El tío Manolillo había aceptado la situación.
Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí mismo, y se había dominado.
Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:
—Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada... no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.
Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.
Pero no aconteció lo mismo á Montiño.
Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.
Bastaba ver su semblante para comprender su situación.
—¡Mi dinero! ¡mi mujer!
Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus labios.
Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe III.
Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid.
Montiño no sintió la lluvia.
Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso para ponerse cuanto antes á cubierto de ella.
El cocinero mayor se quedó atrás.
—¡Eh! ¡señor Francisco!—dijo el bufón—; ¿en qué pensáis? andad de prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia...
—¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la consiga...
—Pues aligerad.
—¿A dónde me lleváis?
—A casa de otra alma desconsolada.
—No hay alma más desconsolada que la mía.
—¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad.
—¿Y quién es esa otra alma desconsolada?
—Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino.
—¡Ah! ¿y quién es?
—La Dorotea.
—¡La querida del duque de Lerma!
—Eso es.
—¡Y esa mujer...!
—Está loca por don Juan.
—¿Y esa mujer puede...?
—Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.
Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.
—Vamos, pues, vamos—dijo Montiño alentando una esperanza—; ¿y está muy lejos la casa de esa comedianta?
—No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.
—Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.
—Y dentro de poco estaremos á su puerta.
En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.
Salió á abrir Casilda.
—¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!—dijo la joven—; no sabíamos qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es ese que viene con vos?
—Es un amigo.
—No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea.
—¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad—dijo el bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de la criada.
—Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo—dijo entrando Montiño.
Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las mesas.
Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje de comedianta pagado por un gran señor.
—¡Ah!—dijo Montiño—, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones.
La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda.
No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño.
El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie, inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su desgracia.
El bufón se acercó á ella.
—¿En qué piensas, hija mía?—la dijo.
—¡Yo no sé!—contestó con acento de desesperación Dorotea.
—¡Pero estos cofres, estas ropas!
—Es necesario huir de aquí...
—¡Huir! ¿y á dónde?...
—¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello!
Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución terrible:
—¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa, envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa... y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme conocer el amor y abandonarme!
—¡Pero no os ha robado!—dijo el cocinero mayor, que tenía el amor propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á un mortal.
—¿Que no me ha robado?—gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor—, ¿que no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?
—Os queda á lo menos dinero para vengaros.
—Vamos, vamos—dijo el bufón—; esto es una locura, Dorotea... tú no has pensado, tú no has meditado.
—Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha casado con otra...
—Debes, pues, despreciarle.
—No se desprecia lo que se ama.
—Lo mismo digo yo—exclamó Montiño.
—Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene que ver lo que á vos os sucede?...
—¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...
—¡Cómo!—exclamó Dorotea—; ¿vos también, pobre señor, habéis sido ultrajado... abandonado... insultado?...
—¡Oh! sí; sí, señora—dijo plañideramente Montiño—; abandonado... ultrajado y robado.
—¡Vengáos!—exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas.
—No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...
—¿Quién es ese?—dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.
—Es Francisco Martínez Montiño—dijo el bufón.
—¡Cómo! ¡su tío!
—¿Tío de quién?—exclamó el cocinero...
—De Juan Montiño.
—De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora—dijo el cocinero mayor.
—De Juan Montiño digo—repitió con impaciencia la Dorotea.
—Juan Montiño, hija mía—dijo dolorosamente el tío Manolillo—, es don Juan Téllez Girón.
Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y exclamó con acento opaco:
—¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo me vengue!...
—Sí, es necesario que te vengues—dijo el bufón, que enloquecía por Dorotea—; si no es necesario que me vengue yo...
—¡Vos!—exclamó la joven—; ¡os ha hecho también desgraciado ese hombre!
—¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!
—Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la mía—dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su desgracia era la mayor de las desgracias posibles.
—¡Oye!—exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea—; oye... y oye tú sola—añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño, desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un cofre cerrado aún—: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, viento, nada, comparadas con las mías.
Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.
La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.
—No, no; escucha—dijo el bufón—; es necesario que escuches: es necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la mía, es una ventura envidiable.
Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las entonaciones, todas las gradaciones de la pasión.
Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva.
—Oye, la dijo el bufón—: yo amo.
Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón.
Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse.
Pero el tío Manolillo la detuvo.
—Yo amo—repitió con acento más concentrado—; amo con toda la desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado que no puedo arrancarme.
El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había enronquecido.
—Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la arrebaté de los brazos de su infame padre.
—¡Mi padre!—exclamó Dorotea.
—El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio...
—¡Ah!
—Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila.
—¡Ah!—exclamó Dorotea.
—La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien, Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible—y el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado—: cuando tu madre...
—¡Oh! ¡no me había engañado!—exclamó la joven.
—Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón, en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo en el mundo... no había amado nunca...
—¡Amásteis á mi madre!
—La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad, digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo... aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo... que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero... no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada por mucho tiempo... para enterrar á tu madre.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó Dorotea.
—¡Qué debía yo hacer!—exclamó con acento roncó el bufón—ampararte, criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude al auxilio de los desesperados y acudió al mío!
Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible.
Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable.
—Sí, sí—añadió el bufón—; el diablo acudió en mi socorro; al pasar por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar dinero... mucho dinero...
—¡Ah!—exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad.
—Escucha, escucha—prosiguió el bufón—; no es eso sólo... no es solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por ti... por ti...
—¡Oh! ¡más horrible aún!—exclamó Dorotea.
—Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme... era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo era rico... y podía criar bien á mi hija.
—¡Matásteis por mí un hombre!...—exclamó Dorotea—¡algún desdichado padre de familia!
—No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he sufrido mucho... mucho...
El bufón se detuvo fatigado.
Dorotea temblaba.
—Oye... oye aún...—continuó el bufón—. Durante los primeros años de tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y hermosa frente de ángel una mancha roja...
—¡Dios mío!—exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando con terror al bufón—¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y vuestra maldición ha caído sobre mí!
Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo.
—Espera, espera—la dijo—; aún no he concluído; llegó un día en que ya no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces, sin poderlo evitar te amé...
La Dorotea miró con espanto al bufón.
—Te amé—continuó el tío Manolillo—como nunca he amado; ninguna mujer me parecía ni me parece tan hermosa como tú... y te he amado con ese terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al silencio, resignado al martirio; te amé y te amo de ese modo; he transmitido mi vida á ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. Tú sufres ahora y yo sufro también. Tú estás celosa de esa mujer, de esa doña Clara Soldevilla; yo también estoy celoso; tú amas á ese don Juan y ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere.
—¡Ah!—exclamó Dorotea estremeciéndose—, ¡y qué terrible situación la nuestra!
—¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos venguemos.
—¡Y cómo! ¡cómo!—exclamó Dorotea.
—Primero, oye... don Juan vendrá á verte.
—¡A verme!—exclamó la joven poniéndose densamente pálida.
—¿Ha obtenido algo de ti?
—No.
—Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida.
—¡Oh!—exclamó Dorotea.
—A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan vendrá, pretenderá engañarte...
—Le despreciaré.
—No, no le desprecies; desespérale.
—¡Desesperarle! ¿y cómo?
—¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el teatro? Cuando venga recíbele bien.
—¿Recibir yo bien á ese traidor?...
—La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado tu paz, él te ha matado el alma.
—Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!—exclamó llorando Dorotea.
—Más bajo, más bajo, que no nos oigan.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo?
—Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal.
—¡Mi puñal!
—¿No aborreces á doña Clara?
—¡Oh! ¡sí!
—¿No deseas que don Juan sufra como tú?
—Sí, sí.
—Pues bien, ese hombre que está ahí reducido á la nada, aniquilado, ese hombre es el cocinero de su majestad.
—No os comprendo.
—Doña Clara vive en palacio.
—¿Y qué?...
—Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doña Clara.
