Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta.

Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la llave, su capotillo.

—¿A qué es eso?—dijo el padre Aliaga.

—A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan reconocerme por la voz.

—Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.

—¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á su cabeza?

—¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía!

—¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma?

—Tío Manolillo—dijo con reserva el padre Aliaga—, nada tengo que temer; sirvo á Dios y al rey...

—Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres.

—Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del reino de Sicilia.

—Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general.

—No sé por qué se han empeñado en engrandecerme.

—Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan.

—Vano temor: yo me limito á dirigir la conciencia del rey.

—Vos conspiráis, padre.

—¡Cómo!

—Como conspiro yo y como conspiramos todos: ¿acaso no conspira también el cocinero de su majestad?

Movióse impaciente en su silla el padre Aliaga.

—Henos aquí juntos—dijo el bufón—: vos fuerte en la apariencia, y yo en la apariencia débil; ¡sabe Dios cuál de entrambos es el fuerte!

—Tío Manolillo, no os entiendo—dijo con gran indiferencia el padre Aliaga—. ¿Qué habláis de fuertes ni de débiles? Si no recuerdo mal, yo os he llamado.

—Es verdad; esta mañana en la recámara del rey, me dijísteis: os espero esta tarde en el convento de Atocha.

—Necesitaba preguntaros...

—Sí, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y á propósito de esa mujer, ¿tendréis que hablarme también de algún hombre?

—Y de algunos.

—Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.

Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga.

—En efecto—dijo—; Margarita...

—Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese nombre.

—¡Para mí!

—¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que amáis!...

—¡Que yo amo!

—¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el corazón.

—Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas.

—Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenéis el corazón hecho pedazos, yo también; vos amáis, yo también amo; pero amo con más heroísmo que vos, y lo sacrifico todo á mi amor... todo... hasta los celos.

—Venís muy donosamente loco, tío; yo creí que os habríais dejado á la puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufón.

—En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni más ni menos un pobre enfermo del corazón que viene á buscar á otro enfermo y á decirle: busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador, confesor del rey, inquisidor general, y qué sé yo qué más, ni yo soy el loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os empeñáis en manteneros puesta la carátula, nada tengo que hacer aquí... me habéis llamado en vano. Adiós.

Y el tío Manolillo se levantó y se dirigió á la puerta.

—Esperad—dijo el padre Aliaga.

El bufón volvió atrás, se sentó de nuevo y miró audazmente al padre Aliaga.

—¿Nos quitamos al fin el antifaz?—dijo.

El padre Aliaga no contestó directamente á esta pregunta.

—Esta mañana—dijo—me contásteis una historia muy triste.

—Margarita, cuando estaba más loca, llamaba á su hermano Luis... vos os llamáis Luis, padre Aliaga; hace muchos años que pasó esto, y entonces debíais ser muy joven; ¿sois vos, acaso, el Luis que recordaba Margarita?

—Me habéis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho á su madre; cuando la vea podré deciros...

—¿Queréis verla?

—¿Y cómo puede ser eso?

—De una manera muy sencilla; id ahora mismo á palacio.

—¡A palacio!

—Sí por cierto. Nadie extrañará que el confesor del rey entre á estas horas en palacio. Yo estaré esperándoos en la escalerilla por donde se sube al cuarto del rey.

—Lo que no alcanzo es cómo pueda ir á palacio esa comedianta.

—La llevaré yo.

—En verdad, en verdad, tengo una obligación grave de averiguar quién es esa mujer. ¿No se llama Dorotea?

—¿Quién os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?—exclamó con acento amenazador el bufón.

—Cuando se trata de esa mujer—dijo sonriendo tristemente el padre Aliaga—, todo os espanta.

—Como os espanta á vos todo, cuando se trata de la otra.

El padre Aliaga pareció no haber oído la contestación del tío Manolillo.

—Sólo quiero ver á esa joven—dijo—para salir de una duda; y puesto que vos podéis mostrármela en palacio, á palacio voy.

Y el padre Aliaga se levantó.

En aquel momento sonaron pasos en el corredor.

Al oírlos el bufón se levantó, y escuchó con atención.

Luego se escondió precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXVI

DE LO QUE OYÓ EL TÍO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL REY

Abrióse la puerta y asomó el hermano Pedro.

—Nuestro padre—dijo—; tras mí viene el señor Alonso del Camino.

—¡A qué hora!—murmuró para sí el padre Aliaga.

Y fué á la puerta con la visible intención de salir de la celda, pero Alonso del Camino no le dió tiempo.

Se entró de rondón en la celda.

—Aquí tenéis—dijo como quien se apresura á dar una noticia agradable—la provisión de capitán para el señor Juan Montiño.

No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra parte, el padre Aliaga no se atrevía á dar ninguna señal de desconfianza al bufón del rey, que estaba en posición de verlo y oír todo desde detrás de la cortina de la alcoba.

Tomó la provisión y la miró.

Aquella provisión había sido vendida á un soldado viejo llamado Juan Fernández, y éste la había revendido al señor Juan Montiño.

—Ya veis si he sido eficaz; esta mañana cobré los ochocientos ducados de la casa del señor Pedro Caballero, y en seguida me fuí á buscar á un tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le hablé, tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuése él á casa del duque, y al medio día me dió la provisión firmada por su majestad. He invertido lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo para el dicho capitán, y la reina queda completamente servida.

—¡La reina!—murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón.

—¡La reina!—dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella cortina.

—Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el rey, he visto algo bueno.

El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.

El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no se atrevía á imponerle silencio ni con una seña.

Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón.

Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.

Alonso del Camino continuó:

—Se murmuraban en la antecámara muchas cosas.

—Allí siempre se murmura.

—Decían que don Francisco de Quevedo había venido á la corte y que había dado de estocadas á don Rodrigo Calderón.

—¡Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones... ya sabéis que no ha sido Quevedo... ¿pero está en efecto en Madrid?

—Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo, todos se preguntan: ¿quién le ha visto? ¿quién le ha hablado?

—¿Y hay alguien que le haya hablado ó visto?

—No; no, señor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben en un momento en toda una ciudad.

—Estaba preso.

—Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al verse suelto se ha venido á la corte, son hablillas y la admiración de todos.

—¡Bah!—dijo el padre Aliaga.

—Se asegura que va á haber variación en el consejo y en la alta servidumbre.

—¿Porque ha venido don Francisco?

—Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio.

—Bien, ¿y qué?

—Añaden que la duquesa de Gandía se fué á su casa mala, porque el rey pasó la noche en el cuarto de la reina.

—¡Que pasó el rey la noche en el cuarto de la reina!—dijo con la voz ligeramente afectada el padre Aliaga—. No me ha dicho nada su majestad.

—Pues preguntádselo al duque de Lerma, que dicen pasó la noche rabiando en el despacho del rey—dijo alegremente Alonso del Camino.

—Tened en cuenta, amigo mío, que en palacio se miente mucho.

—Don Baltasar de Zúñiga va de embajador á Inglaterra.

—Nada tiene de extraño; don Baltasar ha nacido para embajador.

—Y entra en su lugar en el cuarto del príncipe el obispo de Osma.

—Así aprenderá su alteza mucho latín.

—No parece sino que nos escuchan—dijo bruscamente Alonso del Camino—, según andáis de reservado.

—Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con indiferencia las hablillas de antecámara.

—Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto...

—¡Ah! vos habéis visto...

—Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado pasar.

—Pero eso no prueba nada.

—Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo: ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor enemigo Lerma.

—Nada de lo que habéis dicho prueba nada.

—Se dice...

—¿Se dice más?

—Sí por cierto, que se arma un ejército contra la Liga.

—Ejército que será vencido.

—Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere contentar de algún modo á España; para eso... ya sé lo que vais á decirme, lo mejor era que empezase por irse á una de sus villas y dejar el gobierno.

—Perdonadme, señor Alonso, si no os he escuchado como debiera—dijo el padre Aliaga que se impacientaba—, pero estoy enfermo.

—¡Enfermo!

—Sí; sí por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, frío en los pies... la celda me anda alrededor.

—¡Ah! perdonad... yo no sabía... llamaré...

—No, no... me voy á acostar... con vuestra licencia...

—¡Oh! lo siento mucho, no os descuidéis...

—Esto pasará.

—Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado.

—Bien.

—Perdonad... pero... mañana vendré á informarme...

—Muchas gracias... esto pasará...

—Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.

—Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso.

El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al claustro, dijo:

—¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy bueno! ¿qué habrá aquí?

Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la alcoba el tío Manolillo.

—¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?—dijo—; pero nada importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais: ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y es un buen hombre ese Alonso del Camino.

—Me habéis dicho—contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese hablado el bufón—que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea.

—Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una hora.

—¿Y por qué?

—Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han hablado y cantado amores y se está enamorado...

—¿Y de quién está enamorada Dorotea?—dijo con interés el padre Aliaga.

—De una persona á quien vos conocéis.

—¿Que yo conozco?

—Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos.

—¡Celos!

—Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros á vos mismo.

—¡Os equivocáis!—exclamó con precipitación el padre Aliaga—, yo no puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el mundo.

—¡Bah! allá lo veremos.

—Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta.

—¿No lo adivináis por lo que os he dicho?

—No ciertamente.

—Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada con locura...

El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad del padre Aliaga.

—¿De quién?—dijo el fraile con impaciencia.

—De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro dinero.

El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció.

—¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea?

—Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor para él.

Repúsose el padre Aliaga.

—¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?—dijo.

—No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar...

—Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes.

—Esperaré...

—Cuando yo llegue, os avisarán.

—Muy bien.

—Y para que los encontréis más pronto, id al momento.

—Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.

El bufón salió.

Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y se presentó el lego Pedro.

—Que pongan al instante la silla de manos.

Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre Aliaga.

Había cerrado la noche y seguía lloviendo.

CAPÍTULO XXVII

EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL DÍA

En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor.

El padre Aliaga. El padre Aliaga.

Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la presión despótica de la madre Misericordia.

El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.

Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un tormento para el cocinero mayor.

Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.

Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.

Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.

Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo compromiso.

Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...

Esto no podía ser.

Estaba comprometido con el duque.

Estaba comprometido con la Inquisición.

Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un círculo de fuego.

Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.

Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido: por la Inquisición.

Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la Inquisición, pidió hablar con la abadesa.

Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.

Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el locutorio era muy lóbrego.

Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.

Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una puerta y los pasos de una mujer.

No traía luz.

Luego oyó la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeció.

—¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?—había dicho la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

—Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies, Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?

—Sí; sí, señora.

—Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía el Santo Oficio de la general Inquisición.

—Ni yo lo entiendo tampoco, señora.

—¿Pero á qué os envían?

—Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con el inquisidor general.

—¿Es el inquisidor general quien os envía?

—Sí, señora.

—¿Pero sois ó érais de la Inquisición?

—No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.

—Pero explicáos.

—Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he aquí que me tropiezo...

—¿Con quién?

—Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos me habíais dado para don Francisco de Quevedo.

—Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.

—Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me habíais dado para el señor duque de Lerma.

—¿Qué, os la quitó?...

—Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se quedó con ella.

—¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa carta?—exclamó con cólera la abadesa.

—Ya os he dicho que me la ha quitado...

—¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?

Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

—El hombre que... me quitó vuestra carta, señora—dijo con acento misterioso—, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

—¡Un alguacil!

—Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la portería.

—¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila la casa de mi tío?

—Yo no lo sé, señora—dijo Montiño asustado por las proporciones que iba tomando su mentira—. Yo sólo sé que el alguacil me dijo:—Seguidme.—Y le seguí.

—¿Y á dónde os llevó?

—Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.

—¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?

—Nada.

—¿Nada?

—Sí; sí, señora, me dijo algo:—Desde ahora servís al Santo Oficio. Volved esta tarde.—Como con el Santo Oficio no hay más que callar y obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una carta y me dijo:—Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas Reales.

—¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?

—Aquí, señora.

—Dádmela.

—No veo... no veo dónde está, señora.

La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento.

Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja, había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa, semejante á un fantasma siniestro.

No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por delante en una sombra densa.

Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la parte interior del locutorio.

El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil.

Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido, desencajado, trémulo.

—Dadme esa carta—repitió la abadesa.

Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y dió á la madre Misericordia la carta.

La abadesa se fué á leerla á la luz.

Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la contestación de éste.

La carta del duque decía:

«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia: primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde Dios.—El duque de Lerma.»

La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente:

«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada, y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo, me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más, cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia, quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.—Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales.»

Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase atónito y trastornado al cocinero mayor.

Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y que ésta leía á la sazón:

«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender. Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á nadie. Recibid mi bendición—El inquisidor general.»

Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía.

La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni pueden saber á qué atenerse.

Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.

Pasó un nuevo intervalo de vacilación.

—¿Y qué digo yo á mi tío—exclamó con despecho—que le satisfaga y no le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un recurso.

Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano, meditando sobre el papel.

—¿Qué iría á decir la abadesa al duque?—murmuraba el asendereado Montiño—. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto iba á pasar por mí!

Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre Misericordia.

He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres iniciales de Jesús, María y José:

«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia, porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á Dios por su vida.—Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa de Madrid.»

—¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!—dijo la monja cerrándola—; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la Inquisición?

Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y sacó otro papel y escribió otra carta.

Aquella carta era para el padre Aliaga.

Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la sacra familia:

«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo, cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos, porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me escribió el señor duque de Lerma.»

Detúvose al llegar aquí la abadesa.

—Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí—murmuró—debo enviarle copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...

La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había quemado viva á más de una monja.

Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta manera:

«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia ilustrísima.—Misericordia, abadesa de la comunidad de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.»

Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó á Montiño.

—Dadle un pliego—le dijo—al señor duque de Lerma, y el otro al señor inquisidor general.

—¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?

—Al momento.

—¿Y si me detuviere el duque de Lerma?

—En cuanto os veáis libre.

—¿Tenéis algo que mandarme, señora?

—Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.

—Que Dios os guarde, señora.

El cocinero mayor salió murmurando:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un nuevo atolladero!

Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba el torno, á una monja que dormitaba junto á él:

—Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.

CAPÍTULO XXVIII

DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA

Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.

Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.

La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del diestro la parte delantera.

Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.

Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea.

La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los cristales y una rica piel de oso en el fondo.

Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan lujoso vehículo.

Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden tener los trenes que usaban las comediantas.

Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está explicado todo.

Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.

Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica falda, hasta los pies.

Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.

Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la descripción de su atavío.

Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo también del duque de Lerma.

Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público de otro modo sin desdoro del duque.

Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto.

Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello.

No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él.

Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le había embriagado.

Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color, de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía, le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.

Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro.

Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías, y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.

Por eso estaba embriagado don Juan Montiño.

Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara Soldevilla.

En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez.

Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti.

A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su cuerpo.

Dorotea era entonces feliz.

Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y con la involuntaria y expresiva presión de las manos.

Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de Dorotea.

Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad.

—Perdonad—dijo Juan Montiño—, estoy loco.

—Perdonad vos más bien—dijo Dorotea—, pero por vos y para vos soy una mujer nueva.

No hablaron más durante algunos segundos.

La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del sol.

—Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?

—Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?

—En que me expongo llevándoos al teatro.

—¡Que os exponéis!

—Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.

—¡Bah!—dijo con desprecio el joven.

—No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.

—Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado.

—Quiéralo Dios—dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las manos de Juan Montiño.

—Pues mirad—repuso el joven—, yo pensaba en otra cosa.

—¿En qué?

—En que antes de salir de vuestra casa...

—De nuestra casa, caballero...

—Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú.

—Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo.

—Y qué, ¿no lo sois para mí?

—Y tanto como lo soy; ya veréis.

—¿Os habéis propuesto desesperarme?

—Me he propuesto que me améis.

—¡Qué! ¿no os amo ya?

—No, ni yo os amo tampoco.

—¡Cómo!—exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la burla de una cortesana.

Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:

—Antes de pensar mal de mí, escuchadme.

—Habéis dicho una herejía.

—No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...

—Pero eso no puede ser.

—Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí; ni siquiera que estaba presa.

—¡Ah, no digáis eso!

—Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que creo existe entre vuestra alma y la mía.

—¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...

—No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.

—Yo no sé lo que me inspiráis, señora.

—Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré más cada día.

—¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?

—No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce, inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.

—Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?—dijo con acento de queja Juan Montiño.

—No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición, mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo que yo soy para vos.

—¿Y podéis dudarlo?

—Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.

—Confieso que no os comprendo, señora.

—No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro, oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para exigirme igual conducta cuando estemos solos.

—¿Y eso por qué?

—Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.

En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un portalón feo que se veía en una fachada irregular.

Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y ganó la parte seca del interior.

—¡Oh, reina de las reinas!—dijo al verla un joven de aspecto aristocrático por sus maneras y por su traje—; dignáos tomar mi brazo para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.

—Gracias, don Bernardino—dijo la Dorotea sonriendo—; pero viene conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey.

Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su brazo.

—¡Ah, perdonad, señora!...—dijo don Bernardino siguiendo á los jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles escaleras—; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón...

—Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?—dijo Dorotea.

Subían por las escaleras.

—Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís.

—Como que estoy de boda.

—¿Os casáis?

—Con Sancho Ortiz de Rodas.

Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de protagonista Dorotea.

—¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa!

—Sí, por cierto.

—Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que tienen disgustado al público.

Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á cuyos dos costados había puertas.

—¿Y qué noticias eran esas?—dijo la Dorotea avanzando por el corredor delante de Juan Montiño.

Detrás de los dos iba Don Bernardino.

—Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don Rodrigo, estábais desesperada y no representábais.

—Ya veis que no.

—Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El público está enamorado de vos.

—Pues no se conoce, porque me paga poco.

—Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de oro.

—¿No queréis entrar?—dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del corredor, y entrando en un pequeño aposento.

A pesar de que como había sido pronunciado aquel ¿no queréis entrar? suponía lo mismo que esta otra frase: haréis bien en iros, porque estorbáis, don Bernardino se hizo el desentendido y entró.

El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de seda.

En medio se veía un brasero de plata con fuego.

—Petra—dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su cuarto—, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la función.

La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su encargo.

Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el canapé, se sentó en un sillón y se descubrió.

Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra.

Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á amostazarse.

Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir desprecio ó cólera.

Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad andaba siempre perdonando vidas.

Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los demás acabaron por creerlo y por respetarle.

Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino.

—¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?—dijo cuando se hubo sentado, y con cierto espíritu de protección.

—Algo más que pariente—dijo con descaro la Dorotea—; es... mi amigo, y el amigo á quien más quiero.

Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre.

—Debéis ser forastero—dijo don Bernardino.

Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—¿Es paisano vuestro, Dorotea?

—No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.

—¡Ah! vos sois del cielo.

—Pues entonces no somos paisanos—dijo Juan Montiño con mal talante—, porque yo soy de la tierra.

—¿Habéis estado alguna vez en la corte?

—Ayer vine por vez primera.

—Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.

—Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada—dijo don Bernardino—, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo menos de ofreceros mi amistad.

Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.

En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:

—¡Dorotea!

—La escena me llama, señores—dijo la joven—; venid, venid conmigo, Juan, y me veréis trabajar desde adentro.

Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño.

Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se encontraron en la parte interior del escenario.

En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.

El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente, toda alegre y toda non sancta: comediantes y comediantas, poetas, galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole reparar con una indicación en Juan Montiño:

—Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía.

Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida.

El escándalo estaba dado.

Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan Montiño, había dicho á todos:

—Ese joven es mi amante.

Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un verdadero escándalo.

—¿Qué decís á esto, Mari Díaz?—dijo un comediante rechoncho á la joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

—Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, cuando la Dorotea se atreve á tanto.

—¿Qué es eso?—dijo otro de los del corro—. ¿A quién aplauden de ese modo?

—¿A quién ha de ser sino á Dorotea?—dijo encubriendo mal su despecho la Mari Díaz—; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en cuanto abre los labios ó se mueve la señora duquesa? La Dorotea tiene mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.

—No, pues esos no son los mosqueteros—dijo un poeta—; ó si lo son, es mosquetero todo el público.

—¿Qué sabéis vos?—repuso Mari Díaz—; hay tardes en que están de humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como borregos.

—Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea—dijo don Bernardino de Cáceres.

—Soberbio modrego—dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el presuntuoso hidalgo—; si tuviera tantos doblones como vanidad, no andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.

—Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante—dijo otro.

—Pero es muy hermoso—replicó la Mari Díaz.

—¿Os habéis ya enamorado de él?

—¡Yo!...

—Dicen que sois muy enamoradiza.

—Por eso los llevo detrás haciendo cola.

—Es que dicen que los lleváis delante.

—Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo amante de la Dorotea?

—Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes—dijo un comediante.

—Ni yo—repuso otro.

—Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo que está en la corte—dijo la Mari Díaz.

—¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina mía!—dijo un poeta.

—Eso quiere decir que no es un cualquiera—recargó la comedianta.

—¿De qué se trata?—dijo un alférez de la guardia española que se había acercado al grupo.

—¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un acontecimiento extraordinario?—contestó un comediante.

—¡De un escándalo!—añadió un poeta.

—¡De una enormidad!—recargó un tercero.

—¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?

—Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo—dijo la Mari Díaz—que don Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.

—Pero eso no es un milagro.

—Escuchad: sabréis además que está muy mal herido.

—Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro, el escándalo y la enormidad.

—El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un pobre—dijo la Mari Díaz.

—¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al escándalo.

—El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.

—En efecto, esto tiene algo de escandaloso—dijo el alférez—. Pero la enormidad... veamos la enormidad.

—¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado á todos su nuevo amante?

—Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio... perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos.

—Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés Saltillo—dijo la comedianta sin poder dominar completamente su mortificación.

—¿Y quién es él?

—No le conoce nadie.

—¿Es forastero?

—Y altivo.

—¡Aunque pobre!

—Pobre soy yo—dijo el alférez—, y en punto á orgullo no me trueco por un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?

—No tanto como vos—dijo la Mari Díaz—, pero aun así puede presentarse sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.

—Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho vuestra opinión.

—¿Y por qué no?

—Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises. Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso, porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal, quisiera conocer á ese portento.

—Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.

—Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con otras no menores.

—¡Qué! ¿Qué sucede?—exclamaron todos.

El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo misterio:

—¡Hay novedades!

—Novedades, ¿y en dónde?

—Novedades en palacio.

-¡Ah!

-¡Oh!

—¡Eh!—exclamaron todos.

—Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no se puede uno fiar de su camisa.

—Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene su intríngulis.

—¿Su qué?...

—Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido de lo alto.

—¿De que alto?

—De palacio.

-¡Ah!

—Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

—Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.

—Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el camino más corto para no perder tiempo.

—¿Conque acusan á su excelencia...?

—Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche sin más compañía que las ratas.

—Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis—dijo uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se han tomado gran interés por los negocios públicos.

—Se dice—añadió el narrador—, que el duque... pues... su excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al herido.

—¡En su casa!

—Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

—¿Y no se sabe quién le hirió?

—Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... ¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?

—Esto es grave—dijo uno.

—Gravísimo—añadió otro.

—Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo—dijo Mari Díaz—; ¿qué nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

—Id con Dios, princesa, id con Dios—dijo el alférez—; si no fuera por dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.

—Muchas gracias—dijo la Mari Díaz alejándose.