Y luego, dirigiéndose a Materne, añadió:
—Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarán antes de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay que recibirlos a tiros.
—Voy allí en seguida—respondió el cazador.
—¡Eh, Materne! Volverás pronto a casa con tus hijos para cenar.
—Bien, Juan Claudio, iremos.
Materne se alejó.
Hullin ordenó a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para ir sin pérdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se marchaban, Juan Claudio penetró en la alquería.
Al final del pasillo obscuro estaba el patio de la casa de labor, al que se descendía por cinco o seis escalones desgastados. A la izquierda se alzaban el granero y el lagar; a la derecha, las cuadras y el palomar, cuyo negro mojinete se destacaba del cielo obscuro y tormentoso; por último, frente por frente a la puerta, se hallaba el lavadero.
Ningún ruido de fuera llegaba hasta allí; Hullin, después de tantas escenas tumultuosas, quedose sobrecogido por aquel profundo silencio, y miraba gavillas de paja amontonadas entre las vigas de la troje hasta cerca del techo, los rastrillos, los arados, los carros, que se perdían en la sombra de los cobertizos, con un sentimiento de paz y bienestar indefinibles. Un gallo cacareaba entre las gallinas, recostadas junto a la pared. Un gato cruzó como el relámpago y desapareció por la entrada del sótano. Hullin creía despertar de un sueño.
Después de algunos minutos de aquella silenciosa contemplación, dirigiose lentamente hacia el lavadero, cuyas tres ventanas brillaban en medio de las tinieblas. A este local se había trasladado la cocina del cortijo, que no bastaba para disponer el alimento de trescientos o cuatrocientos hombres.
El señor Juan Claudio oyó la fresca voz de Luisa que daba órdenes en un tonillo decidido que le sorprendió:
—¡Vamos, vamos, Katel!—decía—, acabemos pronto; la hora de cenar se acerca, y nuestras gentes deben tener apetito. ¡Sin tomar nada desde las seis de la mañana y batiéndose constantemente! No les hagamos esperar. ¡Pronto, pronto! Lesselé, muévase usted; traiga la sal, la pimienta...
El corazón de Juan Claudio se estremeció de alegría al oír aquella voz, y el anciano, antes de entrar, no pudo dejar de mirar un momento por la ventana. La cocina era grande, pero baja de techo, y estaba blanqueada. Una viva hoguera de troncos de haya chisporroteaba en el llar, envolviendo con sus doradas espirales la negra superficie de una enorme olla. La campana de la chimenea, muy alta y estrecha, bastaba apenas para dar salida a las nubes de humo que se desprendían del llar. Sobre el fondo rojo de este cuadro se recortaba el bello perfil de Luisa, con la falda recogida para moverse fácilmente, el rostro iluminado con los más vivos colores y el talle ajustado por un corpiño rojo que dejaba al descubierto sus redondos hombros y su esbelto cuello. Allí se encontraba la joven en plena actividad, yendo y viniendo de un lado a otro, probando las salsas con cierto airecillo de suficiencia, saboreando el caldo, aprobándolo o censurándolo todo.
—Otro poco de sal, otro de esto, otro de aquello—decía la joven—. Lesselé, ¿cuándo acabará usted de desplumar ese gallo? A ese paso no concluiremos nunca.
Era encantador ver a Luisa dar órdenes de aquella manera, y Hullin la miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Las dos hijas mayores del anabaptista—una de ellas alta, delgada y pálida, de pies anchos y bajos, que calzaban zapatos redondos, de cabellos rojos, recogidos en una cofia de tafetán negro y vistiendo un traje azul que le caía en largos pliegues hasta los talones; la otra, gruesa, mofletuda, que andaba como los patos, levantando los pies con gran lentitud y balanceándose de un lado a otro—, aquellas dos jóvenes formaban con Luisa el más extraño contraste.
Por su parte, Katel iba y venía muy sofocada, sin decir nada, y Lesselé, con aire pensativo, lo hacía todo con medida y compás.
Por último, el anabaptista, sentado en el fondo del lavadero, en una silla de madera, con las piernas cruzadas, la mirada alta, el gorro de algodón echado hacia atrás y las manos metidas en los bolsillos del casacón, contemplaba aquella escena como si estuviera maravillado, y de vez en cuando decía en tono sentencioso:
—Lesselé, Katel, obedeced, hijas mías; que esto os sirva de enseñanza; aún no conocéis el mundo, y hay que andar más de prisa.
—Sí, sí, hay que moverse—decía Luisa—. ¿Qué sería de nosotras, Dios mío, si tuviéramos que reflexionar semanas y meses para echar una cabeza de ajo en un guisado? Lesselé, usted que es más alta, alcánceme esa ristra de cebollas que está colgada del techo.
Y la joven obedecía.
Hullin no había experimentado en toda su vida mayor satisfacción.
—¡Qué bien sabe hacer que se mueva la gente!—se decía el anciano—; ¡je, je, je!; es un húsar, un ama de casa; no hubiera podido sospecharlo, ¡tan pronto!
Por fin, al cabo de cinco minutos, luego de haberlo visto todo, Hullin se decidió a entrar, diciendo:
—¡Valor, hijas mías!
En aquel momento, Luisa mantenía en el aire una cuchara con salsa; lo abandonó todo y corrió a arrojarse en los brazos del anciano, gritando:
—Papá Juan Claudio, papá Juan Claudio, ¿es usted? ¿No está usted herido? ¿No tiene usted nada?
Hullin, al oír aquellas palabras salidas del corazón, palideció y no pudo responder. Sólo después de un largo silencio, y reteniendo entre sus brazos cariñosamente a su hija, pudo al fin contestar con voz balbuciente:
—No, Luisa, no; estoy bueno y soy muy feliz.
—Siéntese usted, Juan Claudio—dijo el anabaptista viéndole temblar de emoción—; aquí tiene mi silla.
Hullin se sentó, y Luisa, sentándose en sus rodillas y echándole los brazos al cuello, comenzó a llorar.
—¿Qué te pasa, hija mía?—decía el buen hombre en voz baja, mientras la besaba—. Vamos, tranquilízate. ¡Tú! ¡Tan animosa como te veía hace un momento!
—¡Oh, sí! Sacaba fuerza de flaqueza; pero tenía mucho miedo, porque pensaba: «¿Por qué no volverá?»
La joven rodeó con sus brazos el cuello de Hullin, y asaltándole de repente una idea extraña, cogió de la mano al anciano y gritó:
—Vamos, papá Juan Claudio, bailemos, bailemos.
Y le hizo dar dos o tres vueltas.
Hullin, sonriendo a su pesar, se volvió hacia el anabaptista, que permanecía serio como siempre, y le dijo:
—Estamos algo locos, Pelsly; no debe usted extrañarse de ello.
—No, Hullin, es natural. El mismo rey David, después de haber vencido a los filisteos, bailó delante del arca.
Juan Claudio, asombrado de parecerse al rey David, no respondió.
—Y dime, Luisa—añadió luego deteniéndose—, ¿no has tenido miedo durante la última batalla?
—¡Oh! En los primeros momentos, todo aquel ruido de cañonazos...; pero después no he pensado mas que en usted y en mamá Lefèvre.
Juan Claudio permaneció silencioso:
—Ya sabía yo que esta muchacha era valiente—pensaba el anciano—. No le falta nada.
Luisa entonces le cogió de la mano, le condujo frente a un batallón de ollas que se alineaban alrededor del fuego y le enseñó, con aire de triunfo, toda la cocina.
—Aquí está la vaca, aquí el asado, aquí la cena del general Juan Claudio, y aquí el caldo para los heridos. ¡Ah! ¡Bien nos hemos movido! Lesselé y Katel pueden decirlo. Y aquí está la gran hornada que hemos hecho—dijo la joven mostrando una larga hilera de panecillos dispuestos sobre la mesa—. Mamá Lefèvre y yo hemos amasado.
Hullin la oía presa del mayor asombro.
—Pero no es esto todo—añadió Luisa—; venga por aquí.
La joven quitó la cubierta de hierro que tapaba la boca del horno, al fondo del cuarto de cola, y rápidamente se esparció por la cocina un olor de tortas de manteca que alegraba los corazones.
El señor Juan Claudio se sintió conmovido ante aquello.
En tal momento entró la señora Lefèvre diciendo:
—Vamos, es preciso poner la mesa; todo el mundo está esperando. Vamos, Katel, vaya usted a poner el mantel.
La voluminosa joven salió corriendo.
Y todos juntos, atravesando el patio en fila, se dirigieron hacia la sala. El doctor Lorquin, Despois, Marcos Divès, Materne y sus dos hijos, gente toda de buen diente y de apetito magnífico, esperaban la cena con impaciencia.
—¿Y nuestros heridos, doctor?—preguntó Hullin al entrar.
—Todo está terminado, señor Juan Claudio. El trabajo que usted nos ha dado ha sido rudo, pero el tiempo es favorable y no son de temer las fiebres pútridas; todo se presenta bien.
Katel, Lesselé y Luisa entraron en seguida llevando una enorme sopera que humeaba y dos suculentos asados de vaca, que depositaron en la mesa. Todos se sentaron sin ceremonia, Materne a la derecha de Juan Claudio y Catalina Lefèvre a la izquierda. A partir de aquel momento el ruido de las cucharas y tenedores y el glogloteo de las botellas substituyeron a la conversación hasta las ocho y media de la noche. A través de los cristales de las ventanas se veía el resplandor de grandes hogueras, que anunciaban que los guerrilleros se disponían a hacer honor a la cocina de Luisa, y aquello contribuía a la satisfacción de los invitados.
A las nueve, Marcos Divès se hallaba de camino hacia el Falkenstein con los prisioneros. A las diez, todos dormían en la alquería y en la meseta de la montaña, alrededor de las hogueras del vivaque.
Sólo se interrumpía el silencio de tarde en tarde, por el ruido de los pasos de las rondas y por el «¿quién vive?» de los centinelas.
Así terminó aquella jornada, en la que los montañeses mostraron que no había degenerado la vieja raza.
Otros acontecimientos, no menos graves, iban en breve a suceder a los que acababan de tener lugar; porque en este mundo, apenas vencido un obstáculo, se presentan otros nuevos. La vida humana se asemeja a un mar agitado: una ola sigue a otra, desde el antiguo al nuevo mundo, y nada puede detener este movimiento eterno.
Durante la batalla, y hasta que cerró la noche, los habitantes de Grand-Fontaine habían visto al loco Yégof, de pie, en la cima del pequeño Donon, con su corona en la cabeza y el cetro en alto, transmitiendo órdenes, como un rey merovingio a sus imaginarios ejércitos. Lo que aconteció en el espíritu de aquel desdichado cuando vio a los alemanes en completa derrota nadie puede saberlo. Al sonar el último cañonazo, el loco desapareció. ¿Dónde se había refugiado? He aquí lo que cuentan a este propósito las gentes de Tiefenbach:
En aquel tiempo vivían en el Bocksberg dos seres singulares, dos hermanas: una llamada Catalina la Pequeña, y la otra Berbel la Grande. Estas dos andrajosas criaturas se habían establecido en la caverna de Luitprandt, así llamada, según las antiguas crónicas, porque el rey de los germanos, antes de descender a Alsacia, mandó enterrar bajo aquella bóveda inmensa, de asperón rojizo, a los jefes bárbaros que habían muerto en la batalla de Blutfeld. La fuente termal que constantemente brota en medio de la caverna defendía a las dos hermanas de los rigores del frío del invierno, y el leñador Daniel Horn, de Tiefenbach, había tenido la caridad de cerrar la entrada de la cueva con grandes montones de brezos y retamas. Al lado del caliente manantial se encuentra otro de agua fría como la nieve y límpida como el cristal. Catalina la Pequeña, que bebía de esta fuente, no tenía cuatro pies de altura; era pesada, gordinflona, y su rostro siempre lleno de asombro, sus redondos ojuelos y su enorme papera le daban el singular aspecto de una gran pava en meditación. Todos los domingos llevaba Catalina a la aldea de Tiefenbach una cesta, que llenaban aquellos buenos aldeanos de patatas cocidas, pedazos de pan y, algunas veces—los días de fiesta—, de tortas y otros restos de sus festines. Entonces la pobre mujer, casi sin aliento, volvía a la cueva cantando y riendo muy ufana y cogiendo de los cercados lo que a su alcance estaba. Berbel la Grande se guardaba mucho de beber de la fuente fría. Era aquella mujer enjuta, tuerta y escurrida como un murciélago; tenía la nariz roma, las orejas caídas y los ojos chispeantes. Vivía del botín que su hermana hacía, y nunca bajaba del Bocksberg; pero en el mes de julio, al llegar el tiempo de los grandes calores, sacudía, desde lo alto de su ladera, un cardo seco en dirección de las mieses de todos aquellos que no habían llenado regularmente el cesto de Catalina, lo cual atraía sobre las propiedades condenadas tormentas terribles, el granizo y grandes plagas de ratas y topos. Así es que se temían las salidas de Berbel tanto como la peste, y por todas partes se le llamaba Wetterhexe[7], mientras que la pequeña Catalina pasaba por ser el genio benéfico de Tiefenbach y de las cercanías. De esta manera, Berbel vivía tranquilamente cruzada de brazos y su hermana era la que tenía que ir de la Ceca a la Meca.
Desgraciadamente para las dos hermanas, Yégof había establecido hacía muchos años su residencia de invierno en la caverna de Luitprandt. De allí partía en la primavera para visitar sus innumerables castillos y pasar revista a sus leales hasta Geiersteid, en el Hundsrück. Todos los años, pues, a fines de noviembre, después de las primeras nieves, volvía el loco con su cuervo, lo que arrancaba siempre gritos de desesperación a Wetterhexe.
—¿De qué te quejas?—decía Yégof instalándose tranquilamente en el mejor sitio—. ¿No vivís vosotras en mis dominios? Demasiado bueno soy, pues soporto a dos valkyrias inútiles en el Valhalla de mis antepasados.
Entonces Berbel, furiosa, le llenaba de injurias, y Catalina cloqueaba con visible mal humor; pero el loco, sin hacerles caso, encendía su vieja pipa de boj y comenzaba a contar sus lejanas peregrinaciones a los espíritus de los guerreros germanos enterrados en la caverna hacía diez y seis siglos, llamándoles por sus nombres y hablándoles como si estuviesen vivos. Ya puede comprenderse con cuánta alegría veían ambas mujeres la llegada del loco; era para ellas una verdadera calamidad. Ahora bien: aquel año, no habiendo vuelto Yégof, las dos hermanas le creyeron muerto, y se regocijaron con la idea de no verle más. Por entonces, Wetterhexe había observado desde hacía varios días mucha agitación en los desfiladeros cercanos, de gentes que marchaban en masa, con el fusil al hombro, en dirección del Falkenstein y del Donon. Indudablemente algo extraordinario pasaba. La bruja, que recordaba que el año anterior Yégof había referido a las almas de los guerreros que sus innumerables ejércitos no tardarían en invadir el país, experimentaba una vaga inquietud. Berbel hubiera querido saber cuál era la causa de aquella agitación, pero nadie subía a la peña, y Catalina, después de su excursión del domingo precedente, no se prestaba a moverse por todo el oro del mundo.
En tal situación, la Wetterhexe iba y venía por el monte, cada vez más inquieta e irritada. Durante la jornada del sábado, los acontecimientos se desarrollaron de diferente manera. Desde las nueve de la mañana, sordas y profundas detonaciones resonaron como truenos de una tempestad en los mil ecos de la montaña, y muy a lo lejos, hacia el Donon, rápidos relámpagos rasgaban el cielo entre las cumbres de los montes; y después, al acercarse la noche, detonaciones más secas y más formidables aún resonaron al fondo de los desfiladeros silenciosos. A cada disparo parecía que las cimas del Hengst, del Gantzlée, del Giromani y del Grosmann contestaban hasta las profundidades del abismo.
—¿Qué es esto?—se preguntaba Berbel—. ¿Ha llegado el fin del mundo?
Y entrando en la cueva y viendo a Catalina agazapada en un rincón pelando una patata, la sacudió violentamente, gritándole con voz aguda:
—¡Idiota! ¿No oyes nada? ¿No tienes miedo? ¡Tú comes, bebes, gritas, y eso te basta! ¡Oh! ¡Qué monstruo!
Berbel le arrebató la patata con furor y sentose temblando de indignación cerca del manantial caliente, del que ascendían hasta la bóveda grandes nubes grises. Media hora después, cuando las tinieblas se hicieron muy profundas y el frío llegó a ser excesivo, la bruja encendió una hoguera con ramas de brezos, que proyectó sus pálidos reflejos en los macizos de piedra rojiza, hasta el fondo del antro, donde dormía Catalina con los pies metidos en la paja y las rodillas cerca de la barba. Fuera había cesado el ruido. Wetterhexe separó la maleza para dirigir una mirada hacia la ladera; luego volvió a sentarse cerca del fuego, y cerrando los flojos párpados, con la ancha boca contraída, que acusaba grandes arrugas circulares alrededor de sus mejillas, trajo hacia sí una vieja manta de lana y pareció amodorrarse. Sólo se oyó entonces, a largos intervalos, el ruido del vapor condensado que caía de la bóveda en la fuente produciendo un chapoteo extraño.
Aquel silencio duró cerca de dos horas. La media noche se aproximaba cuando, de improviso, un ruido lejano de pasos, mezclado con clamores discordantes, se oyó en la ladera. Berbel prestó atención y pudo convencerse de que eran gritos humanos. Levantose llena de espanto, y, provista del maléfico cardo, se deslizó hasta la entrada de la cueva; separó la maleza y vio, a unos cincuenta pasos, al loco Yégof que avanzaba a la luz de la Luna; venía solo y gesticulaba, hendiendo el aire con su cetro, como si millares de seres invisibles le rodeasen.
—¡A mí, Roug, Bled, Adelrico!—gritaba con voz atronadora, con la barba erizada, suelta la cabellera roja y la piel de perro alrededor del brazo a guisa de escudo—. ¡A mí! ¿Me oís, por fin? ¿No veis que llegan? Aquí los tenéis cayendo del cielo como los buitres. ¡A mí, los hombres rojos, a mi! ¡Acabemos con esta raza de perros! ¡Ah, ah! ¿Eres tú, Minau; eres tú, Rochart?...—Y nombraba a los muertos del Donon con sangrientas burlas, desafiándolos como si estuviesen presentes; después retrocedía paso a paso, golpeando en el aire, lanzando imprecaciones, llamando a los suyos, forcejeando como en una refriega. Aquella extraña lucha con seres invisibles causó a Berbel un terror supersticioso, y sintiendo que sus cabellos se erizaban, quiso ocultarse; pero en el mismo instante un vago rumor le obligó a volverse, y ¡cuál no sería su espanto al ver que el manantial caliente hervía con más fuerza que de costumbre, y que grandes nubes de vapor se desprendían de él, avanzando en dirección de la puerta!
Y mientras que, semejantes a fantasmas, estas espesas nubes avanzaban lentamente, de improviso apareció Yégof gritando con voz seca:
—¡Por fin estáis aquí! ¡Ya me habéis oído!
Luego, con movimiento rápido, el loco separó los obstáculos de la entrada; el aire glacial penetró por la bóveda y los vapores se esparcieron en el cielo inmenso, retorciéndose y escapándose por encima de la peña, como si los muertos de aquel día y los de los pasados siglos hubiesen vuelto a comenzar en otras esferas el combate eterno.
Yégof, con el rostro contraído, a la pálida luz de la Luna, empuñando el cetro, con la amplia barba extendida sobre el pecho y los ojos centelleantes, saludaba a cada fantasma con un gesto y lo llamaba por su nombre, diciendo:
—¡Salud, Bled; salud, Roug! ¡Y todos vosotros, valientes, salud!... La hora que aguardáis desde hace siglos se acerca; las águilas afilan sus picos, la tierra tiene sed de sangre. ¡Acordaos del Blutfeld!
Berbel estaba anonadada, inmovilizada por el terror; mas las últimas nubes no tardaron en huir de la caverna, desvaneciéndose en el azul infinito.
Entonces Yégof penetró bruscamente en la cueva y se sentó cerca del manantial, con la cabeza entre las manos, los codos en las rodillas y contemplando con mirada huraña cómo hervía el agua.
Catalina acababa de despertarse, y graznaba como cuando se solloza; Wetterhexe, más muerta que viva, observaba los movimientos del loco desde el rincón más obscuro del antro.
—¡Ya han salido todos de la tierra!—exclamó de repente Yégof—. ¡Todos, todos! ¡No queda ninguno! ¡Ellos reanimarán el espíritu de la gente joven y le inspirarán el desprecio a la muerte!
Y levantando su pálida faz, en la que se marcaban las huellas de un dolor agudo, y fijando en Wetterhexe sus ojos de lobo, dijo:
—¡Oh, mujer, descendiente de las estériles Valkyrias! ¡Tú no has recogido en tu seno el aliento de los guerreros para devolverles la vida! Tú, que nunca has llenado sus profundas copas en la mesa del festín, ni les has presentado la carne humeante del jabalí Sarimar, ¿para qué sirves? ¿Para hilar sábanas? Pues bien; toma la rueca y trabaja noche y día, porque millares de jóvenes esforzados se acuestan en la nieve... Han combatido con ardor... Han cumplido con su deber, sí; pero no ha llegado la hora... ¡Ahora los cuervos se disputan sus despojos!
Y con rabiosa y espantable voz, arrancándose la corona con ambas manos, en las que quedaron prendidos gran número de cabellos, gritó enfurecido:
—¡Oh, raza maldita! ¡Siempre serás tú la que se oponga a nuestro paso! Sin ti ya hubiéramos conquistado a Europa, y los hombres rojos serían los señores del mundo! ¡Y yo me he humillado ante el jefe de esa raza de perros!... ¡Yo le he pedido su hija en vez de tomarla y llevármela, como hace el lobo con la oveja! ¡Ah! ¡Huldrix! ¡Huldrix!...
Y deteniéndose, añadió en voz baja:
—¡Escucha, escucha, valkyria!
El viejo levantó la mano con aire solemne.
Wetterhexe escuchó; una ráfaga de viento acababa de oírse en el silencio de la noche, agitando los bosques seculares cubiertos de escarcha. ¡Cuántas veces la bruja había oído gemir el cierzo en las noches de invierno y ni prestó siquiera atención! ¡Pero ahora sentía miedo!
Mientras la bruja, toda temblorosa, atendía, oyose fuera un grito ronco, y casi inmediatamente el cuervo Hans, penetrando en la cueva, comenzó a describir grandes círculos bajo la bóveda, agitando las alas como si estuviese azorado y lanzando lúgubres graznidos.
Yégof se quedó pálido como un muerto.
—¡Vod, Vod!—exclamó el viejo con voz desgarradora—, ¿qué te ha hecho tu hijo Luitprand? ¿Por qué le prefieres a otro cualquiera?
Y durante algunos segundos permaneció como anonadado; pero de repente, poseído de un feroz entusiasmo, y blandiendo su cetro, se lanzó fuera de la caverna.
Dos minutos después, Wetterhexe, de pie a la entrada de la cueva, le seguía con mirada llena de ansiedad.
El loco marchaba en línea recta, con la cabeza erguida y a grandes pasos; hubiérase dicho que era una fiera que iba a caza de alimento. Hans le precedía, revoloteando de un sitio a otro.
Y no tardaron en desaparecer ambos tras el desfiladero del Blutfeld.
Aquella noche, hacia las dos de la madrugada, comenzó a nevar; al despuntar el día hubo necesidad de ponerse en movimiento y de darle de firme a las suelas.
Los alemanes habían abandonado Grand-Fontaine, Framont y Schirmeck. Lejos, muy lejos, en las llanuras de Alsacia, se veían unos puntos negros, que eran sus batallones en retirada.
Hullin se despertó muy temprano y dio una vuelta por el vivaque; se detuvo unos instantes a contemplar la meseta, los cañones que apuntaban hacia el desfiladero, los guerrilleros tendidos alrededor de las hogueras y los centinelas con el fusil al brazo. Luego, habiendo quedado satisfecho de la revista, entró en la casa de labor, en la que aún dormían Luisa y Catalina.
Una claridad gris se esparcía en la habitación. Algunos heridos, en la sala contigua, empezaban a sentir el delirio de la fiebre y se les oía llamar a sus mujeres y a sus hijos. Poco después, un rumor de voces, un ruido de idas y venidas, rompieron el silencio de la noche. Catalina y Luisa se despertaron y vieron a Juan Claudio, sentado cerca de la ventana, que las miraba con ternura. Avergonzadas de ser más perezosas que él, las dos mujeres se levantaron y corrieron a sus brazos.
—¿Qué hay?—preguntó Catalina.
—Pues nada, se han marchado; quedamos dueños del camino, como había previsto.
Aquella confianza no pareció tranquilizar a la anciana labradora, que no pudo dejar de mirar a través de los cristales para ver la retirada de los alemanes hacia el fondo de Alsacia. A pesar de todo, durante el resto del día su rostro grave conservó la impresión de una inquietud indefinible.
Entre ocho y nueve de la mañana llegó el señor Saumaize, cura de la aldea de Charmes. Descendieron algunos montañeses hasta el pie del monte para recoger a los muertos; abriose a la derecha de la casa de labor una ancha fosa, en la que guerrilleros y kaiserlicks, con sus vestidos, sus sombreros, sus chacós y sus uniformes, fueron colocados unos al lado de otros. El señor Saumaize, un cura anciano de cabeza blanca, leyó las antiguas preces de difuntos con esa voz rápida y misteriosa que nos penetra hasta el fondo del alma y por las que parece convocar a las generaciones pasadas para que den cuenta a las presentes de los horrores de ultratumba.
Durante todo el día llegaron muchos carruajes y schlittes[8] para trasladar a los heridos, que pedían a grandes voces ser llevados a sus aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitación que los desgraciados sufrían, se veía obligado a acceder a su petición. Cerca de las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala grande. Luisa había ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de nieve continuaban cayendo del cielo, depositándose en el borde de las ventanas, y a cada instante se veía partir un trineo silenciosamente con un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y otras un hombre los que conducían al caballo de la brida. Catalina, sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.
—¿Qué le pasa a usted, Catalina?—preguntó Hullin—. Desde esta mañana veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.
La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondió:
—Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.
—¡Inquieta! ¿Y por qué? El enemigo está en plena retirada. Hace un momento Frantz Materne, a quien había mandado que hiciera un reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jerónimo y de Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne padre y Kasper, después de enterrar a los muertos, han averiguado en Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la Peña. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de España han rechazado al enemigo en la carretera de Senones y que éste teme verse envuelto por Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razón de su inquietud.
Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:
—Usted va a reírse de mí, pero óigame: he tenido un sueño.
—¿Un sueño?
—Sí; el mismo que tuve en «El Encinar».
Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosiguió:
—Usted dirá lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza... Sí, sí; ya sé que esto no tiene para usted ningún valor... Pero, por otra parte, no era tampoco un sueño; era como una antigua historia que se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueños y que se conoce. Vea usted: estábamos, como hoy, después de una gran victoria, en alguna parte..., yo no sé dónde..., en una especie de barracón de madera, de gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensábamos en nada; todas las personas que veía me eran conocidas; estaba usted, estaba también Marcos Divès, el viejo Duchêne y muchos otros ancianos ya muertos; mi padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el tío de éste que acaba de morir, todos con anguarinas de paño pardo, las barbas abundantes y el cuello descubierto. Habíamos obtenido la misma victoria que ayer y bebíamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un grito de: «¡El enemigo vuelve!» Y Yégof, a caballo, con sus barbas fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos como los de un lobo, se apareció ante mí, entre las sombras de la noche. Corro hacia él, empuñando una estaca; el loco me espera a pie firme... y desde aquel momento ya no veo más... Sólo siento un agudo dolor en el cuello, un sudor frío que me baña el rostro y tengo la impresión de que mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Yégof que había atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba—dijo la labradora con tal acento de convicción, que Hullin se estremeció.
Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su estupor, contestó:
—¡Es un sueño!... Yo también suelo tener sueños... Ayer se afectó usted demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...
—No—respondió la anciana con gran firmeza reanudando su labor—; no es eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la batalla, y hasta el momento en que el cañón tronaba contra nosotros, no he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podíamos ser derrotados; ¡eso lo había visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora tengo miedo.
—Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la línea de los Vosgos está bien defendida y tenemos más gente de la que necesitamos, sin contar la que se nos une a cada momento.
—No importa.
Hullin se encogió de hombros y dijo:
—Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; cálmese y procure pensar en cosas alegres. Todos esos sueños me importan poco y me río de ellos como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es vivir prevenidos, tener municiones, cañones y hombres; eso vale más que todos los sueños...
—¿Se ríe usted de lo que digo, Juan Claudio?
—No; pero al oír a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como usted lo hace, no hay más remedio que pensar en Yégof, que se jacta de haber vivido mil seiscientos años.
—¡Quién sabe—dijo la anciana con obstinación—si él se acuerda de lo que los otros han olvidado!
Hullin iba a referir a Catalina la conversación que había tenido el día anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que éste sería el mejor medio de quitar a la anciana sus lúgubres preocupaciones; pero al verla de acuerdo con Yégof en el capítulo de los mil seiscientos años, el buen hombre no dijo nada y prosiguió su paseo silenciosamente, cabizbajo y pensativo. «Está loca—pensaba—; la más ligera agitación acabará con ella para siempre.»
Catalina, después de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando Luisa entró, rápida como una golondrina, gritando con dulce voz:
—¡Mamá Lefèvre, mamá Lefèvre! ¡Una carta de Gaspar!
Entonces la labradora, cuya nariz aguileña se había encorvado hasta tocar los labios, a causa de la indignación que le producía ver cómo Hullin tomaba a broma su sueño, levantó la cabeza, y los grandes surcos de sus mejillas desaparecieron.
Catalina cogió la carta, miró el lacre rojo y dijo a la joven:
—Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.
Luisa abrazó y besó a la anciana con frenesí.
Hullin se había aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos apoyadas en un garrote y los hombros caídos, permanecía en la puerta con aire de cansancio.
La anciana se puso las gafas, abrió la carta con cierto recogimiento, ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y leyó en alta voz:
«La presente, madre mía, tiene por objeto comunicarle que todo marcha bien y que he llegado el martes por la tarde a Falsburgo, en el preciso momento en que se cerraban las puertas. Los cosacos estaban ya en la ladera de Saverne y hemos tenido que pasar la noche tiroteando sus avanzadas. Al día siguiente se presentó un parlamentario intimándonos que rindiéramos la plaza. El comandante Meunier le contestó que se marchara con la música a otra parte, y tres días después un diluvio de bombas y obuses comenzó a caer sobre la ciudad. Los rusos tienen tres baterías; una en la falda de Mittelbronn, otra en Las Barracas de lo alto, y la tercera detrás del tejar de Pernette, cerca del abrevadero; pero las balas candentes son las que hacen más daño, porque queman las casas de arriba abajo, y cuando el incendio se declara en alguna parte, comienzan a caer obuses a su alrededor, que impiden a las gentes extinguirlo. Las mujeres y los niños no salen de los blocaos; los paisanos permanecen con nosotros en las murallas; son gente animosa y hay entre ellos algunos veteranos de las campañas del Sambre y Mosa, de Italia y de Egipto, que no han olvidado el manejo de las piezas. Me estremece verlos, con sus grandes bigotes grises, pegados a los cañones, para apuntar bien. Puedo asegurarle que con ellos no hay metralla que se pierda. Después de haber hecho temblar al mundo, es duro verse obligado a defender, en los días de la vejez, su choza y su último pedazo de pan...»
—Sí, es duro—exclamó la señora Catalina, secándose los ojos—; de pensarlo solamente da pena.
Después, la anciana prosiguió:
«Anteayer, el gobernador ordenó un ataque para destruir los depósitos de municiones del tejar. Ya sabrá usted que los rusos rompen el hielo del abrevadero para bañarse en pelotones de veinte a treinta y que en seguida se meten, para secarse, en los hornos de ladrillos. Pues bien; a eso de las cuatro, al ponerse el Sol, salimos por la poterna del arsenal, subimos a los caminos cubiertos y nos encaminamos por la avenida de las Vacas, con el fusil al brazo y a paso de carga. Diez minutos después comenzamos a hacer fuego graneado sobre los que se hallaban en el abrevadero. Los restantes salieron del tejar, sin tener tiempo mas que para colocarse las cartucheras, tomar el fusil e ir a ponerse en filas, completamente desnudos en la nieve como verdaderos salvajes. A pesar de esto, los miserables, que eran diez veces más numerosos que nosotros, iniciaron un movimiento hacia la derecha, en dirección de la capillita de San Juan, con el objeto de rodearnos; pero las baterías del arsenal descargaron sobre ellos un huracán de mil demonios, como no he visto otro en mi vida; la metralla se llevaba filas enteras de enemigos. Al cabo de un cuarto de hora, todos en masa comenzaron a retirarse hacia Cuatro Vientos, sin recoger sus equipos, con los oficiales a la cabeza y las municiones de la posición a retaguardia. El señor Juan Claudio se hubiera reído de lo lindo al ver este desastre. En fin, cuando cerró la noche, volvimos a la ciudad, después de haber destruido los depósitos de balas y de haber arrojado dos cañones de ocho a los pozos del tejar. Tal ha sido nuestra primera expedición. Hoy le escribo desde Las Barracas del Encinar, adonde hemos venido para buscar vituallas con que abastecer la plaza. Todo esto puede durar aún varios meses. He oído decir que los aliados suben por el valle de Dosenheim hasta Weschem, y que invaden por millares el camino de París... ¡Ah! ¡Si quisiera Dios que el emperador ganase la partida en Lorena o en la Champaña, no iba a escaparse uno solo! En fin, quien viva verá... Ahora tocan a retirada; volvemos a Falsburgo. Hemos recogido no pocas vacas y cabras en las cercanías, y será preciso batirse para que lleguen sanas y salvas a la ciudad. Hasta la vista, madre mía, mi querida Luisa, papá Juan Claudio; abrazo a todos con efusión, como si les tuviera entre mis brazos.»
Al acabar la lectura, Catalina Lefèvre se enterneció.
—¡Qué buen muchacho!—exclamó la anciana—; no atiende mas que a su deber. En fin..., está bien... Ya lo oyes, Luisa, te abraza, con efusión.
Luisa se precipitó en los brazos de Catalina, y ambas mujeres se besaron; la labradora, a pesar de la entereza de su carácter, no pudo contener dos gruesas lágrimas, que siguieron los surcos de sus mejillas. Luego, tranquilizándose, dijo:
—¡Vamos, vamos; todo marcha bien! Venga usted, Brainstein, que le voy a dar un trozo de carne y un vaso de vino. Además, aquí tiene un escudo de seis libras por la caminata; yo quisiera darle lo mismo todas las semanas por una carta semejante.
El peatón, encantado de tan buena suerte, siguió a la anciana; Luisa iba detrás, y Juan Claudio marchaba tras ella, impaciente por interrogar a Brainstein sobre lo que había sabido por el camino referente a los acontecimientos que se desarrollaban; pero no pudo sacarle nada nuevo, sino que los aliados bloqueaban Bitche y Lutzelstein y que habían perdido varios centenares de hombres en el intento de forzar el desfiladero del Graufthal.
Hacia las diez de la noche, Catalina Lefèvre y Luisa, después de haber dado las buenas noches a Hullin, subieron a su habitación, que estaba encima de la sala grande, para acostarse. Había allí dos amplios lechos de plumas, con colgaduras de tela a rayas azules y rojas, que se elevaban hasta el techo.
—Vamos—exclamó la labradora encaramándose a una silla—; que duermas bien, hija mía; yo no puedo más y voy a caer rendida.
Catalina se tapó con la manta, y cinco minutos después dormía profundamente.
Luisa no tardó en seguir su ejemplo.
De este modo habían transcurrido dos horas, cuando la anciana despertó sobresaltada por un tumulto espantoso.
—¡A las armas! ¡A las armas!—gritaban por todas partes—. ¡Eh! ¡Por aquí! ¡Mil centellas! ¡Que vienen!
Cinco o seis disparos se sucedieron, iluminando los cristales envueltos en la obscuridad.
—¡A las armas! ¡A las armas!
Nuevos disparos se oyeron. La gente iba de un lado a otro, corriendo.
La voz de Hullin, seca, vibrante, sobresalía dando órdenes.
A la izquierda de la alquería, bastante lejos, resonaba como un chisporroteo sordo y profundo, en los puertos del Grosmann.
—¡Luisa, Luisa!—gritó la labradora—; ¿no oyes?
—¡Sí!... ¡Oh, Dios mío, es terrible!
Catalina saltó de la cama.
—Levántate, hija mía—añadió—; vamos a vestirnos en seguida.
Los disparos aumentaban, y sus fogonazos cruzaban por los cristales como relámpagos.
—¡Cuidado!—gritó Materne.
Oíanse también los relinchos de un caballo que se hallaba fuera y las recias pisadas de una muchedumbre de gentes que andaban por el pasillo, por el patio y delante de la alquería; la casa parecía conmoverse hasta sus cimientos.
De repente, sonaron unos disparos en las ventanas de la sala baja. Las dos mujeres se vestían apresuradamente. En aquel momento, unas pisadas fuertes resonaron en la escalera; abriose la puerta, y Hullin apareció con una linterna en la mano, pálido el rostro, los cabellos desgreñados y temblándole las mejillas.
—¡Vamos, de prisa!—exclamó—; no tenemos un minuto que perder.
—¿Pero qué pasa?—preguntó Catalina.
El ruido de las descargas se acercaba.
—¡Vamos!—gritó Juan Claudio levantando los brazos—; ¿cree usted que hay tiempo de explicarlo?
La anciana comprendió que no tenía mas que obedecer, y cogiendo su manto bajó la escalera con Luisa. Al resplandor intermitente de los fogonazos, Catalina vio a Materne, con el pecho al aire, y a su hijo Kasper disparando desde el umbral del pasillo hacia las barricadas; diez hombres, situados detrás de ellos, les pasaban los fusiles cargados, de suerte que no tenían mas que encañonar y hacer fuego. Todas aquellas figuras apelotonadas, que cargaban las armas y se las alargaban unos a otros, tenían un terrible aspecto. Tres o cuatro cadáveres, tendidos junto a la pared derruida, añadían una nota lúgubre al horror del combate; el humo penetraba dentro de la casucha.
Al llegar a lo alto de la escalera, Hullin gritó:
—¡Ya están aquí, gracias a Dios!
Y todos los valientes que allí se encontraban, levantando la cabeza, gritaron:
—¡Animo, señora Lefèvre!
Entonces, la pobre mujer, dominada por tantas emociones, rompió a llorar, apoyándose en el hombro de Juan Claudio; pero éste la tomó en sus brazos como una pluma y salió corriendo a lo largo del muro, a la derecha; Luisa les seguía sollozando.
Fuera no se oía mas que el silbido de las balas, y golpes sordos en la pared; la cal se desconchaba, las tejas caían a tierra, y frente por frente, en dirección de las barricadas, a trescientos pasos, se veían los uniformes blancos, alineados, que se iluminaban con los fogonazos de sus propios disparos, en la noche obscura, y a la izquierda, al otro lado del barranco de las Minas, se divisaba a los hombres de la sierra que cogían de flanco al enemigo.
Hullin desapareció tras el ángulo de la casa de labor; allí la obscuridad era completa, y apenas se veía al doctor Lorquin, a caballo delante de un trineo, empuñando un espadón de caballería y un par de pistolas de arzón al cinto, y a Frantz Materne, al frente de una docena de hombres armados de fusiles, que temblaba de ira. Hullin colocó a Catalina en el trineo sobre un montón de paja, y Luisa se sentó a su lado.
—¡Vamos, ya están ustedes aquí!—exclamó el doctor—; gracias a Dios.
Y Frantz Materne agregó:
—Si no fuera por usted, señora Lefèvre, crea que ni uno solo abandonaría esta noche el monte; pero por usted no hay nada que decir.
—No—gritaron los demás—; nada tenemos que decir.
En aquel momento, un hombre fornido, de piernas largas como las de una garza real, y cargado de espaldas, pasó corriendo por detrás de la pared, gritando:
—¡Que vienen!... ¡Sálvese el que pueda!
Hullin palideció.
—Es el amolador del Harberg—dijo Juan Claudio, rechinando los dientes.
Frantz no dijo nada, y, llevándose la carabina al hombro, apuntó e hizo fuego.
Luisa vio al amolador, distante unos treinta pasos, que alzaba los brazos en la obscuridad y caía de bruces a tierra.
Frantz volvió a cargar el arma sonriendo de extraño modo.
Hullin dijo:
—Camaradas: aquí tenéis a nuestra madre, la que nos ha dado la pólvora y la que nos ha mantenido para que defendamos la patria; aquí tenéis también a mi hija; ¡salvadlas!
—Las salvaremos o moriremos con ellas.
—Y no olvidéis decir a Divès que permanezca en el Falkenstein hasta nueva orden.
—Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio.
—¡Pues en marcha, doctor, en marcha!—exclamó el valiente guerrillero.
—¿Y usted, Hullin?—dijo Catalina.
—Mi sitio es éste; hay que defender la posición hasta la muerte.
—¡Papá Juan Claudio!—gritó Luisa, tendiéndole los brazos.
Pero el guerrillero doblaba ya la esquina; el doctor arreó el caballo, y el trineo se deslizó por la nieve. Detrás de él, Frantz Materne y sus hombres, con las carabinas al hombro, apresuraban el paso, mientras que el ruido de las descargas continuaba alrededor de la casa.
Esto fue todo lo que Catalina Lefèvre y Luisa vieron en el transcurso de algunos minutos. Sin duda había sucedido algo extraño y terrible aquella noche. La anciana, acordándose de su sueño, permanecía silenciosa. Luisa se secaba las lágrimas y dirigía miradas angustiosas hacia la meseta, iluminada como por un incendio. El caballo saltaba al recibir los golpes del doctor, y los hombres de la escolta seguían a duras penas el trineo. Durante largo tiempo oyéronse los tumultos y clamores del combate, las descargas y el silbido de las balas que segaban la maleza; pero todo esto fue diminuyendo cada vez más, y al llegar a la parte baja del sendero, todo desapareció como si fuese un sueño.
El trineo acababa de llegar a la otra vertiente de la montaña y volaba, como una flecha, en las tinieblas. Sólo turbaba el silencio el galope del caballo, la respiración anhelante de la escolta y, de vez en cuando, el grito del doctor: «¡Eh, Bruno! ¡Arriba, vamos!»
Ráfagas de aire frío, ascendiendo de los valles del Sarre, traían de muy lejos, como un suspiro, los rumores eternos de los torrentes y de los bosques. La Luna, filtrándose entre las nubes, alumbraba de lleno las selvas sombrías del Blanru, con sus grandes abetos cargados de nieve.
Diez minutos después llegaba el trineo a la linde de estos bosques, y el doctor Lorquin, volviéndose sobre la silla del caballo, preguntó:
—¿Qué hacemos ahora, Frantz? Este es el sendero que se dirige a las colinas de San Quirino, y este otro el que baja al Blanru. ¿Cuál tomamos?
Frantz y los hombres de la escolta se aproximaron. Como se encontraban entonces en la vertiente occidental del Donon, empezaban a distinguir, por el otro lado, en lo alto del cielo, el fuego de los alemanes que venían por el Grosmann. No se veía mas que los fogonazos, y algunos minutos después se oía la detonación retumbar en los abismos.
—El sendero de las colinas de San Quirino es el más corto—dijo Frantz—para ir al «Encinar»; por lo menos, adelantaremos tres cuartos de hora.
—Sí—exclamó el doctor—, pero nos exponemos a ser detenidos por los kaiserlicks, que han tomado ya el desfiladero del Sarre. Mirad, son dueños de las alturas; sin duda han enviado destacamentos hacia el Sarre-Rojo para rodear el Donon.
—Tomemos el sendero del Blanru—dijo Frantz—es más largo, pero es más seguro.
El trineo descendió a la izquierda, a lo largo de los bosques. Los guerrilleros, en fila, con el fusil a la espalda, marchaban por lo alto del talud, y el doctor, a caballo, iba por el camino en trinchera, abriéndose paso por entre las ramas de los árboles, proyectando su negra sombra sobre el sendero profundo, y la Luna alumbraba los alrededores. Aquel paso tenía algo tan pintoresco y majestuoso, que en cualquier otra circunstancia Catalina hubiese quedado maravillada al contemplarlo, y Luisa no hubiera dejado de admirar aquellas altas pirámides de escarcha, aquellos festones que relucían como el cristal, a la pálida luz de la Luna; pero entonces sus almas estaban llenas de inquietud. Además, cuando el trineo entró en el desfiladero, desapareció en absoluto la claridad, y sólo quedaron iluminadas las cimas de las altas montañas de alrededor. Iban caminando así hacía un cuarto de hora, en silencio, cuando Catalina, después de haber puesto muchas veces freno a su lengua, no pudiendo contenerse más, exclamó:
—Doctor Lorquin: puesto que nos tiene usted aquí, en el fondo del Blanru, y que puede usted hacer de nosotros lo que quiera, ¿quiere explicarme por qué se nos conduce por fuerza? Juan Claudio me tomó, me dejó en este montón de paja... y aquí estoy.
—¡Arre, Bruno!—murmuró el doctor.
Y luego respondió gravemente:
—Esta noche, señora Catalina, nos ha sucedido la mayor de las desgracias. No hay que culpar a Juan Claudio si, por la falta de otro, perdemos el fruto de nuestros sacrificios.
—¿La falta de quién?
—De ese desgraciado de Labarbe, que no ha sabido defender el desfiladero del Blutfeld. Bien es cierto que ha muerto cumpliendo con su deber; pero eso no repara el desastre, y si Piorette no llega a tiempo de socorrer a Hullin, todo se habrá perdido; será preciso abandonar el camino y batirnos en retirada.
—¡Cómo! ¿El Blutfeld ha sido tomado?
—Sí, Catalina. ¿Quién hubiera nunca pensado que los alemanes entrarían por allí? ¡Un desfiladero casi impracticable para los peatones, encajado entre rocas cortadas a pico, en el que hasta los pastores a duras penas pueden bajar con sus rebaños de cabras! Pues bien; han pasado por allí dos a dos, han rodeado la Peña Hueca, han destrozado a Labarbe y han caído sobre Jerónimo, que se ha defendido como un león hasta las nueve de la noche; pero, al fin, se vio obligado a refugiarse en el monte y dejar el paso libre a los kaiserlicks. Eso ha sido, en resumen, lo que ha pasado. Es espantoso. Debe haber alguna persona del país, bastante cobarde y bastante miserable, para guiar al enemigo a nuestras espaldas y para entregarnos a él atados de pies y manos. ¡Oh, el bandido!—exclamó Lorquin con voz colérica—; yo no soy malo, pero si el tal se pone a mi alcance, he de dejarle seco... ¡Arre, Bruno, arre!
Los guerrilleros seguían marchando por los lados del camino sin decir nada, como si fuesen sombras.
El trineo volvió a correr al galope del caballo; poco después moderó la marcha; el animal respiraba agitadamente.
La labradora permanecía silenciosa, tratando de ordenar aquellas nuevas ideas en su cabeza.
—Empiezo a comprender—dijo Catalina al cabo de algunos segundos—; esta noche hemos sido atacados de frente y de costado.
—Exactamente, Catalina; por fortuna, diez minutos antes del ataque, un hombre de Marcos Divès, el contrabandista Zimmer, que ha sido dragón, llegó a todo correr para prevenirnos. Sin este aviso, estábamos perdidos. El muy valiente cayó en nuestras avanzadas, después de haber atravesado un destacamento de cosacos en la meseta del Grosmann; el pobre hombre había recibido un sablazo terrible, y sus entrañas colgaban de la silla del caballo. ¿No es así, Frantz?
—Sí—respondió el cazador con voz sorda.
—¿Y qué dijo?—preguntó la anciana.
—No tuvo tiempo mas que para gritar: «¡A las armas!... ¡Estamos cercados!... Me envía Jerónimo...; Labarbe ha muerto... Los alemanes han pasado el Blutfeld.»
—¡Era un valiente!—murmuró Catalina.
—Sí, era un valiente—contestó Frantz inclinando la cabeza.
Quedó todo en silencio, y el trineo siguió avanzando por el valle tortuoso durante un largo espacio de tiempo. A cada instante era preciso detenerse, pues la nieve se hacía muy profunda. Entonces tres o cuatro de aquellos serranos de la escolta descendían de lo alto del talud, tomaban al caballo de la brida y se continuaba la marcha.
De repente Catalina pareció salir de su sueño, preguntando:
—De todos modos, ¿por qué no me ha dicho Hullin?...
—Si le habla de esos ataques—interrumpió el doctor—, usted hubiera querido quedarse allí.
—¿Y quién puede impedirme hacer lo que quiera? Si ahora mismo quisiera apearme del trineo, ¿no podría hacerlo?... He perdonado a Juan Claudio, y estoy arrepentida...
—¡Oh, mamá Lefèvre!, ¿y si muere mientras usted dice eso?—murmuró Luisa.
—Tiene razón la niña—pensó Catalina; y rápidamente añadió:
—Digo que estoy arrepentida; pero es un hombre tan valiente, que no se le puede tener rencor por lo que ha hecho. Le perdono de todo corazón; en su lugar, hubiera hecho lo mismo.
A doscientos o trescientos pasos de allí, los fugitivos penetraron en el desfiladero de las Rocas. La nieve había cesado de caer y la Luna brillaba entre dos grandes nubes, una blanca y otra negra. La estrecha garganta, bordeada de ingentes rocas cortadas a pico, se extendía bastante lejos, y sobre ambos lados los abetos gigantes se elevaban hasta perderse de vista. Nada turbaba en aquel lugar la calma de los grandes bosques; dijérase que se hallaban muy lejos todas las agitaciones humanas. El silencio era tan profundo, que se oían los pasos del caballo en la nieve, y, de vez en cuando, su entrecortada respiración. Frantz Materne se detenía algunas veces, dirigía una mirada hacia las laderas obscuras y luego apresuraba el paso para alcanzar a los demás.
Y los valles se sucedían unos a otros; el trineo subía, bajaba, volvía a la derecha, después a la izquierda, y los guerrilleros, con la bayoneta calada, seguían la marcha sin detenerse.
De este modo caminaron todos hasta las tres de la madrugada, en que llegaron a la pradera de Brimbelles, sitio en el cual se ve hoy todavía una hermosa encina que avanza sobre el camino, al dar la vuelta al valle. Al otro lado, hacia la izquierda, en medio de malezas cubiertas de nieve, detrás de un muro pequeño de piedra en seco y de las empalizadas de un jardinillo, comenzaba a descubrirse la vieja casa forestal del guarda Cuny, con sus tres colmenas puestas sobre una tabla, su antigua y nudosa parra, que trepaba por un colgadizo hasta el tejado, y su rama de abeto pendiente del canalón a guisa de muestra; porque Cuny tenía también el oficio de tabernero en aquellas soledades.
En tal sitio, como el camino que corre a lo largo de la parte superior del muro de la pradera está situado cuatro o cinco pies más arriba que ésta, y como en aquel momento una densa nube velase la Luna, el doctor, temiendo volcar, detúvose bajo la encina.
—No nos falta mas que una hora de camino—dijo Lorquin—. Animo, pues, señora Lefèvre; no tenemos prisa.
—Sí—dijo Frantz—; hemos pasado lo peor y podemos dar descanso al caballo.
La escolta se reunió alrededor del trineo; el doctor echó pie a tierra. Algunos hicieron lumbre con los eslabones para encender sus pipas; pero nadie decía una palabra; todo el mundo pensaba en el Donon. ¿Qué estaría pasando allí? ¿Lograría Juan Claudio sostenerse en la meseta hasta la llegada de Piorette? Tantas cosas tristes, tantas reflexiones desconsoladoras inundaban el alma de aquellos valientes, que nadie sentía deseos de hablar.
Cinco minutos llevarían de descanso bajo la encina centenaria, cuando, en el momento que la nube se separaba lentamente de la Luna y que la pálida luz de ésta penetraba hasta el fondo del desfiladero, a unos doscientos pasos de distancia de los fugitivos, se destacó en el sendero y entre los pinares una figura negra a caballo. Aquella figura, alta y sombría, no tardó en recibir un rayo de Luna; viose entonces distintamente que era un cosaco con su gorro de piel de cordero y que llevaba la lanza bajo el brazo, con la punta hacia atrás. Se adelantaba al paso; y ya Frantz había apuntado, cuando detrás de él apareció otra lanza y otro cosaco, y después otro... En toda la extensión del monte, sobre el fondo pálido del cielo, no se veían mas que banderolas en forma de cola de golondrina y el brillo de las lanzas de los cosacos, que avanzaban en fila, directamente hacia el trineo, pero sin apresurarse, como gentes que iban en busca de algo, unos alzando la vista y otros inclinándose en la silla para mirar entre la maleza. Eran, seguramente, más de treinta.
Júzguese cuál sería la emoción de Luisa y Catalina, que se hallaban en tal momento sentadas en medio del camino. Miraban ambas mujeres con la boca abierta. Un minuto más, y se encontrarían rodeadas de aquellos bandidos. Los guerrilleros parecían estupefactos; era imposible retroceder: por un lado había que saltar un muro del prado, y por el otro, era preciso trepar por la montaña. En su turbación, la pobre labradora cogió a Luisa por un brazo y gritó con voz alterada por el peligro:
—¡Huyamos al bosque!
Y quiso saltar por encima del trineo; pero sus pies no pudieron separarse de la paja.
De repente, uno de los cosacos dejó escapar una exclamación gutural, que recorrió toda la línea.
—¡Nos han descubierto!—gritó el doctor Lorquin sacando el sable.
Apenas había pronunciado estas palabras, doce disparos iluminaron el sendero de un extremo al otro, y verdaderos aullidos de salvajes contestaron a las detonaciones. Los cosacos desembocaron del sendero en el prado de enfrente, encorvados sobre sus caballos, con las piernas encogidas, a rienda suelta y corriendo a todo correr hacia la casa forestal, como ciervos perseguidos.
—¡Ah! huyen como diablos—gritó el doctor.
Pero Lorquin había hablado con sobrada ligereza; después de recorrer doscientos o trescientos pasos por el valle, los cosacos se apretujaron como una bandada de estorninos, describiendo un círculo, y con la lanza en ristre y la cara casi entre las orejas de sus caballos se lanzaron a todo correr contra los guerrilleros, gritando con voz ronca: «¡Hurra, hurra!»
Fue un momento terrible.
Frantz y sus compañeros se arrojaron sobre el muro para cubrir el trineo.
Dos segundos después, la confusión era indescriptible: chocaban las lanzas contra las bayonetas, y gritos de rabia respondían a las imprecaciones; a la sombra de la gran encina, por la que se filtraban algunos rayos de luz débil, no se veía mas que caballos encabritados, con las crines erizadas, tratando de saltar el muro del prado, y, por debajo, las figuras bárbaras de los cosacos, con los ojos relucientes, el brazo en alto, descargando tajos con furor, avanzando, retrocediendo y lanzando gritos tan espantosos que ponían los cabellos de punta.
Luisa, muy pálida, y Catalina, con la cabellera gris suelta, se hallaban de pie sobre la paja del trineo.
El doctor Lorquin, delante de ellas, paraba los golpes con su sable, y, mientras batía el hierro, les gritaba:
—¡Tendedse, con mil demonios, tendedse en el trineo!
Pero ellas no lo oían.
Luisa, en medio del tumulto y de aquellos feroces aullidos, no pensaba mas que en cubrir con su cuerpo a Catalina. La labradora—¡júzguese cuál sería su terror!—acababa de reconocer al loco Yégof montado en un caballo alto y flaco, con la corona de hojalata en la cabeza, la barba erizada, empuñando una lanza y con la amplia piel de perro flotando sobre sus hombros. Catalina le veía perfectamente, como en medio del día: allí estaba el viejo, y su lúgubre perfil se destacaba a unos diez pasos, con los ojos fulgurantes, blandiendo su larga flecha azul en las tinieblas y tratando de alcanzar a la labradora. ¿Qué hacer? ¡Someterse, sufrir su muerte!... Así los más firmes caracteres se sienten carcomidos por un destino fatal: la anciana se creía señalada de antemano; veía a aquellos hombres saltar como lobos, darse tajos y pararlos, a la luz de la Luna. Veía caer algunos combatientes; a los caballos, sueltas las bridas, huir por el prado... Veía, a la izquierda, que se abría el ventanuco más alto de la casa forestal, y el anciano Cuny, en mangas de camisa, apuntando con el fusil en dirección del grupo, pero sin atreverse a disparar... La anciana veía todas aquellas cosas con una lucidez extraña, y se decía: «El loco ha vuelto... Suceda lo que quiera, esto tiene que terminar como he visto en sueños, y mi cabeza colgará de la silla de su caballo...»
Todo, en efecto, parecía justificar sus temores. Los guerrilleros, muy inferiores en número, retrocedían. No tardó en producirse un remolino en el que se mezclaban los adversarios; los cosacos, franqueando el muro, llegaron al sendero, y un lanzazo, hábilmente dirigido, ensartó el moño de la anciana, quien sintió el hierro frío deslizarse hasta su nuca.
—¡Oh, miserables!—gritó al caer, mientras que, con ambas manos, se sostenía de las riendas.
También el doctor Lorquin acababa de ser derribado contra el trineo. Frantz y sus compañeros, acosados por veinte cosacos, no podían acudir a su socorro. Luisa sintió una mano posarse sobre su hombro; era la mano del loco, que trataba de asir a la joven desde lo alto de su gigantesco caballo.
En aquel instante supremo, la pobre niña, loca de terror, dejó escapar un grito de angustia, y viendo relucir algo en las tinieblas, las pistolas de Lorquin, las arrancó del cinto del doctor, con la rapidez del relámpago, e hizo fuego con las dos a la vez, quemando las barbas de Yégof, cuyo rostro rojizo se iluminó al resplandor de los fogonazos, y destrozando la cabeza de un cosaco que se inclinaba hacia ella con los ojos desencajados por insanos deseos. Rápidamente, se apoderó del látigo de Catalina, y de pie, pálida como una muerta, descargó varios latigazos sobre los lomos del caballo, que partió a escape. El trineo volaba entre la maleza, inclinándose ya a la derecha, ya a la izquierda. De repente se sintió un choque, y Catalina, Luisa, la paja, todo rodó por la nieve en el declive del barranco. El caballo se paró en firme, aculándose sobre los corvejones y arrojando espuma y sangre por la boca, pues había chocado con una encina.
A pesar de lo rápida que fue la caída, Luisa había visto algunas sombras pasar como el viento detrás del seto, y había oído una voz terrible, la voz de Marcos Divès, que gritaba: «¡Adelante! ¡Atravesadlos!»
Aquello no fue mas que una visión, una de esas apariciones confusas que se nos presentan ante los ojos en el último momento; pero, al levantarse la pobre niña, no tuvo ya la menor duda: a veinte pasos de allí, detrás de un grupo de árboles, se oía el choque de las armas y la voz de Marcos que gritaba: «¡Arriba, amigos míos!... ¡Que no haya cuartel!»
Después la joven vio una docena de cosacos que trepaban por la pendiente opuesta, entre los brezos, como si fuesen liebres, y más abajo, en un claro, a Yégof que atravesaba el valle, a la luz de la Luna, como un pájaro azorado. Oyéronse numerosos disparos, pero ninguno alcanzó al loco, el cual, alzándose sobre los estribos en plena carrera, se volvió, y agitando la lanza con aire altanero, prorrumpió en un ¡hurra! con esa voz penetrante de la garza que logra escaparse de las garras del águila y hiende los aires velozmente. Otros dos disparos partieron de la casa del guardabosque, llevándose un jirón de los andrajos del loco, que prosiguió su carrera, repitiendo los hurras con ronca voz y subiendo por el sendero que habían seguido sus camaradas.
Toda aquella visión desapareció como un sueño.
Entonces Luisa se volvió. Catalina estaba de pie a su lado, no menos estupefacta y no menos atenta que ella. Ambas mujeres se miraron un instante y luego se confundieron en un estrecho abrazo, con un sentimiento de bienestar indefinible.
—¡Nos hemos salvado!—murmuró Catalina.
Y las dos comenzaron a llorar.
—Te has portado admirablemente—decía la anciana—; es magnífico, es valiente lo que has hecho. Juan Claudio, Gaspar y yo podemos estar orgullosos de ti.
Luisa se hallaba agitada por una emoción tan profunda, que temblaba de pies a cabeza. Pasado el peligro, volvía a recobrar su carácter dulce, y ella misma no podía comprender el valor de que había dado pruebas pocos minutos antes.
Después de un breve silencio, encontrándose más tranquila, se disponían las dos mujeres a volver al camino, cuando vieron a cinco guerrilleros y al doctor que iban en su busca.
—¡Bien, Luisa! ¡Ya puede usted llorar cuanto quiera!—dijo Lorquin—; pero usted es un dragón, un verdadero demonio. Y ahora se hace la chiquita; pero todos hemos visto lo que ha hecho. Y a propósito, ¿dónde están mis pistolas?
En aquel momento se separaron las ramas y apareció Marcos Divès, con el espadón colgando de su mano, gritando:
—¡Bah, señora Catalina! ¡Estas sí que son emociones! ¡Con mil demonios! ¡Y qué suerte la de haber estado yo aquí! Porque esos miserables iban a desvalijarles de pies a cabeza.
—Sí—dijo la anciana mientras metía sus cabellos grises dentro de la cofia—; ha sido una gran fortuna.
—¡Sí; ha habido suerte, ya lo creo! No hace todavía diez minutos que llegué con el furgón a casa del tío Cuny. «No vayas al Donon—me dijo—, pues hace una hora que se ve el cielo rojo por ese lado... Seguramente allí arriba se están pegando de firme.» «¿Usted cree?»—contesté—. «A fe mía, sí.» «Entonces voy a mandar a Joson de explorador, para saber algo, y mientras tanto beberemos unas copas.» Pues bien, apenas había salido Joson, oigo unos gritos de dos mil demonios: «¿Qué es eso, Cuny?» «No sé»—me respondió—. Empujamos la puerta y vemos lo que pasaba: «¡Eh!—exclamó el contrabandista—; somos nosotros los que tenemos el fuego en casa.» Salto sobre mi Fox, y en marcha. ¡Qué suerte!
—¡Ah!—dijo Catalina—; si estuviéramos seguros de que nuestros asuntos del Donon fueran tan bien como aquí, podíamos estar satisfechos.
—Sí, sí; ya me ha contado Frantz; es el destino; siempre tiene que haber algo que salga mal—respondió Marcos—. En fin..., en fin... Todavía permanecemos allí, con los pies hundidos en la nieve; esperemos que Piorette no dejará que aplasten a sus camaradas, y vamos a vaciar las copas, que aun están medio llenas.
Cuatro contrabandistas llegaron en tal momento diciendo que el miserable Yégof podía fácilmente volver con otra cuadrilla de bandidos de su jaez.
—Es verdad—contestó Divès—. Vamos a regresar al Falkenstein, puesto que así lo ha ordenado Juan Claudio; pero no podemos llevarnos el furgón, pues nos impediría ir por el atajo, y dentro de una hora esos bandidos caerían sobre nuestras espaldas. Entremos un poco en casa de Cuny; a Catalina y a Luisa no sentará mal tomar un trago, ni a los otros tampoco; así cobrarán ánimo. ¡Arre, Bruno!
Marcos cogió al caballo de la brida... Se acababa de colocar en el trineo a dos hombres heridos. Otros dos habían perecido en el encuentro, junto a seis u ocho cosacos que quedaban tendidos en la nieve, con las piernas abiertas; todo fue abandonado, y los supervivientes se dirigieron a la casa del guardabosque. Frantz se consolaba, al fin, de no encontrarse en el Donon. Había despanzurrado a dos cosacos, y la vista de la casa le puso de bastante buen humor. Delante de la puerta se hallaba el furgón de las municiones. Cuny salió exclamando:
—¡Sea bien venida la señora Lefèvre! ¡Qué noche para las mujeres! Siéntense las señoras. ¿Qué pasa en el Donon?
Mientras que se vaciaba la botella apresuradamente, fue preciso explicar lo sucedido otra vez. El buen anciano, vestido de una sencilla casaca y de un calzón verde, con la cara llena de arrugas y la cabeza calva, escuchaba con los ojos fijos, uniendo las manos y gritando:
—¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué tiempos vivimos! No se puede andar por las carreteras sin correr el peligro de ser atacado. ¡Esto es peor que las antiguas historias de los suecos!
Y el anciano movía la cabeza.
—Vamos—gritó Divès—; el tiempo vuela. ¡En marcha! ¡En marcha!
Todos salieron. Los contrabandistas condujeron el furgón, que contenía varios millares de cartuchos y dos barriles de aguardiente, a trescientos pasos de allí, en medio del valle, y desengancharon los caballos.
—Vosotros, seguid marchando—gritó Marcos al resto de la caravana—; dentro de pocos minutos os alcanzaremos.
—Pero ¿qué vas a hacer con este furgón?—preguntó Frantz—. Puesto que no tenemos tiempo de llevarlo al Falkenstein, mejor sería dejarlo en el cobertizo de Cuny que abandonarlo en medio del camino.
—Sí, para que ahorquen al pobre viejo cuando vuelvan los cosacos, que estarán aquí antes de una hora. No tengas cuidado; se me ha ocurrido una idea.
Frantz se unió al trineo que se alejaba. No tardaron los fugitivos en dejar atrás la fábrica de aserrar del marqués; después torcieron a la derecha, para llegar a la casa de «El Encinar», cuya elevada chimenea se descubría sobre la meseta, a tres cuartos de legua. Marcos Divès y su gente llegaron gritando:
—¡Alto! ¡Pararse un poco! ¡Mirad allá abajo!
Todos volvieron la vista hacia el fondo del desfiladero, y vieron a los cosacos caracolear alrededor del carro de municiones, en número que no bajaría de doscientos o trescientos.
—¡Que llegan! ¡Salvémonos!—exclamó Luisa.
—Esperad un poco—dijo el contrabandista—; no tenemos nada que temer.