—¡Ah! ¿Y quién duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivíais sin rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseíais una hermosa casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de Lerma es un amante muy cómodo, que se contenta con que todo el mundo sepa que paga á la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y cuando os visita os habla de la última comedia de Lope, ó del tiempo, y se va saludándoos gravemente, sin haber mortificado más que al sillón donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de vuestro recibimiento, ni se ha acercado á vos, ni conmovídose delante de vos; os tiene como á su papagayo y á su negro y otras muchas cosas que el buen señor tiene sólo por tener lo que cuesta caro.
—Pero ¿quién os ha dicho eso?
—Conozco demasiado á su excelencia.
—Aunque no hayáis acertado por completo, aunque siempre no haya sido tan feliz como suponéis con la indiferencia del duque, es cierto que para mí es más bien un gran señor que compra el derecho de entrar en mi casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo más escondido.
—Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele. Resulta, pues, que vos para don Francisco sois más la vanidad que el deseo.
—Es verdad.
—Si vos dijérais al duque de Lerma: no volváis más á poner los pies en mi casa, el duque, herido en su vanidad, sería capaz de hacer cualquier desatino.
—¡Oh! el duque haría cuanto yo quisiera, sólo porque no pudiera nadie decir: la Dorotea le ha despedido.
—Pues bien; ved ahí por qué he venido yo á veros.
—¿Para utilizarme?
—Para valerme de vos.
—¡Ah! ¿Me necesitáis?
—¡Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro corchetes!
—¡Ah! ¡os quieren prender!
—Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado á encierros, os afirmo que ahora sentaríame muy mal el ser guardado.
—Pues yo me alegraría... me alegro... os tendré preso algún tiempo sólo por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacéis sufrir.
—¡Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer, os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecéis. No os creía yo mala.
—No os aborrezco—dijo seriamente la joven—, porque yo no he nacido para aborrecer; no os estremecéis vos del daño que me habéis causado por vuestro interés propio, porque... no veis mi alma, porque no sabéis qué horribles pensamientos pasan por ella, ó porque, si lo comprendéis, no tenéis corazón. ¿Qué os importa á vos, poeta que de lo más santo se burla, que á lo más respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa, cuando encuentra un obstáculo en el tenebroso camino que sigue; sabio que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna vez la ha tenido; qué os importa, digo, que una pobre mujer, que si no era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el fuego por vuestra causa, porque la habéis necesitado para vuestros proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada? ¿qué importa? ¿qué importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con ellas, necesitáis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; ¿qué os importa á vos, alma fría, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han podido mirar.
—¡Pobre loca!—exclamó profundamente Quevedo, separando de sus labios una copa que llevaba á ellos—; ¡pobre niña, digna de cuanto una mujer puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura ó lodo! ¡pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir el oro del barro!
Y Quevedo se levantó y cerró las puertas.
Luego vino, se sentó frente á Dorotea que estaba doblegada.
—He cerrado las puertas, porque vais á oír lo que nadie ha oído; porque vais á ver lo que nadie ha visto; vais á oír al hombre; vais á ver al hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que él quiere que vean. Os confieso que sólo conozco cuatro personas dignas de que yo les tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenéis razón; yo no veo en el mundo, alrededor mío, aturdiéndome siempre con su charla insoportable, dándome náuseas con su vanidad estúpida, repugnándome con sus vergonzosos vicios, más que miserables divididos en dos mitades: los comidos y los que comen; tenéis razón, yo no tengo alma ni corazón ni más que indiferencia, ó hastío ó mala intención, para el mundo; pero yo, en medio de ese mundo, tengo un pequeño mundo mío, que me consuela del otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma, corazón, amor, lágrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento comprende el mío, cuyo corazón no late sino por lo grande, por lo verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al otro insensiblemente, porque debíamos estrechar la distancia que nos separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniéramos, y al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflejó en mí, y yo me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sería un filósofo arrinconado, y Osuna sin mí un águila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en mí, como en el duque la desgracia que á mí me suceda. Sabe Dios á dónde iremos á parar don Pedro Téllez Girón y yo, pero nuestra suerte será igual: él me comprende y yo le comprendo, él me ama como amaría á su cabeza, y yo le amo á él como á mi brazo. Dióle Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y á mí me dió ingenio y dominio sobre los demás, y ojos que saben mirar, y oídos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo.
—¿Y qué me importa á mí de todo eso?—dijo la Dorotea.
—Oíd, oíd, y esperad al fin. Como el duque no tiene para mí secretos, sabía yo que tenía un hijo bastardo: llegó el tiempo de que su hijo cumpliese sus veinticuatro años, y como quiera que por uno y otro informe se sabía que era digno de su padre, cuando salí de mi última prisión, recientemente, me encargó don Pedro que buscase á su hijo, que le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase á Nápoles. Sin el señor Juan Montiño, que así se llamaba falsamente el hijo de don Pedro, yo no hubiera venido á Madrid. Hubiera tomado postas para Barcelona, y allí un barco para Nápoles. Pero vine, y encontréme á nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos produjeron las heridas de don Rodrigo Calderón, y los amores de don Juan con su esposa.
