterrados viendo la palidez cadavérica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.

—¡La prueba! ¡la prueba!—repitió apretando el brazo de su cuñado.

—Dentro de pocos momentos la tendrás.

Reynoso paseó una mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristán, se llevó ambas manos crispadas a los cabellos mesándoselos con furor. Fue un acceso de loca desesperación. Gritos, sollozos, interjecciones, movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacían vanos esfuerzos por calmarle. No duró mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque. Dejó al cabo caer la cabeza contra el rincón, se tapó con una mano los ojos y extendiendo la otra hacia Tristán dijo con voz débil:

—Habla. Quiero saberlo todo.

—Todo está dicho ya—repuso Tristán visiblemente afectado—. ¿Para qué necesitas más palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde puedes quedar bien persuadido... ¡Manuel!—añadió sacando la cabeza por la ventanilla—da la vuelta y llévanos a la calle de Atocha. Para delante de la iglesia de San Sebastián. ¡Vivo!

Obedeció el cochero, entraron en la ciudad y llegaron al punto designado en pocos minutos. Se apearon allí y dieron orden de que el carruaje les esperase. Dejaron la calle de Atocha y se internaron por una de sus travesías laterales. Tristán marchaba delante con Escudero, detrás Barragán con Reynoso. Este no había despegado los labios, pero pocos momentos después de caminar los acercó al oído del paisano.

—¿Quién es?

—Núñez—murmuró Barragán apretando al mismo tiempo con afectuosa ternura la mano de su amigo.

Tristán y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba conducir dócilmente. Tristán, que parecía haber estado ya allí algunas veces, hizo ademán de sentarse a una mesa próxima al escaparate. Tenía éste doble cierre de cristales y a su través se veía perfectamente la calle que era estrecha. Enfrente había una casa de reciente construcción que hacía contraste con las del resto de la calle, casi todas viejas.

—¡Ahí dentro están!—dijo en voz baja apuntando hacia ella.

Reynoso levantó los ojos y volvió a bajarlos rápidamente. Barragán pidió unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvió prontamente mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas insólitas y el rostro espantable del paisano. Nadie más que él llevó a los labios el vaso. Aguardaron allí largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la mano en la mejilla permanecía en una actitud de indiferencia desesperada. Barragán, Escudero y Tristán hablaban en voz baja espiados por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud. Aquella conferencia misteriosa de cuatro señores en su tienda y sobre todo la traza de bandido que uno tenía les intrigaba. Quizá se les pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.

Al cabo de una hora, lo menos, Tristán, que no cesaba de echar ojeadas impacientes a la casa de enfrente, exclamó:

—¡Ya salen!

Reynoso levantó la cabeza y su faz se puso lívida viendo salir del portal a su esposa en compañía de Núñez. Dieron unos cuantos pasos precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un poco más allá les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante parecía turbado y pálido, y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fue la impresión que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al verla, pero cayó de golpe otra vez en ella y metió la cabeza entre las manos. Tristán se llevó la suya al bolsillo y dejando asomar la culata de un revólver profirió con reconcentrada ira:

—¡Mátalos! ¡Mata a esos traidores!

Reynoso no se movió. Se oyó el ruido del coche que se alejaba. Nadie habló una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano sobre el hombro de aquél y dijo con voz conmovida:

—¡Germán! ¡amigo mío! ¡valor!

Y por el rostro de aquel hombre, que no parecía sensible más que a los cheques y talones, rodaban dos gruesas lágrimas. Reynoso se alzó y tambaleándose como un beodo salió de la taberna seguido de sus amigos. Cuando estuvieron en la calle se volvió hacia su cuñado y apretándole la mano dijo:

—¡Tienes razón, Tristán, la vida es un asco!

Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que habían dejado el coche. Don Germán manifestó su resolución de volverse al Escorial. Todos ellos se brindaron a acompañarle, particularmente Tristán, pero opuso una enérgica negativa a sus instancias. Tampoco aceptó el coche de Escudero que hablaba de añadir otros dos caballos a los que llevaban. Nada, sólo pedía que le dejasen en la estación. Salía un tren a las siete y sólo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.

—Os suplico que os volváis a vuestras casas y me dejéis ya—les dijo cuando hubieron llegado. Y llamando aparte a Tristán:—Cuida mucho de Clara. Conozco su corazón y sé que este golpe puede hacerle mucho daño. Os espero dentro de cuatro o cinco días. Hasta entonces dejadme solo.

Tristán le miró con asombro.

—Pero ¿qué piensas hacer?

—Nada.

—¿No quieres castigar a ese miserable?

—No.

—Entonces voy yo a provocarle.

—Nada. No hagas nada, Tristán. En este mundo todo es nada, ¡nada, nada!

Y diciéndoles adiós con la mano y haciéndoles al mismo tiempo seña de que no le siguiesen, se metió en la estación uniéndose a la multitud que en aquella hora la llenaba.

—¡Nada! ¡nada! ¡nada!—murmuraba reclinado en el fondo de un coche mientras la locomotora le arrastraba velozmente al través de los campos adustos, melancólicos que cercan a Madrid. El humo se esparcía delante del paisaje ocultándolo por momentos. El sol moría a lo lejos entre resplandores carmesíes. Una dulce serenidad se desprendía del cielo pálido. Reynoso dejó el rincón y puso su rostro enardecido al golpe violento de la brisa que se iba haciendo más fresca según se aproximaban a la sierra. Con los ojos atónitos sentía más que veía el raudo cruzar de los objetos por delante. Todo huía, todo se escapaba causándole una extraña impresión de desquiciamiento universal. El mundo se deshacía, se evaporaba, rodaba vertiginosamente a los abismos de la nada.

—¡Todo es nada! ¡nada! ¡nada!—repetía sin cesar con voz ronca.

Cuando el tren se detuvo en la estación de Escorial, salió del coche sin darse cuenta de ello y emprendió como un autómata el camino del Sotillo. Estaba anocheciendo. En el cielo brillante e inmóvil centelleaban algunas estrellas. A su espalda la mole de la sierra se ocultaba entre cendales de un violeta profundo. Delante el inmenso horizonte de los campos parecía cerrarse fundiéndose todo en un tenue vapor gris.

Alcanzó su casa y penetró en ella sin ruido, casi furtivamente como si fuera un intruso. Uno de los criados se asombró de verle al cruzar un pasillo y se excusó de no haber prevenido a los demás. Don Germán ordenó que todos permaneciesen tranquilos. Se encerró en su despacho, sacó legajos y papeles y estuvo trabajando largo rato. Llamaron a su puerta humildemente y una doméstica preguntó si el señor bajaba a cenar. Respondió que le subiesen a la habitación contigua caldo y algunos fiambres y siguió trabajando. Al cabo se alzó del sillón y pasó al saloncito contiguo donde ya le habían preparado la mesa. Ordenó en seguida que todos se acostasen y volvió a su trabajo que aún duró mucho tiempo. Cuando terminó eran las altas horas de la noche. Descansó unos instantes y escribió una carta de pocas palabras que depositó sobre la mesa en sitio visible. Luego sacó de uno de los cajones un revólver, lo examinó con detenimiento, lo cargó con nuevas cápsulas, lo colocó sobre la mesa y echó de nuevo la llave al cajón. Abrió la puerta del salón, abrió la de la habitación contigua, que era el dormitorio matrimonial, encendió un cigarro y se puso a pasear a lo largo de la crujía con aparente calma.

Allá en el fondo entre las camas de los esposos pendía un crucifijo. En uno de los paseos los ojos de don Germán tropezaron con él. Quedó inmóvil, clavado al suelo, los ojos fijos en aquella imagen sangrienta. ¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Una hora? ¿Un minuto? Jamás pudo él mismo saberlo. Al fin dejó escapar un suspiro, se tapó el rostro con las manos y cayó de rodillas sollozando.

Cuando se puso en pie había recobrado el sosiego, todo el sosiego del alma. Su resolución estaba tomada. Se dirigió con paso firme a su despacho, guardó de nuevo el revólver y se puso a escribir algunas cartas. Una larga para Tristán, otra para Cirilo. La última para su mujer.

«Elena: Perdona que por última vez me dirija a ti. Es de absoluta necesidad para tu futura existencia. Cuando recibas ésta me hallaré lejos y jamás volveré a importunarte con mi presencia. Te dejo toda mi fortuna: sólo me llevo lo necesario para vivir. Gasta todas las rentas que te entregará Cirilo. Es el último favor que te pido y también que disculpes mi ausencia. Puedes decir que estoy en América, donde tenía comprometidos algunos intereses. Nada más. Que Dios te proteja y que a mí no me abandone.»

