Mas en lo que sobre todo se hizo admirable entre los nuestros fué en el celo de las almas y en la conversión de los infieles. El dilatar la fe, el predicar á los cristianos, el reducir á los gentiles, no parecía en él obra de virtud, sino inclinación y apetito natural; por lo cual no sabía vivir de otra suerte ni en otra ocupación recibía gusto, sino en esta de conducir almas al conocimiento y amor de Dios, y en este ejercicio estaba toda su quietud y descanso y para aliviarle en todas enfermedades, no había mejor medio que hablarle de nuevas empresas en bien de las almas, de la santa vida de los nuevos cristianos y de nueva conversión de infieles á la santa iglesia.

Ojalá pudiera yo trasladar aquí algunas cartas suyas, que tengo en mi poder, para que vieran todos que no pudieran los enamorados del mundo y de la carne explicar con más vivas expresiones sus contentos y deseos, cuanto este obrero Evangélico manifiesta los sentimientos de su corazón en los negocios del servicio de Dios; los lamentos y quejas que hace de su mayor enemigo el demonio cuando se le atravesaba, ó hacía se le desvaneciesen sus designios. Por eso no me causa admiración que con ánimo invicto sufriese muchas persecuciones y reparase, aun con la pérdida de su reputación, los daños, bien que ligeros, de su cristiandad; antes dando cuenta de estas sus borrascas al P. Francisco Burgés, Procurador general de esta provincia, en carta de 29 de Septiembre de 1705, escrita á Madrid, le dice así:

«Para mí no puede haber mayor gloria que el que me persigan por llevar adelante aquella nueva cristiandad de los Chiquitos que tantos trabajos y sudores me ha costado desde los principios.»

Y decía la verdad; porque si se habla de solos trabajos que se padecen en desvastar é instruir á estos gentiles, que en las facciones son hombres, pero en las obras se distinguen poco de los brutos, sufría y hacía por ellos cuanto puede hacer un verdadero padre, para provecho espiritual y corporal de sus hijos, porque á él la virtud le había dado tan tiernas entrañas y amor de verdadero padre, como los padres naturales suelen tenerlas por naturaleza con los hijos; de día y de noche trabajaba, no sólo para bien de las almas, sino también de los cuerpos de sus neófitos, ya proveyendo de víveres en abundancia á los hambrientos, ya componiendo recetas y aplicando remedios á los enfermos, y aunque se revistiese la naturaleza, tratando y limpiando sus llagas con tal desembarazo, como si no sintiese la menor repugnancia y asco en sí mismo; el mismo amor le enseñó á ser juez y árbitro en sus litigios, gastando mucho tiempo en oirles contar, con paciencia y dulzura inexplicable, las diferencias que tenían entre sí, para lograr así el mantener y conservar entre ellos la paz porque antes de ser cristianos, cada uno por su propia autoridad se hacía justicia y vengaba sus agravios con las armas.

Esto y mucho más hacía y sufría por los pobres indios: y aunque otros no pudieran tolerar el contínuo peso de vida tan trabajosa y con tan poco alivio, con todo eso él duró en ella por muchos años, y cada día se hallaba con tanto vigor como si en aquel comenzase; de lo cual, como dije en otra parte, no acababa yo de maravillarme; pues cuando oídos sus trabajos en la Misión de los Zamucos le consideraba consumido de fuerzas y que apenas se podía tener en pie, le ví poco después en Córdoba, con alientos y vigor de joven, siendo así que ya contaba sesenta y cuatro años de edad.

A tantas fatigas por el bien de aquellos nuevos cristianos, se añadió otra trabajosísima, de aprender tantos y tan dificultosos idiomas bárbaros, para que al tiempo que ellos en las obras le experimentaban padre, no le tuviesen en la lengua por extranjero.

Cosa era esta que á un hombre de su edad le pudiera ser muy enfadosa y de mucho empacho; mas el celo de las almas le obligó á volver á la condición y simplicidad de niño para aprender uno por uno los vocablos y significados de aquellas lenguas, y para expresar las voces con los acentos propios de los bárbaros, y no rehusando hacerse discípulo de los mismos infieles, los tomaba por intérpretes para traducir en su idioma los misterios y preceptos de la ley de Dios, procurando después enseñárselos á ellos con trabajo contínuo de meses y años enteros.

Tales entrañas de caridad experimentamos también nosotros cuando le gozamos en el oficio de Provincial; era muy liberal, humano y afable con sus súbditos, guardando con ellos la gravedad precisamente necesaria para ser obedecido; y todos, no solamente le amaban por su agradable trato, por el candor de sus inocentes costumbres y por una singular é inseparable sinceridad, con que tenía el corazón en los labios, y el alma patente en el rostro, mas también le reverenciaban como á Santo; de que dieron muy claras muestras, cuando asaltado de una lenta calentura, con otras enfermedades poco á poco le condujo al término de sus días.

Avisado del peligro que corría su vida, en vez de espantarse ó temer la muerte, parecía que le salía al encuentro con generosidad y fortaleza de ánimo, confiado en la misericordia de aquel Señor que le había concedido cuarenta y ocho años para servirle en la Compañía, y treinta y ocho en las Indias.

Por muchos días hizo este Colegio de Córdoba muchas rogativas y penitencias para pedir y suplicar á Nuestro Señor no le quitase tan presto un Superior y Padre tan necesario al bien público, y tan amado de todos.

Pero al fin quiso Dios llevarle á la gloria, como de su bondad esperamos, á darle el premio debido á sus méritos; la víspera de la Santísima Trinidad recibió todos los Sacramentos, sin dar la menor señal de temer la muerte, y se entretuvo todo aquel día, parte, en dar disposiciones con mucha serenidad, acerca del gobierno de la provincia, y parte en suavísimos coloquios con su crucificado Redentor, en cuyas manos entregó su espíritu, al entrar el día de la Santísima Trinidad, de cuya vista iba á gozar en la bienaventuranza.