—¡Oh! ¡sí! ¡es verdad! ¡yo me vengaré del desamor de don Juan!
Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de sublime.
—¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!—dijo el bufón.
—¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi alma; hacer llorar á don Juan.
—Pero para eso es necesario que le engañes.
—Le engañaré.
—Que le desesperes.
—Le desesperaré.
—Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á ser la cómica.
—Lo haré, lo haré; descuidad.
—Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!—dijo el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al cocinero mayor:
—¡Chasco! ¡chasco! ¿qué más chasco que lo que á mí me sucede?—exclamó Montiño llorando.
—Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que vamos á dar á vuestra mujer, á vuestra hija... á los que os han robado.
—¡De veras!
—Dorotea... ya lo sabéis... es mucha cosa del duque de Lerma.
—Y tanto—dijo la Dorotea que empezaba á representar su papel, que el duque hace cuanto yo quiero.
—¿Y vos os interesaréis por mí?
—Ya me intereso.
—¿Y lograréis que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre mi dinero?
—Haré cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de ministros de justicia estarán buscando á los criminales.
—¡Ah! ¡señora!
—Debes escribir al duque—dijo el bufón.
—En efecto, hace tres días que no le veo—dijo la Dorotea—; esperad, esperad un momento, voy á escribirle.
Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente:
«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis, pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no es dichosa sin veros.—Vuestra Dorotea.»
Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño.
—Llevadla ahora mismo—le dijo—al duque de Lerma; le digo en ella que quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de vuestros negocios.
—¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!—exclamó Francisco Montiño.
—Pues id, id, amigo mío.
—De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia.
—Pues adiós.
—Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo.
—¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver.
El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio.
Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á guardarlos en los cofres.
Durante esta operación no habló una sola palabra.
El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad.
Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.
El bufón guardaba también silencio.
Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el mueblaje.
Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada Reina Moraima.
—¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía—dijo el bufón.
—¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para vengarme mejor?—dijo la Dorotea—; yo he creído bueno vuestro consejo y empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre. Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más.
El bufón miró dolorosamente á la joven.
En aquel momento entró Casilda.
—Señora—dijo—, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de bajar de una carroza y pide veros.
—¡Ah! Ya sabía yo que vendría—dijo el bufón—; adiós, Dorotea, adiós, y mira lo que haces.
—Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.
—¡Adiós!—repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba.
—Que entre ese caballero—dijo Dorotea.
Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la hubiera acontecido.
Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente morados alrededor de los ojos.
Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales de las lágrimas y del insomnio.
Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila.
CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES
Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible.
Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su encuentro y le abrazaba.
—¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar, señor mío!—le dijo con toda la ardiente expresión de su alma—; venid, venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como yo no sé dónde vivís!...
—Vivo en palacio—dijo con turbación don Juan.
—¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de vos.
Miró don Juan de una manera franca y valiente á Dorotea.
Aquella mirada estuvo á punto de hacer llorar á la joven.
—¡Ah, no; vos no podéis engañarme!—dijo ésta—, ya lo sé, y por eso confío en vos.
—Escuchadme, señora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debéis saber: yo no soy sobrino de Francisco Martínez Montiño.
—¡Ah! ¿No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad?
—No; soy hijo bastardo del duque de Osuna.
—¡Oh, me alegro, me alegro!—exclamó fingiendo la alegría más verdadera la Dorotea; vos no debíais ser hijo más que de un gran señor.
—Pues me pesa, señora, de no ser verdaderamente hijo del honrado hidalgo á quien he tenido por padre hasta anoche.
—¡Ah!—exclamó la comedianta—; ¿conque es decir que cuando me dijísteis que érais sobrino del cocinero mayor del rey me dijísteis la verdad?
—Nunca he pretendido engañaros; anoche, por un acaso, el mismo Francisco Montiño me dió ocasión de conocer mi nacimiento.
—¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando.
—Es necesario que yo os lo diga todo.
—¿Tenéis más que decirme?
—Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado.
—¡Ah, me habéis engañado!...
—Y de una manera grave.
—¿Pero en qué? ¿Cómo?
—Soy casado.
—¿Y eso qué importa?—dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró.
—¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?—dijo don Juan, que sintió un vivo impulso de despecho.
—No, porque no había de haberme casado con vos.
—Sin embargo...
—Porque nunca hubiera sido vuestra querida.
—¡Ah! ¿Es eso cierto?
—Certísimo.
—¿Es decir, que os soy indiferente?
Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso, que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo, conservó su severidad.
—No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo?
—¡Dorotea!
—¿Os ama tanto como yo vuestra mujer?
—¡Oh, qué pregunta!
—Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no más que yo, porque eso es imposible, sino tanto; yo sé bien que siendo vuestra esposa, será digna de serlo...
—¡Oh, sí!
—¿Y quién es? ¿La conozco yo? Decidme su nombre.
Fué la primera situación difícil en que se encontró después de casado don Juan; creía profanar el nombre de su esposa y tartamudeó algunas palabras en una torpe excusa; Dorotea vió lo que pasaba en el alma de don Juan.
—Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa señora—dijo Dorotea—; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra buena hermana, que porque os ama, ama á la mujer que os ama y es también hermana suya; decidme su nombre.
—Doña Clara Soldevilla—contestó don Juan con acento opaco.
—¡Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su hermosura... pero no se decía que esa señora fuese casada... no os extrañe que yo la conozca; yo trato á la gente más principal de España; mi retrete en el teatro y mi casa, están frecuentados por lo más rico, por lo más noble; como delante de mí se habla sin empacho, he oído hablar mucho de doña Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su desdén para con todo el mundo. Dicen que el rey—Dorotea bajó la voz—dicen que el rey ha amado á doña Clara; que ha tenido empeño; que ha enviado á Nápoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla más aislada; pero que, á pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la menina de nieve; ¡oh, me alegro mucho!... Cuando esa señora se ha casado con vos debe amaros mucho, muchísimo, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su deseo. Debéis haberla vuelto loca, don Juan; es la única mujer que conozco digna de vos, y me alegro... ¡oh, sí, me alegro!... Y la amo porque os ama y me alegraré de tener una ocasión en que demostrarla dignamente mi amor.
—¡Oh! No os comprendo Dorotea... yo creía...
—Habéis creído mal... yo no podía casarme con vos; yo no podía daros esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al conoceros... al amaros he comprendido que no debía ser para vos lo que he sido para otros... quería ser más... quería ser... vuestra hermana... vuestra hermana del corazón... oíd... no vendréis á mi casa... no... eso se sabría... creerían que yo era vuestra querida... lo sabría vuestra esposa, porque conoce á muchas gentes, y entre esas gentes, que son como todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es odioso, pero es verdad; por recatadamente que viniérais á verme, alguien os vería... ya lo creo... os sentirían mis criados... y mis criados... lo dirían, porque los criados lo dicen todo... no, no debéis, no podéis venir á mi casa, porque no podéis, no debéis herir el corazón de vuestra esposa.
—¿Qué hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para mí agudas y afiladas como un puñal?
—Hay, que no me conocéis bien: hay vuestro recelo... ¡creéis que yo estoy ofendida de vos!
—Debéis estarlo.
—Lo estaría si os hubiéseis casado con otra mujer.
—Una mujer que ama no cede á ninguna su amor.
—No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama porque ella es la paz del corazón del hombre á quien ama.
—Tenéis mucho ingenio.
—Si le tengo está en mi corazón.
—Entre tanto me prohibís que venga á vuestra casa.
—¿Y para qué queréis venir?
—¡Dorotea! yo no sé lo que pasa por mí; yo estoy loco.
—¡Loco! sí... debéis estarlo... loco de felicidad.
—No, no; loco de desesperación.
—¿Y por qué? ¿no sois afortunado? la mujer más pura y más hermosa y más codiciada de la corte os ama. La comedianta que á todos enamora, que á todos desespera, y que tiene buen corazón, es... vuestra hermana. Ella os da en su hermosura, más de lo que puede soñar el enamorado más loco; en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y sólo tengo ojos y corazón y oídos para vos. ¿Qué más queréis?
—¡Yo no os conocía! vos habéis amargado mi felicidad.
—¡Que he amargado yo...! ¡que puedo yo amargar vuestra vida! ¡oh! ¡no me lo digáis, no! ¡eso me desesperaría! ¡eso no puede ser! ¡eso no es!
—Yo no podía comprender... no, no podía comprender que de repente, á primera vista, pudiese el corazón interesarse de tal modo...
—¡Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazón. ¿Vais á ser franco y leal conmigo?
—Os lo prometo.
—Decidme: ¿qué efecto os causó doña Clara Soldevilla la primera vez que la vísteis?
—No lo sé.
—¡Pero experimentaríais algo al verla!
—Un deslumbramiento, una ofuscación, un no sé qué... luego... luego la casualidad me puso junto á ella... y mi alma entera fué suya... no, mi alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos...
—No, no sois franco... ¿os inspiró deseo doña Clara?
—No.
—¡Ah! no os inspiró deseo; ¿y deseásteis volver á verla?
—Deseé... deseé tenerla siempre á mi lado, vivir en su vida.
—Y no sobrevino el deseo...
—No.
—¿Y os habéis casado...?
—Con el alma llena de felicidad.
—¿Y la habéis hecho vuestra, con transporte, enloquecido?
—No, con miedo...
—¡Con miedo!
—Sí, con miedo por vos.
—¡Ah! ¡yo! ¡siempre yo!
—La posesión de doña Clara no podía hacer que yo olvidara, que yo arrojara de mí esta fascinación poderosa que me causáis...
—Ya que hemos llegado á mí, decidme, decidme, ¿qué impresión causé en vos?
—La impresión ardiente de una hermosura divina; yo no había visto unos ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre mí su primera mirada, exhalaron instantáneamente una mirada de sorpresa, y luego una mirada de atención, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me lo podrían decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya toda, cuerpo y alma, corazón y vida... pude engañarme; pero yo leí eso sin quererlo en vuestros ojos, lo leyó mi alma, y mis ojos debieron deciros lo mismo...
—Sí, sí; ¿y no os han dicho lo mismo los ojos de doña Clara?
—¡Ah, sí, sí!, pero al decirme sus ojos soy tuya, había en ellos alegría, confianza.
—¡Pureza! ¡decidlo de una vez! ¡y en los míos debió de haber dolor, vergüenza!
—¡Dorotea! ¿por qué os he visto?
—¡Por qué! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios sabía que mi alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado.
—Y á mí me ha dado en vos un remordimiento.
—No, no lo creáis; escuchad: doña Clara me hace un gran bien; doña Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la única manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos... viendo que vos los tenéis.
—¿Qué decís?..
—Oíd... mi primera mirada de amor para vos, fué una mirada impura, ¿sabéis por qué?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguidecía, que absorbía mis sentidos, que llenaba mi corazón; sentí un dolor agudo, porque, como doña Clara, no podía deciros: eres mi primero y último amante... ya lo sabéis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos hubiérais querido, no lo seré nunca...
—¿Y si no me hubiese casado?...
—Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre los dos.
—Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís...
—Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado soy feliz?
—¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos!
—Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan infeliz!—Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Y queréis que no tenga remordimientos?
—No los tengáis.
—¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...
—¿La amábais?...
—Debéis aborrecerla... y ella...
—¡Ella! ¿sabéis lo que ella haría conmigo? si os ama como yo creo, como indudablemente os ama, me mataría...
—Como vos la mataríais á ella...
—Yo... yo... ¡Dios mío! yo no... no... porque sería mataros á vos... sí, mataros... estáis loco por ella... y yo no quiero mataros... no... de ningún modo... no quiero que sufráis...
—Nos encontramos en una situación muy difícil... muy grave.
—No... suframos cada cual... pero no sufráis más de lo que inevitablemente debáis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravéis el mal, llevándole á vuestra casa... no vengáis á la mía.
—No habéis podido sostener vuestra serenidad; habéis llorado; el castillo de vuestra firmeza se ha venido á tierra... el verme unido á otra os mata... y eso... eso me rompe el corazón.
—Eso ya no tiene remedio; doña Clara os ha inspirado ese amor puro, noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna; doña Clara es para vos vuestra hermana, más que vuestra hermana, porque es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga, que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho que respira mal, que está dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la pobre mujer que ningún mal os ha hecho, á quien veis sufrir de una manera desesperada, cuyas lágrimas no podéis secar, cuyo corazón no podéis dilatar, cuya agonía no podéis curar; un deseo vehemente... una compasión profunda... eso es lo que yo inspiro... ¡amo! ¡amor! ¡oh!
—¡Me estáis desgarrando el alma, Dorotea!—exclamó dolorosamente don Juan.
—Lo siento, y esto me hace más desgraciada; daría yo porque me olvidárais mi eternidad.
—Escuchadme—dijo don Juan tomando á Dorotea una mano que ardía y que al sentir la mano del joven tembló.
—Decid.
—Cerremos los ojos á todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidáos de que me he unido á doña Clara.
—No puedo olvidarme... por ella misma... por vos.
—No os entiendo.
—No debéis venir á mi casa, os lo repito.
—¡Ah! ¡vos os vengáis!
—Justo sería; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me domináis, no me pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queréis que sea.
—¡Dorotea! ¿conque pretendíais engañarme?
—Mentía al hablaros de... de qué sé yo... porque no me acuerdo de lo que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad á vos, que sois dueño de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que vos olvidáis, arrastrado por mí... lo que no debéis olvidar... yo no puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo exponerla... por eso os digo que no vengáis á mi casa... es necesario que vuestra esposa no lo sepa... no por mí... sino por ella misma... por vos... si viniérais... lo sabría... si lo supiera... ¡Oh, si se viese engañada!... ¡Si los celos la extraviaran... si en un momento de despecho quiere vengarse dándoos celos por celos... infamia por infamia!...
Don Juan se levantó como herido por una punta envenenada.
—Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos á ver... sí, nos volveremos á ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo... guardaré vuestro secreto... no os hablaré jamás de ella... no me hablaréis de ella vos... nos veremos mientras vos queráis que nos veamos... después... después... si me abandonáis... yo os veré... iré cubierta con mi manto á la iglesia donde vos vayáis... cuando represente, si estáis en el teatro, yo os haré conocer sin que nadie lo conozca, que represento para vos; mi pensamiento será siempre vuestro... os lo juro... pero ahora idos. Habéis estado demasiado tiempo. Una recién casada encuentra siempre largas las horas que está separada de su marido.
—¡Ah!
—¿Queréis que sea menos desgraciada, don Juan?
—¡Que si quiero! ¿y me lo preguntáis?
—Pues bien; sed feliz...
—No os comprendo.
—En doña Clara tenéis el alma, tenéis esa dulce y casta compañera, el ángel del hogar; no llevéis á vuestra casa la tristeza; en mí tenéis la mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigáis á mis brazos el remordimiento; resignémonos á nuestra suerte. No sufráis por mí, porque cuando yo conozca que no sufrís, que sois completamente feliz, yo seré menos desgraciada.
—No sé qué contestaros; no sé qué deciros...
—Yo sí, yo sé lo que os tengo que decir... ¡os amo! ¡os amo! más que ayer, más á cada momento; ¡os amo! ¡muero por vos! ¡pero idos! volved tranquilo á vuestra casa... yo os avisaré... y nos veremos.
Don Juan hizo un esfuerzo y salió.
Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba, había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los pies de Dorotea.
No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo.
—¡Eres mujer perdida!—dijo con voz ronca.
Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la puerta, y miró al bufón.
La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció.
—Sí, soy una mujer despreciable—dijo contestando á las palabras del bufón.
—No; no he querido decir eso—dijo el tío Manolillo—. Quiero decir que te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una manera horrible.
—¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar?
—¿Qué hubiera yo hecho?—exclamó el bufón sonriendo de una manera espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.
¿Qué hubiera hecho yo?
Y se encogió, se dilató su pecho, y lanzó un aliento que rugía, poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmovía su alma destrozada.
—Sí, sí—dijo impaciente Dorotea.
—¿Yo? ¿qué hubiera hecho yo? ¡dar mal por mal y con creces, con horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar... cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después... la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar! ¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para sacrificarla á ella...
—¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...
—Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.
—¿Pero qué hubiérais vos hecho?
—Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y nada más.
—¡Eso es mentira!
—¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es humillante...
—¿Pero qué queríais que hubiera hecho?
—¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón! ¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen su felicidad!
La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por don Juan; comprendió que debía engañar al bufón.
—Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer.
—Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le ofrece un pedazo de pan.
—Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado.
—Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el lugar.
—¡Ah! no, no—dijo Dorotea.
—Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones... bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo, le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada, desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti...
—¡Oh!
—Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que tú necesitas...
—Seguid—dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así—. Decidme, ¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar?
—¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo, las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale, irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano... llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá negarte nada... en que podrás dictarle condiciones.
—¡Y esas condiciones!
—¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.
—¿Y cómo?
—¡Cómo! abandonando á su mujer... siendo tu amante delante de todo el mundo... llevándote á todas partes...
—¡Oh!
—Entonces habrás matado su felicidad; doña Clara Soldevilla, la conozco bien... te obligará á huir... pero él... él... te seguirá... ella... ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas á herirlos en el alma... porque se aman... ¡se aman! no necesitas más venganza... te habrás vengado horriblemente.
—¡Pero si él quería seguir viniendo á mi casa!—exclamó la Dorotea.
—Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte.
—Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel.
El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad.
—Sí, me vengaré—insistió ella.
—¿Y cómo?
—Ya lo veréis.
—No... adivino.
—Yo haré de modo que en su vida me olvidará.
—¡Don Francisco de Quevedo!—dijo á la puerta anunciando Casilda.
—¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!—exclamó el bufón.
—Dejadme sola con él—dijo Dorotea.
El bufón salió por la alcoba.
Dorotea le siguió.
—¡Ah! no quieres que te escuche—dijo dolorosamente el bufón—; pues bien, adiós.
Y salió por la puerta de escape de la alcoba.
Después volvió á la sala.
Ya estaba en ella Quevedo.
El buen ingenio llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid.
Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que pedir.
Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.
Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad.
La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró intensamente.
—Mea culpa—dijo don Francisco.
—Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo que me sucede.
—Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la culpa de lo que os pasa.
—¿Pues quién trajo aquí á ese hombre?
—¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las compongáis.
—¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna?
—Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más fama que el Ingenioso Hidalgo.
—Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.
—¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese que hacerme arrepentir.
—¡Ah! conocéis que habéis hablado mal—dijo la Dorotea sentándose—, y que vuestras malas palabras han hecho mucho daño.
—¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir...
—Menos lo sé yo.
—¿Sabéis las novedades que han ocurrido?
—Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.
—¿Quién os lo ha dicho?
—¡El mismo!
—¡Ha estado aquí! No me espanta, esperado me lo había... ¡horror! recién casado y...
—¿No es verdad que eso es terrible...?
—Lo peor será que vos seáis tan loca como él.
—No puedo remediarlo. La última desgracia que podría sucederme sería no verle.
—¡Pobre Dorotea! debéis haber pecado mucho.
—¡Yo! ¡bah! yo no he hecho tanto como debería haber hecho; yo no he hecho mal á nadie.
—¿Amáis mucho á don Juan?
—No debía amarle.
—No acabaremos nunca. Os pregunto...
—Y bien, le amo.
—¿Y pensáis disputársele á su mujer?
—No.
—Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos.
—Vos habéis venido para algo, don Francisco.
—Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar.
—¡Casilda! un almuerzo abundante—dijo Dorotea en el momento en que se presentó la doncella.
—Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me tenéis cuidadoso.
—¡Cuidadoso!
—Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido.
—¿Y qué queréis que haga?
—Que no hagáis nada.
—¿Y qué hago con esta aflicción que se me ha metido en el alma?
—Gozarla.
—¡Gozarla! decís—¡gozar los celos, la desesperación, la rabia!
—¡Ah! ¡todavía no sois bastante desdichada!
—¿No?
—No, porque no gozáis en la desdicha.
—¡Decís unas cosas, don Francisco!
—La desgracia es no sentir, tener el corazón de corcho, y la cabeza de hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y más razones es necesario vivir. ¡Ah! cuando nada os interese en el mundo, cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada, cuando no penséis en nada, cuando comáis por no morir y durmáis por que se cierren vuestros ojos; cuando os hayáis convertido en un pedazo de carne insensible á todo, que obra como una máquina; cuando el amor y las locuras de los otros os den hastío, cuando no os encontréis bien en ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si que podéis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la vida, ahora que soñáis, que lucháis, que esperáis, que lloráis, que os agitáis, ahora más que nunca vivís; hay algo en el mundo que os deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del sufrimiento. ¡Vos sois muy feliz!
—¡Oh! ¡y qué felicidad tan horrible!
—Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.
—¿Cómo, no padecéis?
—Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis almorzado vos?
—No por cierto.
—Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis cómo pensáis de otro modo.
—Sí, sí, es preciso—dijo Dorotea—y aunque sólo fuera por probar...
—Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una botella es poco.
—Traed, traed más vino; cuatro botellas...—dijo Dorotea.
—¿De qué?—repuso Casilda.
—Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez—dijo Quevedo.
—Háilo y muy rico—dijo Casilda.
—Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?—añadió don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una servilleta en el brazo.—La señora y yo necesitamos estar solos.
Pedro salió.
—Os voy á hacer el plato—dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea—; este jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto; refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive Dios! que me lastimáis.
—Os hago feliz puesto que os hago sentir—dijo Dorotea enjugándose los ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo de jamón y se lo llevó á la boca.
Quevedo la miraba profundamente.
Dorotea arrojó el bocado sobre el plato.
—¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno.
—Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario andar con cuidado con esta loca. Bebed más—añadió alto—, el beber os dará apetito.
Y la llenó de nuevo la copa.
Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa.
Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había servido, y mientras comía pensaba.
Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró.
—¿Sabéis, Dorotea—dijo de repente Quevedo—, que es necesario que toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija.
—Tengo ya mi determinación tomada—dijo Dorotea.
—¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio!
—Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.
—¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo?
—Porque lo trajísteis á mi casa...
—¿Quién había de pensar?...
—Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os engañásteis, porque no os engañáis nunca.
—Eso no es verdad, porque me he engañado con vos.
—¿Me creíais más perdida de lo que estoy?
—No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad...
—¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!...
—Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol...
—¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi casa?
—Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan?
—Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él.
—Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed, hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.
—¿A qué pronunciar ahora su nombre?
—Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os encontráis la tiene, y esta causa es el duque de Lerma.
—¿El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de él?
—Sí por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en que se encuentra don Rodrigo Calderón; yo, que he venido á la corte para mucho, necesitaba tener asido á su excelencia; ningún asidero mejor que vos...
—Muchas gracias—dijo dolorosamente Dorotea.
—Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba á resultar... hubiera hecho más para que os hubiérais empeñado por mi amigo.
—Gracias otra vez, don Francisco.
—Ya me habéis dicho que por nada del mundo os pesará el haberle conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os hace bien; cuando os hace bien... debéis estar agradecida á quien ese bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con ellas... y tengo razón.
—Indudablemente—dijo la Dorotea mirando con una expresión de doloroso candor á Quevedo—, creo que en parte tenéis razón cuando decís que vale más sufrir que hastiarse.