Cerró la carta y lo mismo que las otras la guardó en el bolsillo para enviarlas al correo en la oportuna ocasión. Hizo después pedazos la que había dirigido al juez y sacó otro cigarro y de nuevo se puso a pasear, esta vez no con calma aparente sino bien verdadera. Por fin abrió el balcón y salió a una pequeña terraza, recostándose de bruces sobre el antepecho de mármol. La noche era caliente y poblada de estrellas. El paisaje severo, erizado, dormía bajo su dosel alargando la sombra inmensa de sus collados. Reynoso abría los ojos sin ver, tendía los oídos sin oír, no viendo ni oyendo más que los latidos de su corazón desgarrado. Este corazón latía y hablaba. ¿Qué importa todo? ¿Qué vale cuanto existe en el mundo? Riqueza y miseria, grandezas y humillaciones, desgracia o ventura todo cambia, todo se hunde al fin en los abismos de la noche eterna... ¿También se hundirá el amor? ¿Nada quedará de esta emoción incomprensible que parece transformarnos por momentos, arrebatarnos de la tierra a otras esferas más altas? Don Germán contempló el cielo, largo rato, escrutando con avidez sus abismos azulados, sus millones de luminarias maravillosas. Al fin los bajó de nuevo murmurando: «¡No; el amor no se hundirá porque el amor es Dios!» Paseó después su mirada por el campo. Allá, hacia el oriente, en los confines del horizonte un tenue reflejo del firmamento señalaba el sitio donde se asentaba Madrid. Apartó los ojos con horror. Del cielo viene el rayo que nos abate, del mar viene la ola que nos traga, del campo la dentellada de la fiera o la puñalada del bandido. ¡Pero de allí...! ¡ah, de allí viene el daño que no puede explicarse, la agonía sin muerte, el dolor increíble!

Permaneció algún tiempo perdido enteramente en una meditación profunda. Era un torrente de pensamientos graves, de sensaciones confusas que atravesaba su cerebro y su corazón. Apenas guardaba la conciencia de que fuesen suyos. Una ola de olvido le envolvía poco a poco; una voz bien alta subía invitándole a mirar hacia arriba y a despreciar lo de abajo. Después haciendo un esfuerzo alzó sus codos de la baranda, contempló todavía con distracción el horizonte obscuro, sacó del bolsillo su llavero, del llavero un lápiz y escribió tres palabras sobre el mármol. Entró en sus habitaciones, se dirigió a su armario y tomando de allí la ropa y los objetos más indispensables los empaquetó en una maleta. Cuando la tuvo hecha bajó cautelosamente hasta la puerta del jardín y salió de casa. Atravesó el parque, atravesó el bosque y en pocos minutos se encontró a campo raso. Emprendió por los senderos el camino de Zarzalejo para montar allí en el primer tren que le alejase de Madrid. Cuando hubo caminado algún tiempo se detuvo y volvió los ojos hacia su casa. Allí quedaba, silencioso, tranquilo, el que había sido su paraíso en la tierra. Jamás, jamás volvería a entrar en él. ¡Cuánta felicidad deshecha en un instante! Tomó la maleta que había dejado caer al suelo y emprendió de nuevo la carrera. Los sollozos le rompían el pecho, las lágrimas le cegaban. Así marchaba aquel hombre al través de la noche desierta en busca de Dios.

XVII

LA BODA DE ARACELI

Araceli, la niña espiritual y aristocrática de los señores de Escudero, tocaba a la meta de sus ambiciones heráldicas. Iba a ser duquesa. Poco después de la catástrofe sobrevenida a don Germán y de su viaje misterioso, se le ocurrió al duque del Real Saludo el morirse de una apoplejía fulminante. Cuando recibió la noticia Araceli sintió que las piernas le flaqueaban; todo su cuerpecito distinguido se estremeció con un escalofrío de ansiedad y de gozo. Supo disimular, sin embargo, puso la cara larga, se vistió de negro y dio el pésame a la familia y la acompañó muchos ratos en aquellos días de tristeza. Había que verla en tales momentos, entrar y salir en las habitaciones, recibir recados, pronunciar órdenes y darse aire de pariente. Sus esperanzas no quedaron fallidas. La duquesa viuda no pensó que un sepulcro abierto la eximía de permanecer fiel a sus principios de contradicción doméstica, y otorgó el consentimiento a su hijo, realizando así contra el duque un acto de oposición de ultratumba. Se dejó transcurrir por respeto un plazo de seis meses. Comenzaron al fin los preparativos de la boda. Sin embargo, hubo en ciertos instantes temor de que ésta zozobrase al tratarse la cuestión de intereses. La duquesa sólo ponía a disposición de su hijo una renta de treinta mil pesetas, que era lo que le correspondía por herencia de su padre. Escudero, hombre exactísimo, metódico, ordenado, manifestó que en ese caso él daría a su hija otro tanto. Pero estas cantidades no bastaban para que el joven matrimonio viviese con arreglo a su rango. Se trabajó con empeño para que el suegro aumentase la renta; hubo en la casa reyertas, desmayos, lágrimas en abundancia. Don Ramón consintió al fin en doblar la cantidad, pero a condición de que tal excedente se dedujese en su día de los gananciales atribuidos a su esposa en el caso de que falleciese antes que él.

Corrían ya los días precedentes de la boda. Se habían cambiado los regalos y Araceli había recibido de la sociedad elegante y de la que no lo era un bazar completo de bisutería. Los periódicos publicaron largas columnas con la lista de los objetos como si se tratase de una liquidación. «Señores de L***: neceser de viaje en piel de Rusia guarnecido de plata.—Señor de C***: juego de tocador en cristal de Bohemia.—Marqueses de H***: bandeja de plata repujada.—Duquesa de N***: cajita de oro esmaltada, etc., etc.» Araceli exhibía estos chirimbolos a las visitas con singular complacencia. Sólo faltaba sobre ellos un cartoncito con el precio para que semejase por completo un almacén de saldos. Pero lo que mostraba con mayor deleite la hija de los señores de Escudero era su equipo, un soberbio trousseau confeccionado en París, donde sobre cada pieza se ostentaba una corona ducal, pequeña o grande, bordada en blanco o en color. Había coronas hasta sobre los paños de la cocina.

Algunas amigas íntimas se reunían la víspera del día señalado para el enlace en el gabinete de la prometida. Se la felicitaba, se la acariciaba, se la besaba, se le decían mil ternezas. Había sinceridad en unas, había falsedad en otras, que en el mundo el bien y el mal no se encuentran jamás solos. Aquella juventud se entregaba a la alegría y retozaba acordándose de los tiempos en que hacían lo mismo en el jardín de las Ursulinas.

—No te darás tono de señora casada con nosotras, ¿verdad, Araceli?

—¿Ni de duquesa tampoco?

—¡Oh, madame la duchesse!

Y una de las amiguitas se inclinaba delante de la novia con reverencia cómica que despertaba las carcajadas de las otras. Araceli, lisonjeada, sonreía con benevolencia.

—¿No tardarás en tomar la almohada?

—¡Quién piensa en eso todavía!—respondió Araceli que había pensado ya infinitas veces.

—Es una ceremonia imponente, muy imponente—manifestó con gravedad y poniendo los ojos en blanco una jovencita rubia que seguía las huellas de Araceli—. Cuando la tomó mi prima la marquesa de la Suave-Conquista vino antes a ensayarse con mamá, que ha sido camarista de la reina Isabel. Hay que esperar en un salón; vendrá a buscarte la madrina y otras damas, se te anunciará y al entrar harás tres reverencias... una así... otra así... y por último otra así.

La jovencita rubia, puesta en pie y en medio del corro, hacía las genuflexiones con tal unción, delicadeza y primor, que parecía que en su vida había hecho otra cosa. Sin embargo, Araceli irguió su cabecita con altanera indiferencia.

—Ya sé, ya sé todo eso, querida.

—¡A ver, que la tome aquí ahora mismo ante nosotras!—exclamó la amiguita de humor jocoso que la había saludado en francés—. ¡Yo soy la reina! Dejad que me siente ahí en lo más alto. Margarita, echa ese cojín en el suelo. Esa es la almohada. Carmen, tú serás la madrina. A ti, Beatriz, te nombro mi camarista mayor. No reírse, que éstas son cosas serias, ¿verdad Mimí? (dirigiéndose a la jovencita rubia). Vamos, llevadme a esa chica fuera. La llamaré cuando me dé la real gana. Vosotras aquí en semicírculo haciéndome la corte...