Fué su muerte á los sesenta y cinco años de su edad, á 4 de Junio de 1719.

El mismo día se celebró su entierro, á que asistió el Ilustrísimo Sr. Obispo de esta diócesis, gran número de religiosos de todas órdenes, el cabildo secular, lo principal de la nobleza, y mucho pueblo; los nuestros repartieron entre sí sus pobres alhajas, que se reducían á instrumentos de penitencia y algunos libritos de votos, para tenerlos por reliquias y conservar siempre fresca la memoria del incomparable varón que habían perdido, no menos venerable y digno de eterna alabanza por la santidad de su vida que por las muchas almas de que enriqueció á la iglesia toda.

CAPÍTULO XIX

Continúa el Padre Miguel de Yegros la Misión de los Zamucos, á cuyas manos muere el hermano Alberto Romero.

Habiendo ordenado el nuevo Provincial Padre Juan Bautista de Zea que el P. Miguel de Yegros, en pasando las lluvias, fuese con el hermano Alberto Romero á fundar la Reducción de nuestro P. San Ignacio, se anticipó el P. Yegros algún tiempo, así por escoger con tiempo sitio á propósito, como por no exponerse á peligro de no hallar agua qué beber en el camino; por tanto, á principios de Abril empezó su viaje; mas entrando en el bosque de los Zamucos, se vió obligado á volver atrás por tener tanta falta de agua, que ni la gente ni las caballerías tenían con qué apagar la sed.

Púsose en camino segunda vez por Septiembre, y llovió tanto, que anegadas las campañas de los Cucarates, apenas pudo llegar al término de su viaje.

Lo que padeció en este viaje lo referiré con las mismas palabras con que él, habiendo vuelto de los Zamucos, se lo escribió en carta de 27 de Octubre de aquel año de 1718 al P. Visitador de los Chiquitos, Juan Patricio Fernández, desde el pueblo de San Juan.

«Por no alargarme (dice) no describo aquí cómo conseguí el llegar á este pueblo, contra el parecer y juicio de todos los prácticos de de estos caminos y contra toda disposición del tiempo; y los pocos Morotocos que llevé conmigo y se adelantaron á entrar en la montaña hubieron de perecer de sed, aunque consiguieron con gran valor el llegar al pueblo; y yo, que de ahí á algunos días los seguí, fuí nadando en agua (como dicen) por toda la montaña, que ya servía de enfado y de embarazo al que iba de posta y de ligera.

»Sólo lo atribuí al dedo de Dios, pues cuando la piedad y misericordia divina se inclina á obrar, no hay imposibles, y más cuando precedieron los sudores, trabajos, necesidades y hambres de su primer conquistador de esta nación nuestro dignísimo P. Provincial Juan Bautista de Zea.»

Despachó, pues, delante el P. Yegros algunos indios cristianos que avisasen al cacique principal de los Zamucos de su venida, y que le llevasen en su nombre un bastón, hermosamente guarnecido, y una camiseta colorada, que son las galas que ellos estiman.

Llegaron los mensajeros y fueron recibidos con grande amor y cortesía, y fueron sentados á la mesa del cacique, cuyas viandas se reducían á raíces de cardos silvestres, que era todo su mantenimiento, y por gran regalo les ofrecieron un vaso de agua, porque había allí tal carestía, que cada uno estaba esperando la suerte de poder coger tanta cuanta cabía en la palma de mano, de un pequeño manantial que salía de un peñasco.

Dos días después se partieron los cristianos, acompañados del cacique principal, con otros de los suyos, y encontrándose en el bosque con el P. Miguel, dieron la vuelta, y á 5 de Octubre llegaron á donde el P. Zea el año antecedente había levantado la cruz.

Increíble fué el júbilo y la fiesta que hizo aquella buena gente, manifestando el gusto que tenían de ver en sus países á nuestros Misioneros, diciendo en nombre de todos el cacique principal, indio, por cierto digno de estimación, que no obstante sus grandes necesidades, hambres y pobreza no se había apartado de su pueblo ni permitido que los suyos se alejasen por estar en continua esperanza de que habían de ir los nuestros, habiendo enviado varias veces, y él mismo ido en persona, á registrar los caminos para ver si parecían.

Igual fué también la alegría del P. Miguel que veía ya logrados los sudores del P. Zea, que con tantos trabajos había empezado á plantar aquella viña, y para su fecundidad le llovía del cielo copiosas bendiciones.

Trató luego con aquel cacique y con todos los demás principales, del fin de su ida á aquellos pueblos, que era el fundar Reducción en sus tierras y quedarse con ellos; á cuyo fin les pidió le diesen paso franco y guías para todos los demás pueblos, para escoger en ellos el que fuese más acomodado para la fundación, y en particular hacia los que estaban al Poniente cercanos á las salinas, donde habían informado al Padre había parajes muy buenos para pueblos, aguadas, montañas y palmeras para estancias de ganados, interesándose en esto también el irse acercando á los demás pueblos de los Chiquitos, con camino más derecho y más breve.

«Oyéndome el cacique (son palabras del Padre Miguel, en la carta para el P. Juan Patricio Fernández). Oyéndome el cacique éstas y otras conveniencias, dió un grito y suspiró, diciendo:

»—Me tuviera por ingrato y vil, después de tantas finezas y estimación que habéis hecho de mí, si en alguna cosa os mintiera y engañara, y negando lo que me pedís os desazonara; y aunque no me queráis creer, os desengaño, Padre, de que en todas nuestras tierras no hallaréis parajes, ni las comodidades que decís para fundar, pues lo mismo que véis y reconocéis en este mi pueblo, sucede en todos los demás; y aunque en tiempo de lluvias, por causa de las avenidas, corren algunas cañadas con abundancia de agua, mas pasados algunos meses no quedan más que las madres secas, y sin agua, por lo cual luego nos desparramamos con nuestras chusmas á buscar qué comer y qué beber.