—¡Ah!—exclamó Dorotea.
—De todo ello han tenido la culpa dos animales.
—¡Dos animales!
—Sí por cierto: un caballo viejo y cojo, á quien juro Dios se ha de cuidar como á un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su majestad.
—No os comprendo.
—El caballo que debía haber llegado á Madrid con su jinete, es decir, con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio día, llegó á la noche; Francisco Martínez Montiño, que debió haber estado en su casa, y recibido á su sobrino postizo á la hora de la cena del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las circunstancias eran además gravísimas. La reina se encontraba grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y doña Clara Soldevilla había salido sola á la calle por el compromiso de la reina, y seguida por don Rodrigo Calderón, al primero á quien encontró, de quien se amparó, como se hubiera amparado de otro cualquiera, fué de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios; generoso y valiente él, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por don Juan, puesta en contacto íntimo con él, que es impetuoso, y noble, y valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso, aconteció lo que no podía menos de suceder: se enamoró ella de él con tanta más fuerza y más pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que no había podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El enredo se había hecho terrible cuando yo encontré en el zaguán de la casa del duque de Lerma á don Juan, que como yo había ido allí en busca del cocinero de su majestad, y se agravó hasta hacerse negro, lúgubre, al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo temí todo, todo: empecé á buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta casa donde me refugié por el momento, supe que vos érais la mujer codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, á quien engañáis siendo amante de Calderón. Entonces dije: de seguro la Dorotea, aquella hermosa niña á quien yo conocí en el convento de las Descalzas, tiene gran poder ó puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en cuanto á Calderón, yo que le conozco, mucho me engaño si no es para Dorotea uno de esos hombres á quienes una mujer ama mientras no se le presenta otro mejor. Nuestro don Juan está terriblemente atollado; pues bien, procuremos que él mismo se desatolle enamorando á la Dorotea, y entonces me vine aquí y llamé á don Juan, y sucedió más de lo que yo creía: que vos os enamorásteis de él, y él se deslumbró al veros. Los sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doña Clara, y que vos os encontréis con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no creí que ninguno de los tres valiéseis lo que valéis: mi mundo, el mundo de mi corazón y de mi amor, que se reducía á una persona, se ha aumentado con otras tres: y la que más amo, porque es la más débil, sois vos, hija mía, vos que me habéis sorprendido, que me habéis enamorado con el corazón que me habéis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos.
—¡Aterrado por mí!
—¡Ah! si vos creéis que yo tengo el alma helada, os engañáis; que la tengo muerta, que sólo ha sobrevivido en mí lo malo, os engañáis, Dorotea, os engañáis; mi vida es una vida poderosa, insoportable, insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde extenderse, y no le halla; mi vida está comprimida, encerrada como en una caja de hierro: cada corazón digno de mí que encuentro, es un poco de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisión que no puedo romper por más que hago; y al mismo tiempo es una amargura más, una amargura infinita; habéis dicho que yo os sacrifico á sangre fría, y al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazón apretado, siento ansias, y me pregunto qué razón desconocida hay para que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegría del dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: ¿por qué Dios no nos ha dado otros sentimientos más fáciles de satisfacer? ¿por qué esta continua carnicería? ¿por qué esta durísima é interminable batalla? Os habéis engañado respecto á mí; insensible, duro, cruel, si se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he dicho, sois mi aire de vida. Yo haré con vos todo lo que pueda hacer: os haré menos infeliz.
—Menos infeliz ¡y cómo!
—Procuraré prestaros parte de mi fortaleza; emplearé con vos todo el tesoro de consuelos de que mi alma está llena; os enseñaré á encontrar la alegría en la tristeza, el placer en el dolor; haré que, reconcentrada vuestra alma, busquéis la vida en vos misma; os daré el filtro que hace soñar, levantando vuestra alma; seréis mi hija, y yo seré vuestro padre; os retiraréis del teatro, y no entraréis en un convento, viviréis en el mundo, dominándole, despreciándole, engrandeciéndoos á vuestros propios ojos, con la comparación interna de lo que vos valéis, y lo que el mundo vale. Llegará un día en que vos no seréis la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondréis á sus hijos sobre vuestras rodillas, y los amaréis como si fueran vuestros; en que purificada por el martirio, levantaréis á Dios la frente lavada, blanca y resplandeciente por el Jordán del sufrimiento. ¡Oh! ¡Dorotea! ¡Dorotea! ¡hija mía! si viérais mi corazón, si apreciárais su amargura y su despecho, si supiérais cuánto esta insoportable amargura y este despecho frío están dominados, puestos en silencio... si viérais cuántas terribles ambiciones, cuántos proyectos inconcebibles se agitan, rugen en mi cabeza, y al mismo tiempo me viérais estudiar, buscar ansioso la ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir á los demás, convertir las lágrimas en burlas... ¡oh! yo os aseguro que os compadeceríais de mí, que encontraríais injusta la maldición que sobre mí pesa, y poco todo el aire de la creación para dar á mi pecho el aliento que necesita.