La traviesa niña empujando a unas, arrastrando a otras, cambiando sillas y cerrando puertas improvisó presto un salón de corte. Se representó la escena con no poca algazara. Araceli vino del gabinete de su mamá donde la tuvieron recluida largo rato, hizo sus reverencias casi tan bien como la rubita Mimí (prueba de que ya las había ensayado a solas) y se sentó sobre el cojín naciendo tantos remilgos que la reina incomodada le tiró otro a la cabeza.

—Pero, duquesa, ¿cómo tiene usted valor de presentarse sin diadema?—exclamó S. M. en el colmo de la estupefacción.

—¡Ah! ¡La diadema, es verdad!—exclamaron a su vez todas las damas de la corte.

—Póngase usted la diadema inmediatamente—prorrumpió con energía la augusta persona.

Araceli se disculpó diciendo que estaba guardada en la caja de hierro de su papá, pero no le valieron excusas. Fue necesario que bajase al escritorio de Escudero y que éste sacase de la caja la preciada joya regalo del novio. Enteradas por este paso algunas criadas de la ceremonia que iba a realizarse, no dejaron de acudir para ver si percibían algo espiando por las cerraduras y los quicios de las puertas. El acto se efectuó de nuevo con mucha mayor solemnidad a causa de la diadema y también del ensayo previo que se había hecho. Terminado, S. M. se dignó felicitar con las palabras más amables a la gentil duquesa del Real Saludo, y dio su mano a besar y una bofetada en la mejilla a todas sus damas.

Araceli durmió muy poco aquella noche. En cuanto se levantó comenzó a hacer sus preparativos de tocado, aunque la ceremonia nupcial no había de celebrarse hasta la tarde en su propia casa. Se hizo venir para que la peinase a Mr. Gaston, famoso peluquero de la corte, y acudieron a adornarla dos oficialas de Mme. Verlet, la gran modista. No se perdonó gasto alguno para que la ceremonia se celebrase con inusitada pompa y suntuosidad. Escudero puso a disposición de su esposa y de su hija una cantidad respetable, la cargó en sus libros y no volvió a ocuparse del asunto. Pero he aquí que su esposa, no poco confusa porque le conocía bien, vino a anunciarle que faltaban mil doscientas pesetas para pagar las flores de la quinta del Pilar, y su hija Araceli, menos confusa pero también un poco asustada, le manifestó que aún restaba por abonar al joyero una pequeña cantidad. Escudero montó en cólera, una cólera ciega. «¡Cómo! ¿Qué formalidad era aquélla? ¿No sabían que ya estaba agotado el presupuesto de los gastos de boda, que no se podía andar en los libros, que él era un hombre de negocios, un hombre de orden?» Doña Eugenia viéndole tan irritado determinó pagar con sus ahorros aquella suma y dejar en paz los libros de su esposo. Doña Eugenia era una mujer económica, pero había adquirido un vicio considerable, el del papel. Cada día más enemiga de los microbios y resuelta a darles guerra crudísima mientras le quedase un soplo de vida, desde hacía algún tiempo ni daba la mano a nadie sino enguantada ni tocaba objeto alguno si no era interponiendo entre los bacilus y sus dedos un papel. Lo compraba por resmas en un almacén de la calle de las Infantas. El dueño de este almacén solía decir burlando que la señora de Escudero le consumía tanto como una imprenta.

Otro de los asuntos que dio origen a algunos disturbios domésticos que hubieran degenerado en graves conflagraciones si uno de los bandos no hubiese operado una prudente retirada, fue el de las invitaciones. Escudero, que a causa del citado desequilibrio en el presupuesto de boda se hallaba en un estado alarmante de disgusto y de profunda decepción, exigió que se invitase a la ceremonia a sus amigos y compañeros de tresillo en el Círculo Mercantil, Buceta, Trompeta y Rubau. Esta monstruosa exigencia llevó la desolación al espíritu refinado de su hija. En vano doña Eugenia agotaba para convencerla toda clase de razonamientos y representaciones. Araceli, en el colmo de la desesperación, torciéndose las manos, exclamaba:

—¡Pero mamá de mi alma! ¿qué dirá la duquesa de Colmenar de la Oreja, qué dirá el marqués de Cabezón de la Sal al verse junto a un hombre que se llama Trompeta?

Todavía el hado adverso reservaba una prueba más cruel al temperamento primo y elevado de la prometida. Escudero, enardecido con su victoria, después de haber impuesto a Buceta y a Trompeta, llevó su audacia hasta proponer a Barragán. El paisano se había hecho su amigo íntimo, le había confiado la gestión de sus intereses y por último había tenido el rasgo feliz de ofrecer a la novia no un regalo como cualquier hombre vulgar, sino un billete de quinientas pesetas para que ella comprase el objeto que más le gustase. Este procedimiento generoso y práctico a la vez le había elevado considerablemente en el concepto de Escudero. La consternación más profunda se pintó en el semblante de su hija al tener conocimiento de la fatal decisión. No valieron súplicas ni lágrimas ni se logró nada con la intervención oficiosa de algunos amigos diputados para ello. Don Ramón permaneció inflexible. O Barragán era invitado o él mismo dejaría de asistir a la ceremonia. Se tragó, pues, a Barragán, ¡un trago bien amargo! Araceli, pateando de cólera en su gabinete, se prometía tomar en lo futuro una digna venganza. En cuanto estuviese casada ¡ni uno solo de aquellos hombres ordinarios pondría los pies en la casa ducal! Por su parte Escudero, temiendo haber llevado demasiado lejos sus exigencias, suplicó a Barragán en términos sentidos «que si era posible se recortase un poco las barbas». Cedió éste, bien convencido sin embargo en su interior de que no se lograría con ello borrar la odiosa traza de bandido con que, implacable, la naturaleza le había dotado. Pero como hombre dócil y de buena pasta, no sólo cedió a recortarse un si es no es la barba, sino que se vistió una flamante levita, se puso botas de charol, pantalón bombacho, sombrero de copa y en la corbata un alfiler con una enorme esmeralda falsa. ¡Estaba horrible! ¡patibulario! Los invitados al pasar junto a él no podían menos de sentir un escalofrío. Uno de los amigos del novio le llamó Rebolledo, aludiendo al bandido de la zarzuela Los diamantes de la corona, y la palabra hizo fortuna entre la juventud maleante.

La ceremonia debía de celebrarse a las cinco de la tarde. Los novios partirían en el sud-express poco después. A las tres, la multitud de los convidados invadía los fastuosos salones de la casa de Escudero, en la calle de Alcalá. Tristán estaba allí. Era uno de los testigos designados por la novia. Andaba solo, huyendo de juntarse a nadie según su costumbre. El sensible lance acaecido a su cuñado y en el cual había él tomado parte no había contribuido a mejorar su genio difícil y sombrío. El matrimonio de su prima, a la cual nunca había profesado mucha estima, le inspiraba un poco de risa, un poco de lástima y otro poco de desprecio. ¡Casarse, por ser duquesa, con un espectro!

Efectivamente Gonzalito Ruiz Díaz lo era. Al principio de sus relaciones con la niña de Escudero pareció animarse un tanto su naturaleza, pero a medida que transcurría el tiempo se fue debilitando nuevamente hasta inspirar miedo. Se decía en la familia que la oposición tenaz de su padre era la causa de tal decaimiento. Sin embargo, después del fallecimiento del duque nada mejoró de aspecto. Entonces se achacó a los amores. En cuanto satisficiese, uniéndose a Araceli, los vivos anhelos de su corazón engordaría hasta ponerse como una bola. Esta era la profecía que había encontrado más eco en la familia de Escudero y de todos sus allegados.

Cuando se presentó en el salón ataviado con el uniforme de maestrante de Granada, su faz lívida, el círculo azulado que rodeaba sus ojos, la fatiga que se leía en todos sus rasgos no pudo menos de sorprender a los circunstantes que empezaron a hablarse al oído. «Es el uniforme—decían algunos—lo que le da ese aspecto de muerto desenterrado.» «¡Qué uniforme! Es la emoción. ¡Ha sido siempre un chico tan sensible!» El pobre Gonzalito se sentía en efecto bien fatigado, bien conmovido, bien amarrado dentro de su vistoso uniforme. Todos los amigos se apresuraron a rodearle vertiendo en su oído palabras de felicitación. Unos lo tomaban por lo serio, le hablaban de su preclaro nombre que pronto iba a encontrar quien lo perpetuase, otros echaban el santo sacramento a broma.—«¡Ánimo, Gonzalo! Para sostenerte en este trance fiero aquí tienes a los amigos. ¡No tiembles a la vista del patíbulo!» Y señalaban al altarcito erigido allá en el fondo del salón contiguo y que se veía por la puerta entreabierta.

Al fin llegó monseñor Isbert que debía bendecir la unión de los jóvenes. Era un prelado doméstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomático, tolerante. Por estas razones gozaba de gran crédito en la alta sociedad madrileña y había casado ya un número considerable de sus miembros. Señoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su conversación culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseñor sacó el reloj.

—Ya se acercan las cinco—manifestó dirigiéndose con graciosa sonrisa a Araceli—. Perdone usted, señorita, que le recuerde el dulce y solemne momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregará usted su libertad al elegido de su corazón.

Araceli bajó los ojos ruborizada.

—¿Dónde está el novio?—preguntó después monseñor con su voz clara y pastosa de orador.

—Eso es, ¿dónde está el novio?—preguntaron algunos dirigiendo miradas en torno.

—¿Dónde está Gonzalo? ¿donde está Gonzalo?—repitieron otros.

Al fin se le halló en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre las manos.

—¿Qué es eso?—se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las personas que se le acercaron corriendo—. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes indispuesto?

—Sí, me siento mal.

Y al levantar la cabeza dejó ver un rostro tan pálido que su madre dio un paso atrás, aterrada.

—Sí, me siento mal, ¡muy mal!

Apenas había pronunciado estas palabras una ola de sangre se escapó de su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los criados. Todos están tan asustados que no saben más que gritar:

—¡Un médico...! ¡una jofaina...! ¡un vaso de agua!

El vómito fue terrible. Pensaron que se quedaba en él. Cuando cesó le transportaron a una cama en las habitaciones que había ocupado Tristán de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los presentes, le prodigó sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos después le repitió el vómito. El doctor se apresuró a hacer salir del cuarto a todo el mundo, haciendo seña a monseñor Isbert para que se acercase. El sacerdote le dio la absolución de sus pecados sin oírlos, porque el pobre Gonzalito no volvió a pronunciar otra palabra.

XVIII

LA FLECHA DEL DESTERRADO

La masa de follaje del Sotillo se teñía de amarillo. Con una ojeada perezosa y distraída Elena abrazaba el bosque y el vasto horizonte, fijándola con insistencia en sus confines azulados. Aquel noviembre venía seco, pero frío ya. El aire era transparente, la sierra tomaba un color de violeta obscuro, la llanura se teñía de gris; por el ambiente corrían las frías claridades, el aliento fresco que denunciaba la proximidad del invierno.

—No hace más que cuatro días que la señorita ha llegado y ya parece otra—dijo la doncella que se hallaba a sus pies arrodillada cambiándole el calzado.

—Sí, el Escorial me ha probado siempre bien—repuso la señora sin apartar su mirada distraída del horizonte.

—¿Por qué no viene más a menudo?—se atrevió a preguntar la mimada doncellita.

Elena no contestó.

Al cabo de un rato apartó los ojos del paisaje y los volvió al armario de espejo que tenía delante. Se miró prolongadamente en la luna y murmuró como si hablase consigo misma:

—¡De todos modos me encuentro bien cambiada, bien decaída, bien fea!

—¿Cómo fea?

La doncellita protestó con todas sus fuerzas de aquella monstruosa aserción. Jamás había estado tan hermosa la señorita.

—Parece mentira—prosiguió ésta—que una fiebrecilla gástrica me haya arruinado tanto.

—Quince días en el campo y se pondrá la señorita tan gorda que habrá que enviar todos los trajes a la modista.

—¡Más, más...! Me convendría tal vez pasar todo el invierno aquí.

La doncellita se puso seria. ¡El invierno! ¡Alegre humor echaría su novio el encargado de la tienda de ultramarinos de la calle de Olózaga si tardase más de quince días en volver a Madrid! Así que trató por todos los medios que estaban a su alcance (que no eran muchos) de disuadir a la señorita. Esta parecía no escucharla. Sus ojos volvieron a perderse al través del balcón abierto en las lejanías del horizonte inmenso. En vano tocó los recursos que en otras ocasiones habían surtido efecto para distraerla, los vestidos, los sombreros, las reformas de la casa, los coches. Elena permanecía absorta, ensimismada, sin dignarse siquiera volver la cabeza. Viendo sus esfuerzos defraudados, la doncellita adoptó el acuerdo de salirse de la estancia sin hacer ruido.

El Sotillo le causaba ahora una impresión extraña, mezcla de dolor y de alegría, de agitación y de sosiego. Desde el día fatal, hacía ya más de un año, en que su esposo huyera para siempre, no había puesto los pies allí. Pero desde hacía ya tiempo soñaba con él. Su espíritu se volvía hacia aquel paraje ansiando la frescura de sus árboles, el rumor de sus aguas, la paz de su ambiente. ¡La paz, la paz! Esto era lo que necesitaba su cuerpo gastado, su corazón deshecho. La carta de su marido le había producido el efecto de un rayo. Cayó de bruces sobre el suelo privada de conocimiento. Cuando la alzaron y la transportaron a la cama se le declaró una violenta fiebre que la tuvo postrada muchos días y amenazó su vida. Durante su enfermedad ni Clara ni Tristán ni Visita parecieron por su casa. Sólo Marcela Peñarrubia la veló como una hermana cariñosa. Cuando entró en convalecencia supo por ella que Tristán había provocado secretamente a Núñez y que éste había rehusado el duelo alegando que no era él quien tenía derecho a exigirle una reparación. Entonces Tristán le había abofeteado. No otra cosa buscaba el pintor para tener la elección de armas, pues aunque no era cobarde, ninguna gracia le hacía servir de blanco a la certera puntería de su amigo. Se batieron a espada y Tristán salió herido ligeramente en el brazo derecho. Después se vio rodeada por aquellas amigas de última hora, Marcela Peñarrubia, Enriqueta Atienza, Rosita León y sus respectivos amantes que la asistían y la mimaban con asiduidad conmovedora.

Pero en cuanto pudo salir a la calle fue a casa de Visita resuelta a enterarse adónde había ido su marido y correr a pedirle perdón. En ver a Clara y Tristán no soñaba siquiera. La recibió Cirilo con ceremoniosa cortesía hablándole de dinero, presentándole cuentas y libros, anunciándole que al día siguiente le enviaría los intereses vencidos de las acciones del Banco. Visita no se presentó. Se hallaba un poco indispuesta, al decir de su esposo. Salió de aquella casa con el corazón tan apretado que en cuanto montó en el coche estalló en sollozos. No se había atrevido siquiera a pronunciar el nombre de su marido. Cuando llegó a su casa escribió una larga carta a Tristán. Este no le contestó. Entonces la pobre mujer, rechazada y despreciada por todos los deudos y amigos de Reynoso, aislada y avergonzada se dejó marchar por la suave pendiente que delante se le ofrecía. Recibió por fin a Núñez, que diariamente le enviaba billetes inflamados; intimó con las amigas que se desvivían por distraerla y entró a formar parte de aquella sociedad divertida y galante. Fue una rebelión, una necesidad de su naturaleza, que de otro modo hubiera sucumbido.

Y para más aturdirse, para olvidar la pena que le roía el alma fue más allá de lo que la prudencia aconsejaría a una mujer en su caso. Lanzose a una vida de placeres ruidosos; teatros, paseos, partidas de tresillo, tiendas, modistas, cenas a última hora con sus flamantes amigas y adláteres. Estas no la dejaban ni de noche ni de día. Gustavo Núñez la mantenía en perpetua risa con sus bromas picantes y excéntricas. El lindo hotel de la Castellana se convirtió en centro bullicioso de placer. Elena se entregaba a él más que con pasión con verdadera rabia. No quería quedarse sola un instante, y para evitarlo intentaba nuevos pretextos y correrías, derrochaba a manos llenas las rentas cuantiosas que Cirilo le entregaba cada trimestre. Naturalmente, no había mujer más mimada, más agasajada de sus amigos. Todo el mundo estaba pendiente de su sonrisa, de sus gestos, de su apetito y no se escatimaban los medios de divertirla y aun aturdirla.

Así transcurrió un año. Al cabo, aquella vida, más que agitada, febril, agotó sus nervios. Acometiole un decaimiento físico y moral que en vano trataron de combatir los que a la continua la rodeaban. El primero que sintió los efectos de este desmayo fue Núñez. Hasta entonces Elena había sido con él, si no extremadamente afectuosa, a lo menos complaciente, risueña, generosa, una querida agradable en suma y que le realzaba en la sociedad que frecuentaban. A última hora empezó a mostrarse fría, exigente, caprichosa y sobre todo a sentir una extraña melancolía que la tenía horas enteras taciturna, sin poder arrancarle ni una sonrisa ni una palabra. Elena empezó a meditar. Aquella cabecita ligera, evaporada, principió a darse cuenta vagamente del carácter de la gente que la rodeaba, sobre todo del carácter de su amante. Este había principiado por mostrar con ella un desinterés desdeñoso, susceptible, que aun haciéndola sufrir un poco no dejaba de lisonjearla en el fondo. Hasta tal punto parecía celoso el pintor de su dignidad que no podía hacerle el más corto obsequio sin que al día siguiente se viera regalada con otro de más precio. Sin embargo, con el tiempo fue cambiando este modo de ser, se dejó mimar y regalar sin protesta, comía casi a diario en casa de ella y aceptó por fin que Elena abonase los gastos de un viaje que hicieron por Francia y Alemania. Duró cerca de dos meses, se gastó por largo, y la galantería de Núñez sufrió en el curso de él bastante menoscabo. La vida íntima, marital, descubrió a los ojos de Elena los puntos negros de aquel temperamento tan jovial y simpático en sociedad. Dominante unas veces hasta la brutalidad, otras incisivo y cruel y casi siempre egoísta, hacía recordar a Elena la paciente dulzura de su marido, aquella galantería nunca desmentida, aquella protección paternal que tanto calor daba a su corazón. Elena no era mujer de pasiones ardientes; poseía un temperamento infantil; la gran necesidad de su vida era la de ser mimada. Defraudada en este impulso de su naturaleza y no sabiendo fingir, pronto empezó a mostrar a Núñez un claro desvío. Cuando habían llegado de Alemania, a fines de octubre, estaba harta ya de aquel hombre.

Si no rompió con él abiertamente fue por miedo no tanto hacia él como hacia la camarilla que le rodeaba. Sentíale apoyado por todas sus amigas y creía la inocente de buena fe que si le despedía éstas se despedirían también y volvería a quedarse sola. ¡Buena gana tenían de hacerlo! Aquellas amiguitas la utilizaban lindamente. Comían bien en su casa, asistían al teatro en su palco, iban a paseo en sus coches y además de vez en cuando le tomaban algún dinero prestado. La condesa de Peñarrubia se lo había pedido dos veces, una seis mil pesetas y otra diez mil para un negocio seguro según decía. De todos modos Elena no volvió a ver su dinero. Últimamente al regresar de Alemania Marcela vino a proponerle que comprase acciones de una mina de plata que su amigo común el vizconde de las Llanas poseía en Albacete. Se trataba solamente de un desembolso de veinte mil pesetas que antes de un año se convertirían en cuarenta mil. Elena no las tenía en aquel momento, pero no las hubiera entregado aunque las tuviese. Había entrado ya la desconfianza en su espíritu. Esta desconfianza se hizo más viva cuando observó el mal humor que mostró Núñez al conocer su negativa. No pudo menos de sospechar, viendo su gesto de contrariedad, que Marcela y él estaban en connivencia. Tal sospecha, que el recuerdo de otros incidentes autorizaba, convirtió su desvío en desprecio. Pocos días después se vio precisada a guardar cama; la fatiga del viaje y las comidas de hotel habían estropeado su estómago. Mientras estuvo enferma meditó mucho: la fiebre exaltaba su imaginación, exacerbaba su aburrimiento, hacía crecer los agravios que creía haber recibido de su amante. Cuando se levantó del lecho estaba decidida a romper sus relaciones con él. Se hallaba harta de aquel sinapismo. Se quedaría sola, trasladaría su residencia al extranjero, entraría en un convento, tomaría otro amante, ¡todo, todo menos continuar unida a aquel pomito de ácido nítrico! Sin decirle una palabra ni avisar tampoco a ninguna de sus amigas, en cuanto se sintió con fuerzas para ello se trasladó un día al Sotillo. Desde aquí había escrito a Núñez una carta anunciándole que estaba resuelta a cortar el lazo amoroso que los unía. No queriendo decirle el motivo real que a ello le impulsaba y no siendo extremadamente hábil en el género epistolar, se perdía en una serie lamentable de frases sin sentido, reticencias y exclamaciones inútiles. Cuando leyó la carta antes de enviarla comprendió que no estaba bien, que todo aquello era ridículo. Sin embargo no quiso escribir otra. Alzó los hombros con desdén y exclamó sonriendo maliciosamente:—«¡Bien está! Que lo tome como quiera.»

En el Sotillo sintió los únicos momentos de sosiego que había disfrutado desde hacía quince meses. Una dulce melancolía penetraba en su alma al contacto de aquellos sitios donde tan feliz había sido. Le parecía que su dicha no había muerto, que aún estaba allí guardada esperándola. Vagamente soñaba con ver surgir del parque la gran figura atlética de su marido y escuchar su risa sonora. No era posible, no, que todo aquello hubiera muerto para siempre. Recorría la casa, se tendía sobre el sillón de lectura de su marido, escrutaba el parque, daba de comer a las palomas y esperaba. Una esperanza irracional pero no por eso menos poderosa se había apoderado de su alma en aquellos cuatro días; sentía la impresión del que se halla soñando una siniestra pesadilla y guarda la conciencia de que lo es y no tardará en despertar. No había subido al pueblo, nadie había venido a visitarla ni aun sus mismos parientes, acaso porque no supieran que estaba allí. Sin embargo, aquella excitación placentera que acude siempre en toda convalecencia como una resurrección de la vida comenzaba a ceder. El cuervo de la soledad y el desconsuelo comenzaba a batir ya las alas negras sobre su frente. Aquella pequeña y tersa frente de estatua griega sentía su sombra y se obscurecía.

Elena dejó escapar un suspiro, apartó sus ojos extáticos del horizonte y se alzó del asiento. Miró el reloj de la chimenea: eran las once. Tomó el quitasol y bajó al parque. Hasta entonces no había salido de él, satisfecha de recorrerlo en todos sentidos, de tocar sus flores, de acariciar sus árboles y sentarse largas horas en el gran cenador leyendo una novela. Ahora le había entrado curiosidad de verlo todo, un deseo vivo de espaciarse por el campo imitando a su cuñada Clara. De buena gana hubiera tomado una carabina como ella. Entró en el bosque y lo atravesó con pie ligero: la sombra espesa aún de su follaje la sofocaba. Cuando los árboles se enrarecieron dejando paso a los rayos del sol se detuvo un instante y respiró a plenos pulmones con la sonrisa en los ojos. Y ya más libre y tranquila siguió caminando lentamente entre las encinas y chaparros hasta tocar en los bordes de la laguna. Una lancha estaba amarrada a la orilla: saltó sobre ella con alegría y no habiendo remos se balanceó un rato gozando la grata impresión de hallarse a flote. ¡Lástima de remos! Si los tuviera se habría lanzado al medio segura de no haber olvidado aún su manejo. Con pesar volvió a saltar a tierra. Un poco más allá vio la columnata del vetusto cenador derruido, atravesó el puente brincando sobre los agujeros que habían dejado las piedras desprendidas y se sentó entre la maleza de los espinos y acacias que lo envolvían. Se acordó del último banquete que allí se había celebrado. ¡Qué feliz, qué inocente era entonces! ¡Cuán poco podía presumir lo que le aguardaba! La frente arrugada, los ojos serios, volvió a pasar el puente y marchó por el monte a paso más vivo. Los árboles se hicieron cada vez más raros y más bajos, la maleza obstruía los senderos. En algunos sitios libres crecían el tomillo y el romero. Acometida de un fuerte enternecimiento al recuerdo de su marido arrancó algunos puñados y se los llevó a la nariz con los ojos mojados de lágrimas. Pero allá más lejos una columnita de humo blanco se elevaba hacia el cielo. Sin darse cuenta marchó hacia ella, pero cerca ya se detuvo vacilante. En torno de una hoguera donde ardían hojas y ramas secas se hallaban de pie y fumando algunos pastores y mozos de labranza. Quiso volverse acometida de una vergüenza inexplicable, pero ya la habían divisado y el tío Leandro venía hacia ella con el sombrerete en la mano.

—Buenos días tenga nuestra ama, ¡buenos días! Ningún pájaro hay aquí más alegre cuando sale el sol que nosotros lo estamos viéndola por sus posesiones, mi señora.

—Gracias, gracias. Todos están buenos, ¿verdad?—profirió Elena con extraña timidez y deseos de volverse.

—La salud es la riqueza del pobre. Viene el agua, viene la escarcha, calienta el sol hasta quemarnos, pero todo eso no nos quita de dormir a pierna suelta y comer lo que hay con apetito.

—Pues lo demás vale bien poco—murmuró Elena con un suspiro.

—Ya teníamos viento de que había llegado la señora y que había estado un poco enferma...

—Sí, sí... he estado enferma, pero ya estoy bien—respondió con un poco de impaciencia.

Los pastores y los mozos se habían ido acercando lentamente, todos con sus sombreros en la mano, avergonzados y confusos con una estúpida sonrisa estereotipada en el rostro. Elena estaba más confusa que ellos.

—¿Y los rebaños han crecido?—preguntó haciendo un esfuerzo por recobrar su aplomo.

No, los rebaños no habían crecido. El ganado lanar estaba de baja. Una enfermedad maligna había entrado por las ovejas y se había llevado muchas. En cambio las vacas tenían unos terneros muy lucidos. El pastor de las vacas trató de llevar a la señora para que los viese, pero ésta manifestó que no tenía tiempo: por la tarde o al día siguiente los vería.

—¿A que no sabéis por qué viene la señora en este tiempo?—preguntó con increíble finura y sonriendo con una boca que le llegaba de oreja a oreja el zagalón Felipe.

Nadie respondió. El tío Leandro dirigió hacia él los ojos con inquietud.

—Pues a recoger la bellota—profirió rotundamente después de haberse gozado en tenerlos unos instantes suspensos.

—¡Celipe, Celipe, no seas burro!—exclamó el tío Leandro con acento severo.

—¡Anda!—replicó Felipe encrespándose—. ¡Pues poco que se recreaba el amo el día de San Eugenio viéndonos cargar con los costales llenos y emborrachándonos dimpués! Bien seguro que allá por las Américas no se reirá tanto ese día como aquí se reía.

Las mejillas de Elena enrojecieron al oír mentar a su marido. El tío Leandro, que algo sabía a qué atenerse sobre el viaje de don Germán, clavó una mirada iracunda sobre el bárbaro zagal y se le vieron intenciones claras de arrojarse sobre aquel «piazo animal».

De esta confusión vino a sacar a Elena una voz que sonó a su espalda.

—Estoy convencido de que hubiera podido ser un gran explorador de tierras vírgenes. He llegado hasta aquí perfectamente sin planos y sin brújula.

La sangre de Elena se agolpó a su corazón dejando las mejillas pálidas.

—¿Verdad que ni Marco Polo ni Magallanes lo hubieran hecho mejor que yo?—dijo Núñez avanzando hacia ella con la mano extendida. Su rostro pálido de barba partida sonreía con la acostumbrada expresión irónica. Elena no pudo reprimir un gesto de disgusto, pero recobrándose súbito le tendió la mano con un esbozo de sonrisa.

—¡Ya, ya! Hay que darle a usted una condecoración por su audacia.

—La fortuna nos ayuda siempre a los audaces—replicó el pintor recogiendo la intención que parecía desprenderse de las palabras de Elena. Y echando una mirada en torno:—¡Pero ésta es una escena de la antigüedad griega! Penélope sale de su palacio, recorre sus dominios en la rocosa Itaca, encuentra a Eumeo y sus zagales celosos guardadores de sus manadas de puercos, y departe con ellos.

—Escena que usted ha venido a interrumpir con su figura y sus aires modernistas—dijo Elena sonriendo, pero con voz ligeramente cambiada.

—La hospitalidad es la única virtud que resplandece en los poemas griegos. Soy un pobre viajero que cansado y hambriento viene pidiendo una tarima donde descansar y pan para satisfacer su apetito.

—Vamos en busca de la tarima—manifestó Elena secamente y echando a andar con una resolución que sorprendió a Núñez. Este, antes de seguirla, se volvió hacia los pastores:

—¡Salud, amigos! Seguid cuidando fielmente de los puercos de vuestro señor.

—Aquí no ha habido puercos, caballero, hasta el día de hoy—respondió el tío Leandro gravemente.

Núñez le clavó una mirada insolente y escrutadora. El viejo pastor la sostuvo sin pestañear. El pintor se emparejó con la dama exclamando con risita irónica:

—¡Parece que Eumeo sigue aborreciendo como antes a los pretendientes!

Elena no dijo nada y siguió caminando con paso vivo hacia la casa. Una cólera sorda rugía dentro de su pecho y tenía miedo de dejarla estallar donde pudieran verla. Es decir que aquel hombre no sólo no había hecho caso de la resuelta despedida que le daba en su carta, sino que llevaba su osadía hasta presentarse en el Sotillo. ¡En el Sotillo, donde después de la marcha de su marido no había puesto ella misma los pies por temor de cometer una profanación! Elena tenía un corazón tierno, inocente, pero un carácter impetuosísimo que los mimos de su marido y de la gente que la rodeaba desde hacía algunos años no habían atenuado. Estaba acostumbrada a que sus caprichos fuesen ley. Mientras el pintor se mostró sumiso y cariñoso obtuvo de ella cuanto quiso; mas así que por la confianza dejó su actitud rendida y mostró su verdadero carácter frío y egoísta, instantáneamente nació en ella una violenta rebelión. Núñez se había equivocado de medio a medio con ella. Pensó dominarla a fuerza de sarcasmos y lo que éstos produjeron fue un incendio de ira muy difícil de apagar.

—Penélope era la más amable de las mujeres, al decir de Homero, y sabía encontrar para todos una palabra cortés y una sonrisa graciosa. ¿Es que con el tiempo se ha convertido en una viejecita huraña y gruñona?

Elena guardó silencio. Núñez siguió bromeando unos instantes; pero viendo que no lograba arrancarle una palabra, despechado, concluyó por imitarla y dejarse conducir hasta la casa. Al llegar a ella Elena subió a sus habitaciones. Núñez la siguió.

—¿No has recibido mi carta?—le preguntó rudamente así que puso el pie en su saloncito.

—Las malas noticias llegan siempre—respondió Núñez.

—Entonces, ¿qué vienes a hacer aquí?

—A buscar una explicación. Tu cartita tiene más clara la letra que el espíritu. No te ofenderás si te digo que nunca serás la émula de madama de Sevigné.

—¡Ah! ¿No la has entendido? Pues entonces hay que convenir en que estaba demasiado bien dorada la píldora. No necesitabas tanto.

—Será porque yo no entienda tanto de píldoras como tú.

Elena se puso roja. Aquella alusión a su nacimiento la hirió en lo más vivo. Hizo un esfuerzo para reprimirse y dijo con calma:

—Nuestras relaciones, Gustavo, no pueden ni deben continuar. El lazo que nos une, como tú comprenderás, nada tiene de sagrado y poco importa romperle un día u otro si al cabo se ha de romper. Tú has sentido un capricho: yo también. Solamente que a nosotras las mujeres estos caprichos nos salen siempre más caros. Me parece que es bastante. Despidámonos como buenos amigos.

—¿Es que ya no te gusto?—preguntó el pintor cínicamente clavándole sus ojos verdosos chispeantes de malicia.

Elena le miró fijamente sin turbarse y alzando los hombros profirió con displicencia:

—Tienes demasiado talento para mí.

Núñez guardó silencio unos instantes, sacó un cigarro, lo encendió y arrellanándose con toda comodidad en una butaca dijo:

—Siempre he sospechado que el talento me había de perder. Es realmente un exceso, lo comprendo, pero bien sabe Dios que no pocas veces me he prosternado diciéndole: «Señor, no hay que exagerar. ¿Por qué me has dotado de tantas facultades y has dejado desmantelados a muchos ministros, profesores y académicos a quienes hacen más falta que a mi?» No seas injusta, Elena. Compadécete de mí. ¿Piensas que es una ganga el tener talento en España?