»No obstante esta respuesta, le volví á instar con otras razones más eficaces que Nuestro Señor me inspiró, que me dejase pasar siquiera á visitar al cacique de los pueblos del Poniente, dándome guías y quien me abriese alguna senda para poder pasar á la ligera.

»Respondióme á esta petición el cacique:

»—Te aseguro, Padre, por el amor que te tengo, que si vas, tú y todos tus compañeros, pereceréis de sed.»

Hasta aquí el P. Miguel, que oyendo esto se retiró aparte para encomendar á Nuestro Señor aquel negocio.

Entonces el cacique juntó á todo el pueblo en la plaza y le reprendió con palabras muy sentidas el que hubiese alguno de ellos mentido y engañado al P. Misionero con decirle que había en sus tierras los parajes y comodidades ya dichas para fundación; y les añadió que quedaba muy avergonzado de que hubiesen dado ocasión para que el Padre juzgase que él le engañaba, negándole lo que ellos mismos tanto deseaban; y por fin mandó á todos que obedeciesen en todo á la voluntad del P. Miguel. Estaba éste retirado en su Rancho, rogando á Nuestro Señor que no se frustrase esta fundación y Reducción de todo el gentío cercano y encomendando á Su Majestad la resolución que tomaría en este caso.

Luego supo por medio del intérprete, que había estado oyendo de secreto al cacique, todo el razonamiento que éste había hecho á los suyos en la plaza.

«Con lo cual (prosigue el Padre en su relación) me determiné á proponerles si gustarían de fundar y juntarse para este efecto fuera de sus montañas y al remate de las campañas de las Japeras de los Cucarates, por ser tierras muy cabales para una fundación, aunque sólo de paso vistas y registradas con ánimo (si viniesen en ello) de registrarlo mejor á la vuelta, trayendo alguno de ellos conmigo para ver los parajes.

»Llamé de allí á un rato al cacique y le propuse todo esto; á que sin dejarme pasar adelante, con grande algazara respondió que era grande elección, y que ya había estado y visto todas aquellas campañas, y que le parecieron muy buenas y á propósito para el fin, y que me siguiera luego con toda su gente y todos los demás pueblos vecinos, á no tener todos sus zapallares ya en flor y muchos que ya comenzaban á dar, y que no sembrarían otra cosa, sino que en acabando los juntaría y convocaría toda aquella gente, y se vendría luego al sitio que yo dejase señalado para el pueblo, y enviaría conmigo alguno de los principales para que registrasen y viesen el puesto para dicho pueblo; y en volviendo á darles cuenta de lo visto, tomaría luego el camino para aquel paraje.

»Con esto resolví volverme después de dos días, porque no había agua que beber; y en estos dos días que estuve allí, fué forzoso beber de unos charquitos que se habían juntado en una cañada, una legua del pueblo, de un aguacero que cayó, que más era barro que agua; y de una poca que ellos tenían recogida, llovediza, en unos calabazos, nos dieron uno, por gran fineza, y vendido por un poco de maíz.

»Poco después que se sosegaron los del pueblo, cerrada ya la noche, vino el cacique, acompañado con algunos viejos, á pedirme audiencia junto á mi toldo; y dándoles asiento por señal de alegría y albricias, me dijo el cacique:

»—Padre, no te aflijas, que después del año en que se haya poblado el sitio que nos señalares, iré con la gente de este mi pueblo hacia el Sur, en tres días de camino de montaña, á traer y convidar á otra provincia de Zamucos (con quienes antiguamente estábamos amigos y quebramos con ellos) que son diez pueblos de tanto número como nosotros; y de ahí á un día de camino, en que remata la montaña y comienzan las campañas, está innumerable gentío que llega hasta á los pueblos que llamamos nosotros de los españoles. Estos guerrean siempre con esta otra provincia de Zamucos, que se llaman Ugaroñós (de los cuales hay uno en este pueblo de San Juan, que antiguamente vino con sus padres á esta otra provincia, y de ahí á los Morotocos; y cuando andaba con los Padres, llegó á ver todo ese gentío, que es el Chaco, y á un lado algunos pueblos de Guarayos.) Agradecíle sumamente las noticias al cacique, quien volvió á añadir estaban contentísimos con el paraje que les había insinuado, muy á propósito para poder desde ahí con más facilidad y brevedad penetrar hasta las naciones dichas, pues desde más lejos había venido yo á sus tierras y pueblos; y dándome otras noticias de otros gentíos por diversos rumbos, se despidió para irse á descansar.»

Así el P. Miguel; el cual, queriendo al otro día despedirse de ellos, se levantó una gritería y llanto de toda la gente, á quien el deseo del santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas dándoles palabra de que cuanto antes los volvería á ver, se quietaron; y levantadas al cielo las manos, pedían á Dios les diese feliz viaje y que volviese presto.

Partióse, finalmente, echando mil bendiciones á aquel pueblo, tan deseoso de recibir la santa fe, trayéndose en su compañía aquellos Zamucos enviados de su cacique; y reconocido el país de los Cucarates, pasó á San Juan Bautista, donde los neófitos recibieron y acogieron á los dos cathecúmenos con extraordinario afecto, tratándolos con aquellas cortesías que el celo del bien de sus almas y el amor á Dios dictan á los que son nuevos en la santa fe.

