[A] El autor se ve obligado, para que sus lectores comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar: Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su Arte de Cocina, á la pág. 163, dice así: Platillo de las puntas de los cuernos de venado. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo.
Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, cuernos inferi por nacer ó no acabados de nacer.
A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo procurando dar á su voz un acento conveniente:
—Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre, seréis capaz de todo.
—¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, insultos tan groseros?
—Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...
—Vos en mi lugar, ¿qué haríais?
—Pediría consejo.
—Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.
—¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones.
—Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.
Meditó de nuevo profundamente la duquesa.
—Pues bien—dijo después de algunos segundos—, voy á hacer más que aconsejaros: voy á vengaros.
—¿A vengarme, señora?
—Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.
—Procurad lo primero y aun más si podéis—dijo con vivacidad la condesa—; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él.
—Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á vuestro padre.
—¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.
—Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.
La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, lenta, muy lentamente.
La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil escribir, sino en que pensaba más que escribía.
Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos, había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara.
La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio, aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina, hacía una completa traición al duque.
Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquella noche.
La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo.
El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque, pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.
Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle una carta para el duque de Lerma.
La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á su padre, era el intermediario que necesitaba.
Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; cerró la carta, la selló y puso sobre su nema:
«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de Gandía.—En mano propia.»
—Tomad, doña Catalina—dijo la camarera mayor—; será necesario que os encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre.
—¡Yo... misma...!—contestó con altivez la de Lemos.
—Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don Rodrigo.
—Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente...
—Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.
—Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa?
—El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.
—Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...
—De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.
—¡Iré!—dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de silencio.
—Pues si habéis de ir, que sea al punto.
—Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar que pongan una litera.
—Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros.
—¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.
—Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre.
—No quiere quedarse sola—murmuró la joven saliendo—; ¿qué misterio será éste?
Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo:
—Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.
La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.
La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones.
Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en profundas cavilaciones.
—Me he visto obligada—pensaba—á inventar lo de los jardines de Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser.
Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura, soltó una alegre carcajada.
Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.
—Ahora—dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su pensamiento—es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para saber de dónde ha venido el golpe!
La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.
—Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien—dijo dándose un golpe en la frente—: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, adelante.
La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.
Presentósela inmediatamente una venerable dueña.
—¿Qué me manda vuecencia?—dijo aquella ruina con tocas.
—Decid á doña Clara Soldevilla que venga.
—Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora—dijo la dueña.
—¿No está acaso de servicio?
—No, señora; está en su cuarto enferma.
—¡Ah! ¿está enferma?—exclamó la condesa con un despecho, que la dueña tomó por interés.
—Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero resfriado.
—Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto doña Clara?
—Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...
—No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís que vive...
—En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes, en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde.
—Muy bien, gracias; retiráos.
—La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola, tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza.
La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.
La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.
La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.
Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área luminosa de la linterna.
El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.
La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.
El de la linterna se detuvo también.
—¿Quién va?—dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente.
—¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! ¿Quién va?—añadió con interés la condesa.
—¡Ah!—dijo el hombre—; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo.
—Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.
Acercábanse entretanto los dos interlocutores.
—Pero hallo una mujer—dijo el de la linterna—, lo que no es poco, y me doy por bien hallado.
—Y yo—dijo la condesa con afecto—encuentro un hombre, y me doy por satisfecha.
—¡Ah! ¡doña Catalina!
—¡Ah! ¡don Francisco!
A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y de la linterna.
Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente, altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía, mirada que suspiraba, mirada pandæmonium, si se nos permite esta frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella, temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la burla de un sarcasmo doloroso.
Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador, caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la cara.
Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra.
—¿Vos por aquí, don Francisco?—dijo la condesa sin disimular su alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene un buen encuentro.
—San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia.
—¡Siempre tan desesperado!—dijo con acento conmovido la joven.
—¡Y siempre vos tan buena!—dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!—pero cambiando repentinamente de tono, dijo:—¿conque el rey que os casó mal, os ha desmaridado bien?
—¡Cómo! ¿sabéis?...
—Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.
—¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...
—Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme.
—¡A enojaros!
—Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.
—¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.
—¡Torpe soy!
—¿Vos torpe?
—¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las cosas.
—Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el segundo no galantear en vano.
—Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura.
—Acabaréis por enfadarme, don Francisco—dijo con seriedad la condesa.
—¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?
—¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?
—¡Alégrome de vuestra resurrección!
—Es que yo no me he muerto.
—Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?
| Conde que te has condenado, |
| porque pecar no has sabido: |
| bien casado, mal marido, |
| ¡guárdete Dios, desterrado! |
—¡Sois terrible!—exclamó riendo la condesa.
—Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa castellana.
—¿Sin jugar del vocablo?
—Lo otorgo.
—¿Ni del concepto?
—No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme tanto, que no sabe por dónde escaparse.
—Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo.
—Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros en éxtasis.
—Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación, que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí?
—Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré hallado.
—¿Vais á casa de mi padre?
—No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.
—¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?
—Allí está prestado.
—¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?
—¿No sabéis que podéis mandarme?
—Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito dice.
—«Al duque de Lerma, en propia mano»—dijo Quevedo.
Y se quedó profundamente pensativo.
—¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero...
—¿Me lo pagaréis?...
—Os lo... agradeceré en el alma.
—¡Iré!—dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.
—¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?
—Me importa poco.
—Podrá suceder...
—Me importa menos.
—Adiós—dijo precipitadamente la condesa.
—¿Por qué?...
—Suenan pasos, y se ven luces—dijo la de Lemos—. Si nos encontraran aquí juntos...
Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su linterna.
—¿Qué hacéis?—dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y levantada en alto.
—Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.
—Soltad, ó grito.
—Pueden conoceros por la voz.
—¡Traen luces y nos verán!
—Allí hay unas escaleras.
Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galería.
Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á hacer el relevo de los centinelas.
Uno de ellos llevaba una linterna.
—¿Qué es esto?—dijo el sargento tropezando en un objeto—un candelero de plata con una bujía.
—Y una linterna de hierro.
—Las acaban de apagar.
—Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.
—Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la inquisición, chitón.
Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería.
Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.
—Buscad mi candelero—dijo con la voz conmovida la de Lemos.
—Y mi linterna—contestó con un acento singular Quevedo.
—Ved que ésta es mi mano—dijo la condesa.
—No creía que estuviéseis tan cerca de mí.
—¡Ah! ya he dado con él.
—Ya he dado con ella.
—¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.
—¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.
—¡Adiós!
—¡Adiós!
—¡Oh, Dios mío!—murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas—, creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?
Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:
—Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.
Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.
Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta estaba abierta de par en par.
Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico, como representante de la época de transición llamada del Renacimiento.
Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había.
Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza.
Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados, hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el de la capilla parda, locutario del poyo.
Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares, especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:
—¿Cómo tu aquí?
Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo.
—¡Ah! ¡es vuesa merced!
—Yo te daba ahorcado.
—Y yo á vuesa merced desterrado.
—Pues encuéntrome en mi tierra.
—Y yo sobre mis canillas.
—¡Gran milagro!
—Sirvo á buen amo.
—¿A su excelencia?...
—Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...
—¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...
—Medio lacayo...
—Medio requiem...
—Decís bien.
—¿Quién agoniza por aquí?
Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo.
—¡Ah!—dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada—. ¿Y quién es él?
—¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á don Rodrigo y...
Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.
—¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la afición á saberlo todo?
—Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te digo, y si quieres embuchar, desembucha.
Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo:
—El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.
—¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?
—Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita!
—No me atrevo: don Rodrigo...
—Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo.
—¡Pero don Francisco!
—O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi pariente?
—¿Vuestro pariente es ese mozo?
—Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.
—¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?
—Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no tratar con herejes.
Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.
—El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la puerta de las Meninas.
—Palaciega historia tenemos.
—Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las Meninas, y se mete en una litera.
—¿Dama y tapada?
—Sí, señor.
¿Estás seguro que no era dueña?
—Andaba erguida y transcendía á hermosa.
—Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?
—No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.
—He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. ¿Seguiste á la dama?
—Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.—¿Ha salido? me preguntó.—Sí, señor.—¿En litera?—Sí, señor.—¿Por dónde va?—Por aquella calleja se ha metido.—Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en una aventura. Llovía...
—Aventura completa.
—Estaba obscuro.
—Mejor aventura.
—Paró la litera, y salió la dama.
—¿Entróse dónde?
—Siguió adelante.
—¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta.
—Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de un embozado.
—¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo que miente gallo.
—Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre!
—¡Aventura con milagro!
—¿Qué milagro hay hasta ahora?
—Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene delante un enemigo.
—Don Rodrigo es valiente...
—Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo al cabo?
—Hubo que don Rodrigo me dijo—: No conozco á quien la acompaña; persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda, Juara.
—¿Y hubo lance?
—Lance hubo.
—¿Hubo sangre?
—Hubo un desarme...
—¿Quién mandó?
—El embozado del portal.
—¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.
—Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy dando centinela.
—Por el cuento—dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo—; porque pierdas la memoria—y sacó del bolsillo otra moneda.
—¿La memoria de qué?—dijo Juara.
—De que me has visto en tu vida.
Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.
Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.
—Mucho os tapáis—le dijo.
—Hace frío—contestó el otro con mal talante.
—Quien por damas se enzaguana—dijo don Francisco—, ó es tonto ó merece serlo.