Elena no estaba para bromas. Escuchó con indiferencia lo que su amante le decía y sin responderle abrió el balcón y salió a la terraza. Núñez la siguió. Ambos se reclinaron sobre el antepecho y guardaron silencio unos momentos. Entonces Núñez, a quien su táctica habitual no valía, se puso serio, habló de su amor, de los felices instantes que juntos habían pasado en sus viajes, le hizo ver que aquella fatiga moral que parecía sentir era engendrada por la fatiga física. En cuanto se repusiera del todo volvería a ella la alegría, que era su estado natural, el tesoro de más valía con que la naturaleza la había dotado. Un poco de debilidad, un pequeño desequilibrio nervioso nos hace ver el mundo como un pozo; pero descansamos, nos fortalecemos y el mundo vuelve a ser el mismo, un venero de goces para quien posee hermosura, dinero y un carácter jovial y feliz como ella...

Era ya tarde. El alma de Elena, conmovida, llena de melancolía por la influencia de aquellos sitios, donde se había deslizado su infancia, donde había gozado después unos años de felicidad inefable, no podía responder al llamamiento brutal de la pasión. La ironía, la malignidad, el ingenio de su amante, que al principio la habían cautivado, ahora le causaban aversión y hasta desprecio. Sin abrir la boca hacía signos negativos con la cabeza, mirando fijamente al horizonte azulado. En vano Núñez derrochó su ingenio para convencerla, en vano apeló después a las súplicas ardientes, a los dictados cariñosos. Nada, nada, el mismo inflexible signo negativo respondía constantemente a sus argumentos y a sus quejas.

Al bajar los ojos una de las veces Elena creyó ver algunas palabras escritas sobre el mármol del antepecho. Bajó un poco más la cabeza y las leyó. Súbitamente acudió la sangre a su rostro, poniéndose roja como una brasa; inmediatamente pálida. Se irguió con extraño ímpetu y mirando al pintor con ojos extraviados le dijo:

—Tenga usted la bondad de salir por un momento. Me siento mal.

Núñez la miró sorprendido: su actitud y sobre todo aquel tratamiento ceremonioso que nunca había usado si no es en público desde que se hallaban en relaciones le dejaron estupefacto. Y como no se moviera, Elena exclamó con impaciencia:

—¡Me siento mal! ¡me siento mal...! Haga usted el favor...

Señaló imperiosamente a la puerta.

—¿Qué te ocurre? ¿Quieres que llame? ¿Quieres que vaya a avisar al médico?

—¡Salga usted... salga usted!

Núñez obedeció al fin. Sin consideración alguna en cuanto traspasó la puerta, Elena dio vuelta a la llave. Luego vino en dos saltos al antepecho y volvió a leer las tres palabras que su marido había escrito con lápiz la noche aciaga en que se apartó de aquellos lugares para siempre. Estas palabras decían: «Acuérdate de mí.» Elena cayó de rodillas.

—¡Sí, sí, Germán de mi alma, esposo mío, me acuerdo de ti, y me acordaré mientras me quede un soplo de vida! ¡Dios mío, Dios mío!, ¿qué es lo que he hecho?

Y la infeliz apretaba sus labios contra el frío mármol y regaba la inscripción con sus lágrimas.

XIX

FIEROS DESENGAÑOS DE TRISTÁN

Tristán se había ido después de almorzar al café según costumbre. Clara en el comedor jugaba con su niño y éste con el perro. El niño había envejecido terriblemente desde la última vez que tuvimos el gusto de verle, que fue, si la memoria no nos es infiel, en el día feliz de su nacimiento. Podría tener ya unos diez y seis meses, mal contados. El perro era mucho más provecto. Aquel Fidel, feroz corredor de conejos y de ánades, hacía ya largo tiempo que estaba jubilado. Su ama al casarse le había traído del Sotillo concediéndole un honroso descanso, al cual ya tenía derecho por sus dilatados servicios. La vida regalona y sedentaria le hizo echar un poco de tripa como esos militares a quienes el ministro premia concediéndoles una plaza en el ministerio o en el Consejo Supremo y al cabo de dos años no pueden meterse el uniforme, porque les estallan las costuras y les saltan los botones. Si le hablaban de las perdices y los conejos hacía un mohín de disgusto y movía el rabo con impaciencia como si tratase de pasar a otro asunto. Las perdices y los ánades eran para él cuentos del tiempo viejo, calaveradas de la juventud; que le dejasen de romanticismos y le hablasen de las buenas siestas al pie de la chimenea y de los buenos platos de cocido con desperdicios.

Pues a pesar de la diferencia de edad Fidel y Paquito (que éste era el nombre del infante) parecían amigos íntimos y se llevaban bastante bien. La experiencia del uno hacía contrapeso a la natural irreflexión y fogosidad del otro. Algo debía de sufrir con ello el veterano sabueso. Cuando Paquito se ponía guasón lo era de todas veras: le tiraba bárbaramente de las orejas, le tapaba el hocico y hasta llegaba en ocasiones ¡oh sutil refinamiento de crueldad! a meterle los dedos por los ojos. Pero Fidel sabía zafarse de estas vejaciones y cuando advertía que su camarada mostraba tendencias a ponerse pelma se largaba pian piano moviendo el rabo hacía la cocina dejándole en la más espantosa soledad. En cambio se aproximaba demasiado cuando Paquito tenía entre manos y boca algún pedacito de pastel o una galleta. Entonces, si el amiguito se hacía el remolón y no se apresuraba a compartir con él la golosina, arrimaba el hocico y, no se la arrancaba violentamente, que esto no cuadraba a su educación ni a su carácter diplomático, pero con sutileza increíble se insinuaba, se insinuaba; principiaba por lamer tímidamente el pastel y concluía por abrir con extrema delicadeza la mano del niño y engullírselo. Hecho lo cual, siempre prudente y previsor, se eclipsaba. Paquito, viéndose estafado, ponía el grito en el cielo.—«¿Quién ha sido, rico? ¿Quién te ha llevado el pastelito?—exclamaba su niñera.—¿Ha sido el Fidel? Vamos a pegarle con el látigo.» ¡Dónde estaba ya el Fidel! En un buen rato no se le veía por ninguna parte.

Clara jugaba con su niño teniéndole en brazos, mientras éste sujetaba con sus tiernas manecitas las orejas del Fidel. Eran los grandes placeres de la gentil hermana de Reynoso, casi puede decirse los únicos. Desde el grave disgusto que aquél había sufrido y su marcha repentina, apenas había vuelto al teatro por temor de encontrarse con Elena; no asistía a ninguna tertulia, ni había tomado en manos la escopeta para cazar. El verano lo habían pasado en Santander. Además, a pesar de las instancias de Tristán, que no veía ya la necesidad, persistía en amamantar a su hijo y se empeñaba en hacerlo hasta que cumpliese los veinte meses. Esto la sujetaba mucho a la casa, pero nada le costaba. Sentía tal voluptuosidad penetrante teniendo a su hijo colgado a sus pechos, mirándola con ojos graves, acariciándole la cara con su manecita mientras saciaba ávidamente el apetito, que no cambiaría aquellos momentos por todos los goces de la tierra. ¿Por ventura se refugiaría la joven esposa en el amor maternal con tanto ímpetu para consolarse de algunas decepciones conyugales? No es fácil decirlo. Seguía tan enamorada de su marido como el primer día de casada; pero Tristán no había respondido a sus anhelos de dicha y amor. No es que se mostrase con ella despegado; al contrario, ordinariamente más que marido era un amante fogoso y rendido, pero las desigualdades y suspicacias de su genio la hacían sufrir bastante. No había instante seguro con él. En medio de una expansión placentera, cuando fluían de la boca de ambos alegres carcajadas, de pronto aparecía una arruga en su frente, quedaba repentinamente grave, luego sombrío y comenzaba a pensar y hablar de las desgracias que en pos de tales alegrías le podía aportar el Destino. ¡Si se muriese aquel niño! ¡Si Clara se quedase ciega como Visita! ¡Si él se arruinase y quedasen en la miseria sujetos a pedir limosna! ¡Si cualquiera de los dos enfermase y se viese obligado a permanecer en la cama paralítico como tal o cual persona de su conocimiento! La vida nunca trae consigo más que sorpresas desagradables. La vida es esencialmente instabilidad y dolor. ¿Cómo es posible pensar en la alegría y la paz aquí donde nada permanece, donde todo está sujeto a un cambio irresistible? Y se lanzaba inmediatamente al análisis y a la exposición de los dolores del mundo dejando a la pobre Clara con el corazón apretado y ganas de llorar. La pobre mujer estaba harta ya de las verdades santas del budhismo, de la verdad santa sobre el dolor. «El nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con lo que no se ama es dolor, la separación de lo que se ama es dolor», etc.