Llegó, pues, de vuelta de los Zamucos al pueblo de San Juan á 26 de Octubre de aquel mismo año de 1718 y luego participó las noticias de todo lo referido en este capítulo al Padre Visitador de aquellas Misiones, Juan Patricio Fernández, quien atribuyendo á singular misericordia de Dios y á los méritos y sudores del apostólico P. Zea que aquellos bárbaros estuviesen tan deseosos del santo bautismo y tan contentos y prontos á dejar sus tierras hizo luego despachar los dos Zamucos que trajo el P. Miguel de Yegros, con aviso al cacique de que se fuese con todos sus vasallos á las tierras de los Cucarates, porque en breve se partiría allá el P. Miguel con el hermano Alberto Romero.

¡Quién creyera que una obra, encaminada con tantos trabajos y sudores y con tanta felicidad, de donde resultaría á Dios grande gloria y á la iglesia mucho número de fieles, se destruyese en un momento, y de tal manera, que hasta ahora no se les ha podido reducir, bien que siempre se intenta!

La causa de esta novedad la atribuyen todos á la natural inconstancia é inestabilidad de los indios; mas si yo á este común sentir pudiese añadir el mío particular, diría que ha tenido más alta causa este infeliz suceso; porque siendo la conversión de las almas obra principalmente de Dios, deja Su Majestad muchas veces que las industrias humanas, y la virtud de los medios que ponemos, no surtan efecto, para que desconfiados nosotros de ellos, atribuyamos á sola la virtud de su gracia aquellos sucesos que efectuándose prósperamente, sería fácil cosa nos los atribuyésemos á nosotros mismos.

Mas sea lo que fuere de esto, salieron por Agosto de 1719 el P. Miguel de Yegros y el hermano Alberto, llevando todo recado para celebrar la Misa y lo demás necesario para fundar la iglesia de la nueva Reducción de San Ignacio Nuestro padre, llegando á la campaña que los Zamucos habían escogido para fundarla, no hallaron persona alguna; y enviando algunos por todas partes para tomar noticia de esta gente, hallaron su pueblo quemado, y supieron que se había retirado algunas jornadas lejos de allí, junto á una laguna abundante de pesca, cerrando los pasos por donde se les podía seguir.

Resolvió ir en persona el hermano Alberto en su seguimiento á buscarlos, como lo hizo, y habiéndolos encontrado, los reconvino con la palabra que habían dado á Dios y á los Padres de querer ser cristianos y vivir juntos en un pueblo, en el lugar que ellos mismos habían escogido y señalado.

Hiciéronle al principio buen semblante los bárbaros y con muestras de alegría fingieron querer estar á lo prometido; y en señal de eso, se encaminaron con él hacia el sitio señalado, encubriendo entre tanto en el corazón su premeditada alevosía, y por muchos días fueron entreteniendo con buenas palabras al hermano que procuraba, con todas las finezas de su gran caridad, ganarles las voluntades con beneficios. Al fin se quitaron la máscara el día 1.º de Octubre, y muertos á traición doce cristianos, un infame cacique asió de la garganta al santo hermano y con el filo de una pesada macana le partió la cabeza, despojóle después bárbaramente, y de miedo de que no viniesen sobre ellos á vengar aquella muerte los Chiquitos, se huyeron todos juntos, sin saberse dónde.

El P. Miguel, avisado de este suceso por dos cristianos que por gran ventura se pudieron escapar del estrago, se volvió con increíble dolor de su corazón por no poder hacer más; y divulgada por todos los pueblos la nueva de la muerte del santo hermano, le lloraron inconsolablemente los indios, los cuales, en recompensa de las buenas obras que de él habían recibido, le celebraron solemnes exequias en todos sus pueblos, cuanto cupo, y fué posible en su pobreza; y yo, para acabar este capítulo, daré aquí una breve noticia de su vida y virtudes, por serle muy debida esta memoria.

Fué el hermano Alberto Romero de nación español y natural de Segovia, hijo de padres honrados y de profesión mercader, bien acomodado; mas deseoso de ver tierras y hacer mayor fortuna, pasó con otros mercaderes Perú, esperando hallar aquí fortuna igual á sus deseos.

No le salieron fallidas sus esperanzas, porque adquirió buen caudal y fué de todos muy estimado; y así la Real Audiencia como el arzobispo de Chuquisaca, le cometieron negocios de mucha monta para bien público; mas como sea tan ordinario en las cosas humanas el hacerse y deshacerse en un punto, mudando semblante á cada paso la fortuna, sin durar mucho en un estado, ya sea próspera, ya adversa, siendo sólo semejante á sí misma, en ser siempre inconstante, habiendo estado siempre para nuestro Alberto risueña y propicia, experimentó en sí estas mudanzas; porque de repente, no sé por qué causa, si ya no fuese para que levantase sus deseos á las cosas del cielo, cayó desplomada á tierra la gran máquina de su prosperidad.

En poco tiempo perdió todo lo que en muchos años, y á costa de grandes fatigas había adquirido, con que quedó reducido á mucha pobreza, mas no sin ganancia, porque con este golpe volvió en sí, y viéndose ya anciano, sin tener en la tierra riquezas ni méritos para el cielo, se dolió mucho de lo mal que había empleado su corazón en ganar y adquirir bienes caducos, sin quedarle de tanto tiempo perdido más que un perpetuo remordimiento del mal logro de sus años.

Por tanto, resolvió darse todo á Dios, al cuidado de su alma y á las cosas de la eternidad, gastando, como más próvido mercader, el resto de su vida en el tráfico de bienes no sujetos á mudanzas y reveses de la fortuna, en lo cual tuvo mejor logro que cuando en el mundo navegaba su prosperidad viento en popa.

Y Dios, que muchas veces se agrada más de los que vienen á trabajar en su viña á la última hora, que los que desde la primera hora del día echan mano á la labor, se agradó sobremanera de su determinación, y le dió luego de contado una plenitud de consuelo en su servicio, por prenda de galardón que sobre todos sus méritos le tenía preparado aquí en la tierra, y después eternamente en el cielo.

Por aquel tiempo, algunos piadosos españoles, recogiendo de los vecinos de Tarija algunas limosnas, enviaban todos los años un copioso socorro á la cristiandad de los Chiquitos y á los Misioneros lo necesario para celebrar el santo sacrificio de la misa, y hacer con toda la devoción posible las funciones sagradas.

Con esta provisión le enviaron una vez nuestros Padres del colegio de Tarija, con quienes él trataba familiarmente, y luego le pagó Dios aquella caridad muy largamente.

Porque considerando el fervor y santa vida de los nuevos cristianos y las apostólicas fatigas de los obreros evangélicos, que con vivir en semejantes trabajos, á los que de sí escribe el Apóstol San Pablo, estaban siempre alegres y con una boca de risa, se mudó en otro hombre y se le inflamó el corazón en vivísimos deseos de unirse más estrechamente con Dios, y gastar su vida en servicio de aquella nueva cristiandad, y de hecho dió luego muestras de cuán de veras lo decía.

Púsose luego á enseñar á los indios todos los oficios mecánicos, á desmontar los bosques, á labrar la tierra y á manejar los arados para cultivarla; con los enfermos, viejos y estropeados, tenía entrañas y ternura de madre; no había cosa que por ellos no hiciese; con los bárbaros que se convertían de nuevo, se deshacía en afectos de caridad, no sabía apartarse de su lado, parecía que se los quería meter dentro del corazón; y por bárbaros que fuesen, no dejaba de hacer con ellos semejantes demostraciones, no mirando en ellos lo que parecían en el exterior, sino el valor de sus almas, compradas por el Redentor con el precio de toda su sangre.

Ni por trabajar tanto por las almas de sus prójimos se descuidaba de la suya propia; recogíase muchas veces á tener oración, en el cual tiempo las copiosas lágrimas que derramaba, eran indicios de los consuelos con que Dios confortaba su espíritu.

Y á la verdad era bien necesario este consorte celestial para darle ánimo y aliento en la dura y continuada batalla con el enemigo infernal, que dolorido fuertemente de que un viejo idiota y sin letras corriese por el camino de la más alta perfección y se burlase de él quitándole tantas almas de sus manos, no le dejaba de perseguir de día ni de noche, ya apareciéndole en forma de feísimos animales, ya espantándosele con otras visiones abominables.

Duró esta terrible persecución más de tres años; mas nuestro Alberto, asistido siempre de Dios y del ángel de su guarda, que si no estaba á su lado en forma visible, á lo menos lo estaba con la invisible operación en su corazón, jamás se dió por vencido, ni omitió las acostumbradas obras de caridad, ni dió un paso atrás en el modo de vivir que había emprendido.

Y por ventura, en premio de esta generosa constancia, se le encendió el corazón en vivos deseos de entrar en la Compañía, que amaba tiernísimamente; mas atendida su mucha edad, era necesaria la licencia de nuestro Padre General, la que no se podía tan presto alcanzar; por lo cual, para consolar en parte sus plegarias y sus lágrimas, el P. Vice Provincial Luis de la Roca, cuando visitó aquellas Misiones, le admitió por Donado hasta que viniese de Roma la licencia de recibirle por hermano Coadjutor de la Compañía; pero el cielo le firmó más presto esta licencia, y la Compañía triunfante le contó en el número de aquellos campeones que bordaron la librea de Cristo con su propia sangre, antes que acá en la tierra le contase la militante en el número de aquéllos, que con los ministerios humildes de su estado la ayudan á la conversión de las almas.

CAPÍTULO XX

Progresos y aumentos de otras Reducciones en los años de 1717 y 1718.

Aunque lo que he escrito en estos dos capítulos últimos, ha sucedido en muchos años y en este tiempo se han convertido á la fe y ganado para el cielo muchos centenares de infieles, todavía, por no confundir los sucesos y Misiones de las Reducciones, los quise separar con ánimo de referir ahora y dar noticia del fervor y mérito de los neófitos de las otras tierras, dignándose Dios Nuestro Señor de premiar sus sudores con abundante cosecha de infieles para animarlos á trabajar con mayor aliento y fervor en servicio de la iglesia.

Los cristianos, pues, de la Reducción de San Francisco Xavier, hicieron Misión por dos partes diversas.

Algunos Zamalos salieron en busca de unos infieles, que habían hallado los años pasados y los habían dejado de recoger por falta Guarayos, donde fueron bien recibidos; y aunque no se entendían, les hablaron por señas y movieron á algunos á seguirlos y á recibir el santo bautismo.

Otros, de nación Piñocas, quisieron ir á los Puyzocas, que mataron al P. Lucas Caballero mas apenas lo pudieron conseguir, porque en el camino entraron en una Ranchería de los Cozocas, tan de improviso, que sentidos de los paisanos, que estaban trabajando en sus sementeras, y creyendo ser gente enemiga, se dieron á huir á toda furia por librar la vida; los nuestros alcanzaron á algunos, y entrando en la Ranchería la hallaron desierta, sin persona viviente.

Vieron en los Ranchos muchos escudos, tejidos de plumas de bellísimos colores con mucho arte é industria; con éstos estaban adornadas las cámaras donde estaban amontonados muchos huesos de difuntos y pedazos de carne fresca, indicios de que eran comedores de carne humana.

Andan todos bien vestidos y tienen las mismas costumbres que los Baures y Cosiricas, bien que usan de diferente lengua. Entre grandes y pequeños recogieron 36.

Los cristianos del pueblo de la Concepción fueron á predicar la ley de Cristo á los Cosiricas, mas no sacaron más logro que los trabajos.

Dos años antes habían ido á su Ranchería y habían traído cuatro para que viesen las Reducciones, en donde fueron recibidos con grande amor y cortesía.

Estos dos fueron con los neófitos para llevarlos á sus paisanos, de quienes no fueron admitidos con mucho afecto, porque el demonio les puso en sospecha de que eran Mamalucos ú otros enemigos que habían venido á hacerlos esclavos. No obstante, los sentaron á la mesa y les presentaron algunos regalos del país; mas concurriendo allí indios de otras tierras, los cercaron en forma de media luna, disparándoles una tempestad de flechas para hacerlos huir; los neófitos, sin hacer más que reparar los golpes, se retiraron con buen orden, y en medio de que muchos hacían instancia á los capitanes para responderles con las armas, venció la parte de los mejores, que, á imitación del Redentor, no quisieron volverles mal por mal; tres quedaron muertos; los otros, maltratados, se volvieron á la Reducción.

De San Rafael salieron por dos partes en busca de almas; una tropa de Taus ganó á la fe cuatrocientos y ochenta infieles, de nación Bacusones.

La otra, de Tabicas, fué á las riberas del río Paraguay en busca de Curucanes.

Apenas llegaron á orillas del río, cuando un Chiquito con algunos otros, se adelantó, y descubriendo una canoa que venía hacia ellos, se escondieron detrás de algunos matorrales, creyendo ser los infieles que buscaban; mas observando que era un negro con dos indios, que andaban pescando, gritaron los compañeros del Chiquito: ¡Mamalucos! ¡Mamalucos! y se pusieron en fuga precipitada.

Apenas el negro vió sólo al Chiquito, cuando le apuntó con el arcabuz; mas se detuvo en dispararle, porque el indio le gritó en voz alta: No me mates, que soy cristiano como tú y no te hago daño; y para que lo conociese más claramente, le mostró una imagen de Nuestra Señora con el Niño en los brazos, la cual, el negro, dejando el arcabuz, adoró de rodillas.

Juntáronse luego allí nuestros neófitos en número de ciento y cincuenta, extendidos en buen orden sobre la ribera.

En este ínterin vino el Capitán de los Mamalucos, y llamando á un Chiquito que entendía la lengua Guaraní, le preguntó quiénes eran y á qué fin andaban por aquellas costas.

Respondió que eran hijos de nuestros Misioneros (esta es la frase que usan ellos con los que les han reducido á la fe) y cristianos del pueblo de San Rafael, que andaban en busca de infieles para conducirlos al gremio de la santa madre iglesia.

—Para el mismo fin los buscamos nosotros,—respondió el capitán Mamaluco; y añadió en ademán de enojado:

—¿Y por qué venís aquí si nosotros hemos llevado ya todos los infieles?

Preguntóle después qué Padre le instruía y enseñaba la fe y quién venía con ellos.

Dijo que el P. Felipe Suárez, era cura de su pueblo, mas que ellos iban solos.

—Y, pues,—replicó el Mamaluco—¿qué capitanes y conductores os gobiernan?

Aquellos, con astucia más que de indios, les respondieron que sus capitanes eran sesenta. Entonces, vuelto á los suyos, les dijo el Mamaluco:

—Mucha gente tienen éstos alistada; y sin hablar más, haciendo tocar á retirada, se embarcó con todos los suyos en las canoas, huyendo á todo vogar, por no venir á las manos con tanta gente; y quiera el cielo que así como los cristianos Guaranís, de mucho tiempo á esta parte son el terror de estos crueles enemigos, así lo sean también los Chiquitos reducidos á la fe y al gobierno civil. Los neófitos, alegres con el buen logro de su astucia, anduvieron mucho trecho por aquella ribera, hasta que finalmente dieron con la Ranchería de los Curucanes, donde siendo bien recibidos, se pusieron todos en la plaza, de rodillas, á rezar el Rosario de Nuestra Señora para que Su Majestad diese á aquellos gentiles juicio (frase con que se explican cuando hacen oración por sí ó por otros á Nuestro Señor y á la Santísima Virgen) para que todos abrazasen la santa ley de Dios.

Mientras que los cristianos rezaban el Rosario, estaban los Curucanes llenos de estupor, refugiados en sus Ranchos, sospechando que aquella era alguna trama inventada en daño de ellos.

Acabaron los cristianos su santo ejercicio, y viéndose solos, fueron siguiendo los pasos de los fugitivos y cogieron diez, los cuales vinieron de buena gana á hacerse cristianos. Y éstos, habiendo vuelto el año siguiente á aquella tierra, redujeron á la santa fe doscientos y once, los cuales dieron noticia de otros muchos pueblos que eran confinantes con ellos, como son Merojones, Guijones, Bacusones, Betaminis, Aripayres, Zipes, Tades, Guarayos, Subarecas, Paricis y otros muchos.

También se debe reputar entre los aumentos de esta Reducción un funesto suceso, que para ejemplo de otros sucedió en ella.

Habíase bautizado en San Rafael una doncella de 18 años y se llamaba Isabela, la cual, poco después, se había casado; mas el común enemigo, pesaroso de que se le escapase de sus manos la que antes había sido toda suya, resolvió tentarla cuanto pudo, trayéndola á la memoria su antigua brutal vida.

Ella, pues, ya por estar en la flor de su edad y en lo mejor de la juventud, ya por las sugestiones del demonio, se rindió, finalmente, á sus apetitos, viviendo peor que antes: porque es ordinario que sea más malo quien abandona la fe que quien jamás la ha profesado. Perdida, pues, la vergüenza y el temor de Dios, se amistó mal con algunos de sus iguales; y para que no llegase á oídos del Padre Cura de aquella Reducción, se llegaba á los Santos Sacramentos frecuentemente, con muestras de tierna devoción y algunas lágrimas en los ojos.

Mas Dios Nuestro Señor que ama tanto á aquella nueva iglesia, no tardó mucho en castigar su hipocresía y lascivia, de suerte que quien supiese el castigo escarmentase, y juntamente tuviese tiempo la miserable é infeliz de pedir á Dios misericordia.

Estando durmiendo una noche en casa de su padre, prorrumpió de repente en gritos y ahullidos, que parecía de mentada, y echando los ojos hacia el techo, con grande espanto, decía á su padre:

—Mira, mira, que vienen los diablos á llevarme consigo al infierno y saltando de la cama, quería huir, mas su padre la detuvo.

Quedó con aquella vista tan consumida de fuerzas y desmayada, que parecía habérsele descuadernado todos los miembros. Estando de esta manera medio fuera de sí, pero siempre obstinada en sus pecados, fué avisado el P. Misionero del grave peligro de la enferma, mas no de la causa, y mucho menos de su mal vivir; la primera diligencia del Padre fué ajustar las cosas del alma de aquella infeliz; y viendo que estaba ya cercana su muerte, le administró los Últimos Sacramentos; y llegándose para decirla alguna palabra de Dios, se hacía sorda; y fijando los ojos en un lugar, se procuraba descubrir, llamando y convidando á los amigos con quienes había vivido mal, y haciendo los mismos ademanes y feos movimientos que cuando estaba sana.

Sospechó el Padre que el demonio en forma visible hacía de las suyas con la enferma; por lo cual, procuró confesarla con mayor diligencia, mas la infeliz nunca quiso vomitar aquellos pecados feos, porque padecía tanto en el alma y en el cuerpo.

Pareciéndole al Padre que el mal empezaba á dar algunas treguas, y que los demonios, por la intercesión de Nuestro Padre San Ignacio, cuya reliquia la aplicó, se habían ausentado de la cámara de la enferma, precisado de otra ocupación, se partió de allí, con intento de volver cuanto antes.

Apenas se había apartado algunos pasos, cuando la doliente, quitándose del cuello la Santa Reliquia, empezó á llamar con palabras amorosas á sus galanes y en ademán de quien se abrazaba con alguno, acabó la vida, dejando á sus parientes afligidos y desconsolados por muerte tan desgraciada.

Hízosele por la tarde su entierro, y luego aquella noche vino á llamar á la puerta de la casa de su padre, y llamó á su marido, diciéndole:

—Ábreme, ¿no me conoces? Yo soy Isabel.

Levantóse despavorido y asustado el marido, y abriendo la puerta la vió tan monstruosa que se quedó pasmado de asombro y espanto.

Después, yendo á nuestra casa, se manifestó al P. Misionero, el cual, con el horror de verla, se desmayó y cayó en tierra medio muerto, y por muchos días no pudo recobrarse.

Andúvose luego paseando por el corredor de casa, y dió muchos golpes en la campana de la iglesia, mas nadie osó salir fuera, sospechando lo que era.

De aquí salió y anduvo todas las calles de la Reducción, y con ahullidos y bramidos como de fiera, aterrorizó sobremanera á toda la gente.

El día siguiente se apareció á una hermana suya y á otros, con semblante horroroso, queriendo Dios que hubiese muchos testigos del caso, porque quien necesitase del temor para vivir bien, no pudiese negar el hecho para no temer.

Habiendo fallecido este año un fervorosísimo Misionero en estas Reducciones, es razón que le demos aquí lugar á sus méritos, refiriendo brevemente sus virtudes y sus apostólicas fatigas en servicio de Dios y bien de las almas.

Este fué el P. Joseph Tolú, que á los setenta y cinco años de su edad pasó de estos trabajos al eterno descanso en el pueblo de San Rafael, á 10 de Mayo de 1717.

Nació este santo varón á 22 de Noviembre de 1643 en Potago, lugar de la isla Cerdeña; fué en aquella provincia recibido en la Compañía, teniendo 21 años de edad, á 2 de Mayo de 64 y el año de 74 pasó á esta provincia, donde concluídos los estudios que le faltaban y recibidos los sagrados órdenes, pasó á las Misiones de los Guaranís, donde vivió algún tiempo con mucho fruto de los indios.

Aquí le quiso Dios dar á entender los muchos trabajos que le tenía preparados para labrarle la corona de sus merecimientos, y fué de esta manera:

Había acabado un día de decir misa, y mientras se retiraba á su aposento á dar gracias á Nuestro Señor, se vió como en éxtasis, cercado de una tropa de gente desconocida y se vió también á sí mismo cultivando la tierra con un azadón en la mano, lleno todo de sudor, sin que alguno de los presentes, movido á piedad, se determinase á quitarle de las manos aquel rústico instrumento y á ayudarle en aquel oficio.

Quedó el P. Joseph extrañamente maravillado y pensativo, por no entender qué se le quería significar con aquella visión, hasta que pasando poco después por orden de los Superiores á la conversión de los Chiriguanás lo conoció en la Reducción de San Ignacio, donde aunque había gran multitud de gente, con todo eso el hablarles de su conversión era predicar á las piedras, ó como dicen, en desierto, sin poder reducir ni aun uno sólo de aquellos obstinados, ni tener aún un sirviente que le asistiese en el altar, por lo cual se vió obligado á cultivar con sus manos una huertecilla, y con el sudor de su rostro recoger alguna cosa con qué pasar la vida; iba en persona al bosque á traer un haz de leña y al río por un cántaro de agua, mirándole entre tanto aquellos bárbaros sin moverse á ayudarle.

Acordóse entonces de lo que tanto antes Nuestro Señor le había mostrado, y así sufrió con grande valor estas y otras gravísimas molestias de aquellos bárbaros tan crueles, que le echaron los caballos á pacer en su huerta, para quitarle en un momento el sudor de su rostro y el trabajo de sus manos. Y en medio de ser aquella tierra tan difícil de cultivar y tan dura á recibir la semilla de la palabra divina, pues aunque trabajaba mucho recogía muy poco fruto, con todo eso no levantó las manos de la labor hasta que le llamaron los Superiores para ser operario en el Colegio de Tarija, donde tuvo campo en qué ejercitar su celo, con menos trabajos, pero con más fruto. Aquí le sucedió un caso digno de saberse:

Ofreciósele un día hacer una trompetilla por si acaso venía á confesarse algún sordo, cuando poco después de venir á su aposento, entró en él un hombre doliéndose mucho de que no se podía confesar á gusto por falta de oído; consolóle el Padre, diciéndole que tenía un instrumento para oir con facilidad.

Confesóse el buen hombre con gran júbilo de su corazón, y dando al Padre mil agradecimientos, se despidió diciendo:

—Quédese V. R. con Dios, que yo me voy á comulgar y de allí á morir; y sucedió así puntualmente.

Lo mismo sucedió con otro que tenía la misma pena, el cual estando sano y robusto se confesó con el Padre y murió de allí á dos días, dejando ambos prendas seguras de su eterna bienaventuranza, con la misericordia que Dios había usado con ellos.

No pudo conseguir semejantes esperanzas de otro, que exhortado del P. Tolú á que ajustase las cuentas de su conciencia con Dios por medio de los ejercicios espirituales, luciese confesión general antes de emprender un largo viaje le protestó con varios colores aparentes, que no podía; mas apenas había caminado pocas leguas, cuando sorprendido de una furiosa enfermedad, en pocos días se puso en camino para la otra vida, con poco ó ningún aparejo.

Vivió en Tarija el P. Tolú hasta el año de 98 en que pasó con oficio de Superior á las Misiones de los Chiquitos con gran júbilo de su corazón, por ver puestos en ejecución los ardientes deseos de emplear sus fatigas en la conversión de los infieles; y aunque las grandes y frecuentes enfermedades le estimulaban á proponer su ningún talento para aquel empleo, todavía, después que en una grave enfermedad, el dolor más agudo que le traspasaba el corazón en aquellos extremos, fué el haberse excusado una vez en ejecutar un orden de sus superiores, arrojándose en manos de Dios, vino con aquel oficio á estas Reducciones en que por no estar aún las cosas puestas en forma, tuvo ocasión de merecer mucho.

Lo más insufrible para su caridad eran las grandes necesidades y trabajos de sus súbditos sin tener con qué socorrerlos y aliviarlos.

Procuró, no obstante esto, con todo el esfuerzo posible, por espacio de cuatro años que fué Superior, adelantar aquella recién fundada cristiandad, así con la conversión de nuevos infieles como en desarraigar las bárbaras costumbres de los catecúmenos, exponiéndose por eso muchas veces, con invencible constancia, á riesgos y peligros de la vida.

Una de las muchas veces que se vió en estos aprietos fué en cierta ocasión, que habiendo visto que un neófito se había teñido el rostro de feísimos colores, al uso de su gentilidad, le dijo, llevado de su celo:

—Lindo estás por cierto, pareces un demonio (y así es en la realidad cuando se tiñen el rostro).

Oyó el indio con disgusto estas palabras, y flechando su arco, le asestó al pecho con una saeta.

Entonces el generoso Padre, desabrochando la sotana y jubón, le dijo:

—Apunta aquí para que no yerres el golpe, y quítame esta vida que tanto deseo sacrificar á Dios por amor tuyo.

Quiso, empero, el cielo recibir la oferta y no la ejecución del sacrificio, porque aquel bárbaro, atónito y lleno de confusión, al ver tanto aliento, no osó pasar más adelante.

Su empleo más continuo é infatigable, fué instruir á algunos mozos más despiertos, no sólo en las cosas de nuestra santa fe, más aún en el servicio de la iglesia y de las funciones sagradas, enseñándoles el canto eclesiástico y las otras sagradas ceremonias, ministerio de trabajo y tedio increíble y sólo tolerable de una grande caridad y celo ardiente, porque era necesario poco menos que hacerles mudar naturaleza, domesticándolos y desvastándolos poco á poco, corrigiéndolos sin exasperarlos, y tolerándolos algún tiempo mal acostumbrados y viciosos, para hacerlos totalmente otros diversos de los que eran al principio.

Y en este ejercicio duró, sin interrumpirle, hasta lo último de su vida; porque la esperanza del bien y frutos que veía se lograban en aquella su infatigable tarea, se la hacía no sólo tolerable, sino suave.

En tales obras de apostólica caridad con los prójimos, no se olvidaba de sí mismo, pues en medio de ser todas ejercicio de virtudes y aumento de méritos, era, no obstante, muy delicado en la observancia regular, portándose de suerte en las funciones de operario evangélico, que no se descuidaba un punto en la guarda de las santas leyes y constituciones de la vida religiosa, antes se retiraba muchas horas del día á vivir más perfectamente para sí, para después obrar con más fervor con los prójimos.

Era devotísimo de las santas almas del Purgatorio, á quien no solamente había hecho en vida liberal donación de todas sus buenas obras sino también después de su muerte, de todos los sufragios que por su alma se dijesen, reservando sus grandes culpas, como él decía, para pagarlas con las penas del Purgatorio.

Mas quiso Dios, por premio de ésta su heroica caridad, darle el Purgatorio en esta vida, para que así fuese mayor su corona en la eterna bienaventuranza, cargándole de tantas y tan graves enfermedades que le inhabilitaron del todo á ejercitar del todo nuestros ministerios con los neófitos, único conorte en sus tribulaciones, de suerte que solía él decir que de este mundo no tenía sino labor y dolor.

Llamóle, finalmente, Nuestro Señor, á darle el galardón de tantos trabajos y sudores, con una muerte propia de los santos, después de haber estado más de dieciocho años en estas Misiones, á los setenta y cuatro de su edad y cincuenta y tres de Compañía, en que había hecho la profesión de cuatro votos á 15 de Agosto de 682.

CAPÍTULO XXI