—Conque, ¿sólo me hicísteis conocer á don Juan para salvarle?—dijo Dorotea, que no podía apartarse de su pensamiento dominante, de su pensamiento desesperado.
—Sí, ¡por Dios vivo!—contestó Quevedo.
—Pues habéis hecho bien, muy bien, y os pido perdón por el odio que os he tenido, por las injurias que me habéis escuchado.
—¡Bah! no podéis injuriarme.
—Y decidme: ¿habéis venido también á que yo siga salvando á don Juan?
—Sí.
—¿Y de qué modo puede ser eso?
—Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin consejo, sin ayuda.
—No os prenderán ó he de poder poco.
—Se necesita además...
—¡Qué!...
—Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío Manolillo?
—¡Ah! ¡infeliz!
—Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya don Juan.
—Os comprendo, os comprendo, descuidad.
En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada.
—¡El duque de Lerma!—exclamó.
—El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don Francisco, escondéos aquí.
—¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio?
—Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy digna de que me apreciéis.
Don Francisco entró.
Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de Lerma.
Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza:
—Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla, introducidlos y avisadme.
A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda como una estatua.
Nada tenía esto de extraño; la caía de repente encima el hijo involuntario que le había procurado una fatal casualidad, una fatal sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las mocedades del duque de Osuna.
Nunca una mujer se había visto en tales y tan originalísimas circunstancias.
Es el caso que la duquesa, si tenía mucho por qué desesperarse, no tenía nada por qué acusarse, por qué avergonzarse.
Ella no tenía la culpa absolutamente de aquello; ella no la había autorizado; es más, ella, hasta que vió el aderezo funesto sobre doña Clara y supo que el esposo de doña Clara era un Girón, no sabía, no podía imaginarse quién era el padre de aquel hijo completamente fortuito.
Entonces comprendió doña Juana la razón de ciertas sonrisas intencionadas que el duque de Osuna se había permitido hablando en la corte con ella, después de la aventura de que había sido oculto testigo en El Escorial el tío Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de aquella enormidad, sin atreverse á mirar á nadie frente á frente, temerosa de que el hombre á quien mirase fuese el autor de su vergüenza, con el duque de Osuna había sido con el único que había hablado sin empacho.
En verdad que el duque de Osuna se había permitido enamorarla aun antes de ser viuda del duque de Gandía; pero el noble don Pedro, á pesar de que era joven é impetuoso, sabía enamorar á doña Juana sin que ésta se ofendiese, de la manera más delicada, más discreta, más respetuosa, más peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que nadie conocía, más que el duque que los alentaba, y doña Juana causa de ellos.
Y luego estos amores tenían disculpa.
El duque de Osuna no había conocido á doña Juana hasta que después de casado la presentó en la corte su marido, y parte de esto, doña Juana era una mujer sumamente peligrosa.
A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa combinación de encantos, unía un candor y una pureza de ángel; se había casado crecida, más que crecida, á los treinta años, veinticuatro de los cuales los había pasado en un convento, y era, sin embargo, una niña, y tenía en su mirada, en su sonrisa, en su expresión una fuerza imponderable de sentimiento; dormía bajo su inexperiencia, bajo su timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo, sin irritarle.
El duque de Gandía, su esposo, era un señor antiguo, provecto, que se acordaba del emperador continuamente, que no sabía hablar más que del emperador, y que miraba con desprecio á los que no habían nacido en aquella generación de gigantes, en aquella época de gloria, en aquel período de embriaguez de las Españas.
Soltero siempre, porque no había sentido nunca el amor, porque su alma de plomo, por decirlo así, no podía sentirle, se casó cuando era viejo con el único objeto de tener un hijo á quien transmitir su nombre, un hijo que impidiese que sus Estados pasaran á sus parientes bilaterales, á quienes aborrecía lo más cordialmente posible; entonces se encaminó á la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan duro y tan excéntrico como él, y que por una casualidad se había casado joven, y le dijo:
—Amigo don Iñigo: los médicos me dicen que cuando más, cuando más, puedo prometerme cuatro años de vida.
—Los médicos quieren robaros, amigo don Francisco—contestó el conde.
—Podrá ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando quiero andar derecho como in illo tempore, me da un crujido el espinazo, y el dolor me hace volver á encorvarme un tanto; el peso del arnés y del yelmo son malos, muy malos, amigo mío, bien lo sabéis, porque vos, como yo, los habéis llevado mucho tiempo; además, este respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy á hacer cuanto antes el testamento.
—¿Y venís á preguntarme sin duda, á cuál de vuestros parientes?...
—¿Qué? Ni por pienso; si me heredan será porque yo no puedo hacer otra cosa.
—Pues no veo el medio de evitar... ¿Tenéis algún hijo incógnito?...
—¡Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qué se quiere una mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado á una mujer, como no haya sido á las reinas que he conocido, y eso en los días de corte para besarlas la mano.
—Pues por más que hago, no adivino la razón de que hayáis venido á hablarme de vuestro testamento.
—Para hacer testamento á mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo á que vos me deis ese hijo.
Púsose en pie de un salto el conde de Haro.
El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado.
—Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras hijas.
—¡Ah!—exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro—; eso es distinto; ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro, es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos?
—Al menos los médicos me lo han asegurado.
—Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis?
—La más hermosa.
—La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha salido de ella; no quiero violentarla.
—¿Pero tiene hecho algún voto?
—No.
—¿Sabe ella vuestra voluntad?
—No, porque yo quiero que haga la suya.
—¿Habéis hecho alguna promesa á Dios?
—Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho más cuando ese otro es hija mía.
—¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja?
—Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana...
—Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de vuestras hijas había oído.
—Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os casáis mecánicamente—dijo el conde de Haro, que era un tanto socarrón—, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea, fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito, decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la mujer, ¿qué más os da?
—Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo.
—Ya lo sé.
—Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean.
—Es muy justo.
—Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la nobleza natural de la hermosura.
—Sin duda.
—Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su madre... Es necesario que sea hermosa.
—Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de Jerez—dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz.
—En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un título ilustre y con cien mil ducados de renta.
—No hablemos de eso—dijo poniéndose serio el conde de Haro—; mi hija llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados.
—No hablemos de eso—dijo el duque de Gandía—; yo no necesito más que la hermosura y la nobleza de vuestra hija.
—Tiene treinta años.
—Mejor.
—Pues entonces... ¡Sanjurjo! ¡Sanjurjo!
El llamado era el secretario del conde de Haro.
—Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la diréis que entregue mi hija la señora doña Juana, al aya doña Guiomar; al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque el catarro no me deja.
Escribió Sanjurjo, firmó el conde y partió la carta, y los dos grandes quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada.
Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados á ver realizados cuanto antes sus deseos.
Dos horas después, entró de repente en la cámara una joven, una divinidad, vestida con un hábito, un velo y una toquilla de educanda y se detuvo al ir á arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que había con él otro respetable señor, que la miraba ni más ni menos que como hubiese podido mirar á una yegua de raza, sin mover una pestaña.
Doña Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de Gandía, y adelantó con menos apresuramiento hasta su padre, y se arrodilló y le besó la mano.
—¿Te han dicho que no volverás al convento, hija?—la preguntó el conde.
—Sí, señor.
—¿Y te pesa?
—No, señor.
—Dilo sin reserva, sin temor.
—Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre.
—Se trata de que cambies de estado.
—Muy bien, señor.
El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí.
Doña Juana permaneció con los ojos bajos.
—Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.
Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco, que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo.
—Este caballero—añadió el conde—, te pide por esposa.
Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.
Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las hermosas mejillas de la joven.
—¿Qué respondéis á eso?—dijo el conde.
—Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor—contestó doña Juana.
No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más.
Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía.
Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón.
Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento.
Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente.
Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana.
Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una defensa contra las solicitudes del duque.
Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente á sus doncellas.
Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de su libro de devociones.
Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna.
Y lo que era peor, un amor intenso.
Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo.
Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar, ver y vencer, como César.
La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio.
Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni aun el confesor tuvo noticia alguna.
Porque decía doña Juana:
—La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe menoscabarse ni aun delante del confesor.
La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para resistir al duque, que no cesaba en su porfía.
Y Dios se las daba.
Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á defenderla.
El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.
No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.
Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio.
Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en absoluta posesión de su casa á su esposa.
Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa.
Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar.
Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía poner en juego todos sus recursos.
Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado.
Doña Juana se había puesto en lo peor.
Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado.
El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á la servidumbre particular de la duquesa.
Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta.
Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta, entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible.
Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él al pecho del duque, á dos pasos de distancia.
—¡Bravo recibimiento me hacéis!—dijo el duque, á quien de antiguo no imponía espanto el peligro—; contaba con resistencia, porque os conozco bien; pero no creía que me presentáseis batalla.
—Si no os vais, os mato—dijo la duquesa con la voz más serena y más sonora del mundo.
—Habéis de ser mía—dijo el duque, y se fué.
La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa.
Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa fueron despedidas por el mayordomo.