«Pero Tristán—le decía ella cuando ya no podía más—, el temor de las desgracias multiplica nuestro sufrimiento. Yo creo que ese temor nos hace padecer aún más que la misma desgracia cuando llega. En la vida hay muchos disgustos, es cierto, pero entre unos y otros Dios nos concede algún respiro y si lo aprovechásemos para ser felices, para vivir alegres, acaso las calamidades nos hallaran más fuertes y pudiéramos soportarlas mejor y sabríamos cuando llega la ocasión mostrarnos valerosos como mi hermano, que no ha sido ante su desgracia ni un cobarde ni una fiera.»

Clara estaba orgullosa de su hermano. Este orgullo inspiraba celos a Tristán, que se sentía humillado. Aunque tenía la consideración de no contradecir estas expansiones del cariño fraternal guardaba, cuando estallaban, un silencio desdeñoso, y este silencio hería a su vez a Clara.

Se hallaba, pues, ésta jugando con su niño como se ha dicho cuando apareció el criado anunciándole que había a la puerta un caballero que deseaba visitar a los señores.

—¿No le has dicho que el señorito ha salido?

—Sí señora, pero me ha dicho que estando la señora es igual.

—¿No te ha dado su tarjeta?

—No señora.

Clara vaciló un instante, pero al cabo dijo alzando los hombros:

—Está bien; pásalo al salón.

Y entregando su hijo a la niñera fuese a ver quién era el visitante. Cuando puso el pie en el salón una ola de rubor subió a sus mejillas. En medio de él, grande, colosal, más colosal aún que antes, se hallaba el marquesito del Lago. Este se puso también fuertemente colorado al verla. Se saludaron afectuosamente, pero ambos extremadamente embarazados. Clara pensaba en los celos tan infundados, tan pueriles que Tristán sentía de aquel chico. El marquesito no podía menos de recordar la escena del día de la boda, cuando un poco ebrio había soltado algunas palabras inconvenientes delante de un corro de señoras. Sin embargo, no tardaron en recobrar su aplomo. Nanín era el mismo niño grande, un poco más grande, un poco más moreno. Su mamá le había tenido cerrado aquellos dos años en una finca enorme, solitaria, de la provincia de Badajoz, sin salir más que una que otra vez a la capital en tiempo de ferias o cuando algún negocio lo requería. Pero al fin le había dejado venir a Madrid para asistir al matrimonio de un primo hermano suyo y aquí estaba desde hacía cuatro días.

—No se habrá usted aburrido mucho, sin embargo, porque me han dicho que por allí hay caza abundante.

¡Oh, Dios mío! ¿Caza? Cuanta se quería y de todas clases, mayor y menor. Inmediatamente el marquesito, puesto ya en el disparadero, se lanzó a una serie interminable de descripciones cinegéticas, de aventuras maravillosas, de lucha espantable con los jabalíes. En todo cazador por honrado que sea dormita siempre un embustero. Cuando despierta cuesta trabajo dormirle. Clara lo sabía, pero así y todo se hallaba arrobada escuchándole. La boca se le hacía agua viendo desfilar por delante de su vista aquellas legiones de perdices, aquellos ejércitos innumerables de conejos, aquellos venados corredores y jabalíes feroces. ¡Ay! ella no había tenido el gusto de tirar a un jabalí. ¡Cuánto apetecía encontrarse frente a uno!

—¿Sí? Pues no tiene usted más que venirse a pasar unos días con nosotros y yo le haré matar una docena de ellos. ¡Poco gusto que le daría a mamá verles a ustedes por allá!

—¿Pero, Nanín, no sabe usted que tengo un niño y que le estoy criando?—exclamó ella riendo.

—¿Y eso qué importa? Se lleva al niño y la servidumbre que ustedes necesiten. Tenemos casa para alojar dos familias numerosas... ¿Y dónde está ese niño? Quiero verle—añadió con su franqueza y aturdimiento habituales.

Clara hizo traer a su hijo. El marquesito le alzó entre sus manos de gigante y le zarandeó un rato con no poca alegría del infante, que soltaba carcajadas y se agarraba a sus orejas con igual confianza que a las de Fidel. Entre aquellos dos niños el uno grande y el otro chico nació súbitamente una tierna simpatía. Cuando la niñera quiso tomarle de nuevo en brazos Paquito se resistió fuertemente, persistiendo en agarrarse al cuello del marqués, que entusiasmado con tal preferencia no cesaba de acariciarle y divertirle con todo el repertorio de sus payasadas.

—Este niño tiene que ser un gran cazador. ¡Mire usted qué manos, Clara! Verá usted... es capaz de alzar una silla en peso.

Y le hacía coger con sus manecitas una silla y le alzaba con ella sin que el chico la soltase.

—¿No lo decía yo? Bastaba ver estas muñecas. ¡Tan fuerte como su mamá! En cuanto pueda coger una escopeta me lo llevo a la dehesa. Ya verá usted qué buena cuenta da de las perdices.

—¡No, no, me lo va usted a fatigar demasiado!—respondió riendo la mamá, entusiasmada por la perspectiva de ver a su hijo hecho un hombre y en traje de cazador.

—¡Qué se ha de cansar! Le montaremos a caballo. Además allí no se necesita andar mucho para hallar las perdices. Desde el balcón de mi cuarto las veo muchas mañanas.

—¡Oh, qué gusto! ¡Qué bien estaría yo allí!

—Si viviera usted allí, mientras el niño echaba un sueñecito podía disparar media docena de tiros y traerse en el morral otras tantas perdices.

El marquesito seguía fantaseando, pero esto le hacía gozar. Clara también hallaba deleite en aquellas exageraciones convenidas ya entre cazadores. Así se estuvo un largo rato de visita, alternando las narraciones cinegéticas con los juegos de Paquito que a cada instante hallaba más de su gusto el nuevo camarada que le había salido. Al cabo se despidió con no poco pesar del chiquillo, a quien dejó llorando. Clara también había pasado un rato agradable. Hacía ya tiempo que nadie le hablaba de caza y sintió renacer dentro de sí aquella antigua afición que la dominaba. Pero cuando el criado cerró la puerta, cuando oyó al marquesito gritar aún desde la escalera: «Muchos recuerdos a Tristán: dígale usted que ya le veré uno de estos días», entonces nació repentinamente en su alma una inquietud. ¿Cómo tomaría su marido aquella visita? Dados sus celos rabiosos por aquel chico que tantos disgustos le habían costado, no podía menos de producirle un efecto desagradable. Entonces le pesó fuertemente de haberlo recibido. Pasó toda la tarde preocupada. A medida que el tiempo transcurría y se acercaba la hora en que Tristán solía regresar a casa su inquietud fue en aumento. No era una mujer nerviosa y fantástica, pero conocía ya bastante bien y a sus expensas el temperamento de su marido, para quien los granos de arena eran montañas y los céfiros violentos huracanes. Recordaba con terror su triste noche de novios y temblaba ante la idea de que se repitiesen aquellas escenas de desesperación y de lágrimas. Felizmente, hacía ya tiempo que Tristán no se mostraba celoso sino por fugaces intervalos. Si en la calle, en los tranvías o en los teatros la miraba demasiado algún hombre solía disgustarse y aun enfurecerse, pero todo aquello pasaba pronto con la ocasión que lo producía. Su vida retirada, el poco o ningún trato que últimamente tenían y sobre todo el carácter de Clara serio, tranquilo, sin asomo de coquetería habían concluido por infundirle sosiego sobre este asunto. Además, otros celos eran los que desde hacía tiempo embargaban su espíritu, los celos del oficio. Cada día se sumergía más y más en esa llamada vida literaria que consiste en maldecir de sus compañeros y vivir constantemente preocupado de lo que hacen. Las rivalidades, las intrigas, las minucias y ruindades de esta vida mantenían su espíritu en un estado de tensión dolorosa y en sus quebrantos y decepciones hallaba siempre la confirmación de sus teorías filosóficas.—«¡Oh, la vida!»—exclamaba cuando algún crítico no encontraba bonitos sus versos.—«¡Oh, la vida!»—cuando veía aplaudir la obra (estúpida por supuesto) de uno de sus amigos.

Cuando llegó a casa venía de un humor extremadamente sombrío. Clara, que iba a comunicarle la visita que había tenido, se sintió tan cohibida, tan paralizada al ver su rostro contraído que no se atrevió a hacerlo.

—¿Qué te pasa? ¿qué es lo que tienes?

Tristán se encogió de hombros sin responder, dio unos cuantos paseos por la estancia y al cabo como si hablara consigo mismo, más que dirigiéndose a su mujer: