Definiéndolos por sus características, Swift dijo que "el inglés es un animal político y el francés un animal social", y así era en esa época en que los poderes políticos estaban universalmente insumidos en los militares, y sólo en Inglaterra las instituciones comunales y la vida parlamentaria habían preservado la oportunidad política, que suscita las aptitudes políticas, al lado de la oportunidad religiosa, que había desalojado a las de la civilización grecorromana, de tal modo que la energía mental, encauzada en esos dos canales, sólo produjo caudillos y santos, castillos y conventos, la literatura caballeresca y eclesiástica. Y no existiendo la vida política en Francia, no había más posibilidades de aplicación para las aptitudes personales que la guerra, la devoción y la galantería, por lo que, a ellos como a nosotros, a la caída del viejo régimen, les faltaron las aptitudes para el nuevo, que no eran improvisables, porque se necesitan años, por lo menos, para deshacer o rehacer en el espíritu la obra de los siglos.
Viceversa, creando nuevas oportunidades para el pensamiento y la acción, se despiertan nuevas aptitudes, y la serie correspondiente de capacidades sin aplicación, encontrando abierta su vía, entra en actividad. Es lo que ha hecho la civilización liberal, aumentando progresivamente las profesiones instruidas, que eran sólo tres en la civilización cristiana: predicador, abogado y médico, y que hoy llegan a cincuenta y siete, según el cómputo de Hubbard.
Pero el caso más gracioso es el del Japón, al que los misioneros europeos trataban de convertir al cristianismo, pretendiendo que de él procedía la superioridad de las naciones occidentales, y que, en vez de eso, se convirtió él solo, en cuarenta años al liberalismo, declinando el ofrecimiento gratuito de las ciencias sagradas y de los instrumentos mágicos del Occidente, las biblias, los catecismos y las vidas de santos, las imágenes, las reliquias y los escapularios milagrosos para llevarse, en lugar de ellos, las ciencias profanas y los instrumentos mecánicos, y sobre la higiene y la despreocupación de la muerte, que ya tenía, implantó las escuelas, los laboratorios, los ferrocarriles, los vapores, los correos y telégrafos, compró acorazados, fabricó sabios, pólvora, cañones y fusiles a la europea, y derrotó a la santa Rusia por agua y por tierra, con milagros y todo.
Ni objetiva ni subjetivamente puede haber mejoramiento sin cambio del estado precedente. Y, en efecto, la circunstancia que más ha contribuido al adelanto de las sociedades antiguas, es la misma que determina en primer término el progreso de las modernas: lo que John M. Robertson, completando el concepto de Buckle, llama "la variación intelectual".
Los dos focos de la civilización americana, originados por la fertilidad del suelo en las dos regiones tropicales, con dos cosechas por año, aunque habían alcanzado a elaborar algunas construcciones permanentes, en templos, por supuesto, y a cierto desarrollo político y social, no habían llegado a ponerse en contacto, ni a difundirse mayormente, hasta la época del descubrimiento, por la falta del caballo, del buey, del elefante y del camello, que tanto contribuyeron en el viejo mundo a facilitar la circulación de los productos y de las ideas, y las invasiones que desempeñaron para la inteligencia humana el oficio destructor y fecundante a la vez, de las tormentas atmosféricas sobre el suelo.
Hallándose lejos y aisladas de todas las corrientes de la civilización antigua, y hasta que fueron puestas en contacto con ellas por la conquista romana, no entraron en la vía del progreso las poblaciones autóctonas de la Gran Bretaña, y hallándose las tribus helénicas en contacto con los egipcios y fenicios, y al mismo tiempo en aislamiento relativo por el Mediterráneo, que les permitía importar su cultura para implantarla y cultivarla en el propio suelo, bajo las propias instituciones políticas, tan semejantes a las teutónicas, en opinión de Freeman, como si procedieran de un origen común; en una situación excepcionalmente ventajosa para defenderse de los extraños y apropiarse sus adelantos, los griegos espigaron en los dominios ajenos, seleccionando los materiales existentes, para formar una nueva cultura superior a todas las concurrentes, que sus proscriptos, sus mercaderes y sus colonos llevaron al Archipiélago, a Italia, a Cartago y a Marsella, al Epiro y a la Macedonia, y los soldados de Alejandro al Asia y al Egipto.
Empezando con una organización política, social y militar que superaba en mucho a las ventajas de la situación geográfica de la Grecia, y beneficiados con sus progresos intelectuales, los romanos la subyugaron porque les había cedido su superioridad sin adquirir la de ellos, y adueñada de las más altas conquistas del entendimiento humano, Roma conquista en seguida todos los países circundantes, y se queda señora del mundo antiguo, colindando con la plena barbarie en todos los rumbos.
Se ha dicho que "ser el mejor entre los presentes es la manera más segura de empeorar", y, en efecto, el individuo se encuentra entonces en la situación de un cuerpo de elevada temperatura en medio de otros que la tienen baja. Cediéndole calor o cultura, y no recibiendo de ellos sino lo inverso, el enfriamiento o la incultura, no hace más que levantar la ajena, si acaso, y rebajar la propia. Es la conocida influencia del ambiente, particularmente notoria en el individuo de la ciudad que se hace campechano residiendo en el campo, y la del campesino que se urbaniza residiendo en la ciudad, la del maestro de escuela que, dando y no recibiendo instrucción, se embrutece en la noble y fecunda tarea de "desasnar a las gentes", pues, como el domador de bestias a quien algo se le pega siempre de las bestias, como el barrendero que se ensucia limpiando las calles, a fuerza de transmitir saber a los que no lo tienen, suele agotarse hasta quedar "ignorant comme un maître d'école", a menos de reponerse constantemente por el libro, las revistas y los periódicos, que desempeñan en nuestros días el oficio de las vestales antiguas, manteniendo inextinguible la actividad mental, que es el fuego sagrado de la civilización liberal.
La cultura moral depende, también, del ejercicio de la generosidad, el amor, la simpatía, la benevolencia, la ecuanimidad, la dulzura, la consideración para los padecimientos de los otros; que hacen el cultivo de las células o de las conexiones correspondientes en los órganos respectivos, y en la propagación del Evangelio por el sable, sin lástima para los sufrimientos de los herejes, los españoles la perdieron también para los de los fieles, y así nació la famosa crueldad, que conocieron y aprendieron los Países Bajos, la Italia y la América en ocasión de la conquista, la colonización y la emancipación. El trato de la ruda, y grosera tropa de antaño, en la vida de frontera y en la guerra contra los salvajes, rebajaba visiblemente la cultura de los oficiales, es del negro trato de los negros que proceden las peores grietas o depresiones morales de los norteamericanos, y ninguna profesión, ni la de carnicero, ha llegado nunca a degradar tan monstruosamente el carácter humano, como el Santo Oficio de la Inquisición.
Es que las agrupaciones humanas sacan su cultura del comercio intelectual, como los individuos educándose recíprocamente, y así cuando los romanos no tuvieron de dónde sacar o de quién adquirir nuevos instrumentos de cultura, teniendo de sobra en quienes degradar la propia, con los sesenta millones de bárbaros, incorporados a la sociedad romana como esclavos, y que, por lo pronto, redujeron a la mayoría de los hombres libres a la miserable condición de siervos o de clientes de los ricos, gobernando a los peores que ellos rebajaron su capacidad de gobernarse, en las circunstancias mismas en que una variación intelectual, de origen interno, empezaba a cambiar la orientación política que subordinaba el individuo al "servicio del Estado", por la ordenación teológica que lo subordinó al "servicio de Dios", sobre el mismo o a un mayor desconocimiento de lo que hoy llamamos los "derechos del hombre", más particularmente acentuado sobre esa vasta provincia de jurisdicción eclesiástica, que ha costado tanta sangre, lágrimas, atraso y miseria, y que, por ello precisamente, nuestra constitución declara "reservada a Dios y exenta de la autoridad de los magistrados".
Con la transferencia operada por Constantino, de la protección oficial y de las rentas y bienes del antiguo culto al nuevo, el cristianismo, cuya más genuina y completa forma es la perfecta esterilidad del misticismo, desaloja al helenismo y al filosofismo, y determina, efectivamente, una nueva actividad intelectual, de carácter especial, inhibitoria de toda otra, como el islamismo, que surge, más tarde, de la misma cepa judía, y también para secar o esterilizar como ésta y aquélla la fuente de que han brotado, a fin de quedar en la situación privilegiada del hijo único del entendimiento, monopolizando todas las facultades y las afecciones, heredero universal de los bienes, los mimos y los honores en la persona de sus tanto más celosos guardianes y adherentes; unicato intelectual que la revelación cristiana conserva hasta los tiempos modernos y la musulmana hasta el presente.
La uniformidad intelectual que estancó la actividad mental de los árabes en el apogeo de su grandeza, por la reducción a un común denominador, resultante de la circunscripción del pensamiento a una revelación inampleable, pesó también sobre los cristianos durante los diez siglos en que estuvieron obligados a la pasividad del creyente forzoso en otra revelación infranqueable, y que se caracterizaron por la más desesperante esterilidad, en todos los terrenos en que ha realizado adelantos portentosos el entendimiento moderno que pasó las fronteras del entendimiento antiguo; no franqueadas aún por los abisinios, los maronitas, los armenios, la inmensa mayoría de los rusos, más de la mitad de los españoles y los tres cuartos de los sudamericanos, todavía encerrados por la credulidad en el redil de la fe, mientras fuera de ella, el espíritu crítico ha logrado ya crear una fuente de renovación intelectual inagotable, cuya superioridad proviene, precisamente, de la circunstancia a que Brunetière atribuía su supuesta bancarrota: de su incapacidad para cerrar en ninguna dirección los horizontes del espíritu humano con una explicación definitiva e infranqueable.
Justamente, el impulso de la variación intelectual introducida por Mahoma, sacó a los árabes de las supersticiones del tiempo de Abraham, en las que estaban enquistados, y los llevó aún más arriba que los mismos cristianos que, en cierta época, tenían que ir a las universidades de Córdoba, Fez y Bagdad, para aprender lo que todavía se ignoraba en las suyas.
Pero, una vez pasados los efectos de la novedad, como decimos hoy, agotado y aquietado el sacudimiento intelectual producido por la nueva doctrina, con la conversión de los infieles a la nueva fe, en la que volvieron a enquistarse, sintiendo, pensando y obrando todos de la misma manera, a impulso de las mismas pasiones y las mismas esperanzas, siendo todos iguales por los componentes del espíritu, aunque diferentes por la condición social, como los diferentes ejemplares de un mismo libro en distinta encuadernación, rústica, media pasta, tela, pasta o cuero, con o sin cantos dorados, el comercio intelectual en el trato mutuo, quedó reducido a la confirmación recíproca de las supersticiones comunes, que así recalentadas se conservan en la tensión de fanatismo indurado, efecto que alcanzan en nuestros días los sacerdotes católicos con las misiones, las cofradías y las hermandades, y los protestantes con sus revivals.
En el fondo, fue una reedición sobre el Corán, de lo que los judíos habían realizado sobre el Talmud y los cristianos sobre la Biblia, crucificando a todos los que se atrevían a mirar el mundo sin las anteojeras confeccionadas por los respectivos profetas, para suprimir la originalidad, que es la fuente de diferenciación que origina el progreso. Y así, cuando Newton, viendo caer una manzana madura, vio en ello un motivo diferente de la voluntad de Dios, "se le acusó, dice White, de haber quitado a Dios la acción directa sobre su obra que le atribuye la Escritura, para transferirla a un mecanismo material y substituir la gravitación a la Providencia."
Como el Maestro había dicho: "buscad primeramente el amor de Dios y todo lo demás vendrá de yapa" el procedimiento cristiano del progreso consistía en llegar a la ciencia por la vía de la inocencia, haciendo la extirpación del pecado y la absoluta sumisión al Todopoderoso, para que, cesando el trabajo impuesto como pena a la desobediencia del primer hombre, y degradante por ello, el pan viniera del cielo, como el maná, y la sensatez bajara de las nubes, en forma de bendiciones del Altísimo. Con la idea de la redención de los pecados de los hombres por el sacrificio de un Dios, y de la expiación de la maldad por el sufrimiento y la oración, junto con la suposición de que los muertos están en mayores necesidades que los vivos, mereciendo, por lo tanto, más atenciones, la Iglesia buscaba en el cielo todo lo que la inteligencia humana viene encontrando en el suelo, por medio del pensamiento rehabilitado y del trabajo ennoblecido.
Y sobre ese plan, la maestra universal de cultura religiosa para las poblaciones semibárbaras de la Europa, a la caída del imperio romano, cegando todas las fuentes de nuevo pensamiento y los manantiales del antiguo, negándose a aprender nada en la ciega convicción de saberlo todo, confinada en el aislamiento intelectual de su propia doctrina, estancó en el culto de los muertos la cultura europea, y al influjo persistente del remanente de ignorancia y de barbarie correspondiente a la ausencia de las demás formas de cultura que ella misma había impedido, llevando en el pecado la penitencia, llegó a ser el más bárbaro de los poderes de Europa.
Y como la cultura musulmana no se había detenido aún en el choque de estas dos civilizaciones unilaterales, por la disputa del Santo Sepulcro, pudo verse que, en ferocidad y crueldad inútiles, los caudillos cristianos eclipsaron a los mahometanos, como los rusos a los japoneses en nuestros días.
Finalmente, en cuatro o cinco siglos más de suministrar alimento intelectual de una sola especie y sin permitir el cultivo de las otras especies, flagelando por piedad a la impiedad, al sobrevenir las incidencias intestinas de la Reforma, la maestra de cultura que durante diez siglos había enseñado mucho y no aprendido nada, aparece en un grado de barbarie intrínseca, no alcanzado en los tiempos antiguos y que empieza a ser motivo de asombro para las generaciones posteriores, que no pueden ya explicarse o entender a los vicarios del Redentor haciendo quemar vivos a los hombres y a las mujeres más virtuosos, desde Bruno hasta Juana de Arco, y abriendo de antemano y de par en par la Porta Coelum a los que se alistasen en las bandas de forajidos devotos para torturar hombres, mujeres y niños cristianos de distintas cofradías ad mayorem Dey gloriam.
La caridad y la crueldad, la piedad y la inhumanidad son hermanos gemelos en el Talmud, en la Biblia y en el Corán. La moral cristiana, orientada sobre el servicio de Dios, sólo podía mejorar a los hombres de ese lado, empeorándolos necesariamente del otro. Imponiéndoles el amor a Dios, a sus ministros y a sus partidarios y el odio a sus enemigos, era una fuente de bondad y de maldad a la vez, y, naturalmente más eficaz en lo segundo que en lo primero, perfeccionó los métodos y los instrumentos de martirio, creó el purgatorio y el infierno para torturar a los muertos y afligir a los vivos, y derramó a torrentes la sangre judía, la mahometana y la cristiana también, por meras diferencias en la interpretación de los textos o en la práctica de los ritos sagrados. Y el humanismo, que había tenido tan altos exponentes en Epicteto y Marco Aurelio, restringido a los correligionarios, vino a ser substituido por el sectarismo.
Como sus beneficios debían realizarse en el reino de los cielos, el objetivo de la moral cristiana era el mejoramiento de los hombres para la vida futura, y con la sumisión de los reyes, los nobles, los villanos, los siervos y los esclavos, los malvados y los locos, a la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia, quedaba cumplida su misión sobrenatural aquí abajo.
Y reducida la ciencia cristiana a la explicación de los hechos y de las cosas del mundo, por los textos sagrados y por la voluntad de Dios, ningún progreso era posible a menos de ocurrir un cambio, y ningún cambio era posible a menos de salir de ese callejón espiritual. Los primeros que lo intentaron fueron obligados a volver a la Escritura, como Galileo, o excluidos de la sociedad cristiana, terrible cosa en un principio, porque importaba la pérdida de todos los beneficios sociales, y que se ha vuelto innocua desde que ha llegado a ser más apetecible la sociedad de los excomulgados que la de los comulgados.
De todos modos, una nueva levadura de pensamiento se había incorporado al espíritu humano y el proceso de expansión mental, por ella iniciado tuvo que dirigirse a ensanchar la casa espiritual para alojar en ella a la nueva prole porque, fuera de ella, la vida era imposible. A esta necesidad respondió la secesión del protestantismo, rebelado contra la venta de indulgencias y la tiranía papal, y a la misma responde actualmente el modernismo católico, que encuentra en el Syllabus y en el Index un corset demasiado estrecho para su corpulencia, y que Pío X ha condenado, felizmente, pues, como el protestantismo, valdría sólo para retardar la emancipación de los que, no cabiendo ya con su bagaje mental dentro de los credos tradicionales, emigran del estrecho, obscuro y terrorífico hogar materno hacia los vastos, fecundos y luminosos dominios del libre pensamiento, como el ave que, una vez completadas sus alas, deja el nido y se lanza al espacio y al sol.
Y desde mucho antes de que estuviera construido el racionalismo—la nueva casa espiritual de la humanidad—se había venido diseñando una nueva moral, tendiente a poner las capacidades del hombre "al servicio del hombre", para la vida presente. No al servicio de "Dios y la Patria", como en las monarquías europeas; no al de "Dio e Popolo", como en el programa semirreaccionario de Mazzini, sino "con el objeto de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, consolidar la paz doméstica, proveer a la defensa común y asegurar los beneficios de la libertad para todos", como lo expresa por primera vez el preámbulo de la constitución de la libre América, sin invocar la protección de nadie, para no quedarle obligado.
Y al creciente influjo de la moral para este mundo, los deberes del creyente contra los enemigos de Dios empezaron a enfriarse y a ser cada vez más impracticables, cayendo en desuso, progresivamente, la hoguera para quemar brujas y purificar herejes, la cámara de tortura para arrancar confesiones y delaciones, la condenación sin pruebas en los delitos contra Dios, los in pace, las galeras y las lettres de cachet, hasta llegar a la tolerancia impuesta por los poderes humanos a los divinos, y continuar después con la libertad de conciencia, por la supresión de la censura eclesiástica, la secularización de los cementerios, del nacimiento, del matrimonio y de la enseñanza.
El progreso social, indiferente a la moral revelada que se propone el bienestar en el otro mundo por la abstinencia del bienestar en este mundo, es particularmente interesante a la moral humana, que se propone casi exactamente lo contrario, por cuya razón viene haciendo cesar progresivamente las iniquidades que aquélla había consentido o creado: la esclavitud, la servidumbre, los fueros, los diezmos y primicias, los privilegios hereditarios, el despotismo sacerdotal y el derecho divino, y levantando en su lugar el derecho y la justicia humanos que han obligado a los reyes a complementar la fórmula cristiana del poder: "por la gracia de Dios", con la fórmula racionalista: "por la voluntad del pueblo" y a las iglesias cristianas a ensanchar con un poco de ese "bienestar material", que el fundador consideraba incompatible con la "dicha celestial", el viejo programa de "bienestar espiritual", que es por lo menos igual en todas las religiones, desde que proviene de creerse, por la posesión de la verdad, en el camino de la salvación, mientras los demás están por la del error en la vía de la perdición, motivo de que todos los creyentes se sientan impulsados por la piedad a propagar sus propias creencias y a suprimir las ajenas, aunque sea matando, si pueden, a los que las profesan, pues lo propio de las religiones, dice Hubbard, es que "todos las consideran absurdas, salvo el que las cree"; seudo bienestar que por tantos siglos fue igualmente suficiente para cristianos, judíos y musulmanes, y que se torna insuficiente para los primeros en la medida en que el ejercicio creciente de la razón disminuye la credulidad y ensancha la sensatez humana.
Y cuando en el curso de la lucha secular del pueblo inglés para resguardar las personas y los bienes contra los abusos y las usurpaciones de los reyes, se llegó a establecer que "la casa del hombre es sagrada pudiendo entrar en ella el viento y la lluvia pero nunca el rey", empezó a destacarse una nueva inteligencia de las cosas, distinta de la que había creado ese carácter exclusivamente para "la casa de Dios" y para sus ministros y sus bienes, exentos de la jurisdicción y de las cargas comunes; tan distinta que viene precisamente subordinando la casa, los bienes y los ministros del Señor a la ley común, por la supresión de los derechos de asilo, de justicia propia, y de exención de impuestos y de cargas públicas, hasta someter a las mismas personas sagradas al servicio militar obligatorio; la inteligencia de la cosas humanas que, prescindiendo de las cosas divinas, ha hecho la inviolabilidad del domicilio, de la persona y de los bienes para todos los hombres, aunque sean herejes, incrédulos o extranjeros, y transferido las inmunidades personales de los representantes de Dios a los representantes del pueblo; y gracias a la cual "se ha vuelto repugnante a la humanidad el dogma de los castigos eternos que fue predicado por cerca de 2.000 años".
Donde el nuevo factor de capacidad humana y de amortización de las restantes formas de barbarie no pudo surgir o prosperar, no fueron éstas disminuidas por las formas correlativas de cultura, ni aquélla fue acrecentada, y el siglo de la libertad y de las luces, encontró sin ellas a la Rusia, el Austria, la España y la América española, rezagadas en la cultura y en la barbarie específicas de la Edad Media.
Mientras imperaron exclusivamente las civilizaciones cristiana y mahometana en el Mediterráneo, los constructores de iglesias y los constructores de mezquitas se equivalieron en capacidad y en moralidad, y se contrapesaron por espacio de más de ocho siglos en poder militar y naval, pero cuando fueron reencontrados los instrumentos perdidos de la cultura grecorromana, nuevas vías quedaron abiertas por ellos a la intelectualidad europea, que empezó a desviarse paulatinamente del canal teológico en que estaba encauzada, y por el Renacimiento artístico y literario, extendido progresivamente a la astronomía, la alquimia, la filosofía, la política, las matemáticas, la geografía, la historia, la pedagogía, las ciencias naturales y las ciencias sociales, se llegó poco a poco, después de quince siglos de concentración del pensamiento europeo sobre la revelación cristiana, con desperdicio de todas las aptitudes excluidas, a esta polifurcación de la energía mental, que permite el aprovechamiento de todas las capacidades y que llamamos la civilización moderna. Y a medida que al lado de la civilización supernaturalista que descansa sobre el poder de la oración y de las reliquias, nacía y crecía la civilización naturalista que descansa sobre el poder de los métodos y de las máquinas, mientras al mismo tiempo las naciones musulmanas quedaban rezagadas en la pura civilización religiosa, y sin venir a menos, sólo por quedarse hoy donde estaban ayer, venían siendo cada vez más impotentes contra la fuerza, la riqueza y la salud crecientes, de sus iguales de antaño, engrandecidas por las maravillosas revelaciones de la ciencia humana que han excedido en realidades a todas las fantasías de los cuentos orientales.
Y con las ideas y las invenciones que aumentan día por día el caudal objetivo de la humanidad; con éstas y con las escuelas que más particularmente aumentan el caudal subjetivo; con la prensa, el telégrafo, el correo, los ferrocarriles y los vapores que facilitan la difusión de entrambos, la diferencia de condiciones entre los que aprovechan y los que repudian su parte de beneficios en las materias de utilidad común, crece en proporción geométrica, a favor de los primeros y en contra de los últimos.
En resumen: en la moral pagana, cuyo fin era la glorificación del Estado bajo la angustia permanente del peligro exterior, el individuo tenía obligaciones en favor del Estado pero no tenía derechos contra el Estado; en la moral cristiana, que tiene por fin la glorificación de Dios, de su hijo y de la madre de éste, el individuo tiene obligaciones para con Dios y sus allegados, pero no tiene derechos contra Dios, ni siquiera contra sus representantes y delegados, pues, como lo dijo San Pablo, ningún descendiente de la arcilla tiene el derecho de quejarse contra el Supremo Alfarero, que fue dueño absoluto de hacer del mismo barro un vaso de honor o un vaso de noche. Y por último, en la moral que ha proclamado los derechos del hombre y que tiene por fin el bienestar de la especie humana, el individuo tiene deberes para el Estado y derechos contra el Estado.
La Argentina de la época de Rosas y la del presente, son dos países tan distintos como la Turquía y la Francia contemporáneas. Vélez Sársfield, que vivió en la primera, nos la ha esbozado en dos pinceladas: "Un caudillo mayor trae a otros caudillos a su jurisdicción y los cuelga en las plazas públicas. Establece entonces un sistema de tal esclavitud en aquellos pueblos soberanos, que los más altivos gobernadores sirven apenas para verdugos... Se vivía entre pavores, y cuando sonaba un cañonazo en Palermo, los hombres que recorrían las calles de esta ciudad se paraban temblando, como si fueran un peso inútil sobre la tierra".
El miedo fue el secreto resorte de las tiranías; el miedo fue el resultado de las supersticiones religiosas de la Sociedad Colonial, encarrilada en la obediencia habitual por el miedo crónico o consuetudinario a gobernantes de derecho divino, consagrados por el tiempo y por la Iglesia, que cesaron de improviso por la revolución y fueron reemplazados por directores accidentales que se aprovecharon del antiguo espíritu supersticioso. El nuevo poder revolucionario, constituido sobre la inteligencia política indesenvuelta, no resultó equivalente al antiguo y fracasó a poco andar; entonces reapareció la forma consuetudinaria sin el prestigio tradicional, que fue naturalmente substituido por una mayor dosis de terror. El usurpador se vio obligado a suplir la velocidad adquirida del hecho consentido, que es fuerza de una especie (y que falta siempre al hecho nuevo cuando no ha cambiado el ambiente), por una fuerza complementaria equivalente, de otra especie, que en nuestro caso fue designada con el nombre de "facultades extraordinarias". Así el terror crónico, que era bastante para el hecho crónico, se transforma en el terror agudo necesario para el hecho agudo.
Como el terror francés, el terror argentino salió de las circunstancias precedentes, continuándolas en diferente forma y medida. "No se suprime sino lo que se reemplaza"; y cuando se reemplaza con otra cosa de la misma especie, en diferente grado, "plus ça change, plus c'est la même chose".
Fuerza y miedo era el antiguo régimen colonial; más fuerza y más miedo fue fatalmente y de ordinario el régimen restaurado por Rosas. Un nuevo factor, y de otra especie, fue introducido después; digo uno porque sólo al influjo de éste han sido posibles los demás, no siendo viables en pueblos ignorantes y retrógrados la inmigración europea, la prensa libre, los ferrocarriles, los telégrafos, etc., etc. Y el más interesante problema de sociología argentina podrá ser planteado en estos términos: ¿por qué éramos todavía semibárbaros en la primera mitad del siglo pasado, después de 1.500 años de cristianismo forzoso, y somos ya algo más que semicivilizados con sólo 50 años de instrucción casi obligatoria?
* * *
Por supuesto, la civilización consiste en la economía de la vida y de los sufrimientos, y en el acrecentamiento correlativo de las amenidades de la existencia.
Aunque la teología no se propuso civilizar a los hombres para este mundo, (como la filosofía, la pedagogía, la política y la higiene), sino para el otro, los hombres le hubiesen resultado aún involuntariamente civilizados en éste; pero llevaba en sí misma el impedimento o los resortes inmorales, en una trastienda de monstruosidades ancestrales, bastantes para neutralizar y hasta superar en ocasiones a todos sus elementos y sus factores de cultura, aun en sus más altos representantes. Es legítimo suponer que sin la intervención de la filosofía griega y de la ciencia positiva, la pura civilización cristiana se habría mantenido semibárbara y absolutista, como la islámica. Y no es menos seguro que el cristianismo español, tal como fue introducido en América por los conquistadores, contenía más elementos diabólicos que divinos, más miedo que amor, más mal que bien, quitando a los hombres toda confianza en sí mismos y haciéndolos esclavos del terror.
Según las teorías modernas, que la experiencia diaria confirma, el individuo reproduce en compendio la evolución de la especie, de modo que, aun en las naciones civilizadas, todos empezamos la existencia en el estado mental del salvaje adulto, a la vez injusto y vengativo, que siente necesidades, apetitos, deseos y temores, y no conoce deberes ni responsabilidades; nos es naturalmente más fácil y accesible lo que tenga este carácter y no el opuesto toda vez que la ira, el odio, el terror, el alcohol o las lesiones cerebrales nos despojan accidental o permanentemente de la cultura adquirida y superpuesta,—con tanta mayor facilidad cuánto más débil o más reciente sea,—quedamos en la pura barbarie inicial, y asoma el salvaje que está siempre latente en el hombre civilizado.
Consiguientemente, lo que toda religión tiene de primitivo es lo que el niño puede entender y asimilarse inmediatamente; eso es lo concordante con su intelecto incipiente o primitivo, y en ello se quedará cuando otros factores no lo eleven a mayores aptitudes.
Viceversa, lo que una religión tenga de elevado y propio del más alto desenvolvimiento del espíritu, no podrá comprenderlo; y le pasará por elevación al niño y al pobre de espíritu, como aconteció en el experimento de los jesuítas, que elaboraron autómatas cristianos en las Misiones.
"Los chinos agasajan de preferencia a los dioses del mal, dice Beauvoir. Su máxima es: no cuidarse de la divinidad buena, puesto que es buena, pero propiciarse la mala que puede dañar". Se comprende bien que los dioses de los pueblos salvajes sean siempre malos, si se piensa que sólo en ese carácter son inteligibles o respetables para el niño los de los pueblos civilizados. "Tata Dios", que no tiene juguetes ni caramelos, y que se enoja con los niños malos o desobedientes, y los castiga, no se diferencia del "Cuco" sino en que éste hace siempre el mal, sin necesidad de enojarse previamente, porque es malo de profesión. También, si Dios no se enojase y no castigase, el niño no le haría pizca de caso. Y si no acostumbrase mandar cataclismos, terremotos, pestes, epidemias, etc., etc., para los remisos, tampoco darían mucho dinero para iglesias los creyentes adultos.
"Presentad al salvaje, dice Lecky, la concepción de un ser invisible, para ser adorado sin la ayuda de ninguna representación material, y será inhábil para entenderla. No tendrá fuerza o realidad palpable para su mente, y por lo tanto no podrá ejercer influencia sobre su vida. La idolatría es la religión común de los salvajes, simplemente porque es la única que sus condiciones intelectuales pueden admitir, y, en una forma o en otra, continuará hasta que esas condiciones hayan sido cambiadas". Cuando lo sean, la mente del semisalvaje será un almácigo de seres invisibles, que más tarde llegarán a ser incomprensibles, para el ex salvaje; es así como el progreso de las luces ha hecho increíble la brujería, y el testo sagrado, "no permitirás que una bruja viva", ha quedado recitable, pero impracticable.
Impidiendo o prohibiendo la cultura intelectual y la tolerancia, que es la cultura moral, las iglesias cristianas que llevaban en sí el cielo y el infierno, la civilización y la barbarie, suprimieron las posibilidades mentales para las partes superiores de sus propias doctrinas, y éstas quedaron incomprendidas, en letra muerta, mientras eran letra viva las partes inferiores durante los diez siglos de la era precientífica, en los que la civilización cristiana, con infierno y diablos, brujas, duendes, hechicheros y magos, íncubos, sucubos, silfos, gnomos, etc. con servidumbre, esclavitud y torturas, no se distinguía de la judía o la musulmana sino por su mayor ferocidad.
La música misma la entiende o la desentiende cada uno proporcionalmente a la afinación o a la desafinación de su oído, y cae de su peso que nadie puede comprender y sentir sino lo que esté a su alcance intelectual y moral; los fundadores de religiones no han sido espíritus comunes, sino excepcionalmente superiores, y por ende casi siempre incomprendidos por sus coetáneos, hasta perseguirlos y matarlos.
Una tendencia natural nos lleva a pensar y sentir que todo lo que sea excelente debe ser creído, propagado y difundido. Pero creer no es entender ni sentir: todo puede ser creído, desde lo absurdo hasta lo incomprensible; por eso hay tantas religiones en el espíritu humano como vientos en la atmósfera; pero no todo puede ser entendido y sentido por todos. Una idea grande no puede caber en un espíritu estrecho, ni un sentimiento generoso arraigar en un alma mezquina. Por esto, la credulidad no puede suplir a la intelectualidad. El creyente de una religión puede creerla toda entera, pero sólo podrá entender la parte correspondiente a sus entendederas, y sólo ésta entrará a ser componente substancial de su espíritu, y se traducirá en sus acciones, quedando lo demás en calidad de simple inquilino verbal, en palabras recitables, pero irrealizables.
* * *
Si bastase creer una doctrina superior para adquirir una capacidad intelectual y moral superior, no habría explicación posible para los 1.800 años de barbarie cristiana que han corrido paralelamente al sermón de la Montaña.
"Detrás de la cruz está el diablo", dice el proverbio; debajo del cielo está el infierno. El cristianismo eclesiástico, nacido en tiempos bárbaros, con suplicios eternos y dichas perpetuas, y por esto diabólico y divino a la vez, mitad bárbaro y mitad sublime, es directamente asimilable hasta por los salvajes en lo que tiene de salvaje; pero en lo que tiene de sublime sólo por los espíritus elevados, o por los temperamentos excepcionalmente buenos, que aparecen aun entre los completamente bárbaros.
Se explica así que todo enardecimiento religioso haya sido acompañado siempre de un recrudecimiento correlativo de barbarie, lo mismo en la Escocia de Knox que en la Suiza de Calvino o en la España de Torquemada.
El desarrollo del espíritu humano en sus diversas faces, durante la civilización grecorromana, podría ser figurado por un zigzag ascendente, que termina hacia el fin del imperio, eclipsándose hasta desaparecer por completo bajo una forma de moralismo que entendía prescindir de todas las formas de actividad mental que habían prosperado bajo el paganismo; así dio lugar al reflorecimiento colateral de las supersticiones primitivas, relegadas por aquéllas al segundo plan, pero no extinguidas.
Es lo que ocurriría hoy mismo si fuesen clausuradas las escuelas y destruidos los libros, suprimida la prensa y proscritas las formas modernas del pensamiento. Las formas anteriores, siempre subyacentes, tomarían el lugar vacante, ascendiendo al primer plan; los taumaturgos, las reliquias y las imágines milagrosas desalojarían otra vez a los médicos; los teólogos a los letrados; el látigo a los métodos pedagógicos; y la letra, de nuevo convertida en vehículo de absurdos sagrados, volvería a entrar con sangre por las partes traseras del discípulo recalcitrante.
Descartado el desinterés por la seguridad o la esperanza de una recompensa a la virtud, la salvación del mal y de la muerte por medio de ceremonias, ritos y palabras mágicas, el mayor de los prodigios no era viable entonces, como no lo es hoy, en los espíritus instruidos o adiestrados al razonamiento, y era más viable entonces que hoy en los espíritus ingenuos, aclimatados a la causalidad misteriosa corriente. Repudiada por aquéllos fue aceptada por éstos, conjuntamente con la vegetación de supersticiones asiáticas, africanas y europeas, que en olla podrida circulaban en los bajos fondos del imperio romano, y que fueron también admitidas en parte y repudiadas en el resto, del mismo modo que tenemos hoy supersticiones subvencionadas, supersticiones toleradas y supersticiones proscritas por el estado.
No habría sido viable en tal ambiente sin asimilarse alguna parte del mismo que sirviera de puente entre lo viejo y lo nuevo; fue así como una gran parte de las divinidades perversas de la antigüedad, a las que se había transferido el terror de los salvajes a lo desconocido,—haciendo la carrera de las ostras, que empezaron por ser humilde plato de los desheredados para terminar en preciado manjar de los pudientes,—han llegado a ser las columnas maestras en que descansa el poder de la Iglesia, de las clases privilegiadas y de las familias reinantes.
Erigida la pobreza de espíritu en virtud cristiana, por ser la condición más favorable a la admisión y a la conservación de la más maravillosa concepción humana, el descenso del espíritu crítico, así descalificado, fue la consecuencia inmediata, pero no fue suficiente en el comienzo. La credulidad natural basta para aceptar a fardo cerrado las creencias de nuestros mayores, cuando no se tiene ninguna, y es el mayor obstáculo para abandonarlas cuando se las tiene. La nueva verdad religiosa, pues, tuvo que entrar en el lugar de aquélla por la ancha puerta de las supersticiones, poniendo allí de guardia a la teología, para impedir el acceso a los nuevos arribantes de la misma o de otra estirpe; y fue precisamente el portero el que lo echó todo a perder.
El criterio de la verdad sobrenatural, era, entonces como hoy, el hecho sobrenatural: el milagro, esto es, el absurdo cumplido,—en teología, como en teosofía, en espiritismo, curanderismo o "christian science". El milagro cristiano se realizaba contra el diablo y los dioses paganos que se suponía ser sus representantes; luego, la primera cosa ratificada por el milagro era la preexistencia del diablo, pues sin esto aquello carecía de razón de ser. Los milagros buenos implicaban los milagros malos, como la eficacia de un remedio confirma la existencia de la enfermedad correspondiente; y el diablo cristiano, que era la personificación resumen de todas las potencias maléficas, de todos los dioses bárbaros del pasado bárbaro de la humanidad, acoplado desde el primer momento al sermón de la montaña, pudo causar más de diez siglos de barbarie efectiva, paralelamente a la más elevada moral teórica, y a renglón seguido de la más alta civilización de la antigüedad clásica.
En efecto, en el siglo VII, que señala el "Nadir" del espíritu humano, empieza la preponderancia de las formas ancestrales resurgentes en pos de la desaparición del filosofismo, y la tenebrosa onda de infernalismo barbarizante que arranca de esa sima espiritual, oscurece a la Edad Media, destruyendo vidas y bienes, y retrasando por siglos el desenvolvimiento de la ciencia positiva y de los sentimientos humanitarios, porque constituye la base económica del poder de la jerarquía eclesiástica, que es en lo que está el secreto de sus exageraciones periódicas y de su duración. Hasta bien adelante del siglo XVIII, las mujeres sucumbieron en la horca o en la hoguera, a decenas de millares en el solo renglón de la brujería, como los hombres por el de la herejía, inhumanidades provenientes de la moral religiosa, y que no cejaron hasta el advenimiento de la moral humana.
* * *
La lucha por la vida suscita en cada especie las calidades correspondientes a sus condiciones particulares, reales o imaginarias. Es por lo menos muy dudoso que la condición de asustado del infierno y perseguido por los demonios, haya valido para apartar del mal a los hombres, ya que éstos han sido peores en las épocas en que ha imperado con más fuerza, y lo son todavía en las regiones y en las capas sociales en que está más difundida. Esa condición comporta modos específicos de pensar, sentir y de obrar, variables según su intensidad y el temperamento personal, desde la limosna a los pobres hasta la construcción de templos, desde la simple devoción preservativa hasta el misticismo y el delirio perseguidor, en que se transforma de suyo el delirio exacerbado de las persecuciones.
En la primera forma, "el santo terror del infierno" cubrió de iglesias, conventos y ermitas el Asia Menor, el Egipto y la Europa; en la segunda, originó las cruzadas y las órdenes de caballería religiosa, engendró la Inquisición y los Jesuitas; en fin, suscitó las guerras intercristianas, en las que los perseguidos por los mismos demonios, se perseguían a matarse, por su fe en diferentes preservativos, marcando el momento en que la imbecilidad religiosa llega al clímax en el cristianismo: porque éste se ha reducido al mínimum y el diabolismo ha llegado al máximum.
"¡Qué malos somos cuando tenemos miedo!", dice Anatole France; y en efecto, los mismos animales domésticos, asustados, pierden ipso facto su mansedumbre, y se tornan aún más peligrosos que en el estado salvaje. El peligro, asustando a los tímidos, los vuelve peligrosos, haciendo desalmados y feroces a los humildes; cuando los hombres más galantes y aristocráticos están enfurecidos por el miedo, son también un gravísimo peligro recíproco, aun para las mujeres, como ocurrió en el Bazar de Charité, de la calle Jean Goujon, en París. Los peligros teológicos engendraron el pánico religioso; la facilidad para asustarse y la inclinación a asustar, explotados en el terreno político, produjeron por el peligro político el terror político, en círculo vicioso, y así se produjo en las sociedades cristianas la reversión a los métodos de las sociedades salvajes.
Las grandes catástrofes por disparadas locas en los teatros, en las iglesias, en los naufragios, son casos de ferocidad repentina y fulminante originada por el terror pánico de que proviene también seguramente, la mayor parte de los homicidios. Los jefes de la "Mashorca", que hacía temblar a los vecinos de Buenos Aires, eran tímidos que de miedo a ser degollados se hicieron degolladores. En el Uruguay, cuando las guerras jordanistas, un vasco ladrillero, que en su vida había degollado un cordero, obsesionado por los frecuentes degüellos, se ofreció para degollador oficioso, y en el primer candidato que le dieron, desnudo y atado de pies y manos en el suelo, chamboneó de tal manera, que la víctima, en sus retorsiones, rompió las cuerdas que le sujetaban los pies, se incorporó chorreando sangre, degollado a medias, y acometiendo a puntapies al aprendiz de verdugo, lo increpaba: "Si no sabes degollar a qué te metes, ¡vasco de tal por cual!". Este, a su vez, respondía a puñaladas, que entraban en el vientre del prisionero como en un queso, hasta que el espectáculo colmó la medida, y un veterano salió de las filas de las tropas formadas en cuadro, para su edificación, y le puso término.
Si el primer hombre fue un salvaje, seguramente el primer dios concebido por la mente humana fue un demonio o cosa así; en efecto, la historia y la etnografía comprueban que, cuanto más salvajes son o han sido las agrupaciones humanas, tanto más bárbaros, es decir, tanto más diabólicos son o han sido sus dioses. Y también la recíproca: el ascendiente de las concepciones salvajes en el espíritu de los civilizados los pone salvajes. Todas las retrogradaciones accidentales o permanentes de la civilización han salido precisamente de la recíproca, porque el hombre tira por atavismo a las supersticiones bárbaras y se hace bárbaro, como la cabra tira al monte y se vuelve montaraz.
* * *
La tendencia antiliberal—tan característicamente diabólica,—de los políticos turcos, rusos, españoles e hispanoamericanos, a escarmentar siempre al pueblo con un exceso de represión, para quitarle hasta la tentación de reincidir en sus reivindicaciones, es una manifestación ulterior del espíritu diabólico adquirido en la escuela religiosa; y aparece también, por debajo, en la ferocidad de las insurrecciones populares, porque la barbarie no es monopolizable. Tal fue el origen, y tal el carácter de nuestras tiranías y de nuestras insurrecciones implacables: matar o morir en la contienda.
Se ha dicho que "la mente del hombre se impregna de los materiales con que trabaja como las manos del tintorero con los colores que manipula". Y, en efecto, los verdaderos endemoniados no fueron los sacrificados por tales, sino los sacrificadores; no las histéricas y los escépticos que perecieron en las llamas, inculpados de posesión o de sugestión diabólica, sino sus jueces, los investigadores de la eternidad macabra, los eruditos en suplicios eternos, los tétricos doctores en demonología, compenetrados por el ambiente de horrores en que residía su espíritu; ellos anticiparon el infierno en la tierra con la tortura y la hoguera, la delación y la traición, porque el hábito embota la sensibilidad; el eterno pensar y representarse los suplicios sobrenaturales los había insensibilizado para los dolores propios o ajenos, porque el ambiente es el alfarero de las acciones humanas, pues, como ser vivo, el individuo es un producto de la naturaleza y del medio social.
Hasta qué punto podían trastornar la inteligencia del adulto los terrores teológicos, implantados en el espíritu del niño colonial por los frailes españoles, lo sabemos por la historia de las guerras de religión; y hasta qué punto podían aplastar literalmente a los espíritus débiles de los indios y de los mestizos podemos inferirlo de las estadísticas de los manicomios, y por el augusto caso de aquel pobre Carlos II el Hechizado, que, de miedo al diablo, dormía cubierto de reliquias, rociado con agua bendita y con un fraile a cada lado de su cama.
Una dama de mi relación, educada en un convento de monjas, y no disponiendo de recursos para costearse frailes con olor a santidad, que velasen su sueño intranquilizado por el terror crónico, y atribuyendo a trajines de ánimas o duendes el galopar nocturno de los ratones en una casa vieja y contigua a un almacén de la calle Callao, en que residía, aún manteniendo encendido el pico de gas, obligaba a la cocinera a dormir en su propia habitación, y finalmente en su propia cama; tanto era el empobrecimiento de su espíritu por la credulidad natural complicada con cuentos de aparecidos. Y eso que pertenece a una generación que no ha tenido la desdicha de presenciar exorciones, esas ceremonias públicas, tan profundamente endemoniantes, en las que el sacerdote, revestido con todos sus adminículos mágicos, espulsaba a los demonios del cuerpo de los poseídos, como quien espanta loros de un maizal.
Probablemente el último caso de esta especie ha sido la de Carmen Marín, "la endemoniada o espirituada", en el que intervinieron el arzobispo, sacerdotes y monjas, que conmovió profundamente a la sociedad de Santiago de Chile, en el segundo semestre de 1857, y que se encuentra documentado con informes de médicos y de presbíteros, en la "Revista Médica de Santiago", de Octubre de ese año.
Bajo las patas del caballo de un ángel, que lo atraviesa con su lanza, en el centro de la iglesia de Villa del Pilar, en el Paraguay, he visto a un diablo en forma de lagarto, con alas de murciélago, sembradas de púas, enormes ojazos de buho y garras con uñas de buitre, y he pensado con pena en las pesadillas diurnas y en las noches de insomnio que la vista de semejante monstruo sobrenatural debe producir a los desventurados niños del pueblo.
Se comprende entonces que Francia, el discípulo de los jesuítas de Córdoba, y los López, discípulos de Francia, pudieran esgrimir con tan completa eficacia el terror político sobre una población moralmente deprimida por el terror religioso; así se entiende la profunda diferencia entre la política de la América del Sur, en la que las matanzas y las proscripciones fueron el principal instrumento de gobierno, y la política de la América del Norte, donde jamás se le ocurrió a ningún caudillo acudir a la intimidación de sus conciudadanos para subyugarlos o labrarse prestigios, porque 200 años antes había sido atenuada por bill de tolerancia la dieta de horrores infernales con que las iglesias cristianas alimentaban a los predestinados para el cielo.
Cuando la capacidad mental de la masa de la población fue ensanchada con la cultura científica, los descendientes de aquellos mismos cristianos bárbaros de antaño han podido retener menos diabolismos y más sermón de la montaña en su complexión intelectual ensanchada, con lo que ha cesado la guillotina crónica. La misma circunstancia había hecho cesar en su diabólica operación a los puritanos quemadores de brujas de la Nueva Inglaterra; y es a su ausencia que se debe la continuación de las matanzas de judíos en Rusia y de cristianos en Turquía.
* * *
Fue Sarmiento, en nuestro país, el que contribuyó más eficazmente a barrer del espíritu argentino con la difusión de las luces por la educación común, esa lamentable basura moral, que es el gobierno de los niños por el miedo al cuco y de los adultos por el miedo al diablo. Desvanecidos por el liberalismo creciente los terrores religiosos medioevales, ha venido cesando correlativamente el terrorismo político; y el diablo cristiano sólo conserva su inmenso prestigio y el vasto rol que le crearon los visionarios de la Edad Media, en las familias aristocráticas educadas en los colegios de frailes y de monjas, y en las remotas campañas, por la crasa ignorancia.
Lo que el cristianismo tiene de salvaje y de insuperablemente bárbaro, lo que ha hecho algunas veces a los hombres más crueles y más desgraciados que los mismos animales salvajes, es la concepción del infierno con los tormentos eternos del diablo, con las brujas, los duendes, los fantasmas, etc., etcétera. Los espantosos refinamientos de la crueldad cristiana provinieron de esa escuela o ambiente espiritual de iniquidades y horrores sobrenaturales, pendientes sobre la existencia del creyente como la espada de Dionisio sobre la cabeza de Damocles.
Porque las cosas, los hechos y las ideas no nos chocan o escandalizan en la medida en que sean monstruosas, sino en la proporción en que salgan de lo ordinario; dejan de chocarnos cuando son o se vuelven ordinarios, como ocurre con la idea del pecado original y del juicio final, con el diablo, el purgatorio y el infierno, como ocurría con la incineración de las viudas en la India, antes de la dominación inglesa, como ocurre con el eunuquismo en los países musulmanes, con las maffias y las camorras en el sur de Italia, con las corridas de toros en España y con los linchamientos en Norte América.
La influencia del ambiente interior es análoga a la del ambiente exterior, y las monstruosidades imaginarias producen los mismos efectos que las reales, aunque en menor escala, variando también con el temperamento y la educación del sujeto que se las representa, las ve, las sabe o las oye referir.
Cuando la locura teológica llegó a ser el estado normal de las sociedades europeas, la sabiduría y la sensatez humanas parecían monstruosidades chocantes, y los sabios cuerdos fueron encarcelados, ahorcados o incinerados por los sabios teológicos. Cuando se sabía, con la más completa certidumbre, que los muertos estaban asándose por disposición de Dios en el purgatorio y el infierno, y cuando este hecho imaginario alcanzó en el espíritu de las gentes, por las predicaciones de los ministros del Señor, la vividez de un hecho actual, patente y visible, atravesar la lengua a los blasfemos con un fierro calentado al rojo, torturar a los acusados de delitos religiosos y quemar vivos a los condenados fueron hechos tan regulares como lo es hoy el de sentenciar a las personas a trabajos forzados o a presidio permanente; o el de matarlas en duelo para el hombre culto o sin duelo para el inculto; o el de quemar negros en Norte América, donde todos se caerían de espaldas el día en que un blanco fuera quemado vivo, siendo, probablemente, la idea de la combustión futura de los forajidos blancos lo que quita importancia en el espíritu del pueblo a la combustión inmediata de los forajidos negros, en simple anticipación de la justicia divina, por la doble odiosidad del crimen y del color del criminal.
"Solamente podemos ver fuera lo que tenemos dentro", dice Emerson; cuando estamos llenos de rencor, de iniquidad o de imbecilidad, en todas partes los encontramos; cuando estamos llenos de diablos y fantasmas, los vemos y los sentimos en todas partes, porque a todas partes los llevamos. Y lo que se ha hecho siempre con los niños, a título de "educarlos en las creencias de sus mayores", ha sido llenarles la cabeza de brujas, duendes y demonios y el resultado es que todo creyente está embrujado, endemoniado o "engualichado" por los demonios, las brujas o los "gualichos" en que cree, y predispuesto a creer en las demás zonceras de la misma especie, como la jettatura y el trece, verbigracia.
* * *
La teoría de los poderes divinos y de los poderes diabólicos para la explicación metafísica del bien y del mal, ha sido de una fecundidad prodigiosa para extraviar y trastornar la inteligencia humana. La fragmentación de los efectos, implicando la fragmentación o gradación de las causas, sugirió la subdivisión y ubicación de éstas en las personas, en las cosas, en las palabras, en los números, que vinieron a ser así, milagrosamente buenas o milagrosamente malas en diferente medida; escalonáronse las primeras en los ángeles, los santos, las vírgenes, las reliquias, las plegarias, hasta la simple agua bendita, y las segundas en los diablos, las brujas, los duendes, los hechiceros, hasta la inocente lechuza.
Ambos poderes fueron más completamente materializados todavía, de manera que hubo el olor de sanidad y el olor a diablo, sambenito que les cayó en lote al azufre y al ozono, resultante de la condensación del oxígeno del aire por el rayo. Naturalmente contra las partículas de poder diabólico en los sortilegios, daños, encantamientos y maleficios, bastaban las partículas de poder divino contenidas en las bendiciones, el bautismo, las reliquias y escapularios, o el puño en cruz; como basta el puño en cuernos contra la jettatura o el catorce contra el trece.
De la misma naturaleza, origen, materiales, formas y estructura inmoral de los dioses monstruosamente horribles y bárbaros de los pueblos salvajes, es el diablo: aterrador, seductor, astuto, traidor, hipócrita, dañino de oficio, perverso de profesión, deleitándose en el mal de los niños y de los adultos, obligados por las creencias de sus mayores a vivir en peligro perpetuo y en guardia permanente contra sus incansables asechanzas, especialmente encaminadas a malear a los buenos, para hacerlos caer, por la condenación divina, en su rebaño de condenados perpetuos, habiendo él mismo llegado a la impunidad absoluta de sus maldades ulteriores por haber incurrido desde la primera en el máximum de castigo. El ubicuo diablo cristiano es el subdiós de la iniquidad, el summum del salvajismo sobrenatural.
Eterno e indestructible por construcción imaginaria, los ritos y las ceremonias mágicas no son más que una organización defensiva permanente contra sus poderes mágicos inextinguibles; los santos y los ángeles son una especie de gendarmería espiritual también, eficaz para herirlo y alejarlo, pero impotente para matarlo, porque está muerto. Consideramos que la impunidad de las malvados es desmoralizadora, pero no existe perversidad más grande y más impune que la de Satanás y sus legiones; si nuestros caudillos bárbaros han sido feroces, es porque el infierno y no el cielo era el más fuerte componente de las supersticiones de su espíritu.
En el ambiente de patrones apenas alfabetos, y de sirvientes y trabajadores totalmente analfabetos en que transcurría nuestra infancia, todos temían y nadie había visto nunca a Dios; pero todos habían visto, oído, olido o sentido al diablo, rondándoles el alma o pisándoles los talones, en mil circunstancias nocturnas o aun diurnas.
Demasiado elevado, complicado e inabordable el primero, sólo ha descendido de las alturas y se ha dejado ver en muy contadas ocasiones, por los profetas elegidos al efecto, y allá en tiempos muy remotos; el segundo, en cambio, eminentemente democrático, anda suelto y sin aparato en la tierra, y se deja ver por todo el mundo en figura de hombre o de animal, sin ceremonias previas, en estado de gracia o de desgracia, sembrando gratuitamente el miedo y el terror. Son estos dos atributos, el terror y el miedo, los que deprimen la vida apocando el espíritu, hacen el caldo gordo para los atrevidos y producen larga cosecha de beneficios de toda especie para los proveedores de preservativos, porque "no hay mal que por bien no venga", como dice el refrán, y que no sea a la vez, sincera y ardientemente propagado y cultivado por los beneficiados, especialmente cuando ellos mismos están personalmente inmunizados a su respecto, porque las ideas más puras y los intereses más sórdidos suelen anudar en las profundidades del espíritu vinculaciones secretas que pasan totalmente inadvertidas a la conciencia más sinceramente honrada.
En el tiempo y en el medio en que yo era niño y crédulo, la condición espiritual del niño cristiano era el del unitario en tiempo de Rosas, según la descripción de Vélez Sársfield. "Sé vivía entre pavores" porque la parte inteligible y corriente de la religión versaba sobre demonios perversos e incastigables, sobre suplicios infernales eternos, sobre mártires y santos, sobre buenas gentes, que se habían cocinado previamente en el purgatorio para acabar de ganar la bienaventuranza con las abstinencias y los sufrimientos de su vida miserable.
Todo el "folk lore", es decir, todo el material intelectual y moral circulante, versaba sobre basiliscos, salamandras, salamancas, aquelarres, hechiceros y doncellas encantadas, sobre el mandinga, la pericana, las brujas, los duendes, los fantasmas, que pueblan de visiones el espacio para los crédulos, y les hacen angustiosa la simple ausencia de la luz en la oscuridad de la noche.
Las mujeres de la casa que se agrupaban compungidas por la noche a rezar en alta voz, hacían la impresión de los sitiados que se preparan afanosamente a rechazar un ataque nocturno del enemigo. La portación del viático a un moribundo, desfilando de día con cirios o faroles encendidos, repicando campanillas por el centro de la calle, las gentes azoradas que se hincaban a rezar a la vista o al ruido de la eternidad que pasaba en procesión fúnebre encabezada por el cura, y el resto en la capilla mortuoria del hogar angustiado, hacían la impresión macabra de las ejecuciones capitales en la plaza pública, también con sacerdotes, con reo en capilla, y marchas fúnebres, y espectadores conmovidos.
Las personas de edad solían ser repertorios vivos de procedimientos ridículos para prevenir y para remediar males y peligros reales e imaginarios. El que bostezaba, se santiguaba sobre la boca abierta de par en par, a fin de impedir que Satanás se le entrase por ella aprovechando la conyuntura, y a la persona resfriada que estornudaba, se le decía con el mismo objeto: "Jesús lo ayude". Un notario, que era especialista en escrituras falsas para despojar a viudas, huérfanos y tilingos, y abanderado de todas las cofradías, que hacía punta en las procesiones y andaba permanentemente acorazado con escapularios benditos, llevaba sus precauciones contra el diablo en la mesa, hasta trazar una cruz preventiva sobre cada bocado que se llevaba al buche; y al finalizar sus picardías, defraudando al diablo y al infierno, se fue "derechito al cielo", arrepentido y contrito y "confortado con los auxilios de la santa religión", como rezaban los avisos fúnebres.
Pues, en efecto, la manera clásica de ser diablo contra el diablo consistía en ponerse bien con Dios, acogerse a la Iglesia, afiliarse a las cofradías, encomendarse a los santos y proveerse de reliquias y de indulgencias por mayor para hacer diabluras a mansalva y morir "quand même" en olor de santidad.
* * *
En la vida de aldea, que caracterizaba a la sociedad colonial, el diablo, con todos sus derivados, eran entidades domésticas omnipresentes y proteiformes, esencialmente malevolentes y obsesionantes. Era un invernáculo de supersticiones, a cargo y beneficio de un sembrador y cultivador oficial de los terrores ancestrales que marchitan la alegría de vivir en el niño y el buen humor en el adulto, para salvarles el alma.
Particularmente de noche, todos los incidentes insólitos eran atribuidos a las potencias diabólicas. Una combinación de luz y sombra a que la imaginación presta sus formas preconcebidas, un gato negro, un perro desconocido que se presenta de improviso en procura de restos de comida, un buho en excursión alimenticia, el espanto de un caballo, las luces y los ruidos sin causa conocida, todo era imputado a la peligrosa presencia del cazador furtivo de almas desprevenidas, y comprador generoso de almas en apuros, listo a concurrir donde lo llamasen o lo nombrasen, y cerrar trato sin regatear precio, asustando en sus momentos de buen humor a las buenas gentes, disfrazado de "viuda", como hace pocos años en el Rosario, o de "chancho", como en los suburbios de Buenos Aires, donde dio origen a la conocida milonga: "Corre que te corre el chancho", etc.
Como los perdedores a la ruleta, en Mar del Plata, que atribuían su mala suerte a los "patos" o mirones de atrás, si la leche o la crema se cortaban era porque habían sido miradas por una persona de mal ojo; si un árbol se secaba, era porque había sido tocado por una persona de mala sangre; capturar víboras o arañas vivas era cosa de brujería, etc., etc. Era consuetudinaria la tendencia a explicar las cosas comunes por causas maravillosas.
Del mismo modo que los chinos encienden por la noche una luz en la puerta de su casa, para ahuyentar a los malos espíritus, las casas tenían en la reja de la ventana o en la puerta de calle un manojo de ramas de olivo o de palmas benditas para espantar a los demonios; todos los sitios donde un hombre había sido asesinado, sin darle tiempo de arrepentirse de su vida para salvar su alma, tenían un nicho, en el que encendían velas por la noche los miedosos de las ánimas en pena.
El miedo a la soledad y a la oscuridad, que no existen en el niño educado laicamente, y que afligen a los niños educados "cristianamente" deprimen también a los adultos ignorantes y supersticiosos, con las más lamentables consecuencias, como, verbigracia, este caso que me fue referido por mi primo Roberto Suárez. En la estancia "El Cepillo", al pie de la cordillera, en una noche oscura y tormentosa de invierno, se sintieron gritos de niño. De catorce peones presentes en la casa, ni uno solo, ni todos juntos, se animaron a acompañarlo a ir en su auxilio, pretextando que debía ser el mismo demonio quien lloraba para atraerlos a una celada, acabando por contagiarle sus terrores a él, que era apenas un adolescente y que había sido educado cristianamente en el colegio de los jesuítas de esta capital. Al día siguiente encontraron, en efecto, a un pobre niño extraviado, acurrucado en el hueco de un árbol viejo y muerto de frío.
* * *
Nosotros, que habíamos visto, oído u observado muchas particularidades que se nos dijeron ser rastros o manifestaciones del fatídico personaje, acabamos, al fin, por encontrarnos con el "diablo" en persona y de manos a boca.
Fue en el departamento de San Vicente, hoy Belgrano, en la provincia de Mendoza. Un muchacho de la vecindad, que era mandado todas las tardes a segar pasto en una viña, teniendo que volver, ya entrada la noche, por una callejuela solitaria, con su fardo a cuestas, nos pedía que lo acompañásemos para achicarse el miedo con nuestra presencia, lo que sólo podíamos hacer nosotros clandestinamente, regresando por el interior de la finca que se extendía hasta la precitada callejuela, y penetrando por la pared divisoria con una huerta vecina.
Una noche muy oscura, mi hermano, que iba adelante por el lomo de la pared, se detiene y, volviendo la cabeza, me dice en voz baja: "Volvámonos, que ahí está el diablo". ¿Dónde? le digo yo, levantando la cabeza por encima de sus espaldas, para mirar hacia adelante; y apenas le hube divisado, de poncho y chambergo, con una mano a la espalda, en actitud de sacar el cuchillo de la cintura y echando chispas por la boca, la nerviosidad consecutiva nos hizo resbalar a los dos y caer. Levantarnos y salir por el medio de la callejuela, y luego por el centro de la calle real como almas que corre el diablo, para llegar casi sin resuello y temblando de miedo a nuestra casa, a referir lo sucedido, fue cosa de un santiamén, que asimismo nos pareció eterno.
Entre los peones, alguno propuso ir todos juntos a verificar los hechos; pero, finalmente, ninguno se atrevió, y sólo a la mañana siguiente se pudo ver, en el sitio de la aparición, que en un portillo, cerrado provisoriamente con palos, habían sido cortadas con cuchillo las ataduras de cuero que sujetaban los travesaños horizontales y robados éstos. Fue fácil inferir, entonces, que el ladrón fumaba, en esa circunstancia, uno de esos cigarrillos gruesos de picadura de tabaco tarijeño, con más palos que hoja, y que por esto solían despedir chispas como una chimenea.
Fue esa la vez en que nosotros experimentamos en mayor escala lo que se llama tan estúpida y diabólicamente "el santo terror del infierno".
Cuando la proporción de ácido acético en el vino es muy considerable, se le llama vinagre, y si con el mismo criterio hubiésemos de dar a las épocas pasadas el nombre del componente principal del espíritu y de la conducta humanos, deberíamos decir que la era satánica empezó a terminar en América en 1810; el reinado supersticioso del diablo recrudeció entre nosotros desde 1820 hasta 1852, para prolongarse en forma cada vez menos acentuada hasta el presente.