I
Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado recientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro, tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.
En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo que está dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y que está contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio del mencionado arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderse en la noche de los tiempos, hasta el día de hoy, en que sigue floreciente y en auge, sin que necesite ni pida regeneración, como otras artes, cosas y personas.
Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamaña empresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo más importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señor conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, tal vez antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio, que erigió sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en ambos cerros.
No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable el señor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta el muy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.
Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo público, están mencionadas en el libro del señor conde con escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que hubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca, hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para obsequiar al rey D. Alfonso XII.
Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra ellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el siglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos. Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra, en mi sentir, completa victoria.
Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las corridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la lectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá de seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin sentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos dar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la república literaria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos y novelas.
Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y aun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los lectores.
El libro del señor conde de las Navas es muy sugestivo. ¿Quién, al leerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de exponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?
Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.
¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal es la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros. Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las vidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos de considerar inocentes, o si se quiere poco nocentes las corridas de toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres, que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada y los doma y amedrenta a latigazos.
El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la vida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y fiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos filantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se piensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare. La gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que procura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos y aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de manera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparación que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.
El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho gustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No hay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más, saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no se concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos saldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con tales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le hagan vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la civilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la Iliada los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena vencido, arrastrando
el mísero los pies, y de la boca
sangre arrojando turbia. Sobre el hombro
la cabeza caída, y delirante.
No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff, donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de tiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el siglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las mismas carreras de caballos, donde tal vez los jockeys están más expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.
En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole vigor, ligereza y gallardía.
En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras que un jockey, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese mucho.
La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos que a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el apodo de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro Romero:
Das a las tiernas damas mil cuidados,
y envidia a sus amantes.
Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y costumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido. Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no sea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las mujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a mi ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.
Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media, ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre dichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores parisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa si han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello más digno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles cuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquí tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la producción nacional.
Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo, que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este exceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, que cualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta, pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su paga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.
Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no debe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y devoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapos transpirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso orador español, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento! Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo poco apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal, por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes de ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros, manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces y de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y castizo remedio.
Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta celebradas y fomentadas.
Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere artículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle con rapidez compendiosa.
II
¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de los animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La tal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.
Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres, que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y otros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma semejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan en diversa clase de bichos.
Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que harto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo. El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasión se nos acuse de dureza de entrañas.
No poco he leído yo en El ente dilucidado del padre Fuente la Peña, y en El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc., del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de los brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas, entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante en su novela El paraíso terrestre.
Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el león y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí que he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi siempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al matarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógica en su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.
Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular, dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma a pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso ampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el gavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne y había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo consintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptó el rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por más que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán y la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, que habían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey y tal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la muerte en unos es en otros principio y causa de vida.
Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y les parece suculento y apetitoso.
El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?
No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel río de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la más gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores gruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz anestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctima padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de la materia y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en el espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entonces decir como Epícteto: ¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal; sino ¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y virtudes.
Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz atrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.
Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.
Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos escarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?
Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero los declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método nefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la tan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más abominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino con otros muchos seres sensibles.
¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro caballerescamente,
Cara a cara y con razón,
como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus traicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina? ¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de lo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mata en buena lid y a un individuo solo?
Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda y graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil desilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel de Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a Montevideo o a Buenos Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus hijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que ella, también como la hija de Minos,
Indomitos in corde gerens Ariadna furores,
concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo el género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición que ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto corral que teníamos en casa poblado de pollos.
Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puede imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotada Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosa diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeña incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidez inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo me complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura, me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el poeta:
Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.
Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones, banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.
Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado gordo de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado que venía a ser tan grande como el ganso todo.
Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,
Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?
¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso, para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios, cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para hacer el jecur anseris, que hoy llamamos foie gras. Delicioso manjar es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sin escrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas de toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos y D. Luis Vidart gustaban del foie gras y le comían a menudo.
La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso, puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus semejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de qué valerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina, salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía en bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisión de carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin pretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otros hombres y de comérselos luego.
Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se complace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas resueltamente.
Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D. Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro siglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y cristiana Europa, de que forma parte nuestra España.
Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de las corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las Navas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por D. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible y casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural seriedad al escribir estos artículos.
Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo, tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las corridas de toros.
Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que prefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que se van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte, andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo sobre sus costillas, será el espectáculo más nacional de todos, pero es espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo portugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser un ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se lucen.
ÚLTIMA MODA DE PARÍS
Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que España, desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la primera nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio, descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, el mayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz y de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.
Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicar sus causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción de querer enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no ya como causa única, sino como una de las causas de nuestra decadencia en el pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien por recelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cuales combatió España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo unificante de la civilización europea y el soberano espíritu que hasta entonces la había informado.
Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímos atrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salir del atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos habían adelantado.
Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser esta imitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico, el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe y hay progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresa nada. El progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni lírico mejor que Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador más elocuente que Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante que Virgilio.
Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes del dibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan perfeccionándose y mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino a maravillarme más por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y más inspirados y espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas de Víctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de Hernani o de Lucrecia Borgia.
Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las Academias del Sr. D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. Academia viene a ser equivalente de novela corta, y se funda este título en uno de los significados que da nuestro Diccionario a la palabra academia, y que es como sigue: figura desnuda diseñada por el modelo vivo.
En una extensa carta literaria que dirigí hará tres o cuatro meses a El Correo de España, en Buenos Aires, discurrí muy por extenso sobre la primera academia del Sr. Reyles, titulada Primitivo.
El mérito indisputable de este señor y la novedad exótica de su arte de escribir novelas me mueven a discurrir también por extenso sobre su segunda academia, titulada El Extraño, y a juzgar, por varias razones muy interesante, este estudio.
Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr. Reyles, nada bueno ni malo diría acerca de sus obras. Si las censuro es por creer que el autor vale, aunque anda harto extraviado.
Su extravío proviene de la ya mencionada enfermedad epidémica, nacida del menosprecio con que miramos a nuestra nación o a nuestra raza, y que se nota, por fortuna, más que en España, entre los escritores hispanoamericanos. Consiste la enfermedad en cierto candoroso y desaforado entusiasmo por la última moda de París en literatura, como si en literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fuese progresando siempre, como se progresa en cirugía o en química y mecánica aplicadas a la industria.
Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una más hermosa novela que el Don Quijote, aunque yo no niego que podrá un día escribir alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo será porque se haya progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, la Providencia o el Acaso, hará que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia, o quién sabe dónde, un novelista más ingenioso, más profundo y más ameno que Miguel de Cervantes.
De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo será porque se funde en una estética recién descubierta, y porque se ajuste a determinados procedimientos a la última moda de París, sino que será la mejor novela por la propia, libre y tan poderosa como juiciosa inspiración de quien con entendimiento tan sano como grande acierte a escribirla.
Yo no entiendo de música e ignoro lo que podrá ocurrir en lo futuro con relación a la música; pero sobre literatura, aunque también entiendo yo poco, entiendo lo bastante para estar segurísimo de que no es dable en cierto sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que la literatura, reflejo de creencias, doctrinas, costumbres y leyes, aspiraciones, temores y esperanzas de cada época, varía tan a menudo como varían todas estas cosas en el seno de la sociedad humana. En este sentido, la literatura del siglo XVIII, con relación a la del siglo XVII; fue literatura del porvenir, y la del siglo XIX lo fue con relación a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo será con relación a la de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiere expresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiere expresarse es la aparición de escritos tan profundos y sutiles que los de Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandes dramáticos y los dramáticos griegos, en suma, cuanto hay de conocido hasta ahora y puesto en letra de molde, sea fruslería insubstancial, superficial y epidérmica, que de tal la califica el Sr. Reyles, comparado con lo que ya se va escribiendo y con lo que se escribirá en adelante, si Dios no lo remedia, ajustándose a los patrones, cánones y moldes que vienen de París, ora inventados, ora aceptados y autorizados allí, aunque vengan de Alemania, de Rusia o de Suecia.
Todavía hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algo que me choca más que la supuesta superioridad de las obras, por virtud de progresivo desarrollo. Lo que me choca más es el propósito de que las novelas, cuentos, academias o como quieran llamarse, no se han de escribir para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura, sino para mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con una pesadilla tenaz y espantosa.
Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones, alborotos, pompas y vanidades, el caso tendría explicación, salvo que yo, en vez de llamar novelas a los libros que así se escribiesen, los llamaría obras ascéticas, materia predicable, homilias o libros de moral severa y adusta, como Los gritos del infierno, los Casos raros de vicios y virtudes, las Agonías del tránsito de la muerte y los Estragos de la lujuria.
Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser así, porque para ella la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religión, ni en ninguna metafísica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tan naturales y tan inevitables como el vitriolo y el azúcar.
Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de tales doctrinas, que las profesan, y que así ellos como el autor que los ha creado, entienden que son refinadísimos, exquisitos, aristocráticos de una flamante y peregrina aristocracia, y en todo superiores a los rastreros, vulgares y timoratos burgueses.
La segunda academia del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en acción a uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmán. El autor, en mi opinión, aspira a que admiremos a su héroe; pero sólo logra que nos parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cómica, sin que el autor lo quiera, la pretensión de hallar inauditas novedades en los refinamientos y quintas esencias con que la moderna cultura presta hechizos supremos a la lascivia.
Yo entiendo, y todo el mundo entenderá lo mismo, si bien lo recapacita, que en el vicio mencionado, así como en todos los demás, no ha habido el menor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y el príncipe de Siquén, los habitantes de Pentápolis, la señora de Putifar y los caballeritos dandíes y gomosos, que vivían en Bactra, en Ur o en Menfis, sabían cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todas las ninfas de París y sus mantenedores y parroquianos. Cuando uno recuerda a Oala y a Oliba de Ezequiel, la Nana de Zola es una paloma sin hiel, es una inmaculada cordera. Y cuando uno trae a la memoria los linimentos, pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, con que durante un año iban adobando a las más lindas muchachas antes de presentarlas al rey Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos y zahumerios de que puedan valerse las más alambicadas ninfas de París, son la propia ordinariez y la más vulgar cursilonería.
Las artes cosméticas e indumentarias y todas las demás invenciones, trapacerías y mañas, provocantes y fomentadoras del erotismo, habían llegado a la perfección hace más de tres mil años y desde entonces nada han adelantado. El más curtido y experimentado en amor de todos los mozalbetes que viven en París, no podría describir con mayor exactitud que el divino Homero los medios de seducción de que se vale una mujer para engañar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dígaseme si Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender en deseos frenéticos el corazón de Júpiter, se puso el cinturón de Venus y subió a la cumbre del Gárgaro. Onfale hizo hilar a Hércules; Dalila cortó a Sansón los cabellos y Elena suscitó una guerra espantosa que duró diez años. A ver si estas señoras, y muchas otras de que están llenas las historias sagradas y profanas, no sabían dónde les apretaba el zapato, en cuanto se refiere al arte cuyas reglas fundamentales puso Ovidio en verso.
Pero volvamos a Julio Guzmán el extraño, y pongamos término a las divagaciones.
El suceso que presta asunto a la novela o academia, es harto frecuente en la vida real. Durante la mía, que ya no es corta, he visto yo docenas de casos parecidos: una mujer que, ya por una razón, ya por otra, casa o se propone casar con su hija, con su sobrina o con su hermana, al hombre de quien está o estuvo enamorada y con quien tiene o tuvo poco castas relaciones. Esto, aunque frecuente, es bellaquería de marca mayor, que nunca debe disculparse: pero menos disculpa tiene el arrepentirse por tan desmañada manera, que el galán a quien quiere casar su enamorada, mate a disgustos o poco menos, así a dicha enamorada como a la novia que le ha buscado. Y todo ello por exceso de amor, porque él está prendado de ambas y porque se encuentra, aunque sea innoble comparación, que suplico se me perdone, como burro entre dos piensos.
En resolución, Julio Guzmán, a quien su querida Sara se allana a casar con su hijastra Cora, se arregla de suerte que causa la infelicidad de Cora y de Sara y se queda sin la una y sin la otra. No debiera, pues, llamarse Julio Guzmán, sino Pedro Urdemalas. Lo cierto es que en esta academia de El Extraño todos son infelices. ¿Y cómo no ha de serlo el extraño, y cómo no ha de hacer infelices a cuantos le rodean y a cuantos se interesan por él, cuando es víctima de una vanidad ridícula y de las más indigestas doctrinas pesimistas, materialistas y ateístas?
Y es lo singular que, después de todas mis censuras y después del mal efecto que me produce la multitud de insufribles galicismos que hay en El Extraño, todavía persisto en ver en el autor muy notables prendas de novelista. Sólo las desluce la manera de escribir a la última moda y de imaginar que hay novedad y mejora en ello.
Hasta el desencanto, la desesperanza y el hastío que pueda tener Julio Guzmán, valen poquísimo, en comparación de los que tres mil años antes tuvo Salomón, según el Eclesiastés.
Afortunadamente, en nada malo hay novedad, ni cabe progreso. Tal vez pueda haber novedad y tal vez quepa el progreso en lo bueno. Si la literatura del porvenir así lo entendiese y así lo buscase, más razón tendría de ser y yo no me atrevería a censurarla. La censuro, porque hace lo contrario.
Aun en los tiempos en que la mente humana imaginaba divinidades tiránicas y crueles, los grandes poetas, sobreponiéndose a la desconsoladora creencia, buscaban y hallaban un final desenlace, trascendente y dichoso, para sus tragedias más horribles, dejando a la Providencia justificada y glorificada. Así Minerva ahuyenta a las Furias y devuelve a Orestes la paz del alma, y así Prometeo es libertado y salvado por el hijo mismo del dios que tan horriblemente le castigaba.
Hace ya tiempo que escribí un artículo dando cuenta al público español de las novelitas llamadas Academias, que ha escrito el literato uruguayo D. Carlos Reyles. Como yo no me complací nunca en tomar un libro insignificante o tonto para objeto de mis burlas, para decir chistes fáciles y de baja ley y para hacer el papel de dómine empleando la disciplina o la palmeta, cualquiera que me conozca comprenderá que, si hablé de las novelitas mencionadas, fue por haber encontrado en ellas verdadero mérito y por juzgarlas digno asunto de la crítica. Así lo entendió también su autor D. Carlos Reyles, y, si ha contestado a mi artículo, en El Liberal, ha sido de modo tan cortés y tan lisonjero, que me mueve a la réplica, aunque sólo sea por agradecimiento y por cortesía.
Voy, pues, a replicar al Sr. Reyles, aunque me parece harto dificultoso, porque dicho señor no defiende directamente sus obras, las cuales más bien han sido elogiadas que censuradas por mí. Lo que defiende es una determinada estética que yo en cierto modo y hasta cierto punto condeno. De aquí que para hacer los distingos indispensables y marcar bien los límites hasta donde se extiende mi condenación y las razones en que ésta se funda, necesite yo más espacio del que puede ofrecerme El Liberal y acaso más paciencia de la que presumo que han de tener sus lectores. Haré, no obstante, un esfuerzo para ser breve y para decirlo todo en cifra y resumen, aunque sea con mengua de lo explícito y de lo claro que anhelo ser siempre en mis escritos.
En literatura no hay modas de París, como en trajes y adornos de señoras, y tampoco hay progreso en literatura como en química, cirugía o mecánica, aplicada a la industria. Por consiguiente, quien entiende que hay tales modas y tales progresos, escribe mucho peor que si entendiese lo contrario, corta las alas de su ingenio en vez de alargarlas y darles fuerzas, pierde parte de su originalidad, cuando no la pierde toda y se expone a caer en lo falso, en lo amanerado y en lo extravagante.
Esto es lo que yo he dicho y esto lo que trata de impugnar el Sr. Reyles, aunque en mi sentir no lo impugna.
Lo que yo niego es que deba haber modas y que las modas tengan que venir de París; pero ¿cómo he de negar yo que el sentir, el pensar y el imaginar de cada período histórico sean diferentes y que se refleje en las obras de imaginación esta diferencia? Sin querer imitar a nadie, espontáneamente, hasta contra nuestra voluntad, hasta cuando nos empeñamos en ser o en aparecer como de otro siglo o como de otra época, somos por virtud de leyes ineluctables, de nuestra época y de nuestro siglo.
Supongamos por un instante que no hay esas novelas francesas y rusas que el Sr. Reyles pone por las nubes o que ni él ni yo las hemos leído, o que no hemos leído sino las novelas españolas de los siglos xvi y xvii y que nos empeñamos en imitarlas y hasta que reflexivamente las imitamos. El resultado será, si en el Sr. Reyles y en mí hay personalidad y fondo propio, que escribiremos novelas muy diferentes por todos estilos de las antiguas, muy de nuestro siglo y mucho más nuestras que imitando las francesas o las rusas.
La imitación de lo antiguo es, por otra parte, mil veces más segura. Lo tonto, lo disparatado, y lo vulgar, todo ha caído en olvido o en descrédito. Varias generaciones de críticos y el desdén de las gentes han barrido lo insignificante y lo malo, como quien barre basura. Lo bueno, lo llamado clásico, queda solo en nuestra memoria, se nos presenta como ejemplo y como modelo, nos induce a la imitación y nos excita a la competencia. En lo moderno, al contrario, las obras de literatura están como la mies en la era, sin que nadie haya separado aún el grano de la paja, ni lo que ha de ser alimento agradable y sano de la semilla desabrida o de la cizaña, que, en vez de deleitar y de nutrir, embriaga y causa vahídos. De aquí que el que imita lo moderno corre peligro de engañarse, deslumbrado por el aplauso vulgar y por el prestigio de la moda, y en vez de imitar exquisiteces y bellezas, imita estrafalarias novedades o insulsas tonterías. Claro está que, a pesar de todo, si el imitador vale algo, por cima de esas novedades y de esas tonterías, surgirá y descollará su propio talento. ¿Pero no sería mejor que no se entusiasmase tanto por lo moderno, que no se pasmase tanto de los primores franceses y rusos, a fin de no tener que ponerse en zancos, que empinarse y que estirar violentamente su ingenio para salir por cima de esas tonterías y de esas novedades, mostrándose tal como es?
El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido en enmarañado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza, así para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el imitador de lo antiguo se asemeja a alguien que está en soto bien cultivado, de donde se arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se podaron las ramas inútiles y se rozó la mala hierba. Útil o bello y elevado además, es cuanto allí queda.
Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero también, imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta sin pretenderlo y contra la voluntad y el propósito de quien escribe. Fray Luis de León, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a Horacio, en la vida del campo; pero informado el poeta de muy diverso espíritu, produce algo, enteramente diverso también, y de tamaña novedad, que Horacio, resucitado y conociendo bien el habla castellana, no hubiera penetrado el peregrino y para él misterioso sentimiento que palpita en la imitación de su oda. Toma Calderón la fábula de Prometeo para argumento de un drama, y toman Fenelón y Lope el asunto de la Odisea para el Telémaco y la Circe, y nada hay más característico de su época que las obras de estos tres ingenios, ni nada más extraño al sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de Homero. Literalmente, los versos de Andrés Chenier son un centón de trozos traducidos del latín y del griego; pero, infundida el alma de Andrés Chenier, en el centón susodicho y prestándole nueva y poderosa vida, le convierte en manifestación lírica de las ideas, pasiones y creencias de fines del siglo pasado y en base flamante de la gran poesía que ha florecido en Francia en el presente siglo.
No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe sólo la imitación de lo antiguo y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo único que repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de idolatría servil en esta imitación. Convengo en que se puede y hasta se debe enriquecer la literatura propia con lo mejor que se halle en los autores contemporáneos de otras naciones. No por eso se expatria mentalmente el que lo hace. ¿Quién más español que Lope? Y Lope, no obstante, era tan imitador y tan apasionado admirador de los italianos, que llegaba a exclamar: ¿Cómo he de competir con ellos, que son
...solos y soles,
yo con mis rudos versos españoles?
Evidente es asimismo que Boscán y Garcilaso, importando en España la métrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso impulso y nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder su originalidad castiza, sino suministrándole nuevos moldes de donde pudo salir y salió mejor ataviada y más limpia, refulgente y hermosa.
Yo mismo, por último, he celebrado, no poco de lo exótico e importado de Francia que hay en Rubén Darío, sosteniendo que cuando este poeta atina en la elección de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo expresa en su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos de menoscabar, enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con tonos que tienen algo de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada admiración del Sr. Reyles por las novelas francesas y rusas, hay todavía enorme distancia, que yo no paso. Las comparaciones son odiosas, y no trataré yo de sostener contra el Sr. Reyles que la novela contemporánea española no es inferior a las de los países citados. Iré modesta y humildemente hasta conceder que es inferior; pero la inferioridad consistirá en que los novelistas españoles del día somos menos discretos, menos instruidos, menos hábiles y menos inspirados que los franceses y que los rusos. Consistirá en suma, en nuestra general decadencia; en que así como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo de Córdoba; ni pasmosos marinos, como el marqués de Santa Cruz; ni egregios políticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas como Cervantes. Y no consistirá esto, en manera alguna, en los progresos que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra extraña y no aprovechados por nosotros. No consistirá en ese arte tan exquisito, de que habla el Sr. Reyles, que afina la sensibilidad con múltiples y variadas sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro concepto de la vida con una visión nueva y clara; arte, a lo que se infiere de las palabras del Sr. Reyles, recién inventado, por cuya estupenda virtud se hace sentir por medio del libro, lo que no puede sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no puede pensarse sino viviendo, sufriendo, y quemándose las cejas sobre los áridos textos de los psicólogos. Esta afirmación del Sr. Reyles, raya a mi ver, en herejía literaria, casi monstruosa. ¿Qué novísimo arte exquisito y profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo xix en Francia, en Suecia o en Rusia? ¿De suerte que Bourget, Ibsen y Tolstoï emplean un arte más exquisito y profundo que los autores del Quijote y de La Celestina? ¿Con que Cervantes hacía sentir menos y ahondaba menos en la mente y en el corazón humanos que los modernos novelistas que cito? O la humanidad era más boba y simple en los pasados siglos que lo es en el día, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y francesas de ahora. ¿Dónde está la novela de ahora, rusa o francesa, a la que pueda nadie prometer, no la perpetua juventud, no la vida inmortal que tiene el Quijote, sino la longevidad gloriosa y el favor popular de que gozó durante dos o tres siglos el Amadís de Gaula?
Moda, afectación rebuscada y caprichoso artificio hubo, sin duda, en los libros de caballerías. Pero ¿quién me demuestra la naturalidad espontánea y las honduras filosóficas de las novelas neuróticas, psicológicas, simbólicas y naturalistas que privan hoy? ¿No podrían ser también artificiosas, falsas y no menos llenas de afectación y de amaneramiento, con la pícara circunstancia de poner de mal humor a los lectores y de divertir menos al público del siglo xix, que Las Sergas de Esplandián o que Tirante el Blanco divirtieron al público del siglo xvi? Al cabo, la burla, la parodia de los libros de caballerías dio motivo y aun se puede decir que inspiró y produjo el más bello y profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el mundo se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de Lepanto se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia que equivalga al Quijote. Acaso no merecen más que una sátira como la que escribió Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas también estuvieron de moda, también entusiasmaron a un público ilustradísimo, donde figuraban filósofos, ilustres pensadores y egregios personajes del gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron de moda. No es de maravillar, por consiguiente, que pasen también de moda las novelas del día. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no afirmo que en literatura no haya modas, sino que no debe haber modas en literatura y que los verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras durables y no contentarse con un aplauso efímero, y cuando quieran emplear el verdadero arte exquisito y profundo, no descubierto recientemente en Rusia, sino conocido ya en Grecia, desde los tiempos de Homero, deben prescindir de la moda y dejarse llevar de la propia y natural inspiración de la que nace, sin buscarlo ni pretenderlo, cuanto hay de original, de peregrino y de nuevo.
Para que no me tilden de prolijo, no toco aquí otro punto de tan axiomática evidencia que apenas requiere demostración, a saber: que en ciencias, en organización política y económica de la sociedad humana, en costumbres, en comercio, en industria, hay progreso; pero que en literatura, en poesía, no le hay. Explicar esto con claridad conveniente, a fin de evitar confusiones y argumentos fundados en mala inteligencia, sería tarea larguísima, y la dejo para otra ocasión en que venga a propósito y pueda yo extenderme.
I
La pesadísima cuestión de Cuba atrae de tal suerte la atención del público, que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la pesadísima cuestión de Cuba o de algo que con ella se relacione.
No me atreveré yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Diré, sí, que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacísima nuestra raza. Bien mirado, no cayó sobre España aquel inmenso diluvio de moros de que nos habla Fray Luis de León en la Profecía del Tajo. Vinieron a lo más la vigésima parte del número de soldados que hemos enviado a Cuba en estos últimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo, ellos bastaron para enseñorearse de toda España y para que el célebre Muza se pelase las barbas, apenas desembarcó, al notar que casi nada le quedaba que hacer, porque todo estaba ya hecho.
Si es desvarío de mi imaginación Dios me lo perdone, pero a menudo todo aquello de D. Rodrigo, D. Julián, D. Opas, la Cava y los hijos de Vitiza, me parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo en él unos cuantos moritos, que vinieron como legión extranjera. De aquí que la batalla del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy semejantes. Y así como recientemente, después de una de estas batallas, la mayoría de los españoles se hizo partidaria furiosa de los derechos individuales, entonces se hizo partidaria del Alcorán de Mahoma.
Poco duró el dominio del extranjero en nuestra tierra. España se declaró independiente de los califas de Damasco y eligió rey para sí. El primer Abderramán fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato duró más que el reinado de D. Amadeo, lo que ocurrió al terminar ambas cosas puede muy bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negará que puede notarse alguna semejanza.
En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y cristianos, que empezó en el Guadalete y acabó en Granada, con el epílogo de la rebelión de los moriscos alpujarreños, como una larguísima guerra civil, que duró siete u ocho siglos. Y no impidió esta situación de guerra civil casi perpetua, el que los españoles se aunasen y peleasen gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas hazañas, digno y propio asunto de las más hermosas epopeyas. Así vencimos, sin distinción de moros y cristianos, en Roncesvalles a las aguerridas huestes del emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de nuestro litoral, a los terribles piratas normandos, idólatras y feroces; y en cien reñidas y sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el Salado, a todo el poder fanático de Africa; a la ingente muchedumbre de almorávides, almohades y benimerines, que se volcó sobre España en sucesivas y devastadoras invasiones.
Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija contienda de siete u ocho siglos como una obstinadísima guerra civil, dentro de la cual cabía y había otra multitud de guerras civiles, ya de moros, contra moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de una religión contra los de la otra.
Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de los Reyes Católicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y de la política, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron tales y tan grandes en los españoles unidos, que éstos impusieron su hegemonía a Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos todos, y para dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambición, a su codicia y a su empeño de gobernar las cosas humanas, como si fuera por ministerio divino y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester que la Providencia les permitiese, y tal vez los diputase y habilitase para descubrir nuevos mundos.
Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanías y todos aquellos atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la afición al merodeo, a la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras civiles traen consigo. Lo que sucede en Cuba carece de otra explicación. Los españoles que allí residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres y españolizados, no tienen fundado motivo para rebelarse, como no aspiren a algo a modo de suicidio colectivo y como de casta, porque es evidente que con la protección y la cercanía de los Estados Unidos, a los veinte años o antes de la nominal independencia de Cuba, no quedará en Cuba un palmo de tierra que no pertenezca a un yankee, ni paseará por las calles de la Habana, decentemente vestido, alguien que no sea yankee o que no disimule mucho su procedencia española, chapurreando la lengua inglesa.
Quiero suponer que el suelo de Cuba llegará entonces a estar más poblado y mejor cultivado; que producirá más tabaco y más café; que dará de sí tanta azúcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se arrojasen al Atlántico, el Atlántico se convertiría en descomunal tazón de almíbar; pero nada de esto gozaría la gente de raza española, que no había sabido crearlo, sino la raza superior de los yankees, que lo crearía, con la actividad y con el acierto de que carecen los criollos de casta española, los cuales no es de presumir que con la independencia habían de ser más industriosos y atinados en sus empresas que libres hoy y gobernándose con autonomía administrativa, bajo la bandera maternal de España.
En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos cuantos siglos como duró la guerra civil de que ya hemos hablado. La guerra es ahora muy cara, y hasta por razones económicas debe terminar pronto la guerra.
Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros asuntos, y para complacer a algunos amigos, quería yo hablar del progreso, con relación a las artes de la palabra y explicar lo que dejé por explicar acerca de esto en mi artículo, réplica a otro de D. Carlos Reyles, publicado en este periódico en el día 3 del corriente.
Por desgracia, la preocupación de la guerra de Cuba me ha llevado, como vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre muy distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver con el progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, mutatis mutandis, los casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.
Erit altera quæ vehat Argo
Delectes heroas: erunt etiam altera bella.
Para introducción hay también más que de sobra en la divagación precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como principio de esta meditación mía sobre el progreso, la cual meditación no puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporción de un exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la desproporción, y además porque tengo mucho que decir, haré el discurso más largo que de costumbre, abusaré por esta vez sola, lo prometo y casi lo juro, de la paciencia de los lectores, y dividiré el artículo en dos o tres raciones o dosis. Sea esta la primera.
Lo que es por instinto y por afición, yo soy tan progresista como el que más. No fueron ni son más progresistas que yo los generales Riego y Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse, pocos años ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito, por cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirán los dramas y las novelas del porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que dejarán tamañitas y harán que desdeñemos por superficiales y vulgarísimas, cuantas obras de entretenimiento hasta hoy se han escrito. Pero la reflexión acude luego. Me paro a reflexionar y voy limitando mi creencia en el progreso, y cercenando tanto de ella, que no puedo menos de dejarla muy reducida.
En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas, empiezo yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y elevadas obras de Dios están hoy tan perfectas como en el primer día. Así lo afirman y lo cantan los tres arcángeles en el maravilloso prólogo del Fausto. Ello será, sólo Dios sabe de qué suerte. Lo único que yo afirmo, con el apoyo de los tres arcángeles, cuyo cantar aplaudo, es que no crece ni mengua, en su conjunto, la cumplida perfección de lo creado. Inteligencias superiores a las humanas, conciliarán acaso en comprensiva síntesis ciertas antitéticas proposiciones. Nuestra débil mente, no lo puede, ni lo podrá nunca. Vemos cuanto fue, es y será, desenvolviéndose en sucesivas mudanzas, dentro de algo indefinido y vacío, a manera de molde, que llamamos, tiempo. Tal vez columbramos la eternidad inmutable; pero al menos en esta vida mortal no acertamos a comprenderla.
Pensando, pues, con sujeción a nuestros pobres recursos naturales, sin el auxilio de la fe o de una imaginación tan alta, que jamás hallará en ninguna lengua humana términos para expresar lo imaginado, es seguro que lo bueno y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni se mejora. La gloria del Altísimo sería mayor o sería menor, según sus obras fuesen mejorándose o deteriorándose, lo cual es absurdo. La omnipotencia, la bondad y la sabiduría del Ser Supremo, no sufren quebranto ni reciben aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas no son ni valen nada, porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por el ser que Dios les da, y este es otro misterio, cuya obscuridad tenebrosa no hay ni habrá nunca mente de hombre nacido que ponga en claro.
Aunque el Universo no se considere sino como manifestación de la actividad divina, el poder creador, conservador y benéfico de esa actividad, nos parecerá mayor o menor, según el Universo gane o pierda. Es por consiguiente, lo más atinado y juicioso por nuestra parte, el creer que las cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcángeles, están bien como en el primer día: ni más ni menos, porque no cabe aumento ni disminución en lo infinito del saber y de la bondad de quien las ha creado.
Descendamos ya de tan elevadas esferas metafísicas. Si me he extraviado al querer subir a ellas, válgame para disculpa mi intención recta y sana.
Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda, tuvieron principio y crecieron; pero será, a mi ver, progreso limitado, porque ni éste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que la humanidad contenga en sí, en germen, facultades que se desenvuelvan en ascensión perpetua, ya mejorándola con incesante e indefinido progreso, ya haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el superhombre, en cuyo advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el Sr. D. Pompeyo Gener, y para los cuales sospecho que se escribirán esas novelas del porvenir de que nos habla el Sr. Reyles, empleándose en escribirlas el nuevo arte poético recién inventado y que es tan exquisito y tan profundo.
Sobre todo ello hablaremos en artículo aparte, por ser ya muy largo el presente.
II
Desde la mona catarrinia hasta la elegante y hermosa Helena y desde los antropiscos alalos que salieron de la Lemuria y se esparcieron en manadas y aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la Iliada y los que la entendían y gozaban leyéndola, hay progreso tan pasmoso que, aun suponiendo millares de siglos para realizarle, todavía nos parece inverosímil y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello ensueño ingenioso de los sabios que se dedican a la Prehistoria.
Permítasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante. Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la historia documentada y no soñada, que ni en hermosura, ni en fuerza y agilidad corporales, ni en valentía y entereza de ánimo, ni en claridad y elevación de pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos más nobles y perfectos que los que aparecen ya, como personajes reales, hará más de tres mil años. El hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso alguno, en su propio ser, durante tan largo tiempo.
Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se consideran la sublimidad de la misión de algunos individuos de nuestra especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benéfica de sus obras, en cuya comparación nada hay equivalente en el día. Las empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano porvenir, algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me limito a declarar que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo presente ni en lo futuro, a la de la antigua Grecia, que echa el cimiento, crea la traza y forja el molde de toda la ulterior cultura europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se enseñorea de lo mejor del Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo prepara para recibir con mayor facilidad otro más alto elemento de civilización; y a la de esta misma Península en que vivimos, que, para extender esa civilización más allá de los linderos y términos conocidos hasta entonces, logra descubrir nuevos mundos.
Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son inferiores a los del día. Luego en nuestro propio ser no ha habido progreso alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros, en lo que está fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado por herencia. Napoleón, por ejemplo, no vale más que Alejandro el Grande; pero Napoleón tiene cañones y otros medios de guerrear que Alejandro no tenía. Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristóteles; pero Aristóteles no poseía ni la vigésima parte de datos científicos que Kant y Hegel.
Harto se comprende así en qué sentido y hasta qué punto el progreso es indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso. Si Perícles resucitara hoy se quedaría turulato al oír el fonógrafo, al hablar por teléfono y al ver el alumbrado eléctrico, los globos aerostáticos, los ferrocarriles y la fotografía. Hasta una cajilla de fósforos de a perro chico le derribaría al suelo, atolondrado de pasmo y de sorpresa; pero de seguro que no hallaría entre todas las heteras de París una más discreta, distinguida y guapa que Aspasia, y la Magdalena le parecería una triste parodia del Partenón, y la torre Eiffel un feo y monstruoso engendro.
Yo confieso que, si se reuniesen las más selectas poesías líricas de los grandes poetas de hoy y Perícles pudiese leerlas y entenderlas, había de hallarlas superiores a las de Píndaro. Prolijo sería explicar el por qué. Baste con que yo reconozca que en lo lírico sobrepujamos a los antiguos. No así en lo demás. La misma abundancia de conocimientos y el prurito de analizar las cosas y de mirar por todos lados cada objeto, quitan gracia, ligereza y nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso y difuso. Acostumbrado Perícles a la rapidez de la narración de Herodoto, no podría aguantar ni al grande historiador Macaulay, el cual, si hubiera continuado su historia de Inglaterra hasta nuestros días, hubiera tenido que dar a la estampa centenares de volúmenes de la edición Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un lector inteligente y asiduo, el empleo de algunos años de vida sólo para leer a Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, además, Perícles a la concisión en el narrar de tantas y tan bellas fábulas, leyendas y tradiciones de su patria, yo apostaría mil contra uno a que no sufriría con paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadísimas e interminables descripciones de una novela de Zola.
Es cierto que cualquiera me dirá para contestarme que Zola no escribe para que le lea Perícles, sino para que le lean los hombres del día. Y como los hombres del día gustan mucho de sus novelas, Zola tiene grandísimo mérito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.
Mi réplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el mérito de las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el día, y esto se ha logrado. Bastante mérito es esto. Lo único que yo pretendo demostrar es el indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado discutible progreso del arte. Es evidente que Perícles se admiraría y gustaría del teléfono; pero también es evidente o casi evidente que no se admiraría ni gustaría de casi ninguna de nuestras novelas.
Para mayor evidencia aún, acudamos a otra bella arte: a la escultura. Nadie me negará que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y que tenía tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordaría el Júpiter y la Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de nuestras plazas, templos y paseos le parecerían menos que medianas. Supongamos ahora que al resucitado Perícles le sirve de cicerone un sabio de los más profundos del día, muy convencido de la incomparable superioridad de todo lo de hoy sobre todo lo antiguo, y muy al corriente de los adelantos de la ciencia y de las invenciones novísimas más ingeniosas. Este sabio lleva al olímpico Perícles a un gabinete o museo de figuras de cera y me le deja estupefacto y aturdido. ¿Qué tienen que ver Minerva y Júpiter, donde el oro, el marfil y el mármol sólo imitan lo exterior de la Naturaleza, y aun esto incompletamente y sin todos sus pelos y señales, como en las figuras de cera? Pues no digamos nada si el sabio da cuerda a las figuras, y como la mayor parte de ellas son automáticas, se sueltan a andar y hasta abren la boca y saludan en griego al ilustre tourista. Y aún será mayor el asombro de éste cuando su sabio guía toque ciertos resortes, abra ventanillas en el vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con suavidad y sin el menor daño la tapa de los sesos. El ateniense exclamará entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:
Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad.
En efecto; gracias a una mecánica habilísima, auxiliada de la química y de otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza el corazón a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmón recoge aire y hace mil operaciones con él, y, por último, y para no cansar, suben hasta los sesos muchos átomos de fósforo y de otras esencias volátiles, se cuelan allí, como Pedro por su casa, en varias celulillas, y a poco rato, como de los gusarapos, orugas y otros gusanillos, salen mariposas, beatillas y mosquitos, brota multitud variada de pensamientos y sentimientos buenos y malos, que no tardan en convertirse en crímenes o en hazañas, en sermones morales o en discursos subversivos, en obras de caridad o en estupros y asesinatos.
Perícles tendrá que confesar entonces que esto es exquisito y profundo, como llama el señor Reyles a su arte. Lo que no confesará, lo que negará a pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.
Y todavía iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras que el cicerone enseña a Perícles están fabricadas para el estudio de la patología interna, y se ve dentro de ellas cómo se forman tumores, fístulas, llagas, excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre Perícles, que imaginaba tal vez erradamente que las bellas artes servían para deleitar, serenar y levantar el espíritu, sólo consigue con esta flamante arte bella que se le levante y revuelva el estómago, y le fuerce a hacer una libación en honor de Esculapio con el vino de Chipre que bebió en su última cena al lado de su bella Aspasia, que ha conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos, y que le ha hecho soñar allí mil divinos primores.
Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos dicho. Fácil es sacar las siguientes consecuencias:
Que a tal literatura se le debe quitar el epíteto de amena.
Que si no es amena no es útil tampoco, porque nos desazona y aflige mostrándonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y no nos ofrece remedio alguno.
Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy científica, exquisita y profunda, todavía se puede negar que sea bien encaminada literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino a enseñar, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones fisiológicas, patológicas, histológicas y teratológicas.