—Pero, ¿por qué se nos despide?—dijo una doncella que había sido envuelta sin culpa en el naufragio universal.
—No lo sé, señoras mías—dijo el mayordomo—; no sé más, sino que su excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas.
Y el mayordomo decía la verdad.
No sabía absolutamente nada.
El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar.
Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón.
El duque de Gandía no pudo saber si su heredero, para el cual había escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo ó hermoso.
Con tanta precipitación quiso hacer su viaje el duque de Gandía, que le dió un causón en el camino, y se murió en una venta sin otro consuelo sino que también en un mesón se murió el gran rey don Fernando el Católico.
Trajéronle difunto á su panteón de Madrid, y doña Juana se puso el luto sin alegría, pero sin sentimiento.
El que se alegró poco cristianamente, fué el duque de Osuna.
Muerto el obstáculo más grave, el duque creyó que los demás obstáculos serían fáciles de vencer.
Dejó pasar algún tiempo, y un día, al fin, completamente vestido de negro, y de la manera más sencilla, se hizo anunciar á la duquesa.
Doña Juana le recibió en audiencia particular; sólo que tenía vestido de negro también, sobre sus rodillas, á su hijo.
Con el luto estaba la duquesa encantadora.
Don Pedro Girón, que era violento, se sentó temblando de pasión y de deseo junto á ella.
—Os amo—dijo el duque de Osuna—, y os declaro que soy tan vuestro, que no soy mío. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si se ve despreciado, dará lugar á alguna desgracia.
—Señor duque—dijo tranquilamente doña Juana—, mirad que os oye el duque de Gandía.
Y señaló á su pequeño hijo.
—Pero sois libre...
—No por cierto, porque aún vive mi honor.
—¿No confiáis en el mío?
—El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le curáis á tiempo.
—¿Qué decís, señora?
—Que si yo soy libre, vos no lo sois.
—¡Ah!
—Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora por lo que toca á sus derechos.
—¿De modo que si yo fuera libre?...
—Me esclavizaría con vos.
—¿Me amáis?...
—Me casé sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casaría por tener un noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adiós, señor duque, y perdonadme si no estoy más tiempo aquí.
Y la duquesa se levantó, saludó profundamente á don Pedro, y salió con su hijo en los brazos.
El duque estuvo á punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto hubiera producido un escándalo, y el duque de Osuna era demasiado principal caballero para atreverse á un escándalo, se contuvo, salió de la casa, y después de haber dado vueltas á cien proyectos, y de haberlos abandonado por inaceptables, se redujo al último recurso de todo el que desea un casi imposible: á esperar.
Y no sabemos cuánto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y los ingleses, no hubieran vencido á la Invencible; si por esto, doña Juana, que era del cuarto de la infanta doña Catalina, no hubiera ido á dar á su señora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en una galería obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz antes de que pudiera reconocerle.
Puede fácilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresión, la desesperación que causaría en la duquesa aquel lance tan serio, tan grave, de tan terrible trascendencia.
¡Y luego no saber el autor de aquel desacato!
Doña Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos días avergonzada, sin atreverse á mirar frente á frente á ningún hombre de los de la servidumbre interior que habían estado de servicio la noche de su mala ventura; doña Juana se había informado de quiénes eran aquellos nombres, con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no había estado aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo.
Esto consistía en que el duque acababa de llegar á la ligera desde Madrid al Escorial, cuando se tropezó en la galería obscura con la duquesa, y después de su crimen, para no dar sospechas, se había vuelto á Madrid sin ver al rey.
De modo que la duquesa no podía sospechar siquiera que el duque de Osuna hubiese sido el reo de aquella enormidad.
Por lo tanto, era el único delante el cual se presentaba serena, y el duque era el único que se sonreía dolorosamente delante de la duquesa.
Pasó algún tiempo y la duquesa se heló de espanto; conoció que era madre. ¡Madre de un bastardo, sin culpa, sin más culpa que la de un aturdimiento hijo de su misma pureza! ¡madre y viuda!
¡Y sin conocer al padre de su hijo!
Confesamos que la situación de doña Juana era excéntrica, excepcional, terrible.
Llegó un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su estado, y se retiró de la corte, se encerró en su casa.
El duque de Osuna, al no ver en la corte á la luz de los ojos, quiso verla en el hogar doméstico.
Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana.
Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz.
Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana tendría por objeto ocultar un estado embarazoso.
Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:
«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado, temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la calle excusada.
Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando concluyó.
Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada.
Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo, fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido:
—Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á servirme, y rico si me sirves bien.
Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á ocho.
—¿Y qué puedo hacer, señor?—dijo el lacayo vencido completamente.
—Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, ¿tiene amante?
—Sí, señor—dijo el lacayo—, y está para casarse.
—¡Malo!—dijo para sí el duque—; ¿y con quién se casa Esperanza?
—¿Con quién ha de ser, sino con el señor Cosme Prieto?...
—¿Quién es ese Prieto?
—El ayuda de cámara del duque difunto.
—¡Ah! ¿un vejete?...
—Sí, señor.
—¿Y con ese se casa doña Esperanza?
—¿Qué queréis? tanto robó á su excelencia, que es muy rico.
—¡Ya! pues mira: vas á buscar ahora mismo á Esperanza.
—Muy bien.
—La darás esta sortija y la dirás: el caballero que os envía como señal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas que dan á la callejuela excusada.
—Muy bien, señor.
—Pero al instante, al instante.
—En el momento en que vuelva de avisar al médico de la señora duquesa.
Dióle un vuelco el corazón al duque, pero temeroso de comprometer á doña Juana, no preguntó ni una sola palabra más al lacayo, y recomendándole que concluyera pronto, se fué á esperar á la calleja.
Pasó más de una hora.
Al fin el duque sintió abrir una de las maderas de una reja y luego un ligero siseo de mujer.
El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo:
—¿Sois vos Esperanza?
—Yo soy, caballero—contestó de adentro una voz de mujer que, aunque fresca y sonora, no tenía nada de tímida—; ¿y vos sois quien me ha enviado un recado con el lacayo Rodríguez?
—Sí; sí, señora.
—¿Y qué me habéis enviado?
—Un diamante que vale cien doblones.
—¿Eso habrá sido por algo?
—Indudablemente.
—¿Me conocéis?
—Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de Asturias.
—Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois?
—¡Yo!... ¿qué os importa?
—¡Vaya!
—Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el aliento.
—¿Y por qué fingís la voz?
—Porque no quiero que me conozcáis.
—¿Os conozco yo?
—No; pero no quiero que me podáis conocer mañana.
—¿Pero?...
—Os amo.
—¿Que me amáis? Si sois un caballero principal, no querréis más que burlaros de mí.
—Vamos claros. Tú te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto.
—¡Ah! sí, señor; con mucha repugnancia.
—Tú eres muy joven y puedes esperar.
—Como que no tengo más que diez y ocho años.
—Pero apuesto cualquier cosa á que si Prieto se casa contigo, es porque no ha podido ser tu amante.
—¡Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero.
—Pero poco; ¿no es verdad?
—Es muy mísero.
—Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: ¿quieres ser mi querida?
—¡Señor!
—No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese escuerzo de Cosme Prieto.
—¿Pero qué dirán mis padres?
—Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.
—¡Señor!
—¿No la quieres?
—Sí; sí, señor.
—Pues entonces tómala.
Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa.
—Ahora, ábreme—dijo don Pedro.
—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó vivamente Esperanza.
—¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes que pueden ser falsos?
—No; no, señor, es que soy una doncella honrada.
—Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja?
—¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas escaleras que están aquí orilla.
—¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa?
—Vive muy retirada.
—¿Y no te atreves á venir por esta reja?
—No, señor.
—¿Pues por cuál?
—Por la última, seis rejas más allá.
—Pues vendré á las doce.
—Venid; pero no os abriré el postigo; bajaré á hablar.
—Bien, muy bien; me basta.
—Pues quedáos con Dios, que temo que mi señora me llame.
—Ve con Dios, y no te olvides de mi cita.
—No lo olvidaré; á las doce, por la última reja del lado de allá; ésta es la primera.
—Hasta luego.
—Hasta luego.
La reja se cerró.
—¡Conque junto á esta reja hay una escalera que da á un corredor al que sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasión violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... sí, sí; la honra de doña Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosías. Otra reja volada; no se me confundirá. Además es la primera.
Y el duque se separó de la reja, tomó el camino de su casa y se entró en ella por un postigo sin ser sentido de nadie.
Abrió un pequeño guardajoyas que tenía en su aposento para su uso diario, y tomó una rica cadena de diamantes y la guardó en su escarcela.
Entonces se puso á trabajar de nuevo, esto es, á componer con letras pegadas, bajo lo que había compuesto antes en la carta que había llevado consigo lo siguiente:
«Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; mañana habrá desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la busquéis porque no la encontraréis; no temáis nada por vuestra honra, porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que sólo por ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin que os comprometáis.»
Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acabó de componer las anteriores líneas. Volvió á salir secretamente por el postigo, llegó á la calle á donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa, reconoció aquélla por donde había hablado Esperanza cuatro horas antes, la dejó atrás y se detuvo junto á la última y esperó.
Al dar las doce el duque sintió pasos indecisos de una mujer en el interior; acercarse aquella mujer á la reja, detenerse un momento como irresoluta, y abrir por fin las maderas.
—¿Sois vos?—dijo con voz trémula Esperanza.
—Yo soy—contestó con la voz siempre desfigurada el duque.
—Pero ¿por qué si me queréis os ocultáis?
—Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena.
—¡Una cadena!
—Que vale trescientos doblones.
—¡Ah! ¡trescientos doblones!—dijo Esperanza tomando con ansia la cadena.
—Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho.
—¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor!
—No es la mía tan buena.
—¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien.
—No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta noche.
—¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.
—¿Pero la tendrás mañana?
—Sí; sí, señor.
—Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte?
—No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca; por lo mismo, es necesario buscar la llave.
—Cuento con que mañana...
—¡Oh! sí; sí, señor.
—Pues entonces, hasta mañana después de las doce.
—Hasta mañana.
El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño amante.
Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó un grito de asombro.
—¡Dice que vale trescientos doblones!—exclamó—y bien lo creo; esto es muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le quiero... pero si fueran falsas estas piedras...
Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy temprano, y se fué á una platería.
—Un caballero que me solicita—dijo al platero—me ha dado estas joyas: yo he temido que sean falsas.
—¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos doblones...
—¿De veras?
—Tan de veras como que os los doy.
—No, no las vendo; quedáos con Dios.
Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa.
Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo:
—Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?
—Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.
—Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa.
—Muy bien, señor.
A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía.
Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y esperó.
Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba, abrió al momento el postigo de la reja.
—¡Ah! ¡buenas noches!—dijo la joven—; os esperaba con impaciencia.
—¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?—dijo el duque fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la doncella.
—Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí—dijo con cierto embarazo Esperanza.
—No, de ningún modo—dijo con impaciencia el duque—; ¿tienes la llave?
—Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje... pero ya está aquí.
—Concluyamos entonces...
—¡Ah, señor!... si os sintiese...
—¿Decididamente consientes ó no en abrirme?
—¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis...
—Mejor suerte has de tener que la que esperas...
—Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío!
El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón.
Esperanza abrió.
Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella.
—¿Qué hacéis?—dijo asustada Esperanza.
—Yo no me atrevo á entrar—dijo el duque.
—Y entonces, ¿para qué queríais que abriese?
—Para que salieras tú...
—¡Pero Dios mío!... yo no os conozco.
—¿Y qué te importa?...
—Sí, sí—dijo con energía Esperanza—; venís encubierto, podéis ser un ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme.
—Y tiene razón la muchacha—dijo para sí el duque de Osuna, pero sin soltarla.
Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por desasirse del duque.
—Si no me soltáis, grito.
El duque se decidió á darse á conocer.
—Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarán con el duque de Osuna.
—¡El duque de Osuna! ¡Dios mío! ¡pero esto no puede ser! ¡no, no, señor, vos me engañáis! ¡el duque de Osuna, cómo había de reparar en mí!
—¿Conoces tú al duque de Osuna?
—Le he visto entrar muchas veces en casa.
—Y yo te he visto á ti muchas veces, y me he enamorado de ti.
—¡Oh Dios mío!
—Entra un tanto, que me voy á dar á conocer de ti.
Entró Esperanza, el duque con ella, cerró el postigo, hizo luz con la linterna que llevaba bajo la capa, se quitó el antifaz y dejó ver su semblante á Esperanza.
La muchacha se estremeció y cayó de rodillas.
—¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de vuecencia!—exclamó.
—No me conocías—dijo el duque—, y nada tiene de extraño. Pero abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes. ¿Te negarás ahora á seguirme?
—No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió...
—Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no importa... vamos.
—¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no me perdáis...!
El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se alejó con Esperanza.
A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada.
Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en ella.
La silla se puso inmediatamente en movimiento.
Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.
—Es necesario, necesario de todo punto—pensaba el duque—, que yo sea por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.
Y acercándose á Esperanza la abrazó.
Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del duque; pero luego se estuvo quieta.
—¡Diablo!—dijo don Pedro—, del mal el menos; es buena moza cuanto puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no presuma.
Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que ésta dijo al fin para sus adentros:
—Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán es!
Y la muchacha suspiró.
—¿Por qué suspiras?—la dijo el duque.
—Porque os amo—dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro del duque.
—Ya no me llamas excelencia, ni señor—dijo don Pedro—, y esto me agrada.
—Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí.
—Pero aún queda ese enojoso vos.
—¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble.
—¡Hola!
—Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.
—¡Ah! ¿Eso es cierto?
—Ya lo sabréis...
—¿Y servías...?
—Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre anciana...
—¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te abandonaré.
—¡Una sola palabra!
—¡Qué!
—¡Me amáis de veras!
—¡Sí!—dijo el duque.
—Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque mío.
—¡Diablo!—exclamó para sí el duque—; esta muchacha es más hechicera y tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía.
Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de manos.
Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á cerrarse la puerta.
El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna, y dió la mano á Esperanza.
—Estamos enteramente solos—dijo el duque—: los que nos han traído no saben quién eres, ni de dónde sales.
Y esta era la verdad.
—¡Oh Dios mío, y qué locura!—dijo Esperanza asiéndose encendida y trémula, al brazo que el duque la ofrecía.
Subieron unas escaleras.
Dos horas después el duque bajó por aquellas mismas escaleras, pálido y pensativo.
—Una mujer da otra mujer: el corazón, por lleno que esté, siempre tiene un hueco para la hermosura y para el corazón de otra mujer... ¡diablo! ¡diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta muchacha... será necesario enviarla cuanto antes y bien dotada á sus nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un remordimiento.
Y el noble don Pedro abrió la puerta y salió.
Eran las tres de la mañana.
Dirigióse rápidamente á la callejuela á donde le llamaba su amor, su verdadero amor, la pasión de su alma, que no podían apagar las pasajeras lluvias de amorcillos que caían á cada paso, á causa de su carácter y de sus riquezas, sobre el duque.
Llegó, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo tan dulcemente había comprado, se estremeció, dudó, retrocedió: temía que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no retrocedía tan fácilmente; antes que dejar abandonada á sí misma á la duquesa, arrostró por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su juventud, don Pedro Téllez Girón era un magnífico grande, á quien se respetaba poco menos que al rey.
Una vez dentro, recorrió algunas habitaciones desamuebladas, húmedas, á lo largo del muro de la calle, y fué reconociendo las rejas, ocultando la luz de la linterna cada vez que abría una.
Al fin dió con aquella, en uno de cuyos hierros había puesto como seña una cinta: quitóla, cerró, dió luz de nuevo, y buscó la subida de la escalera; por la cual, según le había dicho Esperanza, se subía al corredor donde correspondía una puerta de escape del dormitorio de la duquesa.
Aquel corredor tenía dos puertas: una á cada extremo.
El duque en esta perplejidad se dirigió á la de la derecha, con paso silencioso como el de un ladrón, oculta la luz de la linterna, con las manos por delante.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En un ancho y magnífico dormitorio, en un no menos ancho y magnífico lecho, dormía, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de Gandía.
Desvelábala el cuidado.
La espantaba el día en que, no pudiendo ocultar más su estado, la fuese de todo punto indispensable confiar á alguien su secreto.
¿Y cómo hacer creer á nadie la singular manera como había acontecido aquel terrible compromiso?
Doña Juana, que era virtuosa y honrada, no podía menos de afligirse amargamente, y de llorar al verse sometida á aquella inaudita desgracia.
Pidió á Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una deshonra á que ella no había dado lugar, sino siendo mujer, cuando oyó dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitación inmediata.
Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo.
Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron.
Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde dormían la dueña y las doncellas de servicio.
Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la puerta, á la que llamaban por tercera vez.
—¿Quién llama?—dijo en voz baja.
—Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi alma, hermosa señora—dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no pudo reconocer.
Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta.
Bajóse la duquesa y tomó el papel.
Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna.
Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que ya conocen nuestros lectores.
Apenas la leyó rápidamente, cuando corrió á la puerta.
Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que se encontraba.
Pero aquella puerta estaba condenada, no tenía la llave, y la duquesa se vió reducida á tocar á ella, á llamar levemente la atención de la persona que suponía al otro lado.
Pero nadie la contestó.
Volvió á llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio.
Poco después oyó allá, desde el fondo de la calle, una voz intensa, dolorosa, que exclamó:
—¡Adiós!
Doña Juana se precipitó á la reja, la abrió, miró á la calle, y vió á lo lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que desaparecía.
Doña Juana permaneció un momento en la reja mirando de una manera ansiosa al lugar por donde el bulto había desaparecido, como si hubiera querido atraerle, y luego se retiró, cerró lentamente las maderas, y se fué á la mesa, tomó su libro de devociones, cortó algunas hojas, y luego buscó unas tijeras y se puso á cortar letra por letra.
Cuando tuvo una gran cantidad, las fué clasificando en montoncitos por orden alfabético: como podría decir un cajista, distribuyéndolas, y cuando las tuvo distribuídas, reparó en que no tenía con qué pegarlas sobre el papel.
—No importa—dijo—, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de copiar con esas letras.
La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que debía después componer.
Y al escribirlo la infeliz lloraba.
Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido inconvenientes, resultó lo que sigue:
«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido, ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor, ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos, que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede, si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta, entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir. Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.»
Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente, envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y se acostó.
Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la dueña más antigua la dijo toda azorada:
—¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido!
—¡Que ha desaparecido Esperanza!—exclamó la duquesa con tal asombro, tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera noticia.
—Sí; sí, señora: desaparecido completamente.
—Habrá salido...
—Sí, señora: pero es el caso que se ha dejado su manto.
—Esperad, que ya volverá: cuando vuelva la decís que la despido, y que Bustillos corra con lo necesario para enviársela á su padre, con una carta en que se diga por qué la vuelvo.