—Yo os conozco, ¡vive Dios!—dijo el de la capilla poniéndose de pie y dejando caer el embozo.
—¡Mi buen Juan!—exclamó con alegría Quevedo.
—¡Mi buen Quevedo!—exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él era.
-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!
—¡Que me place! ¡siempre el mismo!
—No tal; contempladme espectro.
—¡Vos espectro!
—Quedé pobre.
—¡Pobre vos!
—Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser pelota de tontos y pasadizo de enredos.
—Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo menos hemos estado hablando en romance.
—¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante.
—¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan sus criados!
—¡Pues mejor!
—¿Mejor? no entiendo.
—Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!...
—¡Guardad, Quevedo!
—Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón, archimanía. ¿Qué buscáis aquí?
—Pretendo...
—¿Lo véis? vos tenéis la culpa.
—¿Yo la culpa?
—Sí por cierto; me buscáis el asonante.
—¡Sois terrible!
—Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?
—Sí; ¿quién os lo ha dicho?
—Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra aventura, «Erase una tapada...
—Tapada era.
—...alta y garrida...
—¡Sí!
—...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el suelo.»
—¿Conocéisla?
—No, ¿y vos?
—Tampoco.
—¿Pero no habéis reñido por ella?
—Sí.
—¿No habéis vencido?
—Sí.
—¿Y dónde la habéis dejado?
—Se fué sola.
—¿Y no venís aquí por ella?
—¡Ah! ¡no!
—¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?
—La tengo por principal.
—Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?
—No lo sé aún; ¿y vos?
—Yo... vivo aquí.
—¿Acabáis de llegar?
—Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.
—Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.
—¿Y quién es ese vuestro tío?
—El cocinero de su majestad.
—¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!
—¡Cómo!
—¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches.
Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde había estado hablando con Juan Montiño.
Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.
Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:
—Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.
—¿Qué decís?—le preguntó Juan Montiño.
—Digo que al entrar aquí, no somos hombres.
—¿Pues qué somos?
—Ratones.
—¿Supongo que mi tío no será el gato?
—No, porque vuestro tío es comadreja.
—¿Dónde vais, caballero?—dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.
Quevedo no contestó, y siguió andando.
—¿No oís? ¿dónde vais?—repitió el sirviente.
—¿No lo veis? voy adelante—contestó sin volver siquiera la cabeza Quevedo.
—Perdonad—dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.
Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de lacayos.
El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.
Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.
—¡He aquí, he aquí el sumidero de España!—murmuró entre su embozo Quevedo—; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!
Y adelantó.
—Oíd—dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una fuente vacía.
—¿Qué me mandáis, señor?—contestó deteniéndose el lacayo.
—Llevad á este hidalgo á donde está su tío.
—Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?
—El cocinero del rey.
—Seguidme—dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano.
—Nos veremos—contestó Quevedo.
—¿Dónde?
—Adiós.
—¿Pero dónde?
—Nos veremos.
Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.
Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.
—No soy dueña—dijo Quevedo.
—¿Qué queréis?—dijo el maestresala con acento destemplado.
—Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.
Dió otro paso atrás el maestresala.
—Mirad—dijo Quevedo ganando aquel paso.
Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la de Lemos.
—Acabáramos—dijo el maestresala—; con haber dicho que teníais que entregar á su excelencia en propia mano...
—Esta carta viene sola.
Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía delante, y se entró por una puerta inmediata.
Poco después volvió y dijo á Quevedo:
—Podéis seguirme.
—Sí puedo—dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una mampara, y dijo á Quevedo:
—Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare.
Y el maestresala cerró la mampara.
—¡Perdonar! veré si perdono—dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en la habitación donde le habían dejado encerrado—; ¡esperar! sí... tal vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón... ¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.
Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio.
¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!
El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de vianda.
En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia, observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los puños blancos.
Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda á sus soldados en un día de batalla.
Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto, que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspecto de un personaje sui generis.
Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.
A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á poca distancia, y le dijo:
—¡Señor Francisco Montiño!...
—¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos—dijo el señor Francisco tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo.
—Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...
—¡Mi sobrino!...—dijo el cocinero del rey—; yo no tengo sobrinos; llevad bien esa ánade, Cristóbal.
—¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?—dijo Juan Montiño adelantando.
—Sí, por cierto, que así me nombro—contestó el cocinero del rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.
—Pues entonces—repuso el joven—sois mi tío carnal, hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño.
—¿Eh? ¿qué decís?—repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á quien le hablaba.
Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.
—¡Diablo!—murmuró de una manera ininteligible—¡y es verdad! ¡y cómo se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?—añadió volviéndose al joven.
—Digo, que acabo de llegar—dijo Juan Montiño con cierta tiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío.
—¿Pero de dónde acabáis de llegar?...
—De Navalcarnero.
—¡Ah! ¿y quién os envía?