—¿Seréis franca conmigo, prima?—dijo la abadesa después de haber tomado la carta y de haberla guardado.

—¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto?

—¡Creo que amáis á don Francisco!

—¡Y qué!—dijo fríamente la de Lemos, que era violenta.

—¡Lo confesáis!

—Ahorro una disputa vergonzosa.

—¿De modo que el amor...?

—¿Y qué entendéis vos de amor?—dijo con desprecio la de Lemos.

La abadesa se mordió los labios.

—Yo creía que os justificaríais.

—Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas—dijo levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la abadesa.

—Pero escuchad, mi querida Catalina—dijo la abadesa.

—¡Adiós!—exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo.

—Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo justo...—murmuró la abadesa—. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo, tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino, montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho! ¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría, sabrá lo que debe hacer.

La abadesa salió del locutorio.

—¿Quién ha traído esta carta?—dijo á la tornera.

—El señor Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera?

—Sí, señora, espera la contestación.

—Hacedle entrar, madre Ignacia.

Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había en él y se puso á escribir.

Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.

Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.

Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.

—Quien huye, teme—dijo Quevedo.

—Pues no, no sé—dijo saliendo Montiño—por qué deba yo temeros.

—Vos debéis haber venido aquí para algo malo.

—¿Yo?

—Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta del duque de Lerma á la abadesa.

—¡Cómo! ¡qué!

—¡Una carta en que se habla mal de mí!

—¡Pero don Francisco!

—Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de Lerma.

—Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado...

—Vos acabaréis muy mal, señor Montiño.

—Mi sobrino tiene la culpa.

—¿Vuestro sobrino?...

—Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo bueno, para mí todo lo malo.

—Y será peor si no os confiáis completamente á mí.

—Pero don Francisco...

—¡Se conspira!

—¿Que se conspira?

—Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.

—Mi sobrino...

—¡Escondéos!

—¡Cómo!

Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.

Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.

—Habéis mentido en vano—dijo la condesa—; mi prima lo ha adivinado todo.

—¡Todo! pues mejor.

—Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa? cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué avergonzarse de amarle.

—Dios bendiga vuestra boca.

—Os espero.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Por dónde?

—Por el huerto.

—Larguísimo va á ser para mí el día.

—Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.

—Ahora las noches son largas.

—Pues hasta la noche; ¿á qué hora?

—A las ánimas.

—Pues hasta las ánimas.

—¡Hola!—dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta—; que acerquen la litera.

La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.

Quevedo estaba incómodo.

No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había hablado bajo.

—Salid—dijo á Montiño.

Montiño salió.

—Venid conmigo.

Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.

—Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.

—Señor Francisco Montiño—dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.

—¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy, señora mía.

Y se acercó al torno.

—La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.

—Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.

Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.

—Andad, que aquí os ospero—dijo Quevedo.

Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.

Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.

Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.

Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos, crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:

—¡Como la otra!

Y se lanzó en la calle.

Quevedo partió tras él y le asió por la capa.

—¡Ea, dejadme!—exclamó el cocinero mayor.

—¿Os olvidáis de que yo os esperaba?

—¡Como la otra!—repitió en acento ronco y cada vez más desencajado Montiño.

—¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela; embozáos y componéos, y venid conmigo.

Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su extraño estribillo:

—¡Como la otra!

—¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería!

Montiño se dejó conducir.

Hostería del Ciervo Azul, leyó Quevedo en una muestra sobre una puerta.

—Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón, y no me vendrá mal una empanada de perdiz.

Y empujó adentro á Montiño.

Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata clavadas de trecho en trecho en la pared.

Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.

CAPÍTULO XXIII

EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE

Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban encendidas.

Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.

Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.

Montiño había guardado un profundo silencio.

Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.

Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor no estaba en el completo uso de sus facultades.

—¡Había de haber sido una monja!—dijo Quevedo cuando se certificó del estado mental de Francisco Montiño.

Un mozo entretanto trajo la empanada.

Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.

Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.

Bastó esto para que volviese de su fascinación.

—¿Qué es esto?—dijo—. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?

Y escupió el bocado.

—¡Ah, ah!—dijo Quevedo—, me había olvidado de que sois el rey de los cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el apetito que yo tengo para tragar este engrudo.

—¿Dónde me habéis traído?

—A la Hostería del Ciervo Azul.

—¡A la hostería del Ciervo!—exclamó con espanto Montiño—. ¿Qué habéis querido darme á entender con eso?

—¡Yo!

—Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer...

-¡Yo!

—Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso.

—¡También el tío Manolillo!

—Y el duque de Lerma.

—¡Cómo!

—Y doña Clara Soldevilla.

—¡Ah!

—Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡como la otra! ¡como la otra!

—¿Como qué otra?

—Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?

—¡Ah!

—Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á Verónica.

—¿Pero estáis loco, Montiño?

—Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.

—Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán—dijo Quevedo.

—¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.

Y el cocinero se levantó.

—Sentáos—dijo Quevedo con voz vibrante—; sentáos y no espantéis la caza: yo os vengaré.

—¿Pero es cierto?—dijo con angustia Montiño, que se sentó.

—Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis nada; estáis almorzando alegremente. Comed.

—¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel...

—¡Mozo! ¡un real de olla podrida!—dijo una voz estentórea al fondo del salón.

—Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque aquí mismo os vengo.

—¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco?

—Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo. Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre.

—Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama!

—Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán.

—¡Pero qué galán!

—Cosas de las mujeres.

—¿Y qué debo hacer?

Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó:

—¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa.

—Decís bien.

—No os faltarán mujeres.

—Decís bien.

Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó:

—¡Y lo que nazca!

—Podéis contar que no es vuestro.

—La separaré de mí.

—Haréis bien.

—La enviaré á Navalcarnero.

—Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país.

—¿A Asturias?

—Eso es.

—No hablemos más de esto.

—Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa?

—¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi sobrino.

—¿Y vos qué le habéis dicho?

—Yo... nada.

—¿Y qué ha replicado la abadesa?

—Me ha llamado ciego.

—¿Y qué más?

—Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia!

—Pero supongo que habréis tenido prudencia.

—Prudencia ¿acerca de qué?...

—Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino.

—Para prudencia estaba yo.

—¿Pero qué habéis hecho?

—Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije: pues dama hay en palacio mucho más alta...

—¡Diablo!

—Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer...

—La abadesa os preguntaría quién era esa dama.

—Cierto que sí.

—¿Y vos?

—Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de decir las verdades.

—Diríais que doña Clara Soldevilla...

—¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina...

—¡Desdichado!

—Era querida de mi sobrino.

—Pues habéis mentido como un bellaco—exclamó Quevedo—; y ya que no tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de volver á pronunciar esa calumnia.

—¡Ah, don Francisco!—exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo, bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.

—De seguro la abadesa os ha dado una carta.

—Es verdad.

—Una carta para el duque de Lerma.

—Es verdad.

—Dadme esa carta.

—Pero tengo que llevarla á su excelencia.

—Dadme esa carta.

Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á Quevedo.

Quevedo rompió la nema.

—¿Pero qué hacéis?—dijo Montiño.

—Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.

Y la leyó.

—Ya lo sabía yo—dijo.

Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.

Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.

Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie, calzado con un chapín dorado.

—Confúndame Dios—dijo Quevedo—si yo no conozco á esa. Detengámonos, que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.

Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se asió á su brazo.

—¿Tendremos buscona?—dijo para sí Quevedo.

—Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco—dijo una voz irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á la Dorotea.

—¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí?

—No lo sé.

—¿Que no lo sabéis?

—No. Llevo la cabeza hecha un horno.

—Más bien creo la lleváis hecha una olla de grillos.

—He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría.

—¿Pero qué os ha sucedido?

—Se me ha subido el almuerzo á la cabeza.

—¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de pies?

—No; no, señor: me he ido al alcázar.

—¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar?

—¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad.

—¿Y le habéis habido?

—Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido.

—Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.

—¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido!

—¿Pero qué granizada es esa, amiga mía?

—Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...

—No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais, Dorotea!

—¿Qué, ahora lo estoy menos?—dijo con acento singular la comedianta.

—No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más mujer.

—Entrémonos aquí—dijo la Dorotea—; empieza á llover.

Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y negro.

—Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.

—¿Y qué se me da?

—¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de Santiago. Nos echamos á rodar.

—Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.

—Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede entrar en este aposento?—añadió Quevedo, parándose en el fondo de la taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.

—Sí; sí, señor, con mil amores—dijo aquel hombre—. ¡Nicolasa! ¡la llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas mercedes.

—¿Qué hora es?—dijo Dorotea.

—Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que estos señores esperan.

Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo puesta en una palmatoria de barro cocido.

Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa.

—Dos sillas, Nicolasa—dijo aquel hombre.

La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino.

—¿Qué quieren vuesas mercedes?—dijo el hombre, que se había quitado la gorra.

—Vino, mucho vino—dijo la Dorotea.

—Sólo tengo blanquillo de Yepes.

—Sea el que quiera.

El hombre salió.

—No os conozco, Dorotea—dijo Quevedo.

—Tampoco yo me conozco á mí misma.

—Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.

—No importa.

—Que tenéis que ser esta tarde estrella.

—Me nublo.

—El autor de la compañía os obligará.

—No puede.

—Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.

—Si me encuentra.

—¡Ah! ¡os perdéis!

—Me he perdido ya.

—¡Mirad no perdáis á alguien!

—Una vez perdida yo, que se pierda el universo.

—Traigo un azumbre—dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme jarro vidriado y dos vasos.

—¡Fuego de Dios!—exclamó Quevedo.

—Idos—dijo con impaciencia Dorotea.

El tabernero se encaminó á la puerta.

—Volved lo de afuera adentro—dijo Quevedo.

El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera y la puso por el lado de adentro.

Quevedo se levantó y echó la llave.

Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada desde afuera, y miró si había alguna rendija.

La puerta era nueva y encajaba bien.

—Henos aquí metidos en un paréntesis—dijo don Francisco.

—Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.

—Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.

Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.

Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño relicario cubierto de brillantes.

—Deslumbráis, Dorotea—dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y poniéndole sobre su ferreruelo en la llave—. Se me os vais subiendo á la cabeza.

—Sentáos y ponedme vino.

—No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal un negocio se emborrachan.

—Ponedme vino.

—Beberéis vos sola.

—¡Queréis tener sobre mí ventaja!

—Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.

—Decís bien... pero yo necesito hacer algo.

—¿Y os embriagáis?

—Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me quita otra.

Y levantó el vaso.

Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.

Luego tomó el jarro y lo arrojó:

—Soy vuestra madre—dijo—; dejémonos de locuras, y ya que os tengo aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente, hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?

—¿Quién sabe lo que vos sois?

—Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.

—¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!

—No vengo por mi gusto.

—Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?

—Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.

—¡Malhayan los tales secretos!

—¿Por qué decís eso?

—Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.

—Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis que os sacrifico?

—No es dios, es diosa.

—¿Diosa?

—Sí, la diosa ambición.

—Conócese que tratáis con el duque de Lerma.

—Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois secretario del duque de Osuna.

—Confiésome torpe; no os entiendo.

—Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia me abra las puertas de un convento.

—¿Magdalena os tenemos?

—Si me dais medios de que lo sea, os perdono.

—Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en qué os he ofendido yo?

—¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!

Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un movimiento sublime.

Su mirada resplandecía.

Quevedo la miraba con asombro.

—No, no soy desgraciada—dijo la Dorotea—, sino muy feliz, felicísima. Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi agradecimiento.

—¡Qué lástima!—dijo Quevedo.

—¿Y de qué?

—¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?

—¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de ojo?

—Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta mañana.

—Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis visto esta mañana y cómo me véis ahora.

—Son las doce—dijo Quevedo—; á las dos empieza la comedia y necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?

—Sí; ¿pero eso qué importa?

—Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho, porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.

—Creo que empezáis á engañarme.

—Suponed que no me llamo Quevedo.

—Eso no es posible.

—Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca y que deseo curarla.

—Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas situaciones en que os he visto.

—Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó hijo de palacio, como mejor queráis.

—Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?

—Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.

—¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!

—Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?

—No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre; á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.

—¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó; pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.

—Yo no gasto, como vos, antiparras—me dijo—; pero es el caso, hermano don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo os muestre, y decirme qué habéis visto en ella?

—¿Y de qué cosa se trata, tío?—le pregunté.

—De una mujer.

—Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me quedo á obscuras.

—No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo, naturalmente, una venda sobre los ojos.

—¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!—exclamó Dorotea.

—Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo:

—Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo con otro caballero.

Entramos en el locutorio.

Vos tardásteis.

Entonces me dije, yo no sé si con fundamento:

—Esa mujer se está componiendo para parecer mejor.

—¡Ah, y qué mal pensador sois!—dijo la Dorotea.

—En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais estarlo en el convento.

—Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello, una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.»

Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra, sonora; vuestro discurso, apasionado.

Yo me enamoré de vos.

Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo:

—Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no me pesará que esa mano sea la mía.

—Si ella os ama—dijo el tío Manolillo—, por mi parte nada tengo que oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.

—Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?—le pregunté.

—Es una historia—me dijo.

Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de vos, y no volví á preguntarle.

Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos; ardía por vos, Dorotea.

—Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no podíais ser para mí más que el primer amante...

—¡Oh!—exclamó Quevedo.

—Me reí de vos.

—Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os riérais.

—Ya sé que sois altivo.

—No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.

Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma de ángel en cuerpo de hombre.

—Pero tan burlador como vos.

—¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero, se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he recordado más de una vez...

—En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo...

—Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento.

—Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas.

—¿Comediante fué?

—Galán.

—¿Se llama?

—Gutiérrez.

—¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante...

—Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre... perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus... sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no! en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían. Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro. Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero hoy me he desengañado.

—¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro!

—Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella. Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo me habló por sí mismo.

—Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que él, y es muy justo—dijo Quevedo—; el agua moja antes el cauce que el pilón. Vuestra historia es muy conocida.

—He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.

—Os leí, pues, en el convento.

—¿Y qué habéis leído hoy en mí?

—Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada, cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré.

—Y como éramos antiguos conocidos...

—Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la buscona más perfecta en su época peligrosa.

—¡La buscona!

—Ese es el nombre.

—Es decir, la mujer...

—Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes, envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y pregonándose á voces.

—¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza!

—Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.

Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación.

—¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!—dijo Quevedo con acento sonoro, seco, vibrante, solemne.

—¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!—exclamó Dorotea.

—¡Misterios del espíritu!—murmuró Quevedo—; ¡no nos comprendemos! ¡la ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo presiento... porque veo... observo... y me asombro!

—¿De qué os asombráis?

—De mí mismo.

—Sois un pozo obscuro.

—Porque me hundo en mi alma.

—¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?

—¿Y qué es lo terrible?

—Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...

—Sí, sí; mi amigo Juan.

—Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer doloroso... debí ponerme pálida.

—Y seria como una difunta.

—Yo creo que él también vaciló.

—Pues ya lo creo.

—¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa? yo creo que iba provisto de un hechizo.

—Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina.

—¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole en el lugar de Calderón!

—¿Qué estáis diciendo?

—He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo... ahora... ¡ahora le aborrezco!

—Hacéis mal.

—¿Que hago mal?

—¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas?

Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las conocía.

—¿Para qué llama una mujer á un hombre?

—Margarita de Austria, más que mujer es reina.

—Las reinas tienen corazón y caprichos.

—La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar.

—¡Para conspirar!

—Sí, contra el duque de Lerma.

—¡Ah!—exclamó Dorotea como quien recibe una revelación—. Acaso... aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad?

—Eran, sin embargo, ambiguas—dijo Quevedo, que seguía hablando á bulto.

—Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un miserable.

—¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro? Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el caso de volver en vos.

—¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento?

—No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis.

—¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore?

—No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado, me alegro.

—No os alegréis mucho, porque me ha empeñado.

—Mi amigo Juan os ama.

—¡Jurádmelo!

—Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos!

—Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que supe que habíais herido á don Rodrigo.

—¿Por amor á don Rodrigo?

—No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar...

—Bueno es saberlo—dijo para sí Quevedo.

—Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí, bajé, y seguí á pie.

—¿Y á dónde íbais cuando os encontré?

—A la ventura, á tomar el aire.

—Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado—dijo Quevedo.

—Aún no del todo.

—Mi amigo os espera en vuestra casa.

—¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!

—El amor se venga.

—Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy buenas.

—Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.

—¡Oh! no lo creo—dijo Dorotea con una anhelante candidez.

—¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... esa diosa, no viva más que para mí.

—Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento... vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el duque de Lerma, odioso Calderón.

—Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca del ánimo de Lerma.

—¡Cómo!

—¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha alcanzado gracia á vuestros ojos.

—Me pedís un martirio.

—Sed mártir, si queréis la gloria.

—¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!—exclamó profundamente la Dorotea.

—Necesitáis reparar el daño que habéis hecho.

—¡Yo!

—Sí, vos; habéis calumniado á una santa...

—¿Creéis que la reina?...

—Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de odiarla.

—¿Y qué puedo yo hacer?

—Sed más que la querida pagada de Lerma.

—¡Ah!

—Enloquecedle; hacedle creer que le amáis.

—Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro amigo.

—¿Y qué importa?

—Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma.

—Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...

—¡Deshonrarle yo!...

—Cuando median altos intereses, por todo se atropella.

—¿Puedo fiarme de vos, don Francisco?

—¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros?

—A vos me entrego.

—¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él acompañada á la comedia.

—¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y mostrarme serena y reir!

—Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?

—Sí.

—¡Ah de casa!—dijo Quevedo abriendo la puerta.

Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.

—Cobrad y guardáos lo que os sobre—dijo.

Y salió con Dorotea.

—Ahora—añadió cuando estuvieron en la calle—idos sola. Todo el mundo me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos. Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.

—¿Y hasta cuándo?

—Yo pareceré.

—Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.

Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.

Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera, pisando lodos.

Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un vago temor.

Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.

Su irresolución duró un momento.

Llamó, la abrieron y entró.

—¡Señora!—la dijo Casilda—; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!

—¿Qué?

—Aquel caballero que almorzó con vos...

—¿Qué ha sucedido á ese caballero...—dijo con cuidado Dorotea.

—¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...

—Y bien...

—Me pidió sangría...

—¿Y qué?

—Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en vuestro sillón.

—¿Y qué hay de malo en eso?...

—Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.

—¿Que no estaba?

—No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.

—¡Ah! ¡Dios mío!—dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la sala, y llegando á la alcoba—; ¡conoce que le amo... y se apodera de mí!

Montiño dormía á pierna suelta.

Dorotea levantaba el pabellón del lecho.

—¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido! ¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!—dijo oyendo á lo lejos un reloj.

Dejó caer la cortina y salió á la sala.

—Vísteme—dijo á Casilda—: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.

—¿Y le dejáis así?—dijo Casilda señalando á la alcoba.

—Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.

—Pero señora...

—Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío—dijo Dorotea.

La negra se calló y vistió á su señora.

Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos de anillos y derramó sobre sí agua de olor.

—Vete, y que Pedro ponga la litera—dijo cuando estuvo vestida.

Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la cortina.

—Siento despertarle—dijo—; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud insoportable!

Estuvo un momento contemplando al joven.

Al fin se resolvió.

—¡Caballero!—dijo dulcemente—¡caballero!

Montiño abrió los ojos.

—¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!—dijo después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño.

—¿Y no se os ocurre disculparos?

—¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de lástima!... no os enojéis, pues.

—¿Estáis muy cansado?

—¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me dije—: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy corriente.

—¿Y os vais?

—Sí, pero contando con que vos...

—¿Qué?...

—¿Me volveréis á recibir?

—¿Pero no estáis ya recibido?—dijo la Dorotea.

—¡Cómo, señora!

—Sí; ¿no estáis en vuestra casa?

—¡En mi casa!

—Vais á juzgar. ¡Casilda!

Apareció la negra.

—¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero?

—Que era vuestro...

—Dí lo que yo te dije.

—Que era vuestro amo y el mío.

—Vete.

—¡Ah, señora!—dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el acento de Dorotea.

—Yo no os conozco—dijo la joven—, pero me siento unida á vos por un poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería; no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi amor?

—¡Vuestro amor!—exclamó asustado Montiño.

—¡Qué! ¿le desprecias?

—¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria.

Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño.

—¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!—exclamó después de algún tiempo—. ¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero es preciso! ¡vamos, acompáñame!

—¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan resplandeciente, reina de mi vida?

—¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.

Y Dorotea se llevó de su casa á Juan Montiño como robado.

CAPÍTULO XXIV

DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE LO QUE HIZO AL FIN

Montiño se había quedado aturdido en la hostería de Ciervo Azul, después de la salida de Quevedo.

Tenía tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza estaba hecha una devanadera.

Iba y venía con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba más que una cosa en claro: lo referente á los amores de su mujer con el sargento mayor don Juan de Guzmán.

Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montiño pronunciaba con los nervios crispados:

—¡Como la otra!

Montiño era, pues, un hombre predestinado.

Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinación.

Y luego decía—: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se hayan engañado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna imprudencia... ¡y ese sargento mayor ó ese demonio, está allí detrás de mí, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandíbulas de lobo las cortezas de pan, ¡si yo me atreviera!... si yo me presentara á él de improviso... ¡si le preguntara!...

Pero acordábase Montiño del semblante de bandido del sargento mayor, de su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable tizona, se desplomaba y renunciaba á su resolución.

Y era el caso que tampoco se atrevía á levantarse y á salir, por temor de ser visto por don Juan de Guzmán.

Permanecía, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento mayor, y haciendo como que comía; pero en realidad, aterrado, reducido á la menor expresión, anonadado.

Pero de repente, sacóle de su anonadamiento una voz que conocía demasiado.

Aquella voz había saludado al sargento mayor.

Aquella voz era la del galopín Cosme Aldaba.

—¡Maldígate Dios, racimo de horca!—dijo el sargento mayor á Aldaba—; hace una hora que me tienes esperando.

—Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; después que vi á vuesa merced y me dió el recado, he tenido que comprar el pañuelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises.

—No hay que hablar de ello. ¿Y le has hallado como convenía?

—Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color.

—¿Y lo has llevado á la señora Luisa?

Volvióse todo oídos el cocinero.

—He tenido que esperar á que saliera el señor Montiño, porque si después de haberme despedido me hubiera encontrado, no sé lo que hubiera sido de mí.

—¡Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escándalos, ya le hubiera yo acostumbrado á que se saliese humildemente de su casa cuando yo entrase, sólo con haberle hecho huir á puntapiés la primera vez. ¿Pero qué te ha dicho la señora Luisa?

—Nada; ha tomado el pañuelo, se ha puesto muy pálida y ha exclamado: ¡me quiere perder!

—Si fuera viuda, no temblaría así.

Estremecióse Montiño.

—¡Viuda!—dijo Aldaba—; el cocinero mayor está tan apergaminado y enjuto, que me parece que tiene vida para muchos años.

—El día menos pensado... es rico, ¿no es verdad?

—¡Vaya!... ¡si dicen que revende empleos!

—Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcón que debe estar lleno de talegos.

—Es muy avaro.

—Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que ésta.

—Ya se ve; y que le gustaban los pajes.

—Y que Inés no es su hija.

—No, pues la Inés, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad.

—¿Y cuál es el paje de ahora?

—Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa de valiente, y á quien tengo ojeriza.

—¿Y cómo se llama ese paje?

—Valentín Pedraja.

—¡Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor!

—Eso es.

—Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo.

—Si la Inés me quisiera, sería bastante; pero no queriéndome, á qué buscar ruidos.

—Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; tú me guisarás, y me excusaré de venir á este figón del infierno. Conque, vámonos, hijo, y te enseñaré mi casa, que tengo mucho que hacer.

El sargento mayor pagó y salió con Aldaba sin reparar en Montiño.

—¿Conque es decir—exclamó Montiño levantándose con la fuerza de un muelle—, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un lado sino por los dos? ¡mi mujer y mi hija! ¡y que no sepa yo lo que pasa en mi casa! ¡y que temiera yo llevar á ella á mi sobrino! ¡mi sobrino! ¡será necesario decírselo todo! ¡mi sobrino que es tan valiente! ¿pero cómo decirle: tu tía y tu prima son dos mujeres perdidas? ¡y yo que había pensado en ver el medio de casarle con mi hija!

El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle.